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viernes, 2 de agosto de 2019

Tinto de verano




 Con la llegada del verano, o sea de agosto, todo se tiñe de rosa. Los políticos se apresuran a llegar a acuerdos antes de las vacaciones y lucen sonrisas apócrifas, ligeras y frescas como el vichyssoise. Su merecido descanso es lo primero. Por cierto, ¿por qué el descanso siempre lleva adosado el mismo  adjetivo? No sé; quizá piensen —y por una vez con razón— que los ciudadanos y ciudadanas también merecemos descansar de ellos y de ellas y de su omnipresencia mediática.
La prensa mejora una barbaridad en agosto. Pierde kilos de publicidad y si no fuese porque los crímenes parecen proliferar con el calor, sería una delicia leer los periódicos. En agosto casi nadie hace declaraciones solemnes, y los reportajes se centran en las ocurrencias de esos famosos que salen en la tele porque son famosos y son famosos porque salen en la tele.
Claro que en verano también suceden cosas importantes, aunque los periódicos no hablen de ellas. Hace un par de días hablé aquí de “los ángeles de Kenia”, que merecerían una portada en la prensa nacional, y conozco a docenas de chicos y chicas que pasan las vacaciones en países tan dispares como Perú, Croacia, la India, Marruecos, Costa Rica…, o incluso España. En septiembre regresarán al cole o a la universidad con unos centímetros más de altura, los músculos templados por el trabajo, la mirada más viva y el cutis de un moreno especial.

─¿Qué, de la playa?
─No, hija no; es tinto de verano.


lunes, 24 de junio de 2019

Abueleando



Acabamos de terminar el curso y ya echo de menos a los chicos. De vez en cuando me sorprendo a mí mismo imaginando lo que harán en este comienzo de vacaciones. ¿Qué será de… Pablo, Antonio, Nacho, Juan, Felipe…? Pienso en cada uno, en los planes que tenían para el mes de julio y para agosto. Y trato de recordar lo que me dijeron. Creo que tenía que encomendar a…, ya se me ha olvidado. Es igual; rezo por todos y sigo abueleando en la imaginación.
Cuando regresen en septiembre, ¿cuántos habrán dado el estirón? Hay algún chaval de quince años que ya supera el metro noventa. Es una vergüenza; cuando yo estudiaba bachillerato era, con diferencia, el más alto del colegio. Por eso jugaba siempre de portero. Por eso y porque no valía para otra cosa. Ahora estoy rodeado de gigantes en ciernes. Ya verás, en septiembre algunos habrán cambiado su vocecilla de soprano por la definitiva de barítono.
Parece mentira; yo que en el cole tiendo a ser serio y despegado, me he convertido en abuela. Supongo que es mi papel. Ahora pido al Señor por la vocación de todos. Sí, he escrito "vocación", porque Dios nuestro Señor, que es Padre, ama a cada uno como si no existiera nadie más en el mundo, y no olvida su nombre, como me pasa a mí, y los llama por ese nombre desde toda la eternidad para que sean santos, es decir, felices. Y ha diseñado un camino de felicidad, es decir, de santidad, para cada uno. La mayoría  —ojalá— serán estupendos padres de familia y abuelos. Otros recibirán en su alma una llamada diferente, de entrega total. Y quién sabe si a alguno le tocará el gordo de la lotería, y acabe, como yo, celebrando sus bodas de oro sacerdotales y abueleando en el cole.
Terminemos. Hoy tengo un día raro.

jueves, 20 de junio de 2019

Tragedias cotidianas



Al salir del cole veo a una pareja que se acerca hacia mí por el Paseo de Alcobendas. Él luce la inconfundible camiseta de Aldovea; ella es una chiquilla de catorce o quince años, con poquita ropa encima, flaca como un fideo, de pelo negro alborotado y brazos movedizos que se agitan como las aspas de un molino mientras habla y habla. Él escucha en silencio mirando al suelo, como si estuviese recibiendo una dura reprimenda.
Abro la puerta del coche, pero no me decido a entrar. Me vence la curiosidad por saber de qué están hablando.
Al fin me siento frente al volante y abro la ventanilla. En ese momento, la pareja pasa a mi lado. Ella gasta una voz afilada como un bisturí capaz de traspasar la chapa de la carrocería.
—Sabes lo que te digo. Voy a morir sola, gorda y fea, pero no me importa. Ella se lo pierde.
Pongo en marcha el vehículo. ¡Ah, la vida atormentada de los adolescentes; quien la sufriera otra vez!

