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jueves, 27 de junio de 2019

Despacito y por la sombra




El terrorismo meteorológico hace estragos. Todos somos víctimas de las calamidades climáticas que pronostican los medios para alegrarnos las mañanas de junio. En otros tiempos la prensa sólo nos decía que haría calor, porque es lo que toca en verano. Ahora en cambio, Internet, la radio, la tele y la vecina del sexto, nos aterrorizan a conciencia y nos instan a prepararnos física y psicológicamente para la batalla contra el calentamiento global.
—Despacito y por la sombra —me aconseja el portero de la finca—.
—Lo importante es hidratarse y no hacer deporte en las horas centrales del día —asegura un experto—.
—Mejor no oír las tertulias radiofónicas; te calientas demasiado —añade otro—.
—No te agobies, amigo —me sugiere el búho desde su madriguera—. Fíjate en nosotras, las aves del cielo; no nos verás volar en mangas de camisa por mucho que apriete la canícula. Dios nuestro Señor nos ha dotado de una capa de plumas útil para todas las estaciones. En invierno, se ahuecan y crean una bolsa de aire caliente que protege del frío. Es nuestro edredón. En verano, en cambio, ceñimos el plumón al cuerpo y, como nuestra temperatura es de cuarenta grados, notamos un agradable fresquito.  
La sabiduría del búho es irritante. Yo me quedo con el consejo del portero y procuro moverme así, despacito y por la sombra.
Apenas he caminado quinientos metros cuando me asalta el primer mendigo —mendiga en este caso—. Se trata de una mujer joven empeñada en parecer vieja, que se cubre la cabeza con un pañuelo marrón oscuro y lleva un vestido negro de varias capas. Me llama "papa" y pide un euro "para comer". Mientras investigo en el fondo del bolsillo, se me ocurre preguntarle:
—¿De dónde eres?
—Bulgaria…
Trato de buscar en mi memoria algo urgente sobre Bulgaria y sólo me salen mis conocimientos de la avifauna de los Balcanes y el nombre de la Capital, Sofía. La mendiga dice llamarse Darina o algo por el estilo y, sí, nació en Sofía, pero siempre ha vivido en la costa, junto al Mar Negro con su esposo. Me cuenta que tiene dos hijos, pero se han quedado en Bulgaria.
—Mi marido quería matarme y yo he escapado.
No sé si creerla o no. Su locuacidad desquiciada y los gestos un tanto desmesurados revelan un desequilibrio mental innegable.
—¿No pasas calor con tanta ropa?
—Sí, calor; pero tengo que llevar cosas escondidas —responde en un susurro  mientras saca de las entretelas de la falda un icono de la Virgen, un pequeño crucifijo, un reloj, un puñado de monedas o medallas y algunos objetos más—. ¡Yo, cristiana!, grita.
Al ver mi cara de asombro me ofrece el icono a cambio de doscientos euros. Al fin se conforma con un euro y mi bendición. Mientras me alejo, despacito y por la sombra, veo que besa el icono una y otra vez. Yo la encomiendo al Señor y pienso que quizá podía haber hecho algo más.


miércoles, 29 de mayo de 2019

Jaime y Raúl



Hay gente para todo. Jaime tiene un colchón más confortable
A las nueve de la mañana, cuando salgo de casa después de celebrar la Santa Misa, Jaime sigue dormido en un banco, embutido en su precioso saco de dormir. Hace años le pregunté de dónde lo había sacado:
—Me lo regaló Raúl.
Para Jaime no hay otro Raúl que el antiguo delantero del Real Madrid. Lo ha colocado en la cumbre de su Olimpo personal y allí seguirá hasta el final de los tiempos como punto de referencia y protagonista de todas sus fantasías. Porque Jaime no miente: cree en sus invenciones con fe casi teologal. Es un creativo. Lo suyo sería la literatura si no fuera por el alcohol que lleva casi siempre en el cuerpo.
—¿Raúl..., en serio?
—Te lo prometo por mis hijos. Es chulo, ¿verdad? Aguanta hasta treinta grados bajo cero. ¿Me das un euro?
Hoy no está para muchas charlas, pero una hora más tarde lo veo sentado en el mismo banco con un pitillo de aspecto sospechoso que le cuelga del labio inferior.
—¿Has desayunado?
—No. ¿Me das dos euros?
—Mejor te invito a un café.
Jaime necesita un chupito alcohólico para afrontar el día. El café solo no le basta. Tras ese primer chute reza en voz alta un avemaría con la esperanza de que le pague otro.
─Adiós, Jaime; cuídate. Y no vuelvas a mentarme a tus hijos. Tú no tienes hijos.
─Quién sabe… Con Dios, amigo.




