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martes, 7 de febrero de 2012

Tú me conoces



“Domine, probasti me, et cognovisti me; tu cognovisti sessionem meam et resurrectionem meam.” Salmo 138
“Me has puesto a prueba y me conoces bien. Conoces mis desalientos y mis euforias”.
Sé que la traducción no es perfecta, pero hoy he leído así las palabras del Salmo.
Al llegar la noche, frente al Sagrario, siento que una mano poderosa quiere aplastarme contra el suelo para humillarme más. No puedo ponerme en pie. Echo una ojeada a mi jornada y sé que he trabajado, que he estado algunas horas escuchando y dando consejos que Dios ponía en mis labios. ¡Qué pequeño, sucio e inútil se ve entonces el sacerdote!
Poco a poco va volviendo la luz. Y viene a mi memoria de improviso lo que me ha dicho esta tarde una anciana:
―Todos los días pido al Señor que me sonría… Ahora estoy sola. Y necesito ver esa sonrisa antes de acostarme.
―¿Y la ves?
―A todas horas. ¿Usted no?
Ahora sí que la veo. En el recuerdo de la mirada limpia de esa mujer veo a Dios que me sonríe.

sábado, 30 de enero de 2010

Encuentros


—Se lo prometo. Ya lo verá. De este mes no pasa. Le llamo cualquier día y le invito a comer en mi nuevo piso. Así conoce a mi marido y a los niños.

—Mira, déjate de invitaciones. Tú ven a verme alguna vez, o mejor cada quince días, y charlamos un rato como en los viejos tiempos.

—Sí, por supuesto, pero es que yo tengo interés en que conozca a Juan. Él sí que necesita un repaso, aunque es muy buen chico, no crea. Bueno, yo también debo pasar por la garita, desde luego; pero es que ahora estamos con la mudanza. Ya verá, dentro de una semana, dos a lo sumo…, como tengo su teléfono y su correo…

Me miraba igual que cuando hacía primero de bup, con la misma carita de susto de entonces. ¿Cuántos años habían pasado? ¿Quince, veinte…? Siempre fue muy elocuente, pero a medida que crecía su interés porque yo la creyera, iba convenciéndome de que no volvería a verla, a no ser que nos encontrásemos de nuevo, por casualidad.

Han pasado tres o cuatro meses y ha ocurrido esta misma mañana. Ella va por la otra acera de la misma calle. Lleva un abrigo oscuro y una especie de gorro de lana. Supongo que no me ha visto, porque yo voy en coche. He tocado el claxon sólo un poco, y no sé; juraría que me ha mirado de reojo antes de acelerar decididamente el paso.

La encomiendo al Señor y espero que lea esta entrada de hoy. Me dijo que conocía mi globo, que es lo primero que lee cada mañana... ¿Será verdad?


martes, 17 de noviembre de 2009

¿Será esto la Alianza de Civilizaciones?





Ibamos
en la misma dirección caminando por la acera. Ella, detrás de mí, cantaba sevillanas con una voz espléndida y un acento extraño que no acerté a identificar:

Se va poniendo morena a la misma vez que yo. Ella de polvo y arena, yo de los rayos del sol...

Luego hablaba de la "medalla del camino" y de la Virgen del Rocío, que le quita las penas. Perdonadme el estropicio, pero no me pareció correcto detenerme para tomar nota.

Como era una voz femenina me dio cierto reparo volver la cabeza para mirarla. Así que ralenticé la marcha. Mientras me adelantaba siguió tocando las palmas con bastante arte. Era una chica africana de dieciocho o veinte años, negra como el carbón, con una sonrisa blanca esplendorosa y un peinado de esos que requieren tiempo, arte y mucha paciencia.

Habría estado mal decirle un piropo, pero por poco se me escapa.

* La chica de la foto puede tener un aire a la que he visto hoy.


jueves, 22 de octubre de 2009

Contemplación


Bergson escribió: “la contemplación es un lujo; la acción una necesidad”. La frase es redonda pero falsa. Contemplar es la meta a la que todos tendemos aun sin saberlo; la acción, en el mejor de los casos, es sólo el camino.

