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miércoles, 24 de julio de 2013

Y tú, ¿de qué estás harto?

He aquí un refrito. Escribí este artículo en MC hace diez o doce años. Hace unos días oí a un orondo y sudoroso ciudadano de mi pueblo que estaba "harto de los hombres del tiempo" y recordé entonces haber dedicado unas líneas a esta historia. Nunca las había colgado en el globo.


Es sabido que la mayor parte de los adolescentes son de natural quejicas. Lo comenté con Elena, que anda rondando los 19, y aunque se puso hecha una fiera, acabó por darme la razón.
La tribu Danone —mi querida tribu, de la que tanto he hablado en esta página― tiende al lloriqueo y a la melancolía. Lo malo es que la epidemia quejumbrosa ha alcanzado de lleno a los adultos tal vez porque la adolescencia se prolonga.
Veamos algunos ejemplos:
Una cadena de radio ha habilitado un “protestador automático” para que los irritados oyentes vociferen sus quejas por teléfono. Apostaría un brazo de cualquiera de mis lectores a que el éxito ha sido clamoroso: necesitábamos algo así para descargar adrenalina periódicamente.
—¿Y usted de qué está harto?, preguntaba otra imaginativa locutora.
En este caso las respuestas se recogían en directo: “estoy harta de los que sacan a pasear el perro por mi calle y lo dejan todo asqueroso”. “Estoy harta de la vecina del quinto, que tiende la ropa encima de mi tendedero”. “Estoy harto de la campaña antitabaco”. “Estoy harto del humo”. “Pues yo estoy harto de los niños del vecino del quinto, que se mean en el ascen­sor”.
Por un momento estuve tentado de telefonear a la emisora para decir que yo también estaba harto de tanta hartura, pero me contuve a tiempo. Tampoco se trataba de que la presentadora acabara harta de mí por estropearle la idea.
Hoy he puesto la radio del coche a esa hora temprana en que florecen las tertulias-gallinero. Como es lunes, los contertulios andan más irrita­dos que de costumbre, y uno de ellos, que acaba de regresar de vacaciones (“su mere­cido descanso” las llama), se queja de los atascos en la autovía de Valencia, y da por supuesto que la culpa es del gobierno, que no planea las cosas para que un millón de madrileños pueda salir a la vez del mismo semáforo, por la misma carretera.
El tema encuentra eco inmediato en los demás, que se unen enardecidos a las quejas del colega.
Cambio de emisora. Una corresponsal se lamenta de que el servicio meteorológico no acertara en sus pronósticos sobre la gota fría.
—¡Dijeron que caerían entre 30 y 60 litros, y cayeron 200!, clama indignada.
Los italianos dicen lo mismo, pero con más gracia: Piove?: governo ladro!
A continuación otro prestigioso periodista dice estar harto (emplea otra expresión) de que algunos obispos no piensen como él, lo cual los convierte en seres intolerantes. Luego llega el llamado “turno de los oyentes”…, y, como sigue siendo lunes, para qué os voy a contar.
Todo esto se veía venir: el virus del pavo, que hasta ahora se nos antojaba exclusivo de una edad, ha mutado y se ha hecho contagioso. La adolescencia se transmite de forma galopante entre los adultos y se ha convertido en epidemia.
Durante las últimas décadas hemos vivido arropados por un Estado paterno y materno, superprotector y empalagoso, que nos llenó de juguetes, de mimos y de derechos (reales o imaginarios) hasta hacernos creer que éramos los reyes y los pichurrines de la casa. Nació así, según la acertada expresión de H. Kloster, la generación das Recht um glücklich zu sein, o “del derecho a ser feliz”, una tribu de adultos inmaduros que va por el mundo exigiendo lo imposible y quejándose hasta de sus propias indigestiones.
Creo que ya hablamos de esto hace un par de meses; pero hoy he querido volver sobre el tema después de leer hace algunas semanas en La Vanguardia una entrevista con un catalán ex millonario, ex directivo de banca y ex agnóstico, que un día decidió dejarlo todo para irse a trabajar en la India con la Madre Teresa de Calcuta.
Decía el entrevistado que necesitaba un milagro para creer en Dios, y lo encontró en el amor de aquellas monjas por los enfermos. Luego hace balance de lo ganado y de lo perdido en su aventura: “En realidad tenía 8.000 necesidades y cubría 7.950. Siempre me faltaba satisfacer 50 para sentirme plenamente feliz. Ahora tengo tres necesidades y cubro las tres”.
A punto de mandar este artículo, entra en mi despacho Luis, que es quejica por edad y por afición. Le enseño la entrevista de La Vanguardia, y dejo que la lea con detenimiento.
―¿Qué opinas?
―Jo… ―responde lacónicamente―.
―Yo pienso lo mismo ―le contesto―.
 

jueves, 17 de marzo de 2011

Sexo con decimales

 Hace mucho que no publicaba un refrito. Éste sigue siendo actual  


Los números fascinan. La veneración del español medio por las cifras es directamente proporcional a su ignorancia aritmética. De ahí que todos los que tuvimos problemas en nuestra infancia para aprobar la matemáticas, adoremos con veneración casi religiosa ese mundo misterioso de guarismos y de signos herméticos.
Ante un número —sobre todo si tiene decimales— el español se rinde. La verdad debe aparecer en cifras. Todo lo que no pueda cuantificarse (¿quién habrá inventado semejante palabro?) es sencillamente falso. Y, por el contrario, lo que se expresa numéricamente es cierto y no necesita de ulterior demostración. De ahí que las estadísticas nos deslumbren, aun sabiendo que el 91,2 % son inventadas, el 4,7 % erróneas y el 3,1 % tienen erratas de imprenta.
Por eso, amable lector, si quieres mentir (no es que yo lo aconseje), hazlo con cifras, y cuanto menos redondas, mejor. No digas nunca “la mayoría del personal”, sino “el 87,6 % de los adultos”. Y nadie será capaz de contradecirte.
Algunos publicitarios han descubierto el truco y lo emplean con profusión. No es que mientan, fabulan: son creadores de datos imposibles de contrastar, para hacer creíbles sus mensajes.
—Uno de cada tres españoles padece de olor en los pies. 
El locutor, tras comunicarnos la triste noticia, se apresuró a tranquilizar a la audiencia: la industria farmacéutica acaba de resolver el problema con un producto revolucionario: el cantapiedín en polvo, que, con una sola aplicación, mantiene secos nuestros pinreles durante tres meses.
Al volante del coche, suspiré aliviado. Sin embargo el dato no se me acababa de ir de la cabeza: uno de cada tres españoles…La cuestión parecía grave. Me pregunté cuál sería el porcentaje entre los japoneses. Claro que la estadística no precisaba si se trataba sólo de españoles varones, o de españoles y españolas, como debe decirse para que no nos riña Leyre. Por cierto, ¿estarán incluidos los niños? Por otra parte, ¿qué significa padecer de olor en los pies? ¿Olor en los pies de quién? Porque todos hemos padecido alguna vez por culpa del aroma de pies ajenos. ¿Será éste el sentido de la frase, o habrá, de verdad, trece millones de parejas de pies —¡260 millones de dedos!— contaminando el medio ambiente?
En tales cavilaciones andaba, cuando la publicidad radiofónica escupió otra estadística:
—Ocho de cada diez dentistas aconsejan un dentífrico con flúor.
Esta vez el dato no parecía prestarse a demasiadas discusiones. Pensé en los dos odontólogos disidentes, sin saber si admirarlos por su valentía o despreciarlos por su ignorancia. No tuve tiempo de reflexionar demasiado: una intrépida locutora me interrumpió para hacerme notar que el 73 % de los varones y el 22 % de las mujeres tienen problemas capilares. Deseé con todas mis fuerzas que, al menos no padecieran de los pies. La misma profesional aseguró enseguida que 8 de cada diez europeos han elegido una leche desnatada con vitaminas A y D para la dieta alimenticia de su familia; que el 66,6 % de los hispanos piensa que en el futuro las cosas irán peor; que sólo un 32.5 % de los extremeños comen pescado; que el programa en cuya onda me encontraba copa del 22,7 % de la audiencia…
Apagué la radio. En mi cerebro las cifras bailaban una extraña danza, cambiando de pareja de forma caprichosa hasta formar estadísticas aterradoras: el 33 por ciento de españoles con problemas de pies, beben leche desnatada con pescado extremeño. Pero sólo un 45,2 se quedan calvos, ya que el 22,7 oyen la radio a media tarde, después de limpiarse los dientes con flúor, en un 80 por ciento de los casos…
Me recuperé tras rezar los Misterios dolorosos.
Hay una combinación que siempre tiene éxito: sexo y decimales. Me explico. Todavía hoy, el 86,7% de los contribuyentes se avergonzaría de comprar pornografía. De ahí que algunos presuntos escritores traten de empaquetar sus sueños más mugrientos con el honorable celofán de la ciencia, la psicología… o la estadística. Un buen estudio sociológico sobre la sexualidad de las top-models, de las madres de familia de Arizona, de los viajantes de comercio, del clero español o de los pastores de cabras, puede convertirse en best-seller, si se inventan unos cuantos porcentajes llenos de decimales. De esta forma los habituales consumidores de basura, se permitirán el lujo de comprarlo sin ruborizarse y de colocarlo en la biblioteca junto a los videos de Arguiñano.
—Oye, cariño, ¿sabías lo que hacen el 82% de los viajantes en las fondas de los pueblos de La Mancha?
—¿Y sabes tú, pedazo de marrano, que el 97,3 % de las estadísticas son falsas?
—Eso es mentira…
—Naturalmente. Es sólo una estadística.

