sábado, 26 de octubre de 2019

Ahora y en la hora de nuestra muerte.


A pesar de su fama de pájaro de mal agüero, al búho no le gusta hablar de la muerte. Sin embargo no la teme. Él, como todas las aves, se esconde para nacer y para morir. Es el pudor con el que Dios ha querido proteger la intimidad de sus criaturas defendiéndola de miradas indiscretas.El búho avista su muerte con los ojos muy abiertos, pero sabe que esa mueca de asombro nunca llegará a contemplar el rostro de su Creador. 


El otoño llegó tarde a su cita, pero ya está aquí, solemne y melancólico, vistiendo de oro las hojas de los árboles, que se preparan para la muerte helada del invierno. A las puertas del mes de noviembre, la Iglesia nos invita a mirar a los que vencieron la última batalla de su vida y viven con Cristo en el Cielo —es la fiesta de Todos los Santos—, y a los que esperan en la antesala, porque aún necesitan purificarse en el Purgatorio; es la conmemoración de los Fieles difuntos. Todos ellos forman parte de la única Iglesia de Cristo, que es Triunfante en el Cielo y aguarda la dicha en el Purgatorio.
Entre tanto, los que todavía caminamos en la tierra no podemos olvidar que para alcanzar la meta hemos de pagar el peaje de la muerte.
¿Me atreveré a romper el tabú? ¿Podré escribir unas pocas líneas sobre el misterio de la muerte? ¿Dejará de leer alguien esta página si recuerdo lo que muchos parecen empeñados en ignorar?
—No te obsesiones con el pasado  —me dijo el búho una noche—; ya no existe; apenas es un rastro nebuloso  en tu memoria. Y no pienses con angustia en el futuro;también es incierto: no sabemos si será mejor o peor. Ni siquiera sabemos si será. Por tanto no lo conviertas en un dios. Solo cuenta la meta. 
Tiene razón mi amigo sabio. Y podría añadir que sólo hay dos fechas importantes en esta vida: la primera se llama "ahora", es este segundo en el que el tiempo toca con la eternidad. La segunda, que llegará sin dudarlo, es la hora de la muerte. Un día el "ahora" coincidirá con el momento de morir, y entonces el Amor nos juzgará por la cantidad de amor que llevemos, no por nuestro curriculum vitae.
—Pero en ese juicio contarán las obras del pasado…
Claro que sí. Las acciones pasadas, buenas o malas, van configurando el presente. La belleza o fealdad con que se presente nuestra alma ante su Creador será el fruto de la semilla que hayamos plantado a lo largo de los años transcurridos. Pero no queramos vivir de las rentas ni nos agobie el peso de las culpas ya perdonadas. Hay que vivir al día, con lo puesto, ya que Dios es capaz de renovarlo todo en un instante.
Carpe diem!, decían los clásicos. Aprovecha el instante, pero no con la angustia del hedonista que necesita consumir hasta el último pastel de la nevera, no sea que mañana esté vacía, sino con la fe y la Esperanza de quien sabe que el amor se conjuga en presente de indicativo, que mi amor de ayer y el de mañana no valen nada. Sólo cuenta el de ahora.
Hay que amar a Dios ahora, y nuestro amor será eterno. Ganemos la batalla de ahora como si fuera la primera o la última de nuestra vida. Y pidamos muchas veces a nuestra Madre que ruegue por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte.