Hoy he visto a Juan, uno de mis mendigos, persiguiendo bajo la lluvia, en pleno centro de Madrid, a una paloma herida.

-¿Qué haces, Juan?

-¡Sólo quiero mirarla, pero no se deja!

-Es bonita, ¿verdad?

Los ojos de Juan brillaban como los de un niño. Nunca lo había visto reírse así. Tan contento estaba que casi se le olvida pedirme limosna.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Pobre niña...

Hacía yo un barrido por las cadenas de la tele en busca de un espectáculo deportivo cuando, de pronto, vi un primer plano de tu cara. Me detuve un instante.

Alguien, a mi lado, me dijo que en ese canal sólo había basura, que siguiera buscando.

—Un momento —le contesté—. Creo que conozco a…

Sí, eras tú, con la misma carita de entonces por obra y gracia del maquillaje, y con tu sonrisa irónica de niña malcriada. ¿Cuánto tiempo ha pasado?, ¿veinte años?

La presentadora pronunció tu nombre, y empezaste a exponer tus problemas. La voz sí es diferente. Supongo que fumas y bebes demasiado.

Fuiste desnudando poco a poco tu intimidad. Hablaste de “tu pareja”, de por qué ya no estás con él; de tu hija, que un día se avergonzará de ti si ve este programa. Soltaste tres o cuatro obscenidades, muy aplaudidas por el resto del establo, y yo cambié de canal. Tampoco fui capaz de ver deporte.

Hace veinte años eras una niña simpática, mimada y rica. Ahora eres más indigente que cualquiera de los mendigos de mi barrio. Quien vende su alma en subasta pública, tiene por comprador al Diablo, y se queda sin nada. Quizá pienses que te pagan un buen precio por ella. No te engañes: es solo calderilla, unos pocos céntimos a cambio de todo tu patrimonio.

Ya sé que no leerás este blog; pero quizá te cuenten que me gustaría verte. Si nos encontramos, podré explicarte por qué estás tan triste; por qué no te soportas a ti misma; por qué ese rencor que te llena el alma.

Luego te contaré que Dios sigue queriéndote y que hay un camino de vuelta a casa, también para ti, pobre niña cubierta de basura.


martes, 28 de abril de 2009

Lágrimas rosas


Raquel, la mendiga presumida de la que ya hablé hace meses, está sentada sobre el capó de un coche en la calle Lagasca. Va vestida con un pantalón vaquero rosa y un jersey del mismo color. Tiene en las manos un montón de papeles que mira y remira con cierta ansiedad. Yo no me percato de que es ella hasta llegar casi a su altura. Es que además estrena un peinado nuevo, un piercing en la nariz y unas lágrimas que parecen auténticas.

—¡Raquel…!

—Hola, Padre.

—Te has puesto muy elegante. Pareces la Pantera rosa. ¿Dónde está tu niño?

Raquel se ríe con sus dientes destrozados. Luego se queda seria.

—Me lo han quitado los del Ayuntamiento y lo tienen en el sitio ese…, donde se guarda a los niños para que no pidamos con ellos.

—Eso está bien —le digo—. Así no estará en la calle. Ellos te lo cuidarán. Lo recoges por la noche, ¿no?

Raquel no contesta, se limpia la nariz con la manga y me enseña los papeles.

—Me han dicho que denuncie a mi…, a mi pareja.

—¿Qué ha pasado?

—Ha salido de la cárcel y nos ha pegado.

—¿Al niño también?

—Sí.

Me enseña los papeles. Al parecer alguien le ha redactado una denuncia en toda regla y sólo falta la firma de la denunciante.

—¿Quién te ha escrito esto?

—Un guardia amigo mío.

Empieza a llover y abro el paraguas, que es grande y nos cubre por completo. Le aconsejo que tramite la denuncia y ella se pone a llorar. Las lágrimas se confunden con la lluvia y resbalan hasta el jersey rosa. Saco un pañuelo de papel.

—¡Es que no quiero que le hagan nada…!

