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viernes 6 de junio de 2008

Como un mueble viejo



Nunca había visto a Antonio así, deshecho en lágrimas y haciendo pucheros como un niño chico. La situación resultaba conmovedora, pero también un poco ridícula, porque la causa del llanto era una sencilla operación quirúrgica que estaba a punto de sufrir su esposa, Clara.

—¡Pero Antonio, que no pasa nada: dentro de un par de horas la tenemos de nuevo aquí!

Antonio y Clara formaban un matrimonio ya veterano, de más de 30 años. Tenían cuatro hijos y vivían en un chalet adosado de una colonia madrileña. Él trabajaba como funcionario en un Ministerio y era hombre educado, cortés hasta la exageración, celoso de su intimidad, aparentemente frío y hasta flemático. De ahí mi desconcierto al verle aquella mañana tan deshecho.

Me había llamado para que atendiese a su mujer antes de entrar al quirófano. Y allí lo encontré con su pulcro traje cruzado y una medio sonrisa aparentemente serena. Hasta que se la llevaron. Entonces el bueno de Antonio se derrumbó.

—Pero, vamos a ver, ¿qué es lo que te pasa? ¿No te ha dicho el médico que se trata de una intervención sin riesgo alguno…?

Me miró compungido:

—Es que…, si Clara se muere, yo no existo. La he tratado mal, como a un mueble viejo, pero es uno de esos muebles que, cuando faltan, dejan la casa vacía. ¿Me entiende?

Era una extraña declaración…, no sé si de amor. Pienso que sí. Hoy, mientras predicaba un Retiro y hablaba del matrimonio, me he acordado de esta historia, que no he intentado contar.

Por cierto, Clara está como una rosa. Antonio falleció hace cuatro o cinco años.


domingo 1 de junio de 2008

163 (Rocío y Daniel)


Capilla de San Josemaría en la parroquia de San Ildefonso
(Óleo de Armando Pareja)

No conocía la Parroquia de San Ildefonso. Sólo sabía que la Archidiócesis de Granada la encomendó hace años a los sacerdotes del Opus Dei y que, en 2002, con ocasión de la canonización de San Josemaría, se erigió una capilla dedicada al nuevo santo, con un óleo de Armando Pareja que lo representa en oración ante la Virgen de las Angustias, patrona de la Ciudad.

El óleo, como veis en la foto, es magnífico, de un realismo que impresiona. Pero a mí aún me ha impresionado más el bellísimo retablo, de un barroco granadino, esplendoroso y reventón, que contrasta con la austeridad de la nave.

La boda de Rocío y Daniel, normal. Rocío llegó un poquito tarde como todas las novias del brazo de Luis, su padre y padrino.

(—Por cierto, Rocío, cuando hable en Madrid de tu vestido, ¿qué digo? —Diga que es de estilo romántico y colonial. Bueno, pues eso)

Dani esperó a la novia al pie del altar acompañado por su madre, Loreto, que sonreía constantemente.

Me ayudó a misa Bruno, que estudia 4º de la ESO en el Colegio Mulhacén. Llegó la mar de elegante y cumplió su cometido a la perfección. El templo estaba lleno. Fuera llovía como en el resto de España.

En la homilía, les hablé del sentido del amor humano, partiendo de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Dani estaba tan atento que incluso hacía ademán de responder cada vez que se me escapaba una pregunta más o menos retórica. Rocío sonreía, sonreía siempre, incluso cuando el bueno de Dani no acertaba a encajarle el anillo en el dedo.

Lamentablemente no cometimos ni un solo error. Mi boda 163 salió perfecta, y es una pena. A lo mejor es que soy un poco raro, pero a mí me gusta que alguien meta la pata, aunque sólo sea para poderlo recordar años más tarde.

Como es mi costumbre, terminada la ceremonia, me escapé por la sacristía. Seguro que no me echaron de menos. Les pasaré factura invitándome a comer con ellos cuando vuelvan del viaje de novios.



viernes 30 de mayo de 2008

Hacia Granada



San Ildefonso, a vista de Google

Aunque este post se publique a las diez de la mañana, a esa hora estaré camino de Granada. Me acompaña feruli, mi maestro de informática, y Chita, su mujer, que trabaja en el Centro de cuidados paliativos Laguna y ha encontrado un hueco para unirse a la expedición.

