
—Se lo prometo. Ya lo verá. De este mes no pasa. Le llamo cualquier día y le invito a comer en mi nuevo piso. Así conoce a mi marido y a los niños.
—Mira, déjate de invitaciones. Tú ven a verme alguna vez, o mejor cada quince días, y charlamos un rato como en los viejos tiempos.
—Sí, por supuesto, pero es que yo tengo interés en que conozca a Juan. Él sí que necesita un repaso, aunque es muy buen chico, no crea. Bueno, yo también debo pasar por la garita, desde luego; pero es que ahora estamos con la mudanza. Ya verá, dentro de una semana, dos a lo sumo…, como tengo su teléfono y su correo…
Me miraba igual que cuando hacía primero de bup, con la misma carita de susto de entonces. ¿Cuántos años habían pasado? ¿Quince, veinte…? Siempre fue muy elocuente, pero a medida que crecía su interés porque yo la creyera, iba convenciéndome de que no volvería a verla, a no ser que nos encontrásemos de nuevo, por casualidad.
Han pasado tres o cuatro meses y ha ocurrido esta misma mañana. Ella va por la otra acera de la misma calle. Lleva un abrigo oscuro y una especie de gorro de lana. Supongo que no me ha visto, porque yo voy en coche. He tocado el claxon sólo un poco, y no sé; juraría que me ha mirado de reojo antes de acelerar decididamente el paso.
La encomiendo al Señor y espero que lea esta entrada de hoy. Me dijo que conocía mi globo, que es lo primero que lee cada mañana... ¿Será verdad?