Antes de seguir mi camino le ofrezco un euro, pero lo rechaza:

—Hoy no. Otro día, cuando esté el niño.

sábado, 21 de marzo de 2009

En el semáforo de Concha Espina



Eran las 9 de la mañana y me había detenido en un semáforo, el mismo semáforo de siempre. Junto a mi coche, se detuvo otro con dos personas: una mujer mayor, que conducía, y a su lado, a pocos centímeros de mi ventanilla, un muchacho de veinte o treinta años con síndrome de Down. La mujer sonreía con especial ternura. Su hijo -porque evidentemente era su hijo- decía algo y le enseñaba la mano izquierda. Ella echó mano del bolso, sacó una pomada y se la aplicó en el dedo sin dejar de sonreír. Al terminar, le dio un beso en la mano y otro en la frente. Entonces a él le dio una especie de ataque de risa. La madre, contagiada por su copiloto, rompió también a reír a carcajadas. Y yo, que me sentía como un espía, a punto estuve de unirme al coro.

El la radio del coche tres o cuatro contertulios muy enfadados decían barbaridades sobre la crisis, el gobierno y no sé qué mas. Decidí apagarla mientras el semáforo se ponía verde.

Llegué al colegio con una sonrisa nueva en los labios.




miércoles, 4 de febrero de 2009

Un mendigo de la crisis

No, no es éste, pero la foto me recuerda el gesto del mendigo
En la calle Ayala, en el corazón del barrio de Salamanca, ha aparecido un mendigo nuevo. Tiene 59 años y está en el paro desde hace unos meses. No recibe ningún subsidio y a su edad ha perdido la esperanza de encontrar trabajo.

De pie, recostado en la pared, sujeta unos pañuelos de papel en la mano izquierda como ofreciéndolos a cambio de ayuda y susurra que tiene hambre, que no ha comido nada hoy y que nadie le hace caso. Lo dice así, con todas las palabras, pero apenas se le oye. Tiene la voz rota y la mirada se le va al suelo como avergonzada.

Yo hoy me he fijado en sus ojos enrojecidos por el viento y la lluvia helada que cae sobre Madrid. Me he acercado y, después de dejarle una limosna, le he preguntado por su salud. Contesta dubitativo, sin atreverse a levantar la cabeza.

—Tengo una hernia en la ingle que me va a matar cualquier día. Lo malo es cuando toso. Y aquí me paso el día tosiendo…

Así ha empezado nuestra conversación. Quedamos en seguir mañana.

—Gracias, caballero… Perdón, padre —rectifica—; no me había dado cuenta…; que Dios se lo pague.

Lo he escrito más de una vez: si nos detuviésemos un momento a charlar con los mendigos, si les mirásemos a los ojos… ¿Por qué huimos de ellos?

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Miradas sin filtro


Desde hace tres años trabajo en un colegio un tanto singular: sólo se cursan los dos años de bachillerato, pero aún así, tenemos unos cuantos centenares de alumnos y alumnas repartidos en 8 líneas.

Esto significa, entre otras cosas, que hay que darse prisa: el centro se renueva por completo cada dos años, y uno tiene la impresión de navegar en un río siempre cambiante. Los chavales llegan un mes de septiembre y, para cuando queremos darnos cuenta, ya están embarcados en la selectividad.

Hoy han aparecido los nuevos. Yo he procurado llegar pronto para "verlos venir" y abordarlos por los pasillos. Se han puesto la mar de guapos para este primer día y traen los ojos aprendices, sin filtro, tratando de captarlo todo.

—¿De donde eres?

—De Madrid (Patricia pone cara de de-dónde-voy-a-ser-si-no).

—Pero tu padre es de Bilbao.

—¡Qué fuerte! ¿Cómo lo sabes?

Me confirmo en la idea de que hace cincuenta años en Madrid no había nadie. Los chavales han nacido aquí, pero sus padres vinieron de otro sitio. Yo también soy un madrileño típico. Lo propio de Madrid es venir "de provincias" y gozar de doble nacionalidad.

—Oye, en serio, ¿cómo sabes que mi padre es de Bilbao?

Pepe en cambio es de origen murciano, Susana, de Zamora. Y todos tienen en común una carita de estreno que les delata.

—¿Habéis visto la capilla?

