martes, 31 de julio de 2012

Un poeta de 17 años


Se llama Alejandro y se define como un mexicano flacucho de 17 años. Dice que está enamorado y que es inmensamente feliz. Tiene un blog asombroso y muchos admiradores, entre los que me cuento. Escribe así de bien:



Buscamos un profesor 
Que se distraiga toda la clase mirando a los gorriones
a través de la ventana, como nosotros.
Que tenga fama de saber artes marciales para imponer respeto,
pero que a la vez sea casi tan gordo como Chesterton.
Que además de ecuaciones y fechas
nos enseñe de lluvias, miradas y poemas,
salpicándonos esa loca alegría de vivir.
Y lo más importante de todo: que sepa reírse de sí mismo
tanto como nosotros nos reiremos de él.   


Previsible

El águila calzada, cuando viene a África, recupera su viejo nido. 
Mañana saldré rumbo a Molinoviejo, como todos los años. Allí estaré todo el mes, como todos los años, y escucharé, como todos los años, el canto de las oropéndolas por la mañana, el silbido del autillo por la noche y el martilleo del picapinos a cualquier hora.
En el fondo las aves son muy previsibles. Podrían cambiar de barrio con suma facilidad, pero, incluso las que se fueron a África en invierno, vuelven al mismo sitio cada primavera. al mismo barranco o al mismo pino. Alguna vez he sorprendido a mis amigos profetizando con absoluta seguridad:
―A la salida de esta curva, verás una garza real que levanta el vuelo.
―¿Cómo lo sabes?
―Porque es amiga mía.
Ahora me pregunto si yo también seré tan previsible. Al curso que comienza en Molinoviejo suelen venir casi siempre las mismas personas; el temario de meditaciones varía poco, y cada vez que hago una consideración “que se me acaba de ocurrir” o relato una anécdota la mar de original, Kloster me recuerda que conté lo mismo el año anterior.
Menos mal que, con los años, a uno le perdonan todo. Y yo también me perdono.

lunes, 30 de julio de 2012

Las cosas que me llevo

 Las aves también cambian de casa
Al hacer inventario de todo lo que ha venido conmigo a Tajamar, compruebo que tengo muy pocas cosas: la ropa que necesito, casi siempre negra, un ordenador con impresora, un viejo plumier con bolis y rotuladores, un despertador que proyecta la hora en el techo, algunos búhos de distintos materiales, y libros.
Los libros son de tres clases:
  1. “Espirituales”: la Biblia, el Catecismo de la Iglesia, la Liturgia de las horas, manuales de teología, las obras de San Josemaría…, etc.
  2. Libros de aves. Cada cinco o seis años me desprendo de los que me han ido regalando. Tajamar ha recibido alguna de mis donaciones periódicas. Ahora sólo tengo quince. 
  3. Literatura: especialmente poetas. García-Máiquez está ahora mismo junto a Garcilaso, Rilke y Rocío Arana. Las crónicas de Narnia y Harry Potter se quedaron en mi vieja casa.
Sólo hay un objeto que está conmigo desde hace 50 años: una cruz de madera negra que me regaló San Josemaría en 1960 por ser la primera vocación de la primera obra corporativa de enseñanza de la Obra. Creo que ya lo conté en otra ocasión, pero me apetece repetirlo, más que nada para presumir.
―¿Y cuántas cosas dejaste atrás?
―Casi nada, Kloster, casi nada… Solo recuerdos

El anuncio del lunes

La compañía flamenca de transportes De Lijn lanzó hace unos años esta divertida campaña en inglés para fomentar el uso del transporte público. Sin duda alguna, no tiene desperdicio. Aquí tenéis uno de los cortos que utilizó.

domingo, 29 de julio de 2012

Desde mi nuevo domicilio

La foto es mala, como todas las que pueden obtenerse en Google earth, pero es lo mejor que he encontrado. Ya me ocuparé yo de hacer un buen reportaje gráfico de Tajamar.
El caso es que hoy, por fin, pasaré mi primera noche en mi nueva casa, la residencia de profesores del Colegio Tajamar, en pleno Vallecas. Desde aquí se domina Madrid. El aire es más fresco y tengo fácil salida a la M30, el gran río que circunda la ciudad.
Me espera un curso movido. Ya os contaré. Aún no tengo claro cómo afectará al globo.

sábado, 28 de julio de 2012

La liturgia y los Juegos (y II)


Cáliz de doña Urraca (León) 
Me escribe Juan Luis para discrepar, “discreta y privadamente”, de lo que escribí ayer por la noche sobre la liturgia cristiana y los juegos olímpicos. Dice mi amigo y colega:
“Yo soy de los que prefieren un ámbito natural y doméstico para celebrar la Eucaristía. Los pobres vasos que utilizamos, la mesa en la que comemos, las servilletas y el pan de cada día expresan mejor el significado del Misterio y la comunión con Cristo-Pobre. Dios no necesita oro ni plata. Me sobra toda esa parafernalia litúrgica del pasado…”
Creo que he resumido bien lo que me dices. Y tienes razón en algo: Dios no necesita oro ni plata. En rigor, no necesita nada. Pero no es esa la cuestión. Nosotros sí que necesitamos la belleza para contemplar a Dios, que es Belleza infinita. Y la liturgia, cuando se vive con rigor, nos acompaña en este camino. La solemnidad imponente de la gran música ha servido durante siglos para adorar al Señor; las espléndidas imágenes de nuestra tierra se crearon para que entrara por los ojos la fe de la iglesia; son la "Biblia pauperis", la Biblia de los pobres. Ahora parecen destinadas sólo a los museos. Las oraciones nacidas de la experiencia religiosa de centenares de santos pueden ser nuestra propia oración. Y los gestos, la limpieza de los ornamentos… La gran liturgia despersonaliza al sacerdote vistiéndolo como un rey. Deja de ser “Paco” o “Enrique” y se convierte en Cristo a los ojos de todos.
No me alargaré más. Tampoco quiero crear un debate sobre el tema. Sólo añadiré algo: el Santo Padre, Benedicto XVI, está haciendo un esfuerzo ímprobo, por detener ese progresivo empobrecimiento de la liturgia. Y Juan Pablo II, en aquella inolvidable Encíclica sobre la Eucaristía, escribió:
“Como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de «derrochar», dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía. No menos que aquellos primeros discípulos encargados de preparar la «sala grande», la Iglesia se ha sentido impulsada a lo largo de los siglos y en las diversas culturas a celebrar la Eucaristía en un contexto digno de tan gran Misterio”. (Ecclesia de Eucaristia, n. 48).

