sábado, 30 de junio de 2007

Adjetivos parásitos

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Como hace calor y, a partir de los 30 grados centígrados, mi imaginación se ralentiza considerablemente, permitidme una pequeña frivolidad de fin de semana.

Hace un par de años empecé a obsesionarme con los adjetivos y adverbios parásitos que pueblan el habla popular y la jerga periodística al uso.

Hay substantivos, en efecto, que llevan siempre pegado al lomo el mismo e inevitable adjetivo. Como hoy no sé explicarme mejor, pondré algunos ejemplos.

¿Os habéis fijado que todos los hoteles son “céntricos”, todas las agendas son “apretadas” y todos los descansos son “merecidos”?

El que escribe debería saber que también hay hoteles de suburbio, es decir, excéntricos, pero da igual. Hace un par de años oí decir por la radio que la selección española de fútbol se había concentrado “en un céntrico hotel de las afueras de la ciudad”. Y el narrador se quedó tan ancho.

Es evidente también que hay vacaciones o descansos manifiestamente inmerecidos y agendas escandalosamente holgadas, pero el adjetivo parásito se resiste a morir.

He aquí otros ejemplos:

Poderosas razones (o también, llamar poderosamente la atención). Es evidente que las razones podrían ser grandes, importantes, relevantes, lógicas, paranoicas, pequeñas..., etc. Pero no: siempre son sólo poderosas.

Pertinaz sequía. He aquí un parásito que procede del régimen anterior.

Hambre canina. Expresión manifiestamente injusta: los cánidos comen poco, por regla general. Yo hablaría mejor de hambre pajaril, ya que los gorriones, sin ir más lejos, devoran todos los días una cantidad equivalente al doble de su propio peso. Por tanto, si alguien os dice que come “como un pajarito” no le invitéis a almorzar.

Cochina envidia o sana envidia. No estoy de acuerdo: ni cochina ni sana. Si es envidia de verdad, habría que llamarla humana a secas.

Cómodos plazos.

Triste experiencia. Sí. Es triste reconocer que a la experiencia solemos adornarla con ese adjetivo.

Denodado esfuerzo.

Lucha titánica.

Dieta sana y equilibrada. ¡Ah, los adjetivos siameses! También podríamos hacer una lista de los que vienen siempre de dos en dos.

Reconocido prestigio.

Animada conversación.

Aplastante o abrumadora mayoría. (El talante democrático de nuestra lengua es más bien escaso. Aquí las mayorías aplastan o, por lo menos, abruman).

Últimamente el adjetivo democrático/a amenaza con parasitarlo todo. Los políticos, en su horrible jerga, han inventado la firmeza democrática, la energía democrática, la lógica democrática, etc.

¿Se os ocurre alguno más?

viernes, 29 de junio de 2007

Homos y heteros






Hoy Madrid se despierta de rosa. Empieza a prepararse la gran marcha europea del “orgullo gay”. Seguro que será una manifestación respetuosa y civilizada. Ya veréis como no insultan a nadie ni hacen obscenidades en público. Habrá que permitirles que se desnuden, desde luego, pero más que nada porque hace calor.
Sin
embargo estoy persuadido de que no romperán casi ningún semáforo ni molestarán a los que no participamos de su sano jolgorio.
El Ayuntamiento, consciente de los valores culturales y cívicos que promueven los manifestantes, les ha inyectado un milloncito de euros (de nuestros impuestos y parquímetros) para que todo les vaya la mar de guay a los gays.

Como homenaje a nuestr@s visitant@s (dicen que un millón) y sin ánimo de ofender por la cuenta que me tiene, descongelo este artículo que escribí hace año y medio.





Escribí hace tiempo que no me parecía serio llamar “creyentes” a los cristianos, ya que, en el fondo, somos bastante más descreídos que los ateos; creemos en muy pocas cosas, y no militamos en la tropa de los que siguen a pie juntillas los incontables dogmas de la posmodernidad. Los fundamentalistas del relativismo, los idólatras de los fetiches laicistas, esos sí que son creyentes.

Hablé de este asunto porque uno se fía poco de los vocablos de moda. En cuanto uno se repite con demasiada frecuencia y salta a la tele, empiezo a cogerle manía o me da la risa.

En aquel artículo, sin embargo, no expliqué del todo por qué la tengo tomada con el sustantivo “creyente”. La razón es que se trata de un invento de los que no tienen fe, igual que la palabra “payo” es una creación de los gitanos.

En tiempo de Cervantes, pongamos por caso, no había “creyentes”. Todos lo eran salvo dos o tres, y por tanto no era preciso llamarlos de ningún modo. Lo normal no necesita calificativos. Sí lo precisaban en cambio los ateos, o sea, los que se apartaban de esta norma general.

El problema surge cuando el ateísmo y el agnosticismo se convierten en epidémicos. Los incrédulos salen del armario, confiesan con orgullo su alejamiento de Dios, y reivindican su condición de “normales” tratando de que ocupen el armario vacío los que creen en Dios. Luego, cierran la puerta y cuelgan una etiqueta: “los creyentes”.

Algo parecido está pasando con otro vocablo recién nacido, que crece, prolifera y se trivializa de un tiempo a esta parte. Me refiero al sustantivo “heterosexual”.

-Oye, tío, ¿eres homo o hetéro?

Cuando vi que un famosillo de la tele se dirigía en estos términos a otro espécimen de su misma tribu, me dije a mí mismo: “muchacho, aquí hay tema”. Y es que hasta hace poco los llamados “heteros” simplemente no existían. Ser heterosexual era como ser bípedo, es decir “normal”. Por otra parte, era una verdad pacíficamente sostenida que la atracción de los sexos tenía bastante que ver con la reproducción. De ahí que si alguien se sentía atraído por personas del mismo género o por otro tipo de entes no aptos para la fecundación, se consideraba a todos los efectos que sufría una anomalía. Y las anomalías, aunque no afectan a la dignidad personal, sí que necesitan una palabra en el diccionario para distinguirlas de las situaciones normales.

El diccionario no se conformó con un vocablo; recoge docenas, casi todos despectivos, para identificar la homosexualidad y a los homosexuales. Ojalá -lo digo de todo corazón— esas palabras pasen muy pronto al depósito de cadáveres.

Ahora estamos en el polo opuesto. Era preciso luchar para que se reconociese a esas personas sus derechos. Y en eso estamos. Pero hemos pasado del “todos tenemos idéntica dignidad” al “todos somos normales”, que desde luego no es lo mismo.

Ya no hay ciegos, sino invidentes. Y como los ciegos son “normales” habrá que buscar una palabra para “los otros” que también son normales; sólo así se restablecerá la igualdad. De ahí que a los “no ciegos” nos llamen “videntes”, como a Rappel.

