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jueves, 10 de julio de 2014

En vísperas de la final


En Internet hay de todo. También chistes afortunados como éste, que ya circula a velocidades de vértigo en whatchaps y correos electrónicos. A mí me lo envía Olga, una amiga melómana, fan de Andrea Bocelli, que conocí hace un año en el aeropuerto de Barajas.

miércoles, 17 de abril de 2013

Benedicto XVI cumple 86 años


Fue ayer su cumpleaños y a mí se me pasó. Lo siento de verdad. Hoy, en la Santa Misa, al mencionar el nombre del Papa Francisco he procurado añadir, sin que nadie lo oyera, a Benedicto XVI, al que tanto debemos todos.

martes, 12 de marzo de 2013

Sede Vacante (y VI)

 En la fachada de la Villa Pontificia de Castelgandolfo
Ya conté aquí hace 6 años cómo y dónde conocí la muerte de Juan Pablo I. La sede vacante que comenzó aquél día de San Miguel fue especialmente triste: en el Opus Dei estábamos en vísperas de celebrar nuestras bodas de oro, y sabíamos que el Papa nos escribiría una carta de felicitación. Parece poca cosa, ¿verdad? ¡Que importa una carta más o menos comparada con los graves problemas que tenía la Iglesia! Tenéis razón; pero los problemas seguirían allí en cualquier caso, mientras que la carta del Papa habría sido un regalo precioso.
No insistiré en la esperanza y el temor de aquellos días romanos. No hablo de "intrigas vaticanas" ni de bobadas semejantes, pero sí de las debilidades humanas. No puedo compartir esa mentalidad ingenuamente optimista que cree en que todo irá siempre mejor, porque Dios lo quiere y no importa nada lo que piensen o planeen los hombres. Mi estado de ánimo está tan animoso como siempre, pero me gusta pisar tierra firme.
En aquella ocasión don Álvaro del Portillo hizo una romería a un santuario dedicado a la Virgen María, en los Castelli Romani, el mismo día en que comenzaba el cónclave del que saldría elegido Juan Pablo II. Coincidí con él en la puerta de Villa Tevere. Me agarró fuerte del brazo y me pidió que rezara mucho, mucho, por lo que estaba a punto de ocurrir. Y, sí; me habló de un peligro serio.
¿Acaso pensáis que el diablo se va de vacaciones a la playa durante el Cónclave? Vamos a rezar.

lunes, 11 de marzo de 2013

Un reportaje que no os podéis perder

 
Lo ha elaborado Sonsoles Calavera y fue emitido ayer en Intereconomía tv.Es largo, dura 25 minutos, pero ya lo he visto dos veces; la segunda, con mis alumnas de Molinoviejo.

domingo, 10 de marzo de 2013

Sede Vacante (V)


Aquellas otras “sedes vacantes” (1)


El 6 de agosto de 1978 era domingo. El Santo Padre Pablo VI había suspendido el tradicional rezo del Ángelus con los fieles que nos agolpábamos en la pequeña plaza de Castelgandolfo. Todos sabíamos que estaba muy enfermo y a nadie sorprendió la noticia de su muerte al caer la tarde.
Yo merendaba con unos amigos a unos cientos de metros de la Villa Pontificia cuando oímos las campanas que anunciaban su fallecimiento. Allí mismo rezamos un responso por su eterno descanso.
Pablo VI había sido un gran Papa. Tomó el gobierno de la Iglesia en un momento difícil, con un Concilio que no acababa de encontrar su camino y un mundo lleno de miedos y contradicciones. El viento marxista del Este avanzaba imparable y su ideología atea se filtraba por las grietas del naciente estado del bienestar, mientras el viento del Oeste, hedonista y sucio, comenzaba a corroer las raíces cristianas de la vieja Europa.
Pablo VI reordenó el Concilio y lo llevó a término en 1965. Su magisterio fue rico y fecundo, y fue enorme su tarea como Pastor y como referente moral en el mundo entero.
Sus últimos años fueron particularmente duros. El Papa estaba triste. Llegó a decir aquella terrible frase: “el humo de Satanás ha entrado en la Iglesia”, y desde el balcón de Castelgandolfo pidió al Señor más de una vez que se lo llevara.
La sede vacante fue dura. Rezamos mucho porque sabíamos que el siguiente Papa sería mártir desde el primer día. El ánimo de los hombres de Iglesia ―cardenales, obispos, sacerdotes― oscilaba entre el temor y la Esperanza.
También Albino Luciani tenía miedo. Lo dijo unos días antes de ser elegido Papa con el nombre de Juan Pablo I.