Yo oficiaré la boda de Rocío y Daniel en la Iglesia de San Ildefonso. Es mi boda 163. Mañana entrará Bach en el blog para coronar dignamente el mes de mayo.

Esto significa que hasta mañana por la tarde no podré "moderar" ni publicar vuestros inmoderados comentarios.

martes 6 de mayo de 2008

El piropo como terapia


Ha pasado mucho tiempo, pero como sé que los protagonistas de esta anécdota van a leer lo que escriba hoy, con su expresa autorización, trataré de ser discreto sin perder la objetividad.

Pongamos dos nombres al azar: Marta y Pablo. Por entonces llevaban dos años casados y aún no tenían niños.

Marta era, y sigue siendo, una morena con cara de adolescente bravía. Pablo siempre me pareció un señor mayor. Vestía chaqueta y corbata por exigencias de su empresa y andaba repeinado como un notario de provincias aunque aún no había cumplido los treinta.

El conflicto se vino fraguando durante los meses anteriores por algo relacionado con sus respectivas familias políticas, y estalló en el hiper un fin de semana que fueron de compras. Pablo era partidario de llenar el carro a tope y a Marta le agobiaba tanta mercancía. El caso es que se llamaron de todo y casi llegan a las manos. Como se ve, lo más parecido a una riña de segundo de bachillerato.

El sábado me telefoneó Marta; el domingo, Pablo. El lunes vinieron al colegio los dos juntos. Me los encontré en la sala de visitas, serios y huraños como dos chavales enrabietados. Según Marta, el divorcio era inevitable: “irreversible”, dijo una y otra vez masticando cada sílaba. Pablo parecía no oírla, y yo trataba de aparentar que el asunto me inquietaba muchísimo.

El careo inicial no dio resultado, así que salí un momento y regresé con un par de folios.

—Como no tengo mucho tiempo —les dije—, os voy a poner deberes. Pablo, tú ve escribiendo en este papel diez cosas buenas de Marta.

—¿Cosas buenas?

—Sí, diez virtudes concretas. Seguro que, si lo piensas un rato, algo se te ocurrirá. Y tú, Marta, haz lo mismo: diez cualidades de tu marido.

No parecieron muy felices con la tarea, pero allí los dejé, cada uno con su boli y su papel.

—Cuando hayáis terminado, me avisáis. Estoy en la capellanía.

¿Cuánto tardasteis, Marta? Yo creo que más de un cuarto de hora. Al fin me entregaron los folios y me dispuse a leerlos en voz alta.

—Marta, esto es lo que dice Pablo de ti.

Recuerdo muy bien la primera de sus cualidades: “Marta es muy alegre y me hace reír…”

—Sí, claro —intervino ella—. O sea que soy una payasa…

—Segunda cualidad…

Me gustaría recordar la lista entera, porque era el elenco de piropos más sincero y divertido que recuerdo haber visto jamás. Como es lógico, se llevaron los folios para repasarlos de vez en cuando. Espero que los conserven hasta las bodas de oro.

Allí terminó aquel conflicto. Marta y Pablo regresaron a casa tan contentos que incluso me invitaron a merendar unos días después. Pasaron los años y bauticé a la mayor, a la segunda, al tercero…

Demasiado sencillo parece todo esto, ¿verdad? Ojalá las crisis matrimoniales se resolvieran siempre con esa facilidad; pero la historia es verídica y la receta de los dos folios sigue siendo eficaz en bastantes casos. Algunos que yo me sé podrían ponerla en práctica.

Cuando me toca casar a una pareja, suelo pedir a los novios que me digan los defectos del otro o de la otra, y, si no son capaces de concretar unos cuantos, les explico en broma que los matrimonios entre arcángeles no están contemplados en el derecho canónico.

