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domingo, 28 de abril de 2019

La primera Comunión de María




Hace un par de años escribí este cuento para que lo leyera mi sobri-nieto Javi en el día de su primera Comunión. Como estaba previsto, a su madre le encantó y hasta soltó alguna lágrima. De Javi no me consta ninguna reacción especial.
Ahora que llegan las primeras comuniones de miles de niños y niñas, se lo dedico a cada uno con todo mi cariño.
*     *     *

Querido Javi.
Soy Gaby (o sea, Gabriel) y trabajo en el Cielo como Arcángel Custodio de la Virgen María.
Me ha contado tu tío que el día 20 de mayo vas a hacer la primera Comunión y, como él ahora está muy lejos, me pide que escriba un cuento para mandártelo como regalo.
Yo le he dicho que los Ángeles no sabemos inventar historias falsas. Sólo decimos la verdad; pero tu tío ha insistido:
—Por eso quiero que lo escribas tú. Javitxu se merece un cuento que no sea cuento. Seguro que en el Cielo hay mogollón de anécdotas que nadie hasta ahora ha puesto por escrito. ¿Por qué no nos explicas, por ejemplo, cómo fue la Primera Comunión de la Santísima Virgen?
Tenía razón. Así que le he arrancado a Rafael una de sus plumas de colores, la he mojado en tinta celeste color verde esmeralda y me he puesto a la tarea.
Aquí tienes el resultado:




San Juan Evangelista dando la Comunión a la Virgen (Iglesia de los Santos Juanes. Valencia)


La primera Comunión de María.



