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miércoles, 29 de agosto de 2012

¿Hipócrita, yo?


“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! (…) Por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía.” (Del Evangelio de la Misa de hoy: Mateo, 23, 27 y ss)


―¿Estará hablando de nosotros el Señor?
―¡No, por Dios; qué cosas tienes, Kloster! Nosotros nunca seremos hipócritas. No hay más que vernos: humildes, piadosos, amigos de nuestros amigos, amantes de las aves del Cielo. Somos buena gente, te lo digo yo.
―Y no sólo lo dices tú: la gran mayoría de los comentaristas del blog te comparan con Salomón por tu sabiduría, con Gracián por tu depurado estilo y con Santa Teresa de Lisieux por tu piedad. De mí no opinan lo mismo, es cierto, pero todos coinciden en que soy hombre de una pieza, sin doblez ni engaño.
―O sea que podemos estar satisfechos. Siempre he pensado que hipócritas, lo que se dice hipócritas, son sólo los demás. Y está bien que Jesús les dé leña.
―Cuando dices “los demás…”
―Pienso, por supuesto, en los políticos, que nos mienten por costumbre y encima sonríen; en los banqueros, que nos engañan para sacarnos el dinero; en los sindicalistas, en los eurócratas, en los jueces; en los mendigos, que se colocan a la salida de las iglesias después de aparcar su cochazo unos metros más allá; en los telepredicadores, en los vendedores de la teletienda, en los futbolistas que cambian de equipo y aseguran siempre que llegan al club de sus sueños; en…
―¡Vale, vale, tío! Entonces demos gracias a Dios. “Señor, te doy gracias por no ser como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros…” Ayuno cuando estoy a dieta, doy limosna. Y encima soy sincero, no como esos individuos...
―Oye, Kloster, esa oración me suena.
―Bueno, es verdad. Se parece un poco a la del Fariseo en el templo. Un tipo estúpido que en realidad no existió nunca; es sólo un personaje de parábola, una mala caricatura.

domingo, 22 de julio de 2012

La causa de la crisis



No cometeré la grosería de explicar la parábola a gentes tan perspicaces como vosotros. Pero, al releer este diálogo del Lazarillo de Tormes con el ciego, he llegado a la conclusión de que seguimos igual que entonces. Así empezó la crisis. 



 “Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas, y que hayas dél tantas partes como yo. Partillo hemos desta manera: tú picarás una vez y yo otra; con tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva, yo hré lo mesmo hasta que lo acabemos, y desta suerte no habrá engaño.”
Hecho así el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance el traidor mudó de propósito y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debría hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me contenté ir a la par con él, mas aun pasaba adelante: dos a dos y tres a tres, y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano y meneando la cabeza dijó:
“Lázaro, engañado me has: juraré yo a Dios que has tú comido las uvas tres a tres.”
“No comí, dije yo, mas ¿por qué sospecháis eso?”.
Respondió el sagacísimo ciego:
“¿Sabes en qué veo que las comiste de tres en tres? En que comía yo dos a dos y callabas.”

jueves, 26 de abril de 2012

La maldición de la décima




Beethoven, Bruckner, Dvorak, Schubert y otros grandes compositores murieron después de concluir su 9ª sinfonía. Nunca lograron escribir la décima. 
Mahler intento burlar esta maldición y a su 9ª sinfonía la llamó "La canción de la tierra". A continuación se dispuso a componer otra 9ª. Al poco de terminarla, pensó que la superstición estaba vencida y se lanzó a por la décima. No pudo concluirla.
La orquesta sinfónica del real Madrid sigue buscando en vano su décima copa de Europa. 

jueves, 29 de septiembre de 2011

Ocurrió en Sevilla

Lo cuenta el protagonista .
“Me paré en el primer bar que encontré. Dejé el coche subido a la acera y entré como una bala. Estaba a punto de perder el honor en plena vía pública y  necesitaba un baño con urgencia absoluta.
El camarero me miró compasivo mientras yo le pedía:
―Una caña, por favor. 
―Al fondo, la primera puerta a la derecha ―respondió paciente.
Unos minutos más tarde, con la paz interior recobrada, me dirigí a la barra y me tomé la cerveza.
―¿Qué se debe?
―Ná ―contestó el empleado―. Usted no ha venido aquí a tomar una caña. Ha venío a lo que ha venío. Y eso es gratis. A la caña le invito yo.”
Ignoro lo que hizo mi amigo. Yo habría dejado 10 euros de propina.
Un país así no puede morir.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Domingo XXVI del tiempo ordinario

Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.” Él le contestó: "No quiero." Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor." Pero no fue. (Mt. 21, 28-30) 
Así de breve es la parábola que leeré en el Evangelio de la Misa de hoy. El Señor la concluye preguntando a sus oyentes cuál de los dos hizo la voluntad del padre. La respuesta es evidente: el primero. Pero yo, cada vez que leo esta historia, me siento incómodo. Hay algo que no encaja.
Son las 12 de la noche y he terminado de preparar el retiro de mañana. La primera meditación lleva un título sugerente: “disponibilidad”.
Si Jesús hubiese preguntado cuál de los dos hijos estaba “más disponible”, la respuesta no habría sido tan nítida. Yo me siento muy identificado con el segundo, con el de las buenas palabras, porque habitualmente digo que sí, que por supuesto, que haré lo que Dios me pida cada instante de mi vida. Soy sacerdote porque quiero estar disponible, sin ataduras, las 24 horas al día:
―Descuida, Señor; déjalo de mi cuenta. Claro que iré a la viña, no faltaba más… Ahora mismo, cuando termine el partido de la tele; cuando acabe de leer esta novela; cuando escampe; cuando se me vaya este dolor de espalda que me tiene frito; cuando descanse un poco, que uno tiene ya cierta edad; cuando suba la bolsa; cuando caiga el satélite; cuando no haga tanto calor, cuando me sienta con fuerzas… No, por favor, Señor, no se lo pidas a ése, que es un inútil. Lo haré yo, por supuesto. Ya verás; espera un poco, es cosa de un par de días.
O de semanas.

viernes, 22 de julio de 2011

El Tour

Lo malo de actualizar el globo cada día es que algunas veces uno no sabe qué poner. Hoy no he salido de mi habitación. He escrito 25 folios, he estudiado y, al final, me he unido a los esforzados del Tour en la travesía de los Alpes.
Cuando los veo subir pedaleando por esas carreteras infames a más de 2.000 metros de altura, pienso en Aníbal y sus elefantes. Me pregunto si alguno de los mamíferos proboscideos que superaron la cordillera sufrió una pájara como las de los ciclistas.
El tour es una metáfora sobre ruedas. ¡Cuántas veces me ha servido para ilustrar meditaciones y homilías! Aquí se vive la fraternidad, el afán de servicio, sobre todo de los de los gregarios; la reciedumbre hasta el heroísmo, el espíritu de equipo... Y al final, la soledad del leader que debe llegar a la meta sin compañía.
Los elefantes, no me sugieren nada. ¡A quién se le ocurre subir el Galibier a lomos de un trompetista de cinco toneladas!



viernes, 1 de octubre de 2010

En la óptica

En General Óptica hay que pedir cita para graduarse la vista; y para pedir cita es preciso hacer cola. Se conoce que la crisis les afecta poco.
Justo delante de mí hay una mujer de unos cincuenta años más que miope, con unas lentes enormes y gruesas. Al parecer le van a cambiar los cristales y ahora quiere elegir montura para las nuevas gafas. La dependienta la aconseja con bastante tino y ella se va probando, uno a uno, los distintos modelos. El problema es que, para hacerlo, debe quitarse las gafas de miope y, como no ve casi nada, tiene que pegar la nariz al espejo para hacerse una idea. Ni siquiera le sirve el pequeño espejo de aumento que utilizan para estos casos.
—No sé, señorita. Es que no me hago cargo. ¿Usted cómo me ve?
—Yo me quedaría con ésta, que entona mejor con la forma de su cara.
—Ay, no sé… Y de precio…
—Aquí tengo una más económica. A ver qué le parece…
No hay manera. El tiempo pasa y yo no consigo acceder a la dependienta. Sobre el escaparate hay ya cinco o seis monturas distintas, pero la pobre clienta apenas se ve cuando se las coloca sobre la nariz. Una y otra vez repite un “ay, no sé”, que mueve a compasión.
—¿Me permite…?
La mujer se da la vuelta y entrevé mi enorme figura negra.
—¿Me permite que le aconseje?
—Sí, padre. Se lo agradezco mucho…
—Quédese con estas azules. Así. Ahora está usted guapísima…
La dependienta asiente con entusiasmo. La clienta duda. Por un momento temo que diga otro aynosé… Pero se limita a musitar un ¿usted cree…?, que basta para desbloquear la situación.
Mientras me gradúo la vista trato de convencerme de que mi intención era recta y que, en efecto, la señora estaba guapísima.

