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jueves 26 de junio de 2008

San Josemaría

Pamplona 1960, en la puerta del Colegio Mayor Aralar.
¿Quién es ese tipo largo del fondo
que mira distraído hacia la izquierda?

Hoy la Iglesia celebra la "memoria" de San Josemaría Escrivá; en los centros del Opus Dei, "la solemnidad" de San Josemaría". Esto significa que, para cientos de miles de personas de todo el mundo, es una fiesta muy grande.

Para los que conocimos a San Josemaría es, además, una fecha imborrable.

Hoy pediré al Señor algunas cosas por la intercesión de nuestro Padre. Entre otras, que, cuando lo haya olvidado todo, siga recordando las docenas de anécdotas, encuentros, gestos, frases, miradas... del Fundador del Opus Dei que ahora mismo se agolpan en mi memoria: son tesoros que Dios me ha regalado y no querría perderlos por nada del mundo.
Ojalá sepa transmitirlos a los más jóvenes, para que el Señor no me lo eche en cara.

miércoles 25 de junio de 2008

Los 3 primeros

San Josemaría con don Álvaro
Hoy hace 64 años recibieron la ordenación sacerdotal tres ingenieros del Opus Dei: Álvaro del Portillo, José Luis Múzquiz y Jose María Hernández Garnica. Fueron los primeros sacerdotes de la Obra después del Fundador.

Nada más ordenarse se repartieron el mundo: Aquí y aquí tenéis dos breves biografías de don José Luis y don José María.

La vida de don Álvaro estuvo ligada a la del Fundador de la Obra hasta el fallecimiento de San Josemaría, en 1975. El 15 de septiembre de ese mismo año, el Congreso general de la Obra, lo eligió por unanimidad para suceder al Padre.

Álvaro, José Luis y José María se fueron al Cielo después de una vida de oración y de trabajo intenso y sacrificado hasta el heroísmo. Muy pronto los veremos en los altares. Sus procesos de canonización ya están en marcha, y el de don Álvaro, especialmente avanzado.

Todos los sacerdotes de la Obra hoy nos miramos en ellos. Nos han puesto el listón muy alto. Pedid al Señor, por favor, que sepamos estar a la altura.

...Y mañana, San Josemaría










Jose Luis Muzquiz y José María Hernández Garnica


viernes 2 de mayo de 2008

La risa de la Virgen


He encontrado esta fotografía hace escasas semanas. No sé cuándo fue tomada, pero probablemente se trata de una imagen reciente. A mí sin embargo me ha traído a la memoria con todo detalle una anécdota antigua, que había olvidado por completo. Al recordar la historia, la he escrito deprisa y la he mandado a "Mundo Cristiano" y al boletín mensual de Torreciudad: estamos en mayo, el mes de la Virgen.

Se han cumplido treinta años de mi primera visita a Torreciudad. Fue en marzo de 1978, y precisamente un día de mucha niebla.

Ninguno de los cinco sacerdotes que salimos de Valencia habíamos estado en aquel nuevo santuario de la Virgen. Ni siquiera conocíamos Barbastro ni el alto Aragón, pero nos prestaron un coche grande, un Chrysler de lo más espectacular, y nos pusimos en marcha. Eran las 12 del mediodía.

Mis acompañantes lo recordarán muy bien, porque ya están ya en el cielo, y, como todo el mundo sabe, en el cielo uno se acuerda de todo.

El viaje se presentaba plácido y soleado. La autopista del Mediterráneo, recién estrenada, nos llevaría por la costa hasta El Vendrell. Desde allí iríamos a Lleida y Barbastro para hacer noche en un hotel a pocos kilómetros de Torreciudad. Al día siguiente haríamos una romería a la Virgen, celebraríamos Misa en el Santuario y regresaríamos a Valencia por la tarde.

Pero llegó la niebla. Nada más abandonar la costa, nos vimos envueltos en una nube negra que ya no nos abandonó. El coche, que había volado por la autopista, se arrastraba como un gusano a cuarenta kilómetros por hora. Hubo momentos duros, incluso de desaliento. La luz de los faros parecía rebotar en una muralla gris cada vez más impenetrable.

Nos detuvimos un par de veces para descansar y llamar por teléfono. Desde Torreciudad nos comunicaron que allí también la niebla era densa y nos aconsejaron que hiciéramos noche por el camino a la espera de que, al día siguiente, el viento disipara la nube.

