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jueves, 16 de abril de 2009

Adoro te devote (y XI)

Hay pocos manuscritos del Adoro te devote anteriores a la invención de la imprenta y no todos son plenamente concordes. A mí me gusta le edición crítica que elaboró Wilmart, cuyo final es algo distinto del tradicional. Dice así:

Iesu, quem velatum nunc aspicio,
Quando fiet illud qud tam cupio
Ut, te revelata cernens facie,
Visu sim beatus tuae gloriae? Amen.


"Jesús, a quien ahora veo escondido, ¡Cuando ocurrirá lo que tanto deseo, que al mirar tu rostro ya descubierto, sea yo feliz viendo tu gloria! Amén."



El rostro de Cristo

Al hablar del rostro de Cristo no pienso tanto en la belleza de tus facciones como en la fuerza de tu mirada, en la luz de esos ojos que siempre han buscado los santos. Vultum tuum Domine requiram!, repetía con palabras del salmo 26 San Josemaría Escrivá.

Yo también quiero ver tu mirada, Señor. Quiero enfrentarme a ella y descubrir el amor que me entregas cada día, en cada instante.

Pero también tu mirada se oculta: latens Deitas. Mirada escondida.

Ya sé que puedo ver tu rostro velado en los ojos transparentes de los niños, en las pupilas traslúcidas de los ancianos, en el gesto aterrorizado de los perseguidos, de las mujeres maltratadas, de los torturados, de los condenados a muerte.

Sé que te escondes de nuevo para que te descubra en la mirada suplicante de los mendigos, en los ojos turbios de los alcohólicos o de los toxicómanos. Quieres que no olvide nunca que la mirada de Dios es la me hiere desde lo alto de la cruz.

Pero llegará un día en que tus ojos y mis ojos se enfrentarán desnudamente. Tu mirada de fuego abrasará las escamas que me impiden verte, Y desaparecerá toda falsedad, toda la roña que he ido acumulando en mi vida. Será un encuentro doloroso y feliz; el poder santo de tu amor me penetrará como una llama, permitiéndome ser por fin totalmente tuyo.

Vultum tuum, Domine, requiram!


jueves, 9 de abril de 2009

Adoro te devote (X)



Pie pellicane Iesu Domine,

Me inmundum munda tuo sanguine,
Cuius una stilla salvum facere
Totum mundum quit ab omni scelere.

Señor Jesús, bondadoso pelícano,
límpiame, a mí inmundo, con tu sangre,
Una sola gota habría bastado para liberar
de todos los crímenes al mundo entero.


(La tradición medieval ve en el pelícano una figura de Cristo: esta ave, para dar alimento a sus polluelos, se sirve de la enorme bolsa que le cuelga del pico. Tal vez este modo de actuar y la misma posición vertical del pico hizo pensar que, en efecto, se abría el pecho para nutrirlos con su sangre.)


Es Jueves Santo y estoy en Riaza. Esta tarde concelebraré con varios sacerdotes la Misa “en la Cena del Señor” y estaré en el cenáculo con Jesús. Es un día glorioso y doloroso al mismo tiempo. Cristo, sobre la mesa de la cena pascual, convertirá el pan en su propio cuerpo y el vino en su sangre; se tomará a sí mismo con las manos y representará dramáticamente su muerte, adelantando su sacrificio ya inminente. Los 12 apóstoles, atónitos, serán investidos sacerdotes de la Nueva Alianza y, por primera vez en la historia, comerán la carne y beberán la sangre del Pelícano divino.

Luego llegará la agonía en el huerto, el sueño de los apóstoles, la traición de Judas.

Una sola gota habría bastado… Señor, ¿por qué te empeñaste en sufrir tanto? ¿Por qué tanta sangre derramada? Una gota habría sido suficiente para pagar el rescate. Y ni siquiera eso: una lágrima, un deseo, un minuto de tu trabajo en el taller de Nazaret…

Te excediste, Señor. ¿Por qué? Tú sabías que yo no sería capaz de seguirte: que me dormiría en Getsemaní como aquellos primeros obispos de tu Iglesia Católica. Y es que una cosa es estar dispuesto a morir contigo y otra muy distinta aguantar el peso de los párpados después de una buena cena.

Aquella noche —y todas las noches— sólo Judas fue capaz de permanecer en vela.

¡Haced esto en memoria mía!

Cada día, en tu memoria, repito las palabras que hacen realidad tu presencia sobre el altar. Cada día me alimento de tu Cuerpo y de tu Sangre. Cada día me propongo seguir despierto a tu lado.

jueves, 2 de abril de 2009

Adoro te devote (IX)


O memoriale mortis Domini!/ panis vivus, vitam praestans homini!

