sábado, 28 de febrero de 2015

Magia y danza



Gracias, Cordelia; el vídeo me ha dejado sin palabras




viernes, 27 de febrero de 2015

Yo tuve un maestro…

A Wladimir Vince

Tenía muchas ganas de escribirte, querido don Wlado. Desde que empecé esta nueva sección de e-mails dirigidos a grandes personajes pensé en ti, pero fui retrasando el momento de ponerte unas letras porque, la verdad, no sabía por dónde empezar, cómo continuar ni qué concluir. Eras demasiado grande para una página tan chica.
Nos conocimos en Gaztelueta en octubre de 1952. Yo tenía 11 años y tú estabas en el jardín del colegio con un grupo de alumnos junto a la rampa que desciende hacia el campo de fútbol. Llevabas un traje cruzado a rayas que me pareció muy elegante, y aunque no me conocías, te dirigiste a mí por mi nombre.
Alguien me dijo que eras croata.
—¿Y eso qué es? —pregunté—.
—Es que se ha escapado de los comunistas debajo de un tren.

Hablabas castellano sin el menor acento. Es más, imitabas todos los acentos españoles con notable fidelidad. Como además casi nunca contabas nada de tu tierra, tardé en comprender que ser croata no era una enfermedad, sino ciudadano de un país que por entonces formaba parte de la Yugoeslavia comunista.
Luego supe que lo del tren no era verdad, pero sí que desde muy joven fuiste prófugo de la justicia y perseguido político. Por no combatir contra los partisanos que se enfrentaban a los nazis durante la invasión alemana ni unirte a los guerrilleros, que estaban capitaneados por Tito, la máxima autoridad comunista, huiste a Roma. Allí conociste a José Orlandis y a Salvador Canals, dos fieles del Opus Dei, y pediste la admisión en la Obra.
Pocos años después llegaste a mi cole, a Gaztelueta, como subdirector.

¿Cuántos idiomas hablabas? A mí me salen ocho, pero a lo mejor me dejo alguno. Veamos: francés, inglés, alemán, croata, ruso, español, italiano, latín… Eso, en todo caso, es lo de menos. Lo importante es que hablabas mi idioma, el de los niños y lo comprendías tan bien que te convertiste enseguida en Maestro (así, con mayúscula), el más grande que he tenido nunca.
Un maestro no es un "enseñante" (horrible palabra), ni siquiera un profe, que es como se dice ahora. Un maestro no se limita a explicar una determinada asignatura; es alguien capaz de modelar almas y de dirigirlas atenta y eficazmente.

El maestro trata a sus alumnos uno a uno y les entrega pedazos de su vida. Es cariñoso, pero sin empalagos. Sabe ser recio y exigente. Austero en la expresión y en los gestos, se hace querer y respetar. Casi nunca levanta la voz, pero si lo hace, todos comprenden que tiene razón. En ocasiones corrige incluso con energía, pero no pierde los nervios ni descarga su mal humor en los alumnos. Prefiere estimular, aplaudir los éxitos de quienes aprenden y fomentar su autoestima, porque nada ayuda tanto para seguir mejorando como un elogio justo.
El maestro, acaba por ser amigo, no amiguete ni cómplice. Su auctoritas perdura también cuando el discípulo ya vuela por su cuenta.
Eso fuiste, querido don Wlado, para todos los que te tratamos en aquellos años. Charlabas conmigo a solas cada quince días o cada mes y en aquellas conversaciones —paseando por el jardín o sentados en una salita— me enseñaste a estudiar, a poner esfuerzo en el trabajo, a hablar con Dios, a vencer mi timidez, a proponerme metas altas y propósitos pequeños…
Un día, en 1957, anunciaste que volvías a Roma y la noticia conmocionó al colegio entero. Tuviste que pasar por las clases para consolar a los afligidos y explicar la razón de tu marcha. Dos años más tarde te ordenaste sacerdote y regresaste a Gaztelueta para celebrar la Primera Misa.

