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domingo, 4 de diciembre de 2016

La travesía de Gelsomina. V

No vi extraterrestres

En mi larga marcha hacia Belén no ocurrieron muchas cosas más. La más importante os la he contado ya y aún no me he recuperado de la emoción: ver jugar a María en lo más alto del Cielo miles de siglos antes de que el sueño del Todopoderoso se hiciera carne y sangre en la tierra, es una experiencia inolvidable.
Con el recuerdo grabado en mi corazón de estrella, volé por el espacio en silencio durante muchos siglos con la sola compañía del Ángel.
Vi luceros de todos las clases y tamaños, cometas perdidos en órbitas extravagantes, planetas de hielo y de fuego, lunas de cien colores. Pero, no, lo siento; no vi hombrecitos verdes ni naves intergalácticas. Yo sé que a muchos os encantaría que el universo estuviese bien poblado de seres inteligentes dotados de poderes tecnológicos ilimitados. Sin embargo tengo la impresión de que no es así.
No me hagáis mucho caso; yo soy solo una pequeña estrella que ni siquiera ha hecho el bachillerato. Pero cuando oigo decir que "no podemos estar solos en el cosmos porque hay miles de millones de planetas capaces de albergar la vida y evolucionar", casi me da la risa. ¿Solos? ¿Cómo vais a estar solos si os acompaña a todas horas el mismo Dios nacido en Belén y la Madre de Jesús, que es la obra maestra del Creador?
Es verdad; hay miles de millones de sonidos en el universo que podrían combinarse de mil formas aleatorias y dar lugar a acordes bellísimos o a ecos hondos y misteriosos; pero os aseguro que desde la más lejana de las galaxias hasta vuestra luna, solo hay una quinta sinfonía de Beethoven. Y aunque lanzáramos a lo más alto del cosmos todas las letras del abecedario y se multiplicaran un millón de veces con la esperanza de que la evolución las convierta en poema, jamás nacería por casualidad un segundo "cántico espiritual" como el que escribió Juan de la Cruz.
Insisto; no me hagáis mucho caso; tampoco he estudiado teología, pero pienso que vuestra tierra es una obra de arte mucho más hermosa que la mejor sinfonía. No ha nacido por azar ni evoluciona sin rumbo. El Dios Encarnado y nacido en Israel es el centro del universo. Todo lo demás es decorado, adorno, música ornamental.
Solo hay un Belén en el Cosmos. Os lo aseguro. Y yo fui su estrella. 

jueves, 1 de diciembre de 2016

La travesía de Gelsomina III


El espectáculo que me ofrecía el universo era fantástico. Y más en aquellos tiempos, cuando el cosmos estaba en obras y las estrellas aún buscaban su acomodo en el lugar para el que estaban destinadas por el Creador.
¿Pensabais que Dios lo creó todo de golpe y lo dejó bien ordenado desde el primer momento? Pues no. Las galaxias eran un hervidero de estrellas de todos los tamaños y colores que iban y venían en un caos aparente. Por eso a nadie le extrañó verme cruzar de punta a cabo la vida láctea con mi estela de plata, escoltada por el Arcángel.
Un lucero enorme de mediana edad, tocado con una gran llamarada escarlata como una larga cabellera pelirroja, se me acercó por la espalda:
—Perdona que te moleste, pequeña, ¿podrías decirme quién te ha instalado en la popa  esa cola plateada y a dónde vas tan deprisa?
El Ángel ya me había advertido de que no debía hablar con desconocidos, pero aquel pedazo de estrellón parecía simpático y no charlar con desconocidos equivalía a quedarme muda, porque hasta ese momento todos me eran desconocidos. Así que le contesté educadamente:
—La cola es artesanal y única; la trabajó para mí el mejor arcángel orfebre. Y estoy en misión secreta enviada directamente por Yahvé.
—Secreta…, secreta… Ya será menos —respondió el otro—. Me apuesto dos planetas a que lo tuyo tiene que ver con esa Navidad de la que habla todo el mundo.
Era la primera vez que oía la palabra, "Navidad". Y me sentí ofendida. ¿Por qué soy siempre la última en enterarse de todo?
—A ver, ¿por qué? —le grité al Ángel.
El Ángel sonrió y dijo:
—No te enfades, Gelsomina, que con tus berrinches corres el riesgo de perderte uno de los momentos más grandes y bellos de la historia de la Creación.
Entonces levanté la cabeza y lo vi, y lo oí. Era la maravilla más extraordinaria que han contemplado mis ojos. No sé si seré capaz de describirla.
 