miércoles, 23 de octubre de 2019

El globo se desinfla





Lo estáis viendo. Ya no es lo que era. Este globero a duras penas consigue mantenerlo en el aire. En primavera traté de darle nueva vida y empecé con entusiasmo adolescente; pero ahora constato que, por mucho que sople, mis pulmones no tienen fuerza suficiente para hinchar este artefacto y hacer que vuele como en sus buenos tiempos.
Reconozcámoslo: tuvimos un pasado memorable y me siento orgulloso de haber capitaneado la nave durante doce años, pero debo abandonar ahora que estoy a tiempo. La decrepitud avanza, y a mi globo le empiezan a salir arrugas. 
Hablando en serio: la jubilación me ha traído un incremento notable de trabajo y también una pérdida evidente de reflejos. No puedo quejarme: siempre quise llegar a viejo y, gracias a Dios, lo he conseguido sin demasiado esfuerzo. No me respondáis que estoy joven: sería un insulto. Me gusta la vejez y que me traten de usted hasta las aves del cielo. Sólo me tutean los niños de primaria, con los que abueleo cada día en el cole.
Por tanto, de ahora en adelante quizá cuelgue un post cada semana. Aprovecharé el finde para reflexionar y para escribir con calma, gota a gota, sin prisas de reportero.
Ayer enterramos a José María Pérez Herrero, un hombre santo de 94 años, al que atendí hasta el último día de su vida. Fue probablemente la persona con más ímpetu apostólico que he conocido en estos últimos tiempos. Acercó a Dios a centenares de hombres y mujeres. Dio catequesis a niños, a adolescentes y a adultos; españoles e inmigrantes. Tuvo amigos de todas las clases, y sabía escuchar, sonreír, alentar y contagiar su fe y su amor a Dios.
Además fue un profesional de primera fila. Recibió la medalla al mérito civil, y trabajó al servicio de la administración del Estado durante muchos años.
Hoy llueve sobre Madrid. Otoño llora por fin. Es una buena noticia.

domingo, 20 de octubre de 2019

Volver a empezar




Hoy, tercer domingo de mes, tenemos retiro en mi casa y, como es habitual,  me toca predicar dos de las tres meditaciones.  No me supone un gran esfuerzo. Con el paso del tiempo, hacer la oración en voz alta —en eso consiste dar una meditación— resulta cada día más fácil. Ya no me queda nada que aquella timidez de mis primeros años de sacerdote.
Hay sólo seis personas en el oratorio y todos nos conocemos bien. Ellos saben de memoria mis defectos; son testigos habituales de mis miserias y de los "triunfos" que uno se adjudica estúpidamente olvidando que el único vencedor de esas batallas es el Señor.
Los temarios de las meditaciones han cambiado muy poco en estos años. En el mes de octubre toca hablar de "Recomenzar", un título ambiguo que puede sonar estimulante cuando uno es joven o desalentador cuando se encamina hacia el final.
Ayer, mientras preparaba la meditación, pensé en esos cientos de miles de personas que huyen de la guerra, de la persecución o de la pobreza y desembarcan en pateras en nuestras costas o tratan de llegar a los países ricos de América del norte en busca de una nueva vida. Con frecuencia llegan sin nada. Han dejado atrás hasta su identidad. No quieren ser reconocidos para evitar que los devuelvan a su país de origen. Su documentación es el hambre, la miseria y quizá también la esperanza. Ellos sí que sueñan con "volver a empezar".
Me digo a mí mismo que "recomenzar" es una palabra tramposa, porque sólo se empieza una vez. Si tratamos de volver al punto de partida comprobamos que nada es como entonces. El paisaje de nuestros recuerdos ya no existe; la capacidad de entusiasmo se nos ha atrofiado; ya no tenemos la energía de entonces; y las ilusiones primeras se nos antojan quiméricas. Todo parece conducirnos al escepticismo, incluso al cinismo.
Y, sin embargo, en la vida espiritual siempre es posible recomenzar. San Juan, en el Apocalipsis, lo proclama con claridad:
—Yo hago nuevas todas las cosas.
Habla el Apóstol de los nuevos Cielos y la nueva tierra que Dios nos prepara al final de los tiempos; pero también ahora podemos experimentar esa renovación total de la que habla la Escritura. En el Sacramento de la Penitencia no sólo se nos perdonan los pecados; también se curan las heridas, se rejuvenece el alma y la Gracia Santificante nos regala una nueva vida. Volvemos, de verdad, al kilómetro cero, y podemos decir al Señor:
—¡Ahora empiezo! Estoy dispuesto a luchar como el primer día. Ayúdame a recordar mis viejas caídas sólo para pedirte perdón otra vez, no para angustiarme pensando que no tengo remedio.
(Así he comenzado el retiro. El resto fue más fácil)
 

viernes, 18 de octubre de 2019

Un "secreto"