Dormimos como troncos; pero por la mañana la niebla seguía en su puesto.

El resto del viaje tampoco fue fácil. Tardamos casi dos horas en recorrer los 90 kilómetros que nos separaban de Barbastro. Luego, la carretera hacia Torreciudad, estrecha y enredada, parecía no terminar nunca.

Después de rezar la primera parte del Rosario, llegaron las bromas:

—¿Tú crees que habrá niebla dentro de la iglesia?

—Lo importante es que manosees bien todo el edificio para hacerte una idea, porque me parece a mí que verlo va a ser difícil.

Aún faltaban algunos kilómetros cuando oímos, o creímos oír, el sonido de unas campanas.

—¡Che, tú! ¿Qué es eso…?

—No puede ser. Estamos muy lejos todavía…

Nunca supimos si aquellas campanadas venían, en efecto, de Torreciudad, pero yo estuve seguro desde el principio, y más aún cuando, ya en el santuario, volví a escucharlas. Dicen que, con la niebla, los sonidos se propagan a grandes distancias.

En ese momento se despejó el cielo y vimos, por primera vez, a lo lejos, la silueta de la torre que emergía de una nube.

—Es la risa de la Virgen —dijo el que iba a mi lado de copiloto—. Nos ha puesto difícil el camino, pero ahora nos recibe con una carcajada.

Cuando llegamos al Santuario la niebla lo cubría todo de nuevo. No había un alma en la explanada ni en ningún otro sitio, pero las puertas del templo estaban abiertas y, por los altavoces exteriores se oía una voz muy firme y convincente:

—Dentro de cinco minutos dará comienzo la Santa Misa. Todas las personas que quieran confesarse encontrarán sacerdotes a su disposición en las capillas de confesonarios…

¡Había tanta fe en aquella voz que sonaba en el desierto! Aquel día creo que fuimos los únicos peregrinos de Torreciudad.

Desde entonces he vuelto muchas veces y he sido testigo del gran milagro que se ha producido en estos treinta años. He visto la explanada abarrotada de gentes de todas las edades, pero, sobre todo, de chicos y chicas. Y siempre he visto sonrisas y he oído risas, muchas más risas que en cualquier otro lugar sagrado del mundo.

Que nadie se escandalice si, al llegar allí de romería durante este mes de mayo, comprueba que la explanada, frente al templo, es un hervidero de gentes que ríen. Están contentos porque en Torreciudad hay un torrente de Gracia que sale de las capillas de los confesonarios, y ese torrente se convierte en risas, abrazos y alegría desbordante.

Comprendedlo y probadlo también vosotros. El camino algunas veces resulta duro, pero vale pena escuchar en el alma la risa de la Virgen.


martes 29 de abril de 2008

La vida vista a los noventa años


Como ya anuncié aquí hace días (*), hoy, 29 de abril, don José Orlandis cumple 90 años. Estas son algunas líneas del último libro que acaba de publicar:

Una vida que alcance edades muy avanzadas puede estar todavía llena de posibilidades y de fecundidad. Ancianidad va aneja a sabiduría en la Sagrada Escritura, pero también en pueblos actuales menos desarrollados técnicamente, pero que se mantienen fieles a la ley natural, en su estructura social y en sus instituciones. Los mayores poseen el tesoro de una larga experiencia y, gracias a ella, de una mayor prudencia —la virtud cardinal— y ejercen especialmente el don de consejo. En la sociedad pueden cumplir como nadie aquella misión que el Fundador del Opus Dei definió como “sembradores de paz y de alegría” (Surco, 59). Y, si es verdad que los ancianos pueden hacer menos cosas que las que podían hacer antes, las cosas que pueden hacer las hacen mejor.
(… …)

La epopeya de la vida culmina en un final feliz. “Dejadme ir a la Casa del Padre” fueron las últimas palabras salidas de labios del Papa Juan Pablo II, al término de su vida santa. La Casa del Padre, donde "hay muchas moradas” (Io XIV, 2) es el destino de los hijos de Dios que tratan de ser fieles a este nombre.