Continuará 
 

miércoles, 30 de noviembre de 2016

La travesía de Gelsomina (II)

"Vuestros nombres están escritos en el Cielo"
 

Me gustaría continuar esta crónica escribiendo como Cervantes "la del alba sería cuando Gelsomina cruzó la Galaxia camino de Belén…", pero, como comprenderéis, aquí, en el Firmamento, no hay albas ni ocasos, ni tampoco cronómetros para medir el paso del tiempo. Yo solo sé que me puse en camino guiada por la estela de un Arcángel muchos siglos antes de que Yahvé formara a Adán del barro de la tierra.
En efecto, Dios se tomó las cosas con calma. Las travesías estelares duran miles de millones de años. A las estrellas esto nos parece natural, y, para Dios, cada siglo es apenas un instante. Claro que a vosotros algunos instantes os parece que duran siglos.
En todo caso yo estaba la mar de contenta porque sabía que llegaría puntual a la cita que el Señor me había preparado desde su eternidad. Tenía que aparecerme en un punto determinado de la Tierra para que tres magos me siguieran hasta Belén. Claro que aún faltaba un poco de tiempo. La travesía iba a ser larga.
Un día (o una tarde, quién sabe), volábamos en plena constelación Centaurus cuando el Ángel me reveló un secreto:
—¿Sabes cuántas estrellas hay en el Cielo, Gelsomina?
—¿Cómo voy a saberlo? Eso no lo sabe nadie, ni los ángeles.
—No digas barbaridades. Los ángeles sabemos de todo, y hasta tenemos un elenco detallado de las estrellas con sus nombres y apellidos.
—¿También tienen apellido?
—Naturalmente. Deberías saber que cada estrella está destinada un hombre, a una mujer a un niño o a un ángel, y cada una lleva inscrito el nombre completo de su ahijado. Jesús mismo lo dirá a los suyos: "estad alegres porque vuestros nombres están escritos en el cielo”.
—¿Y los hombres sabrán encontrar su estrella entre tantos miles de millones?
—La encontrarán si ganan el premio final de la Gloria. Sólo hay un problema; que no todos encuentran el camino. Algunos se empeñan en no mirar nunca al Cielo y se alejan de Dios y de su estrella. Por eso quiere Yahvé hacerse hombre; para que nadie olvide que su destino está aquí arriba.
—¿Y si los hombres no quieren…?
El Ángel se puso triste.
—Los ángeles trataremos de que eso no ocurra. Porque, si un hombre se alejara de Dios para siempre, su estrella se apagaría también para toda la eternidad.
Yo no entendí muy bien las palabras del Ángel, pero, por si acaso, le di un suave empujón mientras le decía:
—Corre, Gabriel, corre. Que no podemos llegar tarde. 


martes, 29 de noviembre de 2016

La travesía de Gelsomina (I)


  
Es cierto que las estrellas calculamos a bulto el paso del tiempo. De hecho no tenemos relojes en el firmamento y, como aquí casi nunca pasa nada, jamás sabe 
una en qué día vive, ni de qué año, ni mucho menos qué hora es, ni para qué sirve saberlo.
Pienso sin embargo que debieron de pasar un montón de millones de siglos (mogollón decís ahora) ante de que entablara mi primera conversación civilizada. Yo estaba clavada en un extremo de la Galaxia, sola, sin nadie con quien hablar. Bien sabe Dios ─que lo sabe todo─ que yo he sido siempre la mar de sociable, incluso charlatana. De ahí que esperara impaciente a un interlocutor. Si no, ¿para qué me había concedido Dios el don de la palabra? Eso pensaba por entonces mientras miraba una y otra vez a lo negro que tenía frente a mí con la esperanza de que apareciera un cometa errante, una estrella enana o un planeta perdido.
Hasta que vino el Ángel Gabriel. Él me aclaró cuál iba a ser mi misión en  el firmamento, cargó mis baterías para la larga carrera espacial y me puso en contacto con el departamento técnico correspondiente para ultimar los detalles.
Un ángel estilista me iluminó el cutis hasta dejarlo hecho un sol y me vistió con una larga estela radiante para que los hombres pudieran saber de dónde venía y en qué dirección volaba. El arcángel orfebre hizo que la cola de mi vestido se convirtiera en plata repujada, y un serafín jovencito la llenó de música para que las demás estrellas comprendieran la importancia de mi misión. Era una melodía suave llegada del corazón mismo del Cosmos, que sólo puede oírse en el Cielo; la misma melodía que oyen los bienaventurados cuando suben hacia la Gloria y, según creo, la que unos pocos santos pueden percibir en la tierra.
Terminada la preparación, Gabriel me miró satisfecho:
─Ha llegado tu turno, Gelsomina ─me dijo─. Es el Adviento.
Sentí la fuerza que me empujaba a volar, y empecé la travesía.



