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martes, 17 de septiembre de 2019

El vino de Caná




¡Qué guapa estaba mi Señora vestida de fiesta con su túnica azul! En aquella boda de Caná de Galilea Ella era la invitada principal y la mejor madrina, la más hermosa y también la más discreta. Le habría gustado pasar inadvertida, pero, con una copa de vino en la mano derecha, que apenas probó, y una sonrisa permanente en los labios, atraía las miradas de todos, también las de Homero, mi búho.
Jesús hablaba con Andrés en un rincón de la casa cuando se le acercó su Madre para decirle en un susurro:
—No tienen vino.


Fue el primer milagro de Jesús y también el más modesto. Convertir el agua en vino parece más sencillo que detener tempestades, curar leprosos o resucitar muertos; pero fue un milagro mariano. María comprendió que, en una boda modesta como aquella, el vino es siempre lo más importante. Si faltara, los novios recordarían el día más feliz de su vida con una sombra de pena, quizá incluso de vergüenza.
En Caná hubo aquella noche dos vinos diferentes. El primero, áspero, peleón, adobado con especias y quizá rebajado con un poco de agua, servía para encender una chispa alegre en las pupilas de los invitados y para engañar al hambre con la risa.
El segundo fue el que nació del milagro, el que entregaron al maestresala los sirvientes cuando la fiesta decaía. Era un vino, denso y ligero al mismo tiempo, sabroso y refrescante, suave al paladar, rico en aromas, capaz de enamorar desde el primer sorbo. Un vino con memoria y sin resaca, una joya inolvidable.
Quizá María quería explicar a los novios que también hay dos tipos de amor. El primero, el de la boda, es un amor impetuoso, entusiasta, un poco ciego. Llega caído del Cielo como un flechazo y se cree eterno. Desde fuera uno lo contempla con simpatía. A todos nos conmueve verlo en los que comienzan su aventura. A ese primer amor lo llamamos enamoramiento, y es precioso, pero termina pronto. Quizá también deja resaca.
Pero hay otro amor que no termina nunca. Es un milagro que Dios crea en el alma si seguimos el consejo que nos dio María en la boda de Caná de Galilea:
—Haced lo que Él os diga.
Los sirvientes fueron llenando de agua —¡hasta arriba!— las seis tinajas de piedra que había en la casa. Dicen que casi seiscientos litros, cántaro a cántaro, sin hacer preguntas, confiando sólo en el mandato de Jesús y en la sonrisa firme de la Señora.
El amor nuevo crece así, acarreando agua, sufriendo un poco, desviviéndose siempre, luchando contra el egoísmo, que es una amenaza constante. Si los enamorados no tienen miedo a la entrega ni a los hijos que Dios les envía, porque saben que son el fruto natural del matrimonio, un regalo divino y nunca "un riesgo" ni un obstáculo para su felicidad, entonces, sólo entonces, recibirán de manos de la Virgen el vino nuevo de Caná, el Amor con mayúscula que nunca termina.
Hace un mes este ornitómano, amigo de los pájaros y las rapaces nocturnas, cumplió 50 años de sacerdote. También el Papa los celebrará en diciembre. Su sonrisa permanente indica que ya ha probado este vino nuevo. El que disfrutamos en nuestra primera Misa fue estupendo, pero nada como la alegría de las Bodas de oro.


viernes, 12 de julio de 2019

"No llores"





