Charlábamos Kloster y yo por la M30.
―No entiendo para qué roban tanto ―le dije al oír por la radio la cantidad de pasta que parecen haberse llevado algunos corruptos―. Cualquiera puede sentir la tentación de quedarse…, qué sé yo, con un par de millones o tres; pero ¿50? ¿Cien? ¿En qué se los puede gastar un viejo de 75 años con una esperanza de vida tan limitada? ¿En guardaespaldas? ¿En farmacia?
―Ése no es el caso, colega. No roban para tener más, sino para ser más de lo que son. Tratan de trascenderse a sí mismos…
―Metafísico te veo.
―Es que aún no he desayunado. Pero te lo explicaré en pocas palabras.
Kloster se enchufó un trago de de vodka y se dispuso a perorar.
―Si los corruptos sólo pretendieran llevar una vida lujosa el resto de sus vidas, es evidente que robarían mucho menos. El hurto moderado tiene notables ventajas; se perpetra más fácilmente, y los jueces y fiscales suelen hacer la vista gorda cuando se trata de altos cargos. Pero es que algunos no se conforman con eso.
―Entonces, ¿qué pretenden?
―Mira, muchacho. Todos los hombres y mujeres de este mundo somos conscientes de que tenemos límites; límites de tiempo, de espacio, de salud, de talento, de fuerza; de vida… Ante esta gran verdad que uno va descubriendo poco a poco, caben dos posibilidades: aceptarla y resignarse a una existencia mediocre o rebelarse: romper esos límites.
―Creo que has bebido demasiado…
―Quizá la palabra “mediocre” no sea la más adecuada; pero piensa ahora en los grandes conquistadores, en los héroes, en los poetas, en los tiranos… ¿Qué pretendían? Alejandro Magno, Hitler o Hernán Cortés no conquistaron reinos para tener unas hectáreas más en su parcela del cementerio. Ellos buscaban la eternidad; querían ser inmortales, romper las fronteras del alma.
―Creo que te vas por las ramas.
―Lo mismo puede decirse de los grandes ladrones. No es una enfermedad, como se ha dicho. ¿Tener por tener? No. Ellos quieren ser eternos, huir de sí mismos. Podría decirse incluso que buscan a Dios, o, mejor dicho, buscan algo que sólo Dios les puede dar. Ahí tienes, sin ir más lejos, al buen ladrón. Tantos años robando y sólo al final, en la cruz, comprendió que podía dar el gran golpe de su vida, el que siempre soñó para retirarse definitivamente.
―El buen ladrón, para robar el Reino, tuvo que arrepentirse y fue castigado por sus crímenes…
―Se arrepintió, en efecto, pero sólo de haber robado poco y mal. Conozco a otros ladrones que les ha ocurrido lo mismo: han comprendido que su ambición era demasiado pequeña, que a base de tener más y más no se consigue ser más. El día en que lo descubren, rompen con su paranoia, restituyen lo robado, lo entregan todo y se convierten en unos ambiciosos insaciables: buscan el tesoro escondido, el único que hace añicos esos límites de tiempo, de edad, de talento…, que nos encierran dentro de nosotros mismos. Hablo de ese tesoro de la parábola evangélica, el que endiosa y nos lleva a la eternidad. Lo llaman la Gracia.
―Así que, según tú, entre San Juan de la Cruz y Hitler…
―…hay sólo una pequeña diferencia. San Juan era mucho más ambicioso. Quería atrapar a Dios como un halcón a su presa. Acuérdate de aquel poema…, “en un amoroso lance/ y no de esperanza falto/ volé tan alto, tan alto/ que le di a la caza alcance”. En cambio el pobre Hitler sólo quería quedarse con el Planeta, empezando por Polonia… ¡Valiente ladrón de pacotilla!
Al abandonar la M30 hice el propósito de escribir este post y de adornarlo un poco más para incluirlo en “Mundo Cristiano”.