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viernes, 2 de diciembre de 2016

Fallece Domingo Ramos-Lissón,


No suelo incluir en el blog demasiadas noticias de fallecimientos. Hoy hago una excepción: Domingo Ramos, sacerdote, jurista, teólogo e historiador, fue profesor en la Facultad de Teología de Navarra.
Al escribir su semblanza, todos incluyen una palabra; "caballero". En efecto, Don Domingo era hombre cortés, amable, siempre discreto, respetuoso con sus colegas y con sus alumnos... Yo recuerdo ahora sus clases de Patrología y el cariño lleno de detalles de afecto y de servicio que me demostró la última vez que me alojé en su casa de Pamplona.
Ved aquí la noticia. En el Cielo ya han salido a recibirlo los antiguos Padres de la Iglesia, a los que él dedico miles de horas de trabajo.

jueves, 16 de junio de 2016

Ha fallecido don Francisco Vives



Don Francisco con don José Escudero en una reunión de antiguos alumnos 

Ayer por la mañana falleció en Pamplona don Francisco Vives, sacerdote del Opus Dei, navarro y uno de los primeros capellanes que tuvo Gaztelueta. Llegó al colegio, si no me equivoco, en 1952. Unos años más tarde San Josemaría Escrivá lo llamó a Roma, donde trabajó como Vicario secretario central en el gobierno de la Obra. Regresó a España en 2000 y ha vivido en Madrid hasta ahora.
No puedo precisar más sus datos biográficos. He convivido con don Francisco algunos años. En Gaztelueta me predicó un par de cursos de retiro y me confesó en distintos momentos. 
Últimamente lo veía en las reuniones que celebramos cada año  en el Colegio Retamar de Madrid los antiguos alumnos del Gaztelueta. En esas ocasiones solemos tener una misa por los profesores y alumnos fallecidos. Yo le pedía siempre que la celebrara él, pero nunca quiso aceptar. "Prefiero confesar", me respondía. Y se escondía en el confesonario.
Ha sido un cura santo, inteligente, alegre y discreto. Gran jugador de fútbol también cuando era joven.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Dos fotos de Paco Monzó

Dije que no conservaba ninguna fotografía de Paco en mi archivo, y así era, pero ya me han llegado dos. En la de arriba, veo a algunos viejos conocidos de la tercera promoción, como Santi Arbaiza. En la de la izquierda, si no me equivoco, Paco está en Retamar ejerciendo de fotógrafo.

Ya está en el Cielo Paco Monzó

Esta noche ha fallecido en Madrid a los 91 años Francisco Monzó, uno de los primeros profesores de Gaztelueta. Los antiguos alumnos lo recordamos con especial afecto: fue un hombre cordial, cariñoso, divertido y cercano, pero, por encima de todo, fue fiel a su vocación. Vivió y trabajó en Roma junto a San Josemaría Escrivá, al que quiso con todo su gran corazón.
No he encontrado ninguna foto suya en mi archivo. En mi memoria sí. Mañana ofreceré la Misa por su eterno descanso, y ya he empezado a pedirle favores: Paco no me fallará.

viernes, 27 de febrero de 2015

Yo tuve un maestro…

A Wladimir Vince

Tenía muchas ganas de escribirte, querido don Wlado. Desde que empecé esta nueva sección de e-mails dirigidos a grandes personajes pensé en ti, pero fui retrasando el momento de ponerte unas letras porque, la verdad, no sabía por dónde empezar, cómo continuar ni qué concluir. Eras demasiado grande para una página tan chica.
Nos conocimos en Gaztelueta en octubre de 1952. Yo tenía 11 años y tú estabas en el jardín del colegio con un grupo de alumnos junto a la rampa que desciende hacia el campo de fútbol. Llevabas un traje cruzado a rayas que me pareció muy elegante, y aunque no me conocías, te dirigiste a mí por mi nombre.
Alguien me dijo que eras croata.
—¿Y eso qué es? —pregunté—.
—Es que se ha escapado de los comunistas debajo de un tren.

Hablabas castellano sin el menor acento. Es más, imitabas todos los acentos españoles con notable fidelidad. Como además casi nunca contabas nada de tu tierra, tardé en comprender que ser croata no era una enfermedad, sino ciudadano de un país que por entonces formaba parte de la Yugoeslavia comunista.
Luego supe que lo del tren no era verdad, pero sí que desde muy joven fuiste prófugo de la justicia y perseguido político. Por no combatir contra los partisanos que se enfrentaban a los nazis durante la invasión alemana ni unirte a los guerrilleros, que estaban capitaneados por Tito, la máxima autoridad comunista, huiste a Roma. Allí conociste a José Orlandis y a Salvador Canals, dos fieles del Opus Dei, y pediste la admisión en la Obra.
Pocos años después llegaste a mi cole, a Gaztelueta, como subdirector.

¿Cuántos idiomas hablabas? A mí me salen ocho, pero a lo mejor me dejo alguno. Veamos: francés, inglés, alemán, croata, ruso, español, italiano, latín… Eso, en todo caso, es lo de menos. Lo importante es que hablabas mi idioma, el de los niños y lo comprendías tan bien que te convertiste enseguida en Maestro (así, con mayúscula), el más grande que he tenido nunca.
Un maestro no es un "enseñante" (horrible palabra), ni siquiera un profe, que es como se dice ahora. Un maestro no se limita a explicar una determinada asignatura; es alguien capaz de modelar almas y de dirigirlas atenta y eficazmente.

