jueves, 8 de mayo de 2008

Regaliz ( y III)


Tercera Parte


Caminaba Regaliz por la orilla del lago cuando vio una multitud a lo lejos, en la ladera de la montaña. El sol del atardecer iluminaba la figura de un hombre vestido de blanco que, sentado en lo alto de una roca, parecía hablar a los demás.

Movido por la curiosidad, fue acercándose poco a poco. Al principio no oía bien las palabras, pero sí la voz de aquel hombre, que era recia como un trueno y, sin embargo, cariñosa y dulce como una melodía.

Regaliz empezó a subir por la pendiente. Pocos minutos después se encontró sentado junto a Jesús.

Sí, era Jesús, y estaba rodeado de sus apóstoles, de los discípulos y de una inmensa multitud: había hombres, mujeres y niños. La mayoría no eran de allí (Abel conocía muy bien a la gente de aquellas tierras). Muchos estaban enfermos, y en los rostros de todos se leía el cansancio de una larga caminata.

Jesús contaba cuentos. Hablaba de pescadores, de un hijo que se marchó de casa, de un sembrador que echaba a voleo la semilla…

Y a Regaliz —como a todos— se le pasaron las horas sin darse cuenta.

Había empezado a anochecer cuando Jesús hizo una pausa y fijándose en la multitud que le escuchaba como embobada, se dirigió a un discípulo alto y de barba roja que estaba a su lado:

—Deberíamos comprar panes para que coman todos éstos, ¿no te parece, Felipe?

Felipe contestó:

—Pero, Señor… Harían falta más de doscientos denarios de pan para alimentar a tanta gente. ¿De dónde quieres que los saquemos?

—¿Cuantos panes tenéis?

Felipe y los demás apóstoles no sabían qué contestar. Seguramente se trataba de una broma de Jesús. Pero Abel, que había oído toda la conversación, comprendió que había llegado su momento, y dijo al oído de Andrés.

—Oye, yo tengo cinco panes y dos peces. Dile a Jesús que se los regalo.

Andrés sonrió:

—Aquí hay un chico que tiene… Pero ¿qué es esto para tantos?

Jesús se acercó a Abel:

—¿Me los regalas, Regaliz?

Al oírse llamar así, casi se muere del susto.

El Señor, entonces, tomó en sus manos los panes y el pescado, y mandó a la gente que se sentasen en grupos, porque, según dijo, iba a empezar la merienda. Entre el chico y los apóstoles encendieron unas brasas para asar los peces, y el aroma se extendió por la montaña, y abrió aún más el apetito de todos.

—Oye, ¿pero no habíamos quedado que sólo tenías dos peces? —preguntó Tomás— ¡Yo ya he asado cinco!

—Y yo cinco más, contestó Abel.

—Y yo diez, aseguró Mateo.

Para entonces los panes se habían multiplicado por cien o por mil, y las gentes, que no sabían muy bien lo que estaba pasando, aplaudían, gritaban y cantaban llenos de entusiasmo.

¡Cómo disfrutó Regaliz repartiendo sus panes y su pescado entre todos!:

—Toma, para ti. ¡Te lo regalo! Y si necesitas más me lo pides, ¿vale?

Al terminar, era ya de noche. Jesús se levantó e hizo ademán de marcharse.

A Abel le dio un vuelco el corazón. No se le había ocurrido que aquello pudiese terminar así, tan pronto. Echó a correr detrás de Jesús, y gritó:

—¡Espérame. Yo me voy contigo!

El Señor se detuvo, sonrió y con un pañuelo blanco limpió las lágrimas que ya se le escapaban a Regaliz.

—Todavía no. No te preocupes. Volveremos a vernos. Ahora tienes que ir a casa… Además hay que recoger las sobras. No querrás dejarlo todo así de sucio, ¿verdad? Mira a ver si puedes llevar algo a tus padres.

Abel regresó a casa ya muy tarde.

—¿Se puede saber dónde te has metido? ¿Qué traes ahí?

—He estado con Jesús. Entre los dos hemos dado de comer a miles y miles de personas. Mirad, aquí os traigo algo de lo que ha sobrado.

Abel les enseñó una gran cesta llena de panes y de peces.

—¿Pero cómo…?

—Muy sencillo. Pierdeplumas me regaló una pluma, y, al final, mira en lo que se ha convertido.