martes, 17 de agosto de 2010

Aves de por aquí (XI)

La gallina


Tiene razón Antuán. Venga a hablar de águilas y de pajaritos del bosque, y me olvido de la gallina, la modesta, hacendosa, gordinflona e injuriada gallina doméstica.

Injuriada injustamente, desde luego, y casi nadie sale en su defensa. Es la única ave, que yo sepa, que cambia de nombre al cambiar de sexo para poder insultarla mejor. No se habla del halcón y la halcona, del cuervo y la cuerva ni del gorrión y la gorriona. Lo correcto es decir, “el halcón hembra”, “el cuervo hembra” o “el gorrión hembra”. Siguiendo la misma lógica, a la gallina habría que denominarla “gallo hembra”; pero no. Se le muda el nombre para humillarla mejor.

Me diréis que también se llama palomo al macho de la paloma y palomino al recién salido del huevo, pero en el lenguaje corriente esos dos términos tienen un significado muy alejado de la ornitología.

A los cobardes se les llama gallinas; a los valientes, gallos o gallitos. No lo digo yo, sino el Diccionario de la Academia. Si llamáis gallina a un amigo, lo más probable es que lo perdáis para siempre. Al que se asusta, se “le pone la carne de gallina”. Los niños juegan “a la gallina ciega”, porque se supone que la gallina es un poco lerda. Y cuando un gallo de pelea es derrotado se dice que “canta la gallina”, lo mismo que cuando uno confiesa algo humillante.

Acostarse con las gallinas es irse a la cama temprano. En cambio, madrugar es levantar al gallo. Y eso, por no hablar del gallinero como metáfora de una reunión de marujas parlanchinas que alborotan o de algunos partidos políticos con conflictos internos. Es cierto que también hay gallos en los gallineros, pero sólo uno para ser el señor absoluto de las pobres gallinas.

Tienes razón, Antuán. Reivindiquemos la dignidad de la gallina. No toleremos que se las compare con esas mujeres que precederán a los fariseos en el Reino de los Cielos. Y, sobre todo, démosles las gracias por los huevos que puntualmente nos regalan; esos huevos frescos que, matrimoniados con jamón o con chistorra, son, en el desayuno, el primer homenaje del hombre a la aurora.


domingo, 8 de agosto de 2010

La bicicleta azul



Alguna vez me han acusado de inventarme las anécdotas que cuento en este globo. Yo siempre me lo he tomado como un elogio. Ojalá tuviese tanta imaginación, pero lo cierto es que la realidad supera con creces a mi fantasía. Si algún mérito tengo es que me fijo en lo pequeño. Lo grande me importa menos.

Hoy, por ejemplo, en plena autopista Bilbao-Burgos me he encontrado con una metáfora sobre ruedas. Lo malo es que aún no sé lo que significa. He visto a una chica gordita montada en una bicicleta de color azul, que se arrastraba por el arcén. Los automóviles hacían sonar sus cláxones para reñir a la intrusa o para jalearla. Yo me he sentido culpable de algo inconcreto, y, sin pensarlo demasiado, he empezado a hablarle en voz alta.

—¿Se puede saber qué hace una ciclista como tú en un sitio como éste? ¿Cómo has entrado en la autopista? No te imagino cogiendo un tique en el peaje y mucho menos pagando al final del trayecto. Si te ve la poli, lo tienes crudo, chiquilla. ¿No sabes que estás prohibida? Esto es una selva de fieras motorizadas, y aunque seas una gordita con cara de buena persona, me temo que no llegarás a tu destino. Y eso suponiendo que sepas a dónde vas.

Luego he pensado que, detrás de la gordita de la autopista, tiene que haber una historia: tal vez una apuesta, una tragedia o un desengaño de amor. Quizá debería escribir un cuento o un poema.

