Mostrando entradas con la etiqueta pensieri. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pensieri. Mostrar todas las entradas

sábado, 26 de diciembre de 2020

Año..., ¿nuevo?

 


Decían los viejos pitagóricos griegos que "los dioses se alegran con los números impares". Y el gran Virgilio lo tradujo al latín: numero deus impare gaudet. A continuación aclaró que los impares son inmortales —o infinitos, no lo recuerdo muy bien— porque no pueden dividirse por la mitad. Al contrario que los pares, que, en su docta opinión, lo tienen crudo. No me pidáis más explicaciones. Yo tampoco lo entiendo.

Como se ve, siempre ha habido supersticiones y supersticiosos, incluso entre los poetas y los humanistas más ilustrados. Ahora mismo, veintitantos siglos más tarde, seguimos haciendo cábalas poniendo del revés y del  derecho los números de la lotería o los del año que termina o los del que empieza, como si el destino de la humanidad dependiese de una combinación de cifras caídas de un Olimpo mágico en el que los dioses se entretendrían proponiendo sudokus a los mortales.

Es verdad; el 2021 es un año impar, y la suma de sus guarismos da 5, que también es impar. Así que esos pequeños "dioses" deben estar eufóricos.

 Según Masaoka Shiki, poeta japonés de finales del XIX, "el día de año nuevo es el principio de la armonía del cielo y la tierra"; pero no nos aclara de qué "año nuevo" habla; porque el 1 de enero no es el primer día del año para los mayas, los judíos, los árabes, los chinos y otros muchos habitantes de este planeta. Por tanto, lo que lo que para unos es impar, para otros vaya usted a saber lo que es.

Aquí somos un poco más escépticos, y, ante el nuevo  calendario, nos limitamos a decir "año nuevo, vida nueva", que no es una profecía, sino un brindis, un buen deseo para uno mismo y una tópica bobada para un Christmas empalagoso.

Hace casi cincuenta años, 31 de diciembre de 1971, San Josemaría Escrivá propuso a sus hijos del Opus Dei sustituir ese aforismo por otro más realista. Explicó entonces que había hecho confesión general y se aprestaba a recomenzar una nueva vida al servicio de la Iglesia con un lema renovado. "Año nuevo, lucha nueva". Bien sabía él que un año es demasiado breve para cambiar el estado del mundo. Pero san Josemaría no era pesimista. El propósito de  mejorar un poco cada día en su trato con Dios haría sobrenaturalmente fecundos esos doce meses con la ayuda de la gracia.  

Aquel mismo día había redactado una ficha con sus reflexiones. Una frase resumía sus pensamientos. Sacó del bolsillo la agenda y la leyó: Éste es nuestro destino en la tierra: luchar por amor hasta el último instante. Deo gratias!

Años después, por deseo del Beato Álvaro del Portillo, esas palabras quedaron grabadas en la última piedra de la sede, recién construida, del Colegio Romano de la Santa Cruz.

Ahora, a punto ya de comenzar un año, permitidme que yo también me sume con vosotros a ese propósito de San Josemaría. Lucha nueva, sí, hasta que el tiempo se acabe y empiece la eternidad. ¿Año nuevo? Todos los años son nuevos si sabemos renovarlos cada mañana diciendo sí a Jesucristo que llama. ¿Y contra quién lucharemos? Contra nadie; sólo contra aquello que nos separa de Dios: el odio, la mentira, el egoísmo, la lujuria, la mediocridad, la desesperanza…

Ya veréis, será un año sin par. El tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas. Y el Señor, que se ríe de las cábalas de los pitagóricos, sonreirá desde el Cielo al vernos recomenzar día tras día.

 

sábado, 26 de octubre de 2019

Ahora y en la hora de nuestra muerte.


A pesar de su fama de pájaro de mal agüero, al búho no le gusta hablar de la muerte. Sin embargo no la teme. Él, como todas las aves, se esconde para nacer y para morir. Es el pudor con el que Dios ha querido proteger la intimidad de sus criaturas defendiéndola de miradas indiscretas.El búho avista su muerte con los ojos muy abiertos, pero sabe que esa mueca de asombro nunca llegará a contemplar el rostro de su Creador. 