El Santo Padre, Pablo VI, te nombró director de la obra pontificia para la atención de los católicos croatas en el exilio, y como San Pablo veinte siglos antes, empezaste a recorrer el mundo para confirmar en la fe a tus compatriotas.
Claro que seguías siendo un perseguido. Estabas en la lista negra del régimen yugoeslavo, y el 6 de marzo de 1968 el avión que debía trasladarte desde Caracas a París hizo explosión en el aire.
Yo te esperaba en Roma. ¡Tenía tantas cosas que preguntarte! Han pasado muchos años, pero los maestros duran para siempre. Y tú sigues siendo el mío.


miércoles, 25 de febrero de 2015

¿Por qué se insultan?


El Parlamento se convirtió en ring y comenzó la pelea. Los púgiles, sus señorías, salieron al estrado como potros desbocados y se arrearon sin piedad. Hubo golpes bajos, leñazos de izquierda y de derecha, puñetazos al aire, ganchos y  directos. Los contendientes estaban enfadadísimos; se miraban con odio, con afán de venganza.
—No te preocupes, Kloster; seguro que de un momento a otro alguien formulará una idea brillante y sonreirá con afecto al contrario. Luego se abrazarán y dirá el perdedor: "cuánta razón tenías, amigo. Me has convencido"
Pero siguieron los golpes, las zancadillas, las palabras arrojadizas y explosivas. Y yo hice el propósito de no dar mi voto a nadie que necesite gritar más que su adversario y llenarlo de insultos y de babas.
 

lunes, 23 de febrero de 2015

La coartada














Cuando pasen los años y necesite saber lo que hice un determinado día de las últimas décadas, no tendré necesidad de buscar en la memoria, siempre frágil y engañadora. Consultaré el blog y santas Pascuas.
Ya dije en cierta ocasión que esto es un diario, y los diarios se dirigen en primer lugar al mismo que los escribe. Este globo volará en la red por los siglos de los siglos como un cuaderno de bitácora en el que levanto acta de todas las peripecias del camino. Así no podré equivocarme.
—Tienes razón, colega —me interrumpe Kloster—. Es más. Creo que puedes aprovechar el globo para prepararte una buena coartada.
—¿Y para qué necesito una coartada?
—Tú sabrás. Aún no eres un delincuente, pero tal vez un día caigas en la tentación de asesinar a alguien, y entonces…
—Tú serías mi primera víctima, querido Kloster.
—¿Lo ves? Escribe cuanto antes en el blog que el día del crimen estabas en otro sitio. Describe el paisaje con esa elocuencia que te caracteriza y engañarás a los jueces como un corrupto cualquiera.
—¿Y dónde digo que estoy?
—En Molinoviejo, por ejemplo…
—De acuerdo. Acabo de llegar a Molinoviejo, y aquí estaré hasta el 27 de marzo… ¡No huyas, Kloster, amigo mío! ¿Cómo puedes pensar que yo…?
 

domingo, 22 de febrero de 2015

Jose lo vio así


El Serantes, después de la ducha que regó generosamente la City ayer sábado, se seca con cuatro harapos nubosos y vuelve a señorear sobre la Ría y El Abra. Yo, la mar de contento porque me han llamado cursi en la entrada anterior, regreso a Castilla, tierra austera y poco dada a a frivolidades líricas.

viernes, 20 de febrero de 2015

Amanecer rosa


Hoy el Serantes ha amanecido así; envuelto en una luz anaranjada, el cielo azul al fondo, una nube gris en lo más alto y una brisa fría del mar que anuncia el cambio de tiempo.
Si yo fuera poeta, le escribiría un soneto; si supiera pintar, trasladaría a un lienzo la madrugada; si fuera músico, compondría mi primera sinfonía titulada "Serantes", y si fuera profe de Gaztelueta, sacaría a todos los niños al jardín para que aplaudan al Autor de esta maravilla.


jueves, 19 de febrero de 2015

Le flashmob des Prodiges


Cristina, una de las lectoras más fieles del globo, me invita a colgar este "regalito musical". Es un flashmob delicioso, entre otras cosas porque es imposible contemplar a estos niños sin sonreír.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Sister María José