El maestro trata a sus alumnos uno a uno y les entrega pedazos de su vida. Es cariñoso, pero sin empalagos. Sabe ser recio y exigente. Austero en la expresión y en los gestos, se hace querer y respetar. Casi nunca levanta la voz, pero si lo hace, todos comprenden que tiene razón. En ocasiones corrige incluso con energía, pero no pierde los nervios ni descarga su mal humor en los alumnos. Prefiere estimular, aplaudir los éxitos de quienes aprenden y fomentar su autoestima, porque nada ayuda tanto para seguir mejorando como un elogio justo.
El maestro, acaba por ser amigo, no amiguete ni cómplice. Su auctoritas perdura también cuando el discípulo ya vuela por su cuenta.
Eso fuiste, querido don Wlado, para todos los que te tratamos en aquellos años. Charlabas conmigo a solas cada quince días o cada mes y en aquellas conversaciones —paseando por el jardín o sentados en una salita— me enseñaste a estudiar, a poner esfuerzo en el trabajo, a hablar con Dios, a vencer mi timidez, a proponerme metas altas y propósitos pequeños…
Un día, en 1957, anunciaste que volvías a Roma y la noticia conmocionó al colegio entero. Tuviste que pasar por las clases para consolar a los afligidos y explicar la razón de tu marcha. Dos años más tarde te ordenaste sacerdote y regresaste a Gaztelueta para celebrar la Primera Misa.

El Santo Padre, Pablo VI, te nombró director de la obra pontificia para la atención de los católicos croatas en el exilio, y como San Pablo veinte siglos antes, empezaste a recorrer el mundo para confirmar en la fe a tus compatriotas.
Claro que seguías siendo un perseguido. Estabas en la lista negra del régimen yugoeslavo, y el 6 de marzo de 1968 el avión que debía trasladarte desde Caracas a París hizo explosión en el aire.
Yo te esperaba en Roma. ¡Tenía tantas cosas que preguntarte! Han pasado muchos años, pero los maestros duran para siempre. Y tú sigues siendo el mío.


viernes, 30 de mayo de 2014

José Luis González-Simancas



Acabo de recibir la noticia: José Luis González-Simancas (Joe), uno de mis antiguos profesores en Gaztelueta, acaba de fallecer en Pamplona. De momento no escribiré más: tengo demasiados recuerdos y, por razones difíciles de explicar, le he querido de forma muy especial.
Mañana celebraré la Santa Misa por él, pero sé que está en el Cielo.



      Joe con don Jesús Urteaga, en 1952



sábado, 8 de junio de 2013

Los 80 de José Luis Mota


Aquí lo tenéis, tan jovencito como cuando nos enseñaba "Ciencias Naturales" en Gaztelueta en 1957 (año arriba, año abajo). Fue uno de mis maestros; un tipo serio y exigente en clase y un imparable contador de chistes fuera del aula. Además de ser un gran profesor, quería a sus alumnos y eso lo notábamos todos.
No sigo, porque se me da muy mal piropear a los amigos. El caso es que José Luis se vino a Canarias hace unos años a poner en pie un par de colegios que necesitaban de su experiencia y de su entusiasmo contagioso. Y aquí sigue, a pocos kilómetros de donde me encuentro yo ahora.
El próximo, martes, día 11, cumple 80 años y tengo el propósito de acercarme a su casa para darle un abrazo. 

viernes, 12 de octubre de 2012

50 años en Gaztelueta


Este jovencito que veis ahí se llama Ángel Ramirez y, según parece, hoy cumple 80 años. Llegó a Gaztelueta hace exactamente 50, de lo cual se deduce que debutó como profesor al cumplir los 30. (El cálculo lo he hecho yo solo casi sin esfuerzo).
Para entonces yo ya había dejado el Colegio, pero algunos de los que le vieron llegar me cuentan que por entonces era un tipo duro, exigente e inflexible. A mí, la verdad, me cuesta trabajo creerlo cuando veo que sigue al pie del cañón, siempre amable y con la misma sonrisa que luce en la foto. Se conoce que, como otros viejos maestros de mi cole, se fue ablandando con los años hasta abuelear descaradamente en la madurez.
Es seguro en todo caso que Ángel fue pionero en la puesta en marcha de actividades para padres de alumnos: el teatro leído, los conciertos y el aula de actualidad. Como profesor, dio clases de dibujo y de física durante muchos años e inculcó en los chicos su pasión por el cine, el teatro y la tecnología. Ángel fue uno de esos profes de Gaztelueta que exportaron experiencias y conocimientos a otros colegios. Munabe  y Erain, por ejemplo, recibieron algo de su sabiduría.
Este impertinente globero querría estar hoy en Gaztelueta para dar un abrazo y un tirón de orejas a Ángel: Lamentablemente no podré hacerlo; pero al menos le encomendaré en la Misa, y no dejaré de agradecer al Señor que nos haya mandado profesores como él: cultos, alegres y apegados a la apasionante tarea de formar en la libertad. 
 


 

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Carta a don Jesús

Desde hace casi veinte años escribo todos los meses un artículo en "Mundo Cristiano", la revista que fundó y dirigió durante décadas don Jesús Urteaga. Como sabéis don Jesús falleció el pasado 30 de agosto, cuando estaba a punto de salir a la calle el número de septiembre de la revista.