—No. ¿Hay capilla?

—Anda, dime, ¿por qué sabes que mi padre es de Bilbao? ¿Lo conoces?

—Me temo que conozco a tu abuelo.

—¡Qué fuerte!

Y tú que lo digas.

jueves, 11 de septiembre de 2008

En el jardín, antes de la tormenta

¿hay flores gemelas?


Al salir del ascensor del parking, casi me tropiezo con un niño de cuatro o cinco años que corre detrás de otro igualito. Son una pareja de gemelos que parecen de origen sudamericano. Sentada en un banco, viéndoles jugar, hay una mujer joven de cabello negro y lustroso y mirada vigilante.

—Jaime, deja a tu hermano ya, que os vais a hacer daño.

Ella tendrá treinta o treinta y cinco. Es chiquita y morena, como los niños. Tal vez por eso me animo a preguntarle:

—¿Son suyos?

—No, padre —me contesta—. Mis niños están en Colombia, en Cali, con la abuela. Éstos son de los señores.

Me explica que “los señores” adoptaron la parejita de gemelos en Colombia, y poco después la trajeron también a ella para cuidarlos.

Hablamos sólo unos minutos. Siento un poco de vergüenza por haberme metido sin permiso en la intimidad de una chiquilla; pero ella habla y habla, como desahogándose. Me dice su nombre y su apellido; me cuenta que tiene tres hijos, el mayor de ocho años; que su esposo se fue a la guerrilla, porque hay mucha pobreza, y me enseña una fotografía de toda la familia, que guarda en una especie de bolsito de colores.

—Dios y la Virgen se ocuparán de ellos, ¿verdad?

Estoy sentado a su lado. Mira y remira la foto. De pronto levanta la cabeza y se dirige a los niños:

—¡Vámonos ya, que se hace tarde y viene la tormenta!

Se le ha puesto un poco triste la mirada, pero también llena de ternura.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Natividad de la Virgen


Hoy, 8 de septiembre, 9 meses después de la Inmaculada Concepción, la Iglesia celebra el nacimiento de María. Es una antigua fiesta que nació en Jerusalén en el siglo VI y se extendió rápidamente por toda la Iglesia. Era razonable que los cristianos celebrasen el cumpleaños de su Madre.

San Pío X tenía una gran devoción a “María Bambina” y la difundió por todas partes. Me apunto a esa devoción. Hoy trataré de imaginar cómo son los ojos de una Chiquilla Inmaculada, de la primera criatura nacida en Gracia de Dios después de la caída de Adán. Procuraré estar muy cerca de esa niña, y tal vez le diga, como se hace con los más pequeños, “si me das un beso, te regalo…, ¿qué quieres a cambio?”

No sé, no sé... ¿Seré capaz de darle todo lo que me pida?

Lope de Vega te hizo un par de poemas bellísimos por tu cumpleaños. El primero empieza así:

Hoy nace una clara estrella
tan divina y celestial,
que con ser estrella es tal
que el mismo sol nace de ella.

El segundo es éste:

Canten hoy, pues nacéis vos,
los ángeles, gran Señora,
y ensáyense desde ahora
para cuando nazca Dios.

Canten hoy pues a ver vienen
nacida a su Reina bella
que el fruto que esperan de Ella
es por quien la gracia tienen.

Digan, Señora, de vos,
que habéis de ser su Señora,
y ensáyense desde ahora
para cuando nazca Dios.

Pues de aquí a catorce años,
que en buena hora cumpláis,
verán el bien que nos dais,
remedio de tantos daños.

Canten y digan, por vos,
que desde hoy tienen Señora,
y ensáyense desde ahora
para cuando venga Dios.

¡Escribiría tantas cosas esta noche! Por una vez, me cuesta terminar.


martes, 29 de abril de 2008

La limosna, en silencio

La oronda clienta salía de la confitería cargada de paquetes. El mendigo lloriqueaba su cantinela de rodillas sobre una manta sucia, con una lata vacía y un letrero que no alcancé a leer.

La mujer echó mano al bolso, sacó un monedero, rebuscó en su interior, y antes de soltar la moneda elegida, decidió colocar un sermoncito al pordiosero.