Antes de acostarse, abrió la bolsa para sacar las plumas de su colección. Pero…, ¿qué era aquello? Había también un pañuelo. Y todavía estaba húmedo de lágrimas… Jesús se lo había metido allí, sin que él se diera cuenta.

Regaliz comenzó a extender el pañuelo sobre la estera donde dormía. Y de nuevo sintió que el corazón se le aceleraba. Allí estaba la pluma otra vez: blanca, amarilla, roja y dorada.

Aquella noche tardó mucho en conciliar el sueño. Se durmió de madrugada con la pluma en la mano, pensando a quién se la podría regalar.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Regaliz (II)

Segunda Parte

Andaba Regaliz ensimismado con estos pensamientos, cuando unos metros más adelante, vio a su tía Miriam que traía de la mano a su primo de cuatro años, un niño llorón llamado Iker. Como siempre, Iker estaba berreando.

—¿Qué te pasa, Iker?, le preguntó Abel.

—¡Buaaah!

Se puso en cuclillas delante del niño, y le enseñó lo que llevaba en la mano.

—Mira, si dejas de llorar, te regalo esta pluma.

—No hagas caso, Abel, intervino su tía casi enfadada. Ya se le pasará… ¿Para qué quiere el niño esa pluma tan bonita? Guárdala para tu colección.

Pero Iker, tal vez para llevar la contraria a su madre, Había dejado de llorar, y decidió aceptar el trato que le ofrecía su primo.

—Eres muy bueno, Abel —concluyó Miriam—. Y como te lo mereces todo, te voy a dar unas naranjas para que tengas algo para el camino.

Eran unas naranjas grandes y rojas, recién cogidas del árbol. Regaliz se las echó a la bolsa, y siguió camino adelante, feliz de haber resuelto el problema de la pluma de forma tan sencilla.

Y, como aquel día ya había llevado a casa lo suficiente para la comida, empezó a pensar a quién podría regalar las naranjas.



Un poco más adelante, divisó a lo lejos la figura de una mujer, casi anciana, que subía la cuesta tirando de una carreta cargada hasta los topes. Era Esther, la panadera del pueblo vecino, y Abel se apresuró a echarle una mano.

—Pero Esther… ¿cómo llevas tú sola tanto peso?

—Ay, hijo… Se le ha roto una pata a mi borrico; y no puedo dejar sin pan a la gente.

Estaba tan fatigada y sudorosa, que Regaliz no lo dudó: con el cuchillo de la panadera, peló las naranjas y se las entregó allí mismo.

—Pero ¿qué haces? Son tuyas…

—Yo ya he comido —respondió el chico—, y como ahora voy a ayudarte a repartir el pan, tenemos que aligerar un poco la carga. Así que hacemos un zumo, y ya verás cómo te pones bien enseguida.

Dos o tres horas después habían terminado la faena, y aún sobraban diez panes. En vista de lo cual, Ester le dijo a Regaliz:

—Mira, Abel, yo ya no puedo más, y tú has sido muy bueno conmigo. Por tanto, te llevas los panes que quedan.

Con diez panes redondos y grandes en un saco que le regaló la anciana, Abel siguió su camino, y de nuevo se puso a pensar a quién podría regalar tanta comida antes de que los panes se pusieran duros.

Caminando, caminando, llegó a la orilla del lago. A Regaliz le encantaba aquel lugar. Era una playa pequeñita rodeada de pinos, donde a veces se sentaba para contemplar el vaivén de las olas por la arena. Además en la orilla había montones de gaviotas que robaban los peces de los pescadores, y otras aves que él mismo había bautizado con apelativos la mar de originales: la patudilla tostada, el negrito picorrojo, la golondrina de plata, el chupapiedras… Seguro que a Adán no se le ocurrieron nombres más bonitos y sonoros que los de Regaliz.

Sin embargo, esta vez no se detuvo a mirar los pájaros, ya que en aquel momento regresaban a la playa las barcas de sus amigos los pescadores.

—Hola, Abel. ¿Qué te trae por aquí?

—Nada… ¿Habéis pescado mucho?

—Bastante. Pero ha habido temporal, y hemos perdido parte del cargamento. Entre otras cosas, se nos ha caído al mar la comida que habíamos traído de casa.

