martes, 20 de agosto de 2019

Lecturas de agosto




Ya apenas leo libros de papel. Añoro su textura, el aroma que desprenden cuando se abren por primera vez. Hojear un libro y oír el aleteo de sus páginas recién estrenadas es un pequeño placer del que nos privan las nuevas tecnologías.
Por otra parte, desde que manejo un lector electrónico, un kindle que me trajeron los reyes hace tres años, puedo permitirme el lujo de leer más que nunca; a veces cuatro o cinco libros al mismo tiempo. En este pequeño aparatito lo tengo todo: desde los nosecuántos tomos de la Biblia de Navarra hasta la colección completa de mis novelas negras favoritas —Chandler, Ross Mac Donald, Hammett— y, por supuesto, cientos de esquemas de homilías, meditaciones y clases que yo mismo he ido elaborando.
Llega el verano y no necesito trasportar un quintal de libros en el maletero del coche para descansar de la civilización. Me basta con el kindle. Durante estos días estoy leyendo
  • "En vanguardia", de Mercedes Montero. La mejor biografía de Guadalupe Ortiz de Landázuri escrita hasta la fecha. Ya soy fan de Guadalupe gracias a este libro.
  • La conquista de América contada para escépticos, de Juan Eslava Galán. Un relato ameno y bastante riguroso de la gran epopeya que protagonizó España en aquellos siglos. Sería un libro muy recomendable, incluso para niños, si no fuera por algunas descripciones zafias e innecesariamente sensuales.  
  • Juegos de la edad tardía, de Luis Landero. tercera relectura. Ya hablé aquí de esta sorprendente novela.
  • Los Buddenbrook, de Thomas Mann, una fantástica novela que sólo puede saborearse poquito a poco. Thomas Mann se complace en ser un verdadero ladrillo; pero vale la pena.
  • Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, tercera o cuarta relectura del gran poeta de la ciencia ficción. Un clásico que nunca hay que perder de vista.
  • Coplillas del Marqués de Santillana. Un capricho.
  • Y, por supuesto, El criticón, de Baltasar Gracián, mi libro de cabecera desde hace más de veinte años. Cada día leo, al menos, una página.
¿De verdad estoy leyendo todo esto a la vez? Me temo que sí. De hecho he elaborado esta lista para convencerme a mí mismo de que es posible pasárselo en grande sin ver una sola serie de Netflix.

domingo, 18 de agosto de 2019

Demasiado personal



A veces no sé cómo etiquetar mis entradas en el blog. En muchos casos suelo incluirlas en ese cajón de sastre que llamo "diario". Luego pienso que, en efecto, esto parece un diario, incluso un diario íntimo que lanzo a la red con una desvergüenza digna de mejor causa.
Hoy, por ejemplo, llevo todo el día pensando en lo que hago aquí, en las meditaciones que predico cada día y en las conversaciones personales que mantengo con los que vienen a mi despacho en busca de consejo o de ayuda.
Llega la noche, hago examen de conciencia y pienso, en la presencia de Dios, que tengo mucha cara: "sermoneo" desde una mesa en el presbiterio y lo hago con cierta elocuencia, porque ya son 50 años de práctica pastoral. Y, sí, alguna vez me siento la mar de ufano… ¡Qué forma tan tonta de  hacer el ridículo delate del Sagrario! Por eso, al acabar, me siento avergonzado. Sé que algunos de los que me escuchan son más sabios, más santos y, por supuesto, más humildes que yo.
Entonces hago el propósito de no "pontificar", de predicarme a mí mismo y aplicarme el cuento luchando personalmente en aquello que "exijo" de los demás con tanta desfachatez. 
No sé si colgaré en el globo esta reflexión. Si lo hago esta noche, por favor, hoy no me llevéis la contraria.