viernes, 27 de julio de 2012

La liturgia de los Juegos

Mientras contemplo el solemne espectáculo de la presentación de los juegos olímpicos en Londres, voy tomando nota mentalmente de lo que veo. Me será muy útil para la clase que debo dar dentro de unos días sobre el fenómeno de la "desacralización" de la Liturgia. 
¿No os parece significativo el contraste? Cuando algunos clérigos, en nombre de un curioso naturalismo, empobrecen las ceremonias litúrgicas cristianas suprimiendo ornamentos, sustituyendo los cálices por vasos comunes y los viejos altares por mesas de cocina, en la vida civil y deportiva nace una liturgia bellísima repleta de signos y de riqueza. 
Ahora tiene lugar el descenso a la tierra de los cinco aros olímpicos, y las miradas de todos se dirigen al Cielo en un gesto religioso de envidiable fervor. ¿A quién rezan los tipos de la chistera? El Espíritu Santo no tuvo en Pentecostés un recibimiento tan solemne.
Yo habría entonado un Alleluya.

Saludos cordiales


He aquí uno de los latiguillos radiofónicos más usados por los habladores profesionales. Lo puso de moda, si no me equivoco, un tal García que agitaba las noches denunciando escándalos deportivos. Sus “saludos cordiales” eran sólo el comienzo. Luego llegaba la leña indiscriminada a los dirigentes de los clubes, a la federación de fútbol, etc.
Si yo dijera alguna vez “saludos cordiales” (cosa harto improbable) para recibir o para despedirme de alguien, añadiría ―esta vez sí― “valga la redundancia”, porque si un salud no es cordial más vale quedarse callado.
Las locutoras en cambio han inventado otra despedida inquietante: “un beso muy fuerte”, repite insistentemente una líder de las hondas vespertinas. Ayer mismo se lo mandaba a la hija de un conocido presentador de televisión, fallecido recientemente. Ignoro si esos besos tan fuertes serán dolorosos.
Claro que no siempre reparte besos la locutora. A un relevante político, con quien no tenía excesiva confianza, le envió “un saludo muy fuerte”, o sea, a gritos.
Mejor lo hace otra profesional del finde desde la radio pública. Ella envía “besitos” a diestro y siniestro. Y, como la chica es simpática y gasta una voz cantarina, a mí me parece muy bien.
Y, puestos a despellejar a los locutores, ¿por qué esa manía de desearnos “muy buenas tardes” en lugar de “buenas tardes” a secas, que es lo que decimos todos.
El “muy”, queridos habladores, está de más, aunque sus saludos sean la mar de cordiales y me lancen besos violentos desde las ondas.


jueves, 26 de julio de 2012

La tormenta



Trato de preparar las clases de la próxima semana, pero estoy cansado de tanto trajinar con las maletas, y el peso insoportable del aire caliente me aplasta contra el teclado del ordenador.
Se está preparando una tormenta. Nadie me lo ha dicho, pero he oído a lo lejos un amago de timbales en el cielo y el aire se ha impregnado del aroma sulfuroso que trae el ozono. Las nubes nacen y crecen aquí mismo. Son nimbos blancos, inofensivos, que de pronto se oscurecen y planean sobre nuestras cabezas como aves carroñeras. No tienen prisa; cargan sus depósitos  de agua y aguardan pacientemente al fulgor del primer rayo y estampido del trueno. Los pájaros ya se han ido en busca de sus chubasqueros.
Pido al Señor que descargue cuanto antes la tormenta; que nos apedree si quiere, pero pronto. Necesito abrir la ventana y que entre de una vez el viento húmedo y fresco.
Pasan los minutos y no ocurre nada. Se han ido las nubes. Anochece. ¡Qué crueles me parecen esta noche las estrellas!
10,30. Llega la tormenta con lluvia, viento y aparato eléctrico. Oigo una voz desde el Cielo:
--hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?



Un poema para la abuela de Jesús



Creo que es un villancico infantil mexicano. Me lo aprendí en aquellos años, ya lejanos, cuando mi memoria era casi infalible y lo he vuelto a recordar de pronto hace pocos días.
Hoy, festividad de San Joaquín y Santa Ana, los abuelos de Jesús, lo reproduzco tal y como lo aprendí. Me parece precioso.

Señora Santa Ana,
¿Qué dicen de vos?
Que soy soberana abuela de Dios.
Señora Santa Ana,
¿por qué llora el niño?
Por una manzana
que se le ha perdido debajo la cama.
Vamos a mi cuarto, yo te daré dos:
una para el Niño y otra para vos.
Señor San José, Alférez mayor,
alza la bandera, que pasa el Señor                   

miércoles, 25 de julio de 2012

El Búho responde


―Dime, búho pasmado y dormilón, saldremos algún día de la crisis?
―Sólo si pedimos al apóstol Santiago que sea él quien nos rescate de la avaricia, de la soberbia, del egoísmo, de la pereza, de la lujuria, de la ira y de la envidia.
―¿Y de la Merkel?
―Sí, amigo mío; también de la Merkel