Otro ejemplo. Hace tiempo fui desposeído de mi vesícula biliar en un quirófano. Os aseguro que no lamento la pérdida, al contrario. Sin embargo, desde entonces soy consciente de que me falta algo: algo no demasiado serio, de acuerdo, pero no me atrevería a decir que es “normal” no tener vesícula, ni que deba sentir el orgullo de carecer de tan curiosa glándula. Si lo pensara, habría que crear al menos dos términos nuevos para considerarme en situación de igualdad con los que no han sufrido una laparoscopia.

-Oye tío, ¿tú eres vesiculado o avesiculado?

Luego inventaríamos el “día del orgullo avesicular”. Y que nadie se atreva a meterse con nosotros, porque lo llamaríamos “avesiculófobo”, que es vocablo la mar de aparente.

—Pero entonces, ¿eres homo o hetero?

—¿Yo? Payo, vidente, hetero y avesiculado.

—Caray…

jueves, 28 de junio de 2007

Es grande ser cura XIII. En la autopista








Esta anécdota no ha salido del congelador. Me sucedió hace sólo cuatro días en plena autopista Bilbao-Burgos.

El tráfico era muy escaso. Por eso me sorprendió el repentino atasco. Cientos de automóviles estaban detenidos, y yo, que ya había empezado a hacer cálculos sobre mi hora de llegada a Madrid, comprendí que había que armarse de paciencia y olvidar las matemáticas.

La caravana empezó a moverse con lentitud. Unos kilómetros más adelante, vi a la policía nacional. No se trataba de un control, sino de un aparatoso accidente de tráfico. En ese momento llegaban las ambulancias con estrépito de sirenas.

Un agente nos indicó que siguiéramos adelante sin detenernos; pero yo aparqué a un lado, agarré el pequeño botellín de aceite de oliva, que siempre llevo en la guantera, y con el ritual en el bolsillo, salí al asfalto.

El policía vino hacia mí algo irritado, pero al comprobar mi vestimenta, cambió el tono:

―¡No hace falta que vaya, padre; son moros!

En efecto, echados en el pequeño parterre central de la autopista, junto a uno de los coches accidentados, había una mujer y un hombre. Él parecía inconsciente; ella, con la cabeza cubierta como las musulmanas, se lamentaba a gritos. Al verme, hizo un gesto con la mano, que yo interpreté como una petición de ayuda. Miré al guardia y, sin mediar palabra, me dirigí hacia ellos.

No entendí nada de lo que me dijo aquella mujer. Hablaba en árabe, entre llantos, y añadía de vez en cuando dos palabras españolas o francesas:

―¡Unción, bendición! ―o algo así―.

Le pregunté si era cristiana o musulmana, pero la mujer no oía ni entendía. Puse mi mano derecha sobre la cabeza del hombre. Entonces dejó de gritar. Los enfermeros de la ambulancia se acercaron rápidamente para recoger al accidentado. Yo lo bendije sin palabras, y al ver que la mujer asentía, le absolví bajo condición.

―Si es capax, ego te absolvo a peccatis tuis...

Sólo los bautizados pueden recibir el Sacramento de la Penitencia. En aquel caso yo lo ignoraba todo sobre aquella persona: si estaba vivo o muerto; si era cristiano, musulmán o ninguna de las dos cosas; si tenía o no dolor de sus pecados. Por eso dije: "si eres capaz..., yo te absuelvo..."

La mujer asentía entre sollozos. Un enfermero la tomó del brazo para llevársela a la ambulancia, y ella, antes de marchar, me besó la mano.

Habían pasado en total menos de cinco minutos. Ya en el coche, comencé a rezar el Rosario. No estuve muy atento. La cabeza se me iba a aquellas dos personas, que no volveré a ver. Nunca sabré de qué les sirvió mi presencia en la autopista; pero Dios quería que yo pasase por allí.

Por supuesto, no es la primera vez que me he detenido en una carretera para atender a personas accidentadas, incluso a moribundos. Tampoco será la última. Pero me dije que valía la pena contarlo en el blog y repetir lo que vengo diciendo desde hace tres meses, que es grande ser cura.




miércoles, 27 de junio de 2007

Los duendes de la informática han averiado mi ordenata y he tenido que ingresarlo de urgencia en el hospital de Toshiba, donde permanecerá hasta el sábado. Gracias a Dios el pronóstico del enfermo es optimista: dicen que hay que cambiar el módulo de carga.

Yo le he dicho que bien, que de acuerdo, y he puesto cara de experto. En todo caso, la pieza está en garantía.

No os extrañe, por tanto, que Homero dormite un par de días. Si despierta, lo hará en otro ordenador.

martes, 26 de junio de 2007

26 de junio, una fiesta agridulce


No puedo terminar el día de hoy sin referirme a San Josemaría. Es su fiesta, su dies natalis, el día en que nació para Dios, en la Gloria.

Hace 32 años se nos fue al Cielo un Padre con miles de hijos e hijas. Cada uno de los que entonces éramos del Opus Dei recordamos dónde estábamos, qué hacíamos, en qué pensábamos en el instante en que nos dieron la noticia. Fue, quizá, el minuto más triste de nuestra vida.

Perdonadme el desahogo y el impudor. Yo aún siento el dolor de la herida y pido al Señor que no me la anestesie jamás.

He vivido con un santo: él me enseñó lo único importante que he aprendido. Me llamó al sacerdocio. Con él hablé de mi alma, pero también de literatura. Incluso me enseñó a poner los acentos.

Un día me dio un consejo:

—Cuando escribas algo que te gusta, guárdalo en el cajón un par de días. En el cajón lo que es bueno de “abonita” aún más. Lo malo se estropea.

Al marcharme de Roma, en una tertulia informal, en el jardín, dijo que me había criado a sus pechos. Tenía razón; pero, ya veis, uno sigue haciendo el ridículo.

(he configurado esta entrada para que no quepan comentarios. Entendedme, hablo de algo demasiado personal)



El famoso escritor (y III)



Han pasado doce años y, como es lógico, no soy capaz de recordar el orden ni el contenido de nuestras conversaciones.

La tercera fue, probablemente, un día después. Yo ya me había arrepentido de haberle dejado el borrador de mi librito. Por una parte, temía que no le gustase y que me lo dijera con demasiada “franqueza”, quiero decir sin anestesia, hiriendo mi vanidad de cuentista en ciernes. Por otra, pensaba que corríamos el riesgo de cambiar de conversación. Y yo no estaba allí para hacer crítica literaria, sino para tratar de que mi amigo se reencontrase con Dios,.

Sin embargo, todo salió redondo. Me devolvió los papeles y, con su rostro de piedra, aseguró solemnemente:

—Eres escritor.

Eso fue todo. Un tanto confundido, no supe qué decir ni cómo continuar el diálogo. Pero él me lo puso fácil:

—Tu concibes el mundo como un belén donde Dios nace. Mi visión de las cosas es distinta. Para mí, el mundo es un infierno en el que Dios no ha estado nunca.