Puede ocurrir, sin embargo, que la casa paterna parezca estar en lo alto de un monte y que la ascensión última requiera un particular esfuerzo y haya que superar una vertiente muy áspera. Pero leí alguna vez que un viejo proverbio africano dice que la subida a un monte se hace fácil, si sabemos que en lo alto nos espera un amigo. En la cumbre del monte de la existencia nos espera nuestro Padre, Dios, y Jesucristo, el gran Amigo, que se hizo hombre y dio la vida por nosotros.

José Orlandis, La vida vista a los noventa años. Ed. Rialp, Madrid 2008


(*) Por cierto, todos los días llegan nuevos mensajes de felicitación como comentario a ese post, y me consta que don José los recibe.



jueves 24 de abril de 2008

Los 90 años de don José

Don José Orlandis cumplirá 90 el próximo 29 de abril y, para celebrarlo, nos ha escrito otro libro titulado así: "la vida vista a los 90 años". Lo edita Rialp, y ha llegado a mis manos ahora mismo.

Que don José escriba un libro no es noticia. Son ya más de un centenar a estas alturas. Y tampoco es noticia que se trate de un libro sencillo, de estilo elegante y repleto de sabiduría, esperanza y buen humor.

Don José fue catedrático de Historia del Derecho a los 24 años y dos más tarde tomó posesión de la Cátedra de Zaragoza. Allí lo conocí yo mucho después, y recuerdo que entre sus alumnos se decía que "don José es bastantes más viejo de lo que parece". Viejo no era, desde luego , pero es que, por entonces tenía una cara de niño intolerable.

Su andadura académica continuó en Pamplona: fue el primer decano de la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad de Navarra y el creador y director, durante muchos años, del Instituto de Historia de la Iglesia. También impartió clases en la Universidad de la Santa Cruz, de Roma.

Es uno de los primeros especialistas mundiales en el estudio del periodo visigótico hispano, eminente historiador de las instituciones canónicas medievales y un reconocido experto en historia de la Iglesia

Don José pertenece al Opus Dei desde 1939, y se ordenó sacerdote en 1949.

A partir de este instante comienzo a leer su libro: debo prepararme también yo para los 90.

domingo 20 de abril de 2008

Las cartas del Prelado



Hoy hace 14 años el Santo Padre Juan Pablo II nombró Prelado del Opus Dei a mons. Javier Echevarría, tras su designación por el Congreso General electivo de la Obra.

Hace unos minutos he terminado de celebrar la Santa Misa en La Acebeda y he procurado unirme de manera muy especial —igual que miles de sacerdotes de todo el mundo— a la persona y a las intenciones de mi Prelado.

El Padre —no sé llamarlo de otro modo— ha gobernado la Prelatura desde entonces con una entrega personal y una abnegación que nunca agradeceremos bastante. Continuando una tradición que inició don Álvaro del Portillo, todos los meses nos manda una carta, que la Obra entera aguarda con verdadera ilusión. La del mes de abril, por ejemplo, podéis leerla aquí.

No son sólo "cartas pastorales", son cartas de familia, un medio estupendo para estar muy unidos al Padre y para aprender a quererlo cada día un poco más.

miércoles 16 de abril de 2008

Cumpleaños de Benedicto XVI



Portada de Newsweek el día de la elección de Benedicto XVI

Hoy Benedicto XVI, que acaba de comenzar su visita pastoral a los Estados Unidos, cumple 81 años. Seguro que los norteamericanos se lo celebrarán cumplidamente. Este blog se une a la fiesta, consciente de que el Papa sigue contando con nuestras oraciones igual que el día de su elección.

Estas fueron sus palabras de entonces, traducidas no muy fielmente por la agencia EFE:

"Queridos hermanos y hermanas, después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela que el Señor sabe trabajar con instrumentos insuficientes y me entrego a vuestras oraciones. En la alegría del Señor resucitado y con su ayuda permanente, trabajaremos, y con María, su Madre, que está de nuestra parte"

Y así lo transmitió la RAI:


domingo 24 de febrero de 2008

Primer aniversario


Un año de blog
Más de 450 artículos
Tres mil y pico comentarios
Cientos de amigos nuevos

Kloster, el búho y yo nos tomaremos un paracetamol para celebrarlo y brindaremos por todos los que alguna vez tuvieron la ocurrencia de asomarse a esta ventana.