martes, 24 de julio de 2012

La mudanza



 El globo dará bandazos por unos días por culpa de la mudanza.
Resulta que voy a cambiar de domicilio sin cambiar de ciudad y, para hacer menos traumático y más barato el traslado, cada día cargo una maleta de mediano tamaño y la llevo a mi nueva casa. El sistema tiene ventajas añadidas. Uno hace inventario de sus cosas y comprende que hay que hacer recortes. Es preciso aligerar el equipaje y desprenderse de mil cachivaches que se nos han pegado a la chepa como aves parásitas.
¿Para qué necesito yo cinco bolígrafos si no utilizo ninguno? ¿Y estas jarras de cerámica llenas de lápices y rotuladores? ¿Y las dos docenas de libros de aves? ¿Y los cables? No sé por qué he acaparado tantos. Seguramente tuvieron su utilidad en otro tiempo, pero ahora…
¿Y si los abandono, y dentro de tres meses los echo de menos?
¡Ah, la mudanza!
Un consejo: no llenéis solo con libros ese maletón enorme. Es cierto, tiene ruedas y va solo por la calle como si tuviera motor; pero el pequeño gesto de levantarlo del suelo para introducirlo en el maletero del coche puede costaros una hernia discal.  Yo…, una vez más, tuve suerte:
―¿Le echo una mano?
Humilla un poco que se ofrezca a ayudarte una chica de veinte o veinticinco años; pero, la verdad es que la chiquilla levantó la maleta como una profesional, sin perder la dignidad ni la compostura.
PD. No hay mudanza sin víctimas. Uno de mis búhos se ha hecho añicos. Descanse en paz.
 

lunes, 23 de julio de 2012

Mendigo de guarda


Cuando me di cuenta pensé que ya era demasiado tarde. Cuatro horas antes me había dejado el Ipad en el coche, sobre un asiento, a la vista de todos los que pasasen por la acera de la calle Lagasca. Salí corriendo, tomé el ascensor y empecé a pensar en el desastre: la ventanilla rota, el Ipad robado y la pérdida de las clases que debo dar en los próximos días, las meditaciones, la agenda, los contactos…
A seis o siete metros del coche vi que, en efecto, la ventanilla estaba abierta y que junto a ella había alguien. El sol me deslumbraba y no pude identificarlo hasta llegar a su lado. Era uno de los mendigos de la zona, cuyo nombre ya he olvidado.
Al verme, levantó los brazos con un gesto de reproche:
―Padre, se ha dejado la ventana abierta y ese aparato ahí. Ya sabía yo que era usted. He estado vigilando toda la mañana. Hay mucho chorizo por aquí… A ver si tiene más cuidado.
No sé qué le dije, pero le di un abrazo y 10 euros de propina, que aceptó como quien recibe una recompensa bien merecida.
―¿Quieres tomar algo? ―añadí―. Te invito a una caña.
―No. Con este calor, ando con el estómago revuelto…

El anuncio del lunes

Ya están aquí los Juegos Olímpicos de Londres. Este anuncio, casi cuatro minutos y medio, nos lo recuerda con gran eficacia y sentido del humor.
 

domingo, 22 de julio de 2012

La causa de la crisis



No cometeré la grosería de explicar la parábola a gentes tan perspicaces como vosotros. Pero, al releer este diálogo del Lazarillo de Tormes con el ciego, he llegado a la conclusión de que seguimos igual que entonces. Así empezó la crisis. 



 “Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas, y que hayas dél tantas partes como yo. Partillo hemos desta manera: tú picarás una vez y yo otra; con tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva, yo hré lo mesmo hasta que lo acabemos, y desta suerte no habrá engaño.”
Hecho así el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance el traidor mudó de propósito y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debría hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me contenté ir a la par con él, mas aun pasaba adelante: dos a dos y tres a tres, y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano y meneando la cabeza dijó:
“Lázaro, engañado me has: juraré yo a Dios que has tú comido las uvas tres a tres.”
“No comí, dije yo, mas ¿por qué sospecháis eso?”.
Respondió el sagacísimo ciego:
“¿Sabes en qué veo que las comiste de tres en tres? En que comía yo dos a dos y callabas.”

sábado, 21 de julio de 2012

Beethoven, en Sabadell

Hace mucho que no cuelgo aquí un flashmob. Y los hay geniales en la red. Éste se lo dedico a Antuán. Ponedlo a toda pantalla y fijaos en las caras de la gente. Me gusta repetírselo a los chavales: la belleza está siempre en el rostro, en los ojos, en la mirada de fiesta, en el asombro de los niños. Y esa belleza cambia con los años, pero no se marchita jamás.
 


"Antuán"


Algunos quizá hayáis leído el comentario que puso ayer "Antuán" en mi entrada sobre la linea 27. Nos cuenta que el día 19, es decir anteayer, ha fallecido su madre. 
Lo que no sabéis es que detrás de ese pintoresco apodo, "Antuán", hay una manchega, recia y generosa que ha convertido su vida en un servicio silencioso y eficaz a miles de personas. Yo confieso que le tengo particular cariño, también por sus frecuentes comentarios en el blog.
No voy a concretar más. Sólo quiero pediros en su nombre que recéis por su madre, otra mujer de una pieza que nos echará una mano desde el Cielo.  

viernes, 20 de julio de 2012

Linea 27


Subo en el 27 a las 13,15 y me acomodo en el primer sitio libre que encuentro. A mi lado, un anciano vestido de corto, con las canillas emplumadas al aire y una camiseta verde desteñida, me examina de arriba abajo con descaro adolescente. Al fin, a la altura de Juan Bravo, interrumpe mi lectura.
―¿Ustedes rezan?
―¿Cómo dice?
―Que si es verdad que rezan por todo o…
A saber lo que viene detrás de esa o. Le corto antes de averiguarlo:
―¿Quiere usted que rece por algo?
―Por la crisis ―responde, solemne―. Y también por mi yerno.
―¿Qué le pasa?
―Todavía nada. Pero le voy a poner calentito a bastonazos.
Se levanta el viejo, y entre él y yo se interpone una buena mujer de gran cabotaje que ocupa el asiento con inesperada agilidad. Se abren las puertas y se va el anciano sin mirar atrás.  
No creo que las costillas del yerno corran peligro. Debe ser cosa del calor. El termómetro de la calle, que también está loco, marca 42º.