lunes, 17 de enero de 2011

La campana



Con ocasión de la próxima beatificación de Juan Pablo II, he recordado este artículo que escribí frente a la televisión, mientras sonaba la campana que anunciaba el fallecimiento del Romano Pontífice. 

Dentro de tres meses y medio, esa misma campana y todas las de la Basílica de San Pedro marcarán el ritmo a millares de campanarios del mundo entero, que repicarán felices cuando el Papa más querido quizá el más grande de la historia moderna sea elevado a los altares.  



Hace una hora se nos ha muerto Juan Pablo II. Mientras escribo, oigo el tañido de una campana de la Basílica de San Pedro en el Vaticano que, gracias a la radio y a la televisión, llega a todos los rincones de la Tierra.
Esa campana anuncia que el Papa ha dejado de sufrir, que nuestro amigo del alma ha recuperado la sonrisa que nos desarmó desde su primera aparición en 1978; que vuelve a brillar en sus ojos la chispa cómplice de los primeros años; que su voz es otra vez la de entonces: el vozarrón que cantó O sole mio acompañado por un coro de doscientos mil napolitanos y la que retumbó en la Plaza de San Pedro, al comienzo de su pontificado, ante jefes de Estado y presidentes de gobierno de todo el mundo:
—¡No tengáis miedo! —les dijo—, ¡abrid de par en par las puertas a Cristo!
El Papa en su penúltimo libro lanza otro grito, el mismo que Jesús dirigió a los apóstoles que dormitaban en el Huerto de los Olivos:
—¡Levantaos, vamos!
Había una cierta ironía bienhumorada en ese título: mientras animaba a los cristianos a caminar sin miedo hacia la cruz, aludía a su propia incapacidad para ponerse en pie. Hoy, sin embargo, la campana proclama que Juan Pablo II se ha levantado ya de la silla de ruedas; que está dispuesto a caminar con nosotros, para seguir viajando por el mundo. Regresará a los países en los que estuvo durante los últimos años y también a los que no pudo visitar porque no le dejaron. Llegará por el Cielo, como siempre. Y, de rodillas besará la tierra en cada aeropuerto, y abrazará a los niños, hablará con las autoridades, cantará con los jóvenes, predicará en cien lenguas y entrará, delicadamente, pidiendo permiso, en el corazón de los que quieran recibirle.
Esa campana dice además que el Papa ya no tomará el avión de vuelta a Roma. Esta vez se queda en cada uno de los pueblos de los cinco continentes. También en la vieja y decrépita Europa, tan amada por él, aunque en los últimos años adopte ademanes de adolescente insurrecta y parezca rebelarse contra sus padres e ignorar las raíces que la hicieron fecunda.
Todo esto, lo sabéis muy bien, no es una forma de hablar, una consideración vagamente “espiritual” en ese sentido ilusorio con el que algunos se refieren al espíritu humano. Juan Pablo II no vivirá “en nuestro recuerdo”, porque en los recuerdos no se vive: allí se embalsaman los afectos y, por muy intensos que sean, acaban por diluirse en pocos años.
El Papa está realmente en el corazón de millones de hombres y mujeres de todo el mundo. ¿Es que somos capaces de imaginarlo lejos de aquí? Está con Dios, por supuesto, y precisamente por eso está también donde siempre ha querido estar, con los suyos. No ha habido un Papa más universal ni más cercano.
La campana sigue sonando. La televisión ha dejado su tañido como música de fondo para esta noche. Ahora una voz femenina explica que las campanas tienen nombre y ésta se llama Sant’Andrea, y se reserva para los días más solemnes.
Ya comprendo que no es momento de sugerir cambios; pero en esta hora, cuando los columnistas se sientan frente al ordenador tratando de encontrar con urgencia una frase, unas palabras que expresen el dolor y al mismo tiempo lo contengan para que no se desborde, a mí sólo se me ocurre que habría que cambiar de nombre a esa campana. La llamaría “Juan Pablo II”. Y es que desde hace una hora se me ha metido en la cabeza la letra de aquella sevillana que cantaron al Papa en su primer viaje a España y que él mismo solía corear con los chicos del univ en las convivencias de Semana Santa:

“No te vayas todavía,/ no te vayas, por favor,/ no te vayas todavía /porque la guitarra mía/ llora cuando dice adiós”.
Pero no es la guitarra la que llora. Es la campana, que se me ha puesto flamenca y sigue el ritmo de la copla. Y hasta me parece oír la voz del Papa que nos tranquiliza:
—No os preocupéis; estoy aquí y seguiré siempre con vosotros.

sábado, 9 de octubre de 2010

Hacer divertido lo heroico

En vista de que la gripe continúa y mi imaginación no está en su mejor momento, he buceado entre los viejos artículos que nunca salieron en el globo y he encontrado éste. Me parece muy oportuno, ya que acabamos de celebrar el 8º aniversario de la canonización de San Josemaría





“—Tenía yo veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor: nada más. Pero así como los hombres escribimos con la pluma, el Señor escribe con la pata de la mesa, para que se vea que es Él quien escribe.”
(Así contaba San Josemaría, en una tertulia, la fundación del Opus Dei)




Escribió Santa Teresa que “un santo triste es un triste santo”. Quería decir con eso que santidad y tristeza son términos contradictorios. Hablando con rigor, no puede haber santos tristes. Los mártires no ponían cara de mártires cuando caminaban decididos a la muerte. Y los confesores de la fe, que sufrieron persecución por ser discípulos de Cristo, se consideraron siempre —como cuenta el libro de los Hechos de los apóstoles— “gozosos de haber sido dignos de ser ultrajados por su Nombre”.  