Era el día de Pentecostés. Acababa de venir a la tierra el Espíritu Santo, que se posó sobre las cabezas de los apóstoles dividido en pequeñas llamaradas. Un huracán luminoso alborotó el salón y oímos una música suave que venía del Cielo. San Pedro entonces se puso en pie, salió al balcón y pronunció un discurso ante la multitud. Hay que ver lo bien que le salió. Todos entendieron sus palabras gracias a que un centenar de ángeles políglotas hicieron la traducción simultánea a cincuenta o sesenta lenguas: le escucharon en griego, latín, francés, euskera, kikuyu, tagalo, mandarín, etc., cada uno solo en su idioma. Fue una pasada. Nunca se había hecho antes, pero era necesario que la gente supiese que había comenzado una nueva era. Nacía la Iglesia Católica y las puertas del Cielo se abrían de par en par para todos.
Enseguida empezaron los bautizos. Los apóstoles fueron de cabeza. Imagínate, 3.000 personas en una sola mañana. Y, como a partir de ese día ya era posible celebrar la Santa Misa, los recién bautizados y todos los que habían recibido al Espíritu Santo se pusieron en cola para comulgar por primera vez. Fue la Primera Comunión más numerosa de la historia.
—¿Y la Virgen?
Mi señora se había escondido en un rincón porque quería pasar inadvertida. Yo supuse que no comulgaría. Al fin y al cabo ya había recibido a Jesús muchos años atrás, cuando era una chiquilla y yo un arcángel novato. En aquella ocasión Dios mismo me envió a Nazaret para anunciarle que el Señor estaba impaciente por venir a la tierra y que, si daba su permiso, ella iba a ser la Madre del Mesías. Mi Señora dijo que sí y, a partir de ese instante, llevó a Jesús en su seno durante 9 meses. Eso era mucho más que una Comunión.
No caí en la cuenta de que la "Llena de Gracia" tenía más ganas que nadie de recibir a su Hijo por segunda vez ¡Quería hacer su Segunda-Primera Comunión! Y tenía todo el derecho del mundo.
Como comprenderás, querido Javi, la Virgen y yo teníamos ya largas conversaciones a solas. Nadie se daba cuenta porque no necesitábamos palabras para charlar y, por supuesto, sólo María podía verme. Para los demás, los ángeles somos invisibles. El caso es que el mismo día de Pentecostés me llamó la Señora y, con su delicadeza y cariño habituales, me dijo:
—Mira, Gaby, mañana por la mañana voy a hacer la Primera Comunión. Juan, que es el apóstol más joven y Jesús me lo encomendó antes de morir, celebrará la Eucaristía en casa por primera vez, y estaré yo sola con él. Pero hay un problema: cuando pasen los siglos, los niños y las niñas harán su primera comunión vestidos de fiesta. Yo tendría que darles ejemplo, y resulta que no tengo nada que ponerme. ¿Cómo puedo hacer la Primera Comunión con este vestido?
Me aparté un par de metros para mirarla con más atención, y quedé deslumbrado como me ocurre siempre. Si los hombres hubiesen visto a la Santísima Virgen como la veo yo a todas horas caerían rendidos a sus pies. Desde pequeñita hasta el final de su vida fue siempre la mujer más guapa que ha habido jamás. ¡Qué importa el vestido! Cualquier prenda parecerá una joya si lo lleva la Reina de los Ángeles y de los hombres.  Sus ojos verdes, enormes y transparentes, parecían iluminar la estancia entera.
María tenía casi sesenta años, y, claro, se le marcaban algunas arruguitas junto a sus ojos y la boca. Y su cabello era blanco, como el de casi todas las abuelas.
—No importa —le dije—; esto te lo arreglo yo en un plisplás. Encargaremos a los ángeles-modistos un vestido azul como el mar con ribetes de plata. Luego te pondremos una diadema de brillantes y esmeraldas y unos zapatos de cristal…
—No, Gaby —me interrumpió María—. No quiero eso. Yo soy la Esclava del Señor, y sólo me gustaría recuperar, arreglada y limpia, la ropa que llevé en Nazaret cuando me preguntaste si quería ser la madre de Jesús y yo te dije que sí…
—Pero, Señora, han pasado muchos años y tu vestías como una chica pobre de un pueblo muy pobre. Recuerdo que llevabas un delantal blanco sobre una falta gris y una blusa muy sencilla…
—Eso es lo que necesito. Nada más. Jesús no tuvo ningún inconveniente en vivir junto a mi corazón, a pesar de ese vestido. Con él fui a ver a mi prima, Isabel, y luego, camino de Belén. Lo tuve que lavar muchas veces y dejarlo al sol para que se secase… Ahora me gustaría poder hacer lo mismo. Seguro que el Señor estará contento.
Me retiré de la presencia de la Virgen. En mi casa del Cielo, guardado en un armario de marfil, estaba el vestido que yo mismo conservaba como recuerdo. También el pañuelo floreado de varios colores que María llevó en la cabeza. Lo extendí todo sobre una nube de algodón y llamé a los ángeles modistos para poner en práctica una pequeña travesura que se me había ocurrido.
*     *     *
Al día siguiente, en la misma habitación donde Jesús y los apóstoles tuvieron la última cena, San Juan celebró la Misa para su Madre, María. Ella, igual que en el Jueves Santo, amasó el Pan y preparó el Vino que se iban a convertir en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo.
—¿Sabes que estás muy guapa con ese vestido? —le dijo Juan, que se consideraba hijo de mi Señora, y la llamaba siempre "mamá"—. Te veo mucho más joven, como una chiquilla, con ese pañuelo en la cabeza. 
María se rió:
—Eso es porque me he tapado las canas.
Comenzó la Misa. Asistieron también dos amigas de la Señora: Salomé, que era la madre de Juan y Santiago, y María Magdalena. Sólo la Virgen se dio cuenta de que, además, en aquella pequeña estancia, había un coro de millones y millones de ángeles que cantábamos una melodía recién inventada, que sólo se oía en todos los rincones del Cielo.
Justo antes de la Comunión, San Juan dijo unas palabras a la Virgen. Le habló de aquel momento en que Jesús, desde lo alto de la cruz, le encomendó a él que cuidara de su Madre, y a María, que recibiera a Juan como hijo.
—¿Recuerdas, mamá? Pues ahora yo te digo lo mismo que nos dijo el Maestro: aquí tienes a tu Hijo. Te lo entrego por primera vez en forma de Pan. Y lo haré cada mañana hasta que los dos vayamos al Cielo.
María tomó el Cuerpo de Jesús y comulgó en silencio. En ese momento, San Juan y las dos mujeres que acompañaban a la Señora vieron bajar del Cielo una nubecilla luminosa que cubrió por un instante a la Santísima Virgen. Al disiparse la niebla, todo había cambiado: el rostro de María volvía a ser el mismo que yo vi en Nazaret, el de una chiquilla preciosa de 14 años. Su cabello negro había recuperado el brillo y el color de entonces, y ya no estaba sentada en un humilde taburete, sino en un trono de oro y terciopelo .
Lo del vestido fue cosa nuestra. Los ángeles diseñamos un modelo especial para ese momento: el pañuelo de la cabeza se había convertido en una corona de flores naturales que se entrelazaban con su cabelloy llenó la sala de una leve fragancia que no parecía de este mundo. Y elmodesto hábito de campesina que había elegido la Virgen se transformó de pronto en una espléndida túnica blanca con bordados de oro y plata en las mangas y sobre la cintura. Seis ángeles se hicieron visibles para llevar la cola del manto azul que completaba el atuendo de María. Y volvió a sonar la música que, ahora sí, todos pudieron oír con absoluta claridad.
*    *    *
¿Y ya está?
Por supuesto que no. Te contaré un secreto: para celebrar ese día, los ángeles creamos una receta nueva: la del chocolate con churros, que, desde entonces, ha tenido bastante éxito en casi todas las primeras comuniones. 



miércoles, 1 de enero de 2014

En urgencias



Marta Chacón, también llamada Cordelia, me envía esta bellísima historia. Su autora es médico y ha trabajado como pediatra algunos años. Además es una notable escritora.