sábado, 9 de marzo de 2013

Sede Vacante (IV)




Tienes razón, Antuán; me ponen mucha tarea; pero no me quejo, porque pocas veces he tenido unos encargos tan gratos. Por la mañana, clases de “Teología Espìritual”, una asignatura que tiene muchos nombres. Al mediodía llegan quince chicos del Pabellón y me piden que “les cuente cosas”.
Me desahogo con ellos recordando las dos sedes vacantes que viví en Roma a la muerte de Pablo VI y de Juan Pablo I. Han pasado 35 años y recuerdo cada mínimo detalle de aquellos días “tremendos”.
“Tremendos”, sí. Del latín tremere: terribles, dignos de ser temidos. La sede vacante no es un tiempo alegre. No estamos en vísperas de un sorteo de Navidad. Un Papa santo y sabio se ha sentido sin fuerzas para gobernar la barca de Pedro, porque la tempestad arrecia y le ha fallado la tripulación. No es una buena noticia.
 Necesitamos un nuevo patrón (me gusta esa palabra) y seguramente un equipo nuevo que enderece la barca. Sea quien sea, tratarán de crucificarlo desde el primer día, como hicieron con su predecesor. 
Un pronóstico sencillo: de ahora en adelante oiremos encendidos elogios de Benedicto XVI en boca de los mismos que le insultaron.
Perdonad que me haya puesto serio. Triste no. Creo en el Espíritu Santo y en la oración de millones de católicos. Creo especialmente en la oración de un obispo santo de 86 años que se ha escondido del mundo para rezar, sin bajarse ni un instante de la Cruz.

jueves, 28 de febrero de 2013

Luto de nieve



Está nevando en Molinoviejo desde hace varias horas. Es una nieve tenue, un polvo blanco que no llega a cuajar en el suelo húmedo del jardín.

Dicen que en Japón el color blanco se emplea para el luto. Lo entiendo muy bien esta tarde cuando veo por la ventana esas nubes deslucidas que dejan volando en el aire unos tristes copos pálidos como para un funeral.
El Papa ya está en Castelgandolfo. He oído sus últimas palabras en el balcón de la Villa Pontificia. ¡Cuántos recuerdos de esa placita a la que se asomaba también Juan Pablo II!
Me he puesto de rodillas para  recibir su postrera bendición. Estoy solo en casa. Luego he rezado por última vez la oración por el Santo Padre de la liturgia pontificia, que figura también en las Preces de la Obra:
Oremus pro Beatissimo Papa Nostro Benedicto. Dominus conservet eum et vivificet eum…
El Señor lo conserve y le dé vida, y lo haga feliz en la tierra. Y no permita que le venzan sus enemigos.
Mañana omitiré esa petición. Al menos no la rezaré en voz alta. Ahora mismo vuelvo a repetirla despacio mientras arrecia la nevada al otro lado de la ventana. Son las 7, 10 de la tarde.
 
 

Un pontificado luminoso.

Hoy termina y es el momento de hacer balance. Me ha gustado este vídeo, a pesar de que, como es lógico, no sea perfecto. Dura casi media hora, pero vale la pena disfrutarlo mientras pedimos por el Papa que va a venir.


miércoles, 27 de febrero de 2013

Texto íntegro de la última audiencia de Benedicto XVI

Aquí está lo que el Santo Padre dijo, en italiano, a los millones de personas que presenciamos desde todo el mundo su última audiencia en la Plaza de San Pedro. 