Desde el interior del coche, sólo percibí los gestos: el dedo índice de la señora increpando al mendigo y la mirada vacía de éste.

Me dieron ganas de recordar a aquella buena mujer que es de mala educación hablar con la boca llena.

jueves, 27 de marzo de 2008

Un payaso para Humbertito

Felipe me escribe desde Santa Cruz de Tenerife, donde trabaja como médico, y me envía la siguiente anécdota “por si le sirve”.
No quito ni pongo una coma.
Mañana, si Dios quiere, seguiremos con Emaús.


Ayer me pasó algo increíble.

Estaba yo trabajando a las 19:40 cuando me interrumpe la llamada nerviosa de un amigo:

—Necesito que me hagas un favor muy grande-.

—Dime, le contesté.

—Tengo un sobrinito de cinco años con una leucemia terminal. Está en las últimas. Resulta que ayer vinieron unos payasos al hospital, pero él no pudo verlos y se ha quedado desconsolado. Lleva todo el día preguntando si van a volver. Tiene que ser ahora, porque el médico ha dicho que probablemente no pase de esta noche. ¿Tú podrías…?.

Él sabía que yo había hecho algo de teatro y por eso acudía a mí como último recurso.

Dije que sí —¿cómo podía negarme?—. Cogí una nariz roja, lo único auténtico, unas témperas para maquillarme y la ropa más estrafalaria que encontré. A las 8:15 estaba en el hospital. Me cambié en un pasillo (menos mal que no había nadie), me pinté frente al reflejo de una ventana y me lancé.

Humbertito tenía respiración asistida y le habían puesto morfina. A pesar de ello me reconoció —reconoció mi oficio—. Hice… lo que pude.

A las 9 se durmió y me despedía de unos padres admirables. Le prometí volver al día siguiente.

A las dos horas falleció. Se marchó al cielo como un cohete.

Hace 20 años tuve la suerte increíble de actuar frente a Juan Pablo II junto a un conocido payaso. Yo la tenía por mi mejor actuación (¡qué momento!). Después he hecho muchas cosas, pero ninguna como aquella. Ayer tuve mi segunda actuación estelar. La pedí a Juan Pablo II que cuando llegara Humbertito le diera un abrazo muy fuerte.

Tengo otro amigo en el Cielo.


viernes, 7 de marzo de 2008

Otras miradas




He entrado en la farmacia en busca del paracetamol nuestro de cada día. Hay una sola dependienta y un cliente. El cliente parece algo más joven que yo, tiene poco pelo en la cabeza, es de pequeña estatura, muy flaco y se mueve nervioso mientras saca un par de recetas del bolsillo y las coloca sobre el mostrador.

La dependienta va de estante en estante. Al parecer hay algún problema. Me mira y hace un gesto como para pedirme paciencia. Le contesto, también sin palabras, que no se preocupe: no tengo prisa.

Al fin están todos los medicamentos. La chica los envuelve, da algún consejo al cliente y lo despide.

En ese momento éste se da la vuelta y se percata de mi presencia y de mi uniforme. Me mira a los ojos y aguanta la mirada, que es fría como el viento que se ha levantado esta tarde. Yo, que no estoy preparado para estos duelos, trato de sonreír, pero mi gesto parece irritarlo más.

Sonríe también él con otro talante, mientras me examina despacio, de los pies a la cabeza, como quien estudia a un extraño espécimen. Para mí que le gustaría emular a Clint Eastwood en el papel de Harry el Sucio. Lástima que le falle la estatura.

Se me ocurren dos o tres ingeniosidades, pero los curas debemos ser pacientes.

De pronto agarra con fuerza el paquete y se va a toda velocidad. La chica, que ha presenciado la faena desde la barrera, me regala una sonrisa esplendorosa.

—No se preocupe. Él no es así. La culpa es de la política.

—Ya. La política... Dame una caja de gelocatil, por favor...


lunes, 25 de febrero de 2008

Contemplaciones



—¿Por qué me miras así?

—¿Cómo te miro?