El ruido de una multitud despertó al búho aquella tarde. El sol golpeaba con fuerza en la entrada de su guarida, y él trataba de hacer sombra con las alas para no deslumbrarse; pero algo le llamó la atención. Vio  un tropel de gentes muy variadas. Había muchos hombres, pero también mujeres y niños. Todos escuchaban a Jesús que caminaba en medio y gastaba bromas, y sembraba risas a su alrededor.
El oído penetrante de Homero detectó el eco de otros pasos que se acercaban en dirección contraria. Se oía también una melodía suave, como la que interpretaban los flautistas en las comitivas fúnebres. Pronto apareció el segundo cortejo. Sobre unas parihuelas, envuelto en un lienzo blanco, iba el cadáver de un joven de apenas quince años, el rostro descubierto, sin el sudario. Su madre, acompañada por un grupo de amigas y plañideras, no dejaba de acariciarlo y de regarlo con sus lágrimas.
Al encontrarse las dos caravanas, se hizo silencio. El llanto de la mujer congeló las risas de los que acompañaba a Jesús. Todos se detuvieron  menos el Señor, que por un momento pareció estar también al borde del llanto. Se acercó a la madre del muchacho, y le dijo solo dos palabras:
—No llores.
Los judíos tenían prohibido por la ley tocar un cadáver, pero el Maestro, agarró con fuerza la mano del muchacho y le ordenó:
—Joven, yo te lo mando: levántate.
Me dice el búho que Jesús algunas veces hace milagros raros, que  concede favores a quienes no los piden como ocurrió en este caso, que atraviesa lagos caminando sobre el agua y utiliza al barro como colirio para curar a los ciegos…, cosas así.
Tiene razón Homero; pero este milagro era inevitable. Es sabido que un hombre enfrentado con las lágrimas de una mujer se siente indefenso, no sabe qué hacer. Todos darían cualquier cosa con tal de poder secar esa fuente, que es el arma más poderosa que tienen ellas. Y Jesús, Perfectus homo, es decir verdadero hombre, podía conseguirlo con solo un gesto.
Si los hombres supiéramos llorar como la Viuda de Naim, como la pecadora en casa de Simón el Fariseo o como María Magdalena, junto a la tumba del Señor, no necesitaríamos palabras para conmover el corazón de Cristo y alcanzar todo lo que necesitemos.
Lágrimas de arrepentimiento, lágrimas de abatimiento, lágrimas de soledad, lágrimas de ausencia, lágrimas de congoja, lágrimas de desconsuelo, lágrimas de agradecimiento, lágrimas de encuentro, lágrimas de abrazos, lágrimas de niña chica… Todas las lágrimas valen, salvo las que nacen del odio, del rencor, de las heridas sin cicatrizar, de la soberbia herida, del fracaso no asimilado, de la frustración.
Hace años estaba yo en la capellanía de Aldeafuente cuando entró sin llamar una niña de 7 u 8 años. Recuerdo muy bien su cara y su nombre, pero no os lo contaré. Trató de decir algo, pero se puso a llorar con tal desconsuelo que me dejó sin palabras. Hice varios intentos por calmarla; le ofrecí un caramelo y un pañuelo de papel; traté de contarle algo gracioso, pero fue inútil.
Al fin le dije:
—Cuéntame un chiste.
—¡Buaaa!
—Uno pequeñito, anda.
Y empezó a contarlo entre jipíos y pucheros:
—A que no sabes cuál es el animal que tiene más dientes
—¿El cocodrilo?
La cría soltó una carcajada empapada en lágrimas y saliva:
—¡Noooo! ¡El ratoncito Pérez!
Al final no me quedó claro por qué lloraba.



        

miércoles, 31 de mayo de 2017

31 de mayo. María va de visita


María y su Ángel van camino de Ain Karin para visitar a la prima de nuestra Señora. En el centro de la caravana, la Virgen, montada en el borrico, cruza los brazos sobre su vientre y ensaya canciones de cuna para el Hijo que lleva en su seno. 
—Gabriel,
—Dime, Señora.
—Cuando lleguemos a casa de Isabel, ¿cómo le explico lo que me ha ocurrido? Ella no sabe nada, y como no me ha visto desde que yo era muy pequeña…, a lo mejor piensa que son solo fantasías de una chiquilla.
—¿Quieres que me adelante?
Un segundo después, el Ángel Gabriel llega a casa de Zacarías. Isabel escucha con atención el mensaje del Arcángel y pregunta:
—¿María sabe  que estoy esperando un niño?
—Yo mismo se lo dije hace unos días. Por eso viene hacia aquí.
—¡Ay, Dios mío, ¿Cómo podré alojarla en esta casa? ¡Quién tuviera un palacio para la Madre de mi Señor!
Entre tanto, a Zacarías se le escapa una lágrima pequeñita, abraza a su mujer y escribe en su pizarra:
—Ahora podrás desahogarte a gusto con ella. Yo disfrutaré con vuestra conversación como con una melodía celestial. No tengas miedo, Yahvé me ha dejado mudo para que no se me ocurra interrumpiros.
 

jueves, 28 de marzo de 2013

La despedida

Hoy, Jueves Santo, el Señor se despidió de su Madre en el Cenáculo. ¿Cómo fue ese momento? Nuestra amiga Cordelia no ha podido contenerse y me ha escrito este bellísimo pasaje