Quizá empezamos a hablar entonces de la guerra civil, de la cárcel, de Franco… Aunque ahora pienso que ya estábamos en Madrid. Sí, recuerdo que le hacían un homenaje (otro más) en el Ayuntamiento y me invitó al acto.

—Mira, Luis —le dije—, te seré franco…

—¡Ni se te ocurra! —exclamó—.

Y se rió de su propia gracia con una carcajada no sé si “franca” o democrática; pero, en todo caso, sincera y expresiva.

No contaré más. Sólo el final. Un día quedamos en que, cuando se sintiera morir, me llamaría por teléfono.

—Si hay una puerta en ese muro, no me vendrá mal que me ayudes a abrirla.

No fue posible. En primavera del año 2000 entró en coma a consecuencia de un infarto cerebral y falleció pocos días después. No me permitieron acercarme a su casa ni rezar un responso en el cementerio. Tampoco puse demasiado empeño, la verdad. A cierta distancia del féretro recé las oraciones previstas en el ritual y pedí por Luis ese día y los siguientes.

Un político declaró entonces que mi amigo había abierto “caminos a la luz cuando España estaba a oscuras». Pero yo sé, porque él me lo dijo, que se veía a sí mismo como un ciego que no renunciaba a ver las estrellas.

Dios, que le puso en el alma esa "insensata "aspiración, se la habrá alcanzado ya en el Cielo.




lunes, 25 de junio de 2007

El famoso escritor (II)


Unos días más tarde volví al hotel y nos encontramos en la terraza. El sol apretaba fuerte, y se había puesto un sobrero blanco y unas gafas oscuras. Me dijo que estaba esperando a una periodista que quería entrevistarle.

—Entonces lo mejor será que me aleje.

—Por mí…, imagínate lo que me importa ahora que me vean con un eclesiástico —Luis siempre me llamaba así—. Si a ti no te molesta, a mí tampoco. Que piensen lo que les dé la gana.

—¿Y si nos sacan una foto?

—Mejor. Salimos en portada…

Luis, el viejo anticlerical encallecido, tomaba café en público con un cura. Realmente habría sido noticia.

Aquella mañana estaba contento. Hablamos del último libro que yo había leído: “señora de rojo sobre fondo gris”, una conocida novela de Miguel Delibes, y la conversación derivó hacia la búsqueda de Dios a través de la belleza, del bien y de la propia conciencia moral. Me tocaba a mí llevar la batuta. Mi amigo se limitaba a oír en silencio con el rostro serio e inexpresivo como una piedra. Los dos dejábamos la vista en el horizonte, en la bruma lejana donde se vislumbraban los primeros edificios de Madrid. De vez en cuando, en las pausas, que fueron muchas y largas, Luis giraba la cabeza y decía:

—Siga, siga, le escucho.

No sé cuánto duró aquella segunda entrevista; pero sí recuerdo la conclusión a la que llegué: cuando se habla a solas con una persona que ya no necesita dar lustre a su propia imagen, ni recibir aplausos, ni escandalizar a nadie, ni ser original; cuando lo único que importa es conocer la verdad y el sentido de la vida, el alma más endurecida se hace permeable y los prejuicios se desmoronan poco a poco.

Luis —lo pensé entonces— nunca había querido “demostrar que Dios no existe”. Aquel exabrupto que dio inicio a nuestra amistad era sólo un grito de auxilio. Y las largas pausas de la charla en la terraza estaban llenas de Dios. No me cabía ni me cabe ahora la menor duda.

Pero necesitábamos tiempo, y a Luis le quedaba muy poco.

Antes de marcharme, un poco avergonzado, le pedí un favor: estaba yo terminando entonces un librito, casi un folleto, sobre el que tenía bastantes dudas. Se titulaba “El belén que puso Dios”. ¿Querría Luis echarle una ojeada para ver si aquello tenía salida?

Lo puse sobre la mesa, y al comprobar que era muy breve, asintió:

—Mañana le diré algo.

En ese momento llegó la periodista de “El Mundo” y un fotógrafo. Me libre por los pelos.


sábado, 23 de junio de 2007

Desde la Urbe


Como veis, no he podido esperar hasta el lunes. Homero despertó sobresaltado al comprobar que había 22 comentarios (!) en la breve entrada que anunciaba mi viaje a Bilbao.



Muchas gracias a todos, y de manera especial a ese "anónimo" que dio lugar a una reacción tan desproporcionada y emocionante.




El famoso escritor, I




Comenzaba el mes de julio y yo andaba por la Sierra de Madrid dando clases y predicando, cuando recibí una llamada de mi amigo Alonso, el propietario de uno de los hoteles más conocidos de la zona. Estábamos, si no me equivoco en el año 1995.

Alonso quería invitarme a “tomar algo” y, de paso, presentarme a un conocido escritor ya anciano que solía pasar los veranos en el hotel y por el que yo sentía auténtica veneración. Lo llamaremos Luis de ahora en adelante.

Los encontré en la barra del bar. Luis, hombre taciturno y serio, llevaba en aquella ocasión la voz cantante. Me quedé a cierta distancia para no interrumpirle, pero enseguida se percató de mi presencia y por un momento pareció perder el hilo de la conversación. Dijo un par de frases más, se giró hacia mí, que hasta entonces no había abierto la boca, y en voz demasiado alta exclamó:

—Quiero hablar con usted, porque tengo que demostrarle que Dios no existe.

Me aproximé, traté de sonreír y le tendí la mano. Mi amigo aprovechó la ocasión para presentarnos. No era un buen comienzo, pero intenté romper el hielo.

—Me parece que soy yo quien tendría que demostrar que Dios existe, ¿no le parece? —le dije—. La carga de la prueba siempre pesa sobre el que afirma, no sobre el que niega. Eso es lo que estudié en Derecho Romano.

El escritor hizo un gesto con la mano, como si tratara de espantar un insecto.

—No, no… Dios no puede existir. Si existiera sería un ser perverso, capaz de crear el mal.

Quizá debería haberme callado, pero no lo hice.

—¿A qué tipo de mal se refiere? ¿A la enfermedad, al dolor, a la muerte?

—¡Sí, pero, sobre todo, a la mentira, a la hipocresía!

El bueno de Alonso quiso templar gaitas y llevar la conversación hacia temas más banales, pero Luis seguía en sus trece.

—¡Es absurdo. Dios no puede existir!

Así comenzó nuestra amistad. Sí, creo que debo llamarla amistad, aunque durara poco tiempo.

Aquella misma tarde, sentados en uno de los salones del hotel, empezamos a hablar del mal, del bien y de Dios. Recuerdo muy bien cómo empezamos. Me tocaba a mí mover ficha.

—¿Por qué cree que la mentira es un mal? —le pregunté.