Oh, memorial de la muerte del Señor/ Pan vivo que da la vida al hombre!


¿Memorial...?
¿La Eucaristía es sólo un recuerdo?

“Hacer memoria”, recordar, es convertir en presente el pasado, rescatarlo de la amenaza del olvido y reconstruirlo piedra a piedra con la imaginación. Es buscar a tientas viejos placeres y emociones antiguas, tratar de vencer al tiempo con la fantasía. La memoria nos crea la ilusión de que los años nunca pasan del todo.

Recordar es también sufrir el dolor punzante de la nostalgia. El que añora comprende que, a pesar de los pesares, la vida no tiene marcha atrás, que la memoria no puede hacer habitable el pasado para vivir de nuevo en él.

Cristo sí que es capaz de hacerlo. Cuando Jesús recuerda, su memoria infinita nos trae a las manos realmente su Cuerpo y su Sangre derramada en la Cruz. En la Eucaristía, por gracia de ese recuerdo divino, se rompen las barreras del espacio y del tiempo, y nos vamos al Gólgota, con Santa María, con San Juan, con las santas mujeres…

Hace muy pocos años Juan Pablo II escribió:
Desde hace más de medio siglo, cada día, a partir de aquel 2 de noviembre de 1946 en que celebré mi primera Misa en la cripta de San Leonardo de la catedral del Wawel en Cracovia, mis ojos han quedado fijos en la hostia y el cáliz en los que, en cierto modo, el tiempo y el espacio se han " concentrado " y se ha representado de manera viviente el drama del Gólgota, desvelando su misteriosa "contemporaneidad”
Por eso ahora, cuando lo tengo en mis manos de sacerdote, sé que Jesús y yo hemos vencido a la historia. Aquí y ahora el Sacrificio de la Cruz se hace realidad: su Sangre es un torrente de Gracia, un caudal inagotable que alcanza hasta el último rincón del Planeta.

No tengamos miedo, el mundo estará a salvo mientras haya un solo sacerdote que celebra la Eucaristía.



jueves, 26 de marzo de 2009

Adoro te devote (VIII)


La sombra de la Cruz está presente en cada verso del Adoro te devote.

Plagas sicut Thomas non intueor/ Deum tamen meum te confiteor…

No veo las llagas, como las vio Tomás; sin embargo confieso que eres mi Dios…

Tomás Apóstol; “el mellizo” lo llama el Evangelio. Otros lo han tildado luego de incrédulo o escéptico, también de empirista. ¡Aquella protesta desafortunada! —“si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos”—…; pero no, Tomás no era así.

Si alguna vez os encontráis con un escéptico que alardea de serlo, tened la certeza de que estáis ante un hombre apasionado que ha recibido una herida demasiado profunda y se acoraza en un falso cinismo para no volver a sufrir.

Tomás fue entusiasta, vehemente, exaltado hasta la locura de querer entregar la vida con Jesús y por él:

—¡Vayamos todos y muramos con él!, exclamo poco antes de la Pasion.

Pero cuando la losa del sepulcro se cerró sobre el cadáver del Maestro, se le derrumbaron con estrépito todos sus sueños y aquel corazón impetuoso se enfrió de golpe hasta convertirse en un bloque de hielo.

¡Pobre Tomás! ¡Tenía tanto miedo de volver a empezar!

—Pon aquí tu dedo y mira mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado…

Le bastó oír de nuevo aquella voz y el cariñoso reproche de Jesús para que el hielo saltara en pedazos y manifestase su amor y su fe con la vehemencia y la pasión de siempre. Y Tomás —el escéptico— fue el primero que llamó “Dios” a Jesús.

Ahora, al contemplar a Jesús Sacramentado, yo tampoco veo sus llagas, pero recuerdo, como si fuera ayer mismo, que después de hacer la Primera Comunión, siempre que asistía a Misa, durante la elevación de la Hostia y el cáliz, mi madre me susurraba al oído, para que yo las repitiera, las mismas palabras de Santo Tomás:

—¡Señor mío y Dios mío!

Creo que nunca he dejado de decirlas.

jueves, 12 de marzo de 2009

Adoro te devote (VII)


In cruce latebat sola deitas;
at hic latet simul et humanitas.

Ambo tamen credens atque confitens,
peto quod petivit latro poenitens.
En la Cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad. Creo y confieso ambas cosas, pido lo que pidió el ladrón arrepentido.


Entre todos los personajes presentes en el Calvario, el autor del “Adoro te devote” elige a uno: al que hemos llamado siempre “el Buen ladrón”.