"Cumple-cosas"


A medida que se alarga la vida se multiplican los "cumplecosas".
Los niños llaman "cumple" al cumpleaños. Será por abreviar, pero también porque no hay confusión posible; es lo único que pueden cumplir. En cambio a los viejos se nos llena el calendario de efemérides y parece razonable irlas celebrando año tras año.
A veces incluso da un poco de vergüenza festejar tantas cosas, pero uno no puede dejar pasar determinadas fechas sin darse el pequeño homenaje del recuerdo unido a la acción de gracias.
A mí, por ejemplo, no me importaría pasar por alto el 20 de julio, que es mi cumple, y no sólo porque me recuerda que voy haciéndome viejo, sino sobre todo porque hay en mi vida demasiadas fechas alegres: el cumpletortas del 23 de marzo, cuando me rompí la calavera contra un árbol y el árbol se secó; el día de mi ordenación sacerdotal, el de la primera Misa…, y docenas de acontecimientos más que se refieren a la Obra, a mi familia y también a mi propia intimidad.
¿No celebran los enamorados el aniversario del día en que se conocieron, o se hicieron novios, o riñeron y se reconciliaron?
A eso me refiero. Gracias a todos. Rezad por mí y el globo seguirá navegando.
 

jueves, 19 de julio de 2012

El escuchador


Oigo por la radio una sorprendente entrevista con un “escuchador profesional” que anda por las calles de Madrid. A juzgar por su acento, se trata de un hispanoamericano, quizá de Colombia o Venezuela, hombre amable y educado, que sólo pide una propina a cambio de sus servicios.
“Se ofrece escuchador profesional―reza el cartel que lleva siempre consigo―. Cuéntame todo aquello que necesites, te escucho sin interrupciones y no doy consejos salvo que me lo pidas. Solo cobro lo que me quieras pagar”.
No es nueva la profesión de escuchador. En Japón existe desde hace más de diez años. A pesar del bullicio de los 30 millones de personas que se arremolinan en el área metropolitana de Tokio, la soledad del tokiota va en aumento e hizo surgir este nuevo oficio para el que no se requiere una cualificación académica específica. Basta con que uno esté dispuesto a oír con sincero interés lo que otro tenga que decir.
Dentro de media hora saldré de casa camino de la Iglesia del Cristo de Ayala. Me meteré en un confesonario y esperaré la llegada de la clientela. Llevo un libro de teología por si queda un hueco entre penitente y penitente, pero lo más probable es que lea poco.
Yo soy algo más que un escuchador profesional, pero es cierto que hay cada vez más personas solas que necesitan desahogarse y hablar de sus problemas concretos a un oyente atento y cariñoso.
Cada día entiendo menos a esos que rechazan la confesión personal, de uno en uno, como lo dispone la Iglesia, y tratan de sustituirla por una ceremonia colectiva y descafeinada. Los médicos no trabajan así; no sortean recetas ni las lanzan a voleo para que cada uno coja la que más le conviene. También ellos son escuchadores profesionales, como yo mismo.
Claro que los sacerdotes, además, perdonamos en nombre de Jesucristo. Y ni siquiera pedimos propina.
 

miércoles, 18 de julio de 2012

Valga la redundancia



 Que no, señores habladores radiofónicos, que no es una redundancia decir “Sergio Ramos va dando bandazos por la banda” ni “corremos el riesgo de que suba la prima de riesgo”. Eso es simplemente pobreza de vocabulario. Por tanto sobra ese “valga la redundancia” que soléis añadir para justificar el lapsus. Mejor que no valga.
Redundancia o pleonasmo es, sobre todo, utilizar un número excesivo de palabras para decir lo mismo dos veces o más. Y por cierto que abundan hasta la saturación en el lenguaje político, periodístico y publicitario.
Cuando Vodafone asegura que me “regala completamente gratis por 0 euros” un teléfono, emplea una doble redundancia para ver si pico. Y cuando el ministro de turno habla de “proyectos de futuro”, e insiste en que es “falso de toda falsedad” lo que dice la oposición, podría añadir esa coletilla de la redundancia.
También es redundante hablar del “Gran Bilbao”, como ya expliqué en otra ocasión, y “prever con anticipación”,  “subir hacia arriba” y así sucesivamente.
―¿Y cuando los habladores de la radio dicen ordinarieces?
―Entonces, amado Kloster, deberían añadir: “valga la repugnancia”


 

martes, 17 de julio de 2012

A la espera


La sala de espera es un pasillo ancho con sillas y silloncitos arrimados a las paredes. Yo espero ser recibido pronto, pero me pregunto si esperarán lo mismo las doce personas que llevan aquí más tiempo. Las voy mirando una a una y trato de jugar con sus rostros y su aspecto: el primero, con cara de llamarse Aquilino tiene unos dedos largos y nerviosos que juguetean con un Iphone. Lo más probable es que sea pianista de la Sinfónica de Tafalla.
―¿Don José Juan?
Se levanta presuroso Aquilino y sigue a la voz que le ha llamado por otro nombre. ¿José Juan? Sí, también tiene cara de llamarse así.
Abro el libro que traigo para la espera. Son poemas de Rilke que ya conozco, pero me gusta picotear de vez en cuando.
La chica de enfrente seguro que se llama Carmen. Tiene cara de preocupación a pesar de que hoy es su santo. Probablemente estudia Empresariales, como todo el mundo a su edad.
―¿Carmen Gutiérrez…?
Mi autoestima sube cinco puntos. He acertado. No le preguntaré si estudia Empresariales, pero, al pasar frente a mí, aprovecho para felicitarla.
―Ah, muchas gracias…
Y sonríe. Vuelvo a Rilke, pero no me da tiempo a leer un solo verso.
―¿Don Enrique Monasterio?
Ese soy yo, a pesar de que no tengo cara de llamarme Enrique, sino Eugenio. Me pongo en pie y se me acerca una señora mayor que probablemente se llama María Dolores.
¿Es usted don Enrique Monasterio? En casa todos hemos leído su libro sobre la Navidad…
Agradezco a Lola su devoción por mí y sigo a la voz.
―Buenos días, don Enrique. Supongo que hoy no habrá escrito nada en el blog.
―Supones mal. Y mañana hablaré de ti.
Es una doctora y tiene cara de llamarse Elvira.