Luego, cuando ya están casados, suelo invitarles a descubrir cada una de las virtudes y cualidades del cónyuge. Los defectos…, se descubren solos y no vale la pena analizarlos demasiado.


lunes 28 de enero de 2008

Boda con tormenta en Gazolaz

El 31 de julio de 1999, o sea hace un siglo, Nacho y Alicia contrajeron matrimonio en Gazolaz, un pueblecito navarro, cercano a Pamplona, en una iglesia románica bellísima, de la que recuerdo muy bien su espléndida galería porticada.

Allí llegué, convocado por la novia, para oficiar la ceremonia. ¡Qué remedio! Ya por entonces todo el mundo sabía que "don Enrique nunca dice que no a una antigua alumna de Aldeafuente".

Nacho y Alicia se habían conocido un año antes (allá por el mes de junio de 1998, si no recuerdo mal), y fueron novios casi instantáneamente. El amor a primera vista no es tan raro como parece.

Alicia me lo contó al día siguiente.

—He conocido a Nacho

—Ya, ¿y qué tal?

—Con ese tío me caso.

Lo siento, Alicia, lo recuerdo muy bien: dijiste exactamente eso. Y hay que reconocer que Nacho no se lo pensó mucho más, aunque, como es hombre sereno y ponderado, esperó antes de dar el primer paso.

Fue una de las bodas más simpáticas que recuerdo. Poco antes de empezar la Misa, un tormentón impresionante nos dejó sin luz, y hubo que encender todas las velas para que se viera algo en el interior de la iglesia. También nos quedamos sin megafonía, pero nadie la echó en falta.

Alicia llegó caminando, vestida de novia y con una sonrisa esplendorosa, desde la casa de su abuelo, que estaba a pocos metros. Nacho vino en coche, nervioso como una pila.

Fue una ceremonia sencilla, familiar e inolvidable. Yo traté de que todos se lo pasaran bien. Incluso se rieron durante la homilía. La verdad es que se respiraba una alegría muy especial. Yo, desde luego, estaba seguro de que los novios se habían estado buscando mutuamente durante mucho tiempo sin saberlo.

Han pasado ocho años y medio. Nacho y Alicia han resultado ser una pareja de aventureros con un optimismo sólido como una roca. Su primer niño —Nachete— nació en Nueva York. Luego vinieron tres más, y ayer por la mañana Alicia me ha telefoneado para decirme, alborozada, que ya están esperando el quinto.

—¿Y tú qué tal estás?, le pregunto.

—¡Fenomenal!

Alicia tiene verdadera predilección por este adjetivo. Y lo dice siempre con tanta convicción...


lunes 19 de noviembre de 2007

Los Pimentel 2


Prometí una foto de la Tribu y se han apresurado a mandármela. Aquí están los nietos con la abuela.

Y aquí las cuatro rubias de Lupe: Pati, María, Lupita y Carlota.
A partir de este momento declaro solemnemente que no pondré ni una foto más de mis tribus amigas.

sábado 17 de noviembre de 2007

Los Pimentel



Dentro de un par de horas celebraré en la Iglesia del Espíritu Santo, de Madrid, la boda de José María Pimentel, alias Pachano, y Elisa Garzón.

Como está feo que un cura piropee a la novia, no diré nada de Elisa, que es, por otra parte, una chica encantadora a la que conozco bien, pero desde hace poco tiempo.

Del novio y de su familia sé bastante más. A ellos no les importa que los saque en el blog —es más, me animan a hacerlo—; por tanto trataré de ir repasando los nombres para hacer memoria. Son una tribu, y yo, su cura de cabecera.

Pachano es el pequeño de 10 hermanos. Los otros nueve son Pedro, María, Sonsoles, Fernando, Santiago, Almudena, Cristina, Belén y Lupe. No estoy muy seguro de haber acertado en el orden, pero sí en los nombres.

El padre de Pachano se llamaba Fernando y fue Coronel de Caballería hasta su muerte. Falleció hace 7 años, y celebré un Funeral inolvidable en la Catedral Castrense. Fernando era hombre de muchos amigos, y como fue también amigo de Dios, Él se lo llevó al Cielo cuando estaba mejor preparado. Su esposa, la madrina de la boda, se llama Dolores, y lo más probable es que esta tarde trate de reprimir sus emociones. No diré más porque ella es pudorosa y quizá no le guste que la descubra.