El otoño llegó tarde a su cita, pero ya está aquí, solemne y melancólico, vistiendo de oro las hojas de los árboles, que se preparan para la muerte helada del invierno. A las puertas del mes de noviembre, la Iglesia nos invita a mirar a los que vencieron la última batalla de su vida y viven con Cristo en el Cielo —es la fiesta de Todos los Santos—, y a los que esperan en la antesala, porque aún necesitan purificarse en el Purgatorio; es la conmemoración de los Fieles difuntos. Todos ellos forman parte de la única Iglesia de Cristo, que es Triunfante en el Cielo y aguarda la dicha en el Purgatorio.
Entre tanto, los que todavía caminamos en la tierra no podemos olvidar que para alcanzar la meta hemos de pagar el peaje de la muerte.
¿Me atreveré a romper el tabú? ¿Podré escribir unas pocas líneas sobre el misterio de la muerte? ¿Dejará de leer alguien esta página si recuerdo lo que muchos parecen empeñados en ignorar?
—No te obsesiones con el pasado  —me dijo el búho una noche—; ya no existe; apenas es un rastro nebuloso  en tu memoria. Y no pienses con angustia en el futuro;también es incierto: no sabemos si será mejor o peor. Ni siquiera sabemos si será. Por tanto no lo conviertas en un dios. Solo cuenta la meta. 
Tiene razón mi amigo sabio. Y podría añadir que sólo hay dos fechas importantes en esta vida: la primera se llama "ahora", es este segundo en el que el tiempo toca con la eternidad. La segunda, que llegará sin dudarlo, es la hora de la muerte. Un día el "ahora" coincidirá con el momento de morir, y entonces el Amor nos juzgará por la cantidad de amor que llevemos, no por nuestro curriculum vitae.
—Pero en ese juicio contarán las obras del pasado…
Claro que sí. Las acciones pasadas, buenas o malas, van configurando el presente. La belleza o fealdad con que se presente nuestra alma ante su Creador será el fruto de la semilla que hayamos plantado a lo largo de los años transcurridos. Pero no queramos vivir de las rentas ni nos agobie el peso de las culpas ya perdonadas. Hay que vivir al día, con lo puesto, ya que Dios es capaz de renovarlo todo en un instante.
Carpe diem!, decían los clásicos. Aprovecha el instante, pero no con la angustia del hedonista que necesita consumir hasta el último pastel de la nevera, no sea que mañana esté vacía, sino con la fe y la Esperanza de quien sabe que el amor se conjuga en presente de indicativo, que mi amor de ayer y el de mañana no valen nada. Sólo cuenta el de ahora.
Hay que amar a Dios ahora, y nuestro amor será eterno. Ganemos la batalla de ahora como si fuera la primera o la última de nuestra vida. Y pidamos muchas veces a nuestra Madre que ruegue por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte.




domingo, 20 de octubre de 2019

Volver a empezar




Hoy, tercer domingo de mes, tenemos retiro en mi casa y, como es habitual,  me toca predicar dos de las tres meditaciones.  No me supone un gran esfuerzo. Con el paso del tiempo, hacer la oración en voz alta —en eso consiste dar una meditación— resulta cada día más fácil. Ya no me queda nada que aquella timidez de mis primeros años de sacerdote.
Hay sólo seis personas en el oratorio y todos nos conocemos bien. Ellos saben de memoria mis defectos; son testigos habituales de mis miserias y de los "triunfos" que uno se adjudica estúpidamente olvidando que el único vencedor de esas batallas es el Señor.
Los temarios de las meditaciones han cambiado muy poco en estos años. En el mes de octubre toca hablar de "Recomenzar", un título ambiguo que puede sonar estimulante cuando uno es joven o desalentador cuando se encamina hacia el final.
Ayer, mientras preparaba la meditación, pensé en esos cientos de miles de personas que huyen de la guerra, de la persecución o de la pobreza y desembarcan en pateras en nuestras costas o tratan de llegar a los países ricos de América del norte en busca de una nueva vida. Con frecuencia llegan sin nada. Han dejado atrás hasta su identidad. No quieren ser reconocidos para evitar que los devuelvan a su país de origen. Su documentación es el hambre, la miseria y quizá también la esperanza. Ellos sí que sueñan con "volver a empezar".
Me digo a mí mismo que "recomenzar" es una palabra tramposa, porque sólo se empieza una vez. Si tratamos de volver al punto de partida comprobamos que nada es como entonces. El paisaje de nuestros recuerdos ya no existe; la capacidad de entusiasmo se nos ha atrofiado; ya no tenemos la energía de entonces; y las ilusiones primeras se nos antojan quiméricas. Todo parece conducirnos al escepticismo, incluso al cinismo.
Y, sin embargo, en la vida espiritual siempre es posible recomenzar. San Juan, en el Apocalipsis, lo proclama con claridad:
—Yo hago nuevas todas las cosas.
Habla el Apóstol de los nuevos Cielos y la nueva tierra que Dios nos prepara al final de los tiempos; pero también ahora podemos experimentar esa renovación total de la que habla la Escritura. En el Sacramento de la Penitencia no sólo se nos perdonan los pecados; también se curan las heridas, se rejuvenece el alma y la Gracia Santificante nos regala una nueva vida. Volvemos, de verdad, al kilómetro cero, y podemos decir al Señor:
—¡Ahora empiezo! Estoy dispuesto a luchar como el primer día. Ayúdame a recordar mis viejas caídas sólo para pedirte perdón otra vez, no para angustiarme pensando que no tengo remedio.
(Así he comenzado el retiro. El resto fue más fácil)
 