Me echó una mirada de las suyas, entre irónica y recelosa:

—¿Usted no lo cree?

—Por supuesto. Estoy convencido de que es un mal, pero sólo porque Dios existe. Si no existiera, ¿qué importancia tendría que yo sea un hipócrita o una persona sincera? ¿Por qué va a estar mal que yo le engañe o que me divierta dando una imagen falsa de mí mismo?

—¿Así que usted defiende aquello de Dostoïevsky: “que si Dios no existe, todo está permitido”…?

Éste fue el comienzo de una conversación larga, serena y, para mí, inolvidable.

Es curioso: hay ateos que se dicen “agnósticos”, sin saber muy bien lo que significa esa palabra, y predican su “agnosticismo” con un celo proselitista que para mí lo querría yo. Y hay auténticos agnósticos, que, por serlo, viven en la duda permanente, pero se definen “ateos”, sin serlo. Éste era el caso de Luis. Hablaba de su presunto “ateísmo” con insólita agresividad, pero, en el fondo, no estaba seguro de nada. Veía venir el final y las dudas que le habían acompañado durante toda su vida se manifestaban con virulencia, sin posibilidad de disimulos.

Creo que ya nos tuteábamos cuando le dije:

—Tú sabes muy bien que te has pasado la vida buscando a Dios. Y esa búsqueda se refleja en todas tus obras.

Me dio la razón con su silencio, y preguntó:

—¿Pero usted sabe, de verdad, si hay algo después de la muerte?

jueves, 21 de junio de 2007


El blog se ha vestido de verano para la nueva de estación. En otoño cambiaremos de nuevo.

Por exigencias derivadas del 4º Mandamiento, Homero se traslada a la Urbe durante unos días. Por tanto permaneceremos en letargo hasta el lunes.

O no. Quién sabe. Es difícil enmudecer al buho.

miércoles, 20 de junio de 2007

La burbuja


Venía por la misma acera, y no tardó ni un segundo en reconocerme. A mí me costó algo más, ya que Patricia lucía pintura de guerra, uniforme de cuero y arandelas metálicas claveteadas por todas las partes visibles de su organismo.

(Como es sabido, algunas adolescentes —sólo algunas—, cuando se arreglan, no pretenden ponerse guapas, sino meter miedo a los adultos, sobre todo a sus propios padres, y, de paso, acallar con un disfraz belicoso los angustiosos complejos estéticos que padecen. Me temo que éste era el caso.)

—¡Patricia!, ¡qué sorpresa!

A través de la pintura creí descubrir indicios de rubor. Me saludó la mar de cariñosa, pero sólo a duras penas accedió a entrar conmigo en el Colegio

—Un momento nada más, porque tengo prisa y estoy superagobiada.

Ya en el vestíbulo empezó a hacer pucheros.

—¿No te irás a emocionar ahora?

—Es que soy tonta… Además era todo tan bonito. Cuando estábamos aquí con el uniforme, y cantábamos a la Virgen en el patio… Y yo era tan ingenua y tan boba.

Las lágrimas habían empezado a destrozarle el sólido estucado del cutis.

—Tampoco ha pasado tanto tiempo. Total…

—Sí, pero vivíamos en una burbuja. La vida real es diferente. Aquí todas están en las nubes.

—¿Tú crees?

—Sí. Es bonito vivir así. Pero esto es irreal. Usted debería saberlo…

Tomó carrerilla, y con la lágrima puesta, habló un largo rato entre húmedos titubeos y confusos acelerones.

¿Por qué será que, cuando nos referimos a lo cutre, a lo sucio o incluso a lo pecaminoso, suponemos que eso y sólo eso es lo real; que la virtud, la pureza y la gracia de Dios no pertenecen a este mundo? Patricia sostenía esta tesis tantas veces oída, y me acusaba de vivir en una burbuja. Repitió la palabra cuatro o cinco veces, como si la tuviese bien aprendida: el colegio era una burbuja, ¿la Iglesia?, otra burbuja… Y las pláticas, los sacramentos. Y la alegría de aquellos años: todo falso, todo burbujas.

C. S. Lewis, en las Cartas del diablo a su sobrino, pone en boca del demonio una serie de consejos dedicados a un tentador inexperto; y entre ellos le insta a inculcar en el cacumen de su paciente precisamente esta idea: que sólo son reales los aspectos más tristes y desgraciados de la existencia humana: los muertos en la guerra, la sangre, el odio, el egoísmo, la lujuria, la fealdad, la pobreza…, ¡esa es la realidad!, mientras que el amor, la generosidad, la santidad, la oración, la belleza, la alegría…, son alucinaciones, sentimientos pasajeros…, o una mera neblina intelectual que esconde quién sabe qué oscuros motivos, probablemente asquerosos.

Tengo la impresión de que el diagnóstico de Lewis es exacto: sí, hay un diablo pragmático y realista, encargado de amargarnos la existencia cada vez que uno se deja llevar por la tentación de la belleza, de la compasión o de la verdad. Suya es esa voz que, invariablemente, nos sugiere:

—No seas ingenuo; pon los pies en el suelo, aterriza, tío, que la vida es otra cosa; quítate la venda de los ojos, que se te ha ido la olla. Las cosas no funcionan así…

Escuchando a Patricia y su teoría de la burbuja, dudaba si decirle estas cosas o si era mejor oírla en silencio para que se desahogase.

Me decidí por lo último, pero tomé nota mentalmente para escribir unas líneas con la esperanza de que las lea, y se reconozca. Aunque, pensándolo mejor, probablemente le mande este artículo por correo, sustituyendo el nombre falso de Patricia por el suyo auténtico. Y para concluir, le diré que no sea tonta, que vuelva a su añorada burbuja, ya que, al contrario de lo que le sugiere el Tentador, ella es bastante mejor persona de lo que imagina, y pertenece a otro mundo infinitamente más verdadero y consistente. Trataré de recordarle que Dios es mucho más real que toda la mugre que los hombres hemos sido capaces de generar en el Planeta; y que, aunque hubiese mil ríos contaminados, no por eso renunciaríamos a buscar manantiales de agua limpia. Envenenarse en nombre del realismo no es la solución.

Y si viene a verme, le contaré otra vez la parábola de aquel hijo pródigo que se escapó de casa y acabó suspirando por las algarrobas que comían los cerdos. Es probable que también él pensara que aquello era lo real y que su padre vivía en una burbuja.

—¿Y usted cree que volverá Patricia?

—Si te digo que sí, ¿me acusarás de poner un final feliz sólo para que no se me pinche la burbuja?


Hasta aquí lo que escribí hace ocho años.

La historia de “Patricia” no terminó bien ni mal. Sencillamente, aún no ha terminado.

Volví a verla hace cinco o seis meses en un parking. Como iba bien acompañada, me hice el despistado por si acaso no quería saludarme. Pero se lanzó sobre mí con un inesperado aullido de entusiasmo.