—Eso tiene fácil arreglo. Aquí traigo panes para todos: os los regalo.

—Estupendo. Pero con cuatro o cinco tenemos bastante. Y ya que eres tan generoso, llévate a casa un par de peces de los gordos. Así tendréis para cenar toda la familia.

Regaliz se quitó las sandalias y se metió en el agua para ayudar a sus amigos a sacar las redes a la playa. Había treinta y tres peces medianos, seis grandes y cuatro o cinco pequeños que fueron robados por las gaviotas a pesar de los esfuerzos de Abel por espantarlas.

—No te preocupes, chaval. También las aves tienen derecho a comer un buen pescado de vez en cuando.

Una hora después, con cinco panes de cebada y dos pescados en la bolsa, Regaliz se despidió de sus amigos y empezó a pensar a quién más podría hacer un favor.

Regaliz (I)

Aquí comienza un cuento para niños en el día de su Primera Comunión.
Hace años lo conté a un grupo de atentísimos renacuajos en ese día tan especial, desde el presbiterio de la Iglesia de la Asunción. Luego lo escribí más que nada para no olvidarme de la historia.
Uno piensa que es preciso pelear contra la agresión creciente de la tele con la fuerza de la palabra hablada, no leída.
Si contáis este cuento a vuestros hijos, no os olvidéis de comenzar, con el “érase una vez”, y terminar, como toda la vida, con “colorín colorado este cuento se ha acabado”.
Como la historia ha quedado un poco larga la dividiré en tres partes.

Primera parte


Por aquella época aún no se había inventado el regaliz; pero como Abel tenía la manía de darlo todo, sus amigos empezaron a llamarle así: Regaliz.

Abel tenía 9 años, y era muy generoso. Si le ofrecían algo de comer se lo llevaba a casa, porque sus padres eran muy pobres; pero si se trataba de un juguete o de cualquier otra cosa, lo regalaba a sus amigos:

—¿Te gusta, Lucas? Para ti. Te lo regalo.

—No seas así, Regaliz. Quédatelo tú… Deberías pensar un poco en ti mismo.

—¿Y yo para qué lo quiero?

—Guárdalo —le insistían sus amigos—. Algún día te servirá.

—¿Y dónde me lo podría guardar? No tengo armario, ni cajones, ni nada. Y los bolsillos del pantalón están llenos de agujeros.

La verdad es que Regaliz era superpobre. En efecto, no tenía casa, ni cama, ni juguetes… Sus padres vivían de prestado en una cabaña y pedían limosna para poder comer.

A Regaliz, sin embargo, ser rico o pobre no le preocupaba gran cosa. Él siempre conseguía lo necesario y hasta llevaba a casa la cena, gracias a que los vecinos del pueblo le pagaban los muchos favores que hacía a todo el mundo.

El único juguete de Regaliz eran las aves: le encantaba contemplarlas, perseguirlas por el campo, localizar los nidos y coleccionar las plumas que perdían en el bosque. Las guardaba en una bolsa que siempre llevaba al hombro.

Según él, conocía los nombres de todos los pájaros de la región y era capaz de distinguirlos en vuelo, aunque estuvieran muy lejos, sólo por la forma de mover las alas. Claro que sus amigos no se fiaban demasiado.

—¿A que no sabes qué pájaro es aquél que se ve allá lejos?

—Ni tú tampoco.

—Claro que lo sé: es un reiazul.

—¡Valiente tontería!, ningún pájaro se llama así.

Tenía razón su primo Andrés. Reiazul no es un nombre de pájaro. Pero es que en aquella época casi ningún pájaro tenía nombre.

A Regaliz le habían enseñado en la escuela que, en el Paraíso Terrenal, nuestros primeros padres habían puesto nombre a cada uno de los animales, desde los mosquitos a los elefantes. Pero también había oído decir que Adán y Eva tuvieron que salir corriendo de aquel lugar. Así que lo más probable es que se dejaran la lista de animales olvidada junto al famoso árbol de la manzana.

—¡Pues Reiazul se llamará Reiazul —insistía Regaliz—, al menos mientras no encuentre un nombre mejor.

Cuando hablaba así, sus amigos le tomaban el pelo; pero, en el fondo, le tenían verdadera admiración porque decía cosas la mar de originales, que nadie en el pueblo podía discutir.