¡Venerados Hermanos en el Episcopado y en el Presbiterado! ¡Distinguidas Autoridades! ¡Queridos Hermanos y Hermanas! Os agradezco que hayáis asistido en número tan grande a esta mi última Audiencia General. 
¡Gracias de todo corazón! ¡Estoy realmente conmovido! ¡Veo a la Iglesia viva! Y pienso que debemos incluso agradecer al Creador el tiempo tan bello que nos regala en medio del invierno.
Como el apóstol Pablo en el texto bíblico que hemos escuchado, también yo siento en mi corazón, sobre todo, el deber de dar gracias a Dios, que guía y hace crecer a la Iglesia, que siembra su Palabra y alimenta así la fe de su Pueblo. En este momento, mi espíritu se dilata y abraza a toda la Iglesia dispersa en el mundo; y doy gracias a Dios por las “noticias” que en estos años de ministerio petrino he podido recibir sobre la fe en el Señor Jesucristo, sobre la caridad que verdaderamente circula en el Cuerpo de la Iglesia y lo hace vivir en el amor, sobre la esperanza que nos abre y nos orienta hacia la vida en plenitud, hacia la patria del Cielo.
Siento que os llevo a todos en la oración, en un presente que es el de Dios, donde acojo cada encuentro, cada viaje, cada visita pastoral. Acojo todo y a todos en la oración para confiarlos al Señor: porque tenemos pleno conocimiento de su voluntad, con toda sabiduría e inteligencia espiritual, y porque podemos comportarnos de manera digna de Él, digna de su amor, dando fruto de todo tipo de buenas obras (cfr Col 1,9-10).
En este momento hay en mí una gran confianza, porque sé –sabemos todos nosotros– que la Palabra de la verdad del Evangelio es la fuerza de la Iglesia, es su vida. El Evangelio purifica y renueva, da fruto allí donde la comunidad de los creyentes lo escucha y acoge la gracia de Dios en la verdad y en la caridad. Esta es mi confianza, esta es mi alegría.
Cuando el 19 de abril de hace casi ocho años acepté asumir el ministerio petrino, tuve la firme certeza que siempre me ha acompañado: esta certeza de que la vida de la Iglesia nace de la Palabra de Dios. En aquel momento, como ya he manifestado otras veces, las palabras que resonaron en mi corazón fueron: “Señor, ¿por qué me pides esto y qué quieres de mí? Pones sobre mis hombros un peso grande, pero si Tú me lo pides, con-fiando en tu palabra echaré las redes, convencido de que Tú me guiarás, incluso con todas mis debilidades”. Y ocho años después puedo decir que el Señor me ha guiado, que siempre ha permanecido cerca, que he podido percibir cada día su presencia. Ha sido una etapa del camino de la Iglesia que ha tenido momentos de gozo y de luz, pero también momentos no fáciles; me he sentido como san Pedro con los Apóstoles en la barca sobre el lago de Galilea: el Señor nos ha dado muchos días de sol y de brisa ligera, jornadas en que la pesca ha sido abundante; ha habido también momentos en que las aguas estaban agitadas y el viento era contrario, como en toda la historia de la Iglesia, y parecía que el Señor dormía. Pero siempre he sabido que en esa barca va el Señor; siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino suya. Y el Señor no permite que se hunda; es Él quien la conduce, ciertamente también mediante los hombres que ha elegido, porque así lo ha querido. Esta ha sido y es una certeza que nada puede oscurecer. Y por esto hoy mi corazón está lleno de gratitud a Dios, porque no ha permitido jamás que me falte a mí y le falte a la Iglesia su consuelo, su luz, su amor.
Nos encontramos en el Año de la Fe; lo proclamé precisamente para fortalecer nuestra fe en Dios en un contexto que parece desplazarlo cada vez más a un segundo plano. Quisiera invitaros a todos a renovar la confianza firme en el Señor, a abandonarnos como niños en los brazos de Dios, seguros de que esos brazos nos sostienen siempre y son los que nos permiten seguir caminando cada día, incluso en el cansancio. Quisiera que cada uno se sintiera amado por aquel Dios que ha entregado a su Hijo por nosotros y nos ha mostrado su amor sin límites. En una bella oración que se reza cada día al despertar se dice: «Te adoro, Dios mío, y te amo con todo el corazón. Te doy gracias por haberme creado, por haberme hecho cristiano…». Sí, estamos contentos por el regalo de la fe; ¡es el bien más precioso, que nadie nos podrá quitar! Demos gracias cada día al Señor por este don, con la oración y con una vida cristiana coherente. Dios nos ama, ¡pero también espera nuestro amor!
Pero en este momento quiero dar gracias no sólo a Dios. Un Papa no se encuentra solo en la guía de la barca de Pedro, aunque sea su primera responsabilidad. Yo jamás me he sentido solo en la tarea de llevar el gozo y el peso del ministerio petrino; el Señor ha puesto a mi lado muchas personas que, con generosidad y amor a Dios y a la Iglesia, me han ayudado y me han hecho sentir su cercanía. Ante todo vosotros, queridos Hermanos Cardenales: vuestra sabiduría, vuestros consejos, vuestra amistad han sido preciosos  para mí; mis Colaboradores, comenzando por mi Secretario de Estado, que me ha acom-pañado en estos años con fidelidad; la Secretaría de Estado y la entera Curia Romana, así como todos aquellos que, en diversos ámbitos, prestan su servicio a la Santa Sede: son muchos los rostros que no aparecen, que permanecen en la sombra; pero precisa-mente en el silencio, en la dedicación diaria, con espíritu de fe y humildad, han sido para mí un apoyo seguro y fiable. ¡Y un pensamiento especial para la Iglesia de Roma, mi Diócesis! No puedo olvidar a los Hermanos en el Episcopado y en el Presbiterado, a las personas consagradas y al entero Pueblo de Dios: en las visitas pastorales, en los encuentros, en las audiencias, en los viajes, siempre he percibido una gran atención y un profundo afecto. También yo he amado a todos y a cada uno, sin distinciones, con aquella caridad pastoral que es el corazón de todo Pastor, sobre todo del Obispo de Roma, del Sucesor del Apóstol Pedro. Cada día os he llevado a cada uno de vosotros en la oración, con corazón de padre.