viernes, 16 de diciembre de 2011

Dentro de 9 días, la Misa del Gallo



En el siglo V, el Papa Sixto III introdujo en Roma la costumbre de celebrar en Navidad una vigilia nocturna, a medianoche, “apenas cante el gallo”, en el pequeño oratorio llamado "ad praesepium", "ante el pesebre", que está situado detrás del altar principal de la Basílica de Santa María la Mayor.
Así nació lo que los romanos llamaron “Misa del Gallo”. La costumbre se extendió muy pronto por los países cristianos. 
Como todos los años yo celebraré esa Misa a las 12 de la noche del próximo día 24. ¿Y vosotros? ¿Por qué no recuperar esa vieja costumbre? No celebremos la Navidad olvidándonos del Niño.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

El abrigo



Hay oro en el camino.
Lo pusieron los ángeles
para vestir al Niño.
Dejadme contemplarlo.  
¿No veis que es un gran río,
un villancico de oro?
No lo quitéis aún,
que me muero de frío.

Querido Ignacio, quise escribirte un cuento, pero las musas me abandonaron. No sé si volverán mañana o pasado, cuando pise mi tierra otra vez. El caso es que, camino de casa, ayer por la noche, fui cantando, sin darme cuenta, esa especie de coplilla elemental.
Y es que mi cuento tenía algo que ver con con las hojas del otoño, que todos se apresuran a barrer para que nadie resbale, pero que son el oro del Adviento con el que Dios quiso abrigar a Jesús.


lunes, 28 de noviembre de 2011

Adviento 2011



―¿No te cansas de pedirme que te espere?
―Vengo pronto ―me has dicho esta mañana―. Ten la mirada fija en el horizonte y afina el oído, porque llegaré en cualquier momento y llamaré a tu puerta suavemente como un golpe de brisa apenas perceptible. No quiero molestar si hay invitados, pero ¡tengo tantas ganas de cenar contigo!
Cada año me pides lo mismo y yo te contesto: “pierde cuidado; aquí estaré aguardando tu venida. ¿Cómo voy a olvidarme?
―Pero cuando llegas nunca estoy en casa. No me lo tengas en cuenta, Señor: es  que habré salido a predicar y me olvido de ti de tanto hablar de ti.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Adviento (y X)

 La víspera
El sol de diciembre nos trajo unos días serenos y limpios de bruma. Aquella noche no había una sola nube en el cielo. La luna se había escondido, y las estrellas brillaban nítidas como diamantes diminutos. Zabulón, mi hijo pequeño, tumbado en la hierba junto a las ovejas, miraba al firmamento y hablaba solo jugando con las estrellas.
Yo me quedé un buen rato mirándolo. Lo hago muchas veces cuando él no se da cuenta porque  Zabulón es mi tesoro, el último regalo que me dejó mi esposa. Ella murió al darle a luz, pero tuvo tiempo de verlo y abrazarlo. Cuando comprendió que el niño nunca sería normal, me dijo:
―Éste siempre vivirá contigo. No te abandonará como los mayores.
Tenía razón. Todos dicen que Zabulón es mi niño tonto, pero cuida a las ovejas mejor que nadie, y sabe dar cariño  a su padre cuando lo necesita.   
―¿Qué harás cuando yo me muera? ―me preguntó un día de improviso con su lengua de trapo―. 
―Yo soy mucho más viejo que tú y moriré antes―le contesté―; pero no debes preocuparte por eso. Dios ha cuidado de nosotros hasta hoy y siempre habrá un ángel a tu lado.  
Aún faltaban dos días para la navidad, pero ya alguien nos había traído la noticia de que, en el establo de la posada vivía un matrimonio muy joven llegado de Galilea y que ella estaba esperando un niño.
Sin pensarlo dos veces nos acercamos para ofrecerles unas pellizas, leche y un poco de queso. José, que resultó ser un muchacho fuerte y simpático, sacó unas garrafas de vino galileo. Bebimos y cantamos, todos menos Zabulón, hasta el anochecer. 
La víspera fue también un día especial:
―¿No lo notas, padre? 
Yo también había percibido el aroma de las flores. ¿De dónde venía? Y los insólitos sonidos del campo: los pájaros no cantan en invierno y lo estaban haciendo como si fuera a comenzar ya la primavera.
―¿Has visto la estrella?
―¿Qué estrella?
Zabulón la señaló con el dedo. Era un lucero azulado con una pequeña cola de plata. 
―Es nueva ―me dijo―. ¿Por qué ha venido?
―No lo sé, hijo mío y quizá no lo sepamos nunca, pero ten la seguridad de que Yahvé la ha puesto ahí con un fin.
Dormimos poco aquella noche. Yo sabía ya que las estrellas del firmamento, las plantas y las flores, los árboles del bosque, los animales del campo y las aves del Cielo estaban a la espera de algo muy grande que iba a suceder. 
Zabulón fue el primero en ver al Ángel.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Adviento (IX)