Una tarde, al volver del campo, por poco se tropieza con un pájaro que estaba picoteando piñones junto al camino. Era muy grande y hermoso: tenía el pico rojo, el pecho verde, y la cabeza amarilla con un penacho dorado. La cola era larguísima como la de un faisán, pero de muchos más colores.

El ave se sobresaltó al ver a Regaliz y levantó el vuelo tan bruscamente que perdió una pluma de la cola.

—¡Qué maravilla! —pensó Abel—. ¡Ésta, para mi colección!

Y mirando fijamente al ave que se alejaba, declaró:

—Tú te llamarás Pierdeplumas crestado.

Camino adelante, empezó a pensar que la pluma era demasiado bonita para una colección tan pobre como la suya. Le daba no se qué guardarla en una bolsa fea y pequeña entre plumas de gorriones, de pardillos o de estorninos. Total, que mirándola y remirándola, decidió que, si se le presentaba la ocasión, podría regalársela a alguien que la necesitara más: a un cazador, para que se la pusiese en el sombrero; a un famoso poeta, para que escribiera versos con ella o incluso a un rey, para que firmara decretos y leyes.

continúa...




martes, 6 de mayo de 2008

El piropo como terapia


Ha pasado mucho tiempo, pero como sé que los protagonistas de esta anécdota van a leer lo que escriba hoy, con su expresa autorización, trataré de ser discreto sin perder la objetividad.

Pongamos dos nombres al azar: Marta y Pablo. Por entonces llevaban dos años casados y aún no tenían niños.

Marta era, y sigue siendo, una morena con cara de adolescente bravía. Pablo siempre me pareció un señor mayor. Vestía chaqueta y corbata por exigencias de su empresa y andaba repeinado como un notario de provincias aunque aún no había cumplido los treinta.

El conflicto se vino fraguando durante los meses anteriores por algo relacionado con sus respectivas familias políticas, y estalló en el hiper un fin de semana que fueron de compras. Pablo era partidario de llenar el carro a tope y a Marta le agobiaba tanta mercancía. El caso es que se llamaron de todo y casi llegan a las manos. Como se ve, lo más parecido a una riña de segundo de bachillerato.

El sábado me telefoneó Marta; el domingo, Pablo. El lunes vinieron al colegio los dos juntos. Me los encontré en la sala de visitas, serios y huraños como dos chavales enrabietados. Según Marta, el divorcio era inevitable: “irreversible”, dijo una y otra vez masticando cada sílaba. Pablo parecía no oírla, y yo trataba de aparentar que el asunto me inquietaba muchísimo.

El careo inicial no dio resultado, así que salí un momento y regresé con un par de folios.

—Como no tengo mucho tiempo —les dije—, os voy a poner deberes. Pablo, tú ve escribiendo en este papel diez cosas buenas de Marta.

—¿Cosas buenas?

—Sí, diez virtudes concretas. Seguro que, si lo piensas un rato, algo se te ocurrirá. Y tú, Marta, haz lo mismo: diez cualidades de tu marido.

No parecieron muy felices con la tarea, pero allí los dejé, cada uno con su boli y su papel.

—Cuando hayáis terminado, me avisáis. Estoy en la capellanía.

¿Cuánto tardasteis, Marta? Yo creo que más de un cuarto de hora. Al fin me entregaron los folios y me dispuse a leerlos en voz alta.

—Marta, esto es lo que dice Pablo de ti.

Recuerdo muy bien la primera de sus cualidades: “Marta es muy alegre y me hace reír…”

—Sí, claro —intervino ella—. O sea que soy una payasa…

—Segunda cualidad…

Me gustaría recordar la lista entera, porque era el elenco de piropos más sincero y divertido que recuerdo haber visto jamás. Como es lógico, se llevaron los folios para repasarlos de vez en cuando. Espero que los conserven hasta las bodas de oro.

Allí terminó aquel conflicto. Marta y Pablo regresaron a casa tan contentos que incluso me invitaron a merendar unos días después. Pasaron los años y bauticé a la mayor, a la segunda, al tercero…

Demasiado sencillo parece todo esto, ¿verdad? Ojalá las crisis matrimoniales se resolvieran siempre con esa facilidad; pero la historia es verídica y la receta de los dos folios sigue siendo eficaz en bastantes casos. Algunos que yo me sé podrían ponerla en práctica.