jueves, 10 de octubre de 2019

Paradojas geométricas


  

Charlando con Vicente...:
—En estos años me he alejado mucho Dios.
—Es verdad; pero Dios cada día está más cerca de ti.
—No lo entiendo.
—Yo tampoco, pero la geometría sobrenatural tiene extrañas reglas.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Dormir con el móvil



En las viejas novelas policiacas el móvil era siempre un dato fundamental de la investigación.
—Tenemos un sospechoso, Mr. Poirot, ¿pero cuál es el móvil?
El Inspector Macpherson, como es obvio, no se pregunta por el teléfono del criminal, sino por el motivo que le llevó a delinquir. Todavía hoy, cuando oigo pronunciar ese sustantivo, pienso en Hércules Poirot y en Miss Marple, que fueron los detectives favoritos de mi niñez.
Ahora el móvil ha cambiado de significado, aunque no mucho.
Según las encuestas el 56 por ciento de los adolescentes entre 15 y 18 años duermen habitualmente con su asesino, quiero decir con el móvil.
—¿Es cierto ese dato?
—No tengo ni idea; me lo acabo de inventar, pero por ahí deben de andar las cosas, a juzgar por lo que me cuentan mis amigos de esa edad, que por cierto son legión, como los diablos que llevaba dentro el endemoniado de Gerasa.
—¿Y qué hacen con el móvil por la noche?
—Sobre todo chatean.
—¿Toman chatos?
—No, querido amigo. Ya se ve que no estás al loro. En nuestros tiempos, en efecto, chatear era ir de bares para consumir chatos, potes o chiquitos, que de las tres formas puede decirse. Ahora, aunque la Academia no lo contemple todavía, significa cambiar mensajes guachapeando con amigos, colegas o desconocidos.
—¿Y de qué chatean a las tres de la mañana?
—Sospecho que no hablan de metafísica ni de las próximas elecciones generales. La noche y la cama no son una buena combinación para especular sobre cuestiones elevadas. Mi experiencia me dice que esas conversaciones nocturnas, en el mejor de los casos, son banales y prescindibles. Otras veces son pegajosas y guarrománticas. Y, desde luego, no contribuyen en nada al descanso ni a la paz del espíritu.
—Feo asunto. ¿Qué podemos hacer?
—De momento, que los padres tomen nota. Hay que promover una campaña para que los móviles se conviertan en inmóviles a partir de cierta hora.
—¿Y si los padres duermen con el móvil?
—Entonces estamos perdidos.
—¿Y tú no duermes con el móvil?
—Al contrario. El móvil me despierta cada mañana. Suena una melodía, y una voz metálica susurra: "Son las seis y cuarto".

jueves, 5 de septiembre de 2019

"Eres mío"





Hace 61 años oí por primera vez unas palabras que el profeta Isaías pone en boca del mismo Dios. Las repetía San Josemaría Escrivá muy despacio, durante aquella inolvidable meditación que nos dirigió en el antiguo oratorio de Molinoviejo a un grupo de chavales:
—"Yo te he redimido y te he llamado por tu nombre; tú eres mío".
Desde aquel día yo mismo las he citado en centenares (sí, centenares) de pláticas, homilías y retiros ante personas de toda condición.
Dicen que las palabras envejecen, que pierden vigor de tanto usarlas, que incluso se corrompen cuando se abusa de ellas para engañar o para ofender. Así es; pero a veces ocurre lo contrario: con el paso de los años hay palabras que maduran, que renacen cada jornada en la memoria, y se llenan de vida y sabor nuevos.
Estos días pasados he recordado muchas veces en la oración cada una de esas viejas palabras de Isaías. Me he detenido, sobre todo, en las dos últimas: "eres mío". Y he pensado tantas cosas que ahora me siento incapaz de resumir.
—"Eres mío".
Ser plenamente de Dios es el colmo de la libertad. Nada me ata porque estoy en sus manos. No pertenezco a nadie, sólo al que me llamó hace sesenta y un años y me sigue llamando por mi nombre.
Y he recordado el final de aquel bellísimo poema de Salinas que conservo, en carne viva, en la memoria:
No tengo cárcel para ti en mi ser.
Tu libertad te guarda para mí.
La soltaré otra vez, y por el cielo,
por el mar, por el tiempo,
veré cómo se marcha hacia su sino.
Si su sino soy yo, te está esperando