Para octubre, MC pr
epara algo especial y me han sugerido que me una al homenaje a don Jesús. Yo, sin dudarlo un instante, he redactado una carta demasiado larga para que vuele hasta el Cielo al encuentro de mi cura.

A don Jesús le gustaba leernos aquel poema de San Juan de la Cruz que comienza así: tras de un amoroso lance,/ y no de esperanza falto,/ volé tan alto, tan alto,/ que le di a la caza alcance.

El poeta habla del alma que alcanza a Dios y lo atrapa como el halcón a su presa. Aquí, en Molinoviejo, tengo a la vista un viejo repostero que habla de esa
"caza" definitiva.

También yo quisiera estar allí con estas letras.
Querido don Jesús....

ya sé que no es costumbre tratar de usted a los que están en el Cielo; pero me resulta imposible expropiarle el “don” a estas alturas. Tenga en cuenta que usted fue el primer cura de mi cole y yo sólo tenía 11 años cuando le conocí en Gaztelueta.

¿Se acuerda? Era un profesor la mar de serio en clase y un bromista lleno de imaginación y talento cuando jugaba con nosotros fuera del aula. Ahora lo veo dirigiendo un sorprendente concurso de preguntas descabelladas y respuestas sin sentido que usted premiaba con caramelos. Al terminar sacó del bolsillo una máquina fotográfica diminuta y la subastó. El que más caramelos devolviese se la quedaba. Total, que recuperó el paquete entero y los caramelos sirvieron para otra sesión.

Sin embargo, el recuerdo más vivo me lleva a la pequeña capilla del colegio, cuando nos predicaba en pie, junto al Sagrario. ¿Dónde aprendió a hablar así a los niños y al Señor al mismo tiempo? Yo he tratado de imitarle muchas veces, pero, la verdad, no hay color.

Un día nos trajo un regalo: mientras hablaba, fue desempaquetando un borrico de loza con su cabezota sumergida en un libro de latín. Nos dijo que nos lo enviaba un sacerdote muy bueno, que vivía en Roma, que se llamaba Josemaría Escrivá y que quería mucho a los alumnos de Gaztelueta. Y, mientras nos reíamos contemplando el burro, nos habló del estudio, de ser como aquel animal de largas orejas o como el que mueve la noria y hace posible la lozanía del jardín.

Por entonces yo le profesaba una admiración sin límites. Pensaba que era una especie de mago con poderes, capaz incluso de leerme el pensamiento. Luego he comprendido que adivinar lo que piensa un chiquillo no es tan difícil. Basta con tomárselo en serio, escucharle y quererlo con corazón de padre, de madre y de abuelo. Usted nos quería así, don Jesús, y nos enseñó que ser sinceros era mucho más que no decir mentiras: se trataba de “soltar el sapo”, de ser transparentes delante de Dios.

Hace dos o tres años traté de decirle estas cosas, pero no me dejó. Alegaba que no tenía memoria y que yo era un cuentista. Ahora no tiene más remedio que darme la razón. Así que siga leyendo y no se le ocurra cortarme, que voy lanzado.

Desde que se nos fue al Cielo el último domingo de agosto, han aparecido muchos artículos en la prensa. Todos recuerdan que fue usted “el cura de la tele”, que recibió premios por su gran talento como comunicador. Hablan de su personalidad arrolladora, de su capacidad de liderazgo, de sus dotes de predicador, de su pluma incisiva, de sus libros editados en medio mundo… Sin embargo mi espacio es limitado y debo ir a lo esencial. Y lo esencial es, por supuesto, su enorme corazón de sacerdote.

* * *
Tenía yo 12 años cuando me rompí la cabeza. No fui a la UVI porque entonces no existían esas modernidades. En estos casos, lo previsto era ingresar directamente en la tumba. Yo, en la Clínica del doctor San Sebastián, me moría a chorros cuando llegó usted.

Se sentó junto a mi cama, me dio la extremaunción y la absolución. Luego me fue repitiendo jaculatorias al oído que, a pesar de estar en coma, pude oír con toda claridad. No sé cuánto tiempo estuvo así; quizá toda la tarde. Por la noche, yo aún seguía en este mundo; pero mis padres estaban destrozados. Entonces agarró del brazo a mi padre y le dijo:

—Manolo, vamos a charlar.

Entraron en una salita; introdujo la mano en el insondable bolsillo de su sotana, y sacó…, una botella de coñac. Mi padre recuperó el ánimo gracias a un par de copas y a sus palabras. Hasta pudo dormir unas horas. Usted también durmió, don Jesús, pero en el suelo de otra habitación. Trató de que nadie se enterara, pero mi padre lo descubrió a media noche.

Cuando me hablan del espíritu sacerdotal siempre recuerdo esta historia. Ser cura es eso: vivir en el Cielo sin despegarse un milímetro de la tierra; ser muy de Dios y tener un corazón tan grande, humano, sobrenatural, acogedor y generoso como el propio Corazón de Jesucristo.