Compartir el mismo tormento crea una camaradería única, rocosa y duradera como ninguna otra en el mundo. No hay compañerismo más auténtico ni más fraternal que el de los soldados que luchan en la misma trinchera o el de los que sufren idéntica condena. Cuando dos reclusos padecen juntos esa tortura legal que es la pérdida de la libertad, pueden llegar a odiarse o convertirse en amigos hasta la muerte, en hermanos de prisión y de sangre. Y si uno de ellos es inocente o si está a punto de salir porque ya ha cumplido con la ley, el otro tiene derecho a gritarle: “acuérdate de mí cuando estés en tu casa”.

Desde ese momento, el que queda en prisión sabe que no estará solo nunca, que le espera un hogar, un lecho y un amigo que no lo traicionará.

Mi corazón está muy cerca de ese bandido. También porque es la única persona canonizada en vida por el mismo Dios:

—“Hoy estarás conmigo en el Paraíso” —le respondió Jesús—. Hoy, esta tarde, a las tres en punto. Espera un poco. Aguanta conmigo este tormento de la Cruz y llegaremos juntos a casa. Allí estarás a salvo para siempre conmigo.

Ahora, cuando miro a Jesús en la Eucaristía, al recordar los sufrimientos —¡tan pequeños!— que he padecido en mi vida, no me cuesta nada repetir las palabras de mi colega el ladrón:

—Yo estoy en la Cruz con toda razón, pues sólo recibo el justo pago de lo que he hecho. En cambio tú eres inocente. ¿Qué haces aquí, en mis manos, con tus llagas abiertas? ¡Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino! Yo sé que tú eres el Rey, el Dios escondido; es nuestro secreto, el que tú me confiaste en confidencia de amigo cuando estábamos juntos en la misma prisión.

jueves, 5 de marzo de 2009

Adoro te devote (VI)

In Cruce latébat sola déitas, at hic latet simul et humánitas. "En la Cruz sólo se escondía la divinidad; aquí se oculta también su humanidad."


Dios en la Cruz es un delincuente entre delincuentes. Dios se esconde en una escupidera, entre úlceras, moratones, edemas, fracturas... La piel de Jesús esta bañada en sangre desde la cabeza a los pies. Esa mirada perdida en el vacío es la mirada de Dios.

—Si eres el Hijo de Dios, baja de la Cruz…

—¿Lo ves? Si fuera quien dice ser, si fuese inocente, bajaría. Algo habrá hecho para merecer ese castigo.

—¿Se puede caer más bajo, Señor?

El Señor me responde que sí, que es posible humillarse más, porque frente a la cruz se blasfema o se llora, se insulta o se reza; o se permanece en pie, como María, uniéndose al Sacrificio redentor; pero nadie se queda impasible. Sin embargo aquí, junto al Sagrario abierto, he visto gestos de indiferencia, bostezos de sueño o de hastío. Yo mismo me he dormido algunas veces.

—Estoy aquí —dice Dios desde ese pequeño copón—. No tengas miedo. Puedes mirarme. No te asustaré con el espectáculo sangrante de mis heridas. Tú te quejas porque nadie te hace caso, porque te llevan de un lado a otro, te tratan como si fueses una cosa, un objeto inanimado, un mueble invisible del salón. Eso soy yo: menos que un animalito. La mirada de un perro aun puede conmover; pero yo…

Puedes bostezar si quieres. Tampoco necesito que hagas la genuflexión. Tienes un poco de artritis, ya lo sé. Sería pediré demasiado. Además no te ve nadie. Castígame, si quieres, con tu apatía. Pero no te olvides que estoy aquí, junto a esa lámpara de aceite, que es la luz más brillante y eficaz del universo. ¡Si supieras cuánto agradezco tu compañía!

“Humildad de Jesús: en Belén, en Nazaret, en el Calvario... —Pero más humillación y más anonadamiento en la Hostia Santísima: más que en el establo, y que en Nazaret y que en la Cruz.” (Camino 533).

jueves, 26 de febrero de 2009

Adoro te devote (V)


Credo quidquid dixit Dei Filius; Nil hoc verbo Veritatis verius.
“Creo en lo que dijo el Hijo de Dios; nada más verdadero que su Palabra de verdad.”


Sinagoga de Cafarnaúm
Estos dos versos del “Adoro te devote” me trasladan a Cafarnaúm. ¿Recuerdas? Fue aquel día de primavera en que nos pediste que creyéramos en ti más allá de lo razonable; que te siguiéramos sin miedo y nos lanzásemos al abismo sin fondo que se abría detrás de tus palabras.