31 de diciembre, diez y pico de la noche. Llevo más de doce horas viendo niños en la urgencia. Queda ya muy poco para el año nuevo. A ver si nos dan un respiro y podemos cenar...
Pues no. Un bebé llora en la sala de espera. Me asomo y les indico que pasen, con la idea de terminar cuanto antes.
Son jóvenes, muy jóvenes, obviamente extranjeros. Magrebíes, árabes o así. El padre me explica:
―Nos volvemos a casa, pero ha empezado a llorar y no conseguimos calmarlo. No sabemos qué le pasa.
La madre, una chiquilla con enormes ojos oscuros, sonríe y dice algo que no puedo entender, porque la sonrisa me ha dejado pasmada.
Le pido que repita.
―No llora nunca, no parece que tenga hambre, no sé lo qué es.
Empiezo con la ronda de preguntas: ¿embarazo y parto normal? Se miran, sonríen, ella con esa sonrisa que parece como si hubiera salido el sol. Él con una media sonrisa que le llega hasta los ojos, con un puntito de picardía, como si supiera algo que los demás no saben. Es evidente que se quieren, que él no la trata con ese desprecio teñido de agresividad que frecuentemente emplean en su tierra con las mujeres.
―Sí, todo normal.
Miro al niño, que ahora se ha quedado dormido, y tiene la cabeza redondita como los niños nacidos por cesárea. No digo nada, no sé por qué.
―¿Come bien? Sí ¿Hace pis y caca? Sí ¿Duerme sus horas? Sí ¿Qué edad tiene? Seis días. Desnúdelo, por favor.
El niño desnudito en la camilla sigue durmiendo, no se ha despertado al quitarle la ropa. La piel color canela, mata de pelo negro en la cabeza. Las pestañas tiemblan al ritmo de su respiración. Auscultación normal. El cordón limpio, a punto de caerse. Les doy instrucciones para cuando se caiga. Tripa normal, caderas normales. Oídos normales. Le miro los dedos de los pies y las manos. A veces, cuando la madre tiene el pelo largo, se enreda en un dedito y puede causar problemas. Nada.
―Todo está bien, no le veo nada.
Les explico que no deben preocuparse, que la exploración es toda normal, que patatín, que patatán, que pueden volver si hay algo nuevo que les alarme.
La chiquilla me dice:
―Está tranquilo desde que hemos entrado. Igual solo quería verte. Anda, cógelo un poquito mientras me pongo el abrigo.
Y me da el niño.
Ante una desfachatez semejante, mi reacción habitual hubiera sido bastante cáustica. No sé por qué, simplemente cojo al niño y lo acuno. Abre los ojos y me mira, no con esa mirada desenfocada de los recién nacidos. Me mira hasta dentro, y me ve. Es el vivo retrato de su madre, incluidos los ojos, oscuros que no grises, dulces, profundos. Me ahogo en esos ojos que me prometen felicidad sin límites. Amor. Vida.
María me coge al Niño despacito, me sonríe de nuevo, y se vuelve para marcharse.
El padre me da las gracias y me desea feliz año nuevo.
Y yo me quedo sentada en la silla como si me hubiera caído un rayo.

domingo, 29 de diciembre de 2013

El cuento de Cordelia


El cuento de Navidad que escribió Cordelia y publiqué hace unos días en el globo aparece ahora en la página web del Opus Dei firmado por una tal "Marta Chacón". Haced clic aquí y lo veréis, bien acompañado por otros autores ilustres.
Enhorabuena a las dos: a Marta y a Cordelia; a no ser que se trate de la misma persona.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Cuento de Navidad

Lo firma Cordelia, y me lo envía para el globo. Sólo le falta el título y yo no me he atrevido a poner uno.


María puso la mano sobre su vientre y esperó. Una sonrisa juguetona bailaba en sus labios. No tuvo que esperar mucho. En seguida, una patadita sacudió su mano. La risa de María hizo levantar la cabeza a José, que se afanaba en colocar los arreos a la mula.
―No sé quién es peor de los dos dijo, blanca sonrisa asomando por entre la barba morena―. Vaya par.
―Es que siempre hace eso. En cuanto pongo la mano, pum. Mira.
María cogió la mano de José y la apoyó sobre su ombligo. El Niño, deseoso de hacer reír a su Madre, la golpeó suavemente con un pie.  La cara de José se iluminó de alegría.
―Sois incorregibles, los dos.
Abrazó a su mujer, y al Niño dentro de ella, maravillado una vez más de su increíble regalo. Dios le había confiado esta preciosa, dulce, alegre y perfecta muchacha. Y la custodia de Su Hijo. Rezó, pidiendo una vez más estar a la altura.
―Hala, en marcha. Tenemos mucho camino hasta llegar a Belén.
María pensó por un momento, recordando dónde había dado Su Hijo con el pie, y colocó la mano de nuevo en su abdomen. Jesús apoyó la mejilla sobre esa mano, y se durmió, soñando que muy pronto vería la sonrisa de Su Madre.