El 14 de octubre de 1995 celebré la boda de Lupe. Casó con Carlos y no tienen hijos. Sólo hijas: Pati, Lupita, María y Carlota, 4 rubias preciosas de ojos azules, cuyas fotos aún estoy esperando para poner aquí una muestra. Dos años más tarde casé a Belén con el bueno de Pablo, que todavía tenía pelo y acababa de sacar la oposición de notarías. Otros cuatro niños: 2 chicas y 2 chicos.

En enero de 2002 falleció Cristina, y celebramos un funeral en Madrid. Por supuesto, también me tocó a mí. Y recuerdo que en aquella Misa dimos muchas gracias a Dios, en medio del dolor, porque se la llevó estupendamente preparada. El mes que viene, cuando vuelva a Asturias, no me olvidaré de visitar el cementerio de Colloto donde descansan sus restos.

De los bautizos hablaré otro día. O no. Ya veremos.

¿Comprendéis por qué repito una y otra vez que es grande ser cura? La tribu de los Pimentel son otra de mis familias predilectas.

Alguien decía el otro día en un comentario que los curas “también” tienen su “corazoncito”. ¿Cómo que “también”? ¿Y qué es eso de “corazoncito”?

No, mi querida historiadora del metro. Los curas hemos de dejar que Dios se nos meta en el alma. Tenemos que abrirle el corazón para que esté siempre rebosando amor, para que se dilate de tal forma que seamos capaces luego de repartirlo generosamente. Y, es curioso, cuanto más cariño damos, más se llena el corazón.

Entendedme. No puedo presumir de nada. Así que, por favor, no me deis coba. Pero ser cura me ha enseñado a querer. Casi no sé hacer otra cosa.

viernes 19 de octubre de 2007

Bodas de Plata




Esta tarde celebraré las Bodas de Plata de un matrimonio amigo. Tendremos una Misa de acción de gracias, y yo deberé decir unas palabras: no demasiadas para no amargarles la fiesta.

¿Y qué digo? Tal vez me lance por la peligrosa senda de la memoria histórica. Quizá recuerde cómo los conocí hace muchos, muchos años, cuando ella tenía 13 y era una niña alborotadora que se reía sin parar. Un día se coló en un curso de retiro que yo predicaba a chicas mayores. Me temo que falseó su edad para poder asistir.

Unos años más tarde me presentó al chaval que le gustaba, a quien ya llamaba “su novio”. Resultó ser un estudiante de segundo de derecho, largo, listo y un pelín redicho, que hablaba como la precisión de un Letrado del Consejo de Estado. La niña lo miraba con arrobo y su madre suspiraba encantada.

− ¡Es un chico tan serio...!

Se casaron hace veinticinco años. Yo ya no andaba por aquellas tierras y celebró su matrimonio mi admirado don Francisco Balibrea, sabio canonista ya fallecido, que pronunció una homilía llena de sabiduría que no osaré emular esta tarde.

Les diré la verdad: que, después de tantos años, no han cambiado casi nada, y que me parece una impertinencia por su parte seguir con la misma pinta mientras los demás envejecemos.

Recordaré también a aquel hombre sensato, del que habla Jesús en la Parábola, que edificó su casa sobre piedra. Vinieron las riadas y los torrentes, pero la casa permaneció en pie. Y les diré, porque es la verdad, que su casa, su familia, su amor, tiene un buen cimiento. Fueron generosos desde el primer día: metieron a Jesús en su hogar y nunca se avergonzaron de cuidarlo como al mejor huésped. Por eso, ni la gota fría ni los sunamis pudieron jamás con ellos.

Así que daremos gracias a Dios, y les pediré que no cuenten conmigo para las bodas de oro. Espero que, para entonces, me habré ido ya a ver las aves del cielo en su hábitat más natural.

Sí, creo que es un buen esquema para la homilía.


lunes 15 de octubre de 2007

La Boda de JC ( y III)


Sólo viví dos años en Sevilla, pero cuando llego a Andalucía, me parece que estoy de regreso en casa.

