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miércoles 14 de mayo de 2008

STABAT MATER






Me pedís la letra del "Stabat Mater" de Pergolesi. No es difícil encontrarla en Internet. Éste es el texto original latino. Se trata de una conocida secuencia mariana, de autor anónimo, escrita en el siglo XIII, que se utiliza en la liturgia católica y ha tenido multitud de versiones cantadas.

Stabat Mater dolorosa
juxta crucem lacrymosa
dum pendebat Filius.

Cuius animam gementem,
contristatam et dolentem,
pertransivit gladius.

O quam tristis et afflicta
fuit illa benedicta
Mater Unigeniti,

quae moerebat et dolebat,
Pia Mater, cum videbat
Nati poenas incliti.

Quis est homo, qui non fleret,
Matrem Christi si videret
in tanto supplicio?

Quis non posset contristari,
Christi Matrem contemplari
dolentem cum Filio?

Pro peccatis suae gentis
vidit Jesum in tormentis
et flagellis subditum.

Vidit suum dulcem natum
moriendo desolatum
cum emisit spiritum.

Eja Mater, fons amoris,
me sentire vim doloris
fac, ut tecum lugeam.

Fac ut ardeat cor meum
in amando Christum Deum,
ut sibi complaceam.

Sancta Mater, istud agas,
Crucifixi fige plagas
cordi meo valide.

Tui Nati vulnerati,
tam dignati pro me pati,
poenas mecum divide.

Fac me vere tecum flere,
Crucifixo condolere,
donec ego vixero.

Juxta crucem tecum stare,
te libenter sociare
in planctu desidero.

Virgo virginum praeclara,
mihi jam non sis avara,
fac me tecum plangere.

Fac ut portem Christi mortem,
passionis fac consortem
et plagas recolere.

Fac me plagis vulnerari,
cruce hac inebriari
ob amorem Filii.

Inflammatus et accensus
per te, Virgo, sim defensus
in die judicii.

Fac me cruce custodiri,
morte Christi praemuniri,
confoveri gratia.

Quando corpus morietur
fac ut animae donetur
Paradisi gloria.


Y ésta es la traducción más conocida, obra de Lópe de Vega:

La Madre piadosa estaba

junto a la cruz y lloraba

mientras el Hijo pendía.

Cuya alma, triste y llorosa,

traspasada y dolorosa,

fiero cuchillo tenía.


¡Oh, cuán triste y cuán aflita

se vio la Madre bendita,

de tantos tormentos llena!

Cuando triste contemplaba

y dolorosa miraba

del Hijo amado la pena.


Y ¿cuál hombre no llorara,

si a la Madre contemplara

de Cristo, en tanto dolor?

Y ¿quién no se entristeciera,

Madre piadosa, si os viera

sujeta a tanto rigor?


Por los pecados del mundo,

vio a Jesús en tan profundo

tormento la dulce Madre.

Vio morir al Hijo amado,

que rindió desamparado

el espíritu a su Padre.


¡Oh dulce fuente de amor!,

hazme sentir tu dolor

para que llore contigo.

Y que, por mi Cristo amado,

mi corazón abrasado

más viva en él que conmigo.


Y, porque a amarle me anime,

en mi corazón imprime

las llagas que tuvo en sí.

Y de tu Hijo, Señora,

divide conmigo ahora

las que padeció por mí.


Hazme contigo llorar

y de veras lastimar

de sus penas mientras vivo.

Porque acompañar deseo

en la cruz, donde le veo,

tu corazón compasivo.


¡Virgen de vírgenes santas!,

llore ya con ansias tantas,

que el llanto dulce me sea.

Porque su pasión y muerte

tenga en mi alma, de suerte

que siempre sus penas vea.


Haz que su cruz me enamore

y que en ella viva y more

de mi fe y amor indicio.

Porque me inflame y encienda,

y contigo me defienda

en el día del juicio.


Haz que me ampare la muerte

de Cristo, cuando en tan fuerte

trance vida y alma estén.