lunes, 16 de julio de 2012

El anuncio del lunes

Magnífico anuncio que todos hemos visto. Aquí tenéis la serie completa del jamón indestructible.





domingo, 15 de julio de 2012

Una película que está muy bien

Se titula Maktub y a lo mejor la conoce ya medio mundo; pero yo, que soy un ignorante en cine del siglo XXI, he disfrutado como pocas veces a pesar de que, desde la primera escena, tuve todos mis prejuicios a flor de piel: es española y el elenco de actores no me hacía presagiar nada bueno.
Bueno, pues resulta que Maktub es una peli conmovedora, ágil, divertida; tiene un guión excelente, una interpretación más que aceptable, y --oh, sorpresa-- habla de Dios y del sentido de la vida. Increíble.

sábado, 14 de julio de 2012

Lo que viene siendo



Es una de esas expresiones tontas que están de moda y se emplean tal vez para dar empaque el discurso. Hasta hace algún tiempo uno se conformaba con decir “lo que es” (Mira, Matilde, toma la calle y llegarás a  “lo que es” el mercado de Santa Casilda).
La semana pasada se la oí por tres veces a un ministro del gobierno que a la crisis nuestra de cada día la llamaba “lo que es la crisis”.
Últimamente la frase se nos ha complicado un poco. Se conoce que los hablantes necesitan estirar aún más las palabras. Ahora se dice “lo que viene siendo”. (Mira, Matilde, cuando llegues a “lo que viene siendo” el Mercado de Santa Casilda, cruzas la calle y…)
Estas dos majaderías lingüísticas me traen a la memoria otra que repiten incansables los locutores radiofónicos: “hay que decir que…”
―Hay que decir que el Barcelona no alineará a Pujol…
―Hay que decir que la prima de riesgo sigue subiendo…
―Hay que decir que el Presidente de Gobierno…
Es tan frecuente la reiteración del latiguillo que algunos informadores se conforman con el infinitivo:
―¿Algo más, compañero?
―Sí; por último, ”decir” que el Barcelona no alineará a Pujol…
Pues si hay que decirlo, por favor decidlo, pero sin decir cada vez que “hay que decirlo”. Cualquiera diría que lo decís por imperativo legal, pero, aunque así fuera, tampoco es necesario recordarlo con tanta insistencia.
He dicho.  

viernes, 13 de julio de 2012

¿Tierra sin hijos?



Nunca he tenido fe en las estadísticas, pero es que algunas son aterradoras. Sólo pido a Dios que sean falsas, que no se correspondan con la realidad. Leo y copio de "El Correo”:
“Un alto porcentaje de los jóvenes vascos no quiere tener hijos. En concreto, el 44% de la población de entre 18 y 29 años descarta convertirse en padres de familia ―en 2001 era mucho menor, un 15%―, y un 79% de los de 30 a 45 tampoco quiere descendencia en el futuro, aunque en ese grupo se incluye también a los que ya tienen algún vástago, según los datos recogidos en el estudio 'La familia en la comunidad autónoma del País vasco', elaborado por el Gobierno vasco.

“Las opiniones que recoge el informe revelan que los vascos ven la paternidad muy complicada. Casi un 60% de los encuestados considera que hoy en día es más difícil criar a los hijos que en el pasado, y el 72% percibe que el esfuerzo económico que exige es mayor que antes. Cuando se les pregunta por el futuro, el 77% dice que no piensa tener descendencia, un porcentaje 21 puntos mayor que en 2001. El 11% señala que tendrá hijos «con toda seguridad», frente al 22% registrado hace once años. Sin embargo, esas cifras incluyen a personas mayores y parejas que ya tienen hijos. En concreto, entre los jóvenes y parejas en edad fértil son más de la mitad los que han descartado tener descendencia, cuando hace once años ese porcentaje era de un 15%.
“El responsable del Gabinete de Prospección Sociológica advirtió de que los efectos se van a notar en dos o tres años. «Estas encuestas de opinión anticipan lo que va a llegar. La caída de la natalidad «tendrá una repercusión decisiva en la pirámide poblacional y unos efectos no deseados en cuanto a educación, sanidad, mercado de trabajo, pensiones...», destacó.”
El periódico atribuye “a la crisis” este previsible desplome de la natalidad en los próximos años. Tiene razón: hay una crisis profunda que afecta a los valores y a las virtudes que han hecho grande a nuestra tierra; la generosidad, la valentía, la austeridad, la reciedumbre, el amor concebido como entrega sin condiciones, la fecundidad… La bajada del Ibex y el precio de las hipotecas tienen poco que ver con esto.

Si la estadística no miente, ¡pobre tierra mía! En menos de un siglo habrá dejado de existir, y viviremos en una reserva, como los Siux. El País Vasco será una nota a pie de página o una curiosidad arqueológica, como Atapuerca.


La crisis y los buitres


Me escribe desde Valencia un viejo amigo, pajarero insigne, sabio, culto y malhablado, que anda con problemas de salud.