Mañana. Hoy tengo prisa.

viernes, 9 de julio de 2010

El Tulipán y el clavel


Holanda es un tulipán,
España, un pobre clavel.
El tulipán-mazapán
ahora se cree superman;
pero España es cascabel
que hace bailar a su son
al luso y al alemán,
al portugués y al teutón.
España es sólo un clavel,
pero un clavel reventón.

H.Kloster

martes, 1 de junio de 2010

Los burros, la crisis y los funcionarios

El bueno de Jose H. me envía la siguiente parábola rural y financiera. Copio y pego.

Se solicitó a un prestigioso asesor financiero que explicara la crisis de una forma sencilla, para que la gente entendiera de qué iba la cosa. Él contó la siguiente historia:

Un señor se dirigió a cierta aldea y ofreció a sus habitantes 100 euros por cada burro que le vendieran. Buena parte de la población le vendió sus animales.

Al día siguiente regresó y ofreció un mejor precio: 150 euritos por cada burro. Otros tantos aldeanos vendieron los suyos. A continuación ofreció 300 euros y el resto de la población vendió hasta el último asno.

Cuando ya no quedaban animales, subió aún más el precio: 500 euros estaba dispuesto a pagar, y dio a entender que los compraría la semana siguiente. Dicho lo cual, se marchó.

Poco después envió a su ayudante a la aldea vender a los paisanos los mismos burros a 400 euros cada uno. Los aldeanos, ante la perspectiva de revenderlos por 5oo, los volvieron a comprar, y quien no tenía el dinero lo pidió prestado.

Como era de esperar, el ayudante y su señor no volvieron a aparecer.

Resultado: La aldea se llenó de burros y de aldeanos endeudados hasta las cejas.


Hasta aquí lo que contó el asesor. Veamos lo que pasó después:

Los que habían pedido dinero prestado, al no vender los burros, no pudieron pagar el préstamo. Los prestamistas entonces se quejaron al ayuntamiento ya que, si no cobraban, se arruinarían ellos y no podrían seguir prestando a nadie. Por tanto se arruinaría también el pueblo.

Para que los prestamistas no se arruinaran, el alcalde les subvencionó convenientemente en vez de dar ese dinero a la gente para que pagara las deudas. Y como los prestamistas no perdonaron las deudas a los del pueblo, los aldeanos siguieron endeudándose cada vez más.

El Alcalde había dilapidado el presupuesto del Ayuntamiento, con lo que el Municipio quedó también endeudado. Entonces pidió dinero a otros ayuntamientos; pero éstos le dijeron que no podían ayudarle, ya que un ayuntamiento arruinado nunca podría devolver lo que le prestasen.

Resultado final:

Los listos del principio, forrados.

Los prestamistas, con sus ganancias resueltas y un montón de gente a la que seguirán cobrando lo que les prestaron más los intereses, incluso adueñándose de los ya devaluados burros con los que nunca llegarán a cubrir toda la deuda. Mucha gente arruinada y sin burro para toda la vida. El Ayuntamiento igualmente arruinado.

Naturalmente, para resolver la crisis y salvar al pueblo, el Ayuntamiento bajó el sueldo a sus funcionarios.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Elogio de la errata (I)

Cuenta la leyenda que un anciano monje japonés pidió a su discípulo predilecto que arreglara el jardín del templo. Como todo el mundo sabe, los jardines japoneses nada tienen que ver con los occidentales; están cargados de simbolismo y cada detalle, cada planta, cada roca, cada riachuelo tiene un significado concreto.

Pues bien, el discípulo hizo lo que le pedía el maestro, pero éste no se mostró satisfecho:

–Aún falta algo –le dijo–.

Por tres veces trató el joven alumno de mejorar el jardín sin conseguir la aprobación del anciano. Hasta que, por fin, se rindió:

–Maestro, no logro saber qué es lo que falta. He cuidado cada uno de los detalles y no soy capaz de hacer más.

Entonces el maestro se inclinó, tomó una hojas secas de arce y las lanzó descuidadamente sobre el jardín.

–Ahora está bien –concluyó–.

martes, 9 de marzo de 2010

Barcelona se viste de blanco

Dicen que el Real Madrid se ha adelantado al Barcelona en la liga.