En cambio sí que ha habido santos serios. Y, probablemente, también santos aburridos, sosos, adustos, e incluso —que ellos me perdonen— relativamente cargantes. Digo esto porque, como es bien sabido, la Gracia de Dios no destruye la naturaleza. Y la seriedad o la sosería son características naturales perfectamente compatibles con el amor a Dios. 
 San Josemaría fue un santo alegre, como no podía ser de otro modo. Pero además su alegría fue “desbordante: serena, contagiosa, con gancho...” Así lo escribió él mismo en “Surco”, haciendo, sin pretenderlo, su propio retrato. Explica en ese punto cómo debe ser la alegría de un hombre o de una mujer de Dios; y concluye: “en pocas palabras, ha de ser tan sobrenatural, tan pegadiza y tan natural, que arrastre a otros por los caminos cristianos”. 
Ese desbordamiento de alegría caracterizó al fundador del Opus Dei durante toda su vida, y es lo que en castellano llamamos “buen humor”. El diccionario de la Academia lo describe como “propensión más o menos duradera a mostrarse alegre y complaciente”; pero probablemente sería necesario completar la definición añadiendo ese matiz que se recoge en el punto de Surco: el buen humor es, sobre todo, contagioso. Y es que hay personas que probablemente están muy contentas siempre, pero no contagian nada: tienen una alegría tan serena y profunda que, para encontrarla, habría que hacer excavaciones. 
Nunca olvidaré, por contraste, aquel verano de 1960 en que vi por primera vez a San  Josemaría. Fue en Molinoviejo, una pequeña finca entre pinos a pocos kilómetros de Segovia. Antes de esa fecha, sólo conocía del Fundador de la Obra varias fotos en blanco y negro y “Camino”. También había oído contar algunas anécdotas bien expresivas, pero reconozco que me había hecho una idea equivocada de su personalidad. Pensaba que me encontraría con un hombre serio, grave y sentencioso. Tal vez imaginaba una mirada ausente, “espiritual”. Pero aquella tarde, cuando se abrió la puerta del automóvil que lo traía desde Roma, vi salir a un sacerdote sonriente, lleno de vitalidad y de fuerza, rápido en sus movimientos, de mirada penetrante y amable, que derrochaba cordialidad en cada gesto y en cada frase. 
Estábamos en la casa un grupo de estudiantes de varias universidades españolas participando en un curso de formación. Todos pertenecíamos al Opus Dei, pero aún éramos muy jóvenes en la Obra.

Tuvimos una tertulia en el jardín. Apiñados en torno al Padre se nos pasó el tiempo volando. San Josemaría nos habló de nuestra vocación, del estudio, de la labor apostólica que habíamos de realizar en la universidad, y, siempre, de amor de Dios, de oración, de lucha interior.
 A la vuelta de cuarenta y un años, puedo decir con absoluta seguridad que jamás me he sentido tan exigido: el proyecto de vida que nos presentaba aquel sacerdote era el más arduo que uno pudiera imaginar. No había concesiones a la mediocridad o a la tibieza. Cuando decía la palabra “santidad”, hablaba en serio. Y también cuando pedía heroísmo en la entrega.
Sin embargo si alguien hubiese presenciado de lejos aquella tertulia, probablemente habría pensado otra cosa, porque lo cierto es que nos lo pasamos en grande; reímos a carcajadas unas cuantas veces, y nos habríamos quedado un par de horas más con nuestro Padre sin sentir el paso del tiempo.
Años más tarde una persona de la Obra que vivió con el Fundador al comienzo de los años cuarenta, cuando el Opus Dei era todavía muy pequeño, recordando los comienzos de la labor apostólica en distintos países de América y las dificultades de todo tipo que hubieron de superar, hizo una pausa en su narración y añadió: 
—De todas formas no lo pasamos mal. Es más, lo pasamos muy bien. Tened en cuenta que nuestro Padre había recibido de Dios el carisma de hacer que hasta lo heroico resultara divertido. 
Me apunté la expresión en la agenda, y entendí entonces que el buen humor y el sentido del humor pueden ser también carisma, es decir, Gracia, don de Dios. 
San Josemaría correspondió a ese carisma heroicamente hasta el momento mismo de su marcha al Cielo. Nunca perdió el buen humor: ni en la enfermedad, ni en la persecución. Es más, quienes convivían con él sabían que, en los momentos duros, su sonrisa era aún más abierta y pegadiza. 
A sus hijos e hijas nos dijo en más de una ocasión: 
“—Os dejo como herencia, en lo humano, el amor a la libertad y el buen humor”. 
 Y nos pidió que fuésemos siempre “sembradores de paz y de alegría”, porque       nuestra misión —repitió muchas veces— “es hacer alegre y amable el camino de la santidad en el mundo”.  
Ahora, al terminar de escribir estas líneas, echo una ojeada a la fotografía que tengo sobre la mesa: en Guatemala, un año antes de su marcha al Cielo, el Fundador de la Obra, de perfil, ríe sin contenerse, en una carcajada limpia, clara y contagiosa como la de un niño.




lunes, 2 de agosto de 2010

Las virtudes en el mercado

Me dice Rosa que no entiende eso de que los valores morales suben o bajan según las épocas. Sospecha mi buena lectora que me he hecho relativista. Al contrario: he aquí lo que escribí hace quince años.
Los valores éticos se parecen a los bursátiles en que su cotización sube o baja en el mercado, sin que se sepa muy bien por qué.

Es evidente que la sinceridad se cotiza al alza en los últimos tiempos: es un valor sólido y rentable; lo cual no significa que ahora seamos más sinceros, sino sólo que nos gusta presumir de serlo, aun mintiendo.

Pero hay otras virtudes que también se cotizan espléndidamente: la tolerancia, sobre la cual hemos oído montones de manifiestos y sesudas conferencias; la autenticidad, virtud un tanto confusa, que mi ignorancia no sabría definir con precisión; la solidaridad, que es como una caridad devaluada y laica muy útil para mítines y manifiestos políticos, etc.

Insisto en que el evidente prestigio de estos valores no garantiza que seamos más solidarios, tolerantes o auténticos. Al contrario, me temo que el egoísmo sigue extendiéndose como una de las epidemias más significativas del siglo; que el cerrilismo intolerante campa sin freno en muchos ámbitos de la vida, como en la política o el deporte, y que bastantes de los que presumen de auténticos, resultan más falsos que un peluquín amarillo. De cada una de estas virtudes valdría la pena hablar más despacio.
Hubo un tiempo en que la valentía se cotizaba estupendamente. Los años en que todos fuimos Gary Cooper, siempre solos ante el peligro, mientras ellas eran Kim Novac a punto de ser rescatadas de los sioux. Luego —quién sabe si la culpa fue del cinemascope— un vuelco en la bolsa hizo subir como la espuma a la cobardía. Los intelectuales empezaron a presumir de sus canguelos y de su mezquindad. Y de John Wayne pasamos, directamente y sin anestesia, a Woody Allen. El hecho es que el siglo veinte se nos volvió cobarde, insumiso y espantadizo. Tal vez en la segunda mitad del siglo veintiuno las cosas cambien.

Lo mismo ocurre con la fidelidad. Ni que decir tiene que en todas las épocas ha habido mayordomos desleales, maridos en fuga y judas a sueldo; pero nadie osaba justificar intelectualmente la traición. La palabra dada era, al menos en teoría, sagrada. Desde los gansters de Chicago hasta las venerables familias de la mafia palermitana, todas las gentes-bien de Occidente apelaban a la lealtad como fundamento de lo bueno y de lo malo.

Pues bien, también esta virtud se fue devaluando con la crisis, y empezaron a surgir valores nuevos, que en poco tiempo entraron triunfales por la puerta grande de los salones más ilustrados. La ya prestigiosa autenticidad (¡oh, camaleóntica y sutil palabreja!) sirvió para justificar cualquier cambio de chaqueta, de camisa o de ropa interior.