Pasaron los años. Yo me ordené sacerdote y, naturalmente, le pedí que predicara en mi Primera Misa Solemne. Luego me admitió en su “Mundo Cristiano” y me ha dejado pensar por libre durante los últimos 18 años. Y seguí leyendo sus libros y su vida. Porque, querido don Jesús, la vida de un sacerdote santo es siempre mucho más elocuente que todos los escritos y programas de televisión.

Una virtud más. Sólo una: su total disponibilidad para cualquier tarea que le encargaran. Madrid es una ciudad grande y compleja en la que lo ordinario es que surjan problemas inesperados que hay que resolver con urgencia. Muchas veces es preciso contar con un sacerdote todoterreno que sirva lo mismo para un roto que para un descosido. Es cierto que todos procuramos arrimar el hombro, pero, al final, el que siempre podía, el que no tenía horario, el que encontraba un hueco era usted.

Voy a terminar recordando nuestra última estancia en Molinoviejo, la casa de retiros de Segovia donde escribió en menos de un mes “El Valor divino de lo humano”.

Estaba usted ya muy limitado. Apenas podía caminar. Se habían borrado casi todos los nombres de su memoria, aunque no de su corazón. Nos pidió que le escribiéramos el horario en un folio con letra bien grande y clara, de ordenador. Lo llevó siempre encima y, cada vez que me veía, preguntaba:

—¿Qué hago ahora? ¿Qué toca?

Tenía razón, don Jesús; la santidad se resume en hacer en cada momento lo que toca. Ahora “le toca” gozar de Dios para siempre y acordarse de nosotros para que seamos dignos de estar un día a su lado.





En Gaztelueta con José Luis González-Simancas

viernes, 5 de junio de 2009

Vicente Garín se nos ha ido al Cielo



Con
estas palabras acaban de comunicármelo desde Gaztelueta. A partir de ahora me encomiendo a mi profesor y rezo por él, consciente de que mi oración, y la de todos, será "de ida y vuelta": volverá a nosotros convertida en gracias abundantes.

Descanse en paz.

miércoles, 3 de junio de 2009

Vicente Garín

Vicente aquí viste de gris

Estaba en pie, junto a la puerta del chalet. Era rubio y muy joven; llevaba una chaqueta marrón de sport, pantalón gris y unas gafas elegantes sin montura. Se diría que nos estaba esperando. Mi hermano Manolo y yo llegábamos por primera vez a “Gaztelueta”, el que habría de ser nuestro colegio durante los años siguientes, y Vicente nos preguntó nuestro nombre, nos dio la mano como si fuéramos personas mayores y nos invitó a pasar. Aquel saludo cordial y respetuoso puede parecer poca cosa, pero fue la primera lección que recibí en el colegio.

Vicente tenía entonces 29 años recién cumplidos. Valenciano y con la carrera de Ciencias Químicas apenas estrenada, se dejó embarcar en una aventura pedagógica y también apostólica que estaba destinada a cambiar muchas cosas en la enseñanza Media en España. Eran muy pocos los que la comenzaron y todos demasiado jóvenes para no ser audaces; casi ninguno había cumplido los treinta años: Isidoro Rasines, José Luis González Simancas, Antonio Salgado, Wladimir Vince, José Antonio Sabater, Pedro Plans, Jesús Urteaga, Álvaro Calleja… Va siendo hora de hablar de cada uno, con la discutible objetividad de un antiguo alumno que sólo guarda buenos recuerdos de aquellos grandes maestros.

Vicente nos enseñó la casa; nos leyó y tradujo la inscripción latina que aparecía en el frontal del altar de la capilla: “Vidimus stellam eius in Oriente et venimus adorare Dominum”; nos explicó el sentido de aquel misterioso lema que rodeaba el escudo de Gaztelueta, “sea nuestro sí, sí; sea nuestro no, no”, y, antes de despedirnos, nos pidió que le ayudásemos a montar una lámpara de cristal, una especie de rompecabezas que nos llevó casi una hora. Nuestra ayuda fue más bien un estorbo, pero lo pasamos la mar de bien con aquel insólito profesor que lo mismo daba lecciones por los pasillos que jugaba con unos críos como yo mismo.

Pasó el tiempo y Vicente no envejecía; crecía con nosotros. Cuando tuve un accidente muy grave que a punto estuvo de costarme la vida, Vicente estuvo a mi lado. Ahora le pido perdón por haberlo llenado de sangre aquella tarde.

El cabello rubio fue blanqueándose sin que apenas nos diéramos cuenta, pero no perdió un ápice de su elegancia ni de su señorío. No fue el profesor más brillante, ni el más popular; pero se hacía difícil no quererlo. Quizá era un poco tímido, no lo sé. Tal vez es que sabía embridar su corazón para que no se le fuera con los centenares de alumnos que pasaron por sus clases.

Sólo un día lo vi emocionarse. Yo acababa de ordenarme sacerdote y aparecí  en Gaztelueta para celebrar mi primera Misa solemne. Vicente estaba de nuevo de pie junto a la puerta del chalet. Juraría que también entonces tenía una chaqueta marrón y unas gafas sin montura. Me vio llegar y no dijo ni una palabra; sólo un abrazo largo y muy fuerte. Al soltarme le miré a los ojos y me lo dijo todo en aquella mirada.

Vicente sigue en Gaztelueta desde 1951; pero hoy he recibido un mail: está muy grave. Si no hay un milagro se nos irá en pocos días o en pocas horas. Tiene 86 años. El Señor le está esperando en el Cielo para darle un gran abrazo como el que me dio a mí en 1969.