Quisiera que mi saludo y mi gratitud llegase a todos: el corazón de un Papa abarca al mundo entero. Quiero expresar mi agradecimiento al Cuerpo Diplomático ante la Santa Sede, que hace presente a la gran familia de las Naciones. Pienso en todos los que traba-jan para que sea posible una buena comunicación, a los que agradezco su importante servicio.
En este momento quisiera también dar gracias de todo corazón a todas las personas del mundo entero que, en las últimas semanas, me han enviado signos conmovedores de atención, de amistad y de oración. ¡Sí, el Papa no está nunca solo!; ahora lo experimento una vez más de un modo tan grande que me llega al corazón. El Papa pertenece a todos; y muchísimas personas se sienten muy cercanas a él. Es verdad que recibo cartas de los grandes del mundo  –de los Jefes de Estado, de los Líderes religiosos, de los representantes del mundo de la cultura,…–. Pero recibo también muchísimas cartas de personas sencillas que me escriben desde su corazón con sencillez y me hacen percibir su afecto, que nace del estar juntos en Cristo Jesús, en la Iglesia. Estas personas no me escriben como se escribe a un rey o a un personaje importante al que no se conoce. Me escriben como hermanos y hermanas o como hijos e hijas, con el sentido de un vínculo familiar enormemente afectuoso. Aquí se puede tocar con la mano lo que es la Iglesia: no una organización, una asociación con fines religiosos o humanitarios, sino un cuerpo vivo, una comunión de hermanos y hermanas en el Cuerpo de Jesucristo, que nos une a todos. Experimentar así a la Iglesia y poder casi tocar con las manos la fuerza de su verdad y de su amor, es motivo de alegría, en un tiempo en el que tantos hablan de su declive. ¡Pero vemos cómo la Iglesia está hoy viva!
En estos últimos meses he sentido que mis fuerzas habían disminuido, y he pedido a Dios con insistencia, en la oración, que me iluminase con su luz para tomar la decisión más adecuada, no para mi bien, sino para el bien de la Iglesia. He dado este paso con plena conciencia de su seriedad y también de su novedad, pero con una profunda serenidad de espíritu. Amar a la Iglesia significa también tener la valentía de realizar elecciones difíciles, dolorosas, teniendo siempre presente el bien de la Iglesia y no a sí mismo.
Permitidme en este punto regresar una vez más al 19 de abril de 2005. La gravedad de la decisión (de renunciar) residía precisamente en el hecho de que, desde aquel momento y en adelante, yo estaba entregado siempre y para siempre al Señor. Siempre: quien asume el ministerio petrino ya no tiene vida privada alguna. Pertenece siempre y por completo a todos, a la Iglesia entera. A su vida, por así decir, le es completamente quitada la dimensión privada. He podido experimentar, y lo experimento peculiarmente ahora, que uno recibe la vida cuando la entrega. He dicho antes que muchas personas que aman al Señor aman también al Sucesor de san Pedro y lo quieren de veras; que el Papa tiene realmente hermanos y hermanas, hijos e hijas en todo el mundo, y que se siente seguro en el abrazo de vuestra comunión; y es así porque no se pertenece ya a sí mismo: pertenece a todos y todos le pertenecen.
El “siempre” es también un “para siempre”: no hay ya retorno a lo privado. Mi decisión de renunciar al ejercicio activo del ministerio no revoca esta realidad. No regreso a la vida privada, a una vida de viajes, encuentros, recepciones, conferencias,… No abandono la cruz, sino que me quedo, de un modo nuevo, junto al Señor Crucificado. No llevaré ya la potestad del ministerio para el gobierno de la Iglesia; pero en el servicio de la oración permanezco, por decirlo así, en la órbita de san Pedro. San Benito, cuyo nombre llevo como Papa, me servirá en esto de gran ejemplo. El nos enseñó el camino para una vida que, ya sea activa o pasiva, pertenece totalmente a la obra de Dios.
Agradezco a todos y cada uno el respeto y la comprensión con la que habéis acogido esta decisión tan importante. Yo continuaré acompañando el camino de la Iglesia con la oración y la reflexión, con esa entrega al Señor y a su Esposa con que he tratado de vivir cada día hasta ahora y con la que quiero vivir siempre. Os pido que os acordéis de mí ante el Señor; y os pido, sobre todo, que oréis por los Cardenales, llamados a una tarea tan relevante, y que oréis por el nuevo Sucesor del Apóstol Pedro: que el Señor lo acompañe con la luz y la fuerza de su Espíritu.
Invoquemos la intercesión maternal de la Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia, para que nos acompañe a cada uno y a la entera comunidad eclesial; a Ella nos acogemos, con profunda confianza.
¡Queridos amigos! Dios guía a su Iglesia, la gobierna siempre, también y sobre todo en los momentos difíciles.  No perdamos jamás esta visión de fe, que es la única verdadera visión de la Iglesia y del mundo. En nuestro corazón, en el corazón de cada uno de vosotros, exista siempre la gozosa certeza de que el Señor está a nuestro lado, no nos abandona, se nos hace cercano y nos envuelve con su amor. ¡Gracias!
 