—Pepe, al fin me siento realizada. Es doloroso, pero debo ser auténtica… Lo nuestro ha terminado, sentenció Vanessa.

Sus amigos no se lo recriminaron. Comprendieron sin dificultad que para realizarse como mujer y para encontrarse a sí misma era mucho más confortable el Ferrari testarossa de Víctor José.

Que nadie se entristezca. Igual que he dicho antes que las virtudes, no por más cotizadas se viven mejor, del mismo modo la caída en la bolsa de un valor moral no basta para desprestigiarla por completo. Aún sigue habiendo personas fieles que saben dar la vida por sus amigos. Y todavía se alaba la alta fidelidad de la FM y de los discos compactos, y también a la de esos perrillos que permanecen ante la tumba de sus amos y, a veces, mueren con ellos.

Ya lo dice el diccionario de la Real Academia en su última edición. Lealtad: 2. Amor o gratitud que muestran al hombre algunos animales domésticos, como el perro y el caballo.

—Le veo pesimista. Y tampoco están las cosas tan mal… Fíjese, ahora se está poniendo de moda hasta la castidad. ¡Incluso en América…!, me asegura doña Eulalia con un esperanzado suspiro.

—No, si yo pesimista no soy. Pero es un triste síntoma que dependamos tanto de la moda e incluso que tengamos que cambiar nuestro vocabulario cada diez años para no ofender a determinados oídos.

Hace tiempo me invitaron a dar una charla a universitarios. Les dije que hablaría de fraternidad.

—Si no le importa —me respondieron— pondremos compañerismo. Eso de “la fraternidad” vende poco: suena a cura.

Hablé de fraternidad y de la revolución francesa, a pesar de los pesares.

Con Rafa me ocurrió algo semejante. Me esperaba en mi despacho, y se entretenía mirando los libros de la estantería.

—La virtud de la Pureza —leyó en el momento en que yo entraba—. ¿A qué se refiere este libro…? A la contaminación y esas cosas, ¿no? ¡Cómo se nota que es usted ecologista!

Se lo presté. Todavía no me lo ha devuelto.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Las etiquetas


No me había hecho muchas ilusiones sobre las virtudes literarias de aquella novela policiaca. En el fondo sólo aspiraba a descubrir al asesino antes que el detective; pero tropecé con el escollo de la primera frase: “el comisario vestía un traje de seiscientos dólares.”

No se me ocurre un recurso más pobre para explicar las características de una indumentaria; pero es costumbre en la literatura norteamericana de consumo describir el abrigo o los guantes de los personajes por el procedimiento de colgarles el precio. Los escritores españoles aún no han caído en el mismo tópico. Entre nosotros el punto de referencia no es el euro, sino la etiqueta.

En otros tiempos las etiquetas solían ocultarse en el forro de las prendas de vestir; sólo los horteras fumaban puros con la vitola al aire. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XX y en lo que llevamos de XXI, los comerciantes han conseguido que los ciudadanos hagamos propaganda gratuita de sus productos. Es más, pagamos con gusto un suplemento con tal de que nos permitan desplegar en la solapa, en el bolsillo trasero del pantalón o en el parabrisas del coche, el logotipo y el nombre de su acreditada firma. No sé cómo hemos llegado a semejante estado de mentecatez colectiva, pero los consumidores soñamos con ser hombres anuncio de Loewe, Ray-ban o Mercedes Benz. Es nuestra forma de decir que tenemos buen gusto, que somos ricos y que nos hemos gastado una pasta.

Hace años tuve que comprarme un automóvil. Imagino que para el común de los mortales no se trata de un acontecimiento insólito, pero para mí era una experiencia nueva y excitante. Un fogoso concesionario me explicó las ventajas del modelo que había elegido y a punto estaba de entregarme las llaves, cuando recordó que aún faltaba un pequeño detalle.

Entró en su despacho, sacó una pegatina de tamaño regular, y se dispuso a adherirla al cristal trasero del vehículo. Se afirmaba allí que el mío era coche del año en Europa y que combinaba la técnica y la belleza al servicio del confort, o algo así.

­—Supongo -le dije- que me harán descuento por llevar ese anuncio.

—Je, je…

—Hablo en serio: ¿no pretenderá usted que vaya por la vía pública haciéndole publicidad completamente gratis?

Mi interlocutor, convencido de que yo era bobo, se apresuró a explicarme lleno de paciencia que aquel letrero me prestigiaba. Le supliqué que me desprestigiase al instante.

A bordo de aquel mismo coche llegué una mañana de enero al cole donde trabajaba por entonces. Las niñas acababan de volver de las vacaciones de Navidad.

—A ver, Rebeca, ¿qué te han traído los reyes?

Para hablar con Rebeca —un insecto de cuatro o cinco años (ahora ya tiene 17)— tenía que doblar el espinazo.

-Un babour, una barbie, un burberry azul, unos Power Rangers…

Me enderecé abrumado. Para que luego digan que no ha progresado la enseñanza del inglés.
* * *

—¿Se puede saber de qué estás hablando?

—De la crisis, querido Kloster. ¿De qué si no? Siempre hablamos de la crisis.

El caso es que yo había puesto algunas esperanzas en la crisis económica mundial, acrecentada en España por nuestro benemérito gobierno; pero se ve que no tenemos arreglo. Mi primer paseo por Gijón me ha convencido de que las etiquetas molan cada día más, que el personal, al grito de un día es un día, se lanza con entusiasmo sobre las etiquetas como si el gordo hubiese caído sobre nuestras cabezas.

No temáis; no me apetece nada capitanear una cruzada contra esas etiquetas-banderín, pero sería estupendo ahorrar unos eurillos privándonos de ese capricho y contribuir con algo más que calderilla al puchero, siempre agujereado, de los pobres. Estamos en Navidad. ¿No os parece?

Además espantaremos ese efluvio hortera de nuevos ricos que desprenden algunas etiquetas la mar de distinguidas.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Lágrimas para Patán

A propósito de mi post de ayer, viene como anillo al dedo este artículo que publiqué en MC hace diez o doce años.
Yo conozco un colegio de Enseñanza Media desde el que se ve amanecer sobre el mar. Estuve allí de visita hace un par de años, y no me quedé de milagro. Aún sueño con la insensata idea de volver algún día para trabajar entre niños y naranjos.

Lo recuerdo hoy porque acabo de recibir este e-mail:

“En el oratorio del Colegio —escribe el director— tenemos un dietario donde los niños van escribiendo, día a día, las intenciones por las que quieren aplicar la Santa Misa. Le adjunto el texto de hoy, que no tiene desperdicio. El chico es de 2º de ESO y lleva todo el día llorando como una Magdalena:
Por mi perro, porque lo quiero, y que Dios lo tenga con él y lo quiera y cuide mejor que yo. Por mi perro y los ratos felices que me ha hecho pasar, las veces que le he acariciado, cuidado, lavado y dado de comer, las veces que se ha escapado y lo he reñido, los malos ratos con él, que han sido pocos.

Por mi perro que se llamaba Patán y lo quería y lo seguiré queriendo hasta el final de mi vida. Te quiero, Patán. No te olvidaré jamás.


Era un gran perro, el mejor que se pueda desear, y que lo pase bien al lado de Dios porque se lo merece. Adiós. Te quiero”.

No voy a tomarme a broma la tragedia de un chaval de 14 años que acaba de perder a su mejor amigo. También yo tuve un perro a esa edad —incluso le dediqué un artículo—, y charlaba con él horas y horas en mis momentos de melancolía. No es raro que la adolescencia se manifieste así: lánguida, sensible, incomprendida y con granos hasta en el alma.