En treinta segundos me lo contó todo: sus tres “relaciones” fallidas, sus estudios, su huida a otro país europeo, sus miedos, sus dudas… Y concluyó:

—Necesito hablar con usted por lo menos una vez al mes…

—Por lo menos —le dije yo—.

Pero no me dio ninguna pista para localizarla.

—Le llamaré sin falta —repitió mientras se alejaba—.

Tal vez vuelva a encontrarla cualquier día.


martes, 19 de junio de 2007

Mansos y bravos



La virtud de la mansedumbre debe de ser una difícil virtud. Pero es que además tiene un nombre que nunca me ha hecho demasiada gracia. Ved si no lo que dice el Diccionario de la Academia:

“Manso, sa. (Del lat. vulg. mansus, por lat. mansuētus).

1. adj. De condición benigna y suave.

2. adj. Dicho de un animal: Que no es bravo.

3. adj. Dicho de una cosa insensible: Apacible, sosegada, tranquila. Aire manso. Corriente mansa.

4. m. En el ganado lanar, cabrío o vacuno, carnero, macho o buey que sirve de guía a los demás.”

Ya se ve que el diccionario no habla para nada de virtud, sino de una “condición natural” semejante a la de esos cornúpetas que dirigen como borregos la manada de toros bravos. Así las cosas, se explica que a uno no le guste ser tildado de “manso”.

El problema radica en que el castellano está repleto de palabras e imágenes taurinas, y el lenguaje taurino tiende a ser equívoco, más que nada por su cercanía con los cuernos. Resulta, además, que en esa jerga, lo opuesto a “manso” es “bravo”. Y la bravura sí se considera virtud. Bravo es el toro que embiste “noblemente”, el que empuja con los riñones ante el caballo del picador, el que no se defiende cabeceando, sino que ataca. A Manolete lo mató un manso criminal.

—¿Se puede saber a qué viene todo esto?

Se puede. Resulta que ayer por la tarde caminaba yo por la acera de una calle de Madrid acompañado por un amigo, cuando, desde la ventanilla derecha de una furgoneta, el copiloto me increpó sin venir a cuento con un insulto irreproducible, precedido por la expresión “¡oye, cura…!

Mi amigo giró la cabeza como un rayo, a pesar de que la cosa no iba con él. Gracias a Dios evité que respondiera, sujetándolo del brazo.

Unos metros más adelante charlamos sobre el asunto.

—No me digas que esto es normal.

—Normal no lo será nunca; pero sí bastante corriente. Aunque también es habitual que te digan piropos capaces de sonrojar al mismísimo Bruce Willis.

—¿Y no te dan ganas de contestar?

—A los piropos contesto algunas veces. A los insultos… Si supierais el repertorio de frases ingeniosas que se me ocurren. Pero hay que ser manso y tragárselas. Además los insultadores no entenderían la mayor parte de mis respuestas.

A partir de aquí empezamos a hablar de la mansedumbre. Mi amigo no parecía muy partidario, y yo no hice demasiados esfuerzos por convencerle de lo contrario. Sólo le dije que ser cura es la mar de emocionante y hasta divertido, al menos en España. Ya escribí hace tiempo sobre la “clerofobia” que, en el fondo, es sólo una manifestación folklórica del clericalismo carpetovetónico, por más que algunos se empeñen en sugerir que el culpable de las ofensas es siempre el ofendido.

—¿Y qué hacemos con la mansedumbre?

—Yo la llamaría de otro modo; pero en el evangelio de la Misa de ayer leímos aquello que dijo el Señor: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la izquierda…

—Bueno, eso es sólo un modo de hablar.

—¿Sólo…?


lunes, 18 de junio de 2007

Una madre con referencias

Después de ver este anuncio, por poco me decido a probar la Coca Cola

domingo, 17 de junio de 2007

“Deje, deje. Si no va a ser feliz”

Alonso Gil-Casares, alumno de bachillerato del Colegio Retamar, escribió hace un par de años este artículo, con el que alcanzó un accésit en el concurso de "Excelencia literaria".

Yo acabo de leerlo.

Además de la foto, he añadido uno de los 17 dibujos que incluyó Giorgio del Lungo en la edición italiana de "El Belén que puso Dios". Representa a Zabulón, "el pastorcillo tonto" dormido en los brazos de la Virgen.




Hace unos años, leí en el periódico un artículo que, como poco, me sorprendió. Hablaba de un señor americano que tenía una hija con síndrome de Down, y porque “no iba a ser feliz” con esa enfermedad, estando ella dormida en su cuna, le había cortado el cuello.

La imagen es macabra y poco lucida, ya lo siento, pero se trata de la cruda realidad.

Declaró el crimen brutal a la policía, que lo llevó a prisión, y a los pocos días se celebró el juicio. Y lo más curioso de todo fue que salió no ya impune, sino arropado por los aplausos de todo el tribunal. El motivo de tal victoria fueron sus declaraciones:

—Yo quería muchísimo a mi hija, y porque la quería con todo mi corazón no pude aguantar verla sufrir, porque sabía que iba a ser una infeliz toda su vida. Por eso la maté, y sé que ella, donde esté, me lo agradece.

Y, entre sollozos, concluyó:

— ¡Te quiero Lucy!

Como ya he dicho, salió absuelto entre aplausos. A los pocos días, en el funeral de su hija, colocó en la lápida un mensaje: “Tu padre que te quiso por encima de la muerte.”

Éste era, en resumen, el espeluznante artículo que leí. Y ahora os voy a hablar desde la experiencia personal. Soy el segundo de una familia de nueve hermanos, y mi padre el séptimo de una familia de ocho. Pues bien, el hermano menor de mi padre padece esta “terrible” enfermedad, obviamente desde que nació, y el primogénito de mi abuela tiene también un hijo con 47 cromosomas en sus células. Espero que con esto se aprecie que el tema lo he vivido muy de cerca. Pues bien, no comparto el crimen del padre americano. Las personas que padecen este síndrome, en lo relativo a su felicidad, son exactamente igual de receptivas, si acaso no lo son más.

A mi tío Juanito le hace especial ilusión dirigir con una cuchara de madera, a modo de batuta, los villancicos de la familia en Navidad, y por supuesto cantar su solo en el “Adeste fideles” ante el Belén, mientras todos (primos, tíos, cuñadas…) le miramos y acompañamos en el estribillo. Le entusiasma imponer su autoridad, y para ello el día de Nochebuena se fuma el tradicional “cigarrillo delante de los sobrinos”. Y con todo, cuando alguno de los pequeños se porta mal, no duda en reprenderlo y ponerle al rincón, a contar “hasta diez”, para, cumplido el castigo, recibirle con su ancha e indulgente sonrisa.