martes, 26 de febrero de 2013

"Algo se muere en el alma..."







No es un jefe de Estado que abdica en un sucesor ni un presidente de gobierno al que hayan vencido en las urnas. Cuando tomó posesión de su carga (he escrito “carga”, sí) él pensaba que permanecería al frente de la Iglesia el resto de su vida. Sabía que debía ser el padre común de millones de personas, y comprendió que esa paternidad era real; la recibía como un don de Dios, una gracia del cielo que le ensanchaba el corazón para que todos los cristianos cupiesen en él.
Ha ejercido su ministerio abnegadamente. Se ha entregado a todos y nos ha ganado con su sonrisa humilde y un tanto tímida, su magisterio lúcido y claro, su generosidad en el afecto y su fortaleza en el gobierno de la Iglesia. Tuvo que relevar a un santo que nos dejó huérfanos con su muerte; pero consiguió que no lo echáramos de menos. El corazón de aquel gran Papa seguía latiendo en el pecho de su sucesor.
Ahora “renuncia” a su ministerio; se va. Cuando conocimos la noticia muchos pensamos que los padres no dimiten jamás, y quizá nos sentimos un poco defraudados. Lo reconozco; esa fue mi primera reacción.
Hoy, al pensar en el queridísimo Benedicto XVI, me lo imagino recogiendo sus cosas personales, haciendo la maleta para un viaje sin retorno. Tal vez se asome a la ventana, procurando no ser visto, para contemplar por última vez la plaza de San Pedro. Quizá ya no reprima las lágrimas.
Algo se muere en el alma cuando un amigo se va. Se lo cantamos tantas veces a Juan Pablo II, y rematábamos la copla con aquel no te vayas todavía, no te vayas por favor…
“Sede vacante”. ¿Se quedará vacante también su corazón de padre?
No. Los dones de Dios son irrevocables. Es cierto que algo se muere en mi alma con la marcha del amigo; pero en el pequeño convento de clausura donde vivirá el Papa, caben millones de corazones, el mío también. Benedicto XVI no ha renunciado a ser padre.