Después de la cena, la Madre recogía junto a las otras mujeres. Ella era la única que había entendido aquello de "esto es Mi Cuerpo, ésta es Mi Sangre...". Había recibido a Su Hijo con la misma entrega, sencilla pero total, de treinta y pico años atrás. Y ahora, mientras sus manos trabajaban de forma automática, ponderaba estas cosas en su corazón.
Oyó pasos tras ella. No necesitaba mirar para saber que era Él. Unas manos fuertes se apoyaron en sus hombros, y un beso aterrizó en su coronilla, igual que tantas veces Ella había besado la del Niño.
―Es hora ―dijo son moverse.
―Es hora, Madre ―confirmó la voz amada.
Sintió una espada atravesar su corazón de madre. Se volvió, manteniendo la angustia lejos de su rostro, aunque bien sabía que su Hijo veía en su interior. Dos miradas idénticas, de color miel, se encontraron y se hablaron sin palabras. Ella miró durante un largo instante el rostro de Jesús, como queriendo grabar en su memoria para siempre los rasgos serenos, amables, hermosos, antes de que fueran desfigurados en la tortura. Abrazó a Jesús, y parpadeó para desterrar unas lágrimas traidoras que amenazaban con desbordarse.
Después, con una sonrisa henchida de dolor, le besó en la frente y le dijo:
―Ve, pues, Hijo. Ve con Dios.
―Queda con Dios, Madre.
Se quedó mirando la espalda de su Hijo hasta que salió del Cenáculo. Y después se marchó a la cocina, para que nadie la viera llorar.

lunes, 14 de enero de 2013

Desmontar el belén


Ayer, fiesta del Bautismo del Señor, terminó el tiempo litúrgico de Navidad, y en mi casa fueron desapareciendo durante todo el día los adornos propios de las fiestas. Por la noche, cinco minutos después de sacar esta foto, un equipo de expertos se dispuso a desmontar el belén, que ha presidido la sala de estar desde hace casi un mes. Alguien, poco antes, había dado la vuelta a los camellos de los Magos para indicar que ya han emprendido el viaje de regreso a casa "por otro camino", como les indica el ángel que pende del Cielo.
Desmontar el belén es una tarea delicada y un tanto melancólica. Yo habría esperado hasta el 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, como hacen en Italia: pero comprendo que, en el fondo, da lo mismo una fecha que otra.
El caso es que ha empezado ya el tiempo ordinario. A partir de ahora se sucederán los Misterios de la vida del Señor, y, aunque no haya figuras de barro que los representen, podemos crear con la fantasía un taller de José, donde el Niño comienza a trabajar como aprendiz; un Templo de Jerusalén, donde el Mestro va a aprender de los doctores las profecías que anuncian su propia venida al mundo; un río Jordán, en el que los peces siguen bebiendo y bebiendo para ver cómo bautizan a Jesús. Incluso un Calvario, como el que se anuncia ya en los villancicos:
Mi Padre es del Cielo, mi Madre también, yo bajé a la tierra para padecer.
Feliz tiempo ordinario, amigos. Debe serlo, porque la alegría y la paz no dependen del calendario. Son dones de Dios, fruto de su presencia entre nosotros.
Jesús no se va, aunque desmontemos el belén.



jueves, 27 de diciembre de 2012

San Juan



Era demasiado joven. No sabía nada de lo que los viejos llaman la vida. Aún no había aprendido a corromperse. Tenía mal genio, eso sí, pero le traicionaba su voz de niño. No había salido con nadie. ¿Novia? Ni pensarlo: las chicas no le hacían caso. ¡Si era un crío!
―¿Seguir a Jesús? ¡Qué cosas tienes! Te están lavando el cerebro, chaval. Ensúciate antes un poco; acostúmbrate al hedor de la basura; prueba cada uno de los venenos del mercado, y luego hablamos. La culpa es de tu madre, seguro; esa Salomé ambiciosa que sueña con que sus hijos sean ministros.
Fue el discípulo más amado por el Señor, y hoy celebramos su fiesta.