viernes, 23 de agosto de 2019

Propósitos para comenzar el curso




No decir nunca "esto ya lo sé". Seguir aprendiendo hasta que comprenda que mi ignorancia seguirá creciendo sin freno, alimentada por la soberbia.
Aprender de los jóvenes y de los viejos; también de los niños; de los incultos y de los ilustrados; de los tontos y de los listos; de los hombres y de las mujeres; de los que llamo "buenos" y de los que pienso que son "malos".
Aprender a escuchar ajustando bien los audífonos del alma para no perder una sílaba.
Aprender a mirar a los ojos de quien me habla hasta descubrir la chispa de verdad, de bondad y de sabiduría que Dios ha puesto en el corazón de cada hombre.
No poner etiquetas a nadie. Arrancar sin contemplaciones las que yo puse en el pasado.  
Romper la libreta negra en la que apunto las ofensas recibidas y estrenar otra de colores para ir anotando las mil cosas buenas que me entregan gratis cada día.
Repasar una vez a la semana esta entrada del globo.

jueves, 1 de agosto de 2019

Repasar, releer, repensar, revivir





Me gusta ver de nuevo viejas películas que casi he olvidado, aunque nunca del todo. A veces siento el antojo de repasar solo una escena, un diálogo,  el gesto de un actor. Lo mismo me ocurre con algunas novelas que quizá leí demasiado pronto, cuando era adolescente, y nadie me advirtió que era preferible esperar a ser adulto para entenderlas del todo. Mejor que no lo hicieran, porque se habrían equivocado. Ahora las examino con especial fruición y, creedme, el placer es doble. Entro en esos relatos lentamente, línea a línea, paso a paso, y revivo cada episodio con más pasión que entonces.
Algo parecido me ocurre con los viejos libros de estudio. No me refiero sólo a los de teología. Ahora, por ejemplo, he vuelto al Derecho Romano gracias a los manuales que me prestó mi sobrina Susana, los mismos que utilicé hace sesenta años al empezar la carrera. Creo que fue la asignatura más larga y también la más difícil. Le dediqué más horas que a ninguna otra y logré a pulso mi primer sobresaliente. Sin embargo creo que no entendí gran cosa. Y es que aquellos dos tomos de Derecho Romano eran para juristas curtidos, no para alumnos de 17 años. Ahora, al releerlos, disfruto más que nunca y descubro con sorpresa que aún recuerdo los viejos aforismos de Ulpiano o de Paulo que tanto me hicieron sudar.
Releer es revivir; quizá también añorar. Pero la añoranza no siempre es mala. Es cierto que abre paso a la melancolía. ¿Y qué? La melancolía es sentir la alegría de estar un poco triste, y, al menos a mí, me mueve a dar gracias a Dios por todo lo que Él ha hecho en el pasado y continúa haciendo.
Vistas así las cosas, es fácil recomenzar releyendo la propia vida y volviendo una y otra vez al kilómetro cero del camino, cada día con un poco más de experiencia y siempre con mucha más esperanza.
 