Acabo de celebrar la Santa Misa y lo he tenido muy cerca.

miércoles, 1 de abril de 2009

Pedro Plans



Son las once de la noche. Abro el correo y me encuentro con la triste noticia del fallecimiento de don Pedro Plans.

Fue mi profesor de Geografía en Gaztelueta durante mis años de bachillerato. Poca cosa, ¿verdad? Sin embargo no conozco un maestro que haya dejado una huella tan honda en sus alumnos como don Pedro. Años más tarde fue catedrático de universidad, y cuando le llegó la edad de la jubilación, nos sorprendió a todos empeñándose en ejercer su otra profesión, la de enfermero, en la Clínica Universitaria de Navarra.

Don Pedro fue un hombre sabio y santo, paciente, humilde, entregado a sus alumnos, con un corazón inmenso que nunca se reservó para sí. Estoy seguro de que pronto leeremos biografías suyas.

Mañana por la mañana, aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II, me encomendaré a los dos en la Santa Misa. Hoy no puedo escribir una palabra más.

sábado, 12 de julio de 2008

Recuerdos demasiado personales de Gaztelueta (y V)




MI ENCUENTRO CON UN ÁRBOL

Fue el 23 de marzo de 1953 y teníamos examen de matemáticas. Don Isidoro, que era el profesor, nos había advertido que nadie faltase a clase, porque era un examen muy importante. A mí, la verdad, no se me daban muy bien los números y me hubiese gustado tener una buena excusa para evitar la prueba… En eso pensaba yo, y en la suerte que tenía mi hermano Manolo, que estaba en la cama con anginas, cuando me subí a la filobusa en Neguri.

Esto es casi lo único que recuerdo de aquella tarde. El resto…, me lo han contado tantas veces y desde tantos puntos de vista que puedo describirlo como si, de verdad, hubiese estado allí y no en la luna.

La filo era un autobús entrañable y destartalado lleno de remiendos mecánicos y de achaques sin solución. Cuando subía la cuesta de Gaztelueta, daba la impresión de que cada curva sería la última de su vida, y emitía unos extraños sonidos metálicos que no presagiaban nada bueno. Su velocidad punta —cuesta abajo, por supuesto— sería de unos 40 kilómetros por hora. Joshe Mari, el intrépido piloto, la conducía con mimo y cautela, y casi nos convencía a los chavales cuando afirmaba que llevaba un motor de avión, y que tenía que esforzarse para contenerla y no despegara del suelo.

El caso es que aquel 23 de marzo, llegamos como siempre a la vieja estación de Las Arenas, donde estaba la última parada antes de pasar a Romo e iniciar la subida hacia el Colegio. Cuando el vehículo se puso en marcha, una vez que hubieron subido los últimos pasajeros, yo me lancé como una masa veloz e incontenible hacia la única ventanilla que podía abrirse del todo: la de la puerta de atrás, correspondiente al asiento destinado al profesor que nos acompañaba. Dicen que asomé medio cuerpo ante el estupor de don Vicente Garín, que no tuvo tiempo de frenarme. Dicen las malas lenguas que yo sólo pretendía hacer un gesto no muy correcto con ambos brazos a un chaval que había perdido el autobús y venía corriendo detrás.

Mi cabeza rebotó en el tronco de un árbol y sonó a hueco, supongo. Don Vicente se llenó de sangre y algún chaval también… Evitemos los detalles.

Me desperté en la casa de socorro de Las Arenas. A mi lado había un señor de bigote, que pensé debería conocer. Pero mi memoria estaba en blanco: no sabía ni mi propio nombre. Me entró el pánico y cerré los ojos para que no me hicieran preguntas. Mi padre nunca supo que no fui capaz de reconocerlo.

* * *

Estos tres oportunos asteriscos son un recurso tipográfico para saltarme lo que sucedió durante las horas que siguieron. Lo importante es que, según cuentan, este improvisado cronista debería haberse muerto aquel día, o, por lo menos, haber quedado hecho un cromo. Pero todo terminó de la mejor manera posible.

La historia, por otra parte, no habría tenido mayor trascendencia, si hubiese ocurrido en el autobús de otro colegio. Pero Gaztelueta estaba recién nacido y llamaba demasiado la atención. Tantas novedades juntas y aquellos profesores tan descaradamente jóvenes y elegantes eran la comidilla general, y no siempre se les miraba con simpatía. Lo mismo ocurría con la labor apostólica del Opus Dei, que estaba comenzando en Neguri, Las Arenas y Algorta. De ahí que mi encontronazo con el famoso árbol tuviese una repercusión desmesurada. Hay quien dice que, si llego a morirme aquel día, tal vez se habría puesto en peligro la misma existencia del Colegio.

Durante mi estancia en la Clínica del Doctor San Sebastián, toda mi familia quedó conmovida por las atenciones de los profesores de Gaztelueta: don Jesús pasó conmigo las primeras veinticuatro horas. Nada más llegar, diciéndome jaculatorias al oído —que aún recuerdo a pesar de que estaba inconsciente—; luego consolando a mi padre con sus palabras de aliento…, y con una botella de coñac que traía para la ocasión en el inmenso bolsillo de su sotana. Por la noche mi padre durmió en una cama contigua, y don Jesús en el suelo de otra habitación.