Aseguran que el manto blanco que cubre la ciudad desde la madrugada es, en realidad, un homenaje de los culés, que han querido vestir su calles y plazas con la camiseta de su eterno rival.

También me cuentan que el color blanco era expresión del luto más riguroso entre los reyes y reinas medievales.

Toda esta información me desborda. Yo, en el fondo, no sé nada de fútbol ni de reyes ni de colores

sábado, 6 de marzo de 2010

La Puerta del Sol

Ayer estuve en la Puerta del Sol. No es una gran proeza, desde luego, pero a los que vivimos en Madrid se nos pasan los años y aun los decenios sin visitar los lugares más representativos de la Villa y Corte.

Yo, por ejemplo, no he estado en el Jardín Botánico desde hace lustros y aunque en muchas ocasiones paso junto al Parque del Retiro, no soy capaz de recordar cuando entré la última vez. Lo mismo me ocurre con la mayor parte de los museos y, desde luego, con el centro antiguo de la ciudad, que cada día parece más inaccesible.

La Puerta del Sol es el centro del centro. Hace años la atravesé a duras penas en un taxi, entre grúas, hormigoneras, barreras protectoras y un estrépito colosal. Ayer me acerqué en Metro y emergí en medio de la Plaza, que aparecía remozada y llena de vida.

Nada más salir a la superficie se me acercó un sujeto vestido con un chaleco amarillo reflectante y un gran letrero: “compro oro”. Luego comprobé que hay docenas de hombres-anuncio con el mismo reclamo:

—Buenos días, caballero. Le compro todo el oro que tenga.

—¿Tengo yo cara de ser un vendedor de oro?

—Seguro que en la iglesia tiene algo que ya no le sirve…

Más adelante, sentado en el suelo, un tipo de aspecto extraño hacía sonar una gigantesca tuba de madera, de cuatro o cinco metros de largo, mientras movía rítmicamente su brazo izquierdo. La tuba sólo emitía una nota, una especie de mugido profundo, como el grito de un avetoro melancólico.

Seguí caminando. Un mendigo muy anciano, que dijo llamarse Andrés, se lanzó sobre mí cantando jaculatorias. No le negué la limosna de la palabra. Nos sentamos en el remate de una fuente y me contó su vida a toda velocidad con tal cúmulo de fantasías y contradicciones, que no hubo más remedio que darle unas monedas. Se quedó contento el viejito. Yo creo que más satisfecho por la charla que por la limosna.

Dicen que en la Puerta del Sol hay cacos manilargos especializados en hurtos veloces de persona a persona. Yo, por si acaso, me abroché a conciencia el bolsillo interior de la chaqueta antes de bañarme en la multitud. La gran mayoría eran inmigrantes: ecuatorianos, árabes, indios, chinos, negros (perdón, subsaharianos)… Algunos vendían cosas, otros vegetaban al tímido sol del mediodía.

Entonces vi al torero: era un anciano de rostro venerable y resignado, que se había subido sobre un cajón decorado con la bandera de España. Vestía un traje de luces harapiento y una montera que le estaba estrecha. Permanecía completamente inmóvil, en pie, como una estatua decadente y humilde. Le eché una moneda, pero no pude charlar con él. A mi “buenos días” sólo respondió con un imperceptible movimiento de los ojos.

Volví a sumergirme en el Metro. Me vino entonces el recuerdo de San Josemaría, que, cuando visitó Londres por primera vez, se sintió abrumado en medio de la calle al contemplar el espectáculo de las gentes que iban y venían, de todas las partes del mundo, de todas las razas y lenguas.

“Al considerar ese panorama —recordó en alguna tertulia años después— me desconcerté y me sentí incapaz, impotente: Josemaría, aquí no puedes hacer nada. Estaba en lo justo: yo solo no lograría ningún resultado; sin Dios, no alcanzaría a levantar ni una paja del suelo. Sin embargo, dentro de mí, en el fondo de mi corazón, sentí la eficacia del brazo de Dios: tú no puedes nada, pero Yo lo puedo todo; tú eres la ineptitud, pero Yo soy la Omnipotencia. Yo estaré contigo.”

