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domingo 25 de mayo de 2008

Escupir es peligroso


Acaba de "cantar" Chikilikuatre y yo me voy a la cama. Prometo solemnemente que, si gana, me iré a otro continente mañana mismo.
Abro un periódico digital y encuentro esta noticia que reproduzco tal cual. Es una parábola viva de la vieja Europa.


Un hombre falleció al caerse del balcón de su hotel durante una competencia de escupitajos con un amigo, informó el martes un periódico suizo.

El diario 'Blick' dijo que el joven, de 29 años, tomó carrerilla desde el interior de su habitación para escupir más lejos, pero perdió el equilibrio y se precipitó a la calle desde una altura de 6'4 metros.

El hombre, que murió en el hospital, sugirió el concurso cuando, junto con dos amigos, volvía de madrugada de la discoteca de su hotel en Cadempino, en el cantón suizo de Ticino.

Uno de sus amigos se había ido a dormir, pero los otros dos decidieron ver quién escupía más lejos desde el balcón de la habitación.

Me pregunto qué dirá el predicador en el funeral. No le envidio.
Descanse en paz.

miércoles 9 de abril de 2008

Llueve



Llueve sobre Madrid, y la ciudad se atrinchera para defenderse. Se encienden los faros de los automóviles, se despliegan los paraguas; salen los coches de sus sótanos y la ciudad se llena de bocinazos y salpicaduras. Las escobillas de los limpiaparabrisas están agrietadas y ya no sirven. Hay atascos, gritos, silbidos de los guardias urbanos y de los “agentes de movilidad”, que ya no mueven nada.

Madrid es hostil a la lluvia. Dicen que hacía falta porque el campo está seco y los embalses casi vacíos; pero los urbanitas de la Meseta, cuando hablan del campo piensan en el Bernabeu, y no entienden muy bien por qué no llueve sólo en Lozoya, que es de donde llega el agua al grifo. Les molesta la lluvia; la soportan como un mal menor, pero no la entienden.

Yo, en cambio, disfruto con ella. Me gusta mojarme y sentir que recupero la piel húmeda de mi tierra. Esta mañana, al afeitarme, la cuchilla se deslizaba con suavidad, como cuando vuelvo a Bilbao.

Hace tiempo tuve un sueño. De verdad, no es broma; sí que lo tuve. Soñé que llovía a mares, con fuerza inusitada. Era de noche y yo salía de casa corriendo para beberme la lluvia. Me encontré en un descampado inmenso; me quité la camisa, me tumbé en la hierba, y respiré hondo. Poco a poco fui sintiéndome limpio y feliz.

Ahora pienso que la Gracia de Dios es también una lluvia, que nunca deja de fecundar la tierra. Dios es generoso y la entrega sin medida. Es un agua viva que refresca, purifica y sana.

Lo que ocurre es que tenemos miedo y sacamos los paraguas o nos refugiamos en algún portal sucio y miserable. Preferimos que nos salpiquen los charcos de la calzada.

Ya lo dijo Jesús a la Samaritana: "si conocieras el don de Dios; si supieras quién te pide de beber, tú le pedirías a él y él te daría agua viva".

Pero es preciso desnudar el alma. Sólo así esa lluvia, que viene de lo alto, saltará con nosotros a la vida eterna.


martes 25 de marzo de 2008

Política interior


Últimamente soy adicto a Slawomir Mrozek. He aquí otro de sus microcuentos. No prometo que será el último.




Juanito le quitó un juguete a Pedrito. Pedrito se quejó de ello a su hermano mayor. El hermano mayor de Pedrito se dirigió inmediatamente al patio y le dio una patada a Juanito. Juanito fue corriendo a la cercana planta embotelladora de agua con gas donde estaba empleado su hermano mayor y le informó de la patada. Aquel mismo día, al anochecer, el hermano de Pedrito fue víctima de una fuerte paliza.

El padre del agredido era colega del dueño de la planta embotelladora de agua con gas donde estaba empleado el autor de la agresión. El hermano de Juanito fue despedido. Pero su tía era cocinera de la cuñada de la mujer del director del Departamento de la Pequeña Industria, y al dueño de la planta embotelladora de agua con gas le quitaron la licencia.