 

sábado, 13 de julio de 2019

El odio ya salió del armario




Estaba escondido entre celofanes de sonrisas y estuches de alabastro. Se encubría con palabras amables y gestos de fingida cordialidad. En Versalles bailaba con  cualquiera. Aprendió a ser civilizadamente hipócrita en los salones de las mejores familias; pero ahora se conoce que se ha hartado de tanta farsa y ha decidido presentarse en sociedad con su vestido más apestoso, oliendo a tigre y vomitando inmundicias.
Desde hace años vive en la red de redes rebosando insultos y calumnias en cualquier dirección. En el Parlamento ha aprendido a ofender en las todas las lenguas del Estado. Sabe insultar de palabra y por escrito. Se ha hecho casposo y triste.
Cuando lo veo de cerca, yo también siento la tentación de odiarlo, de odiar al odio, que no sé si vale la pena. En todo caso sí que compadezco a los pobres odiadores. De verdad que rezo por ellos todos los días, porque pasan un verdadero infierno. El odio siempre es indigesto.

sábado, 6 de julio de 2019

Fobias y fobios



Me dice Pepe en un largo whatsapp (de ahora en adelante lo llamaré guachap) que he sido muy valiente por "meterme" con el orgullo gay, y asegura que me van a tildar de homófobo.
Meterme, meterme…  No lo veo. ¿Qué he dicho que resulte tan ofensivo? ¿que han salido del toril más que del armario? Si supieran el afecto que yo profeso a los toros y a las toras no se enfadarían. Es verdad que vienen en plan un pelín belicoso, pero lo mismo les pasa a los hinchas del Liverpool y no por eso les tengo fobia. Sería redundante y divertido que alguno me agrediera por llamarle agresivo.
Siempre he creído que las fobias son síndromes que deben ser tratados en el sillón del psiquiatra. Al menos eso sugiere el diccionario de la Real Academia. Yo creo estar libre, por ahora, de tan incómoda dolencia. Sólo tengo un poquito de fobia al humo del tabaco ajeno —o sea que soy humófobo—, a las hamburguesas y a la música de Wagner. A otro nivel menos grave, me produce cierta alergia al idioma políticamente correcto y eso que llaman "lenguaje inclusivo", ya sabéis, ciudadanos y ciudadanas, diputados y diputadas, chubascos y chubascas, etc.
Gracias, Pepe, por suponer que soy valiente. Te equivocas, pero me encanta. 

miércoles, 3 de julio de 2019

Salir del congelador



Dicen que han salido del armario. ¿Del armario o del toril? Porque, la verdad, emergieron con tanta fiereza y agresividad que uno no sabe qué pensar, se asusta un poco y se refugia en el burladero por si las moscas.
Yo los veo por la tele, o sea a distancia, como en San Fermín; y, al contemplarlos, tengo sentimientos contrapuestos. Por una parte me produce cierta repulsión tanta carne sudorosa bajo el sol sobre el asfalto recalentado de la ciudad. No es un espectáculo agradable a la vista. Deben estar muy irritados, y quizá también algo colocados, para participar en semejante evento. Por otra parte no puedo dejar de admirarlos un poco. Dicen que están orgullosos de ser como son y, para demostrarlo, han abierto las puertas de chiqueros en todo el planeta y se han lanzado al ruedo de la Villa y Corte. La alcaldía les da la bienvenida, más que nada por la pasta, aunque dejen las calles hechas un asquito.
He apagado la tele, no sea que el hedor cabalgue con las ondas hertzianas y llegue volando hasta mi casa. Sin embargo creo que he aprendido algo. Pienso que ahora mismo hay muchos —demasiados— católicos que deberían salir no del armario sino del congelador. Hablo de esos que tienen la fe en conserva, escarchada y casi sin vida. Alguien les convenció de que sus convicciones religiosas son algo íntimo, personal y recóndito que no es licito exhibir. ¿Hablar de religión en la mesa? ¡Qué indecencia, por favor! ¿Bendecir la mesa antes de empezar? Vale, pero que sea muy bajito, no sea que se enteren los comensales más cercanos y piensen que somos creyentes. ¿Utilizar expresiones como "hasta mañana si Dios quiere"? ¡Eso es cosa de viejas! Y, por supuesto, que no se nos ocurra tratar de acercar a un amigo a la Iglesia, hacer propaganda de la Confesión, recomendar un libro de lectura espiritual…
—¿Eso es todo?
—Eso es el comienzo. Lo importante es sentir el orgullo santo de ser cristianos. No necesitamos cabalgatas ni manifestaciones agresivas. Respeto siempre, por supuesto, a todos los que no han recibido el regalo gratuito de la fe; pero ese don inmerecido debe rebosar por todos los poros del alma. La fe, como la alegría, ha de ser desbordante: serena, contagiosa, con gancho; tan sobrenatural, tan pegadiza y auténtica, que arrastre a otros por los caminos cristianos.
Ahora debería yo alargar esta reflexión llenando tres o cuatro pantallas más; pero esto es un globo que vuela con el viento, no un sermón.
 