sábado, 23 de febrero de 2013

El Papa al final de su retiro


A las 9 horas de hoy, en la capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico Vaticano, con el canto de Laudes y la Meditación final, concluyeron los Ejercicios Espirituales en presencia de Benedicto XVI. Las meditaciones estuvieron a cargo del cardenal Gianfranco Ravasi, presidente del Consejo Pontificio de la Cultura, y tuvieron por tema: "Ars orandi, ars credendi. El rostro de Dios y el rostro del hombre en la oración de los salmos". He aquí las palabras que el papa ha dirigido a los presentes al terminar los Ejercicios Espirituales.



¡Queridos Hermanos, queridos Amigos!:

Al final de esta semana espiritualmente tan densa, queda solo una palabra: ¡gracias! Gracias a vosotros por esta comunidad orante a la escucha, que me ha acompañado en esta semana. Gracias, sobre todo, a usted eminencia, por estas "caminatas" tan bellas por el universo de la fe, por el universo de los Salmos. Hemos quedado fascinados por la riqueza, la profundidad, la belleza de este universo de la fe y permanecemos agradecidos porque la Palabra de Dios nos ha hablado en modo nuevo, con nueva fuerza.
"Arte de creer, arte de orar" era el hilo conductor. Me ha venido a la mente el hecho de que los teólogos medievales tradujeron la palabra "logos" no solo con "verbum", sino también con "ars": "verbum" y "ars" son intercambiables. Solo en las dos juntas aparece, para los teólogos medievales, todo el significado de la palabra "logos". El "Logos" no es solo una razón matemática: el "Logos" tiene un corazón, el "Logos" es también amor. La verdad es bella, verdad y belleza van juntas: la belleza es el sello de la verdad.
Y además usted, partiendo de los Salmos y de nuestra experiencia de cada día, también ha subrayado fuertemente que el "muy bello" del sexto día –expresado por el Creador– es permanentemente contradicho, en este mundo, por el mal, el sufrimiento, la corrupción. Y parece casi que el maligno quiera permanentemente ensuciar la creación, para contradecir a Dios y para hacer irreconocible su verdad y la belleza. En un mundo así marcado también por el mal, el "Logos", la Belleza eterna y el "Ars" eterno, debe aparecer como "caput cruentatum". El Hijo encarnado, el "Logos" encarnado, es coronado con una corona de espinas; y sin embargo justo así, en esta figura sufriente del Hijo de Dios, empezamos a ver la belleza más profunda de nuestro Creador y Redentor; podemos, en el silencio de la "noche oscura", escuchar todavía la Palabra. Creer no es otra cosa que, en la oscuridad del mundo, tocar la mano de Dios y así, en el silencio, escuchar la Palabra, ver el Amor.
Eminencia, gracias por todo y hagamos todavía “caminatas", ulteriormente, por este misterioso universo de la fe, para ser cada vez más capaces de orar, de pedir, de anunciar, de ser testigos de la verdad, que es bella, que es amor.
Al final, queridos amigos, querría dar las gracias a todos vosotros, y no solo por esta semana, sino por estos ocho años, en los que habéis llevado conmigo, con gran competencia, afecto, amor, fe, el peso del ministerio petrino. Queda en mí esta gratitud y también aunque ahora acaba la "exterior", "visible" comunión --como ha dicho el cardenal Ravasi- queda la cercanía espiritual, queda una profunda comunión en la oración. En esta certeza vayamos adelante, seguros de la victoria de Dios, seguros de la verdad de la belleza y del amor.


Gracias a todos vosotros.

domingo, 17 de febrero de 2013

Y esto es lo que dijo...