No quiero parecer cursi, pero mi tío siempre ha sido así, y si en su día mi abuela hubiera decidido que el niño “no iba a ser feliz”, hoy a nuestra familia le faltaría algo especial que no sé describir, una suerte de “vida” y “alegría”.

La felicidad de un individuo no puede decidirla ni predecirla otra persona, por más allegada que se encuentre. Lo único que está en sus manos es hacer lo posible porque sea feliz.

Alonso Gil-Casares


Otra profecía sobre la liga



En relación con mi brillante poema profético de ayer acerca del final de la liga, hago mío aquel chascarrillo de Groucho Marx:

—Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros.

Lo mejor del fútbol es precisamente eso: uno puede permitirse el lujo de ser relativista. Yo me precio de haber sido del Athletic, del Betis y del Valencia en distintas etapas de mi vida. Ahora soy desertor de todos ellos, y disfruto de un doble espectáculo: el del campo y el de las aficiones. No sé cuál es más apasionante.

En todo caso, como profeta soy insuperable. Y si las cosas se tuercen, siempre puedo cambiar las dos últimas décimas de mi poema y dejarlas así:


Entérese todo el mundo,

que lo sepa el mundo entero:

el Madrid será primero

y el Barcelona segundo.

El Betis, aun moribundo

no irá derecho a segunda.

Al Racing dará una tunda

el equipo de Lopera,

y el Celta, aunque prospera,

es probable que se hunda.


La Real no irá adelante,

y el Athletic, por supuesto,

meterá dos al modesto

y valeroso Levante.

Lo demás no es importante:

no se salva el de Anoeta

y no aceptará pesetas

el Nastic de Tarragona.

Esta vez el Barcelona

no ganará por la jeta.




sábado, 16 de junio de 2007

Profecía para un final de liga atribulado

Yo soy vate no poeta.

Soy bardo soy rimador.

Soy rapsoda y soy cantor.

Soy juglar y soy profeta.

Sé que la plebe está inquieta,

que sufre mucha fatiga

porque termina la liga.

Mi profecía es sencilla:

no la ganará el Sevilla;

pasará lo que yo diga:


Entérese todo el mundo,

que lo sepa el mundo entero:

el Barça será primero

y el Madrid será segundo.

El Betis, ya moribundo

irá derecho a segunda.

El Racing dará una tunda

al equipo de Lopera

y éste quedará a la espera

de otra liga más fecunda.




El Celta saldrá adelante,

y el Athletic, por supuesto,

meterá 5 al modesto

equipillo del Levante.

Lo demás no es importante:

bajarán los de Anoeta

y alguien dará unas pesetas

al Nastic de Tarragona

para que el gran Barcelona

gane esta vez por la jeta.


En el caso —improbable, desde luego— de que errase en mi profecía, retiraría inmediatamente el poema y negaría haberlo escrito, incluso bajo tortura.


viernes, 15 de junio de 2007

La osa y el madroño



Aunque no lo parezca, la noticia es cierta. Está aquí y en todos los medios informativos de la Capital: resulta que las hembristas de la Villa y Corte aseguran que el oso del escudo de Madrid no es un oso, sino una osa, y va siendo hora de reivindicar el auténtico género del plantígrado.

—¡Anda la osa!

—En efecto, una vez más se ha falseado la historia y las chicas han sido discriminadas por el machismo dominante. ¡Cuánto más razonable era Federico (me refiero a García Lorca, no a Jiménez Losantos) cuando escribió aquello de

El lagarto está llorando.
La lagarta está llorando.

El lagarto y la lagarta
con delantalitos blancos!


Y es que ¿cómo puede hablarse del lagarto sin mentar a la lagarta? ¿Y cómo hemos sido capaces de dar por supuesto que el oso es macho?

—Oiga usted, ¿y no será posible que oso sea un nombre epiceno?

—¿Epi…, qué?

—Es que yo estudié de pequeñito que algunos sustantivos designan a personas o animales sin diferenciar sexos, y se les llama así: epicenos. Así por ejemplo gorila, rinoceronte, águila…

—Me temo que esa gramática era machista y represora. La hembra del oso siempre ha sido la osa. Ahí tiene a la osa mayor y a la osa menor.

—Si lo mira usted así… Claro que a lo mejor el oso del escudo aún no ha optado por un género concreto y debe definir su propio rol social. A lo mejor es una osa que se siente oso, o un oso que ni fu ni fa, o una osa confusa, mocosa y obesa, o bilingüe, o qué se yo…

—¿Se da cuenta, amigo concejal, cuán necesaria es la Educación para la ciudadanía? Si el oso la hubiera cursado, ya sabría con seguridad si se siente oso u osa.

—Y eso por no hablar de ese arbusto de la familia de las ericáceas, con tallos de tres a cuatro metros de altura, hojas de pecíolo corto, lanceoladas, persistentes, coriáceas, de color verde oscuro, lustrosas por el haz y glaucas por el envés; flores en panoja arracimada, de corola globosa, blanquecina o sonrosada, y fruto esférico de dos o tres centímetros de diámetro, comestible, rojo exteriormente, amarillo en el interior, de superficie granulosa y con tres o cuatro semillas pequeñas y comprimidas.

—¿Se refiere usted al madroño?

—O a la madroña; que eso está por ver.




jueves, 14 de junio de 2007

Postdata sobre las preguntas y respuestas

Alguien, quizá Kloster, escribió en cierta ocasión: "no me contéis las respuestas; las conozco todas. Lo importante es saber qué pregunta corresponde a cada respuesta"

Dicho de otra forma: es irrelevante lo que yo contestara al chaval de las mentiras o a Rebeca. Lo que vale de verdad siempre son las preguntas.

(Al niño le dije que sí, que a veces los mayores mienten, pero sus papás no. Y a Rebeca le contesté que en el Cielo tendremos una memoria millones y millones de veces más gorda que la que tenemos ahora. Y nos querremos millones y millones de veces más. Todo lo cual es teológicamente cierto).

Las preguntas de Rebeca



Rebeca, la alumna de educación infantil más sorprendente que he tenido, me preguntó cuando tenía cinco o seis años:

—Oye, cuando llevemos en el cielo millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones de millones de años…, ¿nos acordaremos del cole?

Y antes de que pudiera contestar, remachó:

—¿y seguiremos siendo amigos?

¿Pensáis que es una pregunta tonta? Más de una vez he acudido a ella para pensar en la importancia que tienen las cosas aquí abajo.

Lo que realmente interesa son esos millones de millones de millones... ¿O no?




Es grande ser cura , XII.


Un cura en aprietos


Desde la entrada del parking donde dejo el coche hasta el portal de mi casa hay unos doscientos metros. En ese espacio, tan pequeño, caben tres bares, una tienda de ropa, otra de pelucas y postizos, una sastrería, un estanco y una tienda de aparatos electrónicos de incierto futuro.