Atravesamos Jerusalén al atardecer después de una jornada larga y penosa. Hacia el este, los sillares del Templo, recios como los de una fortaleza, resplandecían iluminados por el sol. Aún no habían terminado los trabajos de reconstrucción ordenados por Herodes, pero ya había miles de peregrinos venidos de todos los lugares del mundo para adorar a Dios y gozar con la hermosura de su Templo.
―Podríamos acercarnos… ―insinuó María a su esposo―.
José hizo un signo negativo con la cabeza y le hizo notar que tenían el tiempo justo para entrar en Belén antes de que oscureciera.
―Volveremos cuando nazca el niño. Ahora tú eres mi único templo.
En Belén las casitas se apiñaban alrededor de una colina, abrazadas a las rocas como niños asustados. Enseguida comprobamos que la llegada de visitantes con ocasión del censo había convertido la pequeña ciudad de David en un hormiguero de gentes que iban y venían en busca de alojamiento.
No es cierto que nos cerrasen todas las puertas. Un buen judío siempre encuentra la forma de acoger en su casa a quien se lo pida en nombre de Yahvé, y no le negará un trozo de pan ni un rincón donde guarecerse. Pero José necesitaba un lugar retirado donde María tuviese intimidad para dar a luz al Hijo de Dios. El establo de la posada fue una buena solución.
Los ángeles quisimos limpiar cada rincón de la gruta antes de que llegaran, pero el Señor nos lo impidió:
―Nadie se dará cuenta ―le habíamos dicho―. María y su esposo lo encontrarán todo dispuesto como si hubiesen sido los pastores.
Fue inútil. El bueno de José acomodó a María en un rincón, agarró el escobón y se dispuso a barrer el estiércol sin permitir que la Señora le echase una mano. El aroma de flores que llenó la gruta fue cosa del Señor, que quiso dar así la bienvenida a su Hija predilecta.
Cuando José logró encender el fuego, María cerró los ojos y, al fin, pudo dormir. Aún faltaban tres días para la Navidad. Los ángeles debíamos ensayar el primer villancico.

lunes, 20 de diciembre de 2010

¡Feliz Navidad!

Desde este globo, en el que recibo tantos miles de visitas, hoy quiero felicitaros la Navidad con el dibujo que hizo Giorgio del Lungo para la primera edición italiana de "El belén que puso Dios".
Del Lungo ilustraba así un capítulo del libro, en el que Zabulón, el pastorcillo tonto de mi historia, se dormía en los brazos de María mientras el Ángel le contaba un cuento.
Ojalá la próxima Nochebuena estemos todos en el regazo de nuestra Madre junto al Niño. No es difícil conseguirlo. Basta con que limpiemos a fondo el establo del corazón para que el recién nacido encuentre el pesebre en condiciones. Éste es el sentido del Adviento: la Virgen y San José nos ayudarán a preparar una buena confesión.
Luego, basta con que nos hagamos pequeños. Yo quiero ser otra vez el perrillo que guarda el portal y el burro que lleva en el lomo a Jesús y a su Madre. Vosotros buscad un rincón. Hay sitio de sobra.
Y Feliz Navidad. Pasáoslo muy bien procurando que el ruido de la fiesta pinte una sonrisa en el rostro del Niño. 
¿Verdad que no le haremos llorar?


El pastor no contestó. Llevaba ya mucho rato dormido. Y esta vez no sufría pesadillas. Tampoco tenía sus sueños habituales de chico tonto. Estaba en el Portal. El Niño seguía dormido. El perro, a sus pies, parecía una figurilla de barro. También Zabulón se sentía así: como un muñeco de arcilla en las manos de Dios. Pero estaba contento mirando  los ojos de María. —Verdaderamente —le dijo— eres un sueño. El ángel se retiró.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Adviento (VIII)