domingo, 8 de abril de 2012

Informe final



Lo vimos todos de madrugada, en el momento mismo en que salía el sol. No hubo señales en el cielo, ni truenos ni relámpagos. La luna no se tiñó de sangre. Al contrario: la luz del alba la hizo palidecer antes de esfumarse en las alturas. Las estrellas ya habían desaparecido. Sólo brillaba el lucero del alba… Pero había muchas flores nuevas. Y pájaros, señor; una multitud increíble de jilgueros, pinzones, pardillos…, ya sabes, como todas las primaveras. Pero además estaba Jesús.
No, procurador. Digo que “estaba” realmente junto a mí, no que me pareció verlo entre las nieblas del sueño. El Galileo había atravesado la gran roca que cerraba el sepulcro como si ésta fuera una nube. ¿Un fantasma? Ni pensarlo. Sus manos y sus pies aún tenían las heridas abiertas, pero no sangraban. Le miré a los ojos con terror y él me devolvió una mirada de afecto.
Compréndelo, señor; teníamos que comprobar que lo que vimos era real. Por eso quitamos la piedra del sepulcro y entramos. Allí estaban la sábana, las vendas, el sudario… Cada cosa en su sitio. Quiero decir que no se las había quitado como se arranca un vestido: las había atravesado sin tocarlas, igual que la gran puerta de piedra.
¿Qué otra cosa podíamos hacer? Hemos venido corriendo para contar la verdad. Por supuesto, firmaremos el informe que se nos presente. Mis compañeros me han pedido además que te dé las gracias por enviarlos de vuelta a Roma. Tienes un gran corazón. Yo sin embargo solicito permiso para permanecer en la guarnición de Jerusalén. Necesito saber…
No, procurador. Mis labios están sellados. No diré nada que ponga en peligro… Una tumba…
De acuerdo; no volveré a pronunciar la palabra “tumba”. Ni siquiera sé lo que es eso.


sábado, 7 de abril de 2012

La piedra

Se decían unas otras: «¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?» (Mc 16, 3)




María de Magdala nos despertó cuando empezaba a despuntar el sol.
―Ha terminado el sabbath―dijo― Ya podemos ir al sepulcro.
Yo apenas había logrado dormir unos minutos, pero logré ponerme en pie.
―Tengo todo lo necesario para embalsamar al Señor ―continuó María―.
―Pero ¿por qué tanta prisa?
Salimos de la casa sin hacer ruido para no despertar a los demás. La Magdalena corría como si Jesús la estuviera esperando. Salomé, Juana y yo íbamos detrás tratando de calmarla.
La mañana estaba hermosísima. Ya florecían los almendros y soplaba una brisa húmeda del mar que nos despertó del todo.
―¡María!
―¿Qué quieres?
―Me parece que esto no tiene sentido. ¿Quién crees que nos quitará la piedra que da entrada al sepulcro?
―Nadie ―terció Juana―. Pilatos ha puesto una patrulla de soldados precisamente para que nadie intente abrir esa puerta. ¿A dónde vamos, María?
La Magdalena se detuvo sólo un instante y habló con un tono grave, como un rabbí:
―Desde que conozco al Maestro todas hemos superado obstáculos mucho más graves que una simple piedra por muy pesada que parezca. De mí salieron siete demonios. Vosotras sabréis de dónde os sacó el Señor. Ahora lo único que nos pide es que vayamos con él. ¿Habéis visto esos perrillos que no se separan jamás de la tumba de sus dueños? Yo no quiero ser menos.
―¿Y quieres morir allí?
―Si él me lo pidiera... Pero no. Quiero vivir de la única forma que vale la pena. No volveré a ser la que fui. Jesús hizo saltar en pedazos otras piedras peores, que me tenían sepultada en una sima sin salida: la piedra de la lujuria, del egoísmo, de la mentira… Vosotras y yo derribaremos ésta. ¡Es tan pequeña! Ya lo veréis.
Caminamos en silencio. María corría cada vez más. El sol nos cegaba la vista. Una algarabía de pájaros cantores nos acompañó hasta el sepulcro. No había soldados ni piedra que nos impidiera el paso...
Ya conocéis el resto de la historia. 


