Cuando el hombre llegó a la luna, yo ya estaba allí y pude recibir a mi amigo Neil Armstrong con todos los honores. Lo recuerdo muy bien. Había poco espacio para aparcar porque estábamos en fase de luna menguante y aquello parecía un plátano amarillo que se estrechaba por minutos. Yo subí directamente desde Madrid arrojando el lazo a uno de los cuernos, según se mira, al de abajo. No fue fácil, pero al tercer o cuarto intento me encontré colgado en el espacio como en un columpio. A partir de ese momento, bastaba con dejarse llevar por la inercia.
Fue una gran noche. Yo hacía el curso de retiro previo a mi ordenación sacerdotal, en perfecto silencio, por supuesto, y el predicador nos había advertido:
—Que a nadie se le ocurra ir esta noche a la sala de estar para ver el aterrizaje del módulo lunar. Estáis haciendo un retiro muy importante y no podéis distraeros con tonterías galácticas.
A las 2 de la madrugada, con pijama de astronauta y zapatillas anti ruido, bajé de puntillas camino del televisor. Allí estaban todos: los veintiocho candidatos al sacerdocio y el predicador del retiro. Había banderitas norteamericanas y una botella de pacharán para celebrar el acontecimiento.
Sorprendido por una desobediencia masiva tan descarada y flagrante, bebí una copa del rojo licor navarro y salí al balcón para ver la luna en colores. Allí estaba, limpia y refulgente, con sus dos cuernos afilados como una tentación.
