Cuento de Navidad 


Cuando María y José salieron de Nazaret con el borrico yo ya llevaba unos cuantos siglos navegando hacia Belén. Me pusieron en marcha mucho antes y nadie me explicó mi destino. A mí, la verdad, tampoco me importaba demasiado; pero un buen día vino el ángel y me lo explicó todo.
Supongo que ya sabéis quién soy. Me llamo Oriente y soy la estrella de todos los belenes, la que vieron los Magos, la que les guió hasta la gruta.
¿Sabíais que hubo un cuarto mago? No pongas esa cara, Gabriel; los lectores más pequeños de este globo deben saber la verdad y yo se la voy a contar.
En realidad no era un mago, sino una maga. Fue una princesa india de veinte años llamada Asavis Duyatalac, que tenía un palacio enorme, joyas fabulosas de valor incalculable, centenares de vestidos y docenas de elefantes blancos como la luna.  Asavis, sin embargo, solo tenía una pasión: la astronomía. Todas las noches desde la terraza de su palacio contemplaba el firmamento y numeraba las estrellas dándoles nombre y apellido para no olvidarlas. 
Hasta que aparecí yo.
―¿Y tú quién eres? ―se preguntó con su vocecilla de cristal―.
―Me llamo Oriente ―le respondí al sentirme interpelada―. 
Asavis no estaba acostumbrada a que le hablaran las estrellas. Por eso, del susto, se quedó un buen rato con la boca abierta.  
―No tengas miedo, princesa ―le dije―, y cierra la boca, que te puedes resfriar. Estoy aquí para indicarte el camino. Dios quiere que vengas detrás de mí. Yo te llevaré hasta la cuna del Rey de reyes.
Aquella noche Asavis lloró de alegría y de miedo, porque sabía que todo era verdad. También ella ―como Melchor, Gaspar y Baltasar― estaba esperándome. En su corazón ardía otra estrella desde que era niña.
Al día siguiente habló con su padrastro y le pidió permiso para partir. No tenía necesidad de hacerlo, porque solo ella era la soberana del reino y propietaria de toda su fortuna; pero Federico ―que así se llamaba el padrastro―, comprendió que la marcha de Asavis podría servir muy bien a sus intereses, y planeó quedarse con el reino una vez que la princesa se hubiera marchado.
―Vete en buena hora, hija mía ―le dijo mientras se frotaba las manos de gusto―. Y, cuando encuentres a ese rey de reyes, me avisas para que yo también vaya a rendirle pleitesía.
Aquella noche, yo misma, le conté a Asavis lo que planeaba su padrastro. Ella me escuchó en silencio y al final me preguntó:
―Entonces, ¿qué debo hacer?
―No lo sé, princesa. Tú debes elegir. Yo soy un camino lleno de aventuras y peligros. Conmigo atravesarás desiertos, pasarás hambre y sed. Sentirás más de una vez la tentación de abandonar…, pero al final encontrarás lo que buscas desde que eras niña. 
―¿Y si te digo que no?
―Si dices que no, mañana te despertarás en tu cama de marfil un poco triste, pero serena. Pensarás que todo ha sido un sueño, que las estrellas no hablan y que debes olvidar la astronomía para cuidar de tu reino.
Asavis se quedó en palacio. No conoció a Jesús, y, de vez en cuando, sale a la terraza, mira hacia el lugar donde me vio por primera vez y repite como si estuviera convencida:
―Fue sólo una estrella; fue sólo una estrella.

martes, 14 de diciembre de 2010

Adviento (VII)


El edicto 

La patrulla llegó de madrugada. María cantaba en el patio mientras molía el trigo con las demás mujeres, y José aún no había terminado de reparar el horno. Al oír los gritos de la chiquillería y el estrépito de los cascos sobre la calzada, mi señora se puso en pie. Eran romanos, sin duda. Sólo ellos montan a caballo en Israel con tanta arrogancia.
Los soldados se detuvieron en el centro mismo de la aldea y, aunque nadie salió a recibirlos, la voz rota y autoritaria del que comandaba el piquete proclamó con fuerza una sola vez el edicto de César Augusto: todos los judíos, cabezas de familia, debían dirigirse a su ciudad de origen donde conservasen tierras u otros bienes para empadronarse y así poder pagar a Roma el impuesto establecido por las leyes.
Apenas se alejó la patrulla, se organizó en el pueblo un alboroto considerable. Las mujeres dejaron su tarea, los chiquillos regresaron a sus casas y los hombres se reunieron para valorar la situación.
María y José habían celebrado su boda dos meses antes. La  fiesta duró casi una semana y llegaron a Nazaret amigos y parientes de toda la comarca. Hubo centenares de flores y muchos regalos para la Novia; pero, una vez terminados los festejos, apenas les quedaban recursos para emprender un viaje tan largo.
José siempre había pensado regresar a Belén, su patria.
―En cuanto nazca el niño ―le dijo a su Esposa― nos iremos. Tengo en Belén un pedazo de tierra donde construiremos nuestra casa, y podré trabajar cerca, en Jerusalén…
María asintió con una sonrisa. Todo parecía estar en su sitio hasta que intervino César con su edicto.  
José podría haber ido solo a Belén y regresar lo antes posible; pero los dos decidieron que su traslado sería ya definitivo. Tal vez Yahvé había dispuesto que su Hijo naciese en la Ciudad de David.
Salimos hacia el Sur dos semanas más tarde. Todas las criaturas del Cielo nos unimos a la caravana. Yo, en primer lugar, que para eso soy el Custodio de María. Y había tal aleteo de ángeles alrededor del matrimonio y tanta y tan buena música que hasta José se dio cuenta:
―¿Qué está ocurriendo, María? ¿Tenemos compañía?
Sonrió de nuevo mi Señora:
―Haremos un buen viaje, José; el Señor está con nosotros y sus ángeles nos escoltan.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Adviento (VI)

