
Hoy también, como el jueves pasado, hago la oración frente al Sagrario abierto mirando el copón dorado y meditando el “Adoro te Devote”, un himno que quizá escribió Santo Tomás o quizá no, pero que, en todo caso, ya es mío, porque lo he ido creando y recreando cada jueves desde hace más de cuarenta años.
Adoro te…
Me fijo en ese pronombre, “te”: te adoro a ti… He leído que sobra, que hay una sílaba de más en el primer verso y chirría la métrica por culpa precisamente de esa palabra.
Sin embargo a mí me resulta imprescindible. Si estuviese solo en el oratorio, al decir “te” extendería la mano para señalar el copón donde se guardan las formas consagradas.
—A ti, Señor, a ti, que estás a dos metros, tan sólido y concreto que asusta pensarlo. No adoro a un Dios abstracto, lejano y etéreo. Sabemos que eres infinito, inmenso, inmutable, incomprehensible; pero has querido estar al alcance de mi vista y de mi corazón.
Un obispo africano me dijo hace muchos años:
—Jesús instituyó la Eucaristía pensando en África. Los africanos necesitamos ver, tocar, palpar… Vivimos de los sentidos. Por eso somos un poco idólatras. No somos capaces de pensar en un Dios demasiado grande; queremos verlo pequeño. Y Jesús, que lo sabía, nos dejó la Hostia Santa para que la adoremos.
Recuerdo cómo se reía mientras bromeaba con lo que él llamaba la “idolatría” de los de su pueblo y de su tribu. Yo le hice ver que, en ese sentido, todos somos “idólatras”. El mismo San Juan lo dijo en su primera carta: “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos tocando al Verbo de la vida…” El Apóstol sentía el escalofrío de saber que había tocado con sus manos al mismo Dios.
Si por un momento todas las estrellas del Cielo, los millones de galaxias que pueblan el firmamento se concentraran en un punto, sería un milagro mucho más pequeño que éste. Y si toda la historia de los hombres, desde el primer minuto hasta el final de los tiempos, se hiciese presente hoy y ahora, apenas sería nada en comparación con este Dios Infinito que se ha encerrado en un copón.
Adoro te…!