Eso sólo en la acera de la derecha; la de la izquierda pertenece al Ministerio de Economía y está muy lejos, al otro lado de un jardín donde corretean los perros, hacen botellón los adolescentes y duermen un par de vagabundos.

Todas las noches, cuando regreso a casa a la misma hora, me cruzo con caras conocidas que me saludan aunque no sepan quién soy ni cómo me llamo. ¡Qué envidia me dan los que toman su cervecita en la terraza del bar de la esquina!

Hoy, a la altura de ese bar, me ha dado el alto un niño de siete u ocho años. También le conozco y creo que hasta me dijo su nombre hace tiempo; pero esta tarde estaba furioso: tenía el pelo alborotado, las manos sucias y discutía acaloradamente con una niña y otro crío de su edad.

Al verme, se ha dirigido hacia mí en busca de ayuda. Me ha detenido en seco, y ha dicho:

—¡A que los mayores no dicen nunca mentiras…!

Los otros dos, a prudente distancia, esperaban una respuesta que zanjara la discusión… Sus padres, en la terraza (¿serían ellos los sospechosos de mentir?) daban cuenta de unas cañas.

Enseguida me ha venido a la cabeza el blog. Sí, tenía que contar este encuentro. Ser cura es estar expuesto a que te hagan las preguntas más insólitas y difíciles de contestar. A un cura se le pide dinero, trabajo, ayuda, consejo. A los curas nos plantean intrincados problemas teológicos en el metro o en el ascensor. Y los niños te vuelven loco con sus trampas dialécticas mucho más comprometidas que las de los adultos.

Creo que guardo en el congelador una antología de preguntas que me hicieron las niñas durante mis años de capellán en un colegio. Tendré que buscarlas y las someteré a vuestra consideración.

Entre tanto, ¿qué habrías contestado a mi interpelante de esta noche?

¿Y qué le contesté yo?


miércoles, 13 de junio de 2007

AUTOBIOGRAFÍA (EN LA QUE SALGO DE EXTRA)



El artículo que publiqué ayer necesita un estrambote.
He aquí un elenco de leones tal como los describió en un poema Miguel D’Ors


¿Mi vida? —Siete niños
que lloran, se divierten, cruzan, piden,
discuten como una
higuera de estorninos:
una mujer que viene y va cargada
de llamadas y precios
y cuándos; unos jefes que deciden:
agosto, 12,30,
por triplicado; unos
alumnos que se agolpan
en una algarabía
multicolor, y cartas,
conferencias, recibos,
programas, lunes, martes...
Y yo —se me olvidaba—,
que también intervengo
en la escena: aquel codo
que asoma en el rincón.

martes, 12 de junio de 2007

Los leones del pasillo

Me pregunta Juan Luis el porqué del título que puse a mi último libro: "un safari en mi pasillo". Basta con leer la contraportada para entenderlo, pero además he encontrado en el congelador este artículo que escribí en el vuelo Roma- Madrid al día siguiente de la canonización de San Josemaría. Es un refrito oportuno.





San Josemaría Escrivá aludió más de una vez a Tartarín de Tarascón, aquel soñador de safaris, perpetuo quijote sin suerte y sin valor, que, a falta de cotos más exóticos, acabó buscando leones por los pasillos de su casa.

San Josemaría solía recordar esta historia para prevenirnos contra la tentación de pasarnos media vida esperando la oportunidad de realizar alguna hazaña extraordinaria o heroica. Semejante actitud lleva al fracaso: el verdadero heroísmo, nos decía, debe manifestarse en la vida ordinaria, y se construye como los grandes edificios, piedra a piedra, es decir, a base de cosas pequeñas, de minúsculos vencimientos cotidianos, que, realizados por amor de Dios, “convierten la prosa diaria en endecasílabos, en verso heroico”.

De esto hablábamos Juan y yo el día 5 de octubre a media tarde junto a la puerta de la Basílica de San Pedro, en Roma. Estábamos en vísperas de la canonización de Josemaría Escrivá, y ya había tenido ocasión de dar y recibir docenas de abrazos a otros tantos amigos llegados de todo el mundo.

Juan me reconoció inmediatamente a pesar de que llevábamos casi cuarenta años sin vernos. A mí me costó más, pero unos segundos después ya habíamos repasado nuestras respectivas andanzas desde que nos perdimos de vista en tercero o cuarto de carrera.

—No soy de la Obra todavía, me dijo; pero Elena, mi mujer, anda muy cerca y se ha empeñado en traerme a Roma.

Me habló de sus problemas económicos —¿quién no los tiene?— de sus sueños más o menos frustrados y de sus cuatro hijos. Aquí, no sé cómo, salió la historia de Tartarín de Tarascón.

—No le des vueltas —le estaba diciendo— no hay leones en el pasillo.

En ese momento nos interrumpió una voz femenina:

—Pues te aseguro que en mi pasillo sí que hay.

Era Elena, que se acercaba con sus hijos.

—Te presento a tres de mis leones…

El más menudo medía cerca de 1,90.


Sentados en la terraza de una pizzería, la elocuente y sonriente Elena terminó por ilustrar su tesis sobre la fauna salvaje que se asienta en los pasillos de las viviendas urbanas.

—¿Leones? ¡Y serpientes, elefantes, ratas y hasta insectos venenosos!

—Bueno, chica, tampoco es para tanto —intervino Juan, que escuchaba fascinado—.

Pero ella insistía con toda la razón del mundo en que esa vida ordinaria no es tan plácida como parece: que en los pasillos hay fieras de todos los colores.

—¿Por ejemplo?

—La hipoteca de la casa; la cisterna que se rompe cada cuatro días y nos deja el piso hecho un cromo, las broncas del vecino, las notas del pequeño…

—Jo, mamá…

—Tú te callas, que te hemos traído a Roma porque se ha empeñado tu padre, que si no, a buenas horas…

No parecía fácil meter baza en el monólogo de Elena. Añadió a la lista el precio de los colegios, los caprichos de la niña y mil cosas más que no soy capaz de recordar.

No creáis que Elena es una esas personas quejumbrosas de las que ya escribí en otro artículo. Al contrario, al escucharla, se diría que le encanta pelear con los leones domésticos que iba enumerando.

La conversación cambió bruscamente de sentido cuando aparecieron los helados. De vuelta al hotel hilvané mentalmente este artículo.

Tenía razón la “incallable” Elena: los leones de Tartarín son unos pobres animales soñolientos, prácticamente inofensivos si los comparamos con los que uno tiene que lidiar en el tajo diario. Conviene recordarlo porque también hay idealistas de la vida ordinaria, que sueñan con una rutina plácida y sin sobresaltos. Son como esos seres incorregiblemente urbanos que, cuando van de excursión al campo, se quejan de las moscas, de las hormigas y hasta de la suculenta arena que suele incorporarse a la paella.