Al pasar junto a unas viejas que sacaban agua del pozo, saludaron. Las mujeres esperaron a que se perdieran de vista por el camino, para empezar a comentar. Especulaban sobre cuando nacería el bebé.
―Está muy alto todavía, faltan unas semanas, acordaron.
No sabían que Jesús quería estar lo más cerca posible del corazón de Su Madre.

miércoles, 17 de octubre de 2012

¿La moraleja?

Me preguntan cuál es la moraleja del "cuento de terror" que escribí esta mañana.
A primera vista (a priori dirían otros) es lógico; se supone que un cura como el que suscribe debe sacar siempre una enseñanza moral, algo "positivo" y tranquilizador. 
Por lo demás, soy consciente de que la historia del robot suicida no es precisamente una Parábola evangélica; pero tampoco es para ponerse así, queridísimas Cordelia y Adaldrida. A veces uno tiene pensamientos perversos no pecaminosos y necesita convertirlos en cuentos, en relatos surrealistas o en bromas de humor negro. Yo suelo utilizar a Kloster para estos desahogos seudo literarios, pero en esta ocasión me vino el cuento entero a la cabeza en dos segundos cuando vi que un radar de la ilustre alcaldesa de Madrid me cazaba en un descuido. Dos días después tenía la multa y la foto en casa. Sólo un robot puede ser tan frío, tan veloz y tan eficaz.
Escribí entonces la historia de un tirón y la metí en el congelador por ver si resistía el paso del tiempo. Resistió a pesar de no tener a mano ninguna moraleja.
Después de colgar el cuento en el globo y a la vista de las reacciones, he preguntado a Kloster si se le ocurría alguna moraleja, más que nada para salvar la cara.
--Por supuesto --me ha respondido--. Aquí tienes dos:
1. No te fíes un pelo de los curas; por la mañana escriben piadosamente sobre la fe y, por la tarde, se convierten en vampiros y asesinos de robots.
2. Fíate aún menos de las maquinitas que nos poseen. Se empieza discutiendo con el GPS y se termina con una antena implantada en la coronilla y una prótesis en la oreja para obedecer al Iphone o al abrelatas electrónico.
Y el caso es que a mí me ha gustado el cuento, y como el globo es mío, tal vez me decida a seguir esa línea. ¿Verdad Kloster?
--Tendrías que pasar por encima de mi cadáver. 

Cuento de terror




El despertador electrónico me susurró al oído con su voz metálica:
―Son las siete de la mañana. La temperatura exterior es de 9 grados. No lloverá en todo el día. Levántate, amigo, Europa te necesita.
Me puse en pie de un salto mientras MG2-V, el robot doméstico que compré en IKEA, me acercaba la bandeja con el desayuno. Con el mando a distancia R6-Morgan, 1.1, llamé a mi coche, un Ford Bala de última generación, para que saliera del garaje y se situara junto a la puerta de casa.
Ya en la carretera, la computadora del automóvil me informó de que un radar nos había denunciado por circular a mayor velocidad de la permitida.
―La culpa es tuya ―le respondí―. Tú eres el conductor. Te quitarán el carnet. Si es que lo tienes.
Aún se reía a carcajadas electrónicas, cuando nos detuvo un CG656 ―el típico robot policía de carreteras nacionales― para comunicarnos que ya había descontado el importe de la multa de mi cuenta bancaria.
De nada sirvieron mis quejas ni la extraña circunstancia de que un robot, denunciado por otro robot, fuese sancionado por un tercer robot.
Al llegar a la empresa, el jefe de sección, un viejo robot con software desclasificado, me comunicó que ese mes cobraría un seis por ciento menos por mi falta de interés en el trabajo y que perdería el nivel 6 al que accedí el verano anterior.
Acudí a su despacho y lloré. Le dije que estaba estresado, que no soportaba la idea de vivir entre máquinas, sin el menor contacto con seres humanos. Supliqué, imploré que no me degradaran, que me diera una nueva oportunidad.
Mi jefe me analizó de arriba abajo con sus ojillos rojos típicos del escáner óptico Toshiba 6.2, y me autorizó a tomarme una semana libre:
―Ve al campo. Descansa. Contempla los pájaros. Cuando regreses, seguiremos hablando. Esta empresa es una gran familia ―concluyó mientras se desactivaba y se introducía en un cajón del escritorio―.
Volví a coger el coche y, a pesar de las protestas de mi ordenador, lo conduje yo solo, como en los viejos tiempos.
En la cabaña, junto al río, respiré al fin algo limpio y natural. Me eché sobre la hierba y encendí un pitillo virtual ecológico. En el cielo revoloteaban centenares de aves de colores. Yo sabía que se trataba de un holograma en 3D creado por mi empresa, pero traté de ignorarlo.
Un insecto de la factoría Red Bull se posó en la margarita que había a mi lado. “Esto es el colmo”, me dije. Traté de arrancar la flor, pero estaba sujeta al suelo con un cable de acero.
Saqué el revólver del bolsillo y me apunté a la sien derecha. El disparo me destrozó el cráneo.
Saltó un muelle de mi poderosa cabeza de titanio. El jefe se puso furioso al enterarse. Tuvieron que cambiarme varias piezas y reiniciar el sistema.
Ya me encuentro mucho mejor.