Con el taxista, hablo de la Mezquita:

—Dicen que los musulmanes quieren rezar también allí.

—Si fuera sólo rezar… Los moros quieren más cosas.

—Ya.

Me da vergüenza no tener el acento de la tierra. No se me ocurriría imitarlo como hacen algunos turistas insensatos, porque aún conservo cierto sentido del ridículo, pero yo mismo me doy cuenta de que hablo en voz más baja, sin exagerar los finales de las palabras, evitando golpear los oídos de esta tierra con mi brutal acento del norte.

En la Plaza de los Capuchinos busco un azulejo que alguien me recomendó en el blog; lo encuentro en una callejuela y rezo por dos o tres intenciones que uno siempre lleva en la mochila. Luego me sumerjo en el barroco de Nuestra Señora de los Dolores. La Virgen, en lo alto, tiene la mirada en el Cielo y un corazón dorado atravesado por siete puñales. Yo comienzo, por fin, a preparar la homilía y trato de imaginarme a nuestra Señora sonriente, vestida de fiesta en Caná de Galilea, con esa carita de ternura que suelen gastar las mujeres maduras cuando asisten a un boda.

En la de Cusca y Jacobo hay una banda de gaiteros (!) y un coro andaluz imponente. Al final, la Salve rociera, un terremoto piadoso y solemne que pone los pelos de punta. Si algún día me nombran Cardenal Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, prometo incluirla en todos los pontificales.

A las nueve y cuarto de la mañana del domingo, me siento en un banco de la estación del tren para rezar el breviario, cuando se me acerca un desconocido.

—Padre, ¿qué le pareció la salve rociera de ayer? ¿Tela, verdad?

—¡Tela!

Camino de Madrid, a las diez de la mañana, el AVE es un pájaro ciego que se sumerge en la niebla. A la altura de Ciudad Real vislumbro dos sombras que se acercan por la izquierda. No son don Quijote y Sancho, sino una pareja de sisones que vuelan torpemente como avutardas en miniatura.



sábado 13 de octubre de 2007

Mi boda 160ª




Me voy a Córdoba. Esta tarde se casan Cusca y Jacobo al ladito del Cristo de los Faroles, y tengo que oficiar la ceremonia.
Prepararé la homilía en el AVE. A lo mejor os la cuento a la vuelta.

Tenéis tiempo hasta el domingo para descubrir cómo se las apaña Tamariz para descubrir la carta. Si nadie me lo explica, seguiré pensando que este sujeto es el mismísimo Lord Voldemort (el mago tenebroso de Harry Potter) reencarnado. Desde luego un aire sí que tiene.



martes 9 de octubre de 2007

4 niños 4



—Entonces, ¿cuántos hijos cree usted que debemos tener?

Me lo preguntó hace muchos años uno de los 159 novios cuya boda he celebrado. Llamémosle Carlos por si acaso.

Carlos era ingeniero y se le notaba mucho. Me pregunté si serviría de algo darle una conferencia a palo seco o si sería mejor gastarle una pequeña broma como prólogo. Opté por esto último.

—Cuatro. Por lo menos, cuatro.

Me miró un tanto desconcertado.

—¿Cuatro? Es un número raro, ¿no? ¿Por qué cuatro?

—Si partimos de la base de que queréis tener hijos, cuatro es lo menos de debéis intentar. Supón que el primero es un niño. Los pedagogos y el sentido común enseñan que, para su formación, le vendría muy bien un hermano más o menos de su edad. Eso le enseñará a compartir, a no ser egoísta; a tener un amigo, un confidente y hasta un cómplice de sus travesuras.

—De acuerdo, ¿y por qué dos más?

—Es que también es muy importante una hermana. Así el chaval crecerá sin complejos raros y aprenderá lo que es una chica. Será más fácil educarlo en el pudor, en el respeto al sexo opuesto y en tantas virtudes que, sin la presencia femenina, resultan más problemáticas.

—Es lógico (por un momento, pensé que Carlos iba a empezar a tomar apuntes). ¿Y el cuarto?

—Ten en cuenta que la niña también necesitará una amiga… O sea que ya son cuatro.

Carlos se quedó pensativo.