Don Wlado apareció enseguida con un aparato de radio inmenso y potente —el último grito—, capaz de sintonizar las emisoras más lejanas. Luego, uno a uno, fueron viniendo los demás profesores y algunos compañeros de clase. A partir de entonces ya nadie tuvo necesidad de explicarnos, ni a mí ni a mis padres, que el Opus Dei es una gran familia, y Gaztelueta también.

Cuando apareció Isidoro por la clínica se me ocurrió preguntarle completamente en serio si lo que me había ocurrido era tan importante como para saltarme el examen de matemáticas.

No sabía yo entonces que una de las primeras personas en enterarse del accidente fue San Josemaría, al que telefoneó inmediatamente el director del Colegio. Pero esa historia merece un nuevo y último apartado.

MOLINOVIEJO, SEPTIEMBRE DE 1960

Molinoviejo es una casa de retiros de la provincia de Segovia, entonces muy pequeña, que ha ido creciendo con los años en medio de un paisaje espléndido de pinos, abetos y álamos, al pie de la ladera Norte de la Sierra de Guadarrama.

Allí estaba yo, recién terminado el segundo curso de Derecho, pasando unos días de Convivencia con otros veintitantos chavales de toda España y Portugal, que habíamos pedido la admisión en el Opus Dei poco antes, y aprovechábamos las vacaciones de verano para recibir una formación doctrinal específica y para conocer mejor la espiritualidad de la Obra.

Lo cierto es que nos lo pasábamos en grande haciendo deporte, bañándonos en la piscina y conociendo Castilla la Vieja, cuando recibimos la insólita noticia de que venía a estar con nosotros unas horas el Padre, el Fundador del Opus Dei.

Llegó San Josemaría una tarde a las cinco en punto…

Aquí necesitaría dos docenas más de asteriscos para eludir el relato de aquellas horas inolvidables que pasamos junto a un santo. Pero yo sólo quería contar una anécdota para poner el punto final a estos recuerdos.

Había terminado la tertulia en el jardín. Los veintitantos chavales nos esforzábamos por reconstruir en un papel lo que nos había contado. Mientras tanto, nuestro Padre, acompañado por don Álvaro del Portillo y por don Manuel Sancristoval, paseaba por el campo de fútbol de la finca.

Alguien se acercó a nosotros y se dirigió a mí:

—El Padre quiere verte.

—¿A mí?

—Sí, anda, vete corriendo, que te espera.

Corriendo no fui, porque en aquella época yo era bastante tímido y me temblaban hasta las orejas; pero, en pocos segundos estuve a su lado.

San Josemaría me preguntó si yo era Peque, que es todavía mi nombre más verdadero. Me dio un abrazo, y me contó con pelos y señales cómo se enteró del accidente en el autobús de Gaztelueta y cómo rezó desde el primer momento.

—Pedí al Señor tres favores —me dijo—: que te curaras pronto, que te curaras del todo y que, con el tiempo, recibieras la vocación al Opus Dei.

Por último me prometió un pequeño regalo por ser la vocación más antigua de Gaztelueta: una pequeña cruz de palo, de madera negra sacada del viejo artesonado de la ermita de Molinoviejo, igual a las que entregaba a los primeros de cada país. Me hizo notar que Gaztelueta es la primera obra corporativa de enseñanza que tuvo el Opus Dei en el mundo, y que Dios me pediría cuenta por haber estudiado allí. Yo estaba tan emocionado y tan avergonzado que no sabía cómo responder.

—Escríbeme a Roma y te mandaré la cruz. ¿Te acordarás?

—¡Claro!

Me temo que no fui capaz de decir ni una palabra más.

viernes, 11 de julio de 2008

Recuerdos demasiado personales de Gaztelueta (IV)



Don Wlado y las ventajas de la fantasía

Supongo que algún día habrá que escribir un libro sobre don Wladimir Vince, el primer preceptor que tuve en el Colegio y una de las personas que más ha contribuido a que no orientase mi vida por el camino de la delincuencia organizada.

Escribí en alguna ocasión que, cuando don Wlado me dijo que era croata, pensé que se trataba de una enfermedad, algo así como la diabetes, pero en más raro. El caso es que don Wado hablaba castellano mucho mejor que nosotros, y además de ser un maestro nato, escuchaba como nadie cuando le contaba cosas, y me tomaba tan en serio como si fuese una persona mayor. Yo sé muy poco de pedagogía, pero he procurado imitarle en eso, y no me ha ido mal.

Don Wlado un día me enseñó a hacer oración empleando la fantasía.

No he olvidado aquella conversación, entre otras cosas porque aún no me había acostumbrado a que un señor con corbata y traje gris cruzado hablase de Dios con el mismo tono y la misma naturalidad que gastaba para dar clase o para jugar con los chavales.

—Yo creo que ya eres bastante mayor para entenderme —comenzó—.

Estábamos paseando por el jardín frente al chalet con el Abra al fondo. Yo supuse que sí, que era bastante mayor… Lo menos tenía 12 ó 13 años.

—Mira, cuando yo era como tú, a veces me inventaba historias fantásticas y me las contaba a mí mismo por las noches. Por supuesto yo era el protagonista, pero había otros personajes, siempre los mismos, que sólo existían en mi imaginación. No sé si tú haces algo parecido…

Me salió un “sí” desmayado y vergonzoso.