martes, 22 de mayo de 2012

Taquito (y IV)



Aquella noche, por primera vez en muchos años, Taquito durmió de un tirón y al despertar, se encontró tan contento y descansado como si hubiese estado en la cama mes y medio.
―Qué sueños más raros he tenido últimamente, pensó. Me parece que el espejo mágico me ha gastado una broma.
Después de desayunar, con cierto temor, llamó al jefe de los esclavos:
―Dile a Ana que venga inmediatamente.
―¿Ana, señor? No tenemos a nadie con ese nombre… Si quiere, le envío a Lucía, que…
Zaqueo negó con la cabeza en silencio y decidió retirarse a su habitación secreta, a pesar de que, sin la presencia de la niña, no era lo mismo y empezaba a estar harto del espejito.
Estaba a punto de abrir la puerta de los siete cerrojos, cuando oyó el griterío de la gente.
―¡El Mesías! ¡Ha llegado Jesús, el Hijo de David!
Todos los habitantes de la ciudad habían salido a la calle, y Zaqueo, que algo había oído decir de Jesús de Nazaret, no quiso ser menos. Echó a correr por los pasillos y se encontró rodeado de sus propios esclavos, que corrían en la misma dirección sin cederle el paso.
Ya en la calle por poco le da un ataque: las gentes formaban una muralla que le impedía ver al Señor. Zaqueo entonces trató de hacer lo de siempre. Dando un empujón al que tenía más cerca, le gritó:
―¡Eh, tú, quítate de ahí o digo a mis criados que te echen a latigazos!
Pero el tipo aquel pareció no enterarse.
Entonces Taquito vio a Ana. Estaba allí mismo, a pocos metros, y le hacía señas para que le siguiese. Taquito fue corriendo tras ella y, como los dos eran tan pequeños, se colaron entre las piernas de la gente hasta llegar a una especie de plazoleta presidida por un árbol muy alto. Era una higuera.
―Ahí tienes la solución ―le dijo entonces Ana―; te subes a la higuera y verás a Jesús la mar de bien. Como pesas poco, seguro que eres capaz de subir hasta arriba.
Taquito se enfadó:
―¡Estás loca! Se reirían todos de mí. Soy un personaje importante en esta ciudad. ¿Te imaginas que el alcalde se tuviera que subir a una farola para ver lo que pasa en su pueblo?
―¡Anda, Taquito, no te des tanta importancia! Demuestra que, por una vez, eres capaz de ser el más alto.
Entonces Taquito se quitó la túnica nueva que se había puesto para la ocasión y trepó por el tronco de la higuera como una ardilla.
―¡Qué gozada! No sabía que esto era tan fácil.
Ya en lo alto llamó a Ana para que le acompañara, pero la misteriosa esclava acababa de desaparecer por segunda vez.
De pronto, alguien gritó a sus pies:
―¡Fijaos, Zaqueo se ha subido a un árbol!
Las gentes empezaron a reír y a tomarle el pelo: que si parecía un gorrión de los que picotean los higos; que si lo iba a llevar el viento…; pero a Taquito lo único que le importaba ya era localizar a Jesús, que se aproximaba a lo lejos rodeado por sus apóstoles y un montón de amigos.
De pronto, el Señor se detuvo, levantó la cabeza, miró hacia lo más alto del árbol y gritó:
―Zaqueo, baja enseguida, que hoy me alojaré en tu casa.
Por poco se cae del susto el pobre Taquito.
―¿En mi casa? ―preguntó al fin temblando―.
―¿Es que no me invitas? ―dijo Jesús―.
―¡Claro, Señor!, pero yo no soy digno de que entres en mi casa…
―Eso ya lo veremos. Tú ve a prepararlo todo…