María Helena, la niña que "se escapó" del viejo Aldeafuente corriendo detrás de una pelota y  por poco se nos muere atropellada por un camión, ahora se llama Sister María José, es religiosa clarisa y vive feliz en un monasterio de Nuevo México, en los Estados Unidos.
Os hablé de ella aquí el 2 de febrero de 2011 cuando aún era novicia. Dentro de muy poco hará sus Votos Solemnes y lucirá una sonrisa aún más grande de la que exhibe en este vídeo. Dura quince minutos y está en inglés, pero se entiende perfectamente, y de vez en cuando vale la pena asomarse a este mundo de las religiosas contemplativas.
¿Por qué saco hoy a relucir esta historia? Porque he recibido una carta de María Helena preciosa, larga y conmovedora. Ahora mismo voy a contestarla. Dentro de unos días, cuando se me haya pasado la emoción, quizá reproduzca algunos párrafos.


La ceniza y las cabezas


Otra vez Enrique G-M. Quizá debería traerlo aquí más a menudo. O poner un link permanente con "El diario de Cádiz" para que no se nos olvide leer cada miércoles y cada domingo la columna de mi admirado tocayo. Leed hoy aquí lo que nos cuenta este Miércoles de Ceniza.

martes, 17 de febrero de 2015

Comienzos y finales

Uno de los alicientes de este trabajo que me ocupa desde hace un par de años es que está lleno de comienzos y finales. No hay cabida para la rutina. Este sucederse de cursos de retiro y de convivencias convierten la vida del predicador en un continuo empezar y terminar. Esta noche acabamos en La Acebeda un retiro de hombres con treinta asistentes, y el próximo lunes empezaré otro de mujeres en Molinoviejo.
Cada comienzo es diferente. Aunque el guión sea el mismo, aunque las personas se parezcan, todo se renueva de forma inexplicable. Y, al terminar, hasta el cansancio es diferente. Es una fatiga serena que va creciendo en las conversaciones personales. Es como si cada uno me cargara con sus tristezas, sus alegrías y desalientos, y me echara sobre los hombros los propósitos que ha hecho frente al Sagrario.
En Molinoviejo habrá pocos cambios. Tendré una almohada diferente (cosas de viejos) y el antiguo oratorio, a pocos metros de mi habitación, será mi desaguadero.
Antes, como mañana es miércoles de Ceniza, leeré el grito del Profeta Joel:
—¡Ahora —oráculo del Señor— convertíos a mí de todo corazón!
O dicho con otras palabras:
—¡Rectifica el rumbo, no te desvíes, vuelve a empezar. Cántame un cántico nuevo con tu vieja partitura!


lunes, 16 de febrero de 2015

Sombras

Paco Sánchez, que está a punto de entrar en mi pequeño Olimpo de "autores-con-ideas" acaba de publicar en La Voz de Galicia este artículo, que vale la pena leer y difundir.

Estas sombras no son de Grey    

No pensaba farfullar ni media línea sobre las sombras esas del tal Grey. Primero, porque no escribo sobre libros que no he leído (y en este caso) ni leeré. Segundo, porque tampoco escribo sobre películas que no he visto (y en este caso) ni veré. Y tercero, porque la crítica negativa no impidió, sino que más bien disparó las ventas millonarias de esos libros y las preventas increíbles de la película. Si, pese a lo dicho, llevo ya todo un párrafo, culpen al miedo. Eso es: escribo por miedo.
No me asusta la vulgaridad, que me parece poco menos que inevitable. Ni me asusta que hurgar en ella se haya convertido en uno de los negocios más rentables del planeta. Me asusta que la vulgaridad se haya extendido tanto que ya no se la reconozca como tal, y que los más jóvenes piensen que se trata de un estándar digno de imitación. En este caso, la Universal recuperará en un fin de semana los millones de dólares invertidos en la peliculita y en su promoción, sin preocuparse del daño seguro que producirá, especialmente entre los adolescentes, al legitimar el acoso, el sometimiento y otras formas de agresión sexual. Me asusta también la contradicción: todo un discurso contra la creciente violencia machista, carísimas campañas institucionales, declaraciones y manifiestos se demuestran ahora falsos o hipócritas ante la escasa contestación.
Pero lo que realmente me ha llevado a completar esta columna es que se presente como un regalo de San Valentín. El pobre santo siempre se ha visto rodeado de cursilerías y horteradas, comprensibles en los enamorados. Pero esto es otra cosa. Porque nada puede provocar tanta infelicidad como una falsa idea del amor. Eso sí que da mucho miedo.