—Luego, con los años uno va perdiendo la costumbre de inventar historias. Y es una pena. O a lo mejor las inventas como siempre, pero te da vergüenza reconocerlo.

—¿Por qué?

—No lo sé; pero es así.

Entonces don Wlado sugirió que nos sentásemos en un banco. Sacó una pequeña agenda del bolsillo y empezó a enseñarme lo que había escrito.

—¿Entiendes lo que dice aquí?

Al principio creí que era cosa de la letra, pero no…

—No te esfuerces. Está escrito en croata. Es el nombre de mi Ángel Custodio.

A continuación me explicó que el Custodio es como un amigo, al que podemos ponerle nombre e invocarle de vez en cuando: al salir de casa, al llegar al cole, antes de estudiar…

Creo que fue ese mismo día cuando me enseñó a “meterme” en las escenas del evangelio para convertirme en un personaje más. Me dijo que me “disfrazara” de pescador para ayudar a Pedro y a los otros apóstoles a sacar de la barca las redes llenas de peces; que agarrara fuerte las riendas del borrico si quería acompañar a María a casa de su prima Santa Isabel, y que no tuviera inconveniente en imaginar las caras de los demás personajes, incluso las historias de cada uno, y que hablase con Jesús y con la Virgen así, como si realmente estuviese con ellos en Israel.

—Es como inventar una novela. Sólo que el protagonista debe ser Jesús y no tú, ¿entiendes?

Fue probablemente la conversación más larga que tuve con mi preceptor. Me gustaría decir que le hice caso, pero no sería verdad. Muchos años después oí esos mismos consejos a San Josemaría, en Roma, que era, por supuesto, la fuente en la que bebió siempre Wlado. Pero, desde entonces, cada vez que trato de hacer mi oración así, y siempre que intento enseñárselo a la gente joven, me encomiendo a mi amigo croata, que ya está en el Cielo, y le pido que me dé un poco de su salero para hacerme entender y un corazón tan grande como el suyo.

Ya conté en otra ocasión que, cuando don Wlado dejó Gaztelueta, hubo consternación general entre los alumnos. Fui a verle y le pregunté por qué se iba. Aquel día que habló por primera vez del Opus Dei, de su propia vocación y de la alegría que le daba poder servir a Dios sin ponerle condiciones de modo, tiempo o lugar. Me dijo que, de todas formas, no nos separaríamos nunca, y concluyó con una enigmática frase:

—A mí me ha tocado el gordo de la lotería. Si alguna vez te toca a ti también, me escribes.

Unos años más tarde, cuando pedí la admisión en la Obra, Ignacio Forcada, un catalán entusiasta que andaba por Pamplona, me dijo:

—¡Es estupendo: te ha tocado la lotería!

Para entonces, ya había olvidado la charla con don Wlado, pero me vino de golpe a la memoria, y, por supuesto, le mandé una postal, en la que le decía sólo eso “Me ha tocado el gordo de la lotería”. Su respuesta, larga, cariñosa y llena de amor a Dios, me acompañó durante muchos años. Creo que perdí la carta en Madrid poco antes de ordenarme sacerdote.

Continuará

jueves, 10 de julio de 2008

Recuerdos demasiado personales de Gaztelueta (III)


La sinceridad no se castigaba jamás.

Los alumnos éramos conscientes de que la mejor manera de evitar represalias o posibles castigos, era decir la verdad.

En cierta ocasión, sin embargo, llegó un profesor nuevo, cuyo nombre no diré, que aún no estaba familiarizado con este modo de actuar, y en una de las primeras clases sacó a un chaval a la pizarra. Tendríamos por entonces 11 o 12 años.

—A ver —le dijo—, ¿cuánto has estudiado?

El alumno contestó la verdad:

—Nada.

—Bueno. Puedes sentarte —concluyó—. Tienes un cero.

Tan injusto nos pareció aquello, que fuimos inmediatamente a protestar al director.

—Don Fulano —le dijimos— no se entera de nada. La próxima vez que nos pregunte si hemos estudiado, le engañaremos para que no nos suspenda.

Al día siguiente, aquel profesor nos pidió perdón:

—Teníais razón —dijo—. Yo no tenía derecho a suspender a alguien sólo por ser sincero. Tendría que haberle examinado. No os preocupéis; ya he tachado el cero.


Los profesores se fiaban de los alumnos siempre
,

y no exigían ulteriores elementos de prueba —tarjetas firmadas por los padres, etc.—. La palabra de cualquier chaval valía tanto como un documento notarial.

Sobre este particular, aprovecho la ocasión para hacer una confesión pública:

Un día, al salir de clase —el aula ya estaba vacía—, di sin querer un linternazo a la mesa del profesor y derramé un inmenso tintero. La mesa, el suelo y un par de carpetas quedaron empapados de tinta azul. Yo me quedé de piedra; miré en todas las direcciones y, al comprobar que no me había visto nadie, salí corriendo.

Al día siguiente no quedaban restos visibles del siniestro, pero don José Luis González-Simancas —creo que fue él— nos preguntó:

—¿Alguno de vosotros tiró ayer, por descuido, el tintero que había sobre esta mesa?… No hace falta que contestéis ahora, pero, por favor, el que haya sido me lo dice después.