En la Misa de las 12 y cuarto del colegio, consumo el Santísimo como todos los viernes, y a continuación salgo hacia el parking en busca del coche, pero me alcanza corriendo un chico de sexto de primaria.
—Es que quiero confesarme...
Le digo que por supuesto, y regresamos los dos al oratorio. Al terminar, veo que, en el primer banco, de rodillas, hay un niño muy pequeño llorando sin el menor disimulo. Es un chiquillo de 6 años, que estudia 2º de primaria.
—¿Qué te pasa? —le pregunto—.
—No está Jesús, ¿verdad? —me dice señalando al Sagrario—.
Le explico que Jesús siempre está a nuestro lado, pero me interrumpe:
—Es que quiero pedirle una cosa, y si no está...
—Si quieres la puedo pedir yo contigo.
Me la ha contado al oído. Es una cosa buenísima, un "secreto" estupendo que  no revelaré ni aunque me torturen. El Señor ya se la ha concedido, aunque él todavía no lo sepa.
No es un acertijo, por supuesto, sino una lección de fe y de piedad.
 

jueves, 17 de octubre de 2019

El atasco



Salgo de casa a las nueve en punto de la mañana con la idea de aterrizar en el cole en menos de media hora. Caen las primeras gotas típicamente otoñales, ya sin truenos ni relámpagos veraniegos; es una especie de sirimiri congelado que da a este jueves un aire de lunes provinciano, húmedo y triste. Empiezo a rezar la primera parte del rosario, y el tráfico se va espesando poco a poco. No entiendo lo que pasa. Cuando uno hace cada día el mismo trayecto a la misma hora, no suele encontrar demasiadas sorpresas. Pero hoy… La hora punta debería haber terminado ya, y sin embargo algo muy gordo están maquinando los duendes del tráfico urbano.
Antes de llegar a M30, que es la vía de escape que rodea la ciudad, la caravana motorizada se detiene por completo. Un minuto, dos…, diez. Salgo del coche para echar una ojeada y compruebo con horror que el atasco afecta a todos en todas partes. Las calles adyacentes también están colapsadas. Madrid es una foto fija. Suena la sirena de una ambulancia. Tendríamos que permitirle el paso, pero ¿por dónde?
Quinto misterio gozoso: "el Niño perdido y hallado en el Templo". Siempre he pensado que  debería enunciarse de otra forma: "los padres perdidos y el Niño en el Templo": pero hoy no estoy para juegos de palabras. Soy un cura pedido en el tráfico que tiene que celebrar la Santa Misa dentro de media hora, y me temo que no va a ser posible. Envío un mensaje a mi teórico sustituto, y recibo una contestación inmediata: "¿puedes creerte que he salido de casa hace media hora y solo he recorrido cincuenta metros?" Me lo creo; es el atasco universal. Ha llegado el fin del mundo. De un momento a otro aparecerá el Hijo del Hombre sobre las nubes del Cielo.
Termino la segunda parte del Rosario y enciendo la radio. Todos hablan de otro gran atasco; el que han provocado en Barcelona las manifestaciones callejeras de estos días.
Cambio de táctica: tengo que pensar qué puedo escribir en el globo. Llevo ya cuatro días en blanco por culpa de un atasco de ideas que se ha generado en mi sesera como consecuencia del exceso de trabajo. Ayer por la noche terminé de redactar un texto demasiado largo sobre una cuestión demasiado compleja que me encargó un colega al que siempre hago demasiado caso. Antes dediqué varias horas a preparar las 22 meditaciones de un curso de retiro que debo predicar dentro de pocos días. Podría resucitar viejos guiones que duermen en las entrañas del ordenador, pero me resisto a utilizar refritos. Por último, caigo en la cuenta de que aún no he enviado mi colaboración para "Mundo Cristiano", y me han sugerido que, para noviembre, hable de la muerte. Digo que bueno, pero mi pluma no corre con la fluidez de otros días. Además me he quedado sin tinta.
Son casi las diez de la mañana. Una emisora local explica que el atasco tiene algo que ver con una huelga de conductores del Metro, con un accidente en la M40, con la lluvia y, por supuesto, con el gobierno.
A las diez en punto, inesperadamente, los coches desaparecen y yo salgo disparado. Se diría que han sido abducidos por una nave extraterrestre, pero no me hago preguntas. Aún llegaré a tiempo de celebrar la Misa a los niños de 6º de primaria. ¿De qué les hablo en la homilía?
Ya estoy en el altar. Un retaco de diez años, que apenas llega al atril, hace la primera lectura. Después del Evangelio me decido a hablar del Santo del día: San Ignacio de Antioquía, que murió mártir devorado por los leones en Roma en el año 103. Los chavales están súper atentos. No se pierden una sílaba, sobre todo cuando les describo con detalles la historia de los leones.
Son las ocho de la tarde. Al fin, en casa. Se han disuelto todos los atascos.

domingo, 13 de octubre de 2019

Salve Regina (y VII)


"Y, después de este destierro, 
muéstranos a Jesús el Fruto bendito de tu vientre."