Y seguiremos pensando por libre mientras el cuerpo aguante, tengamos alguna idea en la cabeza y Kloster conserve unos gramos de sentido del humor.




jueves 14 de febrero de 2008

14 de febrero

San Josemaría Escrivá en una tertulia con chicas

¿Qué
os sugiere esta fecha?

Hoy es San Valentín, día de los enamorados, y a mí me parece muy bien que lo sea, aunque no entiendo para qué necesitan un día los que se quieren. Los enamorados convierten en fiesta cada una de las fechas del calendario.

He oído por la radio (lo decían en versos hiper ripiosos) que la mejor forma de celebrar el 14 de febrero era regalar unas gafas de sol de Óptica San Gabino.

El 14 de febrero es también San Cirilo y Metodio, evangelizadores de los pueblos eslavos. Juan Pablo II, pensando tal vez en su patria de Polonia, los nombró patronos de Europa. Yo les pediré que no se olviden de este Continente que tanto hizo por la expansión del cristianismo y que debe ser evangelizado de nuevo.

Para los que pertenecemos al Opus Dei y para algunos millones más que reciben el influjo de su espíritu, el 14 de febrero es una gran fiesta. Hoy hace 78 años comenzó la labor con mujeres en la Obra recién fundada, y hoy también, hace 65, en el oratorio de la calle Jorge Manrique de Madrid (hace sólo dos días celebré allí la Santa Misa) el Fundador de la Obra fundó la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Mejor que yo lo explica el siguiente vídeo:

miércoles 9 de enero de 2008

"Cumpleaños" de San Josemaría

Hace 106 nacía en Barbastro San Josemaría Escrivá.
Hoy no escribiré nada. Gracias a Dios hay centenares de películas, de vídeos cortos y largos, que hablan de San Josemaría con su propia voz.
Éste recoge un resumen de su catequesis en Chile un año antes de su marcha al Cielo.

domingo 9 de diciembre de 2007

Juan Diego


Hoy
la Iglesia celebra la fiesta de San Juan Diego, el indito mexicano al que la Santísima Virgen regaló un bellísimo retrato y lo grabó en su tilma. Ese retrato se venera desde entonces con el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe.

El próximo día 12 volveremos todos, al menos con el deseo, a La Villa, la Gran Basílica donde late el corazón de México. Allí está la primera evangelizadora de América, la que hizo posible el milagro de la reconciliación entre conquistadores y conquistados.

Esta mañana he recibido este vídeo en mi correo. Me lo mandan desde México y, naturalmente, no puedo dejar de ponerlo. Por cierto, si aquí llegó a las 8,30, eso significa que mi amigo mexicano lo envió a las 2 y pico de la madrugada.

¿Qué hacías todavía despierto a esas horas?



miércoles 5 de diciembre de 2007

Don Jesús


Don Jesús Urteaga ha cumplido 86 años, y la Editorial Palabra en la que trabaja desde hace yo qué sé cuántos lustros lo ha celebrado con un aperitivo.
Yo, que pasaba por allí, me he colado en la fiesta y he sacado alguna foto con el móvil para ponerla en el blog.

Como supongo que habrá algún que otro ignorante que no sepa quién es don Jesús, reproduzco ahora el artículo que escribí en Mundo Cristiano para el número 500 de la revista.




Cuando pisé Gaztelueta por primera vez, mi amigo Juan Manuel, que tenía diez años como yo, me reveló dos secretos de aquel colegio:

—Tenemos un profesor croata, pero no se le nota nada. Y el cura ha escrito un libro.

Lo del croata no lo entendí. Pensé que era una especie de enfermedad. Lo del li­bro me llenó de asombro, aunque, por el momento, no sentí la menor tentación de leerlo.

Enseguida conocí a don Jesús Urteaga. Me pareció muy mayor y muy serio. Lo menos tendría treinta años, y en clase ponía cara de pocos amigos. Fuera no: jugaba con todos y apostaba caramelos a que ganaba la Real Sociedad.

Esto, sin embargo, tenía poca importancia. De don Jesús recuerdo, sobre todo, sus pláticas en el oratorio del colegio, cuando éramos muy pequeños. En pie, junto al Sagrario, contaba mil historias, y charlaba con nosotros y con el Señor. Un día nos trajo un regalo: mientras hablaba, fue desempaquetando algo: era un borrico de loza con su cabezota sumergida en un libro de latín. Nos dijo que era un regalo de un sacerdote muy bueno, que vivía en Roma, que se llamaba Josemaría Escrivá y que quería mucho a los alumnos de Gaztelueta.