El sobrino del dueño de la fábrica de agua con gas trabajaba en la policía secreta. El director del Departamento de la Pequeña Industria fue arrestado. El gobernador de la región, pariente lejano del arrestado, lo consideró una provocación e intercedió por él en la capital.

El gobierno del país, temiendo un aumento de la influenciad de la policía, se aseguró el apoyo del ejército y destituyó al ministro del Interior de su cargo. La influencia del Ejército aumentó.

A pesar de la enérgica acción del gobierno, Pedrito no recuperó su juguete, que se quedó en poder de Juanito. Pero Juanito no disfrutó de él por mucho tiempo. Se lo quitó Pepito, que tenía un hermano en la Primera División Acorazada.

Sławomir Mrożek

sábado 22 de marzo de 2008

Nieva sobre los cerezos

Ya os lo decía yo. ¿Por qué florecisteis tan a destiempo? Queríais despertar a los pájaros haciendo madrugar a la primavera, y os lo advertí:
-En Riaza aún esperamos más heladas. Esas flores morirán recién nacidas.

Hoy, Sábado Santo, ha caído una nevada magnífica, de copos enormes y silenciosos. Durante media hora hemos recuperado el invierno que no tuvimos, y las flores de los cerezos se han puesto tristes, con un color de Cuaresma que no presagia nada bueno.

Regreso a Madrid al caer la tarde. Trataremos de que los propósitos del Retiro den fruto: que no me los congele esta extraña primavera.

jueves 13 de marzo de 2008

El futuro



El futuro es un enigma, pero ¿para qué están los augurios? Los antiguos vaticinaban por el vuelo de las aves y de este modo llegaban a saber lo que les esperaba. Incluso yo mismo puedo vaticinar mi futuro.

Fui al parque, donde pájaros no faltan. Algunos volaban, otros estaban posados en los árboles, otros merodeaban por el césped. A mi me interesaban sólo los voladores. Alcé la cabeza y empecé a observarlos. No llevaba esperando mucho cuando sentí en la calva un ¡plaf! y mi futuro se me hizo simbólicamente claro.

He averiguado una sola cosa acerca del futuro: no vaticinar nunca por el vuelo de las aves sin un buen sombrero.

Sławomir Mrożek



viernes 15 de febrero de 2008

El hombre de la mano en la oreja


Si El Greco volviese a nacer, ya no pintaría al “caballero de la mano en el pecho”. Ahora nadie se lleva la mano a semejante lugar; pintaría al “tipo de la mano en la oreja”, ya que éste es el gesto más significativo del siglo XXI.

Me lo dijo el primo de Kloster, que se fue a la selva en los años ochenta y volvió hace tres días a Madrid.

—¿Oye, qué le ocurre a la gente? ¿Por qué van todos corriendo por la acera con la mano en la oreja? ¿Acaso hay una epidemia de otitis?

Yo le expliqué que estamos en el siglo de la comunicación, que todas esas personas llevan un pequeño teléfono en la palma de la mano y no paran de hablar ni de escuchar.

—¿Y con quién hablan?

—Con otros que caminan por otras aceras.

—A lo mejor van por la misma.

—Es posible; ni ellos mismos lo saben.

—¿Y no pueden esperar a llegar a casa o a sus oficinas?

—Por supuesto que no. Tienen que tener los oídos ocupados todo el tiempo. Además hay que dejar claro que están muy atareados, que tienen prisa, que están superestresados. Sin estrés su imagen pública se derrumbaría estrepitosamente El estrés es una cuestión de prestigio; sin él no se puede vivir.

—¿Y de qué hablan?

—De dinero, de hipotecas, de plazos, de gestiones, de mujeres, de hombres, de suegras, de cuñadas, del tráfico, del gobierno, del alcalde, de dónde están, de dónde vienen y adónde van, de lo que les falta para llegar y de la cobertura del móvil.

—¿De la qué…?

—El móvil es el teléfono, ¿lo pillas? Y como la comunicación se realiza a través de ondas electromagnéticas, es preciso tener siempre cobertura.

