Tercera Parte
Caminaba Regaliz por la orilla del lago cuando vio una multitud a lo lejos, en la ladera de la montaña. El sol del atardecer iluminaba la figura de un hombre vestido de blanco que, sentado en lo alto de una roca, parecía hablar a los demás.
Movido por la curiosidad, fue acercándose poco a poco. Al principio no oía bien las palabras, pero sí la voz de aquel hombre, que era recia como un trueno y, sin embargo, cariñosa y dulce como una melodía.
Regaliz empezó a subir por la pendiente. Pocos minutos después se encontró sentado junto a Jesús.
Sí, era Jesús, y estaba rodeado de sus apóstoles, de los discípulos y de una inmensa multitud: había hombres, mujeres y niños. La mayoría no eran de allí (Abel conocía muy bien a la gente de aquellas tierras). Muchos estaban enfermos, y en los rostros de todos se leía el cansancio de una larga caminata.
Jesús contaba cuentos. Hablaba de pescadores, de un hijo que se marchó de casa, de un sembrador que echaba a voleo la semilla…
Y a Regaliz —como a todos— se le pasaron las horas sin darse cuenta.
Había empezado a anochecer cuando Jesús hizo una pausa y fijándose en la multitud que le escuchaba como embobada, se dirigió a un discípulo alto y de barba roja que estaba a su lado:
—Deberíamos comprar panes para que coman todos éstos, ¿no te parece, Felipe?
Felipe contestó:
—Pero, Señor… Harían falta más de doscientos denarios de pan para alimentar a tanta gente. ¿De dónde quieres que los saquemos?
—¿Cuantos panes tenéis?
Felipe y los demás apóstoles no sabían qué contestar. Seguramente se trataba de una broma de Jesús. Pero Abel, que había oído toda la conversación, comprendió que había llegado su momento, y dijo al oído de Andrés.
—Oye, yo tengo cinco panes y dos peces. Dile a Jesús que se los regalo.
Andrés sonrió:
—Aquí hay un chico que tiene… Pero ¿qué es esto para tantos?
Jesús se acercó a Abel:
—¿Me los regalas, Regaliz?
Al oírse llamar así, casi se muere del susto.
El Señor, entonces, tomó en sus manos los panes y el pescado, y mandó a la gente que se sentasen en grupos, porque, según dijo, iba a empezar la merienda. Entre el chico y los apóstoles encendieron unas brasas para asar los peces, y el aroma se extendió por la montaña, y abrió aún más el apetito de todos.
—Oye, ¿pero no habíamos quedado que sólo tenías dos peces? —preguntó Tomás— ¡Yo ya he asado cinco!
—Y yo cinco más, contestó Abel.
—Y yo diez, aseguró Mateo.
Para entonces los panes se habían multiplicado por cien o por mil, y las gentes, que no sabían muy bien lo que estaba pasando, aplaudían, gritaban y cantaban llenos de entusiasmo.
¡Cómo disfrutó Regaliz repartiendo sus panes y su pescado entre todos!:
—Toma, para ti. ¡Te lo regalo! Y si necesitas más me lo pides, ¿vale?
Al terminar, era ya de noche. Jesús se levantó e hizo ademán de marcharse.
A Abel le dio un vuelco el corazón. No se le había ocurrido que aquello pudiese terminar así, tan pronto. Echó a correr detrás de Jesús, y gritó:
—¡Espérame. Yo me voy contigo!
El Señor se detuvo, sonrió y con un pañuelo blanco limpió las lágrimas que ya se le escapaban a Regaliz.
—Todavía no. No te preocupes. Volveremos a vernos. Ahora tienes que ir a casa… Además hay que recoger las sobras. No querrás dejarlo todo así de sucio, ¿verdad? Mira a ver si puedes llevar algo a tus padres.
Abel regresó a casa ya muy tarde.
—¿Se puede saber dónde te has metido? ¿Qué traes ahí?
—He estado con Jesús. Entre los dos hemos dado de comer a miles y miles de personas. Mirad, aquí os traigo algo de lo que ha sobrado.
Abel les enseñó una gran cesta llena de panes y de peces.
—¿Pero cómo…?
—Muy sencillo. Pierdeplumas me regaló una pluma, y, al final, mira en lo que se ha convertido.
Antes de acostarse, abrió la bolsa para sacar las plumas de su colección. Pero…, ¿qué era aquello? Había también un pañuelo. Y todavía estaba húmedo de lágrimas… Jesús se lo había metido allí, sin que él se diera cuenta.
Regali
z comenzó a extender el pañuelo sobre la estera donde dormía. Y de nuevo sintió que el corazón se le aceleraba. Allí estaba la pluma otra vez: blanca, amarilla, roja y dorada.
Aquella noche tardó mucho en conciliar el sueño. Se durmió de madrugada con la pluma en la mano, pensando a quién se la podría regalar.