—¿Y es para nosotros?

Don Jesús aquel día nos habló del estudio, de ser como aquel borriquillo de lar­gas orejas o como el que mueve la noria y hace posible la lozanía del jardín.

Algún tiempo más tarde recuerdo la voz de don Jesús, que decía jaculatorias al oído de un alumno de 12 años. No es que estuviese “malito”: se estaba muriendo a chorros por culpa de un árbol que se encontró con su cabeza: una cabeza de chorlito, que se asomó imprudentemente por la ventanilla del autobús en marcha.

Cuentan que el chico estaba inconsciente, pero él recuerda con toda nitidez la voz de su cura:

—Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía. Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía…

El chaval no entendía muy bien de qué agonía hablaba, porque se sentía la mar de bien. Pero, por si acaso, repetía por lo bajo aquellas palabras.

En el cole sabíamos que a don Jesús había que contárselo todo. Entre los alumnos incluso corrió el sorprendente rumor de que te adivinaba el pensamiento. Así que más valía ser sincero y “soltar el sapo”, cuando íbamos a charlar con él.

—Don Jesús, llámeme en clase de Geografía.

—¿Y por qué en Geografía?

—Es que don Pedro va a preguntar…

Y don Jesús, que era siempre nuestro cómplice, nos libraba de la quema en el momento oportuno.

Me temo que no era de la Real; nos engañó. Era y sigue siendo del Real Madrid, lo cual viene a demostrar que cualquiera comete errores en la vida. Pero sí que sabía algo de fútbol: cuando mi promoción se despidió del colegio, jugó de extremo iz­quierdo (con mayor voluntad que acierto) en el partido entre profesores y alum­nos.

En las fiestas deportivas “jugaba” de Matías Prats, comentando lleno de entusiasmo, micrófono en mano, las hazañas que protagonizaban los chavales en el campo.

Mientras tanto, seguía escribiendo: “El Valor divino de lo humano” se convirtió en un clásico, y no hubo más remedio que leerlo. Pocos libros han dejado una huella tan honda en tantas generaciones. Después vinieron “Dios y los hijos”, “Los defectos de los santos”, “Ahora comienzo”, “Siempre alegres”…

Un día nos enteramos de que iba a editar una revista: Mundo Cristiano. Y no nos cupo la menor duda de que haría historia: aquí seguimos cuarenta años después con don Jesús al frente. Y de la revista nacieron los folletos, y los libros…

Y cuando llegó la tele a España dispuesta a hipnotizar a millones de contribu­yentes, allí estuvo también don Jesús inyectando optimismo a las familias. Y se con­virtió en “el cura de la tele”: un cura que hacía reír y pensar hablando sólo de Dios.

Ahora, mientras termino estas líneas, don Jesús está a muy pocos metros, como casi siempre, con un montón de papeles junto el mostrador que hay a la entrada de Ediciones Palabra. Ese mostrador es su mesa de trabajo y su puente de mando. Siempre de pie (¿por qué no se sentará nunca?), don Jesús escribe, corrige y sigue inyectando optimismo a todos los que trabajan en la empresa.

Espero que me perdone estos apresurados recuerdos. Los vascos, por lo general, somos tímidos, aunque no se nos note, y nos cuesta expresar de palabra según qué cosas.

Así, por escrito, resulta más sencillo.


Don Jesús fue fundador de "Mundo Cristiano" y dirigió la revista durante muchos años. Era lógico que hoy la redacción le dedicase un número especial.




miércoles 7 de noviembre de 2007

Felicidades


Se me enfada Pascalle si doy más datos; pero no puedo terminar el día sin dejar constancia en el blog de que hoy ha cumplido años alguien a quien quiero mucho.

El 7 de noviembre de 1983. Estábamos en Madrid y yo le pregunté si quería que le regalase algo por su cumple. Me dijo que sí: que dejara de fumar.

Apagué el pitillo, regalé las cuatro pipas que tenía, y hasta hoy.