lunes, 29 de mayo de 2017

En Las Palmas


Los mendigos de Las Palmas se parecen a los de cualquier otro lugar de España. Si acaso, piden más suavemente e incluso invocan a Dios, a la Virgen o a los santos y te piden que los bendigas.
Junto al hiper que hay a pocos metros de la playa de Las Canteras se sitúa un mendigo que casi no pide nada. Tiene la mano extendida y musita algo difícil de interpretar. Cuando paso a su lado, al reconocer al cura, eleva un poco la voz:
—Es para comer.
El mendigo tiene los ojos llorosos y cargados de sueño. Su piel enrojecida, las venillas que le cabalgan por el cutis y un cierto tufillo a alcohol, me sacan de dudas. Mientras busco un euro en el fondo del bolsillo, le pregunto:
—¿Para comer, o para beber?
Sonríe

—Las dos cosas son importantes, padre.
Pongo una moneda en su mano y, cuando ya no puedo dar marcha atrás, compruebo que es de dos euros.
El mendigo se emociona como si le hubiese resuelto la vida. Me da un abrazo y me desea toda clase de bienes para el futuro por intercesión de la Virgen de los Dolores. No hay forma de callarlo: habla y habla. Se le ha disparado repentinamente el frenillo de la lengua. Al fin, pontifica:
—Yo voy camino de la vejez. Ya tengo 56 años. Usted, en cambio, volverá a ser niño.
—¿Cómo dice?
—Es el destino de los ancianos. Porque ¿cuántos años tiene, ochenta y cuatro, ochenta y cinco?
—Devuélveme los dos euros ahora mismo. 
—Lo que se da no se quita. ¿Sólo ochenta?
Los mendigos de Las Palmas hablan con música caribeña, pero la letra puede ser terrible. Ya en el coche, me miro en el retrovisor con cierta aprensión.
—¡Ochenta y cinco! Estará bebido...




martes, 27 de octubre de 2015

Con toda la barba

 Sí... Más o menos así
El semáforo se puso verde y los sufridos peatones arrancamos a la vez como si hubiese sonado un pistoletazo de salida para la carrera de los cien metros. Eran las nueve de la mañana. Un nutrido grupo de ciudadanos tratábamos de cruzar el Paseo de la Castellana en una sola etapa, sin hacer escala en el parterre del centro; misión imposible para los más viejos y para quienes hayan cogido el verde demasiado tarde. Pronto tomé la cabeza. Sólo me amenazaba una chica menuda y nerviosa de unos veinte años que trotaba a mi espalda mientras vociferaba por el teléfono móvil.
—¡Que no. Te digo que no. No. No! ¿Cómo quieres que te lo explique, tío…?
En ese momento oí otra voz más poderosa de barítono que gritaba mi nombre. Frené en seco. La voz venía en dirección contraria y salía de las profundidades de una barba blanca y alborotada que enmascaraba el rostro de un extraño personaje vestido de vaquero de los pies a la cabeza.
Me sujetó con sus enormes manazas y, sin bajar el volumen de voz, exclamó:
—¡No has cambiado nada!
—¿Nos conocemos? —respondí tímidamente—.
Se echó a reír como si hubiese oído un chiste graciosísimo y contestó a grito pelado:
—¡Soy Willy!, ¿es que no me conoces?
Repasé mentalmente mi lista de willis, que no es pequeña, y, la verdad, no me cuadraba ninguno. El tipo de la barba podía tener mi edad o quizá dos o tres años menos. Le miré fijamente a los ojos, unos ojos enrojecidos y lacrimosos, enmarcados por unas ojeras de competición. El aliento apestaba a ginebra.
—Más vale que me refresques la memoria… ¿De qué nos conocemos?
—Chico, sí que eres desconfiado. Del seminario… ¿No te acuerdas? Yo lo dejé en segundo… Tú en cambio aguantaste hasta el final…
Las cosas empezaban a aclararse. Yo no he estudiado en ningún seminario, pero el barbudo había lanzado un anzuelo con la esperanza de conseguir un besugo.
—Vale, Willy. ¿Y qué es de tu vida? ¿Qué puedo hacer por ti?
En pleno centro del Paseo de la Castellana me pidió cincuenta euros "para pagar una deuda".
Nos sentamos en un banco y charlamos durante cinco o seis minutos. La ginebra que había consumido mi interlocutor no facilitó el diálogo, pero al menos reconoció que no me conocía de nada y que los euros se los gastaba rápido "en alcohol, jamón y otros vicios".
—Ya. ¿Y quién te dijo mi nombre?
—¡Ah…! Uno que te conoce muy bien…
Así que se trataba de un chivatazo entre mendigos... Le sugerí un nombre y pareció asentir mientras se alejaba hacia el barrio de Salamanca en busca de una víctima mejor dispuesta.