Estábamos en la Sinagoga y te escuchaba una gran multitud que pocas horas antes había tratado de coronarte rey. Yo también lo quería, sin entender gran cosa. Dijiste entonces que eres el Pan de vida y te escuchamos con gusto. Yo entendí que se trataba de una hermosa imagen, parecida a otras que tú mismo empleaste: “yo soy el Buen Pastor, la Vid, el Camino, la Verdad…”

Pero seguiste hablando y el discurso se hizo más concreto y más duro. Y cuando, de pronto, pronunciaste las terribles palabras “carne” y “sangre” y dijiste que debíamos comerte y beberte, despertamos de golpe a realidad de tu locura. Fue como una descarga eléctrica que estremeció a cada uno de los que te escuchábamos. Algunos se taparon los oídos o se rasgaron las vestiduras. Los más cercanos a ti se alejaron avergonzados: “Jesús se ha vuelto loco…”, decían.

Y nos quedamos solos tú, yo y los 12.

—¿También vosotros queréis marcharos…?

Pedro respondió en nombre de todos que sólo tú tienes palabras de vida eterna. Nil hoc verbo Veritatis verius. Te lo repito yo ahora con las palabras de este poema.

No vuelvas a preguntarme, Señor, si quiero irme. A veces tengo miedo de volverme razonable y escapar.

jueves, 19 de febrero de 2009

Adoro te devote (IV)


También
hoy, como todos los jueves, puedo hacer la oración ante el Santísimo Sacramento, mientras sigo meditando, verso a verso, el “Adoro te devote”.

Visus, tactus, gustus in te fallitur…
“Ante ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto…”

—Se equivocan mis ojos, que no te ven, pero no mi mirada que no quiere despegarse de ti.

—Se equivocan mis dedos, que no pueden acariciar tu Cuerpo torturado y glorioso, pero no se equivocan cuando siguen rozándote a ciegas al elevarte sobre el altar.

—Se equivoca mi paladar, que nunca será capaz de saborear tu amor en esta vida, pero no se equivoca al recibirte, porque en la Vida eterna no querrá otro alimento distinto de ti mismo.

Estos días en La Lloma hemos hablado mucho de teología, y yo me he sentido feliz al comprobar que a los teólogos que me acompañan no les mueve la vanidad ni el orgullo terco de tener razón. Saben que la fría inteligencia o la erudición por sí solas apenas sirven para despegarse unos centímetros de la tierra, y ellos necesitan volar muy alto para dar “a la caza alcance”, como escribió San Juan de la Cruz. Por eso son piadosos; quieren ser santos y sabios, con la Sabiduría que sólo adquieren los que hablan con Dios cara a cara, como un amigo habla con su amigo.

Los teólogos —como los poetas— quieren meter la cabeza en el Paraíso para abrir los ojos, como niños deslumbrados por la belleza del Creador. Los racionalistas en cambio aspiran a meter a Dios en su cabeza, y como no lo consiguen, se fabrican un dios a su medida; un dios de bolsillo que no moleste, que ni siquiera nos ame demasiado.

Los teólogos —como los poetas— necesitan cantar, mostrar a los demás lo que ellos han contemplado. Y hacen versos, himnos y oraciones.

Los teólogos —quizá también los poetas—, aunque escriban libros de gran calado, saben que su ciencia es la más humilde de todas porque no descubre verdades nuevas, no pretende aportar nada a lo revelado por Jesús. Nace de la contemplación y termina en la contemplación.

Los teólogos —como los poetas— sólo escuchan, ponen el oído atento a la voz de Dios.

Se equivocan la vista, el tacto, el gusto…
sed auditu solo tuto creditur… pero me basta el oído para creer con certeza”

Termino con un texto de San Efrén, santo, teólogo y poeta del siglo IV:

“El Maligno, por obra de la serpiente, vertió el veneno en el oído de Eva. El Benigno, en cambio, se abajó en su misericordia y, a través del oído, penetró en María. La misma puerta por donde entró la muerte sirvió para que entrara la Vida.” (Himno por el nacimiento de Cristo)

jueves, 12 de febrero de 2009

Adoro te devote (III)

Sobre el amor y la guerra

Tibi
se cor meum totum subiicit, quia te contémplans totum deficit.

No hablo de San Valentín. Es jueves y sigo saboreando el Adoro te devote verso a verso mientras hago la oración frente al Sagrario abierto.

A ti se somete mi corazón por completo; se rinde sin reservas al contemplarte.