Lo reconozco: no fui capaz de confesar mi delito a pesar de que todos los indicios apuntaban hacia mí. Incluso hubo un profesor que me lo preguntó directamente. Lo negué con vehemencia, colorado como un tomate, y ahí quedó todo; pero el remordimiento me acompañó durante semanas, quizá meses, hasta que me confesé con don Jesús. Me escuchó como siempre con mucho cariño, y como vi que no le daba demasiada importancia a la historia, le pregunté:

¿Tengo que decírselo ahora a don José Luis?

Me miró muy serio.

—Me parece que te costaría demasiado. De todas formas, si se lo cuentas no te pasará nada. A ver si eres valiente… Y si no te atreves, no te preocupes. Lo importante es que la próxima vez seas sincero.

Salí del cuarto de don Jesús dispuesto a hablar; pero no me atreví..., hasta hoy.

—Lo siento, José Luis: el del tintero fui yo.



continuará

miércoles, 9 de julio de 2008

Recuerdos demasiado personales de Gaztelueta (II)



—¿Os gusta la casa?

Dijo la casa. Estoy seguro. A la vuelta de cincuenta años uno recuerda detalles tan tontos como éste.

Entramos en el colegio y me puse más colorado que un tomate, si no lo estaba ya. Resulta que todo estaba limpio y deslumbrante. No había bombillas fundidas ni mesas medio rotas ni bajorrelieves en los pupitres. Para colmo, en las puertas había unos espejos inmisericordes que reflejaban mi triste figura con toda nitidez: las botas llenas de barro, los cordones sueltos, las medias caídas…

Don Vicente nos lo enseñó todo: atravesamos el vestíbulo y llegamos a la sala de juegos, un gran salón, precioso y reluciente, sin más muebles que unos bancos corridos junto a la pared. Estaba decorado con pinturas al fresco de tonos suaves, que representaban a una serie de personajes jugando al golf, montando a caballo, haciendo vela y cosas así.

—Esto lo ha pintado don Alfonso, que os dará clase de dibujo… A lo mejor no os gusta.

Una y otra vez aquel insólito profesor nos pedía opinión sobre las cuestiones más variadas, como si lo que pensásemos nosotros tuviese alguna importancia para la marcha del Colegio.

De allí pasamos al oratorio. No necesito esforzarme para recordar cada detalle: desde aquel día de 1951 ha variado poco. El altar era más modesto y también los bancos, pero ya estaba la espléndida pintura que hace de retablo, con la adoración de los Magos, y aquella inscripción latina que Vicente nos tradujo y comentó para que la entendiéramos bien: Vidimus stellam eius in Oriente et venimus adorare Dominum…, “hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorar al Señor”.

—Es lo que dijeron los Magos a Herodes cuando llegaron a Jerusalén. Supongo que lo habréis leído en el Evangelio, ¿no?

Yo, que no recordaba en absoluto la escena en cuestión, respondí con un expresivo gruñido.

A continuación volvimos sobre nuestros pasos y llegamos de nuevo al vestíbulo de la entrada. A la derecha estaba, y sigue estando, el bar, una sala de estar decorada con muebles de estilo inglés que recordaban a un pub británico. A la izquierda subía una escalera señorial. Sobre la pared, un repostero con el escudo de Gaztelueta.

Vicente nos invitó a leer el lema que lo rodeaba:

Sea nuestro sí, sí; sea nuestro no, no.

—¿Sabes lo que significa? Que en Gaztelueta decimos siempre la verdad, que no nos engañamos nunca, y por tanto nos fiamos los unos de los otros...

Bueno, no respondo de que éstas fueron exactamente sus palabras. Sólo sé que me pareció muy bien todo lo que nos dijo, pero no entendí el que relación tenía aquello con el sea nuestro sisi, sea nuestro nono, que yo leí todo seguido, sin puntos, comas ni acentos.

—El escudo —continuó Vicente— es el del uniforme. A lo mejor no os gusta llevar uniforme…

Y dale... Aquel señor tan raro se empeñaba una y otra vez en apelar a nuestras preferencias personales.


Cuando cuento estas historias ahora a chavales de 15 o 20 años, siempre temo que no entiendan nada. ¿Qué tiene de particular que un profesor nos dé la mano, que la sede del colegio esté limpia y sea agradable o que don Vicente tratara de entablar una conversación civilizada con dos futuros alumnos? Gracias a Dios en esta tierra hay bastantes colegios limpios y atrayentes, y muchos profesores tratan a sus alumnos como a personas.

Sin embargo, en 1951 me temo que las cosas eran de otra forma: un colegio era un local bastante gris donde todo estaba prohibido salvo lo obligatorio; donde los niños iban en filas y cantaban himnos patrióticos al empezar las clases, los profesores empleaban la regla para zurrar a los díscolos, a nadie se le llamaba por el nombre, sino por el apellido y, por supuesto, de usted. Por eso los que ya habíamos tenido alguna experiencia previa, íbamos de sorpresa en sorpresa.

La primera sorpresa fue comprobar que lo de la sinceridad iba en serio. Quiero decir que no se trataba sólo de una exigencia más o menos obligatoria para los alumnos, sino de un clima en el que vivíamos todos: también —y fundamentalmente— los profesores.

Eso se reflejaba en algunas normas no escritas. Pongamos dos ejemplos con sus correspondientes anécdotas...

continuará...