miércoles, 15 de mayo de 2019

Los sueños de Alex (y II)





—No, majo, no. Para ser cura o algoasí hay que empezar por ser ambicioso; tener sangre en las venas y un corazón grande que sueñe con empresas imposibles, con aventuras reales… Sobre esa base, Dios puede edificar algo y llamarte; pero a ti…, no creo.
Eso le dije al bueno de Álex, y él se mordió el labio con un gesto muy suyo, entre tímido y peleón. Yo entonces traté de provocarle un poco, sin pasarme de la raya:
—¿De verdad que no has soñado nunca con hacer algo grande por Dios o por los demás.
—Claro…, pero son cosas de crío, como cuando uno dice que quiere ser taxista o aviador…
—No es mala cosa ser taxista. Y volar pilotando un buen reactor debe ser alucinante.
—A mí me entró la manía de ser explorador en la Amazonia y vivir con los indígenas.
—Pues allí no creo que puedas ir con el Ferrari…
Diez minutos después habíamos empezado a soñar juntos. Él, con ser poeta y escribir un libro de viajes relatando sus expediciones por África y América del sur. Yo, con viajar al espacio y dar saltos sobre la superficie de la luna para comprobar que no hace falta ponerse a dieta para perder peso.
Luego charlamos sobre la posibilidad de hablar con Dios y de contarle todos esos sueños, sabiendo que Él nos comprende y no trata de reprimir jamás nuestras ambiciones por muy descabelladas que parezcan.
Por último comprobamos que el tiempo ha volado y debemos volver al trabajo: Alex, a clase de matemáticas. Yo, al confesonario.

lunes, 13 de mayo de 2019

Los sueños de Alex (I)



Cuando charlo con adolescentes, ellos suelen empezar contándome lo que van a estudiar, y casi siempre manifiestan un montón de dudas y de miedos. Cualquiera diría que los estamos educando en una un especie de realismo cauteloso que les lleva a obsesionarse con las posibles dificultades de la vida, con lo duras que son las carreras y con las pocas "salidas" que hay; las dichosas salidas que a la hora de la verdad no tienen tanta importancia como parece. 
Trato de ponerme en su lugar y recuerdo mi propia adolescencia: aquellas ambiciones descabelladas que se me antojaban al alcance de la mano, los proyectos fantásticos que nacían de mi imaginación calenturienta y también, por qué no, los fracasos periódicos, las depresiones de la edad del pavo, de las que había que renacer una y otra vez. 
Echo de menos todos esto en los chavales, especialmente cuando les hago mi pregunta predilecta: 
—Imagínate que mañana te levantas de la cama y descubres que han pasado 20 años; de pronto has viajado al futuro y ves que todo ha salido como en el mejor de tus sueños. ¿Dónde estás? ¿A qué te dedicas? ¿De qué vives? 
Alex tiene dieciséis años y gasta una mirada melancólica como de abuelo prematuro. Me mira desconfiado, cierra los ojos y responde: 
—Vivo…, aquí mismo con mi pareja… 
—¿Casado? 
—Sí, claro. Bueno, supongo que sí, aunque no sé… Trabajo en la empresa de mi padre y como tengo pasta, me compraré un Ferrari. 
—¿Tienes hijos? 
—Sí, dos —Alex se va animando—, y a mi chica le compraré también otro Ferrari. 
—¿Eso es todo lo que se te ocurre? 
Alex se encoge de hombros y se ruboriza un poco no sé bien por qué. 
—¿No te gustaría cambiar el mundo? 
Ahora casi sonríe: 
—¿Es que quiere que me haga cura o algo así? 
—No, majo, no. Para ser cura o algoasí hay que empezar por ser ambicioso; tener sangre en las venas y un corazón grande que sueñe con empresas imposibles, con aventuras reales… Sobre esa base, Dios puede edificar algo y llamarte; pero a ti…, no creo. 
(Otro día continúo con el relato. Hoy no tengo tiempo)

jueves, 20 de febrero de 2014

El punto





Me dice Gaby que con los curas prefiere no hablar “si no es imprescindible”.
Gaby tiene 16 años escasos y su alergia a los clérigos es solo una cuestión de imagen personal.
―Es que si me ven charlando con usted…
―…se cachondean.
―Bueno, sí. Un poco.
―Entonces ¿por qué vienes a verme?
Sonríe de medio lado:
―Es que usted tiene un punto… Ya me entiende.
Lo extraño es que, en efecto, Gaby supone que le entiendo. Tendré que investigar la naturaleza de ese punto y hacer examen de conciencia para ver dónde lo tengo.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Ha fallecido Juan Enrique Abrisqueta