viernes, 6 de abril de 2012

José Arimatea


No es verdad que sea pariente de Jesús, ni su tutor. Se han escrito muchos disparates sobre mí tal vez porque los Evangelios sólo indican que fui rico e influyente; tanto como para tener acceso inmediato al Procurador de Roma y exigirle el cadáver de Jesús.
Dicen también que fui discípulo oculto del Maestro. Es cierto; pero debo aclarar que no me ocultaba por cobardía: el mismo Jesús me pidió que volviera a casa, con mi familia, cuando le dije que estaba dispuesto a seguirle, a dar la cara por Él y a procurarle todo lo necesario para su misión en la tierra.
―Las zorras tienen guaridas―me respondió― y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.
Y, tras añadir que su Padre del Cielo lo quería así, dijo en voz baja, casi al oído:
―No temas; Un día te pediré que seas el más valiente de todos.
Nunca sospeché que ese día estaba tan cercano y que iba a ser tan duro.
No supe nada del proceso a Jesús ni de su condena a muerte hasta la hora sexta del viernes. Acababa de regresar de un largo viaje por el norte y, al entrar en Jerusalén, me informaron de la terrible noticia.
Fui al Pretorio a toda prisa. Pilatos, como una fiera enjaulada, caminaba a grandes pasos por la estancia principal dando voces a su esposa Claudia, que lloraba en un rincón.
Me planté ante Poncio y le miré a los ojos con ira.
―¡Tenía que hacerlo! ―respondió como disculpándose, antes de que le preguntase nada―.
Entonces le pedí su cuerpo para embalsamarlo según nuestras costumbres y darle sepultura en un sepulcro de mi propiedad.
―He dispuesto que vaya a la fosa común para evitar que sus secuaces organicen alborotos en torno a la tumba.
―Según la ley romana ―le recordé―, los cuerpos de los ajusticiados se deben entregar a quien los pida para enterrarlos.
―Yo soy la ley en Judea. 
―Tal vez, pero no te sientes capaz de mirarme a los ojos.
Salí del Pretorio a la hora de nona con el permiso concedido, cuando ya había muerto el Señor. Pedí a uno de mis siervos que comprara una sábana y llegué al Gólgota en el momento en que los soldados descolgaban de la cruz el cadáver de Jesús. Juan, Pedro, Andrés y Santiago lo sostuvieron en brazos unos segundos y lo pusieron sobre las rodillas de María. Nicodemo, un anciano doctor de la ley y miembro ilustre del Sanedrín, se acercó con un grupo de mujeres.
El siroco del desierto había nublado el sol. Era una noche prematura, como un anuncio del sabbath que estaba a punto de llegar. Ungimos deprisa y entre lágrimas el cuerpo del Maestro.
Sólo María estaba serena. Me llamó “hijo” y yo sentí un escalofrío. Me besó, agradecida, cuando terminamos la tarea.
La piedra del sepulcro resonó como un trueno al cerrarse la entrada.
   

jueves, 5 de abril de 2012

El Ángel de Getsemaní


La luna llena de Pascua no bastó para dar una brizna de luz a la noche más negra de la Creación. En el pequeño huerto de Getsemaní, Dios mismo, encorvado y retorcido como un viejo olivo, se estremecía dominado por el pánico.
Jesús era un gusano, un pecador sin pecado, un mendigo moribundo acompañado del Diablo. De los apóstoles, once dormían a pierna suelta; sólo Judas estaba en vela.
Aquella tarde se había celebrado por primera vez la Eucaristía y había nacido el sacerdocio de la Nueva Alianza. Jesús había promulgado su mandamiento nuevo y lo ilustró lavando, como un esclavo, los 24 pies de los nuevos obispos de la Iglesia Católica.
Como yo os he amado; así debéis amaros los unos a los otros. Seréis los más humildes servidores de los demás.
Pero en la noche de Getsemaní, el amor dio paso al odio, a la traición. Y Satanás, crecido como en otro tiempo en el Edén, jugó su última partida:
Es demasiado para un hombre solo. Para ser el nuevo Adán necesitarías apropiarte de todas las vilezas de la humanidad y cargar con ellas: serás el violador, el terrorista, el traficante de niños, el más degenerado de los hombres... Serás repugnante. El pecado te aplastará.
Los ángeles del Cielo conteníamos el aliento. De la frente del Salvador brotaron unas gotas de sangre que empaparon la tierra. En ese momento recibí la orden de acudir en auxilio del Redentor.
Jesús, al fin, venció la batalla. Su sí puso en fuga al Diablo y yo pude volver con mi Dueña y Señora.
¿No lo he dicho?: soy el Ángel Custodio de María. Ella es la Reina de los Ángeles y me encargó la misión de confortar a su Hijo.

miércoles, 4 de abril de 2012

Del diario de Herodes Antipas




Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba presenciar alguna señal que él hiciera.Le preguntó con mucha palabrería, pero él no respondió nada (Lucas 23, 8)
 