Porque, cuando quede en calma

el cuerpo, vaya mi alma

a su eterna gloria. Amén.


sábado 29 de marzo de 2008

Emaús (y IV)



El desconocido se situó entre Cleofás y yo, y empezó a hablar. Ahora, al recordar su discurso, me viene a la memoria la firmeza de sus palabras y la autoridad con que pronunciaba cada frase; pero no soy capaz de describir el tono ni el volumen de su voz. Creo que era como un susurro, aunque cada sílaba que salía de su boca nos golpeaba el fondo del alma como un grito.

Nos llamó torpes, necios, incrédulos, pero ninguna de esas palabras parecía una ofensa, sino una caricia. Era formidable comprender que, en efecto, éramos todo eso y que, por lo tanto, podíamos estar equivocados y aún había esperanza.

Nos explicó la Escritura, el sentido profundo y luminoso de la historia de Israel y de la Alianza de Yahvé con nuestros padres en el Sinaí, las promesas de Dios, las infidelidades constantes del pueblo, las llamadas de los profetas… Y recitó despacio unos versos del Isaías que conocíamos de memoria:

Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta.

¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado.

El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados.

Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros.

Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca.

Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido…

Recordé al Rabí que nos explicó en la sinagoga este pasaje. Nos dijo que era una alegoría de los sufrimientos del pueblo de Israel. Ya entonces me pareció una extraña alegoría. Ahora Jesús la había vivido al pie de la letra, pero yo me resistía a aceptarlo.

—¿No comprendéis que era necesario que el Cristo padeciera todo eso para entrar en su gloria…?

La verdad es que no, no lo entendíamos aún. Sin embargo aquellas palabras parecían haber alterado todo: el viento frío se había transformado en una suave brisa, el sol, ya sin nubes que atenuasen su luz, se disponía a caer sobre las montañas en una sinfonía de colores rojos y violetas, y nuestro ánimo, por alguna razón difícil de entender, se había encendido de nuevo como la luna llena de Pascua.

Emaús estaba a la vista. Mi casa seguía tan blanca como hace tres años, y el huerto no parecía abandonado. Mi perro, que ya no era mío, puesto que lo regalé a mi vecino Samuel, vino corriendo hacia nosotros para darnos la bienvenida, y, antes de que nos diéramos cuenta, el desconocido se alejaba por el camino.

—¡Eh, tú…! ¡Quédate con nosotros. Ya anochece…!

En la mesa de mi casa alguien había dejado un pan y una jarra de vino. Quizá fue Samuel, pero no me atreví a salir para preguntárselo. Nos sentamos. Empecé a temblar antes de que ocurriese nada. El Señor tomó el pan, y yo le pregunte:

—¿Quién eres?

Jesús dividió el pan como sólo Él lo hacía.

—Sabes muy bien, quién soy —me contestó—.

Le miré a los ojos. Era el vivo retrato de María.

viernes 28 de marzo de 2008

Emaús (III)



No le oímos llegar; por eso el sobresalto fue mayor.

Hasta ese momento habíamos caminado unas veces muy deprisa, como fugitivos o ladrones —que eso éramos— y otras, por el contrario, demasiado despacio, como si nos costara alejarnos de Jerusalén. Pero siempre fuimos solos. Por eso, al escuchar aquella voz nos detuvimos desconcertados.

Cleofás se giró por completo y miró al desconocido de arriba a abajo. Vestía una túnica blanca ceñida a la cintura y unas sandalias nuevas, tan limpias que parecían no haber tocado el polvo del camino. Era joven y fuerte. Su rostro me resultó familiar, pero expresaba una dignidad que no recordaba haber visto antes.

—¿Por dónde has venido?

El forastero sonrió:

—He estado siempre a vuestro lado.

―¿Siempre…? ¿De dónde vienes?

―De Jerusalén.

―Entonces, ya sabes de qué hablamos ¿O eres tú el único que ignoras lo que ha ocurrido allí estos días?