Ahora, mientras escribo este post, hago el propósito de volver a la Puerta del Sol cuando llegue la primavera y meterme entre la multitud para mirar a los ojos de los vendedores, de los mendigos, de los cacos, de los parados…, y echar unas parrafadas. No se me ocurre una excursión más atrayente.

martes, 9 de febrero de 2010

Kloster en la noche


Salí de casa a media tarde y a los pocos minutos olvidé adónde iba. Había comenzado a anochecer y las gotas de niebla brillaban como luciérnagas diminutas al estrellarse en mis gafas. Me dije que si seguía caminando recordaría enseguida cual era mi propósito inicial. Pero no fue así.

Al llegar a la tienda de la esquina, me sentí un poco incómodo y pensé regresar a casa; pero el paseo era agradable y además no estaba seguro de saber el camino de vuelta. Miré hacia atrás y no reconocí la calle ni el barrio.

—Deben de ser cosas de la edad. Otras veces me ha pasado…, supongo. Caminaré un poco más y se me irán aclarando las ideas.

Junto a un estanco desconocido descubrí un bar de aspecto lúgubre. Entré y pedí tres güisquis y un Martini. Creo que me mareé. Una anciana muy amable me preguntó si necesitaba ayuda. Le quité el monedero que llevaba dentro del bolso sin que se diera cuenta y le dije que no, gracias.

Me sentía eufórico y libre. Era inquietante no saber a dónde iba, pero como empezaba a olvidar también de dónde venía, la cosa me traía sin cuidado.

Caminar, caminar… Eso era lo único importante. Disfrutar de cada paso del camino, de las luces, la música y los olores pestilentes de la ciudad; volar por la calzada con mis zapatos Masai. ¿La meta? ¿A quién le importa la meta?

De pronto vi una cara conocida. Era un tipo grande vestido de negro:

—Kloster —me dijo—, ¿se puede saber adónde vas?

De nuevo aquella pregunta estúpida. Adónde voy. Qué más da. Lo único que cuenta es el camino, vivir a pleno pulmón sin porqués ni “paraqués”.

Salí huyendo. Ya, de paso, atraqué a un par de ancianos y reventé un cajero automático.

A las doce de la noche se despejó el cielo y salió la luna llena. Di un aullido y, al llegar a Malasaña, me transformé en hombre-lobo para pasar inadvertido.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Extraña pregunta


Se me acerca una pareja de mediana edad. Él, gordito, nervioso y breve de estatura, me pregunta:

—¿Me hace el favor…, la calle Padre Damián?

—Es paralela a ésta. Ahí la tiene, donde baja ahora mismo el autobús…

—¿Seguro?

—Vivo aquí… Sí, seguro.

La mujer parece satisfecha con mi respuesta, pero mi interlocutor no.

—Yo creo que se equivoca. La que usted dice es el Paseo de la Habana.

Sonrío lo justo y respondo:

—¿Nos apostamos un milloncito de euros?

La mujer se ríe. A él no le hace ninguna gracia, y se aleja mascullando:

—Qué sabrá éste…

Este diálogo, absurdo pero real, es también una especie de parábola urbana. De hecho, camino de la farmacia, he ido recordando a más de uno y de dos que, después de consultar una duda de tipo moral, se enfadaron porque el cura no les dió la razón. Quizá les importaba más tranquilizar su conciencia que conocer la verdad.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

En el autobús

Un estudiante algo presuntuoso adoctrina en el autobús de línea a un anciano que se sienta a su lado:

—No es fácil que su generación pueda entender a la mía —le dice—; usted creció en un mundo muy diferente, casi primitivo.

El muchacho ha levantado la voz para que le oiga medio autobús. Se diría incluso que quiere pronun­ciar un pequeño discursito y necesita público.

—Fíjese, los jóvenes de hoy hemos crecido con televisión, internet, aviones a reacción, viajes al espacio… Nos parece natural que el hombre camine sobre la luna. Nuestras sondas espaciales han visitado Marte... Tenemos naves que se alimentan de energía nuclear y coches eléctricos; computa­doras con procesos a la velocidad de la luz... ¿Me entiende?

El anciano, después de un breve silencio, responde:

—Tienes razón, hijo mío. Nosotros no teníamos esas cosas cuando éramos jóvenes; por eso las in­ventamos. Así que, pequeño arrogante, pregúntate ahora: ¿qué estoy haciendo yo para la próxima genera­ción?