Al fin voy a conocer al Galileo. Poncio Pilato me lo envía para que lo juzgue y decida si hay que condenarlo a muerte.
¿A muerte? Qué necedad. Según dicen, Jesús sabe hacer milagros de gran utilidad para la nación, como convertir el agua en vino, aplacar las tormentas, conseguir que salga el sol o que se ponga, multiplicar el pan y el pescado... ¿Cómo vamos a crucificar a semejante joya? Se quedará en la corte, por supuesto. Él y yo juntos haremos grandes cosas. Mesías o no es evidente que necesita una campaña de marketing para darse a conocer. Aquí tendrá un buen sueldo y todo lo necesario para perfeccionar su técnica.
¿Juan Bautista? No digáis sandeces. ¿Cómo va a ser Juan Bautista resucitado? Aún recuerdo cómo sangraba en la bandeja su cabeza recién arrancada del cuerpo.
Ya llega Jesús. ¡Santo Dios, qué aspecto más lamentable!
 
*     *     *
 
Acaban de llevarse al Nazareno. No hemos podido llegar a un acuerdo. Y eso que sólo le he pedido que me haga un milagro; uno pequeñito, cualquier cosa. Lo habría nombrado ministro de mi reino o bufón de la corte. He Llegado incluso a suplicarle; le he ofrecido oro a cambio de que me enseñe alguno de sus trucos. Le he preguntado sobre su doctrina, sobre sus ideas acerca del gobierno de la nación. ¿No dice que es rey de los judíos?
Me ha mirado sin verme ni escucharme. Por un momento pensé que me había vuelto transparente o que mi voz no lograba salir de mi garganta para llegar hasta sus oídos. Le he gritado. Al fin uno de mis siervos ha concluido que el Nazareno es en realidad un demente mudo, y como tal le hemos tratado.
¡Rey de los judíos! Qué sabrá ése lo que significa reinar. En mi opinión, ha hecho tantos milagros como yo mismo. Un tipo vulgar y nada más que eso. Tendré que hablar con Pilatos para comentarlo. Que lo mande a la cruz si lo pide el pueblo. Por mí…
No sé por qué lo he recibido. Esa mirada de loco se me ha clavado en el cerebro como un puñal. Parecía como si se el Nazareno compadeciera de mí; como si yo precisara ayuda y él pudiese dármela.
¡Qué insensatez! Un buen trago de vino es lo único que necesito.
 
 

martes, 3 de abril de 2012

Del diario de Rufo


Me llamo Rufo porque soy pelirrojo desde que nací.  Mi madre murió a las pocas horas de traerme al mundo, y mi padre, Simón, tuvo que cuidar de mi hermano mayor, Alejandro, y de mí mismo. Vivíamos entonces en una pequeña ciudad del Norte de África llamada Cirene. De allí partimos hacia Jerusalén dos años después de dar sepultura a mi madre.
Todo esto ahora tiene poca importancia. Lo escribo porque, con el paso de los años, veo cada vez con más claridad que Yahvé nos fue dirigiendo de la mano para que nos encontrásemos con su Hijo.
Mi padre, que era fuerte y muy trabajador, encontró pronto un empleo para cultivar las tierras de un sacerdote, en las afueras de Jerusalén. Por lo demás los tres compartíamos una casa muy pobre en el centro mismo de la ciudad.

Alejandro y yo éramos aún niños cuando oímos hablar de Jesús a un escriba de los muchos que enseñaban en la explanada del Templo. Aquel hombre ponía en guardia a sus discípulos sobre un galileo embaucador que pretendía abolir nuestra santa Ley y amenazaba con destruir el Templo para rehacerlo en sólo tres días.