sábado, 14 de febrero de 2015

Magia digital

video

La verdad, después de Harry Potter, ya casi nada nos sorprende; pero esto..., tiene tela

viernes, 13 de febrero de 2015

El Papa en estado puro



El domingo 8 de febrero el Papa Francisco realizó una visita inesperada a un poblado de inmigrantes pobres del barrio romano de Pietralata conocido como "Camo Arcobaleno" en Ponte Mammolo. Cuando se dirigía a la parroquia de San Miguel Arcángel de Pietralata,  se desvió del itinerario previsto y ocurrió lo que se ve en este vídeo. 

Fuego


Son las 11 de la noche. Acabo de predicar la primera meditación de un nuevo curso de retiro, y sé que tardaré en dormirme.
Estamos en La Acebeda, una casa de convivencias a 40 kilómetros de Madrid. Ha subido la temperatura, pero aún quedan restos de nieve en el jardín. El silencio es total.
Pido al Señor por los treinta hermanos míos  que hacen el curso de retiro. Muchos estuvieron aquí también hace un año y quizá vuelvan el año que viene. El temario será el mismo, pero la oración se renueva cada día, cada minuto.
Hago el examen de conciencia y pido al Señor que sea así; que mi oración no sea ceniza, sino fuego; que sirva para que cada uno de los que la escuchan se enciendan y canten un cántico nuevo a solas con Dios.



 

miércoles, 11 de febrero de 2015

Venta ambulante



—Relojes, tengo relojes majos…
El vendedor de relojes luce un sombrero negro de ala ancha y una sortija enorme en el meñique. A la legua se ve que es un profesional del trapicheo. Pregona su mercancía en voz muy baja y sin hacer el menor gesto que pueda delatarlo; mira sin mirar, con la cabeza inclinada hacia el suelo, y mueve los labios solo lo imprescindible para que los más cercanos podamos asomarnos a la pequeña bolsa azul donde se muestra el género.
—Son buenos, caballero. Y baratos.
Se detiene frente a mí y trata de que les eche una ojeada.
—Le doy un Rolex por cien euritos.
—Muy legal no será.
—Todo legal —responde mientras saca el presunto Rolex de la bolsa y me lo pone en la mano—.
—Lo siento, amigo. Si es auténtico no estaría bien que lo lleve un cura. Y si no lo es, peor aún.
El vendedor de relojes se guarda la mercancía en el amplio bolsillo del tabardo, y, sin cambiar de actitud, con la mirada en el suelo, como si estuviese traficando con  algo ilegal, masculla entre dientes:
—Deme algo pa comer, que acabo de llegar de Cádiz y no me queda ni un euro.
De pronto le ha salido un inesperado acento andaluz.
Echo la mano al bolsillo y saco unas cuantas monedas: apenas seis o siete euros. Elijo una y busco en la chaqueta una estampa del Beato Álvaro. El relojero aún hace un último intento:
—Por esas monedas te vendo un Viceroy como el de Fernando Alonso.


 

lunes, 9 de febrero de 2015

Hagamos un equipo

Esto es lo que propone Tajamar a los padres y alumnos del colegio. La formación de los hijos es cosa de todos, y cuando todos colaboran, el éxito es seguro. 
Tajamar, ¡cuánto te echo de menos!

domingo, 8 de febrero de 2015

Yo soy la suegra de San Pedro

Saliendo de la sinagoga, fueron a la casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan. La suegra de Pedro estaba en la cama con fiebre, y al punto le hablaron de ella. Y acercándose El, la levantó tomándola de la mano. La dejó la fiebre y se puso a servirlos. (Marcos 1, 29-31)