Los viajes de María




Cuando San Gabriel nos hizo notar que la casa de Nazaret corría peligro inminente de ser destruida por los mamelucos, los demás ángeles pensamos que había que tomar medidas urgentes. Estábamos, para que os hagáis una idea, en los últimos años del siglo XIII.
Nosotros no tenemos costumbre de interferir en la historia de los hombres; nos limitamos a interceder ante el Señor ―que no es poco― para que Él mueva los corazones y enderece lo que está torcido, si es su voluntad; pero en aquella ocasión nuestra súplica a Yahvé estuvo bien cargada de razones y también de vehemencia:
―¡Señor, es tu casa; aquella en la que viviste durante treinta años…!
―Mi casa es el seno de mi Madre ―nos respondió―, y ella nunca dejará de estar a mi lado. ¡Qué importa que desaparezcan unas pocas piedras!
―Para tu Madre, esas piedras representan todos sus recuerdos de niña, la visita del Arcángel, tus juegos cuando eras pequeño, el taller de José… Son piedras santas. Allí el Verbo se hizo carne…  
―¿Y qué queréis que haga? Son los hombres quienes deben defender esas reliquias.
En ese momento, con una sonrisa en los labios, como quien propone una travesura, la Virgen María preguntó en voz muy baja:
―¿Y por qué no las cambiamos de lugar?
Así fueron las cosas. A la Señora le gustan los viajes y no le importa deslumbrar a los hombres de vez en cuando con milagros líricos y domésticos que ella firma con un inequívoco toque femenino. Sólo a María se le pudo ocurrir la fantástica idea de viajar a Zaragoza desde Israel para consolar a un pobre predicador que no conseguía hacerse entender por los aragoneses. Los ángeles estamos acostumbrados a estas cosas: a un rosal que florece a destiempo, a un aroma de flores que acompaña a sus apariciones en la tierra, a un agua que lava las heridas del cuerpo y del alma, a un retrato de María grabado en la tilma de un indio mexicano… Por eso, cuando habló de trasladar su casa de sitio, comprendimos que el problema estaba resuelto.
El espacio aéreo europeo estaba abierto. Volamos a cinco mil pies de altura y, antes de llegar a nuestro destino, hicimos escala en Dalmacia. Al fin llegamos a un precioso campo de laureles al que llamamos Loreto. 
Esta es la historia. Ahora los hombres se sorprenden al comprobar que esas piedras nada tienen que ver con su entorno y que son iguales en todo a las de otras casas de Nazaret. Y no comprenden que en realidad son muy distintas: aquí a todas horas hay aleteos de ángeles que peregrinan a la casa de su Reina. Aquí aún resuena el eco de sus palabras: “yo soy la esclava del Señor. Hágase en mí tu Palabra”. 

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Adviento (V)

Los ojos de María

Los ángeles vimos su retrato antes que nadie. Después de la caída de Lucifer, cuando el mundo era sólo un caos informe, antes de que nacieran las galaxias, Dios nos lo mostró en lo alto del Cielo, como una primicia. 
El firmamento era un lienzo azul infinito sembrado de estrellas plateadas recién nacidas. Sobre ese tapiz, el pincel de Yahvé fue haciendo presente poco a poco a la criatura más hermosa que habíamos visto jamás. Era una figura grandiosa que parecía pisar con sus pies descalzos la línea del horizonte. Lucía un vestido muy simple, blanco como un serafín y engarzado en piedras preciosas que emitían luces de colores. Sobre su cabeza, Dios, con una sola pincelada, creó un velo de oro que nos ocultaba parte de su rostro, pero no sus ojos.
Los ojos de María. Nunca habíamos visto unos ojos humanos. Conocíamos la mirada ardiente de Yahvé, que traspasa y enciende como un rayo irresistible. Es de fuego esa mirada que endiosa todo lo que toca. Se comprende que los hombres algunas veces traten de huir de ella, sin comprender que en ella está su salvación. Sin embargo los ojos de la Señora eran diferentes. Sé que soy torpe; no tengo ningún punto de referencia que me ayude a describirlos. Ignoro si eran negros, verdes o azules. Sé que brillaban tenuemente, que  acariciaban como las alas de un ángel y que también sonreían. 
Entonces habló Yahvé:
―Será mi Hija, mi Esposa y mi Madre. Será también vuestra Reina y Señora; la más preciosa, la criatura más cercana a mí. Vendrá en Nazaret a su tiempo, como una flor que nadie podrá mancillar. Su corazón será el mío; sus entrañas, mi hogar. La llamarán de mil maneras: cada pueblo le dará un nombre para sentirla más cerca y poder tutearla. Yo la he llamado ya “Llena de Gracia”.
Cuando llegue el final de los tiempos, volveréis a verla como ahora, coronada de estrellas, con la luna a sus pies, en lo alto del Cielo.
Inmediatamente el lienzo desapareció, y Dios continuó su trabajo 