—Lo sabes muy bien…

Están en la parada del 51, en la calle Velázquez. Entre los dos quizá sumen 160 años. El ha empezado a leer un diario, y ella lo contempla y lo examina detenidamente con ojos de niña-mamá-abuela.

Me quedaría espiando un rato más; pero sería una impertinencia.

—Ya sabes que no me gusta que me mires así.

—¡Chico, cómo te pones...!

Acabo de predicar un retiro. He hablado de la necesidad de renovar la entrega, de rejuvenecer el alma cada día con la Gracia. Ahora, al contemplar de reojo la escena en la parada del autobús, comprendo que, con los años, los ojos envejecen siempre, pero algunas miradas, no.

Ya quisiera para mí esa mirada: en las pupilas de esta anciana aún brilla esa chispa divertida y juguetona que es patrimonio de los niños, de los santos y de los enamorados.


sábado, 24 de noviembre de 2007

La niña y el anciano



El semáforo esta rojo. Detengo el coche y miro por la ventanilla. Hay un anciano que va en silla de ruedas con una manta escocesa sobre las piernas, una bufanda roja anudada al cuello y un guante azul, sólo uno, en la mano derecha. En la mano izquierda lleva algo dorado, quizá un anillo demasiado grande.

El anciano tiene la piel muy blanca, traslúcida, y los ojos acuosos. Está muy delgado. No habla. Tampoco mira a los lados para interesarse por lo que ocurre alrededor. Se deja llevar sin más como un mu­ñeco averiado.

Una muchacha empuja suavemente el carrito. No es española: quizá sea de Ecuador, de Perú o de Colom­bia, quién sabe. Es muy joven, casi una adolescente como las que acabo de dejar en el colegio. Luce un cabello largo, negro y brillante, igual que sus ojos. Va cantando una canción que no puedo oír. Debe de ser algo dulce, una melodía de su tierra, como una nana para dormir a un abuelo.

Han llegado junto a un banco de madera que hay en el parterre. Ella se sienta y mira de frente al anciano, que ahora está a la altura de sus ojos. Le habla. No es necesario oír su voz. Son palabras amables, cariñosas…

Mi semáforo ya está verde, pero no tengo ningún automóvil detrás. Me desplazo a la izquierda y detengo el coche. Quiero seguir viendo de cerca esa mi­rada limpia y un poco triste, de una niña americana que mima a un anciano con tanto respeto y cariño.

La chica coge un pañuelo blanco, lo impregna de agua de colonia y humedece el rostro del viejo. El sonríe: parece un milagro. La niña se pone muy contenta, ríe también y le aplaude.

Haré un esfuerzo por no sacar demasiadas conclusiones. Ya sabéis, la vieja Europa que va declinando de día en día. La América que nos devuelve la visita para descubrirnos y salvarnos de la decrepitud… ¿Dónde habrá aprendido a ser tan dulce, tan gentil, tan amable? Aquí somos de otra pasta: bruscos, huraños, ásperos.

No me digáis que también hay delincuentes entre los que llegan. No me estropeéis la fotografía, por favor.



jueves, 11 de octubre de 2007

Miradas (IX)



Alguien me dijo un día que disfrutaba “atrapando” por la calle retazos de conversaciones, frases perdidas, o incluso palabras sueltas, para combinarlas después e ir hilvanando historias más o menos fantásticas.

Yo no le confesé entonces que a mí me gusta “atrapar” miradas.

—¿Miradas?

Sí. Se dice que la cara es espejo del alma, pero sólo los ojos, de vez en cuando, dejan abierta una ventana que nos permite explorar el interior. Ocurre pocas veces: cuando a unos ojos, sin querer, se les “escapa” una mirada sincera.

No sé si está bien lo que hago. Tal vez soy un intruso que se mete donde no le llaman, y debería pedir perdón; pero ¿cómo se disculpa uno en estos casos?

—Perdone, señora. La he visto mirar a su hijo en el parque, y yo no tenía derecho a…

No. Me temo que no me entenderían.

Las miradas de los niños son ventanales abiertos llenos de luz. Por eso no podemos resistir la tentación de asomarnos a ellos.

—¿Y los adolescentes?