Los de Bilbao somos así.

domingo 28 de octubre de 2007

7 chicas 7



La primera se llama Mamen y es la madre de las otras seis. Las demás son, por orden de edad, María, Ana, Lucía, Elena, Carmen y Maite. Las seis fueron alumnas de Aldeafuente mientras yo fui capellán, y, por tanto, me considero autorizado para hablar de ellas con cierta libertad.

El esforzado padre de familia se llamaba Jesús Ordovás y se fue al Cielo inesperadamente hace seis años. Jesús era óptico y santo. Como óptico era excelente: el me colocó las primeras gafas de mi vida, y las segundas, las terceras…, hasta que llegó su hija Lucía —un nombre muy adecuado para una profesional del ramo—, que me vendió las que llevo ahora mismo

Jesús y Mamen no tuvieron hijos, sólo niñas. Supongo que esta circunstancia contribuyó a que Jesús fuese más santo aún.

El caso es que, cuando Jesús falleció, unos días después del funeral las siete chicas me pidieron que les dijera una Misa para ellas solas en la pequeña cripta de Diego de León 14.

De aquel día sólo recuerdo un detalle significativo. Estaban las seis sentadas en el primer banco, a metro y medio del altar desde donde yo predicaba. Les hablé de una jaculatoria que solía decir San Josemaría Escrivá en los momentos de tribulación o de pena: Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno.

Como es natural yo me sabía de memoria esa oración, pero, al recordarla, las seis niñas la recitaron conmigo al unísono en voz alta. Su padre, desde el Cielo, aplaudió muy bajito para no interrumpir la ceremonia.

Han pasado 6 años y hemos vuelto a la cripta de Diego de León. Esta vez nos han acompañado Carlos y Miguel, maridos respectivamente de Ana y Lucía; Javi, novio o algo así, de Elena y cuatro niños y medio: dos de Ana y dos de Lucía. El medio también es de Lucía. No pongo los nombres, porque me lío.

Yo me he vuelto a conmover mientras predicaba, y no por hablar de Jesús, que sin duda alguna está en el Cielo, sino al contemplar a las seis chicas, que no han cambiado nada, con su madre convertida en abuela. Los críos alborotaban moderadamente como es su obligación, pero a mí sus gritos me sonaban a música gregoriana.

Ahora sólo espero que me inviten a merendar algún día.

25 años




Supongo que toda la prensa de hoy hablará de aquel 28 de octubre de 1982 en que el Partido Socialista triunfó por primera vez en las elecciones generales de España.

No haré comentarios sobre este aniversario. Prefiero recordar que el próximo martes se cumplirán 25 años de la primera visita a España de Juan Pablo II.

He buscado algún vídeo de ese viaje para ponerlo en el blog. Seria fantástico volver a escuchar el discurso a las familias en el Paseo de la Castellana de Madrid, o su encuentro con los jóvenes en el Bernabeu. Lamentablemente no he encontrado nada.

Éste que reproduzco a continuación recoge parte de su vida y de aquella primera e inolvidable homilía en la Plaza de San Pedro. Vale la pena verlo.





sábado 6 de octubre de 2007

«Dejar obrar a Dios»

No quisiera llenar de aniversarios una página que nació con otro propósito. Tampoco me gusta ir por la vida mirando al retrovisor; pero ¿cómo puedo pasar por alto uno de los recuerdos más gozosos que he vivido jamás?

Hay pocos días que pueden calificarse como “inolvidables”. Éste es uno. Aquella mañana del 6 de octubre de 2002 quedará grabado para siempre en la memoria de los cientos de miles de personas que asistimos en San Pedro a la canonización de San Josemaría.

Ese mismo día el Cardenal Ratzinger publicó un artículo en l’Osservatore Romano, que fue reproducido más tarde en el ABC de Madrid. Éste es:


Siempre me ha llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei; una interpretación que podríamos llamar biográfica y que permite entender al fundador en su fisonomía espiritual. Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dios había actuado.

Al considerar esta actitud me vienen a la mente las palabras del Señor recogidas en el evangelio de San Juan 5,17: «Mi Padre obra siempre». Son palabras expresadas por Jesús en el curso de una discusión con algunos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios puede trabajar en el día del sábado. Un debate todavía abierto y actual, en cierto modo, entre los hombres --también cristianos-- de nuestro tiempo. Algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha «retirado» y ya no muestra interés alguno por nuestros asuntos de cada día. Según este modo de pensar, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, en las palabras de Jesucristo encontramos la respuesta contraria. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad.