El redactor de tan insólita necrológica tiene, sin duda, un corazón grande y generoso y una sensibilidad literaria que sus profesores sabrán encauzar a su debido tiempo. De paso le enseñarán que los perros, aunque despierten delicados sentimientos de ternura, no pueden ser objeto de sufragios. Personalmente estoy convencido de que, al final de los tiempos, los “nuevos cielos y la nueva tierra” albergarán toda suerte de animales, domésticos y salvajes, que enriquecerán ese mundo resucitado; pero, en rigor, los perros, como las truchas o las avutardas, serán sólo eso: un adorno espléndido, una manifestación de la gloria, la belleza y el poder de Dios.

Sin embargo vale la pena añadir algo más.

La ética dominante, es decir la que predican cada día los telefilms de adolescentes norteamericanos, parece afectada por esa epidemia posromántica, que tantos estragos causó en el último siglo. Es una moral que mide la bondad o maldad de nuestras acciones no por criterios objetivos, sino sólo por los sentimientos que expresan. Un sentimiento “noble” podría ennoblecerlo todo: desde el suicidio al adulterio.

El romanticismo moral da por supuesto que los afectos deben ser siempre exaltados, jamás reprimidos ni orientados, ya que, por definición, son inocentes; en ellos radicaría la dignidad de la persona. Es curioso cómo la cultura anglosajona ha viajado desde la coerción puritana de cualquier emoción “incorrecta” hasta la glorificación de las hemorragias afectivas y de los achuchones lacrimosos.

Esta mentalidad ha calado hondo. Ya digo, la tele hace milagros. Ahora incluso los niños de pueblo saben decir eso tan televisivo de “mamá, has herido mis sentimientos” cuando su progenitora le reprocha su excesivo apego al canario flauta o a su primita Matilde.

Tampoco yo quiero herir más sentimientos, Dios me libre. Además estoy seguro de que en ese colegio de que hablamos sabrán formar la personalidad de nuestro poeta, le enseñarán a crecer, a orientar su afectividad en la dirección justa, a amar con lágrimas y sin lágrimas, pero con reciedumbre, con un corazón aún más grande y generoso.

—Pues a mí —me interrumpe Elisa— me encantaría conocer a ese niño. Debe ser supermono.

—Seguro que sí; cuando cumplas los 15 te lo presento.

jueves, 8 de octubre de 2009

En el Cielo sí hay trabajo

¿Te acuerdas de esta carta, Isabel? Me la escribiste hace más de diez años, cuando eras sólo una chiquilla y buscabas trabajo desesperadamente en Madrid. Como ves no han cambiado mucho las cosas. Ayer mismo alguien volvió a decirme lo mismo que tú entonces. Reconozco que no es un buen artículo. Habría que decir muchas más cosas; pero hoy no tengo tiempo ni ganas. Conformaos con este refrito.


Querido don Enrique: Hoy he terminado de leer su libro “El Belén que puso Dios”. Allí descubrí una idea que hace tiempo cuajó en mí, y es que en el Cielo Beethoven seguirá componiendo, Nureyev seguirá bailando, Cervantes seguirá escribiendo…, eso suponiendo que lleguen, que así lo espero. Algunas cosas de la tierra ¡me gustan tanto!, que no creo que en el Cielo desaparezcan.

Si yo ahora mismo me muriera y llegara al Cielo, lo único que podría hacer allí sería…, entrevistas de trabajo, tests psicotécnicos y enviar el curriculum a las empresas del allí arriba. ¡Qué cutre! Estoy en el paro, claro.
No llevo mucho tiempo así; lo suficiente para que mis esperanzas se vayan minando. Ya no sé ni lo que quiero.

Estudié Arquitectura Técnica, aunque habría preferido la Informática. Me gustan las maquinitas, pero ¿qué hago yo en el Cielo con un portátil y el windows 95 o la última virguería con que Bill Gates nos encandile? Digamos que las maquinitas me dejan boquiabierta, pero lo que realmente me apasionan son las personas y sus mundos. Si alguien me preguntase ahora: “tú, de mayor, ¿qué querrías ser?”, le contestaría: “escritora”.

Ya soy mayor, y tengo un desconcierto profesional de abrigo. Ni de Ciencias, ni de Técnicas, ni de Letras, sino todo lo contrario (…)
¿Que a qué viene todo esto? Por una parte querría pedirle alguna oración; por otra, tenía ganas de contárselo. Y el tercer motivo, que nos dé a los jóvenes (y a algunos no tan jóvenes y en peores condiciones) que estamos en paro, algo de sentido para estos momentos.

Díganos: una persona s
in trabajo ¿qué es? Quizá a través de su página de Mundo Cristiano pueda hacer una puesta a punto de nuestros motores para que no se paren. Muchas gracias por la oración que me dedique (Cuento con ella) (…) Isabel.

Es cierto que en aquel belén que “inventé” hace años, os hablaba de un Cielo donde se trabaja.

¿No parece razonable, escribí entonces, que los grandes pintores, los poetas, los escultores o los trompetistas continúen su tarea en el Paraíso? ¿Qué sería de Mozart sin la música? ¿Cómo podría Velázquez seguir siendo Velázquez en el Cielo sin una paleta llena de colores y un gran lienzo delante? Pues igual ocurre con los que hacen novelas, con los agricultores, con los cocineros, con los payasos o con los notarios. En el Cielo, trabajar es parte de la felicidad que Dios concede.

Curiosamente este párrafo ha sido el único "contestado" del libro. La mayoría de mis amigos apelaron al famoso descanso eterno para rebatir tan peligrosas innovaciones teológicas. Y hube de defenderme explicando que en el Paraíso se descansa, pero sólo del sudor, de las angustias de este mundo; no de la condición humana. Y tan propio del hombre es conocer y amar, como crear, desplegar todas las posibilidades de su espíritu sometiendo las cosas, para hacerlas suyas, dejando en ellas su huella de soberano. Esto es el trabajo, al menos ésta es su dimensión fundamental. Por eso estoy convencido de que, cuando lleguemos a la gloria, y cuando, al final de los tiempos, nazcan los cielos nuevos y la tierra nueva, tendremos una gran tarea que hacer: el hombre seguirá siendo creador, a imagen de Dios; eso sí, sin agobios ni fatigas.

¿Cómo imaginar una felicidad simplemente pasiva? ¿Quién será capaz de renunciar a esa dimensión del espíritu humano que es su capacidad de dominar la naturaleza. El señorío del hombre se expresa adecuadamente cuando graba su impronta en la materia, cuando la trabaja, y se gloría en esa labor.

De verdad, no concibo un Cielo sin el gozo creador que Dios mismo ha querido concedernos también en la tierra, a pesar de que aquí haya que pagar un peaje de esfuerzo y de sudores.

Claro que luego, al pensar las cosas las cosas con más detenimiento, uno encuentra ciertas dificultades. Hay profesiones que existen precisamente por lo que el hombre tiene de débil e incluso de pecador; por tanto, por muy santificables que sean en la tierra, no parece que tengan cabida en la Gloria. Lo de Mozart y Nureyev está muy bien, pero ¿qué hacemos con los sepultureros, con los policías, con los médicos, con los criminólogos o con los bomberos? ¿Deberán pasar al paro como Isabel?

Hablo en serio: este mundo pasa, pero los nuevos Cielos y la nueva tierra nos traerán nuevos y espléndidos quehaceres. Tal vez Isabel escriba allí arriba una gran novela y yo la lea como parte de mi propia felicidad accidental. En todo caso, su trabajo de ahora es buscar trabajo 8 horas al día (así se encuentra siembre), abriéndose paso a codazos en esta selva madrileña, con la sonrisa en los labios y la mirada en el futuro trabajo del Cielo.

domingo, 26 de julio de 2009

La corrupción bien entendida empieza por uno mismo





El refrito de este mes recoge buena parte de un artículo que publiqué en "Mundo Cristiano" hace ya muchos años, cuando la palabra "corrupción" salía en las portadas de los periódicos todos los días y en España el hedor de la política empezaba a ser insoportable.