―¿A qué te refieres?

―A Jesús de Nazaret, al gran Profeta...

Mientras Cleofás hablaba, yo reemprendí la marcha y me refugié de nuevo en la tristeza. No necesitaba que me contaran otra vez historia y mucho menos oír cómo se la repetían a un curioso que sólo buscaba conversación.

Tenía razón Cleofás: ¿cómo podía haber alguien en el mundo que ignorase los sucesos que habíamos vivido? ¿Quién sería capaz de pensar en otra cosa que no fuera la muerte del Maestro? En ese momento incluso me sorprendí dando gracias a Dios por el viento gélido y las nubes negras que nos escoltaban en el camino. Era un consuelo ver que también la naturaleza sufría con nosotros.

Entre tanto, Cleofás se desahogaba con un desconocido hasta el punto de confesarle nuestra antigua esperanza de que Jesús fuera el restaurador del Reino de Israel y el alboroto de las mujeres, que nunca son de fiar, porque se dejan arrastrar por el corazón y la fantasía.

―Nuestros sueños ―concluyó― están enterrados en el sepulcro de Jesús, al otro lado de una gran piedra que nadie puede remover.

Y, de pronto, aquel caminante, a quien ni siquiera habíamos preguntado el nombre, empezó a hablarnos con la autoridad de un profeta y con voz cálida, enérgica y cercana…


jueves 27 de marzo de 2008

Emaus (II)


Nada más salir al camino, vimos a María Magdalena y a su grupo, que regresaban alborotadas del sepulcro. Al parecer no habían conseguido embalsamar el cuerpo de Jesús. Los soldados se habían llevado el cadáver, pero ellas insistían en que había ocurrido algo prodigioso.

Tomás, uno de los doce, acompañado por tres o cuatro discípulos, abandonaba en ese momento la casa sin prestar el menor crédito a los gritos de las mujeres. Cleofás y yo tampoco estábamos dispuestos a hacer más averiguaciones, pero aun así nos demoramos un buen rato antes de emprender la marcha.

El camino hacia Emaús iba a ser largo.

—¿Dónde estará la Madre de Jesús?

—Deberíamos habernos despedido de ella, pero nadie sabe a dónde fue. María Magdalena tampoco.

La primavera continuaba fría e inestable. Aún soplaba el viento negro del desierto. Caminamos casi una hora en silencio.

Era inútil tratar de olvidar. ¿De qué íbamos a hablar en el camino? De las veces que recorrimos con Jesús el mismo sendero, de los enfermos que llegaban de todos los rincones de Palestina, de aquel ciego que gritaba en Jericó, de la mujer que llevaba a enterrar a su hijo y Jesús le dijo "no llores". Eran recuerdos dulces y amargos que tan pronto levantaban el ánimo como volvían a hundirlo en el abismo. Todo, todo, todo había terminado ya para siempre. Quizá nunca había empezado.

—¿Te acuerdas de Judas? —preguntó de pronto Cleofás—.

—Nunca hablamos de él ¿Por qué me lo preguntas?

—¿Sigues pensando que Judas es sólo "el traidor", y que dándole ese título hemos sido justos?

La mirada de Cleofás se había ensombrecido más aún. Se quedó callado un rato, se envolvió en la túnica y dijo:

—Olvídalo. Es este viento negro que se mete en el alma.

—Una cosa es cierta —le respondí—: nosotros, como Judas, no vamos a ninguna parte, ya no buscamos nada porque lo hemos perdido todo. Simplemente huimos, nos alejamos. No hay esperanza. Si acaso iremos en busca de un rincón donde morir. Judas encontró un árbol.

Me vino entonces el recuerdo de María, de su mirada, idéntica a la de su Hijo, de aquella sonrisa imposible de olvidar. No sé si lloré porque el viento frío me azotaba la cara. En ese momento oímos una voz a nuestras espaldas:

—¿Qué discursos son esos que os traéis en el camino?