Cuando me toca casar a una pareja, suelo pedir a los novios que me digan los defectos del otro o de la otra, y, si no son capaces de concretar unos cuantos, les explico en broma que los matrimonios entre arcángeles no están contemplados en el derecho canónico.

Luego, cuando ya están casados, suelo invitarles a descubrir cada una de las virtudes y cualidades del cónyuge. Los defectos…, se descubren solos y no vale la pena analizarlos demasiado.


lunes, 5 de mayo de 2008

Panorama desde el puente (II)


Anteayer por la mañana subí a lo alto más alto del Puente Colgante. Me dijo Kloster que sería como escalar la Torre Eiffel, pero no hay color: la torre Eiffel no tiene transbordador, ni ría, ni un océano que contemplar.

El panorama desde el puente era de una insólita limpieza, gracias al viento sur huracanado que se levantó muy temprano. Saqué un par de fotografías con el móvil, y sentí de nuevo el placer de ver a la gente muy pequeñita allí abajo. Me pregunto si la soberbia humana tiene algo que ver con el gustirrinín que uno experimenta al verse más alto que nadie.

—No olvides —me dijo Pascalle cuando bajábamos en el ascensor— que ahora tú y yo somos esos seres pequeñitos que veíamos desde arriba.

Tenía razón. Una experiencia de este tipo también puede enseñarnos a ser humildes. Es bueno recordar que somos sólo un poblado de hormigas, y parece ridículo ese empeño que tenemos por ponernos de puntillas para parecer más grandes que la hormiga vecina.

—Tampoco te pases, amigo. Hormigas, sí, pero de Bilbao.





domingo, 4 de mayo de 2008

Café Tacilla

Hagamos una pausa. Tomemos un café

sábado, 3 de mayo de 2008

Panorama desde el puente


“Panorama desde el puente” es el título de una obra teatral de Arthur Miller que, desde el puente de Brooklyn, contempla el drama de los inmigrantes ilegales, sobre los que se cierne la amenaza de los funcionarios de inmigración.

Pero yo hablo de otro puente y de otro panorama: el puente del 1 de mayo, que, en Madrid, se refuerza con la fiesta del día 2 y nos permite saltar hasta el domingo, y el panorama de la huida, de la gran evasión que mueve millones de automóviles por las carreteras.

También yo me uní a la marcha, y al llegar a San Sebastián de los Reyes tuve la extraña sensación de encontrarme dentro de una de esas películas de terror y de catástrofes siderales que hablan de la inminente llegada de un meteorito a la tierra. El pánico se desata, comienzan los saqueos y las gentes huyen por las autopistas camino de ninguna parte.

La caravana era cada vez más densa. Desde el interior de mi vehículo sentía en la nuca el aliento de los que me seguían y la ansiedad creciente de todos. Por adelantar dos puestos en la fila, el propietario de un Ibiza se jugaba la vida acelerando por el arcén e incorporándose de tanto en tanto a la izquierda. En la gasolinera, todos querían (¿queríamos?) ser los primeros en llenar de combustible el depósito y en abastecernos de comida basura para el camino.

Los fugitivos vestían como presidiarios: ellos, sin afeitar, con pantalones pirata, pelos al aire… Ellas, a tono con sus parejas. Los niños gritaban en tres o cuatro idiomas.

¿De qué huimos? ¿A dónde nos llevaba el puente?

Desde puente de mayo al Puente Colgante tardé bastante más de lo previsto, pero aún tuve tiempo para detenerme en una ermita cerca de Aranda de Duero y hacer mi primera romería de mayo.

Cuando regrese, nos darán la cifra de muertos; o sea, como en los encierros.

viernes, 2 de mayo de 2008

50 razones

Me envían este vídeo. Lo han hecho unos cuantos amigos del Colegio Mayor Moncloa, de Madrid.

Estamos en mayo.




La risa de la Virgen


He encontrado esta fotografía hace escasas semanas. No sé cuándo fue tomada, pero probablemente se trata de una imagen reciente. A mí sin embargo me ha traído a la memoria con todo detalle una anécdota antigua, que había olvidado por completo. Al recordar la historia, la he escrito deprisa y la he mandado a "Mundo Cristiano" y al boletín mensual de Torreciudad: estamos en mayo, el mes de la Virgen.