Por aquella época, yo era capellán del colegio "Aldeafuente" y daba algunas clases de Moral en segundo o tercero de bup. Aquellas clases dieron mucho de sí, gracias especialmente a que las alumnas me salieron listas y estudiosas.

Al releer ahora lo que escribí, constato que no hemos mejorado mucho; pero me temo que, al contrario de lo que ocurrió entonces, hoy sí tendré detractores. ¡Relacionar la corrupción con el divorcio; qué barbaridad!

Lo malo del asunto es que el paso de los años y la experiencia pastoral con cientos de personas no me ha hecho cambiar de opinión. Al contrario.



—¿Alguien sabría decirme qué significa corrupción?

Como no estamos en clase de Química, sino de Moral, las alumnas comprenden que no me refiero a fenómenos de descomposición orgánica, sino, probablemente, a ciertas conductas de triste actualidad.

—Es dar dinero para conseguir una cosa…, responde Ana.

—Ya. Por ejemplo, comprar el periódico.

—No. Bueno…, es sobornar; lograr algo sin tener derecho.

—De acuerdo. Y, ¿qué os parece?: ¿podríamos también llamar corruptos a los que se drogan?

—No. Eso es una enfermedad.

—¿Y a un bígamo?

Desconcierto en el aula.

—Me refiero al que tiene dos mujeres.

—A ése habría que darle una medalla —interviene Inés, que le gusta dar la nota.

—En serio —insisto—. ¿Consideraríais corruptos a los mentirosos crónicos, a los adictos al sexo, a los glotones, a los ludópatas…?

—Eso es asunto de cada uno —interviene Leticia—. No podemos entrar en la intimidad de nadie.

Por una vez, todas parecían opinar lo mismo: corromper o corromperse —en activa o en pasiva— equivale a robar. La corrupción, por lo visto, no afecta al ámbito de la vida privada.

Como casi siempre, las alumnas coinciden con la tesis dominante. Y es que, en cuestiones de ética, para saber lo que piensa la mayor parte del personal, basta con preguntárselo al enanito que nos adoctrina tan abnegadamente desde la tele.

En este caso, la tesis oficial parece ser la de elogiar la incoherencia; incluso la esquizofrenia. Lo que se lleva es denunciar con toda energía —al menos teóricamente— los casos de corrupción política, económica, etc., y, al mismo tiempo, pasar por alto o incluso aplaudir el desorden moral en el ámbito privado. No es que exista un razonable temor a sacar a la luz los íntimos trapos sucios del prójimo. Al contrario: esos trapos se airean más que nunca, pero para exhibirlos con orgullo y jalearlos como signos de autenticidad, de independencia de criterio, incluso de progresismo ético.

Hace tiempo leí un artículo en el que se defendía, con verdadera pasión, la inmaculada honradez de un conocido político. Y, para probar su coherencia, su espíritu rebelde e inconformista (eso que se empeñan en calificar como honestidad), el piadoso apólogo relataba con pelos y señales la vida amorosa, turbulenta e irregular, del jerarca en cuestión.

Entendámonos. Dejando de lado otras consideraciones morales, parece claro, por ejemplo, que cada divorcio, cada separación, es, por lo menos, un fracaso. Y un fracaso no común, sino de mucha importancia. Un naufragio matrimonial toca al centro mismo de la persona, y deja una huella profunda y difícil de curar. El sentido del amor, la dignidad de la sexualidad humana, la capacidad de comprometerse, la grandeza de la fidelidad, son valores tan importantes como quebradizos. Cualquier herida los altera. Y nada corrompe tanto y tan íntimamente como su pérdida.

¿Significa eso que los divorciados o separados sean peores personas que los demás? No querría yo dar a entender eso. Pretendo decir nada más que un corrupto tipo estándar, antes de violar el séptimo mandamiento, lo más probable es que haya pisoteado el sexto (¡qué le vamos a hacer: así es la vida!). Y que la corrupción es, en principio, un problema personal antes que social; privado antes que público; íntimo antes que externo. Que, como dice el Evangelio, los frutos podridos suelen proceder de árboles podridos. Con parecida sabiduría, asegura el dicho popular que no se le pueden pedir peras al olmo.

En resumen: que para atajar la corrupción en la vida pública hacen falta leyes, reglamentos, controles y todo lo que ustedes quieran. Pero, antes de elegir a nadie para que custodie la caja de los dineros, sería útil, también, comprobar que se trata de una buena persona.

—¿Entonces, no es posible ser escrupulosamente honesto en la vida pública y, al mismo tiempo, un hedonista impenitente, un lujurioso sin freno o un vanidoso crónico en la intimidad?

—Pues qué quiere usted que le diga, joven. Cosas más raras se han visto, y yo no lo descartaría completamente; pero, por si acaso, no daré mi voto a un individuo así. Y es que la vida privada, en el fondo, es menos privada de lo que parece.












viernes, 3 de julio de 2009

Descansar


—Procure descansar, don Enrique.

Eso me dicen. Y, a continuación, me organizan el verano para que no me tome muy en serio esos buenos deseos.

Sin embargo creo que es posible compatibilizarlo todo. En el fondo no es tan difícil trabajar un poco y descansar de lo que realmente cansa. Yo, al menos, espero descansar

—del Ayuntamiento, de sus zanjas, y del estrépito de los martillos neumáticos que ya han trepanado bastante mis urbanos tímpanos.

—De las broncas radiofónicas y televisivas. Por favor, señores con­tertulios, tómense unas largas y reparadoras vacaciones; olvídense de interrumpirse los unos a los otros con el ingenio que les caracteriza; renuncien por unos meses a agitar las madrugadas de los automovilistas solitarios. En todo caso, aunque sigan ahí, conmigo no cuenten: yo descanso.

—De los democráticos insultos que se propinan los políticos; de las invecti­vas contra los árbitros, contra el gobierno o contra la oposición; contra los futbolistas del equipo contrario o del propio. Si alguna vez he insultado a alguien, aunque sea en voz baja, hago ahora el propósito de no volverlo a hacer. Más que nada porque cansa una barbaridad.

—De las disputas sobre meras palabras. Ya se lo dijo San Pablo a Ti­moteo: “no sirven para nada, y son catastróficas para los oyentes”.

—De la revistas y de los programas del corazón y otras vísceras. Es cierto que en verano suelen estar más activos que nunca y hacen su agosto en agosto explotando la estupidez estival. Pero hay que defenderse: si es nece­sario, tiremos la tele al mar para descansar un poco. Puede ser un buen pretexto el apagón analógico que nos anuncian.

—De los atascos y del tráfico; del lenguaje de los bocinazos que ponen incandescente mi vieja y entrañable úlcera de duodeno.

—Pero, sobre todo, procuraré descansar de lo que más agota: de la soberbia, la envidia, la codicia, la lujuria…, es decir, de los siete pecados capitales y de la reata de pecados provinciales que uno, por desgracia, va acumulando con los años. El ego­ísmo, que los resume todos, puede fatigar hasta la extenuación.

Gracias a Dios, el remedio está al alcance de cualquier fortuna: el Sacramento de la Penitencia. Una confesión personal, sincera, serena y profunda, puede ser tan sa­ludable como el primer baño del verano. No hay mejor forma de ponerse a tono, de preparar el alma para descubrir que lo que realmente descansa no es la huida del tra­bajo, ni las caravanas hacia la costa, ni el tostadero de la playa, ni las siestas eternas, sino el cariño de la familia, el encuentro con los amigos, el diálogo con Dios y la ge­nerosidad con todos.