Querido Juan Enrique, después de tantos años sin darme noticias, me escribe Peru para decirme que acabas de fallecer en San Sebastián. He buscado por todas partes una foto tuya, pero ha sido inútil. ¿Cómo es posible que una de las personas más valiosas que he conocido sólo aparezca en Internet en la sección de necrológicas?
En Gaztelueta eras el mejor de mi clase; el más trabajador, el más responsable y el que sacaba siempre las notas más altas. Encima eras simpático, noble, cordial y no demasiado guapo gracias a Dios. Jugabas bien al fútbol y, aunque no destacabas especialmente en ningún deporte, participabas en todos con un rendimiento notable.
Te llamábamos “Ministro” quién sabe por qué. Los niños a veces ponen motes sorprendentes. Yo creo que el tuyo surgió cuando vino a visitarnos al  colegio el “Ministro de Educación Nacional” allá por el año cincuenta y... pocos.
Un día te pusiste enfermo. Al final no fue nada, pero según parece los primeros síntomas fueron alarmantes. El caso es que no viniste a clase durante algunos días y Don Jesús Urteaga aprovechó la ocasión para ponerte como modelo delante de todos tus compañeros que, a la sazón, éramos una tropa apática de adolescentes asilvestrados. Nos dijo que tomáramos ejemplo de ti. Y yo, desde entonces, te tuve particular afecto.
Empezamos la carrera de Derecho en Pamplona. Los primeros meses vivimos juntos en una pensión de la calle Olite y asistíamos a las clases en la Cámara de Comptos con cuatro ilustres profesores: Ismael Sánchez Bella, José María Martínez Doral, José Luis Murga y Rafael Echeverría.
Un día me propusiste un pacto: jugaríamos al mus todas las tardes hasta las cinco en punto. A partir de esa hora, estudio. No lo hicimos mal: tú y yo fuimos de lo mejorcito del curso. Y encima merendábamos en el Mauleón casi todos los sábados.
Además íbamos a Misa, nos confesábamos regularmente y llegamos a plantearnos la posibilidad de que Dios nos pidiera algo más.
―Mira, Juan Enrique ―te dije una tarde―. Vamos a llegar a un acuerdo. No hablaremos nunca de este asunto entre nosotros; pero el primero que se decida a "entrar en el Opus" paga la merienda.
Yo te la pagué, ¿recuerdas? Y a ti te dio una temblequera considerable. Pero, a partir de entonces, fuimos aún más amigos.
Me fui a Barcelona en tercer curso y te perdí de vista. A esas edades uno es perezoso para escribir cartas. Si al menos hubiésemos tenido correo electrónico…
Ya sé que te casaste con Teresa y que tienes un montón de hijos y de nietos. No me cuesta nada imaginarte con tu eterna e descomunal sonrisa comiéndotelos a besos…
En el Cielo te habrán informado de que soy cura desde hace cuarenta y cuatro años, y no he jugado al mus desde que dejamos pendiente nuestra última partida.
Mañana, querido Juan Enrique, ofreceré por ti la Santa Misa. A cambio, ¿no podrías enviarme un mensaje para poner al día nuestros recuerdos? Me consta que allí arriba hay buena cobertura.
Quedo a la escucha, Ministro. Un abrazo muy fuerte de tu amigo
  

jueves, 15 de noviembre de 2012

Contesto a Paloma

Tiene 11 años y me consta que no se deja asesorar por su madre cuando escribe sus e-mails llenos de flores y pájaros de color de rosa. Ella tiene su propia personalidad y lee mi globo casi todos los findes. 
Me dice que le encantan los "articulitos" sobre la fe, pero que tendría que contar más anécdotas:
"Ya comprendo que este año es distinto --añade--. Te pasas el día encerrado hablando y hablando, y como no sales, seguro que estas superaburrido".
Por último me hace una pregunta muy pertinente: "¿te cansas de dar "menditaciones" o es divertido?" Y para aclarármelo más, añade: "debe ser guay no parar de decir cosas sin que nadie te interrumpa, pero tendrás que prepararlas muy bien para no aburrir a la gente".
Tienes razón, Paloma; me lo preparo todo la mar de bien, y, mientras hablo, no me canso nada, nada. Me gustaría pasarme el día contando cosas de Dios. Lo malo viene al final. Cuando regreso a mi habitación y veo las llamadas perdidas, abro el correo y me encuentro con tu precioso mensaje, me doy cuenta de que sí, estoy muy cansado, pero con un cansancio alegre, como el que tiene el que ha jugado un buen partido de tenis y encima ha ganado.
Claro que aquí no puedo saber cuál ha sido el resultado.