  *        *       *
Aquella tarde Jesús entró en la gran mansión de Zaqueo. Cuando se abrieron las puertas, un par de esclavos se echaron a sus pies para lavárselos con agua caliente y calzarlo con unas zapatillas de terciopelo azul. Zaqueo, vestido de gala, le dio el abrazo de bienvenida y ungió al Señor en la frente como mandaban las normas de la buena educación. Un coro de esclavos africanos entonó el canto de bienvenida, y terminada la ceremonia inicial, los criados distribuyeron a los apóstoles por las habitaciones que ya tenían dispuestas para pasar la noche.
―¿Y tu estancia secreta? ―preguntó Jesús a Taquito con una sonrisa de guasa―.
Zaqueo abrió la puerta de los siete cerrojos, entró con Jesús y se quedaron a solas un buen rato. No me preguntéis lo que ocurrió allí, porque no conozco esa parte de la historia. Lo único que se sabe es que al día siguiente Taquito regaló el espejo a unos payasos de la ciudad para que hicieran reír a los niños en las fiestas.
Aquella noche, al terminar la cena, Taquito parecía feliz, pero un poco avergonzado. Al fin se puso en pie sobre un taburete y dijo:
―Hace muchos años yo decidí ser malo y lo cumplí hasta hoy. He sido un egoísta, gruñón, mentiroso y avaricioso. Por eso estaba tan triste. No se puede ser malo y feliz al mismo tiempo. Pero se acabó. A partir de este momento doy la mitad de mis bienes a los pobres y a todos los que he engañado les compensaré pagándoles cuatro veces más.
―Oye, Taquito ―intervino Ana, que estaba sentada a su lado―, ¿y dónde vivirás? Tendrás que abandonar esta casa.
―Cerca de aquí, junto al río, tengo una casita pequeña. No necesito nada más. Allí recibiré a Jesús sin avergonzarme cada vez que venga a Jericó. A ti en cambio no podré mantenerte como esclava…
―¡Mira que eres torpe, Taquito! ¡Tantos años viviendo contigo y aún no me conoces!: soy tu Ángel de la guarda. Así que no podrás prescindir de mí. De ahora en adelante, cuando te mires al espejo por la mañana, piensa que yo estoy al otro lado del cristal sacándote la lengua para que no seas tan presumido.
Zaqueo miró a la niña, pero sólo vio un polvo plateado que se disolvía en el aire con un sonido muy dulce de campanillas de plata.



lunes, 21 de mayo de 2012

Taquito (III)


—¡Vale, vale! —contestó la niña—. Te lo diré; pero no te pongas así. Es que, como eres tan pequeño, pensé que a lo mejor te habías colado por alguna rendija.
Zaqueo ya no sabía de qué color ponerse, pero la chica continuó impasible:
—Me llamo Ana, y no he entrado por el espejo. Era una broma. Tampoco hago magia. Soy una de tus esclavas y me dedico a la limpieza. No me extraña que no me conozcas. Compras a tus esclavos por lotes, y así no hay forma de entablar contigo una relación normal. El caso es que, como nadie me daba trabajo (menudo follón que tienes en el servicio: allí no manda nadie), pues me he organizado por mi cuenta. He encontrado un manojo de llaves, y ya ves, he logrado abrir tu famosa puerta. Ahora, si te parece mal, lo dejo, que no es que una trabaje por gusto.
—No. No me parece mal —respondió Zaqueo ya más tranquilo—. Pero no vuelvas a entrar aquí nunca más. ¿De acuerdo?
Ana se sentó delante del espejo y dijo:
—No, no estoy de acuerdo. Ahora que conozco tu secreto, ¿qué más te da que venga o deje de venir? ¿No te gustaría que te haga compañía por las tardes, cuando te pones a hablar solo como un tonto o te miras al espejo como una vieja enana y presumida?
Seguro que pensáis que Zaqueo se enfadó muchísimo con semejantes impertinencias. Pues no. Se conoce que, como nadie se había atrevido antes a hablarle así, le hizo gracia y le dio un ataque de risa. El caso es que a partir de ese día se encariñó con Ana y empezó a tratarla como si fuera su propia hija.
Al principio no sabía comportarse con la niña.  Como no había tenido hijos ni amigos ni nada, se encontraba desconcertado, y se limitaba a escucharla con gesto ceñudo. Pero Ana resultó ser una charlatana imparable, y todas las tardes le contaba montones de historias.
Así, poco a poco, Zaqueo empezó a cambiar. No es que se hiciera bueno de golpe, pero los criados se dieron cuenta de que ya no se enfurecía con ellos por cualquier tontería, les daba vacaciones uno o dos días a la semana e incluso les hacía algún regalo en sus cumpleaños. Algunos llegaron a afirmar que le habían visto sonreír.
—Dicen que ahora hasta silba por los pasillos —comentaba el jardinero—.
—Algo grande está pasando —le contestó el mayordomo—.
Sin embargo, en las conversaciones de Ana con su amo, había un tema prohibido: la estatura de las gentes en general y la de Zaqueo en particular. Así, cuando la niña le contaba cosas de su familia o de sus amigos, no podía describir a las personas diciendo, por ejemplo, mi primo Luis es un chico más bien alto… Si se le escapaba una frase parecida, Zaqueo se ponía de pie y daba por terminada la charla.
Una tarde, sin embargo, la pequeña Ana ―que, por cierto, era aún más chica que su dueño― decidió afrontar el problema sin miedo.
—Oye —le dijo—, ¿se puede saber por qué te preocupa tanto ser medio enano?
—¡Yo no soy enano! —gritó Zaqueo—. Y si vuelves a llamarme así, te venderé en la próxima subasta.
—No he dicho que seas enano, sino que tú estás convencido de que lo eres. Por eso te gusta tanto gritar, dar órdenes, engañar a los demás y poner cara de ogro. Ya que no eres capaz de asustar a nadie con tu aspecto, necesitas meter miedo a base de hacer el tonto. Te encantaría ser bueno, pero como has perdido la costumbre de portarte bien, estás triste y confuso. Vas a necesitar un milagro, Taquito.
Zaqueo se quedó tan impresionado con el discurso de la niña que, por una vez, no respondió. Sólo dijo en voz muy baja:
―¿Quién eres tú? ¿Y por qué sabes lo que pienso?
Ana no respondió. Levantó la mano derecha como diciendo adiós, hizo una reverencia, fue hacia el espejo y se metió dentro como por arte de magia.  Una vez dentro dijo sólo cuatro palabras:
―Mañana lo sabrás. Mañana.
Y desapareció.