Todo esto nos ayuda a comprender por qué Josemaría Escrivá no se consideraba «fundador» de nada, y por qué se veía solamente como un hombre que quiere cumplir una voluntad de Dios, secundar esa acción, la obra -en efecto- de Dios. En este sentido, constituye para mí un mensaje de gran importancia el teocentrismo de Escrivá de Balaguer: está en coherencia con las palabras de Jesús esa confianza en que Dios no se ha retirado del mundo, porque está actuando constantemente, y en que a nosotros nos corresponde solamente ponernos a su disposición, estar disponibles, siendo capaces de responder a su llamada. Es un mensaje que ayuda también a superar lo que puede considerarse como la gran tentación de nuestro tiempo: la pretensión de pensar que después del big bang, Dios se ha retirado de la historia. La acción de Dios no «se ha parado» en el momento del big bang, sino que continúa en el curso del tiempo, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de los hombres.

El fundador de la Obra decía: «Yo no he inventado nada, es Otro quien lo ha hecho todo. Yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento». Esta palabra, y toda la realidad que llamamos Opus Dei, está profundamente ensamblada con la vida interior del Fundador, que aún procurando ser muy discreto en este punto, da a entender que permanecía en diálogo constante, en contacto real con Aquel que nos ha creado y obra por nosotros y con nosotros. De Moisés se dice en el libro del Éxodo (33,11) que Dios hablaba con él «cara a cara, como un amigo habla con un amigo». Me parece que, si bien el velo de la discreción esconde algunas pequeñas señales, hay fundamento suficiente para poder aplicar muy bien a Josemaría Escrivá eso de «hablar como un amigo habla con un amigo», que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo.

En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad. Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud «heroica» podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: «Esto no es para mí». «Yo no me siento capaz de realizar virtudes heroicas». «Es un ideal demasiado alto para mí». En ese caso la santidad estaría reservada para algunos «grandes» de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, pecadores normales. Tendríamos una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ya fue corregida --y esto me parece un punto central-- por el propio Josemaría Escrivá.

Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de «gimnasta» de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para llevarlos a cabo las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo «heroico» ha sido con frecuencia mal interpretado. Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.

Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas. Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes.

Por todo esto he comprendido mejor la fisonomía del Opus Dei: la fuerte trabazón que existe entre una absoluta fidelidad a la gran tradición de la Iglesia, a su fe, con desarmante simplicidad, y la apertura incondicionada a todos los desafíos de este mundo, sea en el ámbito académico, en el del trabajo ordinario, en la economía, etc. Quien tiene esta vinculación con Dios, quien mantiene un coloquio ininterrumpido con Él, puede atreverse a responder a nuevos desafíos, y no tiene miedo; porque quien está en las manos de Dios, cae siempre en las manos de Dios. Es así como desaparece el miedo y nace el coraje de responder a los retos del mundo de hoy.




miércoles 3 de octubre de 2007

2 de octubre



El Opus Dei ha cumplido ayer 79 años. Para mí, como para otros muchos miles de personas de todo el mundo, ha sido un día de acción de gracias.

Mi reflexión de esta noche es bien sencilla: llevo 49 años en la Obra. Eso significa que el Opus Dei y yo hemos compartido la mayor parte de nuestras vidas.

No escribo más, porque el blog es un diario y en los diarios uno corre el riesgo de soltar las amarras del corazón y dejar a la intemperie sentimientos que deben reservarse para Dios y para los más íntimos.

Me pregunto si en este último año he aprendido algo nuevo. La respuesta es . Gracias al Opus Dei sigo aprendiendo…, geografía. Y es que la Obra llega cada vez más lejos; deja su semilla en países por los que nunca me había interesado hasta ahora. Y yo, que ya he perdido la esperanza de aprender finés, lituano, ruso o vietnamita, me resigno a quedarme en Madrid mirando un atlas o llenando de jaculatorias un mapamundi, que cada vez se me hace más pequeño.

sábado 29 de septiembre de 2007

Recuerdo triste de un día de lluvia

Via Appia antica


Eran las 7,30 de la mañana del día 29 de septiembre de 1978, fiesta de San Miguel, San Gabriel y San Rafael. A bordo de un Volkswagen escarabajo, acababa de tomar la Via Appia (nuova) camino de Castelgandolfo. En aquella ocasión me acompañaba otro sacerdote y habíamos empezado a rezar el rosario.

