miércoles, 9 de enero de 2008

"Cumpleaños" de San Josemaría

Hace 106 nacía en Barbastro San Josemaría Escrivá.
Hoy no escribiré nada. Gracias a Dios hay centenares de películas, de vídeos cortos y largos, que hablan de San Josemaría con su propia voz.
Éste recoge un resumen de su catequesis en Chile un año antes de su marcha al Cielo.

martes, 8 de enero de 2008

Me despido del mar


Salgo de Solavieya a las ocho de la mañana camino de Bilbao. Por fin ha empezado a llover. Ya iba siendo hora, porque veintitantos días de sol son demasiados para esta tierra.

En la autovía del Cantábrico, la luz artificial no disipa la bruma, sino que la enciende en tonos dorados y la hace aún más espesa y opaca. Voy despacio, sin prisa. Me dejo adelantar incluso por los camiones. Sé que pronto empezará a clarear, y, aunque no se lo he dicho a nadie, quiero acercarme a la orilla de este mar, antes de abandonar Asturias.

El GPS dibuja una playa a mi izquierda y, sin pensármelo dos veces, desvío el coche en esa dirección. Estoy en un pueblo pequeño entre Villaviciosa y Ribadesella. Me meto por una carretera secundaria, pero acierto: termina justo en la costa, sobre un arrecife. Aún no se ve casi nada, pero el sonido del Cantábrico y el aroma del océano son impresionantes. A mi espalda, empieza a retirarse la sombra imponente de los Picos de Europa.

Salgo del coche. Sigue lloviznando. El mar está ahí mismo, aunque apenas lo veo. Es una sinfonía solemne y melancólica. El fuerte oleaje hipnotiza, seduce como una tentación.

Yo sé que a todos os ha ocurrido alguna vez lo mismo que a mí: que os pasarías las horas mirando al mar, igual que si estuvierais frente a una hoguera. ¿Quién no se ha quedado absorto contemplando una chimenea encendida, escuchando el crepitar de la leña, sin poder apartar la vista de ese espectáculo cambiante y acogedor? El mar produce un efecto idéntico: las olas son las llamas, siempre iguales y distintas. Decir nouvelle vague, es una redundancia: todas las olas son nuevas.

No sé cuándo volveré a ver el mar. Si pudiera, me detendría aquí mismo una hora, dos o quince, con la esperanza de que “me naciera” un poema tan perfecto que pudiera llevármelo a Madrid para leerlo todas las tardes sin compartirlo con nadie, y revivir este momento.

Comienza clarear. Empiezo la oración de la mañana, y viene a mi memoria el recuerdo de Jesús que, en un amanecer como éste —en la cuarta vigilia de la noche—, se acercó a la barca de los apóstoles caminando sobre el mar.

Nunca había entendido este insólito milagro. Jesús no era amigo de dar espectáculos; solía hacer prodigios, sí, pero a escondidas; incluso pedía a las gentes que no contaran nada. Es cierto que un día alimentó a diez mil hombres y mujeres con unos pocos panes y peces, pero fue porque le venció la pena por la muchedumbre hambrienta. Pero caminar sobre el mar… ¿a qué vino ese alarde gratuito, Señor?

Ahora creo entenderte un poco. Para los antiguos, el mar era “el abismo”, un lugar terrible lleno de monstruos y de oscuras divinidades paganas. Tú querías destruir ese mito y mostrar al mundo que eres el único Creador y Señor, que todo es bueno, porque nada escapa a tu inteligencia ni a tu poder. Por eso saliste a caminar sobre las aguas, no porque te venciera, como a mí, la tentación del mar. El tuyo fue el paseo de un propietario que recorre la finca para gozar de su belleza.

Ahora mismo, creo que te veo a lo lejos entre la bruma. Si me llevaras de la mano, si me dejaras pasear contigo…

No se lo digáis a nadie: hoy yo también he caminado sobre las olas.



lunes, 7 de enero de 2008

El frailecillo

Fratercula arctica


Estaba solo, sin más compañía que la de un par de colirrojos y una tarabilla común. El frailecillo miraba hacia el mar, como esperando algo. Quizá aguardaba al resto de la colonia. Estas aves suelen ir en grupos numerosos y descansan juntas en los roquedales más abruptos de la costa atlántica.