—Ya. ¿Y no sería mejor que se pusieran todos de acuerdo para dejar los teléfonos en casa y aprendieran a mirarse los unos a los otros? ¿Te has fijado? Es que van como zombis, no se ven. Te empujan y ni se enteran. Chillan desaforadamente como gorilas salvajes a veinte centímetros de mi propio apéndice auricular sin percatarse de que existo. Toman el autobús y siguen hablando a gritos con la mano en la oreja, informando de sus problemas a los demás pasajeros. Claro que es igual: nadie les escucha, porque todos tienen una oreja tapada. Yo creo que estáis en el siglo de la incomunicación.

Exageras. Piensa en el tiempo que ahorran. Gracias a esta incesante comunicación, la productividad aumenta de forma significativa.

—Oye, ¿y tú estás seguro de que hablan con alguien?

—Claro…, ¿en qué estás pensando?

—En que a lo mejor sólo pretenden taparse los oídos.

Kloster me miró con ojos de añoranza.

—En la selva del Amazonas las cosas son muy diferentes. Allí sí que nos comunicamos. Yo hablo con las plantas, con las aves, con todos los animales que me rodean y con cada una de las personas que encuentro, y no necesito agarrarme la oreja.

En esas estábamos cuando entramos en una pequeña iglesia románica. En una capilla lateral hay un precioso calvario del siglo XI. La Virgen está a la derecha de la Cruz, y a la izquierda, el apóstol San Juan con la mano en la oreja, igual que si llevara un teléfono móvil

No es el primer calvario que veo de estas características: en la iglesia de San Juan del Hospital, en Valencia, el apóstol también adopta la misma postura. Y lo mismo en Riaza, y en tantos otros lugares.

El primo de Kloster, que no es muy experto en estas cosas, me pregunta si también San Juan llevaba móvil

—Al contrario —le respondo—. El arte es un lenguaje, y las imágenes de los retablos son la “biblia pauperis”, es decir, la biblia de los que no saben leer. San Juan tiene la mano en la oreja porque está escuchando atentamente lo que le dijo Jesús desde la cruz: “ahí tienes a tu Madre”. Si tuviera el móvil encendido no oiría nada.

* * *

Escribo desde Molinoviejo. He empezado a predicar un curso de retiro y creo que esta tarde contaré la parábola urbana del hombre con la mano en la oreja.

Es preciso hacer silencio en el alma para encontrar a Dios y escuchar su voz, porque Él habla siempre en voz baja.

No sea que cuando nos llame nos encuentre comunicando.



miércoles 13 de febrero de 2008

María y el parquímetro


El parquímetro se reía de mí descaradamente.

Hasta ese momento yo me había portado de forma ejemplar: había introducido la tarjeta de “prepago” por la ranura adecuada, la había recargado con todas las monedas que llevaba en el bolsillo —unos diez euritos—, había marcado el tiempo que pensaba tener estacionado el automóvil y había apretado al botón verde, como todos los días, para que el infernal aparato escupiera el tíquet.

Un momento, por favor

Espero. Sigo esperando. Algo iba mal. De pronto el artilugio emitió una especie de eructo electrónico y mi tarjeta salió despedida por donde había entrado.

Tarjeta desconocida

—¿Desconocida? ¡Anda ya, que es la misma de ayer y de anteayer! Además tiene impresa la matrícula de mi coche, de acuerdo con las nuevas normas de nuestro amado alcalde.

Tomé aliento. Aguardé unos segundos y volví a introducir la tarjeta.

“Un momento, por favor”

En esta ocasión el “momento” parecía no tener fin. Quise anular la operación pulsando el botón rojo, pero la tarjeta se había atascado. Para colmo, apareció un extraño mensaje en alemán, holandés o algo así.

—Por mí, como si me lo dices en chino.

A estas alturas, había empezado a dialogar en voz alta con el monstruo.

Recurrí al procedimiento manual. Agarré el borde de la tarjeta, que sobresalía por la ranura y tiré con firmeza. En ese momento oí una voz a mi derecha:

—¿Me das algo?