Et Jesum, benedictum fructum ventris tui, nobis post hoc exilium ostende. 

Todas las plegarias marianas nos llevan al Señor, son cristocéntricas. A Jesús siempre se va y se "vuelve" por María, dice un punto de Camino. Los chiquillos comienzan así su viaje hacia el Cielo; descubren enseguida a nuestra Madre y aprenden a rezar con Ella. Luego la Virgen extiende los brazos y les muestra al Niño, que siempre está en su regazo envuelto en pañales.
¿Y los adultos? Los que cargamos con la triste experiencia del pecado, hacemos lo mismo; regresamos a casa, abatidos y sucios, porque el destierro es triste. "Volvemos" como si fuera la primera vez, y María Santísima nos recibe en sus brazos con una sonrisa; nos allana el camino de la penitencia, limpia la suciedad acumulada en nuestra alma, nos perfuma con "esos sus ojos misericordiosos" y nos invita a entrar en el refugio de su regazo para que descubramos de nuevo al Niño Jesús, que es el Fruto bendito de su vientre.
La Salve termina con tres "Oes". O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria, y entonces la oración se convierte en música, en himno de gloria. Os confieso que no soy capaz de rezar la Salve en latín sin tararearla por dentro. Sencillamente, "no me sale".
Hoy termino aquí este breve comentario de la Salve pidiendo perdón a mi Madre por no haber sabido expresar con palabras toda la belleza de esta oración con la que tantos enamorados la han cortejado a lo largo de los siglos.

jueves, 10 de octubre de 2019

Más oro en el cole



Esta mañana hemos concluido —espero que del todo— los "festejos" con motivo de mis bodas de oro sacerdotales. Entendedme, estoy encantado, pero también un poco confuso.
A estas alturas de la vida, uno ya no se pone nervioso por una ceremonia litúrgica más o menos larga o complicada, pero hoy sí que lo estaba. Será porque todo se centraba en mí, y aunque lleve encima unos cuantos kilos de vanidad, soy consciente de que no he hecho otra cosa en estos 50 años que pasármelo en grande. He trabajado casi siempre con gente joven, lo que me ha servido para no alejarme de la realidad. He tratado a miles de chicos y chicas, niños y niñas; pero también a centenares de matrimonios jóvenes y menos jóvenes. He celebrado muchas bodas y más funerales, siempre de personas conocidas y queridas. Si además resulta que apenas he tenido problemas de salud, ¿qué mérito tengo?
En la Misa que hoy me han organizado en el cole he distribuido unas doscientas comuniones con la ayuda de José Luis, que acaba de ordenarse sacerdote. He predicado lo que buenamente me sugirió el Señor y he dado gracias a Dios por tantas personas buenas que han venido a acompañarme en la fiesta. 
Mis antiguas alumnas de Aldeafuente están como siempre, como si fueran de BUP solo que rodeadas de niños. 
Son casi las ocho de la tarde y aún no he acabado de responder a los centenares de mensajes que van entrando en el móvil.
Termino. No me coloquéis comentarios hoy. Tanto si son elogiosos como si ponen peros, se irán a la papelera. Mañana seguiremos comentando la Salve.
 

Paradojas geométricas


  

Charlando con Vicente...:
—En estos años me he alejado mucho Dios.
—Es verdad; pero Dios cada día está más cerca de ti.
—No lo entiendo.
—Yo tampoco, pero la geometría sobrenatural tiene extrañas reglas.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Las mates a los 7 años



En las clases de tercero de primaria, las intervenciones de los alumnos son siempre sorprendentes.
—A que tú conoces a mi bisabuela.
—A lo mejor. ¿Cómo se llama?
—Carmen.
—Carmen… ¿qué más?
—No sé.
—¿Y cuántos años tiene?
—Ciento dos.
—No está mal. ¿Y yo, cuantos años tengo?
El chaval contrae las cejas en un gesto de profunda reflexión.
—¿Ciento…, veinte?
Los demás alumnos me miran con atención para ver qué cara pongo, pero nadie parece sorprendido por la cifra.
—O sea, que soy más viejo que tu bisabuela…
—Sí, pero no se te nota nada.
Es un consuelo. Abandono el aula al borde mismo de la melancolía.