Era mi penúltimo paseo antes de despedirme de Asturias. Habíamos ido a la Campa Torres, una magnífica pradera elevada junto al mar, que tiene un museo arqueológico y unas vistas espléndidas de la toda costa occidental de Gijón.

Mientras mis amigos caminaban hacia un "mirador de aves", uno de esos chamizos que nunca sirven para ver nada, yo me entretuve con unas currucas y unos zorzales que revoloteaban en la maleza. Luego me acerqué al límite de la campa que cae en vertical sobre el mar. Aquello tenía cierto peligro, pero asomé la cabeza en busca no sé de que. Desde luego no pensé que me toparía con el frailecillo.

El frailecillo es casi un pequeño pingüino, pero con más clase. Tiene tantos colores que lo llaman "loro marino". Pero no: los loros son aves chillonas y murmuradoras, mientras que el frailecillo es de natural pacífico y contemplativo. Éste, además, vestía hábito de invierno, que es un poco más apagado, como de penitencia.

Al frailecillo le gustan los peces, como a mí, y los pesca de seis en seis con su inmenso pico rojo. Claro que todo esto yo lo sé por los libros, ya que hasta ahora nunca había tenido a un frailecillo tan al alcance de mis prismáticos.

Los pajareros algunas veces sufrimos alucinaciones. No es que mintamos como los cazadores o los pescadores, pero tenemos tantas ganas de ver determinadas especies que acabamos por verlas..., en nuestra fantasía. No fue este el caso, pero ahora iba a escribir que el frailecillo se dio la vuelta y me miró. La verdad, no estoy seguro. Incluso pensé que me despedía con la mano, pero no es posible porque las aves no tienen manos.

Yo sí que le dije adiós, porque me voy de Asturias y no volveré hasta el año que viene. Agité los brazos, pero el frailecillo no se movió. Chillé, y ni caso. Saqué un par de fotos sin demasiado entusiasmo, y entonces sí, dijo "ahrrr gurgur" y se alejó caminando, moviendo la popa, como un fraile rechoncho que llevara las manos en los bolsillos.




domingo, 6 de enero de 2008

Epifanía.

No pensaba poner en el blog más capítulos de "el belén que puso Dios", pero me dice Pilar que hoy sí, que es Epifanía, que porfa, ande... Bueno, pues aquí están "las figuras torcidas". Así se tituló este capítulo.



—Dios lo puede todo, ¿verdad?
—Sí, claro...
—Entonces, ¿podría crear una piedra tan pesada,tan pesada
que ni Él mismo fuese capaz de moverla?
—Ya la ha creado.
—¿Sí..?
—Claro. Tu voluntad es esa piedra.
(Parte de una conversación con una alumna de 11 años. No sé si
me entendió. Por si acaso, le dedico este capítulo)