Era la rumanita de la esquina. Se llama María, tiene once años y una mirada tan cándida e inocente que sólo puede proceder de un entrenamiento concienzudo. María es una profesional de la limosna, que desarma a los peatones con sus ojos enormes y transparentes.

—María, lo siento. Todas mis monedas están en esta tarjeta.

—¿Y billetes? Si quieres yo te cambio.

Metió la mano en una especie de bolso negro y sacó un buen montón de euros en monedas. Le di un billete de cinco, y me lo cambió por cuatro, con la celeridad y precisión de un cajero.

—Ahora ya no necesitas la tarjeta…

En efecto, metí una moneda y el parquímetro funcionó.

María sonrió con dulzura. Estoy convencido de que la máquina y ella estaban compinchadas.

martes 29 de enero de 2008

Un fantasma entre la niebla


Enero de 2006.

Íbamos muy despacio por la autopista, cuando se nos apareció de repente en medio de la niebla. Volaba a ciegas haciendo cabriolas en el aire para evitar a los coches. Era enorme y estaba asustado. Había nieve en polvo en el aire.

La conductora de un vehículo blanco, a mi derecha, dio un peligroso golpe de volante. El fantasma, entonces, vino hacia mí, que ya casi había detenido el automóvil, y me miró a través del cristal, con esa mirada penetrante que tienen los de su especie, antes de desaparecer definitivamente. Todo ocurrió en apenas un segundo.

Era un milano real, la rapaz más elegante de la Meseta, el mejor velero del aire. Con gran su cola ahorquillada y sus enormes alas se exhibe durante el invierno por estas tierras en piruetas que sólo él sabe realizar. La mayor parte vienen de los países del Norte en busca de temperaturas más cálidas, y también de los topillos, que tanto abundan.

Yo iba a predicar un curso de retiro en la Sierra, y, como casi siempre, aprovechaba el viaje para ir perfilando los esquemas de las meditaciones. Se me antojó entonces que aquello era una metáfora de algo, pero no fui capaz de llegar a ninguna conclusión.

Ya en mi destino, algún colega me sugirió que el milano podría servirme para hablar de la muerte, que puede llegar en cualquier curva de la vida. Me pareció demasiado obvio. Además yo siento una particular ternura por las aves; no las veo nunca como un peligro mortal, sino como ángeles protectores que nos acompañan en todos los caminos.

Desde aquel día, cada vez que atravieso el túnel de Guadarrama, espero que vuelva el fantasma para pensarlo mejor. Ayer mismo, cuando volvía hacia Madrid, otro milano me saludó desde lo alto.

¿O sería el mismo?

domingo 27 de enero de 2008

Niebla


Desde Molinoviejo hasta San Rafael hay diecisiete kilómetros exactos. trece minutos por carretera y dos menos por autopista, con peaje incluido.

La niebla madruga menos que yo. A las ocho menos cuarto de la mañana aún no se ha levantado y duerme abrazada a los pinos.

Cojo el coche. La luz de los faros no logra traspasar la nube negra que parece haber invadido el jardín. ¿Cojo la autopista? Me digo que no vale la pena. Total, son sólo diecisiete kilómetros.

Salgo a la carretera con cierta dificultad y me incorporo a una caravana de automóviles que se arrastra lentamente. Me dejo llevar. ¿Me dará tiempo a rezar una parte del Rosario?

"Dios te salve, María..."

Un loco nos adelanta por la izquierda a gran velocidad. Yo no veo nada. A medida que avanzamos la niebla es más densa y más oscura. Ahora que no me lee nadie, reconozco que tengo un poco de miedo. Gracias a Dios sólo debo fijarme en las luces del vehículo que va delante y guardar la distancia de seguridad.

De pronto aparecen otras luces a izquierda y derecha. ¿Dónde estamos? No es posible que hayamos llegado a San Rafael, pero se ha detenido la caravana, y algunos conductores salen de los automóviles. Yo también lo hago.