El aplauso de los pasajeros es tan unánime, que el muchacho opta por bajarse en la siguiente parada.


lunes, 23 de noviembre de 2009

Contracorriente (II). Moraleja.


¿La moraleja? Elemental, mi querido Kloster. Mientras vivía esa insólita aventura que describí ayer sin cargar nada, nada las tintas, pensé que podría servirme para ilustrar la primera meditación del Retiro que tenía que predicar el domingo. Como iba a hablar de “vida de fe”, me puse a considerar que, tal como vienen los tiempos en este país nuestro, "vivir de fe" significa, entre otras cosas, estar dispuestos a nadar a contracorriente. Aunque tengamos la desagradable impresión de que todos caminan en dirección contraria; aunque nos parezca que estamos solos; aunque mil voces nos digan que demos la vuelta, que nos unamos a la multitud de los que abandonan a Jesucristo; aunque nos atropellen o nos insulten; aunque demos la nota…

Sí, dar la nota puede ser un deber en algunas ocasiones. Y ni siquiera es muy honroso esconderse en una farmacia, como hice yo.

No os toméis muy en serio esta breve y apresurada moraleja. Es sólo una especie de chiste malo que, en efecto, me sirvió para despertar a las 35 mujeres que me escuchaban. Luego, procuré ser optimista y esperanzado: ni estamos solos, ni es tan terrible la avalancha laicista que se nos viene encima.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Contracorriente


Era una multitud enorme, galopante y turbulenta. Venía hacia mí a gran velocidad ocupando toda la calle, como una manada de bisontes enloquecidos. La mayoría eran hombres, pero también había mujeres y niños. Muchos portaban bufandas blancas o moradas a pesar de ir en mangas de camisa. El sonido de las trompetas se mezclaba con el estrépito sordo del trote sobre el asfalto. Temblaban los automóviles aparcados y los caballos negros de la policía.

Los vi llegar y sentí el mismo terror que Indiana Jones cuando estuvo a punto de morir aplastado por una inmensa roca esférica que le perseguía en alguna peli que no recuerdo muy bien. Yo sin embargo no escapé. Traté de esquivar la acometida de la turba pegándome a la pared; pero un gordo gordísimo y gigantesco que corría como un globo de feria con los brazos abiertos —tal vez su obesidad no le permitía llevarlos de otra forma— me dio un barrigazo colosal y ni siquiera pidió disculpas.

Decidí entonces nadar contracorriente. Era yo el único ciudadano de Madrid que caminaba en dirección norte. La masa, cada vez más compacta, se precipitaba hacia el sur y nadie se dignaba hacer un hueco para dejarme pasar. El sudor perlaba (*) mi frente y aromatizaba mis pies fatigados.

Entré en una farmacia.

—¿Qué deseaba?

—Asilo, señorita. Si salgo ahí fuera moriré aplastado por la masa.

Cinco minutos más tarde volví a la batalla. La cola de la manada era menos densa, pero como corrían más, el peligro seguía siendo grave. De pronto oí un rugido terrorífico a mis espaldas, como un clamor oceánico.

—¡Gooooooool!

El Real Madrid había marcado su primer gol al Racing de Santander. Por los vomitorios del estadio entraban a galope los últimos espectadores.

La moraleja, mañana

(*) Perdona, Kloster: nunca había escrito el verbo "perlar" y quería ver cómo se siente uno poniendo cursilerías.



domingo, 1 de noviembre de 2009

Todos los Santos


—¡Eh, despistado!, ¿no saludas o qué?

—Perdona Juan Antonio, es que no me había fijado.

Mi encuentro casual con un viejo amigo me ha llevado a pensar que, en efecto, soy un cura despistado. Voy por la calle pensando en mis cosas, viendo sin mirar o mirando sin ver. Luego he llegado a la conclusión de que la fiesta de hoy —Todos los Santos— es una invitación levantar la barbilla y mirar hacia arriba, al Cielo, sin miedo a que nos deslumbre el sol. Sí, es bueno recordar que hay una multitud de santos en el Paraíso, la mayor parte desconocidos, que están también a nuestro servicio. Más de uno podría decirnos lo mismo que mi amigo:

—¡Eh, tú! ¿No me saludas?

Hay demasiados espíritus encorvados, que de tanto mirar al suelo chocan contra las farolas y ni siquiera reconocen a Dios cuando pasa a su lado.