—El problema es acertar… Porque, claro, ¿cómo conseguir que nazcan así, dos y dos?

—No es fácil, desde luego. Es más sencillo lograrlo si tienes cinco, y prácticamente seguro si no te importa tener seis o más…

—¡Venga ya!

Por supuesto se trataba de una broma. ¿O no?


jueves 4 de octubre de 2007

Mi primera boda

La novia, el día de su primera Comunión


Aún no había cumplido dos años de cura. Por entonces vivía en Valencia y ya había dicho "no" a algunas parejas que me pidieron que celebrara su matrimonio. No recuerdo que excusa les di, pero lo único cierto es que estaba aterrado: las ceremonias solemnes y concurridas me producían temblores.

El problema llegó cuando mi hermana, Mari Pili, anunció que se casaba. Su novio de toda la vida era un chaval espigado y charlatán llamado Constan.

Naturalmente todos dieron por supuesto que yo sería el oficiante, y no se me ocurrió ninguna excusa razonable para huir de la quema; ni siquiera el hecho de que mi tío Antonio, jesuita, anunciara que vendría desde Estados Unidos para asistir al evento. Por un instante pensé que me libraría del compromiso, pero no coló.

Habitualmente, cuando celebro una boda, me reúno antes con los novios, charlamos de los detalles concretos de la ceremonia y de otros detalles no menos concretos de su futura vida matrimonial. Me temo que con Mari Pili no lo hice.

Mi hermana estaba guapísima y mucho más serena que Constan o que yo mismo. Me preparé la homilía como si fuera la última de mi vida, y se me ocurrió hablar de Blake, un personaje de “el libro negro” de Papini que va por el mundo en busca del Paraíso terrenal y que, agotado después de su larga e infructuosa travesía, recibe en sueños una confidencia del mismo Dios:

—“En vano recorres la tierra buscando el lugar donde estuvo el Jardín destinado a ser morada de Adán. Como premio a tu fe y tu constancia te revelaré la verdad. El Paraíso Terrenal es toda la tierra, nada más que la tierra con todas sus regiones, con sus alturas y sus aguas. Adán y Eva no fueron expulsados de un lugar cerrado, sino que fueron cegados. Las espadas llameantes de los Querubines cambiaron la visión de sus ojos, los obnubilaron y no reconocieron el asilo de las delicias y jamás lo volvieron a reconocer. Sus ojos ofuscados vieron malezas y espinas donde había flores esplendorosas, vieron piedras escabrosas donde había gemas refulgentes, zonas desiertas donde en realidad había extensiones alfombradas de hierbas olorosas, lugares nebulosos donde brillaban cielos resplandecientes, horrendos abismos donde había valles bendecidos por la sonrisa del sol. El mundo ha quedado tal cual fue en su creación desde el primer día, pero los hombres, debido a la alteración de su mirada, ven en el Paraíso, ya un doloroso Purgatorio, ya un horrendo Infierno”.

Cuenta Papini que Dios extendió su diestra y tocó los ojos del durmiente; luego sopló en sus oídos y el peregrino se despertó sobresaltado. comprobó entonces que el Señor no le había engañado: lo que en la tarde anterior le había parecido una tierra pedregosa y estéril, la veía ahora como una multicolor fiesta de hierbas y flores. Extasiado de estupor, comprendió de golpe los razonamientos que se decían gorjeando los mirlos y las alondras, alegrándose con él por la recuperada felicidad.

Y yo, concluye Blake, “después de agradecer al Señor con un canto nuevo, regresé a mi ciudad, a mi pobre casita, y me di cuenta de que hasta mi reducida huerta de Londres era un rincón, hasta entonces ignorado, del Edén omnipotente y eterno.”

He contado otras veces esa misma historia, y siempre me ha servido para explicar a los novios que la felicidad que buscan no depende tanto de las circunstancias externas como de su mirada limpia, del amor que vayan poniendo en todo: en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en las penas y en las alegrías…

25 años después celebramos las bodas de plata de Mari Pili y Constan. Se incorporaron a la Misa Susana, Amaia y Jon, los tres hijos del matrimonio. Faltaba el padrino, mi padre, que entre tanto se nos había ido al Cielo. Por lo demás, los “novios” no habían cambiado mucho. El cura, sí. Algo de oficio había adquirido con los años. La homilía fue mucho más familiar y menos temblorosa. Les pregunté:

—¿Os acordáis de lo que os dije el día de vuestra boda?