Era una voz vagamente familiar, de alguien conocido en otro tiempo y olvidado casi por completo.

miércoles 26 de marzo de 2008

Emaús. (I)



El viernes por la tarde, se levantó en Jerusalén un viento frío del desierto y las nubes de arena ocultaron el sol. El cielo se llenó de crespones negros y nos envolvió una noche prematura, sin la luna de Pascua. Jesús había muerto. La luz se había ido y comenzaba el sabath más triste de nuestra vida.

Volví a Jerusalén con los demás discípulos y nos reunimos en dos pequeñas habitaciones. Mi amigo, Cleofás, se sentó a mi derecha y conversamos hasta el amanecer.

Decidimos huir, y no por miedo a lo que pudiera ocurrirnos, sino por librarnos del peso insoportable de la memoria. Habríamos escapado inmediatamente de la Ciudad, si la Ley nos hubiese permitido viajar en sábado.

Los recuerdos del tiempo vivido con Jesús eran y son toda mi vida. Yo he comido los panes y los peces en la montaña del milagro y he visto cómo los leprosos se libraban de su lacra maldita. Yo he estado ante la tumba de Lázaro, y lo vi regresar del Sheol. ¡Qué vais a contarme! Precisamente por haber sido testigo de tantos prodigios, el desmoronamiento de la esperanza fue más terrible. Por un momento pensé que lo había soñado todo, que Satanás me había embaucado con unos recuerdos mentirosos para luego devolverme de golpe a la realidad.

María, la Madre de Jesús, estuvo con nosotros durante todo el sábado. No durmió ni un segundo ni tomó alimento alguno; pero aparecía serena, sin atrincherarse en su dolor: nos miraba a cada uno como tratando de adivinar nuestros pensamientos más secretos. En ocasiones incluso sonreía.

Le dije a Cleofás que no me sentía con fuerzas para resistir la mirada de María. Era el perfecto retrato de su Hijo, y quería decirme algo que yo no estaba dispuesto a escuchar.

No la mires, le advertí. Si lo haces, nunca regresaremos a Emaús.

Emaús. ¡Qué lejano y extraño me había parecido mi hogar hasta ese momento! Cuando lo dejé, muchos meses atrás, por seguir a Jesús, pensé que nunca volvería a verlo. Sin embargo, a medida que transcurría el sábado, fui recordando cada rincón de mi casa: el molino del patio, el pozo, el pequeño huerto que nadie habría cultivado...

Cleofás se me acercó, y, como si me hubiera leído el pensamiento, me susurró en voz baja:

Mañana, al amanecer, nos vamos.

Dormimos apenas una hora. Al despertar, el sol comenzaba a salir por el horizonte. Cleofás y yo nos dispusimos a emprender la marcha.

¿Y María?

Parece que ha ido hacia el sepulcro. Estaba feliz, resplandeciente. También han llegado las mujeres, que hablan de apariciones de ángeles; pero no sé...

No quise oír ni una palabra más.

La mañana era fría, pero ya había estallado la primavera en Jerusalén. Junto a la puerta de la casa había florecido una rosa roja, que la noche anterior no estaba allí. La acaricié con los dedos y miré a Cleofás.

Es sólo una flor me dijo. Vámonos. El camino es largo.





lunes 17 de marzo de 2008

30 monedas de plata



(del diario de Judas Iscariote)

Fui débil con Caifás. El Sumo Pontífice me habría pagado mucho más que estas 30 miserables monedas. Habría vaciado las arcas del Templo con tal de detener discretamente al Maestro sin provocar altercados. Pero yo no soy avaricioso, tengo mi dignidad: soy un buen judío y cumplo escrupulosamente la ley de Moisés.

Juan ha insinuado hace días que retiro de la bolsa algunos denarios para mi propio beneficio. Más le valdría al niño ése meterse en sus asuntos. ¿Qué quiere, que vivamos como las aves del cielo y nos dejemos vestir por Yahvé como los lirios? Esas alegorías del Maestro conmueven a sus seguidores, pero a mí me irritan porque demuestran hasta qué punto se mueve al margen de la realidad.