Cuando hablo con uno cara a cara, casi siempre me dicen más sus ojos que sus palabras.

Estos chicos —y estas chicas— aún no han aprendido a cerrar las ventanas del alma a la curiosidad de los intrusos. Lo intentan, por supuesto, pero sin el menor éxito. Fingen miradas escépticas, cínicas, encallecidas, asombradas, cándidas, inocentes…, pero cuanto más se esfuerzan, más evidente resulta la comedia.

Es apasionante esta tarea de modelar las almas —nunca “moldearlas”—, entrando poco a poco, educadamente, pidiendo permiso siempre, escuchando lo que los chicos dicen con palabras y miradas.

El cura debe aprender también a dejarse engañar, a creer en cada palabra que sale de la boca de estos chavales, aunque a veces su mirada las desmienta. Al final, a base de afecto y confianza, los ojos y los labios acaban por ponerse de acuerdo.


sábado, 4 de agosto de 2007

En el ascensor del parking



Salgo de casa a las seis de la tarde, y me dirijo al ascensor que me llevará al parking de residentes. Hace mucho calor y la calle parece desierta. Busco la llave en el bolsillo y en el momento de meterla en la cerradura aparece a mi lado un niño de 8 ó 9 años sudoroso y colorado, que Dios sabe de dónde ha salido.

—¿Vas a bajar? —me pregunta, sofocado por la carrera—.

—Sí, ¿tú también?

—Sí.

Como imagino que el chaval aún no ha sacado el permiso de conducir, le pregunto:

—¿Y tú tienes coche?

—Tenemos dos.

Se abre la puerta del ascensor. Entramos.

—Ya ¿A qué piso vas?

El niño duda sólo un instante y responde:

—Al segundo.

—Vamos a ver —le pregunto—, ¿está tu padre abajo?

—No.

—Pero te esperará alguien.

—Pues no…

—¿Cómo te llamas?

—Alfonso, ¿y tú?

—Enrique. Pero no te llevo al segundo piso si no me dices qué vas a hacer allí abajo.

Alfonso sonríe un poquito, se mete hasta el fondo del ascensor y, en voz muy baja, me dice:

—Es que no quiero que me vea mi hermana. Estamos jugando al escondite.

Moraleja: me dicen mis amigos que me pasan “demasiadas” cosas, que “atraigo” las anécdotas o me las invento. A mí me parece que no es así. La vida ordinaria está llena de sorpresas mínimas, de parábolas cuyo sentido hemos de descubrir. Yo hoy me he quedado pensando en esta pequeñez y en la mirada de Alfonso, que parecía pedir auxilio, tan implicado estaba en el juego. Cualquier día —ya lo veréis— sacaré punta a la historieta.

De momento la guardo en el congelador.

jueves, 24 de mayo de 2007

Miradas VIII. La mendiga




A los curas nos mira todo el mundo. Yo al menos soy consciente de estar siempre en una especie de “gran hermano”, rodeado de cámaras que captan mis gestos más insignificantes. Me está bien empleado, por vestir de forma tan insólita. Soy un elemento pintoresco en el paisaje urbano de Madrid. Hace años me agobiaba un poco saberlo. Ahora me sale por una friolera.

No sé cómo se llama la mendiga que me observa todos los días. Se lo tengo que preguntar. Es una mujer joven: 25 años, me dijo hace un mes. Anteayer, en cambio, aseguró que 23. Se ve que está acostumbrada a contar lo que le parece.

Se sienta en el suelo en la entrada lateral del mercado. Tiene una delgadez extrema y un color enfermizo, pero sonríe cuando paso a su lado. No me pide nada: ella sabe muy bien que la he visto. Junto a ella, su hijo, de dos o tres años, siempre está comiendo algo: un bollo, un helado… El crío es guapo, pero está demasiado gordo.

Cuando les doy limosna, me detengo para charlar un rato.

—¿Estás enferma?