Tienes razón, amigo. Para buena parte de los fieles, los curas nos parecemos un poco a la suegra de Pedro.
Los curas, como las suegras, son "útiles" porque sirven en los momentos clave de la vida: administran el bautismo, perdonan los pecados, presiden la ceremonia de la boda con mucha más solemnidad que los alcaldes; preparan para la muerte, median en los conflictos matrimoniales… Y casi todo por cero euros.
Las suegras, como los curas, son los mejores canguros de los nietos, aconsejan gratis a las nueras y a los hijos; son tolerantes con todos y rezan para que la familia se mantenga en pie y todos vayan al Cielo.
De las suegras, igual que de los curas, se hacen chistes crueles pero divertidos. Se las llama "mamá", pero la leyenda dice que, en el fondo, son perversas caricaturas de las madres. Las suegras, como los curas, ya se sabe: no se enteran de cómo está el mundo en realidad; son mayores y están algo pasadas, como la suegra de Pedro.
Casi nadie confiesa ser "amigo de los curas". ¡Qué espanto!  Tampoco hay "amigos de las suegras". Los unos y las otras son víctimas de alguna leyenda negra, quizá fundada en casos concretos, pero que injustamente se extiende a todos y a todas.
Las suegras, igual que los curas, casi siempre están un poco enfermas; son achaques de la edad, pero se quejan poco. No pueden permitirse el lujo de ponerse el termómetro y meterse en la cama: ¿quién haría las croquetas? ¿quién cuidará a los nietos y biznietos? ¿quién llevará el viático a los moribundos, perdonará a los penitentes o dirá la Misa del domingo…?
Jesús aquella mañana no hizo un gran milagro: la suegra de Pedro sólo tenía gripe, pero había que curarla con urgencia para que pudiera seguir sirviendo. Eso es lo que hizo: servir. Lo cuenta San Marcos.
Los curas también estamos enfermos y necesitamos que el  Señor pase a nuestro lado, nos coja de la mano, como a la suegra de Pedro, y nos ponga en pie cada mañana.
 

sábado, 7 de febrero de 2015

Estampas


Hace muchos años, recién ordenado, solía tener siempre a mano un buen mazo de estampas piadosas para repartir por ahí. La mayor parte eran de la Virgen, pero también de San José y de algunos fieles de la Obra que ya entonces estaban en proceso de beatificación. Sobre todo, de Montse Grases, una chica catalana de mi edad (nació sólo diez días antes que yo), que se fue al Cielo cuando yo acababa de pedir la admisión en la Obra. Aprovechó bien el tiempo la chiquilla. Supongo que se le pueden aplicar aquellos versos de San Juan de la Cruz:
"Por una extraña manera/ mil vuelos pasé de un vuelo,/ porque esperanza de Cielo/ tanto  alcanza cuanto espera".
Por eso la tenía particular devoción. Pensaba que había entrado en la Vida eterna por un atajo: mil vuelos en un vuelo. No está mal. Yo en cambio seguía aquí haciendo el ridículo.
Cuando falleció San Josemaría y aparecieron las estampas del "Siervo de Dios" aumenté sustancialmente la colección. Las tuve en todos los idiomas, sobre todo durante mi estancia en Roma. Otro tanto me ha ocurrido con el Beato Álvaro del Portillo y con los demás fieles de la Obra que van camino de los altares: Isidoro, Encarnita, Dora, José Luis Múzquiz, Eduardo Ortiz de Landázuri, y unos pocos más-
El problema ahora es que no tengo suficientes bolsillos para guardarlas. Por tanto he optado por almacenar  un montón en el coche y tener a mano sólo tres o cuatro.
—Al menos deme una estampita para que me traiga suerte —me gritó hace meses por la ventanilla del coche una gitana que trataba de limpiarme el parabrisas en el tiempo que dura un semáforo en rojo—.
—La estampas no sirven para tener suerte —le contesté—, sino para rezar.
—Pero si rezo tendré suerte. Digo yo…
No hubo tiempo para aclararle las ideas. Se quedó con una estampa de don Álvaro, y cuando traté de explicarle la oración que aparece impresa, me interrumpió.
—Yo de leer no sé. Pero le doy cuatro besos a la foto del cura éste y servirá lo mismo, ¿verdad?
Si la veo un día de estos, me propongo darle alguna pista más.




viernes, 6 de febrero de 2015

Hace fresquito

Es tan rigurosa la ola de frío que padecemos que, según parece, un número significativo de bilbaínos (algo así como el 30%) han decidido ponerse la camisa de manga larga.
 —¿Para salir a la calle?
—En casa no nesesitamos, oyes. 