Para poner su belén, Dios Padre utilizó figuras grandes, como las estrellas o los montes, y figuras diminutas, como el grillo del portal o los estorninos que limpiaron el suelo del establo. Todas son obras de arte, como corresponde a la infinita sabiduría del Creador; pero no era preciso hacerlas perfectas. Incluso convenía que tuviesen deficiencias y limitaciones: la tosquedad también es graciosa, y el belén de Yahvé no iba a ser precisamente de porcelana. Por otra parte, ¿cuándo es perfecta una colina, una nube o un borrico?
Según aseguran en el Cielo, el primer camello (el todoterreno de los desiertos, que habría de ser cabalgadura de los Reyes Magos) fue diseñado por un comité de ángeles; y salió tan feo, con su mirada miope, sus jorobas grotescas y sus zancos enormes y descoordinados, que a nadie se le pasó por la mente que Yahvé aprobaría aquel extraño proyecto. Sin embargo a Dios le gustó su aire desgarbado, sus depósitos de combustible a la vista y la suspensión independiente en las cuatro patas. Y creó el camello de dos jorobas, y el modelo deportivo con una sola, al que llamaron dromedario.
A lomo de dromedarios llegaron los Magos a Jerusalén, y allí conocieron a otra de las figuras del belén; un personaje que salió torcido y un tanto ridículo: se llamaba Herodes.
—¿Quieres decir que algunas figuras le salen mal a Yahvé?
Oriente parecía escandalizada
—¿Cómo puedes pensar eso?, respondió el Arcángel. El Creador trabaja el barro divinamente, pero los hombres no son como las estrellas, y algunas veces no se dejan modelar.
—Pues no lo entiendo.
—Resulta que Dios Nuestro Señor piensa en cada una de las criaturas desde toda la eternidad, y sólo con quererlas, comienzan a existir. Tú, Oriente, eres un pensamiento divino, y no puedes escaparte de la mente de Yahvé. Allí estarás mientras dure el universo. Si por un imposible Él se olvidara de que existes, te esfumarías; no quedaría de ti ni un átomo de recuerdo. ¿Me sigues?
—Me temo que no...
—Recuerda lo que te dije hace tiempo: que Dios te ha creado perfecta y completa para la misión que tienes encomendada, que tu vida y tu muerte están ya escritas, igual que la caída de cada hoja del último arbusto del mundo o las notas de la melodía que interpreta la brisa al peinar las copas de los álamos. Nada escapa a la voluntad de Yahvé..., salvo una cosa.
Oriente asentía con un estudiado parpadeo, pero la verdad es que no entendía nada.
—Me refiero a los hombres, naturalmente, a las únicas figurillas del belén que Dios ama por sí mismas, las únicas también que están inacabadas. Él ha soñado con cada uno, y a cada uno le ha asignado un puesto junto al establo de Jesús. Más aún, querría poner el pesebre en el mismo centro de su corazón. Pero los ha hecho libres.
—¿Y eso qué significa?
—Que Yahvé les ha hecho alfareros de su propio barro y quiere que terminen de modelarse a sí mismos. ¿Te has fijado que, cuando nacen, son las criaturas más indefensas del universo? Es que están aún sin hacer, y necesitan años para madurar. No ocurre lo mismo con los demás animales: fíjate en las aves, por ejemplo; Yahvé las viste de plumas y en pocos días las lanza a volar, que sólo para eso han nacido. Pero los hombres deben formarse poco a poco, hasta llegar a ser..., lo que ellos quieran.
—¿Y Dios no les ayuda?
—Naturalmente. Y si son sensatos, se dejarán llevar de su mano, ya que, en definitiva, Él está más empeñado que nadie en hacerlos felices. El problema es que algunos usan su libertad tan mal que acaban por destruirse. Y cuando Yahvé les habla, se hacen los sordos o miran para otra parte, como aquel pequeño rey. Y entonces salen torcidos, grotescos: son las figuras oscuras del belén de Dios.
Pero, ya lo verás, Oriente: aunque Yahvé no pueda cambiar la voluntad de Herodes, sus planes saldrán igualmente.
* * *
—Hemos visto su estrella en Oriente... —había dicho Gaspar. Herodes, sentado en su inmenso trono, parecía cada vez más pequeño, más viejo y tembloroso. Melchor tuvo la extraña sensación de que, a medida que aumentaba su ira, disminuía de tamaño, y se convertía en un enanito gruñón con ropajes demasiado grandes y con una corona que resbalaba en todas las direcciones.
—¡Su estrella! —explotó al fin— ¿Qué estrella? ¿Cómo saben ustedes que era una estrella, y no un cometa, un planeta, un meteorito, un reflejo de la luna, un pegaso, un halcón peregrino o cualquier otro objeto volante no identificado? ¿Y qué significa exactamente su? ¿Qué les hace suponer que esa presunta estrella sea propiedad privada? Han de saber, mis queridos magos, que, en este reino, todo lo que existe, desde las más profundas entrañas de la tierra hasta el cielo, pertenece a la Corona...