Continuará 

domingo, 20 de mayo de 2012

A unos adultos listillos

El cuento de Taquito es para Ignacio y para otros chicos de su edad que van a hacer la primera Comunión. Pero   ahora resulta que hay adultos la mar de perspicaces que ya han adivinado el final del cuento y pretenden colocar sus comentarios para que yo les aplauda.
Pues no, chicos. Quedáis censurados los seis. Esperemos al final: Ignacio, que de tonto no tiene un pelo, también ha empezado a sospechar cómo termina la historia.
Mañana, capítulo III. Pasado, el IV.

Taquito (II)


...Y pasaron los años.
A Taquito ya nadie le llamaba Taquito, sino Don Zaqueo, que como os he dicho, era su verdadero nombre.
Zaqueo, a base de ser malo, se había ganado el odio de casi todo el mundo; pero también se hizo muy rico. Para colmo, era amigo del Gobernador, y le dieron un cargo importante en la ciudad, con el que siguió aumentar sus riquezas año tras año.
Se compró una casa enorme. Cincuenta esclavos necesitaba para mantenerla limpia y en orden. Allí todo era gigantesco: la cama, los salones, las butacas, las mesas… Los criados se preguntaban para qué querría un pequeñajo como Zaqueo habitaciones y muebles tan grandes; pero nadie se atrevía a hacer comentarios ya que le tenían miedo a su amo, pues seguía siendo el de siempre, es decir, un egoísta, mentiroso, tramposo, avaro y cruel.
¡Pobre Zaqueo!: aborrecido por medio mundo y temido por el otro medio, vivía solo, con la única compañía de un perro de lanas llamado Blas. Y, aunque muchos envidiaban sus riquezas, lo cierto es que, por las noches, cuando los esclavos se retiraban a la zona del servicio y él se levantaba de la cena, le entraban unas ganas tremendas de llorar y una especie de arrepentimiento por haber decidido ser malo tantos años antes.
Por las mañanas Zaqueo solía refugiarse durante media hora en su habitación secreta. Nadie sabía lo que escondía allí, al otro lado de una enorme puerta cerrada con siete llaves. Ni siquiera los criados tenían permiso para entrar; pero si lo hubiesen hecho, se habrían llevado una gran desilusión: en aquel cuarto oscuro y sin ventanas sólo había un pequeño sillón y, enfrente un inmenso espejo de esos que hay en las ferias de los pueblos, donde uno puede ver su propia figura deformada de mil formas grotescas.
Zaqueo lo había comprado a unos comerciantes de Arabia quienes le aseguraron que se trataba de un espejo mágico. Y, aunque de mágico no tenía nada, a él se lo parecía, porque allí se veía alto, esbelto y lleno de majestad, como a él le habría gustado ser.

Zaqueo estaba convencido de que el espejo reflejaba su auténtica grandeza, la que nadie podía ver. Por eso, cuando salía de la habitación, su aspecto parecía distinto, sonriente, altivo, y caminaba estirado y orgulloso como una avestruz.
Una mañana, después de desayunar, se dirigió a su habitación secreta, abrió los siete cerrojos y vio con asombro que las lámparas de aceite estaban encendidas y que una niña de diez o doce años limpiaba el espejo con una bayeta mientras canturreaba por lo bajo.
—¿Se puede saber lo que haces?, vociferó Zaqueo.
—Ya ves —respondió la niña sin alterarse—; estoy limpiando el espejo. Por cierto lo tenías bastante guarro.
—¿Cómo te atreves…? —comenzó a decir Zaqueo; pero se interrumpió al ver que la niña continuaba frotando y cantando como si tal cosa—. ¡Oye, rica, que hablo contigo!
—Ya lo supongo… ¿Qué te parece cómo queda? Ahora, cuando vuelvas a mirarte en el espejo, además de verte alto, guapo y apuesto, te verás limpio.
Zaqueo, rojo de ira, pero también de vergüenza al verse descubierto, sólo se atrevió a decir:
—¿Cómo has entrado?
—¿Dónde?
—¿Dónde va a ser?: ¡en mi habitación secreta!
—Ah, por el espejo, creo. No me acuerdo muy bien. ¿Y tú?
—¡Yo he entrado por la puerta! —gritó Zaqueo— Yo no hago numeritos de magia. ¿Se puede saber quién eres?