¡Vaya por Dios! Resulta que nos hemos desviado del trayecto y hemos entrado en un pueblo. Por lo visto el camión que iba delante nos ha conducido a todos a su punto de destino. Hay un chaval en una furgoneta que ríe a carcajadas mientras explica la historia a los afectados. Nadie parece sintonizar demasiado con su buen humor. Y es que no son horas. A mí tampoco me hace gracia el episodio.

Unos minutos más tarde nos encontramos de nuevo en la carretera; la niebla desaparece y comienza a amanecer sobre la sierra.

Yo no he preparado demasiado bien la meditación de esta mañana. Contaba con reflexionar un poco durante el viaje, pero con tanto lío... No sé, tal vez hable de la niebla y de la dirección espiritual. Diré que para moverse en la niebla hace falta un buen guía. Y, si a uno le toca ir delante, más vale encomendarse al Espíritu Santo, y usar una buena brújula para no perderse en el camino.



miércoles 28 de noviembre de 2007

Hojas y cicatrices



Me dice Richi que la parábola de las hojas secas ha quedado muy molona, pero que no se entiende. “¿De qué está hablando —escribe— cuando dice eso de conservar las hojas secas para este otoño de mi vida”?.

Sí, a lo mejor ha quedado un pelín cursi y oscura la metáfora, pero es que eran las once de la noche cuando la escribí, y a esas horas me controlo regular.

Querido Richi: explicar una metáfora es como destripar un chiste. Sólo se me ocurre ilustrártela con otra.

Cuando un matador de toros lleva muchos años en el oficio suele tener el cuerpo lleno de cicatrices. Cada una de ellas corresponde a un error del torero (el toro nunca se equivoca), pero el matador las enseña con orgullo y no permite que se las maquillen con la cirugía estética. Ya lo dijo el famoso diestro alemán Heinz Kloster, alias chiquito de Baviera:

—El torero que no tenga cicatrices en la barriga sólo ha toreado de salón.

Mis cicatrices son esas hojas secas de las que hablaba ayer. Me gusta presumir de su belleza.

(Supongo que ahora se entiende aún menos la metáfora).

sábado 10 de noviembre de 2007

El servidor público



Aquel abnegado servidor público hablaba de sí mismo en tercera persona y poniendo siempre el cargo por delante.

—Decir "yo" está al alcance de cualquiera —explicaba a su cónyuge—. Todo el mundo puede usar ese insignificante monosílabo. Pero estás casada con un servidor público, que debe mantener y expresar su dignidad en cada frase.

Por eso él prefería aludir a su persona proclamando, por ejemplo: "este diputado está en condiciones de afirmar que..."

Cuando le nombraron concejal, la abstracción subió un grado: "la concejalía de cultura opina..." Y cuando llegó a ministro, el cargo llenó por completo su vida:

—¿Quieres jamón, querido?

—Gracias. Este ministro tomará un poco. ¿Es ibérico, verdad, amor mío?

—Legítimo de bellota, dilecto prócer.

Un día decidió que, en adelante, nada de calificativos triviales para las palabras que salieran de su boca. Él no hablaría como todo el mundo. Él emitiría "declaraciones", "comunicados", "desmentidos" y, si acaso, algún que otro "off the record" en el ámbito más intimo de sus relaciones conyugales. Así, por ejemplo, si un día se le ocurría manifestar que hacía calor, las afirmación "hay que ver como aprieta el sol en verano" debería considerarse una "declaración", cuya trascendencia sería valorada por sus habituales turiferarios. Sin embargo, la frase "cielo, voy a darme un chapuzón en la piscina", tendría el carácter de "comunicado".

Después de muchos años, el servidor público fue desposeído de todos sus cargos y prebendas. Regresó a casa, tocó al timbre de la puerta y se oyó una voz femenina:

—¿Quién es?

El ex servidor público sollozó debilmente antes de responder:

—Soy Paquito.





domingo 21 de octubre de 2007

Un árbol abatido por el viento



Ayer estuve en un pueblo de la Sierra de Madrid. Mi amigo Javier tiene una casa rural magníficamente acondicionada con un jardín que se convierte en huerto y luego en bosque a medida que se aleja hacia lo alto de la montaña.