Todos los días hacía ese recorrido a la misma hora. Corríamos bastante a pesar de la caravana. Hay que haber vivido en Roma algún tiempo para conducir así: a 90 kilómetros por hora con un vehículo delante y otro detrás, confiando en que nadie toque el freno con demasiado entusiasmo.

Eso es lo que ocurrió: se cumplen hoy exactamente 29 años. El frenazo fue tremendo y no hubo una colisión en cadena porque, en Italia, los ángeles custodios están especializados en estos incidentes.

Por un momento tuve la impresión de que me encontraba dentro de una película neorrealista de Vittorio de Sica. Los conductores habían saltado a la calzada y hablaban entre ellos gesticulando desaforadamente. De pronto, uno se acercó a mi ventanilla:

Padre, una brutta notizia: è morto il Papa!

En aquel momento Gustavo Selva, director del giornale radio, estaba comentando los pocos detalles que se conocían a esa hora: sólo que Juan Pablo I, Albino Luciani, “il Papa del sorriso”, había aparecido muerto en su habitación.

En Castelgandolfo prediqué la meditación a las alumnas del Colegio Romano de Santa María. Había pensado hablar de los tres Arcángeles, pero comencé dándoles la noticia, que ellas aún no sabían, y la conmoción fue tan grande que tuve que hacer una larga pausa antes de continuar. Hablé de la Iglesia, del amor al Papa. Y pedimos a San Miguel, San Gabriel y San Rafael, que intercedieran ante el Señor para que hubiese un Juan Pablo II. Sí, recuerdo que lo dije así: un Papa santo, sonriente y lleno de fortaleza que gobernase la Iglesia según el corazón de Cristo.

Una hora después rezamos ante el cadáver del Romano Pontífice. Llovía a mares, pero Roma entera estaba allí.

martes 11 de septiembre de 2007

11 de septiembre

Nunca me han gustado los rascacielos, pero prefiero recordarlos así


Me decía una chica hace meses que los viejos nos pasamos la vida celebrando aniversarios. No es verdad: los aniversarios no siempre se celebran. A veces se lloran.

Sí que es cierto que, a medida que pasan los años, las fechas del calendario se van llenando de vidas y de muertes. Cada día es una percha de la que cuelgan viejas historias, harapos de memoria, que se desvanecen poco a poco.

El 11 de septiembre nos habla de odio, de muerte, de rabia… Y también de heroísmo y de perdón.

Yo le pido hoy al Señor que nos enseñe a perdonar y a aprender de la experiencia, pero también a recuperar la singular amnesia de los niños y de los santos, que estrenan cada día un tiempo limpio, sin rencores ni prejuicios.

En el Via Crucis de San Josemaría se lee:

Hay que unir, hay que comprender, hay que disculpar.

No levantes jamás una cruz sólo para recordar que unos han matado a otros. Sería el estandarte del diablo.

La Cruz de Cristo es callar, perdonar y rezar por unos y por otros, para que todos alcancen la paz.

viernes 31 de agosto de 2007

38 años

Me dice Tomás que me doy a conocer cada vez más en esta página. Tiene razón. A mí también me preocupa, pero qué le vamos a hacer: el blog, inevitablemente, acaba siendo un diario, un espejo y un desahogo.

Ahora compruebo, por ejemplo, que esta mañana, al recordar mis 38 años de cura, no he nombrado al santo que me llamó al sacerdocio: a San Josemaría.

Una anécdota. Fue un día de abril de 1967. Estaba yo en Roma y encontré al Padre en la "Gallería della Campana", un rincón de Villa Tevere lleno de recuerdos. Hablé unos minutos con San Josemaría. Para entonces ya había dicho que sí, que estaba dispuesto a ser sacerdote; pero expresé una duda:

—Padre, ¿usted cree que sirvo para eso?

La respuesta fue rotunda:

—No, hijo mío, pero lo harás bien.

Luego me dijo varias cosa más, pero no he olvidado estas pocas palabras. Alguna vez las he repetido a quienes me han planteado la misma cuestión.