miércoles, 11 de febrero de 2015

Venta ambulante



—Relojes, tengo relojes majos…
El vendedor de relojes luce un sombrero negro de ala ancha y una sortija enorme en el meñique. A la legua se ve que es un profesional del trapicheo. Pregona su mercancía en voz muy baja y sin hacer el menor gesto que pueda delatarlo; mira sin mirar, con la cabeza inclinada hacia el suelo, y mueve los labios solo lo imprescindible para que los más cercanos podamos asomarnos a la pequeña bolsa azul donde se muestra el género.
—Son buenos, caballero. Y baratos.
Se detiene frente a mí y trata de que les eche una ojeada.
—Le doy un Rolex por cien euritos.
—Muy legal no será.
—Todo legal —responde mientras saca el presunto Rolex de la bolsa y me lo pone en la mano—.
—Lo siento, amigo. Si es auténtico no estaría bien que lo lleve un cura. Y si no lo es, peor aún.
El vendedor de relojes se guarda la mercancía en el amplio bolsillo del tabardo, y, sin cambiar de actitud, con la mirada en el suelo, como si estuviese traficando con  algo ilegal, masculla entre dientes:
—Deme algo pa comer, que acabo de llegar de Cádiz y no me queda ni un euro.
De pronto le ha salido un inesperado acento andaluz.
Echo la mano al bolsillo y saco unas cuantas monedas: apenas seis o siete euros. Elijo una y busco en la chaqueta una estampa del Beato Álvaro. El relojero aún hace un último intento:
—Por esas monedas te vendo un Viceroy como el de Fernando Alonso.


 

lunes, 2 de febrero de 2015

Llorando bajo la lluvia



De pronto, en plena calle Alfonso XIII, bajo un fuerte aguacero, llega corriendo hacia mí una chica de treinta o treinta y cinco años, que va envuelta en un chubasquero amarillo con capucha.
—¡Páter, páter, por fin le encuentro! Llevó todo el día… No es usted el Padre Francisco, ¿verdad?
—Pues no; lo siento.
La chica finge que llora. Con tanta agua caída del cielo es fácil improvisar unas lágrimas, pero su actuación es francamente mediocre.
—Es que el padre Francisco me dijo que me daría veinte euros para el niño…
—Pues no tendrás más remedio que seguir buscándolo, porque yo ando un poco escaso y además no me gusta el teatro.
Me mira con ojos de rabia:
—¡Sois todos iguales!
—Vele. Te has ganado cinco euros por recordármelo; pero no mientas nunca para pedir limosna. ¿De acuerdo, Raquel?
—No me llamo Raquel.
—Estamos en paz. Yo tampoco me llamo Francisco.


viernes, 28 de noviembre de 2014

¿Conoces "Voluntariado Express?"