…Y que nadie me hable de la crisis. Eso es cosa vuestra. Yo no estoy ya en este mundo. Cuando leo los periódicos recuerdo cómo se pelean los buitres por meter su cabeza pelada en lo más sabroso de la carroña. Europa es eso; un cadáver exquisito de pasado glorioso y una banda de aves necrófagas que se disputan sus vísceras malolientes.
(…) Saldréis de la crisis cuando comprendáis que todos tenemos la culpa de esta situación. Entre todos asesinamos a la vieja Europa y ahora queremos robarle sus despojos.
He vuelto a leer “Asesinato en el Orient Express”, la novela de Agatha Christie en la que todos son culpables del mismo crimen. Yo no sé si es posible resucitar el cadáver o si lo mejor es incinerarlo con urgencia para que no apeste y esperar a que nos salven los africanos que ya llegan; pero el espectáculo de los buitres me produce más náuseas aún que esta bendita quimioterapia.
Querido Enrique, no es tiempo de luchas ni de venganzas ni de reivindicaciones, por muy justas que parezcan. Sólo con el perdón y la fraternidad saldremos de ésta.
Acuérdate de rezar por mí, para que no dure mucho la tortura terapéutica.

   

jueves, 12 de julio de 2012

De Madrid aTorreciudad

No todas las "marchas" son reivindicativas. La que organizan cada año en el Colegio Tajamar de Madrid, tiene un carácter muy diferente. Ellos dicen que "el deporte hace familia" y, para demostrarlo, convocan a alumnos, antiguos alumnos, padres, madres y abuelos para una sorprendente carrera de relevos. Desde Madrid hasta el Santuario mariano de Torreciudad hay 500 kilómetros...
Este vídeo lo explica todo.


Europa sin raíces

Eugenio Nasarre publica hoy mismo en "Paginasdigital.es" el artículo que reproduzco a continuación.


Hay símbolos que lo dicen todo. Y hay diferencias que también lo expresan todo. De Gaulle quiso sellar la reconciliación franco-alemana, piedra angular de una Europa unida, de la manera más solemne posible. Y propuso a Adenauer hacerlo en la catedral de Reims. Reims es la historia de Europa. Allí fue coronado Ludovico Pío, el hijo del emperador Carlomagno, y a partir de entonces los reyes de Francia. La catedral vivió los avatares de la convulsa historia europea. Y fue víctima de su devastación en la primera gran guerra del siglo XX. Pero sus ángeles sobrevivieron.
De Gaulle y Adenauer  sabían que el futuro de Europa, que querían construir juntos, sólo podía hacerse con conciencia histórica. El domingo 8 de julio de 1962  los dos grandes  estadistas entraban juntos en una  catedral abarrotada, donde se celebró una misa solemne, la misa de la reconciliación. El arzobispo Marty dijo en su homilía: "la paz se engendra en el laboratorio del amor y los minerales de este laboratorio son la justicia y la caridad". Las fotografías nos hacen presente hoy las impresionantes imágenes de Adenauer y De Gaulle en dos sitiales al pie del altar. La ceremonia tuvo una honda densidad religiosa. No busquemos solamente la razón en que los dos estadistas eran católicos. Ambos intuían que tal dimensión hacía a  la reconciliación más profunda, que respondía a la historia de Europa y que la sociedad europea de entonces la veía y aceptaba con naturalidad. Las raíces cristianas de Europa estaban vigentes.
Cincuenta años después Francois Hollande y Angela Merkel han querido conmemorar aquel acontecimiento histórico. Y han hecho bien, porque, en medio de las dificultades por las que atraviesa el proyecto europeo, merecía la pena reavivar esa su piedra angular, de la que, en alguna manera, dependemos todos los europeos. También este año el 8 de julio ha sido domingo. Pero la ceremonia ha sido de naturaleza muy diferente. El cronista de Le Figaro señala que "la dimensión religiosa ha sido reducida al mínimo". Apenas el arzobispo Jordan, en una brevísima alocución, ha podido evocar la homilía de su predecesor y ha subrayado la "dimensión sagrada" del compromiso de aquellos "dos visionarios".
El grueso de la ceremonia se ha celebrado fuera del templo, en el bellísimo pórtico de la catedral. Allí los dos mandatarios, Hollande y Merkel,  han renovado los compromisos de hace cincuenta años y los han proyectado hacia el futuro. Pero, ¿el espíritu es el mismo? Probablemente Plácid García-Planas exagera, en su excelente crónica de La Vanguardia, cuando sardónicamente  dice "Hoy Charles De Gaulle milita en el racista Front National y Konrad Adenauer se acaba de afiliar al partido euroescéptico Freie Wähler". En vísperas del encuentro se ha producido un fenómeno inquietante: la profanación de tumbas de soldados alemanes en un cementerio militar de las Ardenas.
La distancia de la Europa de 1962 y la de cincuenta años después se ha hecho muy elocuente en el acto de Reims. El "humus" cristiano ya no está en el centro de un encuentro histórico con el sello de algo tan hondo como es la reconciliación. El desplazamiento de la ceremonia de dentro a fuera de la Catedral es el mejor signo de la secularización en la que vive la Europa de hoy. La Catedral permanece erguida, imponente y bellísima. Pero ya sólo sirve su pórtico como trasfondo de la Europa que hoy estamos construyendo, ¿con qué cimientos, con qué raíces? Eso sí: el ángel de la sonrisa nos sigue contemplando y acompañando.

miércoles, 11 de julio de 2012

Pampaluna


Los tejados de Pamplona 
En Pamplona ―la Pampaluna de Adaldrida― reverdecen todos mis viejos recuerdos de la Universidad. La ciudad ha crecido mucho, es verdad, pero las gentes de Pamplona siguen siendo las mismas.
Con las pupilas dilatadas por gracia de unas “pruebicas” oftalmológicas que acaban de hacerme, camino por la calle Iturrama en busca de la casa de don Fernando Acaso. No es tan fácil como parece. La calle Iturrama está llena de remansos urbanos y de inesperados afluentes donde los números se dispersan a izquierda y derecha para desconcierto del personal.
De pronto compruebo que he pasado del 70 al 28 en veinte metros, y entro en una tienda de fotografía.
―Perdone, ¿sabe usted dónde está el número 32 de la calle?
Inmediatamente aparece una sonriente cuarentona vestida de blanco con el pañuelo al cuello que abandona el mostrador, me agarra del brazo y sale conmigo a la calle:
―Ya sé a dónde va usted. Le acompaño.
Y me deja casi a la puerta.
―¿Eres de aquí?  ―pregunta de pronto―.
―Casi…
Y mientras le cuento mis recuerdos de Pamplona, ella asiente como si, de verdad, le importara un poco lo que le estoy diciendo.
Por poco la invito a una caña.