Comimos allí mismo con su mujer y su hija mayor. Javier tenía interés en enseñarme la variedad de aves que llegan a su pequeño oasis, pero hablamos, sobre todo, de un árbol que cayó fulminado hace un par de día y estuvo a punto de alcanzar la fachada de la casa.

Es un gran pino como los de Valsaín, alto y esbelto como el mástil de un gran barco, aparentemente lleno de vida.

—¿Qué ocurrió?

—El suelo es muy poco profundo. Estamos sobre una roca, y los árboles no pueden echar raíces hacia abajo. Las raíces crecen casi en la superficie y destrozan el pavimento. Yo los quitaría todos, pero no me dejan. Fíjate que altura más enorme alcanzan. Ése es el peligro. En cuanto llegue un huracán serio aquí no queda ni uno en pie.

El pino derrumbado tenía, en efecto, buena parte de las raíces al aire. Era como un animal herido que nos enseñase sus entrañas esparcidas por el suelo.

“Los árboles mueren de pie”, escribió Casona. Éste no tuvo la oportunidad de morir así. Y Juan Ramón Jiménez habló de raíces y alas:

“¡Sí, cada vez más vivo/ —más profundo y más alto—,/ más enredadas las raíces/ y más sueltas las alas!/ ¡Libertad de lo bien arraigado!/ ¡Seguridad del infinito vuelo!”

No era la primera vez que contemplaba el espectáculo de los árboles derribados por el viento. Hace años, en una finca de Segovia se precipitaron más de un centenar de pinos enormes por no estar bien arraigados en la tierra. Nunca olvidaré aquel panorama desolador.

De regreso a Madrid hice la oración pensando en el pino caído.

¿Cuáles son mis raíces? ¿Estoy yo también anclado sólo en la superficie? ¿Me importa más crecer hacia arriba que profundizar en lo hondo de mi vida y de mis amores?

Hice el propósito de escribir estas líneas. Y de seguir mañana, o pasado… Ya veremos.

viernes 12 de octubre de 2007

El arquero



El arquero se reviste pausadamente, con la solemnidad de un sumo sacerdote que fuese a oficiar su propio funeral.

Se cubre el pecho con un chaleco para que la cuerda no se enganche a la ropa. Se ciñe el brazo con la brazalera; ajusta la correa que sostendrá el arco y la dactilera que le protegerá tres dedos: el índice, el corazón y el anular.

Ya ha elegido las palas del arco y el hilo que va a utilizar. Tensa y calibra el arma, escoge la flecha con sumo cuidado y la saca del carcaj. La contempla y la acaricia como si quisiera transmitirle un último mensaje.

Juan Pablo se sitúa en su puesto, a la distancia precisa de la diana. Ajusta el visor, coloca le flecha, tensa la cuerda y dispara.

—Ahora —me dice— la flecha tiene la última palabra. No puedo pedirle que vuelva.

Tiene razón el arquero. La vida, aquí abajo, es ir preparando poco a poco el único disparo que no tiene marcha atrás. Soy libre, y mi libertad es tan poderosa que puedo dar con mi vida en la diana de la eternidad. Yo digo “para siempre”, “te querré eternamente”, y al decirlo, me asemejo a Dios mismo, que es Eterno, que es fiel.

La flecha aún no ha salido del arco. Aún puedo ajustar el visor y afinar la puntería. Puedo cambiar la trayectoria, pero no quiero la pobre libertad del perrito que rehace su vida en cada hueso que encuentra y no se compromete con ninguno.

Yo sé que llegará un día en que mi amor será eterno. El día de mi muerte la flecha habrá sido disparada y ella tendrá la última palabra.


martes 2 de octubre de 2007

Moraleja de la parábola de ayer

Vale la pena hacer click en el dibujo para ver bien el chiste de Quino




Ayer tuve que describir a toda velocidad una experiencia que habría merecido una redacción más pausada. Pero yo andaba liado con las bachilleres y ni siquiera pude poner la moraleja de mi verídica parábola urbana.