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domingo, 12 de octubre de 2014

"Clientes"

Me ocurrió ayer sábado a las 12 del mediodía
No recuerdo su nombre. Suena algo así como "Yuba" y es nigeriano. Dice que llegó a España "hace mucho", pero lo cierto es que habla un castellano muy pintoresco. Tiende a cambiar una palabra por otra  con gran seguridad.
—Hoy llora mucho —me dice como saludo—.
Creo que se refiere a la lluvia, porque señala al cielo y a su propia ropa, que está completamente empapada.
Yo he detenido el coche junto al parquímetro, pero compruebo que me he dejado las monedas en casa. Tendré que cambiar un billete en el bar. Yuba capta el problema al instante y me dice:
—Tú me diste un euro semana pasada, papa, ¿sí?
—Eso creo.
—Yo ahora te doy euro para el coche. Ya volverás.
Con gran pericia, empieza a manipular el parquímetro. Pone el número de la matrícula, inserta un euro en la ranura correspondiente y me entrega el tíquet.
—Muchísimas gracias. Dentro de media hora estaré de vuelta. No te alejes y te devuelvo el euro.
Yuba me dedica su mejor sonrisa:
—No importa, papa. Ahora somos clientes.
A saber lo que ha querido decir.
 

sábado, 21 de junio de 2014

Ibrahima

Esta obra de arte también es de Senegal 
Hace tiempo que no vengo por aquí y no veo a mis viejos mendigos ¿Qué habrá sido de ellos?
─¿John? ¿Te llamas así de verdad?
─Así me llaman, y yo contesto…, pero mi nombre africano es Ibrahima.
─Ibrahima ─supongo que se escribe así─ luce una piel negra y lustrosa que azulea cuando le da el sol directamente.
─¿Cuántos años tienes, John?
─Pocos. Soy joven. Mi madre también era joven; solo trece años más vieja.
El mendigo ríe con toda la boca. Es una risa blanca y contagiosa. Cualquiera diría que es feliz vendiendo pañuelos de papel en la puerta del mercado.
Me ha pedido “una ayuda para comer” y le he dado un euro.
─Me van a poner una multa por tu culpa ─le digo─. Me he quedado sin nada para el parquímetro.
─Yo te cambio ─me responde, mientras echa mano a una bolsa mugrienta que lleva al hombro y saca un buen puñado de monedas pequeñas─.
Luego, sentados frente a una Coca-Cola en el pequeño bar que hay a la entrada del mercado, me cuenta que lleva en España casi dos años; que escapó de Senegal cuando “unos hombres malos” mataron a su padre ya su hermana. Que estuvo en Mauritania y en Argelia antes de saltar “en barco” a la Península Ibérica.
No resulta fácil entenderle, y tampoco creerle. John me parece un actor que sobreactúa en exceso gesticulando con sus manos grandes y atractivas.
─Voy a ir a Francia ─asegura  como quien lo tiene bien planeado─. Allí puedo trabajar. Por el idioma.
─¿Eres musulmán?
─No. Católico. En mi familia, todos católicos.
Y vuelve a hablarme de su padre y de su hermana. Se conmueve hasta las lágrimas, y se despide de mí besándome las manos. Le digo que no volveré por aquí hasta al mes que viene, y entonces me pide la bendición.
                                                                                          
 
 