sábado, 17 de agosto de 2019

Ferragosto




Si buscáis ferragosto en Internet encontraréis unas cuantas páginas copiadas las unas de las otras en las que se dice que se trata de una palabra italiana derivada del latín  feriae Augusti. A continuación, aseguran que comprende una serie de festividades introducidas por el emperador Ottaviano Augusto en el siglo XVIII a.C. (sic).
Como comprenderéis, en el siglo XVIII antes de Cristo no existía Octavio Augusto, ni Roma, ni el Imperio; pero en Internet vale casi todo. El primero en escribir esa tontería lo más probable es que no tuviera culpa alguna. Fue sólo una errata. Pero los que la reproducen sin detenerse a reflexionar un instante deberían darse golpes de pecho por plagiarios y copiones.
Ferragosto, en cualquier caso, es el tiempo de la canícula; otra palabra interesante que, según mi amiga la wikipedia, deriva de "can" (perro). Su alusión a la temperatura agobiante de estos días "tiene un fundamento astronómico: alude a la constelación Can Mayor y a su estrella Sirio, La Abrasadora, cuyo orto helíaco coincidía con el fenómeno de calor abrasivo".
El caso es que la canícula del ferragosto tiene un efecto hipnótico y soporífero. Mis neuronas se adormecen, mi imaginación se atrofia, mi escaso ingenio se esfuma, y la indolencia, la apatía, la desidia  y —ay de mí— también la pereza, toman el mando de mi vida. Sólo espero que no se desinfle el globo, que pueda seguir volando hasta que lleguen las aguas de septiembre.
A la mayoría de mis escasos lectores esto les trae sin cuidado: casi todos están de vacaciones y no entrarán en esta página hasta el mes que viene. Yo tampoco lo haría. Los de Bilbao somos un poco anfibios; necesitamos sentir el agua en la piel para seguir vivos. A la espera de esa ducha revitalizadora, he comenzado a releer por tercera vez una novela lenta, melancólica y brillante como pocas; "diálogos de la edad tardía". Luis Landero debió de tardar un siglo en escribirla. Yo me lo imagino acariciando cada palabra, buscando metáforas insólitas, gustándose y recreándose en cada frase. Como un torero que se resistiera a entrar a matar seducido por la bravura del morlaco, el escritor juega con el capote de su peculiar diccionario, sin prisa por atacar la historia.
Sin embargo, gracias a sus artes de ilusionista, Landero consigue hipnotizar a los lectores; a mí también, sobre todo en este tiempo, que se desliza lánguido por el desierto abrasador de la canícula.

jueves, 15 de agosto de 2019

Se ha dormido la Madre de Dios





Cientos —quizá miles— de pueblos y ciudades de España celebran hoy sus fiestas patronales, asociándose a la gran solemnidad que llena la liturgia de Iglesia Universal; la Asunción de la Santísima Virgen al Cielo.
Miraflores de la Sierra también está de fiesta. Hay farolillos, tenderetes, churros y toda suerte de festejos para la gran multitud que abarrota el pueblo. También hay un pequeño santuario al aire libre, una gruta dedicada a la Virgen de Begoña, que recibirá montones de visitas. Yo me acercaré mañana. Hoy me conformo con verla desde la terraza de La Acebeda con los prismáticos pajareros que siempre me acompañan.
Esta mañana, durante la Santa Misa, me ha venido a la memoria otra imagen; la de la dormición de la Santísima Virgen que preside una pequeña capilla junto a la cripta de la Iglesia prelaticia del Opus Dei, en Roma. He rezado allí cientos de veces y he visto cómo los peregrinos que pasaban camino de la tumba donde estaba enterrado entonces el Fundador de la Obra, se detenían un momento, miraban a la Señora y tocaban con la punta de los dedos la urna de cristal en la que duerme la Virgen.
Es una imagen bellísima. Nuestra Madre, engalanada como una reina, con un vestido blanco, tiene el rostro de una chiquilla; como si al final de su vida, hubiese recuperado la hermosura que le corresponde —también en el cuerpo— por ser Llena de Gracia. Su Hijo quiso llevársela así al Cielo. Necesitaba sentir el calor de su regazo, los latidos de su corazón de carne, la caricia de sus manos maternales.
Hoy tengo la memoria llena de recuerdos de esta fecha. Debería escribirlos, ya lo sé, pero el tiempo que dedico al globo se termina. Tal vez mañana.  