Jesús nos lo explicó muy bien en el Evangelio: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros, y encontraréis descanso para vuestras almas”.

¿Y vosotros?, ¿de qué pensáis descansar?





martes, 16 de junio de 2009

Cucho, el pavo y la melancolía

Escribo desde mi colegio de Gaztelueta, a la vista del monte Serantes, que siempre ha sido mi fuente de inspiración más fiable. Acabo de salir de una conferencia y he charlado con muchos antiguos alumnos y con algunos nuevos. Hemos recordado tantas cosas medio olvidadas, y yo he vuelto a pensar en Cucho. Por eso os pongo este refrito de verano.



He leído no sé dónde que la edad del pavo es la etapa más feliz de la vida. No es cierto: la adolescencia es el tiempo de la melancolía.

—¿Por qué llora una tanto a esta edad? —me preguntó un día Vicky, que andaba por entonces con la lágrima fácil de los 15 años—.

—No todos son tan llorones como tú —le contesté—; pero a lo mejor es que empiezas a sentirte mayor y lloras por la infancia perdida.

Aquel día Vicky me preguntó si yo también era llorón mis tiempos, y aproveché para contestarle que mis tiempos aún no habían llegado y que se fuera a clase y se dejara de tonterías.

Llorón no creo haberlo sido nunca, pero sí que recuerdo con toda nitidez los altibajos de la adolescencia. Uno de mis testigos fue Cucho, un perro pastor alemán alto y de buen genio, que me acompañó en mis crisis y fue mi confidente en los momentos más duros.

Cucho llegó a casa cuando apenas era un cachorro. Nos lo regaló Yanko Daucik, que estudió conmigo en el colegio durante los años en que su padre entrenaba al Athletic de Bilbao. El padre de Cucho se llamaba Arco y era de origen checo, como la familia de mi amigo. Por eso llegó con el nombre puesto. Podíamos habérselo cambiado, porque al principio no nos gustaba; pero nadie se atrevió a tomar la iniciativa. Sólo mi madre le llamaba Polka, quién sabe por qué.

El caso es que creció desmesuradamente. Ahora lo recuerdo gigantesco, aunque quizá no era para tanto. Y como se alimentaba bien, vivía en el campo, y estaba todo el día rodeado de niños, se hizo fuerte, lustroso y buen amigo de la chavalería.

Sin embargo jamás abdicó de su dignidad. Nunca quiso parecerse a esos perritos habilidosos, que según sus dueños son listísimos porque hacen monerías impropias de un cánido y, por tanto, son medio idiotas. Cucho siempre fue todo un perro, un pedazo de pastor alemán, cariñoso y servicial, de ojos mansos y dientes de fiera; de pocos aunque sonoros ladridos, y capaz de amedrentar a cualquiera con sólo mirarlo.

Durante un tiempo, fue mi mejor amigo. Por la mañana entraba en mi cuarto a la hora prevista, y me sacaba de la cama lamiéndome la cara. No era una experiencia agradable, pero me ayudaba a correr camino de la ducha.

Luego, al atardecer, Cucho y yo teníamos largas conversaciones. No os riáis, que ya empiezo a ponerme colorado. Un poco raro sí que parece, la verdad; pero tampoco tanto. Lo que pasa es que tuve unos años tímidos y turbulentos: sólo me interesaban el ajedrez y la poesía de Garcilaso de la Vega, y ninguno de mis amigos sintonizaba con semejantes aficiones.

Cucho, en cambio, sí. Allí, en la campa que había a unos cientos de metros de mi casa, nos sentábamos el uno frente al otro. Cucho, con la mirada atenta, la boca abierta y la lengua fuera, inmóvil como una estatua. Yo, con mi pavo a cuestas, le recitaba poemas, que podían ser propios o prestados (“el dulce lamentar de dos pastores,/ Salicio juntamente y Nemoroso…”) Otras veces le contaba mis penas.

Como la cosa ni siquiera a mí me parecía muy normal, un día decidí explicárselo al sacerdote. Su respuesta me desconcertó:

—Mientras Cucho no te conteste, puedes estar tranquilo: aún no estás completamente majareta. Pero pienso que necesitas algo más que un perro: ha llegado el momento de que empieces a hablar con Dios.

No he entrecomillado el consejo, pero podía haberlo hecho, porque sólo han pasado cincuenta y tantos años y lo recuerdo muy bien, casi palabra por palabra.

Desde que soy sacerdote he contado mil veces esta historia, para explicar a chicos y a chicas que a esa edad tan rara de la melancolía, cuando nadie nos entiende, ni nosotros mismos, y uno se desahoga con la almohada, con el espejo o con el gato, Dios se pone a nuestros pies como un perrillo. Es la hora de tomarse en serio a ese interlocutor divino, y dedicarle, al menos, unos minutos cada día.

Si le damos esa oportunidad, no tardaremos en descubrir que, en este diálogo, hemos de intercambiar los papeles para que Dios lleve la voz cantante. Lo nuestro —como predicó San Josemaría— es “estar pendientes de sus labios: con el oído atento, la voluntad tensa, dispuesta a seguir las divinas inspiraciones”.

Es decir, como el bueno de Cucho, que cuando me miraba con la boca abierta, parecía un atleta a punto de tomar la salida. Quizá sólo esperaba que lanzara un palo a lo lejos para correr a buscarlo, y repetir una y otra vez el mismo juego.

lunes, 25 de mayo de 2009

En medio folio


Estamos donde estábamos. Este artículo tiene más de veinte años, pero sigue siendo de "palpitante actualidad"



Era verano. Hacía mucho calor, y yo salía de unos grandes y refrigerados almacenes. De pronto, sin previo aviso, una voz me gritó al oído:

—Padre, ¿qué opina usted de la eutanasia?

Un centímetro al sur de mi nariz brotó un micrófono redondo y amarillo como un helado de limón. No le di un lametazo porque también había una cámara de televisión.

—¿Tienes un vaso de agua?, respondí al fin.

—¿Cómo?

—…¿y una mesa?

El intrépido reportero parecía perplejo.

—Es que —continué—, para hablar de la eutanasia, necesito todo eso y al menos media hora. ¿Lo tenemos?

—Ya. ¿Y en dos palabras, no podría…?

—No. En dos palabras, lo más seguro es que sólo diga dos tonterías.

Es cierto; no estuve demasiado fino. Sírvame de descargo lo mucho que afectan a mis meninges los calores de Madrid. Pero, pensándolo bien, ¿qué otra cosa habría podido responder?

Yo creo entender a los informadores de todos los medios (¿cómo no, si, en el fondo, estoy en el oficio?), y me hago cargo de que, en esta profesión, la brevedad lo es todo. Pero a veces exageramos.

Un famoso periodista entrevistaba a un insigne oncólogo:

—En un minuto, doctor…, ya sabe que en la radio el tiempo es sagrado: ¿qué avances se han producido en la investigación sobre el cáncer en estos últimos años?

Ignoro la cara que puso el interpelado. Pero le sobraron 58 segundos:

—Algo hemos hecho…, contestó.

El problema no radica en que tengamos prisa, sino en que hemos perdido capacidad de atención. Dicen los psicólogos que el personal no aguanta más de diez minutos a la escucha sin desfallecer, y que, en letra impresa, pasarse de medio folio es perder un 80% de lectores. (Si la teoría es cierta, únicamente mi madre y mi sobrino Jon han llegado hasta esta línea).

Claro que no todo es negativo: Así, por ejemplo, aumenta nuestra resistencia frente a la televisión. Un ama de casa europea aguanta sin pestañear entre treinta y cuarenta spots de detergentes biodegradables, con tal de que se los sirvan antes del programa adecuado.