viernes, 25 de abril de 2014

En Triana, aún sin sombrero



Vuelvo a Las Palmas en busca de un sombrero, y enfilo la calle Triana.
―Bendición, padre…
―Que Dios te bendiga, hija.
He respondido lo primero que me ha venido a la boca, y mi hermano, que anda por Puerto Rico, me confirma que ésa es la fórmula correcta.
Por lo demás, tengo la impresión de visitar La Habana a pesar de que nunca he estado allí. Los edificios, los rostros y el acento de los canarios recuerda al que uno ha visto y oído en las películas.
―¿Me da un eurito para comer. padre?
El mendigo está flaco y mira con ojos tristes, como un perro vagabundo. Tiene la barba gris, y la piel aceitunada.
―¿De dónde eres?
―De Galdar.
Algunos nombres de esta tierra, no sé por qué, me recuerdan al señor de los anillos.
―¿Me da un euro? ―repite.
―Espérame en la puerta de esta tienda; ahora salgo con cambio.
En la tienda, la dependienta, que es encantadora como todo el mundo en esta isla, sonríe y me adelanta el euro para el mendigo.
Le digo que busco un sombrero de mi talla, y responde apenada:
―Los sombreros son talla única.
Cojo uno y, en efecto: 54 a 62, dice la etiqueta. Yo, que necesito un 60, me lo coloco sobre la testa y tengo la impresión de me ha salido un tejadillo en lo alto de la azotea.
―Ya ve que no me cabe… Cámbieme 50 euros y le devuelvo el euro del mendigo.
―¡No se apure, padre! ―responde la chica―. La limosna corre por nuestra cuenta.
Como aún necesito comprar una pasta de dientes, entro en el “Dino”, un hipermercado cercano.
―Padre ―me interpela una señora de aspecto rotundo―. ¿Cuántos años de estudio se necesitan para hacerse sacerdote?
―¿Quién quiere ser sacerdote? ―le respondo―.
Yo quiero que mi niño sea cura. Y le digo que no es muy difícil y que tendrá trabajo. Pero él no está seguro.
―¿Qué estudia?
―Es chiquito todavía. Va hacer la Primera Comunión.
Al fin, en la misma calle Triana, encuentro una sombrerería de lujo. Tienen toda clase de prendas de cabeza, pero tan caras que no me decido.
Vuelvo a Airaga en el pequeño Toyota azul que uso estos días como sombrero.


¿La Habana? No. Las Palmas. Calle Triana

martes, 5 de noviembre de 2013

El mendigo poeta





José Luis, “el mendigo elegante”, sigue en la misma esquina con unos folios y un Nuevo Testamento  en la mano.
Me ve llegar y me llama para darme las últimas noticias. Le han regalado un saco de dormir con el que no pasa nada de frío. El próximo viernes cobrará algo más de 400 euros y hoy ya ha comido dos churros, pero necesita tomar un café con leche.
Camino del bar me regala un abrillantador de calzado; imposible decirle que no. Luego me enseña lo que está escribiendo: una serie de poemas de inspiración evangélica.
José Luis tiene buena letra. Las mayúsculas vuelan hacia lo alto como si trataran de escaparse de la página y es generoso en los márgenes.
―¿Me dejas leerlo?
―Le regalo un poema si me invita a un café con leche.
El primero se titula “Resurrección” y vale más que un café. Dice así:
Se hizo la noche y los corazones
se congelaron.
El pulso dejó de sonar.
El Señor ya estaba dormido
y María le volvió a alumbrar.
El polvo recobró el latido
y el sol volvió a brillar.
 

Le pido permiso para publicarlo en el blog, y se deja fotografiar para que mis lectores conozcan al poeta.

Frente a un café con leche hablamos de poesía, del Evangelio, de los demás mendigos y…

domingo, 20 de octubre de 2013

Luisa



Muy cerca de José Luis vi a Luisa. Me llamó la atención que estuviese fumando. Nunca la había visto antes con un pitillo en la boca. Sentada en el suelo, con el letrero de siempre (estoy enferma, tengo tres hijos…, etc.), pedía limosna a gritos, riñendo de mala manera a los que no respondían.
―Hola, padre. Dame un euro si quieres…
―¿Qué te pasa? ¿Estás enfadada? Antes no fumabas…
―Me voy a morir dentro de seis meses. Tengo metástasis en los pulmones. Dios ya no me quiere.
Se puso en pie y se tapó con una especie de chal rojizo. Empezaba a llover sobre Madrid. Apagó el cigarro y entramos en la iglesia. Se celebraba una boda, pero los últimos bancos estaban vacíos.
―¿Hablamos…?
―Por mí…
Esta historia tiene que terminar bien. Rezad por ella.