viernes, 12 de octubre de 2012

Bondad, belleza y acné





El remitente del e-mail que acabo de recibir (he entresacado unas pocas palabras y he mutilado otras) tiene 22 años según mis cálculos.
“Cuando estaba en el colegio con usted no era muy exigente para elegir a mis novias. No era un obseso, pero si veía una tía (…) asequible, me iba detrás…"
(…) "Ahora comprendo que el paso del tiempo no te hace perder el buen gusto; al contrario, lo mejora. Ya sólo me fijo en las niñas buenas, en las que van a Misa. Todas me parecen preciosas, aunque tengan granos y estén gorditas.”
Mañana le contestaré. Quizá le hable de la bondad, la verdad y la belleza, que en el fondo se identifican. No le vendrá mal unas píldoras de filosofía tomista.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Primer desengaño



―¿Cuántos años tienes?
―Voy a cumplir trece.
No estudia aquí, pero charlamos en el jardín de Tajamar porque su madre se ha empeñado en que me cuente un problema "muy gordo" que tiene. El chaval parece dispuesto a hacerlo.
―Es que me gusta una chica…
―¿Sólo una?
Casi sonríe, pero enseguida se pone serio otra vez.
―Sí. Pero es mayor.
―¿Cómo de mayor?
―Tiene dieciséis años.
―¿Y se lo has dicho ya?
―Sí, pero ella se lo ha tomado a coña y se lo va contando a todas sus amigas.
―¿Y qué podemos hacer?
―Yo quiero cambiar de colegio o si no, morirme. Ya me da lo mismo.
―Y de notas, ¿qué tal?
―Muy bien. Soy inteligente.
Lo ha dicho con el mismo tono, pero me me ha mirado de reojo para ver mi reacción. Sí que es listo el chaval. Hemos charlado de mil cosas y ya no quiere morirse. Seguirá en el mismo cole porque es lo que le conviene y además hay que ser valiente, no salir corriendo.
―¿De acuerdo? 
―Sí, pero es que me sigue gustando.


viernes, 1 de junio de 2012

El móvil requisado


  
A Rocío le han requisado el móvil a las diez y media de la mañana.
─Estaba en clase sin hacer nada…,
─o sea, como siempre.
─Y como la profe es un rollo, saqué el teléfono del bolso para mandar un mensaje a Elena, que es mi mejor amiga. Era superurgente, te lo juro y no molestaba a nadie, pero aquí no te dejan ni moverte.
─Son las normas, ¿verdad?
─Sí, y lo entiendo, pero ¿por qué tienen que quitarte el móvil hasta final de trimestre? Allí guardo todos mis contactos, los números de mis amigos…
─…el whatsapp para enviar mensajes, videos y fotos.
─¿Ves? A que tú también chateas…
─Casi nada, pero no es ese el problema. Ya sabías que si lo usas en clase, te lo requisan.
─¡Pero es injusto! Ahora si le pasa algo a mamá no podrá llamarme…
El inesperado ataque de amor filial derrumba a Rocío en la silla que hay frente a mí. Me mira con ojillos de osito panda recién nacido, agarra con fuerza uno de los pocos kleenex que quedan sobre la mesa y empieza a hacer pucheros como una niña chica.
─¡Es que me encuentro como desnuda!
Logro detener el chiste al borde mismo de mis labios: estamos en junio, hace calor y Rocío quizá necesitaría algo más de abrigo.
─Seguro que tú sabes dónde guardan los teléfonos ─añade con mirada de delincuente─. 
─Sí que lo sé. Están bien protegidos. Les quitan la batería y los meten en una caja fuerte.
─Noooooo…
─Síííííííí… Y como sé donde está la caja, conozco la combinación y sé quién tiene la llave…
─¿Me lo vas a dar? Te prometo que me portaré superbién, pero es que lo necesito ahora mismo. Estoy histérica.
─¿Histeria?, no. Creo que lo llaman “nomofobia” y es una de esas enfermedades recién descritas por los médicos y se caracteriza por el miedo irracional a salir de casa sin el teléfono móvil. El término es una abreviatura de la expresión inglesa "no-mobile-phone phobia".
─O sea, que no me lo vas a devolver…
─Me temo que no. Además seguro que tienes en casa un par de teléfonos más.
─Sí pero éste es superchulo.
Rocío se levanta, me requisa el último kleenex y asegura que no piensa volver a verme nunca más.
─Hasta el lunes, maja…