Cuando subí al coche, superado ya el ficticio ataque de pánico, pensé que sí, que era una buena metáfora de la presencia de Dios. Él sí que sabe dónde estás en cada momento; en qué atasco, en qué semáforo. Y su presencia no es agobiante, ni inquisidora. Es la mirada de una madre que contempla a su hijo que juega en el parque. A veces parece entretenida con otras cosas, pero su corazón siempre está atento.

Al sur de Roma hay una pequeña ermita con una imagen de la Virgen y una inscripción: Cor meum vigilat. Mi corazón vigila.


lunes 1 de octubre de 2007

Usted está aquí




En la calle Velázquez de Madrid hay un plano enorme de la ciudad con sus calles, líneas de metro, autobuses y toda la información urbana que cualquier turista pueda solicitar. Ayer me paré a contemplarlo. No buscaba nada especial, pero me entretuve comprobando los trayectos que hago cada día de Norte a Sur y de Este a Oeste.

En ésas estaba cuando me fijé en un círculo rojo que había justo en el centro del mapa con un letrero: “usted está aquí”.

Me sentí invadido por el pánico. Me vi pequeñito, como una hormiga en medio de un laberinto enorme de calles, avenidas, plazas, glorietas y callejuelas. Y sin embargo alguien me había localizado. ¿Cómo sabían dónde estaba yo? ¿Quién me vigilaba?

Me moví lentamente hacia la derecha hasta situarme detrás de un cartel publicitario. A los pocos segundos asomé la cabeza. El letrero seguía en el mismo sitio: “usted está aquí”.

“Conservemos la calma”, me dije. Tratemos de disimular. Tal vez, aunque sepan que estoy aquí, no tengan claro quién soy. Pensé contestar por escrito poniendo debajo, por ejemplo, “y usted ¿dónde está?” O, mejor, “¿está usted seguro?” O también, “eso se lo dirá usted a todos”.

Saqué el rotulador del bolsillo, pero, lo confieso, no me atreví. Había demasiados testigos cerca: un controlador de la “ora”, un repartidor de pizzas, el portero de la casa de enfrente y un par de turistas despistados que buscaban la calle de Alcalá.

Entre en el coche. Me pregunté si habría desaparecido ya el círculo rojo. Imagino que sí. Y decidí ponerlo en el blog.

Sólo espero que alguno de mis comentaristas sepa poner una moraleja a esta parábola urbana.

martes 18 de septiembre de 2007

Moraleja de la parábola de ayer


Los comentaristas de la parábola de “el dengue, el toro y el mosquito” han recurrido a coplas anónimas con rimas inconfesables (Juanan) a remedos de Jorge Manrique (Bernardo) e incluso a un poema satírico de mi amigo Quevedo (Dal).

María y Elena, como buenas ex-alumnas de Aldeafuente, se acercan más a lo que yo pretendía decir con esta verídica historia. Pero mi opinión es más radical.

Por supuesto que no hay enemigo pequeño. Más aún: el peor enemigo es casi siempre el más pequeño. Los grandes morlacos que nos corresponde torear en la vida suelen encontrarnos bien preparados, con la muleta desplegada y el estoque a punto. Pero ¿quién teme a un mosquito?

Dentro de unos días me tocará oficiar una boda y, como siempre, me entrevistaré antes con los novios. Hablaremos de toros y de mosquitos. Les diré que no tengan miedo a los grandes problemas, a las fieras que sin dura aparecerán alguna vez durante su vida en común. El auténtico peligro está en las pequeñas discusiones, en los reproches miserables, en los olvidos, en las mínimas faltas de respeto, en los silencios huraños, en la mala educación, en las faltas de cortesía.

Esos son los mosquitos, que, si no se eliminan a tiempo, pueden infectar el matrimonio con un dengue crónico de difícil cura.

San Pablo, en ese texto que suele leerse en las bodas, nos proporciona el insecticida. Es, como veis, un catálogo de cosas pequeñas:

“El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta, no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, si-no que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca”.

viernes 24 de agosto de 2007

El tiburón


El tiburón hembra que apareció en la costa tarraconense hace unos días falleció ayer a pesar de los delicados cuidados de los veterinarios de la Generalitat.