―Vosotros no os metáis en discusiones religiosas ―nos ordenó nuestro padre cuando se lo contamos―. Hay quien dice también que ese Jesús hace milagros y habla con autoridad; pero no os fiéis. Aunque somos judíos, aquí nos tienen por extranjeros. Debemos ser prudentes.
Quién nos iba a decir que, pocos días más tarde, íbamos a ser testigos de un hecho que transformaría por completo nuestras vidas.
Una mañana se corrió por toda la ciudad la noticia de que iban a ejecutar en el Gólgota a tres delincuentes y que uno de ellos era el famoso Galileo, Jesús de Nazaret. Nuestro padre no lo habría permitido, pero, aprovechando que estaba en el campo, salimos corriendo de casa para ver el cortejo de los soldados romanos con los malhechores.
Había una multitud enorme. Olía a sangre y a inmundicias. Buena parte del gentío insultaba a los reos, pero, sobre todo, a Jesús. Las mujeres lloraban y también algunos hombres, que parecían abatidos. No estoy seguro de que entonces me diese cuenta de esto. Yo sólo tenía ojos para el Nazareno. Era una llaga de los pies a la cabeza. Apenas podía caminar. Lo vi caer en tierra y los latigazos no consiguieron que reaccionara. Alejandro entonces me dijo:
―¡Qué crueldad! Se está muriendo.

No sé cómo pude contener las lágrimas. Los niños algunas veces son crueles, y yo ―no lo digo para disculparme― era un niño endurecido por la vida.
De pronto vimos a nuestro Padre. Lo llevaban a la fuerza un par de soldados. Él se resistía; parecía protestar y negarse a lo que le ordenaban. Llegaron a donde estaba Jesús y le obligaron a levantar la cruz. Lo hizo con facilidad y el Señor pudo ponerse en pie. Jesús le miró, y aquellos labios sanguinolentos sonrieron de agradecimiento.
Mi padre entonces se echó al hombro la cruz con energía y extendió su brazo izquierdo para que se apoyara el condenado a muerte. Un soldado trató de reprochárselo, pero Simón de Cirene ―con qué orgullo escribo hoy su nombre― le devolvió una mirada de piedra y comenzó a caminar siendo el báculo del Señor.
Todo cambió desde aquel instante. Mi padre estuvo junto a la Cruz y fue testigo de lo ocurrido hasta el último instante. Volvió a casa en silencio. No fue posible arrancarle una sola palabra.
Los tres fuimos bautizados el día de Pentecostés. Pedro nos impuso las manos y recibimos al Espíritu Santo. Conocimos a María, la Madre de Jesús, y a mí me dio un beso en la frente.
Hace un mes murió Simón. Tenía sesenta y dos años. Alejandro ha cumplido ya los treinta y yo veintiséis. Vivimos y trabajamos en Jerusalén, Estamos casados, tenemos hijos y llevamos con orgullo el nombre de cristianos.

A mí me piden una y otra vez que cuente esta breve historia.

viernes, 30 de marzo de 2012

Del diario de Juan (I)

Viernes de dolores


Mientras duró aquel terrible suplicio de la flagelación no me separé ni un segundo de María. Traté de que se apoyara en mi mano y ella agradeció el gesto abrazándome con fuerza como si fuese su hijo.
Enseguida noté el calor de sus lágrimas, que llegaron a empapar mi túnica. Los sollozos, apenas apreciables por los demás, se clavaban en mis oídos como puñales. No me atrevía a mirarla; tan grande era su dolor; pero vi las gotas de sangre, las mismas que cayeron del rostro de Jesús en Getsemaní, repetidas en la frente de mi Señora.
No sabía lo que hacía. Tomé un pañuelo húmedo y traté de recoger aquella sangre. María se dejó limpiar mientras me hablaba al oído:
―Juan, llora por mí y por ti. Yo me he quedado sin lágrimas.
Jesús fue conducido de nuevo al Pretorio y, por un instante, me separé de María. Busqué con la mirada a los demás; pero sólo vi a mi hermano Santiago, que huía despavorido.
―Todo ha terminado ―me dijo con un gesto de horror que nunca olvidaré―. Dicen que Pedro nos ha traicionado…
―Pedro jamás nos traicionará ―le respondí gritando―. Le he visto abrazado a María, y le pedía perdón.
De pronto vimos salir a Jesús. Coronado de espinas, con la cruz al hombro y rodeado de soldados se dirigía hacia el Calvario para ser crucificado. La multitud vociferante y blasfema era su único cortejo.
¿Y María? ¿Dónde estaba mi Señora?
―Estoy aquí, Juan. Tengo que pedirte algo.
―Lo que quieras, madre; ya sabes que…
―Tengo que acompañar a mi Hijo y estar con él junto a la cruz. Debo hacerlo, pero tengo miedo. Necesito un hombre fuerte como tú que me acompañe y me defienda de los soldados y de estas pobres gentes que no saben lo que hacen. No puedo pedírselo a nadie más: Pedro, Andrés y los otros son ya adultos, y los soldados no les dejarán acercarse a los crucificados. Ellos están allí para eso; para que nadie trate de liberarlos o de provocar un incidente.
―¿Entonces, yo…?
―Tú eres ya un hombre; tienes 15 años, pero con esa carita de niño todos pensarán que eres mi hijo, el hermano pequeño de Jesús. Y a las madres, a las esposas y a los niños les dejan estar a los pies de los reos. ¿Quieres ser mi acompañante y mi escudo? ¿Me protegerás?
Me tomó de la mano y comenzamos a caminar. Yo sacaba pecho y trataba de mirar a la turba con gesto firme y un poco desafiante; pero, cuando llegamos a lo alto, empecé a comprender que no fui yo quien llevó a María al pie de la Cruz. Ella me engañó llevándome de la mano para que estuviera cerca de Jesús en esa hora.
¡Pobre de mí! Temblaba como una hoja. María, en cambio, resplandecía como una reina.
 