Si no fuese por Judas, el grupo de los 12 viviría así, como los gorriones. ¡Qué fácil les resulta a todos poner los ojos en blanco, abandonarse a la providencia de Dios, y dejar que yo administre las pocas monedas que nos dan. Para colmo, pretenden que dé parte del dinero a los pobres. Pues bien, eso es lo que hago: nadie más pobre que el pobre Judas.

Con Caifás fui generoso. Naturalmente que exigí una retribución económica. Alguien tiene que compensarme estos tres años perdidos, corriendo detrás de una quimera, de un falso mesías que cuenta parábolas a la plebe, cura enfermos a escondidas y se niega a tomar el poder cuando lo tiene al alcance de la mano.

30 monedas. ¿Para qué necesito 30 monedas? ¿Para comprar un camello? ¿Para hacerme una casa en Cafarnaum? Las quiero sólo para recuperar mi dignidad, para librar a Jesús de su propia locura. Dentro de poco, cuando comparezca ante el Sanedrín, lo despojarán de todos sus trucos; le hablarán en nombre de Yahvé y tendrá que decir la verdad.

30 monedas es muy poco para el enorme favor que he hecho al pueblo de Israel. Muy pronto Jesús habrá desaparecido de la memoria de los hombres y Judas será considerado un benefactor de la humanidad.

30 monedas. ¡Cómo pesan! Es terrible llevarlas encima. Fui generoso, fui débil, pero estas monedas me aplastan como si fueran todo el oro de Satanás.


domingo 16 de marzo de 2008

Domingo de Ramos



...Y no sucedió nada.


(del diario de Judas Iscariote)

Esta mañana por un momento pensé que el Maestro estaba dispuesto a dar la batalla definitiva para hacerse coronar rey.

No se hablaba de otra cosa en Jerusalén: Lázaro había resucitado al grito de Jesús. El relato de lo acontecido en Betania iba de boca en boca y ya nadie tenía la menor duda de que el Mesías estaba a punto de entrar en la Ciudad santa.

Sólo Caifás, el muy cobarde, tenía miedo. Pensaba que si las autoridades religiosas reconocían al Cristo, los romanos tomarían represalias, acabarían con la revuelta y destruirían el Templo. Por eso quería acabar con Jesús. "Es mejor que muera un hombre en lugar de todo el pueblo", había dicho en el Sanedrín; pero lo cierto es que tenía horror a la lucha, a perder sus privilegios. ¡Pobre Caifás!

Y, en medio de todo, cuando el ambiente estaba más caldeado, Jesús nos dijo que quería entrar en la Ciudad no a pie, como en otras ocasiones; tampoco a caballo, que sería una arrogancia innecesaria, sino sobre un borrico, como rey de paz.

—Maestro —le dije—, me parece una medida brillante y muy adecuada. Así nadie podrá acusarte de provocador. El pueblo estará con nosotros. Yo mismo me encargaré de mover a la plebe.

Jesús me miró en silencio. No sé lo que había en su mirada. ¿Tristeza? Nunca le entenderé del todo.

El sol estaba en lo alto cuando entramos en Jerusalén. ¡Qué alboroto! Fue aún mejor de lo que yo preveía. Cantaban los niños y las mujeres. Los hombres gritaban de entusiasmo y apretaban los puños a la espera de una orden, al menos de un gesto del nuevo rey de Israel.

Los sacerdotes se refugiaron, temerosos, en el Templo sin atreverse a abrir la boca. Todo estaba a punto para dar el paso definitivo. Y entonces ocurrió algo extraordinario.

Ocurrió..., que no ocurrió nada. El Maestro predicó un buen rato y, al caer la tarde, decidió que regresábamos a Betania.

¿Qué pretende Jesús? ¿Acaso quiere que lo maten? No lo entenderé nunca.

Acabo de recibir a un mensajero de Caifás. Quiere negociar conmigo... Hablaremos mañana.