PD. Mientras escribo estas líneas, nieva copiosamente en Madrid. 

jueves, 5 de febrero de 2015

Oscar y el ingenio


He vuelto a leer a Oscar Wilde. Hace sesenta años me sedujo con sus perversas paradojas y sus juegos malabares repletos de fantasía. Él me descubrió el delicioso encanto de la frivolidad y del cinismo intelectual. A punto estuvo de corromperme como a Dorian Gray en su famosa novela. Ahora, por 0,94 euros he descargado en mi Kindle todas sus obras completas.
¿Te enteras, amigo? Éste es el precio que he pagado por tu ingenio deslumbrante: menos de un euro. Te está bien empleado. Seguro que en la vida eterna habrás comprendido ya que Dios te dio un talento portentoso para buscar la verdad, descansar en ella y convertirla en vida, no para jugar al bridge con el árbol de la belleza y de la ciencia del bien y del mal.
"A los viejos sólo nos queda el ingenio", escribió Kloster. Y tú naciste viejo. Una pena.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Amable






Un propósito para hoy: procurar ser amable en las palabras, amable en los silencios, amable en los pensamientos, amable en los deseos, amable en la mirada, amable en cada uno de mis actos.

lunes, 2 de febrero de 2015

Llorando bajo la lluvia



De pronto, en plena calle Alfonso XIII, bajo un fuerte aguacero, llega corriendo hacia mí una chica de treinta o treinta y cinco años, que va envuelta en un chubasquero amarillo con capucha.
—¡Páter, páter, por fin le encuentro! Llevó todo el día… No es usted el Padre Francisco, ¿verdad?
—Pues no; lo siento.
La chica finge que llora. Con tanta agua caída del cielo es fácil improvisar unas lágrimas, pero su actuación es francamente mediocre.
—Es que el padre Francisco me dijo que me daría veinte euros para el niño…
—Pues no tendrás más remedio que seguir buscándolo, porque yo ando un poco escaso y además no me gusta el teatro.
Me mira con ojos de rabia:
—¡Sois todos iguales!
—Vele. Te has ganado cinco euros por recordármelo; pero no mientas nunca para pedir limosna. ¿De acuerdo, Raquel?
—No me llamo Raquel.
—Estamos en paz. Yo tampoco me llamo Francisco.


domingo, 1 de febrero de 2015

Entre curas


 Al anochecer, la nieve adopta figuras sorprendentes 
En Madrid vuelvo a encontrar el sol frío de invierno, que acaricia el rostro y despierta la piel adormilada. No hay nubes a la vista. Tampoco hay gente. Casi todos han huido a pasar el finde en la Sierra o en algún pueblo de los alrededores. 
Aún no me he recuperado del último curso de retiro. No es que esté cansado; al contrario: pocas veces he predicado tan a gusto, casi sin esfuerzo. Pero esta vez he estado con treinta sacerdotes llegados de Madrid, Segovia, Guadalajara, Cuenca, Valladolid, Badajoz, Buenos Aires…, y me ha conmovido ser testigo de su piedad honda y recia, de su sencillez y de su alegría desbordante, en medio de la pobreza más absoluta y de las mil dificultades que deben afrontar cada día.
Queridos globeros, vivimos rodeados de santos, y de vez en cuando conviene decirlo. Cuando un sacerdote cae, es noticia de primera página; pero ¿quién recuerda a la inmensa mayoría? Hay ancianos jubilados, que no se retiran  jamás y van al Cielo directamente desde el confesonario o desde el altar. Hay jóvenes, fuertes como robles, que no necesitan ir al gimnasio para mantenerse en forma, porque no paran en todo el día; son buenos pastores que conocen hasta el último lunar de cada oveja, y la siguen de lejos o de cerca. Hay curillas de pueblo de sotana raída que saben filosofía, teología, medicina y hasta informática, pero son, sobre todo, padrazos y madrazas de cada uno de sus feligreses. Hay auténticos sabios, con la sabiduría de los humildes, que nunca se cansan de aprender, para dar a los demás, no para recrearse en el espejo.
Entre todos han conseguido avergonzarme con su atención a las meditaciones, con sus confidencias personales y, sobre todo, con su fe, su esperanza y su pasión por la empresa divina en la que estamos metidos.