Acabo de leer “La Templanza”, la tercera novela de María Dueñas. Me resistía a terminarla, pero, al fin no ha habido más remedio que llegar al largo epílogo de “agradecimientos”. ¡Qué maravilla! La historia me atrapó desde la primera página y me ha tenido prisionero más de un mes. Nunca he sido crítico literario, pero esta vez necesito dedicar un aplauso entusiasta desde el globo a la novela que más me ha fascinado en los últimos treinta o cuarenta años.
Con un lenguaje brillante y eficaz, colmado de aromas coloniales, aztecas y caribeños, María Dueñas nos traslada a México, a la Habana y a Jerez de la Frontera en las botas de un indiano que se arruina en la primera página y trata de rehacer su fortuna sin perder nunca su señorío ni abdicar de su dignidad.
Sólo añadiré un detalle: las novelas de María Dueñas empiezan por el principio y acaban por el final, como hacen siempre los grandes. Uno empezaba a estar harto de escritores mediocres que necesitan amanerar su estilo literario para que el lector empiece a enterarse de qué va la cosa en la página 35. Yo casi nunca logro alcanzar esa página.