martes, 10 de julio de 2012

Vibraciones cardíacas


Los whatsapps, también llamados washaps e incluso guachás para los amigos, empiezan a ser una pesadilla. Hace quince o veinte días mi teléfono empezó a hacer “bip” dos o tres veces por minuto para anunciarme la llegada de toda suerte de mensajes, fotos, vídeos o encargos. Muchos de estos avisos me llegaban al confesonario, así que suprimí el pitido y los sustituí por una sutil trepidación electrónica. 
Ahora mi teléfono vibra en el bolsillo superior de la camisa, a la altura del corazón. Es un dulce cosquilleo, como un leve masaje cardíaco.
Resulta que mi familia se encuentra en tertulia permanente guachapeando con sus móviles en comunicación transcontinental mientras yo asisto a las conversaciones sin decir ni pío por pura imposibilidad física.  Como además he sido descubierto por 15 o 16 globeros la mar de elocuentes y algunos amigos más, las vibraciones cardíacas son casi permanentes.
Así que ya sabéis, colegas, tenéis mi corazón a un click de distancia. Podéis hacerlo vibrar, pero no me pidáis que conteste. No haría otra cosa.


En San Fermín

Nunca he sido un entusiasta de las fiestas de San Fermín, pero esta tarde al llegar a Pamplona el santo Patrono de la ciudad me ha dado una alegría nada pequeña.
Detengo el coche a veinte metros de mi punto de destino y busco el inevitable parquímetro. Tengo ya unos euritos en la mano cuando se me acerca una chavala vestida de blanco con el pañuelo rojo reglamentario y me dice:
--En San Fermín es gratis todo el día.
--¿Hasta cuando?
--Hasta el sábado.
No le he preguntado nada más. Ni siquiera su nombre. Tal vez sea la prima de Riesgo. 
Me refiero, por supuesto, a Asier Riesgo, que es el portero de Osasuna.

lunes, 9 de julio de 2012

El anuncio del lunes

En esta ocasión sí que puedo decir que esto no es sólo publicidad. Me gusta el anuncio más aún que el Mercedes.

domingo, 8 de julio de 2012

Picoteando

 No es lo mismo, pero el pico picapinos también picotea
¿Qué hace un cura como yo en Madrid cuando ya han terminado las clases en los colegios y buena parte de las labores se han trasladado a la Sierra o a la Costa?
Elemental, mi querido Kloster, ir de la Ceca a la Meca picoteando en nidos ajenos durante todo el día. Resulta que, en verano, el número de sacerdotes también disminuye de forma drástica, ya que muchos atienden convivencias, campamentos y cursos de formación para jóvenes y viejos. A mí me tocará ausentarme el mes próximo, pero hasta entonces uno va poniendo parches y sustituyendo a otros colegas por toda la ciudad. 
Gracias a Dios, el tráfico es más fluido y se va generalizando el aire acondicionado hasta en los confesonarios; pero aún así uno llega a casa por la noche un tanto acalorado y confuso.
Son las once de la noche y hago un breve repaso del día: un retiro a 40 mujeres en el viejo local del Colegio Besana, una visita a una chiquilla de 99 años, un par de horas de confesonario y una charla larga y profunda con un hombre que está demasiado triste... La verdad, tampoco es para tanto. Termino dando gracias a Dios porque ser cura es estupendo.
Como me han regalado un dvd con la final de la eurocopa, me recreo un rato repasando los goles.

sábado, 7 de julio de 2012

“Esas cosas pasan”




Me lo dijo Juan cuando le conté hace años la increíble aventura de mi billetero perdido en la calle y hallado tres días más tarde en el buzón del correo. No faltaba nada, y yo tenía necesidad de explicárselo a todo el mundo. Él, sin embargo, con gesto de hombre experimentado sentenció displicente:
―Esas cosas pasan.
Son tres palabras que no significan nada, pero yo tuve la impresión de que Juan acababa de levantar un acta notarial para certificar que lo que yo le contaba era verdad. Al fin respondí:
―¡Claro que pasan! ¿No te digo que me ha pasado a mí?
―Te ha pasado a ti por eso, porque pasan estas cosas.
―O sea, que te parece normal.
―Normal, no; pero estas cosas pasan…
Me entraron unas ganas enormes de estrangularlo, pero, al fin, se impuso mi proverbial mansedumbre. Hoy he decido incluir esa frase en mi antología de tonterías habituales.
 
 

viernes, 6 de julio de 2012

Una invitación inesperada


 "Más que Pintxos" es mucho mejor
Anochece en Madrid cuando regreso a casa. En la terraza de "Más-que-pintxos", una conocida cafetería de mi calle, las cervezas rebosan tentadoras en copas grandes y heladas. Trato de no mirarlas para no abalanzarme sobre ellas; pero hay una niña de siete u ocho años que me observa con una mezcla de curiosidad y compasión.  Esta junto a sus padres y tiene un vaso en la mano.
―Hola.
La contesto educadamente:
―Hola.
―¿No tienes calor?
―Un poco.
―¿Quieres una coca-cola?
―¿Me invitas?
La madre, que no se ha enterado de qué va la cosa, interviene inoportunamente
―No molestes al padre…
―Si no me molesta. Estaba invitándome.
Total, que he aceptado un vaso de pepsi, y en cinco minutos me he enterado de que la niña se llama Lucía, que tiene un perro llamado "dog" pero que está malito y  que este año se van de vacaciones a la playa de Alicante con sus primos, y que va a hacer la primera comunión... y que habla, y habla…
 

El nombre (II)