jueves, 13 de junio de 2019

La vida ordinaria



Cuando en aquel retiro hablé de santificarse en la rutina de la vida ordinaria, Belén, madre de familia con seis hijos pequeños, acusó el golpe:
—¿Vida ordinaria? ¿Rutina? No sé lo que es eso. Yo le pido al Señor tener al menos un día a la semana de vida normal. En mi casa todo lo que ocurre es extraordinario. Una nunca sabe por dónde van a llegar las sorpresas, pero llegan siempre. He pensado invocar al Rey Herodes para que me libre de mis seis inocentes leones, especialistas en catástrofes y sinestros. 
—¿Y su padre?
—Su padre es mudo como Zacarías. Por eso invoco también a la prima de la Virgen, a Santa Isabel para que me enseñe a convivir con un marido que no dice ni pío.

viernes, 7 de junio de 2019

Las aves creen en Dios



Llevábamos hablando más de media hora. Gregorio, viejo amigo de mi quinta, me permitía que lo sermonease, quizá con demasiado entusiasmo. De pronto cerró los ojos, hizo un gesto como rechazando cada una de mis palabras y en voz baja, pero firme, exclamó:
—Hace años que no creo en Dios.
Me quedé mudo por unos segundos. Gregorio va a misa con su mujer todos los domingos, y reza la Salve una vez a la semana como lo hacían sus padres. Alguna vez me ha acompañado a hacer una romería a la Virgen en el mes de mayo.
—¿Estás seguro? —le respondí—.
—No. Ni siquiera de eso estoy seguro. Supongo que soy agnóstico.
—¿Y qué dice tu mujer?
—Alguna vez he tratado de explicárselo, pero se ríe. Dice que ella también es agnóstica de mí, que no sabe si existo, si soy de este planeta, si la quiero o solo la soporto… Y me coloca unos rollos tremendos. Ella es filósofa, ya sabes...
Gregorio y yo caminábamos por un pequeño jardín que hay frente a mi casa. Debería despedirme, pero antes decimos sentarnos en un banco y le señalé mi ventana. Le hablé de la paloma que sigue allí arriba incubando un par de huevos desde hace ya una semana. Ha aguantado el vendaval de ayer por la noche y la lluvia que golpeó con fuerza en el cristal. No se mueve en todo el día. Al atardecer llega el macho para alimentarla y charlan un rato con su inconfundible gorjeo. Gregorio me escuchaba en silencio.
De la paloma pasamos a las aves migratorias que han llegado esta primavera, del águila calzada, las oropéndolas, las oscuras golondrinas, los negros vencejos y los blancos alimoches, los ruiseñores… Quedamos en salir "un día de estos" para ver cazar a los abejarucos en la Sierra de Madrid.
—¿Por qué me cuentas todo esto?
—Supongo que las aves no son agnósticas. Ellas creen en el destino que les marca el Señor y lo cumplen con precisión milimétrica sin hacerse demasiadas preguntas. "Los cielos cuentan la gloria de Dios", dice un salmo. Si miráramos más a lo alto, quizá nos sería más fácil descubrir al Creador.





miércoles, 5 de junio de 2019

La experiencia



Empiezo  a estar un poco harto de mi presunta experiencia. Esta semana me han hablado de ella cuatro o cinco personas siempre con la intención de pedirme algo y de vencer mi resistencia con un elogio.
—Es que usted, don Enrique, tiene mucha experiencia sobre este asunto. ¿Podría hablarnos de…?
—¡Qué suerte tenemos de contar con usted! Tiene que darnos una charla sobre este tema. Con su experiencia seguro que queda guay.
Conste que no me quejo de los elogios, ni diré esa tontería de que son inmerecidos. Tampoco me preocupa que me consideren viejo. Lo soy, gracias a Dios; siempre quise llegar a viejo y al fin lo he logrado, así que no me desaniméis diciéndome que todavía soy joven. Sin embargo os aseguro que algunas veces me gustaría tener menos experiencia, incuso no tener ninguna y volver a aquellos años felices en los que debía pensarlo todo por primera vez, "estrenándome" cada día sin vivir de las rentas.
La experiencia es una mochila súper gravosa donde guardo de todo, principalmente los errores, los fracasos, las humillaciones y las piedras en las que he tropezado cien veces. También hay algunos recuerdos gloriosos, cómo no, y vanidades ridículas que apenas sirven para abonar la propia vanidad. ¡Quién pudiera vaciar esa mochila de vez en cuando, limpiar cada uno de sus bolsillos y dejar solo las lecciones aprendidas y meditadas, ésas que se trasmiten con muy pocas palabras y dan fruto en los demás.
—Lo ve, don Henri. ¿Por qué no nos da una charla sobre la experiencia de la vida?
Cuando me dicen estas cosas echo de menos a mi amigo Kloster. Él sí que sabría responder con el gruñido justo.