—Y al Altísimo...
—Sí, claro. Pero ¿quién administrará mejor lo que pertenece a Yahvé que el Rey de su Pueblo Elegido?
Los Magos, que habían contado ya su historia tres o cuatro veces, escuchaban con paciencia las quejas de Herodes, y se preguntaban por qué razón, a ese reyezuelo, gruñón y avinagrado, le apodaban en Israel El Grande.
* * *
Oriente no comprendía por qué Dios nuestro Señor le había fundido los plomos. Apagada, sin luz y sin calor, volaba a oscuras por el espacio como una estrella fantasma o como un meteorito, invisible a los ojos de Los Magos, que la habían perdido a las puertas de Jerusalén.
—¿Por qué no puedo volver a brillar como antes? —se quejaba—. No es justo lo que les ha ocurrido a los pobres Magos. Me han seguido desde tan lejos... Hemos cruzado el desierto, y no han desfallecido. Sabes bien, Gabriel, que a punto estuvieron de volverse atrás cuando Yahvé les mandó la tormenta de arena, y cuando se quedaron sin agua y casi sin esperanza de encontrarla. Sin embargo todo lo superaron porque sabían que al anochecer yo aparecería en la línea del horizonte para indicarles el camino. Sin embargo, ahora... ¿Qué pueden hacer si Dios me deja sin luz?
—Preguntar a quien representa a Dios. Su estrella, en esta etapa del viaje, debe ser el Rey de Israel.
—¿Herodes?
—Cumplirá su misión, no te preocupes. Y cuando lo haga, Yahvé te encenderá de nuevo para que guíes a tus Magos.
* * *
No se hablaba de otra cosa en Jerusalén:
—Dicen que ha nacido el rey de los judíos...
—¿Quién lo dice?
—Han llegado unos Magos de Oriente, unos gentiles amigos de las estrellas.
En el templo lo susurraban los sacerdotes y los mercaderes; los rabinos buceaban en sus libros en busca de pistas para localizar al Niño; los pastores llevaban el mensaje con sus rebaños a los pueblos vecinos; los campesinos, siempre desconfiados, miraban de reojo al Cielo por si también ellos avistaban la estrella, y hasta los publicanos olvidaron por un momento su oficio de recaudadores para preguntarse quién podría ser ese rey tan temido y deseado.
Herodes, entre tanto, reunido con los teólogos de la Corte, trataba de dar una salida a la crisis.
—¿En Belén? ¿Estáis seguros?
—Eso dice el Profeta, Majestad: "Y tú Belén, tierra de Judá, no eres ciertamente la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel..."
De nuevo ante los Magos, Herodes se deshacía en sonrisas.
—Traigo buenas noticias... Quizá tengáis razón, y vuestra famosa estrella anuncie el nacimiento de un rey. Id a Belén, y preguntad allí. Si lo encontráis, regresad cuanto antes, que yo también quiero adorarle.
Cuando los Magos cruzaban la puerta de la Ciudad, Yahvé encendió de nuevo a su estrella y le entregó como regalo una cola bellísima de espuma plateada, como la estela de una nave. Los Magos, al descubrirla en el horizonte, se llenaron de alegría, y Oriente se ruborizó al verse reflejada en las aguas del mar. Quisó decir algo; pero al Ángel, de pronto, le entraron las prisas:
—Tengo que irme, Oriente. Estos tres infelices no saben lo que está maquinando Herodes. Voy a contárselo. Tú, mientras tanto, guíales hasta el Portal.
Gabriel se había puesto serio, y aunque todo el mundo sabe que los Ángeles no lloran, la estrella creyó ver en sus ojos la chispa de una lágrima.
—¿Qué te ocurre? ¿Estás triste?
—Nada, Oriente, nada... Es que el belén de Yahvé se va a llenar de sangre. Pronto verás las primeras figurillas rotas; morirán antes de abrir los ojos. Son los más inocentes, y Dios los creó para vivir; pero Él, que ha preparado un firmamento entero para decorar su cuna, que ha movido montañas y océanos con sólo su pensamiento, no puede mover la voluntad libre de un reyezuelo oscuro y torcido... Es una piedra demasiado pesada para el Omnipotente.
Apenas se fue el Ángel, Oriente escuchó el llanto de un Niño. Belén estaba a la vista, y la estrella empezó a descender sobre el Portal. Tras su larga estela de plata, volaba una escuadrilla de serafines, que comenzó a entonar el primer villancico, con letra y música de Yahvé. El espectáculo fue tan grandioso que hasta los ángeles sintieron escalofríos. Pero en la tierra casi nadie lo vio: los hombres, aquella noche, tenían otros sueños más urgentes. Y fue una pena, porque tampoco vieron el rubor de las mejillas de María ni la sonrisa de San José ni los aplausos del Niño desde el pesebre.

