Querido
Juan Enrique, después de tantos años sin darme noticias, me escribe Peru
para decirme que acabas de fallecer en San Sebastián. He buscado por todas
partes una foto tuya, pero ha sido inútil. ¿Cómo es posible que una de las
personas más valiosas que he conocido sólo aparezca en Internet en la sección
de necrológicas?
En
Gaztelueta eras el mejor de mi clase; el más trabajador, el más responsable y
el que sacaba siempre las notas más altas. Encima eras simpático, noble,
cordial y no demasiado guapo gracias a Dios. Jugabas bien al fútbol y, aunque
no destacabas especialmente en ningún deporte, participabas en todos con un
rendimiento notable.
Te
llamábamos “Ministro” quién sabe por qué. Los niños a veces ponen motes
sorprendentes. Yo creo que el tuyo surgió cuando vino a visitarnos al colegio el “Ministro de Educación Nacional”
allá por el año cincuenta y... pocos.
Un
día te pusiste enfermo. Al final no fue nada, pero según parece los primeros
síntomas fueron alarmantes. El caso es que no viniste a clase durante algunos
días y Don Jesús Urteaga aprovechó la ocasión para ponerte como modelo delante
de todos tus compañeros que, a la sazón, éramos una tropa apática de
adolescentes asilvestrados. Nos dijo que tomáramos ejemplo de ti. Y yo, desde
entonces, te tuve particular afecto.
Empezamos la carrera de Derecho en Pamplona. Los primeros meses vivimos juntos en
una pensión de la calle Olite y asistíamos a las clases en la Cámara de Comptos
con cuatro ilustres profesores: Ismael Sánchez Bella, José María Martínez Doral,
José Luis Murga y Rafael Echeverría.
Un
día me propusiste un pacto: jugaríamos al mus todas las tardes hasta las cinco
en punto. A partir de esa hora, estudio. No lo hicimos mal: tú y yo fuimos de
lo mejorcito del curso. Y encima merendábamos en el Mauleón casi todos los
sábados.
Además
íbamos a Misa, nos confesábamos regularmente y llegamos a plantearnos la
posibilidad de que Dios nos pidiera algo más.
―Mira,
Juan Enrique ―te dije una tarde―. Vamos a llegar a un acuerdo. No hablaremos
nunca de este asunto entre nosotros; pero el primero que se decida a "entrar en el Opus" paga la merienda.
Yo
te la pagué, ¿recuerdas? Y a ti te dio una temblequera considerable.
Pero, a partir de entonces, fuimos aún más amigos.
Me
fui a Barcelona en tercer curso y te perdí de vista. A esas edades uno es
perezoso para escribir cartas. Si al menos hubiésemos tenido correo electrónico…
Ya
sé que te casaste con Teresa y que tienes un montón de hijos y de nietos. No me
cuesta nada imaginarte con tu eterna e descomunal sonrisa comiéndotelos a
besos…
En
el Cielo te habrán informado de que soy cura desde hace cuarenta y cuatro años,
y no he jugado al mus desde que dejamos pendiente nuestra última partida.
Mañana,
querido Juan Enrique, ofreceré por ti la Santa Misa. A cambio, ¿no podrías
enviarme un mensaje para poner al día nuestros recuerdos? Me consta que allí arriba hay buena
cobertura.
Quedo a la escucha, Ministro. Un
abrazo muy fuerte de tu amigo