Por lo visto se trataba de un ejemplar muy anciano, desorientado y sin fuerzas para seguir nadando. Como es sabido, los tiburones necesitan estar siempre en movimiento para respirar.

Tan lamentable noticia ha inspirado al famoso fabulista H. Kloster el siguiente poema:

Un escualo grande y feo,
una hembra tiburona,
vino a pegarse un garbeo
por aguas de Tarragona.

Alarmados los bañistas,
en playas y chiringuitos
como raudos velocistas
huyeron pegando gritos.

¡No os marchéis dijo el escualo,
soy anciana y estoy mala,
soy sólo una triste escuala
que no os hará nada malo!

He estado en el endocrino
y el doctor me ha puesto a dieta:
ya solo como galletas,
queso de Burgos y vino.

No devoraré más niños,
no comeré carne humana;
ahora soy vegetariana
pues me he quedado sin piños.

mi destino y mandamiento
es nadar, siempre nadar.
Yo no puedo descansar
pues perdería el aliento.

Soy tiburona y no miento:
para poder respirar
todo escualo debe estar
en perpetuo movimiento.

Y la tiburona anciana
tomo aire, se sentó
y en tres minutos palmó
en la costa catalana.

Moraleja

Esto pasa en ocasiones
a esos seres agitados
que andan tan desazonados
en agobios y gestiones
que parecen tiburones.


Escuchad hoy mi consejo
nacido de la experiencia:
no frunzas el entrecejo,
y mírate en el espejo.
Haz examen de conciencia.

Respira lento y sereno
que tú no eres tiburón
ni pulpo ni camarón.
Echa el freno, Magdaleno,
como dijo Calderón

martes 7 de agosto de 2007

Parábolas urbanas (II)



Regresaba a Madrid desde la Sierra y me vi atrapado en un atasco. Yo no tenía prisa, pero sí que hice algún gesto de impaciencia: un toque de claxon innecesario, algún “audaz” cambio de carril…

A la entrada misma de la ciudad en obras, nos quedamos parados. Entonces vi el letrero: en la luna trasera del Ibiza que me precedía había una pegatina roja con letras blancas: no me des la brasa; tú también eres culpable del atasco.

Agradecí el consejo, que está lleno de sabiduría y no solo para la carretera.

jueves 22 de marzo de 2007

Parábolas urbanas I

Dirección espiritual


Juan va caminando por la calle y cae en una zanja muy honda, muy honda. El golpe es tremendo, y se queda aturdido durante unos segundos. Luego siente una vergüenza enorme y trata de salir a toda prisa para que nadie se dé cuenta de su torpeza. Pero la zanja es muy profunda y no lo consigue.

Pasa una señora con un cesto, y se esconde en un rincón para no ser visto.

Pasa otro peatón. Juan se pone un chaleco amarillo que encuentra por allí, y finge que es un empleado del ayuntamiento que trabaja en las obras.

Luego inspecciona la zanja en busca de una escapatoria. Intenta salir con dignidad, sin perder la compostura, como quien tiene previsto cada paso y cada obstáculo. Pero nada. Se diría que la zanja es cada vez más honda.

Al fin decide intentarlo arrastrándose a cuatro patas. Pero ni así…

Por último, lleno de vergüenza, grita:

—¡Socorro. Ayúdenme a salir!

Pasa un médico, y le pregunta:

—¿Está usted herido?

—Por supuesto. ¿Es que no ve el chichón que tengo en la cabeza?

Entonces el doctor extiende una receta y se la tira a la zanja.

—Y no se olvide: un comprimido cada seis horas.

Pasa el alcalde y, al oír los gritos, exclama:

—No se queje usted tanto, amigo mío: trabajamos para hacer una ciudad más confortable. Hemos de ser solidarios y pensar en el interés general.

Dicho lo cual, se aleja e inaugura unos parquímetros.

Pasa un periodista y le saca unas fotos.

Al fin, pasa su amigo Manolo y, al reconocer a Juan, se tira a la zanja.

—Se puede saber qué haces. Ahora estamos los dos igual.

—No creas. Yo estuve aquí antes y conozco el camino de salida.