Se han cumplido treinta años de mi primera visita a Torreciudad. Fue en marzo de 1978, y precisamente un día de mucha niebla.

Ninguno de los cinco sacerdotes que salimos de Valencia habíamos estado en aquel nuevo santuario de la Virgen. Ni siquiera conocíamos Barbastro ni el alto Aragón, pero nos prestaron un coche grande, un Chrysler de lo más espectacular, y nos pusimos en marcha. Eran las 12 del mediodía.

Mis acompañantes lo recordarán muy bien, porque ya están ya en el cielo, y, como todo el mundo sabe, en el cielo uno se acuerda de todo.

El viaje se presentaba plácido y soleado. La autopista del Mediterráneo, recién estrenada, nos llevaría por la costa hasta El Vendrell. Desde allí iríamos a Lleida y Barbastro para hacer noche en un hotel a pocos kilómetros de Torreciudad. Al día siguiente haríamos una romería a la Virgen, celebraríamos Misa en el Santuario y regresaríamos a Valencia por la tarde.

Pero llegó la niebla. Nada más abandonar la costa, nos vimos envueltos en una nube negra que ya no nos abandonó. El coche, que había volado por la autopista, se arrastraba como un gusano a cuarenta kilómetros por hora. Hubo momentos duros, incluso de desaliento. La luz de los faros parecía rebotar en una muralla gris cada vez más impenetrable.

Nos detuvimos un par de veces para descansar y llamar por teléfono. Desde Torreciudad nos comunicaron que allí también la niebla era densa y nos aconsejaron que hiciéramos noche por el camino a la espera de que, al día siguiente, el viento disipara la nube.

Dormimos como troncos; pero por la mañana la niebla seguía en su puesto.

El resto del viaje tampoco fue fácil. Tardamos casi dos horas en recorrer los 90 kilómetros que nos separaban de Barbastro. Luego, la carretera hacia Torreciudad, estrecha y enredada, parecía no terminar nunca.

Después de rezar la primera parte del Rosario, llegaron las bromas:

—¿Tú crees que habrá niebla dentro de la iglesia?

—Lo importante es que manosees bien todo el edificio para hacerte una idea, porque me parece a mí que verlo va a ser difícil.

Aún faltaban algunos kilómetros cuando oímos, o creímos oír, el sonido de unas campanas.

—¡Che, tú! ¿Qué es eso…?

—No puede ser. Estamos muy lejos todavía…

Nunca supimos si aquellas campanadas venían, en efecto, de Torreciudad, pero yo estuve seguro desde el principio, y más aún cuando, ya en el santuario, volví a escucharlas. Dicen que, con la niebla, los sonidos se propagan a grandes distancias.

En ese momento se despejó el cielo y vimos, por primera vez, a lo lejos, la silueta de la torre que emergía de una nube.

—Es la risa de la Virgen —dijo el que iba a mi lado de copiloto—. Nos ha puesto difícil el camino, pero ahora nos recibe con una carcajada.

Cuando llegamos al Santuario la niebla lo cubría todo de nuevo. No había un alma en la explanada ni en ningún otro sitio, pero las puertas del templo estaban abiertas y, por los altavoces exteriores se oía una voz muy firme y convincente:

—Dentro de cinco minutos dará comienzo la Santa Misa. Todas las personas que quieran confesarse encontrarán sacerdotes a su disposición en las capillas de confesonarios…

¡Había tanta fe en aquella voz que sonaba en el desierto! Aquel día creo que fuimos los únicos peregrinos de Torreciudad.

Desde entonces he vuelto muchas veces y he sido testigo del gran milagro que se ha producido en estos treinta años. He visto la explanada abarrotada de gentes de todas las edades, pero, sobre todo, de chicos y chicas. Y siempre he visto sonrisas y he oído risas, muchas más risas que en cualquier otro lugar sagrado del mundo.

Que nadie se escandalice si, al llegar allí de romería durante este mes de mayo, comprueba que la explanada, frente al templo, es un hervidero de gentes que ríen. Están contentos porque en Torreciudad hay un torrente de Gracia que sale de las capillas de los confesonarios, y ese torrente se convierte en risas, abrazos y alegría desbordante.

Comprendedlo y probadlo también vosotros. El camino algunas veces resulta duro, pero vale pena escuchar en el alma la risa de la Virgen.