domingo, 5 de diciembre de 2010

Adviento (IV)



―¿Por qué tardó tanto Jesús en llegar a la tierra? 
―Porque Él lo dispuso así. Nos dijo que debía aparecer casi al final de la historia, cuando apenas quedasen unos pocos milenos para su segunda y definitiva venida. 
Antes de eso pasaron miles de millones de años. ¿Por qué? Podría deciros que no es sencillo dejar bien dispuestas las galaxias sin olvidar detalle alguno. Fijaos sólo en lo que cuesta preparar en cualquier casa la mesa de Navidad con el árbol y el Nacimiento incluidos. Pues bien, Dios no es minimalista. Es verdad que no necesita del tiempo; le basta un instante de eternidad para crear y recrear el mundo un millón de veces; pero él se deleita en el número de pétalos de cada flor, en la gama completa de los colores del universo, aunque la mayor parte no sean vistos jamás por ojo humano. Y le gusta que los ángeles opinemos, que vayamos coloreando las cosas que salen de su corazón y pongamos música al surcar de los planetas, al roce de la brisa con árboles del bosque, al eco de las montañas.
¿Creéis que es fácil pintar un millón de puestas de sol cada anochecer? Y no penséis sólo en la tierra: hay infinitos paisajes en el cosmos, cuya perfección nadie apreciará; sólo los ángeles. Y esa belleza no es casual; no está ahí como una especie de accidente imprevisto. Todo lo que es bello es bueno y armonioso porque canta la belleza, la bondad y la armonía del Creador.
Gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam!  Te damos gracias, Señor, por tu inmensa gloria, por esa leve chispa de luz que los hombres y los ángeles podemos contemplar en este mundo.  Valdría la pena sufrir mil veces las penalidades de la vida humana en la tierra sólo por presenciar una vez el espectáculo grandioso y terrible del amanecer en cada uno de los planetas que llenan las galaxias.
¿Pero acaso no vale pena también sufrir lo que sea necesario por ver sonreír a un niño, por enjugar las lágrimas de un inocente o por sentirse querido sin condiciones, incluso por aquellos que conocen vuestras miserias?
¡Si los hombre entendierais el don de Dios!

jueves, 2 de diciembre de 2010

Adviento (III)


Los ángeles ciegos 
Cuando los hombres habláis de belleza, pensáis en la armonía de unos colores, en las proporciones de un cuerpo, en la tersura de una piel joven o en la frescura de una mirada. Hacéis bien: esa belleza es como un destello del fulgor divino. Y sin embargo es compatible con la maldad. 
¿No habéis tenido nunca la experiencia de encontrar a un hombre o a una mujer diabólicamente hermosos que, al mismo tiempo repelen? En el Cielo esa inquietante paradoja es imposible. La belleza de un ángel refleja, sin sombras ni engaños, la infinita hermosura de Dios. 
Así se entiende mejor la terrible tragedia de Lucifer. Era el portador de la Luz, el más hermoso de todos los Espíritus. Ninguno de nosotros podía comparársele y nadie sentía la menor envidia, porque veíamos en él una expresión admirable de todas las perfecciones divinas.
Pero Dios nos puso a prueba. Por un instante los ángeles del Cielo nos quedamos a oscuras y sufrimos la experiencia de la duda y de la oscuridad luminosa de la fe. Yahvé nos hizo ver que había puesto su corazón en un mundo diferente e inferior al nuestro, en un universo hecho de espíritu y materia. Y conocimos el Misterio de su Encarnación y también la belleza de su Madre, aquella criatura que Dios forjó en sueños durante toda la Eternidad.
―¿La aceptáis como vuestra Reina? ―nos preguntó―.
Los Ángeles, entonces, temblando como niños ciegos, formamos una corona en torno a nuestro Creador e hicimos un acto de fe, de amor y de abandono. 
Fue un sí enorme y sin fisuras, pero no unánime. En ese mismo instante vimos brillar la espada de plata de San Miguel mientras Lucifer caía al abismo. A medida que se desplomaba, el más hermoso de los Espíritus se convirtió en Satán, el más monstruoso de los seres de este Mundo; y sus seguidores, igualmente horribles, fueron llamados “diablos”.
La gran batalla del Cielo había concluido.
Dios continuó su trabajo creador. Nacieron los ríos y los océanos. Brotaron las primeras flores, y María, la Virgen nonata, soñada por Dios, ya nos sonreía.