sábado, 5 de enero de 2008

Elogio del taco (hasta cierto punto)



Dicen que mi amigo Odón es mal hablado, pero si lo fuese de verdad, nadie se lo echaría en cara, porque, tal como está el patio, una grosería más o menos ni se nota. En esta tierra nuestra se dicen ordinarieces en todos los foros: en el Parlamento, en el Estadio de los Pajaritos y en la Real Academia de Bellas Artes. Lo que ocurre es que a Odón se le notan más los tacos, precisamente porque los utiliza con moderación y sabiduría. Él mismo suele explicarlo con singular vehemencia:

—Al fin y al cabo —decía en su tertulia literaria— ¿qué es el taco? ¡Lírica pura y simple! Machado definió la poesía como "unas pocas palabras verdaderas". Y ¿acaso hay palabra más verdadera, metáfora más breve, más auténtica y más apta para transmitir sentimientos que el taco ibérico en toda su grandeza original...?

Pues qué queréis que os diga: que Odón tiene razón, aunque rime. El taco es un tesoro de la lengua que debe conservase con orgullo. Es un recurso violento, de acuerdo, pero de tal expresividad concentrada, que, cuando se emplea adecuadamente, ahorra largas y prolijas explicaciones.

Elenita Castromil, por ejemplo, conduciendo el Golf de mamá, saltó al prado con el coche, se tragó una vaca y se rompió dos costillas, el parachoques delantero, los pilotos, las gafas, el radiador y la tibia de la pierna derecha. En tal coyuntura se le presentaron dos posibilidades:

a) telefonear con el Nokia al traumatólogo de guardia y decirle: "mire usted, don Arturo, creo que me he fracturado la tibia y tal vez incluso tenga fisura de peroné, porque el dolor de mi espinilla es intensísimo, especialmente cuando me río. Si a esto añadimos la opresión en el pecho, etc., etc."

b) olvidar por un momento la educación recibida en el colegio y aullar por el teléfono (rellene el lector el espacio entre paréntesis). Esto fue precisamente lo que hizo Elenita, y el buen doctor la comprendió perfectamente.

—Así que usted es partidario del taco.

—Dentro de un orden, sí. Pero hay un problema de saturación.

Hemos quedado que la palabrota es una metáfora: descabellada, pero eficaz si se emplea sobriamente (3 ó 4 por persona/año parece una cuota razonable). Ahora bien, abusar de las metáforas equivale a devaluarlas; es convertirlas en lugares comunes insoportables. El primero que comparó los labios de su amada con un rubí y sus dientes con perlas, probablemente era poeta. El segundo fue un plagiario, y el tercero también. El decimoquinto y los que todavía siguen, son unos cursis estomagantes.

Debería haber un depósito de fiambres literarios donde se almacenasen las metáforas asesinadas por el uso. Y a quienes trataran de exhumarlas, se les impondría la correspondiente pena de cárcel.

Con el taco ha ocurrido precisamente eso: la ignorancia, la pobreza de lenguaje, la tartamudez mental y el estercolero en que se han convertido algunos cerebros celtibéricos, han transformado la palabrota en muletilla de todas las conversaciones. Es imposible mantener una charla normal sin oír cada cinco o seis segundos una rústica alusión glandular, una referencia al presunto oficio de la madre de un tercero, un superlativo hormonal o lácteo, y todo ello bien adobado con imágenes marrones y verdosas de aroma pestilente.

¿No os entristece este envilecimiento que ha sufrido el noble, rotundo y escandaloso taco ibérico?

Dejadme que insista: el taco era una interjección llena de fantasía para momentos solemnes, y se nos ha convertido en una conjunción o en un adverbio blando y amorfo, en una especie de autem latino, que no se traduce, porque no significa casi nada. Fue una originalidad del castellano, ya que ningún otro idioma ha tenido tanta riqueza imprecatoria. Nos envidiaban los angloparlantes, y sólo los italianos podían competir con nosotros (ellos nos superaban en gestos); pero por desgracia, todo eso es historia: la palabrota, como los dinosaurios, se extingue por superpoblación y gigantismo.

Por eso me atrevo a pedir a las organizaciones ecologistas que hagan campaña en favor de esta especie amenazada. Devolvamos al taco su habitat natural, y saquémoslo del lenguaje diario y cutre

—¿Pero…, lo dice en serio?

—Completamente. Yo siempre hablo en serio. ¿Es que no os aburre oír invariablemente las mismas quince palabras. ¿No os preocupa, que el número de vocablos en uso disminuya de día en día? Hay ordinarieces-comodín que igual se usan para alabar que para insultar. Da lo mismo: ya no significan nada.