domingo, 2 de junio de 2019

Sobre la paloma y otras metáforas


María me pregunta por la paloma de mi ventana. Quiere saber si existe de verdad o es una metáfora; si continúa incubando los huevos; si "alguien" le da de comer; si me lo he inventado todo.
Respondo: no es ningún invento. Aquí sigue, a menos de un metro del ordenador en el que ahora escribo. Es cierto que el Espíritu Santo se manifestó en el Jordán en forma de paloma y faltan pocos días para Pentecostés, pero nunca se me ocurriría relacionar el ave que ha venido a visitarme con la solemnidad del próximo domingo.
Pienso que esta ave ha llegado a mi ventana por una razón mucho más simple. Desde julio de 1982  mi  afición a las aves ha ido creciendo de forma exponencial hasta convertirse en verdadera ornitomanía. Por ver despegar a un águila real una mañana de invierno con nieve fui capaz de permanecer pegado a una roca durante hora y media a las tantas de la madrugada. Por contemplar un duelo musical entre dos ruiseñores que se disputaban los favores de una hembra, me olvidé de comer. Por fotografíar a un azor que alimentaba a sus pollos en lo alto de un abeto, trepé a lo alto del árbol vecino con riesgo de mi vida… Pero todo eso ocurrió hace más de treinta años. 
Ahora ya no estoy en condiciones de vivir tan arriesgadas aventuras y los pájaros lo saben. Por eso vienen a verme. Me devuelven la visita. Ellos son conscientes de que pueden conversar conmigo a cualquier hora. Esta misma noche, por ejemplo, como duermo siempre con la ventana abierta, he oído varias veces el zureo de mi amiga. Me costaba trabajo coger el sueño por culpa del calor que ya se ha instalado en Madrid, pero el gorjeo de la columbiforme me ha servido para recordar que, en efecto, estamos en pleno decenario del Espíritu Santo que, como sabéis, llegó en Pentecostés en forma de viento impetuoso y fuego revitalizador. Y he repetido hasta dormirme aquella oración que compuso San Josemaría en 1934 y muchos sabemos de memoria:
¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad... He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después..., mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte. ¡Oh, Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras.


jueves, 28 de septiembre de 2017

El tiempo libre

No es tiempo de huida.
Es tiempo de madurar, de crianza, de silencio, de espera.
Tiempo de intimidad en el amor, de soledad, de susurros, de risas contenidas.
Tiempo de apertura, de mirar a los que amas para descubrirlos por primera vez.
Tiempo de siembra, de dar vida a las viejas utopías que un día soñaste.
Tiempo de descanso, de esconder tu fatiga a la sombra del alma.
Tiempo de calcular los kilómetros andados y los que aun debes recorrer. 
Tiempo de abrazar a quien lo necesita, de hacer cosquillas a los tristes.
Tiempo de escuchar la melodía del viento, los  timbales del trueno, el goteo de la lluvia..., y las palabras de tus amigos
Tiempo de mirar los a ojos de los mendigos y descubrir en ellos la mirada de Cristo 
Tiempo de abrir la puerta al Dios-mendigo que balbucea cada día su llamada.
Tiempo de fe; de luz y de penumbra. 

miércoles, 24 de mayo de 2017

Papás de peluche

Harto ya de no escribir (llevo un año en el dique seco), me decido a recomenzar poco a poco. Tengo que engrasar las articulaciones de mi pobre sesera menguada y hacer gimnasia mental para recuperar el tono muscular. Sólo así podré poner en órbita este globo.
Haré entradas breves, como esta de hoy.
¿No os desconcierta ver en la televisión —y en la vida real— a esos papás cómplices de las atrocidades que cometen sus hijos? Hablo de los que agreden a los profesores por haber puesto mala nota al niño; de los que se pelean en la grada de un campo de fútbol mientras sus hijos juegan un partido infantil; de los que justifican la violencia de sus retoños, y les enseñan a mentir para defenderse de la ley.
¡Es urgente escolarizar de nuevo a los padres! Pobres padres. Ellos no tienen la culpa. Llevamos más de medio siglo formado papás de peluche.
Alguien escribió: La educación de los hijos comienza 20 años antes del nacimiento de sus padres.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Aprender cosas viejas