martes, 30 de noviembre de 2010

La mente de Dios

"Es una bodega de innumerables vinos suaves y ricos; es un palacio que alberga estancias para todos los gustos; es una isla perdida donde nunca pisó un ser humano, sólo apta para niños; es un mundo de deseos donde todo es posible; es una gran novela que cuenta lo mejor de todas los grandes libros; es la joyería que recoge los brillantes, rubies y esmeraldas nunca soñados; es un mercado de maravillas; es un viaje alucinante; es una sinfonía de colores; es un cuadro sin sombras; es amor, amor, amor..." AS

Adviento (II)

El halcón sobre las aguas
Fue la eclosión de una rosa que nació de la nada, antes de que existieran las rosas. Fue una sinfonía colores, de aromas desconocidos, de luces espléndidas. Fue un canto de voces imposibles que surgían en cada átomo del firmamento.
Antes de ese instante no había nada, ni siquiera una semilla o una mota de polvo que el Señor pudiera utilizar. Y sin embargo, esa “nada” estalló en las manos del Creador y surgió el universo. 
En el Cielo no sabíamos qué decir. Nada parecido había ocurrido antes.
La tierra, el lugar escogido por Yahvé, para la Encarnación de su Hijo era un territorio sin vida, un caos de muerte que, sin embargo, iba tomando forma poco a poco.
Entonces vimos un gran halcón plateado, de belleza singular, que cubrió con sus alas la superficie de aquel pequeño mundo. Era el Espíritu de Yahvé, que, como dice el Génesis, “se cernía sobre la superficie de las aguas”. 
Los ángeles, que lo conocemos todo en Dios, vimos reflejado en los ojos del halcón todo lo que estaba a punto de suceder: los bosques, los ríos, el azul del cielo, las fieras y los animales domésticos; las risas de los niños y el canto de las aves. Y sobre las alas del halcón visitamos los cinco continentes y los miles de millones de seres humanos a los que deberíamos proteger a lo largo de milenios.
También vimos el rostro de María. Aún faltaban muchos siglos para que aquello se hiciera realidad, pero, desde ese mismo instante, los Ángeles del Cielo supimos que teníamos una Reina y un Niño al que queríamos adorar.
Sólo Lucifer se rebeló.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Adviento (I)

¿Sólo cuatro semanas para preparar el Belén? Deberíais estar con el alma en vilo disponiéndolo todo muy deprisa para la venida del Señor. Pensad que  Dios necesitó millones de años. Es verdad que a Él no le hace falta ensuciarse las manos con musgo ni sacar brillo, una a una,  a las estrellas para situarlas alrededor del Nacimiento. Le bastó expresar un deseo, y el universo se llenó de galaxias: de universos enormes, separados por millones de años-luz, y universos en miniatura donde la infinitud de Dios se manifiesta de manera aún más asombrosa. 
Pero aún así se lo tomó con gran calma.
Recuerdo muy bien cuando Yahvé nos pidió a un comando mil millones de ángeles que le acompañáramos en una excursión intergaláctica, entre los átomos, electrones, protones y neutrones de una gota de rocío recién formada en la hoja más pequeña de un olivo. ¡Qué experiencia tan apasionante! Nadie sospechó jamás que en aquella gotita cándida, nacida para evaporarse en pocos segundos, hubiese todo un ejército de espíritus puros jugando entre partículas microscópicas como niños en un parque de atracciones.
Vuestros teólogos medievales se preguntaban cuántos ángeles pueden bailar en la cabeza de un alfiler. La respuesta es sencilla: los mismos que en un átomo de la cabeza de ese alfiler. ¿Quién ha dicho que vivir en el Cielo es monótono? ¡Si supierais los poemas que escribe San Juan de la Cruz en el Paraíso! Más vale que no los lean los poetas de la tierra: enmudecerían de vergüenza hasta el fin de los tiempos.
Pero lo más emocionante fue, sin duda, el inicio de todo. Dios nos lo había anunciado. Nos dijo que habría tiempo y espacio; estrellas, planetas, lunas, materia, sonidos, colores, brisa… Nos dijo que su propia belleza y su bondad se reflejarían, como en un espejo, en ese nuevo mundo que estaba a punto de surgir. 
Y, al fin, llegó el día.