En mi post de ayer no quise referirme a los nombres más o menos de moda, más o menos cursis, que con frecuencia importamos de otras lenguas. A mí todo eso me importa poco. Si alguien se llamara, por ejemplo, Isabel Sastre, ¿por qué no va a poder traducirse al inglés y convertirse en Elizabeth Taylor? Lo mismo digo sobre las Jenifer, etc.
Eso sí, a los "Ivan" y a las "Vanessa" les explicaría que esos nombres rusos significan "Juan" y "Juana". 
Cuando se lo conté a una que yo me sé, por poco le da un soponcio. Ahora se llama Pili.

jueves, 5 de julio de 2012

El nombre


 ―…y cómo lo vais a llamar?
―Si es niño, Iniesta… Ya sabes, cosas de Paco.
―¿Y si es niña…?
―Lolita, como su abuela.
(Oído en la calle en vísperas de la semifinal de la eurocopa) 


Hace días, con ocasión de un bautizo, copié en la agenda un texto del profeta Isaías: estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas pronunció mi nombre.
Mientras preparaba la homilía, saqué el propósito de escribir algo sobre los nombres con que algunos padres parecen castigar a los recién nacidos. Poco después oí la conversación que reproduzco arriba y me dije que valía la pena ponerme algo más serio que de costumbre.
¿Pensáis que el nombre no tiene importancia?
En cierta ocasión, durante otro bautizo en el que me encontré rodeado de niños, para que se estuvieran quietos durante la homilía, decidí conversar con ellos:
―¿Sabéis por qué vamos a dar un nombre a este niño?
Uno de los de la primera fila levantó la mano y contestó sin dudarlo.
―Para que conteste cuando le llamemos.
Era una respuesta llena de sabiduría a la que yo debería haber sacado más partido haciendo otra pregunta:
―¿Y quién será el primero que llame por su nombre a este niño?
Seguro que el chaval habría acertado. Porque, en efecto, es Dios mismo el que le interpela antes que ninguna otra criatura.
La Biblia, al narrar la creación del hombre, nos descubre ese misterio tremendo e inefable: que Dios es nuestro interlocutor; que el Creador nos habla y que podemos responderle. La razón es que hemos sido hechos a imagen y semejanza suya. De ahí que tengamos un nombre, el que Dios mismo nos pone desde toda la eternidad, el que nos define, nos identifica y nos distingue de las demás criaturas. Es cierto que Dios ama todo lo que ha creado: las estrellas, los animales, las plantas, y hasta el sonido de la brisa y las puestas de sol en el océano; pero sólo el hombre es amado por sí mismo y no como parte de un conjunto. La criatura humana puede conocer el nombre de su Creador y hablar con Él de tú a tú.
Yo te he redimido y te he llamado por tu nombre. Tú eres mío, dice también el Señor por boca del profeta Isaías. Esa referencia al “nombre” es una constante en toda la Sagrada Escritura. Juan debía llamarse Juan y no Zacarías como pretendían sus vecinos; Jesús se llamó así porque el Ángel se lo impuso a María y después a José; Simón pasó a llamarse Pedro…
Y, al que venciere ―concluye el Apocalipsis― yo le daré (…) una piedrecita blanca y en esa piedrecita escrito un nombre nuevo que nadie conoce sino aquel que lo recibe. Ese último nombre es también el primero, el que Dios nos puso antes de la creación del mundo; el que define el sentido de la propia vida: la vocación.
Es evidente que los padres cristianos no pueden conocer ese nombre “secreto” que Dios nos tiene reservado, pero son conscientes de que "nombrar" a un niño es mucho más que decorarlo con una palabra biensonante; es señalarle un camino y otorgarle un protector que lo acompañe siempre. Por eso suelen buscar nombres de santos o advocaciones marianas.
El ambiente secularizado o declaradamente laicista ha venido a enturbiar un poco las cosas. Hace un siglo más o menos se pusieron de moda los nombres de personajes célebres, que nada tuviesen que ver con la religión o con la Iglesia. En América sobre todo la epidemia hizo estragos. Ahora privan las denominaciones sacadas de los montes, los valles, los bosques… Todo muy mono, muy new age.
Lo más paradójico es que, mientras algunos niños salen a la calle con nombres de gato, las mascotas reciben nombres de santos. En mi propia finca había hace años una vecina que tenía dos preciosos galgos a los que llamaba “Felipe” y “Alfonso”. Y a cien metros de casa he localizado un Fox Terrier llamado José Luis.
Me sugiere Kloster que quizá alguien se sienta ofendido por lo que he escrito. Si así fuese le pido perdón; pero tal vez algún otro reflexione y cambie ese nombre de pájaro que tenía previsto para su retoño por otro menos sonoro. 

miércoles, 4 de julio de 2012

"Te lo digo yo"




Cenábamos cinco personas en un restaurante cercano. Tres hablaban de cuestiones políticas en un tono sereno, casi académico. Yo procuraba quedarme al margen para no tomar partido, pero disfrutaba comprobando que se puede discrepar sin levantar la voz, escuchando con atención al que tiene la palabra y sin interrumpirlo jamás. Era una insólita tertulia de tres personas inteligentes, educadas y con sentido del humor.
El cuarto contertulio era un conocido constructor, simpático aunque un tanto elemental, con tres o cuatro ideas en la cabeza sólidamente ancladas y con muchas ganas de intervenir en la conversación para demostrar que también él podría aportar algo.
Casi siempre entraba del mismo modo. Como estaba a mi lado, me agarraba el brazo izquierdo (quizá buscaba un cómplice) e interrumpía a  la persona que estuviese hablando:
―Mira, Antonio (la víctima solía ser él) estás muy equivocado: te lo digo yo.
A lo largo de la cena repitió el “telodigoyó” no menos de quince veces. Era su único y definitivo argumento.
Por lo demás, ya digo, era un tipo simpático, cordial, generoso ―él pagó la cena― y con ganas de agradar. Probablemente cada vez que apelaba al “te lo digo yo” suponía que bastaban esas cuatro palabras para cerrar toda discusión. También podía haber añadido esa expresión tan frecuente en las conversaciones de esta tierra: “como yo digo…”