En cualquier caso, se diría que vamos hacia una cultura en comprimidos, hecha de titulares, de slogans y frases brillantes. Y es que parece imperar la tesis de que una afirmación es tanto más verdadera cuanto más breve. Todo lo que supere el medio folio es falso o, al menos, merecería serlo.

Resulta dramático comprobar hasta qué punto ha calado esta idea. Dar muchas explicaciones equivale a no tener razón. Lo simple suele identificarse, sin más, con lo verdadero. Naturalmente las consecuencias son dramáticas, porque existen verdades muy importantes para la vida del hombre que no es posible exponer en dos palabras.

Ignoro si la prensa es causa o víctima de tan singular epidemia. Pero la mayor parte de las falsedades que cuentan los medios de comunicación tienen su origen en esta necesidad de abreviar. Veamos un ejemplo:

El Papa elabora un documento de 200 páginas (*) fruto del trabajo de docenas de expertos que han dedicado años al asunto. Se redacta en quince idiomas tratando de matizar hasta el último adjetivo. Se traduce al latín, que, por ser una lengua muerta, es el congelador donde las palabras conservan el mismo significado por los siglos de los siglos. Por último, un docto eclesiástico lo presenta a los medios.

A partir de ese instante el texto empieza a ser desintegrado por las agencias, emisoras y periódicos. En pocas horas queda reducido a diez líneas y a un titular, que, en el mejor de los casos, será pobre e inexacto, y en el peor, completamente falso e incluso sesgado.

Esa frase-resumen se convierte, sin remedio, en punto de referencia único y obligado de cientos de diarios, de debates televisivos, de comentarios radiofónicos, etc. Ya casi nadie se referirá al documento original, que muy pocos habrán leído. Pero las seis u ocho palabras, que presuntamente lo sintetizan, irán de columnista en columnista y de tertulia en tertulia. Habrá incluso quien se atreva a pontificar sobre todo el Magisterio de la Iglesia con el único apoyo de un titular estúpido.

—Chica, a mi este Papa me parece la mar de conservador. ¿Has visto lo que dice sobre las mujeres?

—No. ¿Qué dice?

—Ay, hija, ya ni me acuerdo. Lo he oído en algún sitio. Pero es que la Iglesia está superpasada, ¿no crees?

El diálogo me trajo a la cabeza un viejo chiste de mi tierra; la historia de un aldeano taciturno que vuelve de Misa más tarde de lo habitual. El párroco ha pronunciado un sermón de dos horas.

—¿Y de que ha hablado?, le preguntan en el bar.

—Del pecado.

—¿En dos horas? ¿Y qué ha dicho pues?

—Que no es partidario.

Magnífico titular.

(*) Acababa de promulgarse la Carta Apostólica "Mulieris dignitatem", uno de los grandes documentos del pontificado de Juan Pablo II.

jueves, 30 de abril de 2009

Para qué sirve un colegio

Redacté este artículo hace bastantes años y tuvo cierto éxito. Ahora anda por la red más o menos mutilado. Recuerdo muy bien las circunstancias que lo originaron: una cría de nueve años, enfurecida con su profe por alguna razón que ni ella ni yo recordamos, vino a verme a la capellanía y después de exponerme sus quejas, concluyó: —¡Para qué sirve el colegio, a ver! Era una pregunta retórica, pero me dio pie para escribir después lo que sigue:
—El colegio debe servir para aprender leer, a escribir, a hablar, a pensar, a rezar, a amar y a contemplar. —¿Sólo eso? Saber leer no es recorrer las líneas de un texto o tartamudearlo en voz alta. Tampoco se trata de dramatizarlo, como dijo alguna ministra, ni de rumiarlo con gesto ceñudo. Es sólo sintonizar con el pensamiento del que escribe. ¿Cuántos adultos creéis que estarían en condiciones de leer en voz baja un párrafo sencillo, digamos de veinte líneas, y a continuación explicar con precisión su contenido? Haced la prueba, y comprobaréis que la mayor parte de los cursos de técnicas de estudio podrían sustituirse por simples clases de lectura. Saber escribir no equivale a manejar un procesador de textos. En la era del ordenador, muchos universitarios presentan sus trabajos la mar de emperifollados y casi sin erratas; pero redactan como analfabetos. Escribir es encontrar el vocablo justo para el momento justo; es dejar en el papel una huella dolorida, alegre, melancólica, airada o cínica; pero en todo caso auténtica. O, simplemente, saber contar en diez líneas cómo es esta habitación. ¿Por qué no lo intentas, Rocío? —Vale, pues…, es blanca… Saber pensar tampoco es sencillo. El problema reside en que pensamos con conceptos, y los conceptos están unidos a las palabras. Ahora dicen que vivimos en la civilización de la imagen. Se nos pasará pronto, porque con imágenes no se piensa. La imagen es agresiva, elemental, plana; fomenta la pereza, conmueve, pero no dialoga… Las imágenes necesitan de las palabras para tener sentido. Sin ellas no son nada. La palabra, en cambio, llega al fondo del espíritu, llama a la reflexión y al trabajo, excita la inteligencia y demanda respuestas, emplaza al diálogo. Una palabra vale más que mil imágenes. Cada día manejamos menos vocablos. Eso significa que el pensamiento se empobrece, que somos más manipulables. Saber hablar casi es lo mismo. Quien no sabe decir lo que piensa, lo más probable es que no piense. Hay libros que enseñan a perorar en público; pero ninguna técnica sirve para decir algo cuando el cerebro está vacío, o para poner en orden un cacumen embrollado. En todo caso sí que hacen falta clases de expresión oral, o como quiera que se las llame, porque la máquina que Dios nos ha dado para pensar, se alimenta y lubrica con palabras. Un vocabulario bien nutrido y un cierto arte en el manejo del lenguaje pueden bastar para ponerla en marcha. Pero hablar es sobre todo comunicarse con el prójimo: tener engrasadas las entendederas y las explicaderas; estar en condiciones de transmitir, boca a boca, ideas, sentimientos, afectos y desafectos, alegrías y dolores. Por medio de la palabra uno aprende a ser persona; sin ella no somos capaces de amar. Saber amar, sin embargo, es algo más. San Juan lo escribe en su primera carta: hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y de verdad. Difícil asignatura. Y es que los niños no aman, se apegan. Los adolescentes, más que amar, se enamoran, que no es lo mismo. Y sólo cuando matan el pavo y se lo comen están en condiciones de entregarse, de desvivirse, con ternura y dolor, con pasión y generosidad: eso es amor. En estos últimos años muchos padres y casi todos los colegios parecen haber renunciado a educar la afectividad de los niños. Quizá suponen que lo sano es dejarla a la intemperie, para que se exprese indiscriminada y hemorrágicamente. O quizá han delegado en la tele tan ardua tarea. El caso es que el Planeta está llenando de adolescentes crónicos, super precoces en lo sexual e inmaduros en el amor. Saber rezar es tener el corazón abierto y los oídos limpios para escuchar al Señor. Es también dejar un sí al borde mismo de los labios para que se nos escape sin querer. Rezar es entrar en la órbita de Dios y compartir la intimidad con Él. No hay forma más elevada de comunicación y de amor. Quien no haya rezado nunca, casi no es humano. Por eso un colegio que no fomente la oración, no educa: mutila y deforma. Y, por último, saber contemplar. Es la asignatura más importante. El Cielo será contemplación, y la tierra también puede serlo. Si enseñáramos a los niños a ver un cuadro o un paisaje; a gozar con una tormenta, un poema, un atardecer o una melodía; a mirar a los ojos de los amigos y de las amigas; a enamorarse de la belleza más que de la exuberancia metabólica del prójimo, ¡ay, si lográramos todo eso…! 
—¿Sólo eso?
—Bueno, si da tiempo, también matemáticas.