Continuará 

sábado, 19 de mayo de 2012

Taquito (I)


Un cuento demasiado largo dedicado a Ignacio, que no se parece nada a Taquito y está a punto de hacer su Primera Comunión. 
Tómatelo con calma, que durará unos pocos días.


El día en que cumplió ocho años, nada más despertarse, Taquito miró por la ventana, vio que estaba lloviendo, se frotó los ojos con los puños y pensó: “ya estoy harto. De ahora en adelante me voy a portar mal". A continuación, como para que se enterara el resto del mundo, gritó con todas sus fuerzas:
—¡¡¡Voy a ser maloooooooo!!!
Su madre, que se llamaba Sara y estaba preparando el desayuno, se pegó un susto de muerte y entró corriendo en la habitación de su hijo.
—¿Se puede saber qué te pasa?
—Que he decidido a ser malo hasta que me haga viejo como el abuelo.
Sara contestó que le parecía muy bien, pero que se levantase cuanto antes de la cama, porque se estaba haciendo tarde y tenía que ir a la escuela.
No sabía ella que el chico hablaba en serio. Era una decisión muy meditada y, por cierto, bastante difícil de llevar a cabo, ya que Taquito tenía poca práctica en hacer maldades. Como todos los niños de su edad, a veces se portaba bien y a veces regular, según le daba; pero por regla general solía ser cariñoso con sus padres y buen amigo de sus compañeros; rezaba cada noche antes de acostarse, y, aunque tenía mal genio, nadie podría decir que era malo. Malo, lo que se dice malo, era Elías, con el que nadie quería jugar, porque hacía trampas, se burlaba de todo el mundo, y pegaba a los más pequeños.
Precisamente había sido Elías la causa del enfado de Taquito.
Resulta que Taquito era bastante pequeño de estatura. No tanto como para llamar la atención, pero lo suficiente para crearle un complejo terrible, sobre todo desde que sus compañeros de clase le pusieron ese nombre precisamente por su tamaño.
—¡No me llamo Taquito, me llamo Zaqueo! —protestaba las primeras veces—.
Pero el mote tuvo éxito, y con él se quedó.
Desde entonces Elías la tomó con él y ya no le dejaba en paz.
Elías era un chico larguirucho, con cara de zanahoria, abusón y más bien presumido, que todo lo resolvía a base de bofetadas o de palabrotas. Taquito, más o menos, procuraba ignorarlo; pero la víspera de su cumpleaños, ya no pudo más.
—Oye, enano —le había dicho Elías—, me he comido tu merienda. Total, para lo que te cunde…
—¡Enano será tu padre!, contestó Taquito.
Y se armó la gorda.
En la ensalada de tortas, el más pequeño las recibió casi todas, y volvió a casa hecho una furia.
Aquella noche se fue a la cama sin cenar, y por la mañana, como ya os he dicho, decidió ser malo para vengarse de Elías y de todos los que hasta ese momento se habían burlado de él.
Durante los días siguientes, sus padres notaron que el chico había cambiado: estaba más serio, apenas jugaba con los amigos, decía mentiras de todas las clases y desobedecía por sistema. Joaquín —que así se llamaba su padre— llegó a sospechar que el niño estaba enfermo, pero Sara le tranquilizaba.
—Son cosas de la edad… Cuando pegue el estirón se le pasará.
Ésta era también la esperanza de Taquito: el famoso estirón del que todo el mundo hablaba. “Cuando dé el estirón, se decía, a lo mejor me decido a ser bueno otra vez”
—Mamá ¿cuánto me falta para el estirón?
—No tengas prisa, hijo —respondía Sara—: vendrá pronto: cuando cambies la voz.
—¿Y qué es cambiar la voz?
—Es hablar como los mayores… Mira, cuando tu voz se parezca a la de tu tío Samuel, darás el estirón —respondió solemnemente su madre—.
Taquito entonces empezó a hacer ejercicios de garganta para ser barítono, igual que su tío, que cantaba en las fiestas con un vozarrón hondo y poderoso como el rugido de un león.
Alguien le dijo que hiciera gargarismos con agua salada y zumo de ortiga; pero, por desgracia, el remedio no tuvo éxito: sólo consiguió una fuerte quemadura en la campanilla y un berrinche considerable.
A pesar de todo, el estirón llegó a su tiempo…, para los demás.
Tenía Taquito 14 años cuando empezó a comprobar que sus compañeros eran cada vez más altos. Elías parecía un gigante, pero un gigante bondadoso y sencillo, ya que, quizá por culpa del estirón, se había vuelto bueno, y no pegaba a los más chicos como antes.
Taquito también creció, pero muy poco. No sólo seguía siendo el más pequeño de la pandilla, sino que, además, las diferencias de estatura se hicieron tan enormes como sus propios complejos. Hasta las niñas eran más altas que él.
Se comprende que, a los quince años, su decisión de ser malo se convirtiese en firme e irrevocable. Todos pudieron comprobarlo.
Continuará