—Por supuesto —contestó Mari Pili— mientras Constan asentía.

No tuve más remedio que cambiar de tema.

jueves 27 de septiembre de 2007

Bodas son amores (II)



Me contaba mi amigo José María, rector de una iglesia de Valencia, que en cierta ocasión, en el instante mismo en que empezaba la ceremonia de una boda, los novios y los padrinos comprobaron con horror que habían olvidado los anillos en casa.

La tragedia estaba servida. La novia comenzó a llorar, y fueron inútiles los esfuerzos de del cura para convencerla de que no ocurría nada. Había tiempo de sobra para ir a buscar las alianzas. Si fuera necesario, él prolongaría algo la homilía.

Fue necesario. Don José María, que es veterano en estas lides, se explayó a gusto: comentó exegética, jurídica y teológicamente cada una de las lecturas; habló del matrimonio desde todos los puntos de vista imaginables; pero la novia lloraba desconsolada al comprobar que los anillos seguían sin aparecer.

En la frente del oficiante brotaron las primeras gotas de sudor. Repitió los mismos argumentos con nuevo énfasis; se remontó al Antiguo Testamento; habló de Tobías y de su esposa, de Adán y Eva…, y los anillos no llegaban.

A punto estaba de tirar la toalla y comenzar el rito del matrimonio suprimiendo o aplazando la bendición e imposición de las alianzas, cuando por el pasillo central de la iglesia, entró corriendo como un atleta olímpico uno de los testigos.

El recién llegado levantó el brazo derecho para mostrar su trofeo. Don José María tomó aire, recuperó la serenidad y exclamó con voz potente:

—¡Ya está aquí el Señor de los Anillos!

Si el organista hubiese tenido reflejos habría interpretado en ese momento la música de la peli.

martes 25 de septiembre de 2007

Bodas son amores



—Oye, ¿cuántas bodas habremos oficiado en estos 38 años y pico?

—Si yo fuera párroco, querido Kloster, el número sería enorme, pero como la labor pastoral que llevo es de otro tipo, me permito el lujo de elegir las parejas. A veces digo sí, y a veces no. Y como siempre tomo nota, puedo afirmar que son exactamente ciento cincuenta y nueve. La primera, la de mi hermana Mari Pili, que se casó con Constan en agosto de 1971. La última, la de Verónica y Pablo, el pasado mes de junio.

—Pocas son: menos de cinco al año. Y de divorcios, nulidades y demás, ¿cómo andamos?

—Andamos mal. O sea, bien. Quiero decir que casi ninguno: tres…, y medio.

—¿Y cómo es posible?

—Supongo que porque las parejas que yo casé sabían bien lo que hacían.

—O porque no tenían miedo al compromiso ni la entrega.

—Quizá porque querían tener niños, en plural, y no les importaba apretarse el cinturón.

—Tal vez también porque se conocían y se habían preparado para la boda.

—O porque fueron novios de verdad y no otra cosa. Y su noviazgo no fue un aperitivo del matrimonio ni un ensayo general.

—Yo creo que porque supieron quemar las naves y no mirar atrás.

—Oye, Kloster, ¿no estaremos exagerando un poco?

—Sí, pero sólo un poco.

—Por supuesto no hemos casado a seres arcangélicos. Ellos y ellas tenían y tienen defectos. Pero todavía me enternezco cuando me invitan a su casa y veo que van bien, que han cumplido con aquella solemne declaración de amor que hicieron un día: Yo, te recibo a ti como esposa, y me entrego a ti, y prometo serte fiel…

—¿Entonces, vamos a recordar alguna de esas bodas en el blog?

—Confío en tu memoria, amigo Kloster; porque yo casi no me acuerdo de nada. Pero vale pena intentarlo y explicar a quien nos lea que "bodas son amores y no buenas razones".