Carlos Herrera, en su emisora de radio:



He quitado el vídeo del globo, porque se ponía en marcha automáticamente precedido de anuncios siempre distintos. Total, una lata.
De todas formas podéis ver y oír a Herrera si cliqueáis aquí

El Papa se despide de sus sacerdotes

Durante estos días de curso de retiro y de estudio, tengo poco tiempo para escribir. Hoy reproduzco aquí el vídeo de Rome Reports con la audiencia que el Santo Padre concedió a todos los sacerdotes de la Urbe.
Dicen las crónicas que hubo lágrimas en la despedida.


miércoles, 13 de febrero de 2013

Palabras del Papa hoy

El Santo Padre habla en italiano, pero creo que se entiende bien, y, en todo caso, se trata de una audiencia histórica.
 

Ceniza y Cónclave


Nuestro amigo Enrique García-Máiquez publica hoy mismo este magnífico artículo en el Diario de Cádiz.
Lectura obligatoria para todos los globeros.

"La juventud del Papa"


Y Manolo, desde algún lugar de España, escribe lo siguiente


Sí, yo soy de esa juventud del Papa. De esa juventud que coreaba el nombre de Benedicto XVI por las calles de Madrid y en el aeródromo de Cuatro Vientos hace dos veranos. De esa juventud por la que un hombre, entonces de 83 años, aguantó más de 40° C y un vendaval de aire y lluvia. De esa juventud a quien el Papa enseñó que igual que aquella noche resistimos bajo la lluvia, con Cristo podríamos también superar todos los obstáculos de la vida. Soy de esa juventud en la que el Papa confía, a la que pide que esté siempre alegre, y que dé testimonio en todas las circunstancias. Soy de esa juventud que hoy ve cómo su Papa, sin fuerzas por su avanzada edad, humildemente ha dejado paso a su sucesor para guiar a la Iglesia de Cristo. Sí, soy de esa juventud que debe agradecer a Benedicto XVI todo lo que le ha enseñado, no sólo a través de sus palabras, sino también con su ejemplo de entrega aún en las dificultades. Éstos son días para dar gracias a Dios por Joseph Ratzinger, porque un día lo eligió y lo puso a nuestro servicio. Éstos son días de rezar por él, de rezar por nuestro futuro Papa y de rezar por la Iglesia de Cristo. ¡Esta es la juventud del Papa y esta es la juventud de la Iglesia!
Joseph Ratzinger cumplirá 86 años el próximo 16-abril, si Dios quiere.
Manolo.

martes, 12 de febrero de 2013

Las "intrigas" vaticanas


Diez minutos después de la renuncia del Papa, algunos medios ―siempre los mismos― comenzaron a hablar de “lo que hay detrás”, de “lo que nos oculta Ratzinger”, de las “intrigas vaticanas”, de los “buitres con sotana que pululan por las estancias pontificias”, de “las luchas por el poder” que se han puesto en marcha para el próximo cónclave, e così via...
Me aburren soberanamente estos expertos en conspiraciones vaticanas, pero hoy les preguntaría cómo se explican que, en medio de esas intrigas y de un “lodazal” tan putrefacto como, según suponen, es la Santa Sede, hayan surgido Pontífices de la altura espiritual, humana e intelectual que han acreditado, sin ir más lejos, los once últimos. Todos son o serán santos. Todos brillaron muy por encima de los líderes políticos de su época. Todos fueron amados y venerados por millones de personas del mundo entero. A saber: Benedicto XVI, Juan Pablo II, Juan Pablo I, Pablo VI, Juan XXIII, Pío XII, Pío XI, Benedicto XV, Pío X, León XIII y Pío IX.
Se lo he preguntado a Kloster.
―Elemental, colega ―me ha respondido―; los católicos creemos que el Espíritu Santo interviene a la hora de elegir Papa, pero procuramos no ponérselo muy difícil: la inmensa mayoría de los cardenales electores son hombres de Dios que sólo buscan el bien de las almas. Así que el Espíritu Santo tiene donde elegir.
―¿Y esos informadores de que te hablo…?
―¡Ah!, ¿esos? Supongo  que son más creyentes que tú y yo. Creen tanto en el Espíritu Santo que le obligan a hacer un milagro en cada cónclave sacando un santo de un basurero. No comprendo cómo siguen confesándose agnósticos.

lunes, 11 de febrero de 2013

Sobre la renuncia del Papa

 La despedida en la JMJ
En la web oficial del Opus Dei se recogen unas palabras del Prelado de la Obra. Leedlas aquí. Yo no me siento capaz de añadir una palabra más. 
Es evidente que todos los católicos estamos conmovidos con la noticia. Ahora toca rezar por el Santo Padre y por su sucesor.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

El Papa, el buey y la mula.