San Tomás, al escribir estas palabras, sabía que el lenguaje de la guerra y el del amor coinciden, porque en todo amor que merezca este nombre hay una batalla; una victoria y una rendición. El enamorado descubre que para llegar a poseer a la persona que ama debe derrotarse a sí mismo y someterse sin condiciones. Amar es ser poseído por aquél a quien conquistamos; es desvivir y desvivirse; dar la vida.

Y cuando el amor tiene a Dios por término la derrota es total. El corazón entonces se convierte en templo del Todopoderoso y mucho más noble que el de Jerusalén. Jesús debe entrar como Señor y desalojar a latigazos a los mercaderes.

Yo sé que en mi corazón aún hay demasiados mercaderes. Todos tienen sus papeles en regla y sus buenas razones para no marcharse, pero ocupan un lugar que no es suyo. Mi casa, ay de mí, es todavía una cueva de ladrones.

Como todas las mañanas, dentro de pocos minutos voy a tomar en las manos a mi Dios. Lo acariciaré con la mirada; lo besaré con mis labios heridos y a veces putrefactos y volveré a pedirle perdón por recibirle en esta pocilga.

Y firmaré mi rendición una vez más, que será para siempre, para siempre, con su Gracia.

jueves, 5 de febrero de 2009

Adoro te devote (II)


Hoy también, como el jueves pasado, hago la oración frente al Sagrario abierto mirando el copón dorado y meditando el “Adoro te Devote”, un himno que quizá escribió Santo Tomás o quizá no, pero que, en todo caso, ya es mío, porque lo he ido creando y recreando cada jueves desde hace más de cuarenta años.

Adoro te…

Me fijo en ese pronombre, “te”: te adoro a ti… He leído que sobra, que hay una sílaba de más en el primer verso y chirría la métrica por culpa precisamente de esa palabra.

Sin embargo a mí me resulta imprescindible. Si estuviese solo en el oratorio, al decir “te” extendería la mano para señalar el copón donde se guardan las formas consagradas.

—A ti, Señor, a ti, que estás a dos metros, tan sólido y concreto que asusta pensarlo. No adoro a un Dios abstracto, lejano y etéreo. Sabemos que eres infinito, inmenso, inmutable, incomprehensible; pero has querido estar al alcance de mi vista y de mi corazón.

Un obispo africano me dijo hace muchos años:

—Jesús instituyó la Eucaristía pensando en África. Los africanos necesitamos ver, tocar, palpar… Vivimos de los sentidos. Por eso somos un poco idólatras. No somos capaces de pensar en un Dios demasiado grande; queremos verlo pequeño. Y Jesús, que lo sabía, nos dejó la Hostia Santa para que la adoremos.

Recuerdo cómo se reía mientras bromeaba con lo que él llamaba la “idolatría” de los de su pueblo y de su tribu. Yo le hice ver que, en ese sentido, todos somos “idólatras”. El mismo San Juan lo dijo en su primera carta: “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos tocando al Verbo de la vida…” El Apóstol sentía el escalofrío de saber que había tocado con sus manos al mismo Dios.

Si por un momento todas las estrellas del Cielo, los millones de galaxias que pueblan el firmamento se concentraran en un punto, sería un milagro mucho más pequeño que éste. Y si toda la historia de los hombres, desde el primer minuto hasta el final de los tiempos, se hiciese presente hoy y ahora, apenas sería nada en comparación con este Dios Infinito que se ha encerrado en un copón.

Adoro te…!

jueves, 29 de enero de 2009

Adoro te Devote (I)


Dios juega al escondite

El sagrario está abierto. Desde el lugar en que me encuentro veo el pequeño copón dorado, cubierto con un sencillo conopeo blanco. Acabo de recitar el “Adoro Te Devote”, un himno eucarístico del siglo XIII que ha servido de oración a miles de santos.

Adoro te devote, latens Deitas…, Dios escondido, te adoro! Hoy me detengo aquí, en el primer verso del canto.

Cuando una persona adulta se esconde es porque no quiere ser descubierta. Cuando un niño se esconde es porque quiere que alguien lo encuentre: juega al escondite y llama a los que le buscan, porque no soporta estar solo mucho tiempo.

Dios en la Eucaristía juega al escondite con nosotros. Desde el Sagrario nos grita: a que no me encuentras. Estoy aquí: escondido en el Sagrario, escondido en el copón, escondido en las especies eucarísticas, escondido dentro de ti cuando me recibas dentro de media hora.

Latens Deitas… En castellano decimos “latente” de aquello que se esconde pero está a punto de aparecer, como el pájaro en las ramas del árbol. Dios “latente” en la Eucaristía no se oculta por completo. Cuando lo tenga en mis manos dentro de un momento, sentiré los latidos de su corazón.