jueves, 31 de mayo de 2012

Conversaciones de fin de curso


Reconozco que disfruto charlando con él. Es un chico inteligente y brillante, de muchas y variadas lecturas para su edad. Sólo tiene dieciocho años, pero se expresa como un adulto, aunque un pelín redicho, para ser justo.
Hoy me cuenta que quiere pasar las vacaciones sin compañía en algún lugar perdido de este mundo; que le gusta la soledad y se refugia en ella porque no soporta vivir en un mundo tan “estúpido y superficial”.
―Al fin has hablado como lo que eres ―se me ha escapado―.
―¿Y qué soy?
―Un chaval con muchas ganas de impresionar a los viejos.
Después de una pausa interminable, ha añadido:
―¿A usted no le gusta la soledad?
―Depende de lo que busques en ella. Hay quien sólo la necesita para contemplarse a sí mismo.
―Eso es lo que yo quiero ―me interrumpe―.
―Si eso es lo que buscas, cómprate un espejo, que te saldrá más barato. En cambio, si buscas a Dios, la soledad puede ser un camino, pero un camino de ida y vuelta. ¿Me entiendes?
Ha puesto cara de entenderme, pero seguiremos charlando mañana.

martes, 27 de marzo de 2012

Nada a cambio



―¿De cuántas personas puedes decir que te quieren sin pedirte nada a cambio?
María, que no ha dejado de hacer pucheros desde hace diez minutos, responde sin vacilar:
―De nadie.
Luego me va concretando:
―Mi novio siempre quiere lo mismo. Mi madre está deseando que me vaya de casa y la deje en paz. Mi padre pasa de nosotras. Ahora tiene otro rollo.
―¿Y tu amiga…?
―Bueno, ella sí…
Mientras charlamos no ha dejado de teclear en un Iphone nuevecito que maneja con envidiable soltura.
―¿Cuánto te ha costado?
―Me lo ha regalado mamá.
―¿A cambio de qué?
Se encoge de hombros y sigue tecleando. 
(Por la tarde la veo en el retiro de alumnas. Yo pensaba que vendrían sólo las que se preparan para la Confirmación, pero hemos tenido un lleno total ¡Quién las entiende! Llevo más de 40 años tratándolas y siguen siendo un misterio. Quizá sea solo cuestión de quererlas sin pedirles nada a cambio).

viernes, 10 de febrero de 2012

El pavo ataca de nuevo



       ―Si le pides a Dios algo, ¿te lo da siempre?
          ―Si es algo bueno…
          ―Es súper bueno.
          ―¿?
          ―Es que quiero desenamorarme de L.
          ―¿Estás enamorada de ese tío?
          ―¡Lo ves! ¡No me conviene nada! Es un idiota…
          ―¿Y él…?
          ―Pasa de mí. Por eso tengo que desenamorarme…

domingo, 15 de enero de 2012

Chateando que es gerundio


Dicen que las mujeres son capaces de hacer varias cosas a la vez, al contrario de los hombres, que ni siquiera sabemos caminar y mascar chicle al mismo tiempo. Hoy he comprobado la verdad de esta afirmación, al menos en su primera parte.
Estoy en Molinoviejo con treinta chicas de 16 años que asisten a una convivencia como parte de la catequesis preparatoria de la Confirmación. Esta mañana, mientras les daba clase, estaban la mar de atentas, pero sin dejar de chatear un solo instante con sus blackberry.
Por la tarde, en el oratorio, les he dirigido la meditación- Esta vez he logrado detenerlas a tiempo: todas tenían en la mano la maquinita en cuestión para seguir cotilleando.

viernes, 13 de enero de 2012

Esperanza


―¿Eres vaga o estudiosa?
―Antes era muy vaga, pero ahora ya soy súper estudiosa.
―¿Desde cuándo?
―Desde la semana pasada.
―¿Cuantas te catearon?
―Cuatro.
¡Ojalá tuviera yo tanta fe!

