Lo decía esta mañana un tipo en la puerta del bar de la esquina.
--¡Que llega la Siberiana!
Estaba el buen hombre con un pitillo en la mano izquierda y un diario gratuito en la derecha. Me saludó con gesto de resignación y comenzó a dar saltitos para entrar en calor.
La siberiana no es una línea aérea ni una mutación de la gripe, sino una ola que, al decir de los meteorólogos, nos congelará las orejas de un momento a otro.
A Kloster, que combatió en Leningrado durante la última guerra, todo esto le parece una exageración. Y yo, como soy de Bilbao, he decidido quitarme el jersey para recibir a la siberiana.
Hace treinta años, antes de la globalización, las lluvias venían de Galicia y el frío de los Pirineos. Ahora hasta las borrascas son extranjeras.
Esperemos que la siberiana congele a la prima de riesgo y a su cuñada.




