A las 8 en punto de la tarde los timbales retumban en el
cielo para iniciar la primera sinfonía del verano. Se estremece el rebaño de
nubes cumuliformes, blancas, como corderos asustados. Un viento húmedo imprevisto
las sacude sin piedad y la atmósfera se oscurece. Las golondrinas llevan un buen
rato picoteándose las plumas para impregnarlas del aceite que ellas mismas
producen. Ya tienen dispuesto el impermeable.
De pronto, un relámpago ilumina el horizonte y se escapa
hacia el sur. Otra vez suena el concierto de los timbales, que ahora se
aproximan implacables y en pocos minutos estarán sobre mi cabeza. Penetra por
la ventana un aroma inconfundible de campo mojado.
El director de orquesta da entrada al primer chaparrón para
que se una a la fiesta. La lluvia viene recia y fría. El termómetro se
desploma. Los pájaros sienten el escalofrío y se refugian en los lugares más
insólitos. Yo pienso en el himno de los tres jóvenes que he recitado esta
mañana después de Misa:
—Benedícite, lux et
ténebræ, Dómino, benedícite, fúlgura et nubes, Dómino. Sí; la luz y las
tinieblas, los relámpagos y las nubes cantan la gloria de Dios.
Hace quizá sesenta años sorprendí un día en Pamplona a
Leonardo Polo, el genial filósofo, catedrático en la Universidad, contemplando
una tormenta. La lluvia arreciaba y los rayos parecían estrellarse en el
horizonte contra la Higa de Monreal. Don Leonardo, completamente empapado, sólo
se protegía con su inseparable boina. Me acerqué a él con un paraguas. Me miró y dijo:
—Si esto es sólo criatura, imagínate cómo será el
Creador.
A las 8,45 de la tarde, termina la tormenta con un adagio de
brisa suave. Las nubes se vuelven blancas y se quedan pensativas.
La Higa de Monreal