viernes, 25 de noviembre de 2011

Entre clase y clase

La chica tiene 17 años y espera que llegue el profe de mates. Charlamos unos segundos en el vestíbulo. Me dice que no le han dejado entrar en clase porque ha llegado "un poco tarde" esta mañana. Pero la conversación se alarga por otros derroteros:
―Bueno…, sí, claro; salgo los viernes y los sábados.
Lo dice como algo obvio.
―¿Y a qué hora vuelves a casa?
―A las tres o a las cuatro, depende.
―¿Y qué dicen tus padres?
Ahora se pone seria y responde con una sola palabra:
―Nada.
―O sea que se fían de ti.
―Pasan de mí. Les da igual.
Hace una pausa. Nos miramos un segundo y dice:
―Tengo mucha suerte.
Y se echa a llorar.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Misas de difuntos (II)


Seguimos celebrando misas de difuntos por cursos, y los chicos siguen apuntando los nombres de las personas que quieren encomendar al Señor. Fernando me pide que rece por Michael Jackson y dice que no lo ha puesto en la lista porque le da vergüenza.  Mejor suerte tiene Marco Simoncelli, que aparece por partida triple. 
Gerardo, en cambio, tiene otras preferencias:
─¿Por qué no nos dice una Misa en latín?
─¿Por qué en latín?
─Mola.
─Ya...

martes, 27 de septiembre de 2011

Deseos, propósitos, sueños...


Hemos hablado ya de casi todo, y eso que es su primera entrevista con el sacerdote. Me cuenta lo que piensa estudiar cuando apruebe la selectividad y sus proyectos para el futuro, que son muchos e increíblemente precisos. Aspira a “forrarse el riñón” como empresario y a vivir en un chalet de la costa con caballos, un barco y no sé cuantas cosas más.
―Este año me he puesto las pilas ―dice―. Voy a sacar muy buenas notas…
―¿Seguro que serás capaz?
―Sí. Seguro.
Y, al decirlo, se pone colorado, como si se le hubiese escapado una afirmación vergonzosa.
Es alto, fuerte y, si se peinara un par de veces a la semana, parecería incluso elegante. Su sonrisa le llena la cara y contagia sin pretenderlo.
Al final, como conclusión, le hago una pregunta:
―Total, que cuando tengas cuarenta años, ¿cómo quieres ser?
Sólo lo piensa un segundo:
―Quiero ser bueno.
Y otra vez se pone colorado.  

sábado, 24 de septiembre de 2011

La primera clase


Como tal vez sabéis, trabajo en un colegio en el que sólo hay alumnos de primero y segundo de bachillerato; en total, unos quinientos chicos y chicas de 16 o 17 años, o sea en plena edad del pavo. En España, desde hace algún tiempo, el bachillerato es sólo una antesala de la universidad.
 Los alumnos proceden de colegios diferentes y, durante el mes de septiembre, los de primero lucen unas caras de asombro, curiosidad y despiste que los hace más vulnerables. Quizá por eso los capellanes solemos visitar las aulas de los recién llegados para explicar qué pintamos los curas aquí y qué actividades organiza la capellanía. 
Me gusta dar esa primera clase.  Hoy, por ejemplo, he ido a 1º A con un montón de impresos en la mano izquierda y un bate de béisbol en la derecha. Los impresos sirven para que los que quieran participar en la Catequesis de la Confirmación escriban sus datos personales; el bate de béisbol en cambio… 
―¿Para qué es eso? ―pregunta una chica con cara de susto―. 
La miro con la mayor seriedad de que soy capaz y explico a todos que, según un reciente estudio de la Unesco, el 76,4 % de los bates de béisbol que hay en la Unión Europea se utilizan…, para jugar al béisbol. Por tanto nadie debe alarmarse: lo más probable es que yo lo emplee con ese fin. Solo en un 23,6 % de los casos, se usa con otros propósitos. 
La niña, que aún no las tiene todas consigo, me pregunta por esos otros propósitos. 
―Es evidente; el bate sirve también para abrir vuestras mentes, con sus correspondientes cráneos, al conocimiento de la verdad y el bien.
A estas alturas, toda la clase, salvo mi interlocutora, que me mira con desconfianza, ha comprendido que no hablo muy en serio.
El resto de la hora ha transcurrido por cauces más convencionales; pero nos lo hemos pasado la mar de bien. Y, gracias a la JMJ, el número de los que se han apuntado a la catequesis es mucho más elevado que otros años.