Caminamos hacia el ladrido como suprema y única forma de expresión.




viernes, 4 de enero de 2008

Libros

Se acerca el final de mi estancia en Asturias, y trato de hacer balance de estos días: he visto aves acuáticas, he descansado hasta el agotamiento y he leído cinco libros:

Una novela policiaca perfectamente prescindible,

Juego de azar de Sławomir Mrożek, un libro delicioso de microcuentos divertidos e inteligentes,

El Origen del hombre, de Mariano Artigas y Daniel Turbón ,

y otros dos, a los que quiero referirme con más detalle:



En las afueras de Jericó, de Julián Herranz. Ya había leído en Madrid estas memorias romanas del Cardenal Herranz, pero lo hice demasiado deprisa, picoteando por el interior, en busca de fechas o acontecimientos que me interesaban por alguna razón especial. Ahora he comenzado desde el principio. He disfrutado y me he conmovido al revisar mis propios recuerdos de una época de la historia de la Iglesia y del Opus Dei que yo también viví, enterándome sólo a medias. Don Julián escribe un castellano espléndido y eficaz, limpio de italianismos, a pesar de que lleva medio siglo en Roma. Vale la pena leerlo y guardarlo.


Coraje frente al cáncer, de Pablo Álvarez. Es el último libro que ha caído en mis manos. Su autor, un joven periodista de “la Nueva España” de Oviedo, recoge un puñado de historias profundas y plurales, marcadas por el coraje de unos hombres y mujeres que se han enfrentado al cáncer en carne propia o en sus seres queridos. No es un libro triste ni morboso. Al contrario, nos muestra cómo la enfermedad puede ser un camino para cambiar, para descubrir el sentido de la vida y de la muerte.



Pablo Álvarez

La noria II




Me dice Carlos que no se cree que haya una noria con burro en el belén de Solavieya, que le parece que me invento muchas cosas "para escribir historias bonitas".

Es encantador comprobar cómo un chaval de 17 años te llama mentiroso y se queda tan ancho.

Aquí tienes un par de fotos. No son muy buenas, pero ya es sorprendente que un teléfono sirva para estas cosas. Cualquier día llamaremos por teléfono con la máquina de afeitar. La noria está a la izquierda del portal que hay sobre este texto.

No te preocupes, Carlos; no me enfado contigo. Ya sé que tú hablas así. Te doy las gracias por suponer que escribo "bonito" y también porque me das la oportunidad de cumplir mi propósito de poner en el blog al menos diez líneas cada día.



jueves, 3 de enero de 2008

La noria



Cuando
llegué a Solavieya, hace veinte días, ya estaba puesto el belén. Y en el belén había un borrico atado a una noria que giraba de verdad y sacaba agua auténtica de un arroyo.

Algunas tardes he hecho mi oración junto a ese nacimiento, y el sonido del agua me ha ayudado a entrar en la escena del Portal. Otras veces he recordado aquello que escribió San Josemaría:
¡Bendita perseverancia la del borrico de noria! Siempre al mismo paso. Siempre las mismas vueltas. Un día y otro iguales. Sin eso, no habría madurez en los frutos, ni lozanía en el huerto, ni tendría aromas el jardín
Ahora la Navidad empieza a declinar, y aunque el belén sigue intacto, a la espera de los Reyes Magos, la noria ya no tiene agua. Se conoce que se ha evaporado por culpa del cambio climático.

¡Pobre borrico! Él sigue en su lugar de trabajo en un esfuerzo constante e inútil.

¿Inútil? Dentro de unos días volveré a Madrid y seré, de nuevo, como ese burro. A veces los curas tenemos la impresión de que intentamos sacar agua de un desierto. Y viene la tentación de tumbarse bajo una mata a la espera de tiempos mejores.

Pero el borrico debe seguir girando alrededor de la noria. ¡Quién sabe! A lo mejor el agua no se ve ni se oye pero está ahí. O quizá salgan sólo unas gotas, y sea eso lo que el Niño necesita para calmar su sed.


miércoles, 2 de enero de 2008

Una tórtola en el balcón

Pobrecilla, la llaman "Streptopelia decaocto"

Llego
a mi habitación. La ventana está abierta de par en par y entra una brisa fresca muy agradable. Me siento frente al ordenador y entonces la veo: una preciosa tórtola turca se ha posado en el balcón.

Me quedo inmóvil, sin atreverme a respirar. Al fin levanta el vuelo y yo me dispongo a redactar la noticia.

¿Dónde está la noticia?, me pregunta Kloster.

En que tengo balcón. ¿Te parece poco?