Esta es la vida corriente, cuya grandeza exaltó el santo que la Iglesia acaba de canonizar. Es áspera y cruda; no se parece en nada al mundo de Walt Disney. Por eso puede ser camino de santidad.

En una de sus homilías San Josemaría lo decía así: “también en los momentos actuales andan muchos leones sueltos, y nosotros hemos de vivir en este ambiente. Leones que buscan a quien devorar”

Y, en 1949, al dedicar un ejemplar de Camino a Don Álvaro del Portillo, escribió: “Para mi hijo Álvaro, que, por servir a Dios, ha tenido que torear tantos toros.”

Y algún que otro león, supongo.


lunes, 11 de junio de 2007

"Acoso" escolar

Lo reconozco: llevo un retraso excesivo en la lectura de la prensa. Será que cada día me interesa menos. Y eso que casi siempre me salto las "declaraciones" de los políticos, es decir las treinta primeras páginas del periódico.

E
l caso es que hasta hoy no había leído que

"la Fiscalía de Menores de Alicante ha concedido a una estudiante de 15 años acosada por cuatro compañeros del instituto las mismas medidas de protección usadas para las mujeres víctimas de malos tratos en el ámbito familiar. Es decir, ha decretado una orden de alejamiento de 300 metros contra los dos presuntos acosadores mayores de 14 años y ha dado a la niña un teléfono de emergencias conectado 24 horas con el coche patrulla de la Policía más cercano."

Mi pregunta es muy simple: ¿esos dos acosadores tienen familia? ¿No hay un padre que cumpla con su deber y les dé un par de bofetadas?

—¡Qué dices!, ¡una bofetada!

—No, querido Kloster he dicho dos, una para cada uno. Y ahorraríamos papeleo a la fiscalía.

La muerte de Andrés (y III)



Mis charlas con Andrés se prolongaron casi dos meses, y su conversión fue lenta, podría decir que muy “natural” si no fuera porque la acción de Dios se notaba de día en día.

Una tarde —recuerdo que estaba anocheciendo— reconoció que tenía miedo a la muerte. No sólo al dolor, como había sostenido hasta ese momento, sino a “lo que venga después.”

Me dijo que había empezado a recordar el catecismo que estudió en la escuela cincuenta años atrás. Y repitió de memoria unos cuantos puntos del Ripalda. Parecía recitarlos en broma, remedando el soniquete de un niño, pero de pronto se quedó serio:

—No sé… Creo que volver ahora a la Iglesia sería perder la dignidad.

—¿Tú crees? Te voy a leer una historia.

Leí muy despacio la Parábola del hijo pródigo, y él mismo descubrió lo que yo pensaba decirle: que el hijo pequeño regresó a la casa no porque hubiese descubierto la maldad de su pecado o el amor misericordioso del padre, sino, simple y llanamente, porque tenía el estómago vacío: “¡cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen pan en abundancia, mientras yo aquí me muero de hambre!”.

El hijo pródigo —concluimos— supo tragarse el orgullo y no tuvo inconveniente en perder la “dignidad” al pedir a su padre que le tratara como “al último de sus jornaleros”. A Dios le basta con un arrepentimiento así de miserable: Él sabe que la verdadera contrición llega después, cuando uno siente el abrazo del Padre que comprende y perdona.

* * *

Valgan estos tres asteriscos para omitir lo que sucedió aquella tarde y en sucesivos días en el alma de Andrés. Sólo Dios y él lo conocen. El cura, también sabe algo, pero lo olvida todo: incluso aquello que podría contar.

Desde entonces le llevé la comunión cada mañana. La primera vez fue una fiesta. Después de la acción de gracias, lo celebramos mano a mano con un reserva de Rioja que guardaba para las ocasiones solemnes.

Unos días más tarde llegué con todo lo necesario para la Santa Misa. La fiesta fue aún mayor, a pesar de que el deterioro físico de mi amigo era ya muy acusado. Al terminar, recibió la Unción de los enfermos.

Falleció un domingo a las seis y media de la tarde. Yo había quedado en verle a las siete. Le acompañaba Juan, su único hijo, que acababa de llegar de Brasil, donde aún reside. La mujer de Andrés estaba en el cine "con unas amigas".

Juan me entregó dos regalos de parte de su padre: el carnet del Partido, roto por la mitad y la bandeja de plata. El carnet aún lo conservo. La bandeja pertenece ahora a un convento de monjas. Creo que la emplean en algunas ceremonias litúrgicas.

* * *

Supongo que comprendéis por qué he sido telegráfico en el relato, y por qué, a pesar de todo, he querido recordarlo aquí: en éste como en otros muchos casos, el cura se sabe muy poca cosa. Dios lo hace todo. Uno se limita a escuchar y a aprender. Y a ser un pobre instrumento.

Es grande ser cura, sí. ¿Os imagináis lo que significa llevar a una persona hasta la meta, prepararla para el último viaje y despedirla aquí abajo? Ahora sé que, cuando me toque a mí dar el salto a la vida eterna, Andrés me estará esperando en la puerta de entrada.




domingo, 10 de junio de 2007

La muerte de Andrés, II



El lunes siguiente volví a casa de Andrés. Tenía el rostro hinchado y un poco deforme. Estaba decaído, y con la voz algo más ronca:

—Hoy no he salido a correr. Esto —me dijo golpeándose el tórax con la mano— no funciona.

Aquella mañana hablamos de la muerte —del “final de los finales”, decía siempre él—. Y me repitió varias veces que era agnóstico, que no creía en nada; que si le tocaba “terminar” lo haría con dignidad.

No quise explicarle que ser agnóstico es otra cosa; que los agnósticos, por definición, no niegan la existencia de Dios, sino que dudan. Suponen que la inteligencia humana es incapaz de romper los límites que le imponen los sentidos, y se instalan en una postura intermedia. Muchos de ellos apuestan por vivir como si Dios no existiera. Una arriesgada elección, por cierto.

Sin embargo, no quise interrumpir a Andrés. El hacía profesión de ateísmo y, sobre todo, de dignidad. ¡Dios mío, cuántas veces pudo repetir esta palabra: dignidad, dignidad…!

Unos días más tarde me recibió con una extraña propuesta:

—Yo te doy la bandeja que me regalaron los del Partido, y tú me convences de que Dios existe, ¿de acuerdo?

Me contó que ninguno de sus compañeros había ido a visitarle después del “homenaje”, que ni siquiera se le ponían al teléfono. Pero había algo aún más duro y difícil de contar:

—Mi mujer está en el cine. Ahora va todos los días. No quiere verme. A ella también le da miedo la muerte.

Y rompió a llorar en mis brazos. Estuvimos así, sin decir nada, qué se yo cuanto tiempo.

Quedé en volver todos los días.

No quisiera convertir este relato en un culebrón; pero ya que he empezado a recordar, trataré de terminar la historia en un par de días, eliminando mil detalles que tengo bien grabados en la memoria.