 

domingo, 19 de febrero de 2012

Plan B


“Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico.” (Del Evangelio de la Misa de hoy).

―¿Y el paralítico estaba de acuerdo?
―No, pero qué más da. A Jonás se le rompió el espinazo una tarde cuando salimos a robar higos. Dos años llevaba ya así. Por eso, al saber que venía Jesús, pensamos ir con los demás enfermos y a él le pareció bien. Yo ya me temía que iba a ser difícil acercarse. Así que me llevé todo lo necesario para un plan B con descuelgue incluido. Se lo conté a Jonás, y si no llega a ser paralítico nos mata.  Pero al fin lo bajamos. Él se agarraba a la camilla como un desesperado… ¡Estaba muerto de miedo!  Fue graciosísimo.
―¡Pero eso es coacción!
―Déjate de tiquismiquis, tío. A Jesús le pareció bien. Así que no me seas fariseo. Fue un planazo. 
 

domingo, 10 de julio de 2011

El Sembrador

 
El Señor pidió a Pedro que le prestara la barca para utilizarla como púlpito. La multitud se había sentado en la arena de la playa, a la orilla del mar. No había altavoces; sólo  la voz del Maestro, más recia que el romper de las olas.
―¡Salió el sembrador a sembrar…!
El Señor contó entonces la Parábola que hoy leeremos en la Misa. Habla del Padre y de sí mismo, que es el Verbo, Palabra Eterna, y debe penetrar en todas las sementeras del mundo. Habla de sus manos llagadas que lanzan a voleo palabras nuevas de vida eterna. Habla de los predicadores, que hemos de ser, como Cristo, semilla limpia y sin contaminar. Habla de mí, que querría ser buena tierra para conservar intacta la semilla.
Conservarla no es guardarla en un congelador; es lanzarla a voleo para que germine cada vez más lejos y nazcan nuevas semillas y nuevos sembradores de paz y de alegría. 

domingo, 3 de julio de 2011

Domingo XIV del tiempo ordinario.(II)

Venid a mí también todos los que estáis cansados y agobiados

Por el egoísmo,
por la pereza,
por la lujuria,
por la envidia,
por la soberbia,
por la gula,
por la tibieza,
por la mediocridad,
por el miedo a la entrega,
por el relativismo,
por la frivolidad,
por la tristeza,
por la cobardía…

Venid a mí, que yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. (Mt. 11, 25-30).


Domingo XIV del tiempo ordinario.

Del Evangelio de la Misa de hoy




Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados

de tanto no tener trabajo;
los que contáis y recontáis calderilla a fin de mes;
los que tenéis hipotecados vuestros sueños;
los que no podéis indignaros, porque os faltan fuerzas;
los que veis en las vacaciones no un descanso, sino una huida;
los que acabasteis vuestros estudios y no sabéis para qué;
los pordioseros profesionales y los mendigos vergonzantes;
los del atasco de salida;
los del atasco de la cola del paro;
los de la cola de los comedores de caridad;
los achicharrados en la playa;
los despedidos;
los cargos cesantes;
los morosos;
los insolventes;
los acreedores;
los inquilinos y los caseros;
los emboscados en trabajos vergonzosos;
los jubilados sin júbilo;
los funcionarios congelados y los pensionistas quemados;
los que llegasteis en patera y no tenéis para el billete de vuelta…

Venid a mí, que yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. (Mt. 11, 25-30).