—¡Nooo!, lo que pasa es…

Y habla y habla a toda velocidad, con un lenguaje confuso, para explicar que tenía un empleo, pero que su chico, o sea su marido, que era gitano, se fue a la cárcel; que ha hecho una entrevista de trabajo hace meses, que no la admitieron porque tiene que arreglarse los dientes; que su hijo le ocupa todo el tiempo…

Hace un par de semanas le dije que podría trabajar unas horas limpiando en una iglesia cercana. El párroco me había sugerido que le ofreciera esa posibilidad; pero la mendiga respondió que no, que no podía ser, que el médico le prohíbe hacer esfuerzos porque está enferma, aunque no mucho. Bueno, que está muy débil y lo que quiere es trabajar en Caprabo…, y me lanzó una mirada entre agresiva y recelosa antes de concluir:

—Aquí estoy bien. No necesitamos nada. Si acaso el niño...

He vuelto a verla anteayer. Se levanta como un resorte y me para en medio de la calle:

—Oye, han matado al gallego.

El gallego era un mendigo alcohólico que parecía tener cierta autoridad sobre el resto de los pordioseros de la zona.

—¿Qué ha pasado?

—Vinieron unos y le dieron una paliza. El Samur lo llevó al hospital. Cuando volvió tenía la barriga hinchada, como si fuera a parir. Hoy no ha venido.

Baja mucho el tono de voz:

—Dice la vieja del quiosco que se ha muerto y que se lo han llevado los municipales.

—Tú no quieres terminar así, ¿verdad?

Se le pone una carita de niña asustada. Vuelvo a explicarle que, si quiere, puede salir de la calle. Y le repito una vez más lo que debe hacer; pero no me escucha. Solo me mira, con una mirada triste y resignada, mientras dice que no y que no con la cabeza.

—¿Quieres que rece por el gallego en la Misa?

—Yo soy muy católica, y creo en Jesús, en la Virgen y tengo una medalla del Papa que se murió…

—Entonces reza un poco tú también, y…

Me lanzo a una especie de catequesis de urgencia. La mendiga sonríe. Al fin parece que me está atendiendo un poco, pero no: su sonrisa está muy lejos de aquí. Me interrumpe:

—Yo vi al Príncipe y a la Letizia cuando la boda. Hoy es su aniversario. ¡Estaban más guapos…!

lunes, 30 de abril de 2007

Miradas VII. En una gasolinera


Camino de Madrid, me detengo a poner gasolina en un área de servicio de la autopista. Es muy temprano, hace frío, llueve y apenas hay clientes. Es lunes, 30 de abril, y media España está de puente.

Después de llenar el depósito me acerco al mostrador. El empleado, de unos treinta años, grande y fuerte, de rasgos inequívocamente andinos, está inclinado sobre unos papeles y parece distraído. Al fin levanta la cabeza y me mira. Al darse cuenta de que soy sacerdote, intenta hablar, pero no le salen las palabras. Tiene los ojos húmedos y una mirada oscura que es como un grito.

—¿Te ocurre algo? —le pregunto—.

—Murió mi padre.

Ha logrado decirlo a duras penas.

—¿Qué ha ocurrido?

—Lo mataron. Yo vine aquí sólo por eso, para poder mandarles dinero.

—¿Quién lo mató?

—¡Todos lo mataron!: el hambre, la pena, los políticos… Me llamó mi mamá desde Ecuador.

En ese momento, entra un nuevo cliente. Yo espero unos segundos a que termine de atenderle.

—¿Vas a regresar a Ecuador?

—Ojalá pudiera. ¿Rezará usted por él, padre?

—Por supuesto. Dime cómo se llamaba.

—León. Era un buen cristiano. Yo soy su hijo mayor y también me llamo León.

Lo ha dicho con orgullo, pero ya no puede contener las lágrimas.

Entra una señora en el local, y se pone detrás de mí. Me dan ganas de decirle que nos deje en paz unos minutos, pero no es posible. Entra también un chico y coge una bolsa de patatas, una revista y algo más.

—Hoy ya he celebrado Misa —le digo—; pero mañana la ofreceré por tu padre.

Aún pudimos hablar unos minutos, pero el servicio de la gasolinera no nos permite alargarnos. Anoto su número de teléfono y su dirección.

Al poner en marcha el coche, León me saluda con la mano, y me mira. Casi sonríe al otro lado del cristal.