Betanzos 
Me pregunta Kloster si he aprendido algo nuevo en esta convivencia.
—¿Algo nuevo?, supongo que sí, pero lo importante es aprender cosas viejas, ésas que uno creía conocer muy bien. Hay que descubrir pequeños tesoros que estaban escondidos en algún rincón de la memoria y que no supimos valorar a tiempo. No es tal fácil como parece, porque somos vanidosos y cuesta admitir que la estupidez y la arrogancia son vicios paralelos que crecen con los años. Corremos el riesgo de que las grandes palabras, los conceptos más sublimes salgan de nuestros labios cubiertos de polvo, adormecidos por la rutina, y que al oírlos ya no nos emocionen ni penetren hasta sonar en el fondo del alma, como piedra en el pozo.
—Vale, vale… Entonces ¿aprendiste algo nuevo o no?
—Sí, algo muy viejo. He aprendido que, para entender al mundo y a las personas, es imprescindible pensar con el corazón. Este mundo seguirá siendo un misterio y un lugar peligroso para quien no lo contemple desde el corazón de Dios.

sábado, 14 de mayo de 2016

Apóstol por sorteo




Estaba en el banquillo de los reservas. Había conocido a Jesús y fue testigo de su Resurrección, pero no entró en la lista de los 12 que el Señor eligió como columnas de su Iglesia.
No aparece ni una sola vez en el Evangelio. Quizá formó parte de aquel grupo de 72 que envió el Señor, sin bolsa ni alforja ni calzado, a hacer prácticas de apostolado por los pueblos y ciudades de Palestina.
Pero Judas cayó y había que nombrar un sustituto: Dios quería que hubiese 12 testigos, como fueron 12 las tribus de Israel. Y San Pedro se fijó en él y en su compañero Barsabas, apodado El justo. ¿Cuál de los dos sería el elegido?
Lo echaron a suertes y María Santísima cargó los dados. Dios, nuestro Señor, desde antes de la Creación del mundo, ya había dispuesto que la suerte cayera sobre Matías. Hoy es su fiesta.
Algunas veces pienso que yo también soy apóstol por sorteo. Me ha tocado la lotería a pesar de que ni siquiera había comprado un décimo. La Virgen María volvió a hacer trampas, y gracias a Ella estoy aquí.
 
 

jueves, 28 de abril de 2016

La primera oropéndola

 En la Parroquia del pueblo hay 21 nidos de cigüeña
Como un relámpago de oro cruza frente a mi ventana la primera oropéndola del año.
Estoy en El Soto. Predico un curso de retiro, algo más breve que los demás, a 14 mujeres de la Obra. Mi móvil de Vodafone no tiene cobertura y la línea del teléfono fijo está averiada. Es lo que tiene la Sierra de Madrid. En cambio, desde hace un año funciona la wifi y puedo watchapear con el resto del mundo.
La oropéndola lanza una especie de maullido desde el árbol donde se ha posado. Luego llama a su pareja con un silbido poderoso.
La casa y el jardín de "El Soto" son un oasis verde en medio del pedregal. Para llegar hasta aquí hay que tomar un camino de tierra de varios kilómetros. Si el tiempo es lluvioso el coche terminará bien embarrado. En caso contrario llegará cubierto de polvo.
Ya ha aparecido la hembra de la oropéndola. Se conoce que la pareja tenía una cita en el jardín. Pocos segundos después los dos levantan el vuelo.
En la zona que ocupa el sacerdote hay un pequeño oratorio donde se reza muy bien. Esta mañana he renovado el Santísimo; he abierto el Sagrario, me he puesto el paño de hombros y he trasladado al Señor hasta el oratorio de la Administración. Allí, después de celebrar la Santa Misa, he cogido una Forma consagrada nueva, la he puesto en una teca y he regresado a la zona del Sacerdote para dejar a Jesús otra vez en el Sagrario.
Durante esta breve procesión privada he recordado el viaje que hizo María Santísima desde Nazaret hasta la casa de su prima Isabel con el Niño en su seno. Nadie podía saber que llevaba ese tesoro, pero Ella ya hablaba con Jesús y le explicaba las bellezas de este mundo que Dios vería muy pronto con ojos recién estrenados de niño.
La oropéndola ha vuelto a gritar desde lejos. Es primavera.