Esta mañana me he levantado con la triste noticia de que “Benedicto XVI ha quitado el buey y la mula de los belenes”. El informador de turno estaba santamente indignado:
―Llevamos siglos poniendo un buey y una mula en el Nacimiento. ¿Qué necesidad tenía el Papa de destrozarnos el belén ahora que ya hemos comprado las figuras?
Cambio de emisora: la Cope, que es una cadena la mar de cristiana, parece compartir la misma tesis: dicen que Benedicto XVI ha escrito un libro sobre la infancia de Cristo y ha eliminado el buey y la mula. “El Mundo”, lleva la noticia a portada justo encima de las elecciones catalanas.
―Te la has cargado ―me dice Kloster―. Vas a tener que matar a Moreno.
Moreno es uno de los personajes centrales de “El belén que puso Dios”; un borrico lustroso y elegante, hijo de una asna llamada Canela y predilecto de Salomé, la empleada de la hospedería.
―Pues yo a Moreno no me lo cargo ―respondo―. El borrico estaba allí; me lo contó el Arcángel Gabriel, para que te enteres.
―¿Pero también estaba San Gabriel en Belén?
―Naturalmente. Y Oriente, la estrella más charlatana del cosmos. Y Zabulón, un pastor sabio con cara de listo. Y Joaquín. Y…
Me ha venido de pronto a la memoria un recuerdo de hace exactamente 20 años. Acababa de editarse el Catecismo de la Iglesia Católica, una obra grandiosa de 705 páginas. Toda la prensa del mundo se hizo eco del acontecimiento. Aquí nuestros perspicaces informadores titularon con rara unanimidad que el 6º mandamiento seguía igual que siempre y que el catecismo “condenaba” los horóscopos. Creo recordar que ése fue el argumento de mi primera colaboración para “Mundo Cristiano”.
Me apresuro a tranquilizar a Kloster:
―Con la historia del buey y la mula ha ocurrido algo parecido, amigo mío. Resulta que uno de los mejores teólogos del siglo y pensador de talla mundial, publica su tercer tomo sobre Jesús de Nazaret. La noticia es seria y los informadores piensan que deben poner un titular impactante que conmocione a la opinión pública. Uno supone que antes deberían leerse el libro, pero se conoce que llevaban prisa. 
Lo sorprendente del caso es que ni siquiera es cierto que el Papa haya eliminado al buey y a la mula. El Santo Padre, con todo rigor, explica lo que cualquier cristiano alfabetizado debería saber desde la Primera Comunión: que en el Evangelio no se menciona a ningún animal junto a la cuna del Niño. Claro que tampoco se habla de “portal” ni de cuna. Es la imaginería popular quien, con toda la lógica del mundo, ha llenado el Nacimiento de figuras desde que San Francisco de Asís creó el primero. Los catalanes incluso han inventado el caganer, un pintoresco personaje que es víctima de un apretón en plena Navidad.
―Entonces, ¿no es cierto que el Papa haya prohibido el caganer?
―No, amigo Kloster. Todas las figuras están muy bien donde están.  Y conste además que no era una mula, sino un borrico, y se llamaba Moreno, tenía una estrella en la frente y rebuznó para acompañar el canto de los ángeles cuando nació Jesús.
―¿Y el buey?
―Lo siento; los bueyes nunca me han caído bien. Tengo la sospecha de que no era de buena familia.
―O sea, que ponemos el Belén como siempre.
―Con más ganas que nunca. Hay que llenarlo de figuras. Yo pondría un mínimo de 100 ovejas, para recordar la parábola de la oveja perdida, y un buen castillo de Herodes con una pintada en la fachada que dijera algo así como “Herodes no, gracias”. Y, aunque los Magos no fueran Reyes, no os olvidéis de vestirlos de monarcas con coronas de oro y una buena caravana.
―¿Y el negro? El Evangelio no dice que hubiera un negro.
―Pero lo había, colega. Se llamaba Baltasar y el año pasado me trajo un bate de béisbol que le pedí por carta. Así que no me lleves la contraria, que lo utilizo contigo.