Dentro de una hora Marita cumplirá 101
años.
Marita es mi madre, pero desde hace
algún tiempo todos sus hijos, nietos y biznietos la llamamos así, con este
diminutivo doméstico que nos la acerca aún más. Marita es sólo ella: única e irrepetible.
Recia, discreta, tierna, alegre, piadosa.
Yo hoy tendría que haber escrito un
poema o un cuento, pero confieso que me siento incapaz de redactar cuatro
líneas que le hagan justicia.
Entonces, ¿por qué me he sentado frente
al ordenador a estas horas? Supongo que porque es la víspera, y las
vísperas siempre me han llenado más que las propias fiestas. Además necesito
decir en voz baja, ahora que este globo agoniza y apenas me quedan dos docenas
de lectores, que debo mi vocación a Marita. Ella me enseñó todo lo importante
que sé. Con ella empecé a rezar, a leer, a escribir, a luchar…
Alguna vez me ha dicho que no se
explica por qué sigue aún en este mundo, ahora que ya sólo es un estorbo. Hoy
me atrevo a responder que la necesito —la necesitamos todos— para ser fieles,
para seguir apoyándonos en su fe recia y valiente, en su cansancio sereno, en
esa mirada de chiquilla traviesa que chispea cuando juega con los más pequeños
de la tribu.
Dentro de unas horas celebraré la Santa
Misa y pediré por lo que pida Marita. Me uniré a sus deseos, a sus sueños. Y
daré gracias a Dios en nombre de todos por tenerla y sentirla tan cerca.