Gruta de la Virgen de Begoña

martes, 13 de agosto de 2019

El frío congeló las lágrimas de San Lorenzo.



 El frío y la luna. Cuando me puse en pie a las tres de la madrugada para mirar al Cielo, el termómetro del jardín marcaba 12 grados; demasiado frío para el mes de agosto y para mis pobres recursos indumentarios. El jersey no pudo evitar mi primer estornudo. Además estaba la luna, redonda, brillante y soberbia como un doblón de oro. Con semejante lámpara no había forma de ver el vuelo de las perseidas. A San Lorenzo se le secaron las lágrimas.
Todos los años me ocurre lo mismo. Unas veces son las nubes; otras, lo que los cursis llaman la  "contaminación lumínica"; el año pasado, los pinos de Valsaín… Ingenuo de mí. ¿Por qué seguiré buscando las lágrimas de San Lorenzo? En el fondo ¿qué importa si el cielo chisporrotea más o menos? Además, "pedir un deseo" con la esperanza de que una estrella fugaz nos lo conceda, ¿no es una superstición un poco tonta?
En eso pensaba yo cuando me metí de nuevo entre las sábanas. Tardé un rato en recuperar el sueño: al menos dos minutos. Me desperté a las 7 un tanto confuso: ¿había soñado mi breve expedición por el jardín? Por un momento pensé que sí; pero el frío de mis pies era demasiado real.
Teníamos retiro, y como siempre volví a salir al jardín para ver amanecer. En esta ocasión, una bandada de rabilargos pasó frente a mí como un rayo azul. No eran perseidas, pero me sirvieron.

 
Rabilargos 

lunes, 12 de agosto de 2019

Un paseo


 La llaman Plaza del álamo, pero en realidad hay un olmo que murió de grafiosis hace veinte años

Ayer decidí salir de casa por la mañana. La temperatura era muy agradable y había cesado el viento. Seguro que las aves de la zona darían la cara.
A las 11, con los prismáticos al cuello y, vestido de ornitómano, tomé el camino que baja hacia Miraflores de la Sierra. Fue un paseo muy agradable, y, sí, pude charlar con algún que otro pájaro. Interesante, sobre todo, mi conversación con un alcaudón común (lanius senator) que desde su posadero en una rama se lanzó a tierra y regresó con una pequeña lagartija en el pico.
El alcaudón es una mini rapaz, un pájaro cazador y carnicero ("lanius" significa eso, carnicero) que empala sus presas en los espinos y las deja allí colgadas para devorarlas más adelante. Así son las cosas en la naturaleza: nos comemos los unos a los otros y, gracias a eso, la vida se abre camino.
El caso es que llegué al pueblo, y pronto hubo complicaciones: una amable señora vino a mi encuentro alborozada:
—¡Don Enrique, qué alegría!, ¿Está en la Acebeda? ¿No se acuerda de mí? Hace cinco años…
Yo, que no recordaba nada, puse cara de póquer y me dejé invitar a un refresco con su marido, que también me conocía, y sus tres niños. Me despedí en cuanto pude, y apenas había dado diez pasos cuando apareció una antigua alumna del cole.
—¡Pero qué sorpresa…!¿Sabe con quién estoy aquí…?
Creo que se me dan mal estos encuentros inesperados, especialmente cuando me he desprendido del uniforme y llevo una camisa tropical y un pantalón vaquero. Es cierto que me emociona comprobar que me conoce muchas personas de todas las edades. Es la consecuencia lógica de haber predicado centenares de retiros y pláticas, de haber sido capellán de un colegio durante dieciocho inolvidables años y, en definitiva, de ser ya un viejo inofensivo que se deja asaltar por la calle.
Volví a casa por el mismo camino dando gracias a Dios por tanta gente buena con las que uno se cruza. El alcaudón seguía en su rama oteando el horizonte, pero no me detuve.     
Alcaudón común 

sábado, 10 de agosto de 2019

En verano, tengo una cita con la madrugada



Solemos estar solos ella y yo. Nos encontramos en el mejor momento del día, cuando sopla la primera brisa y la temperatura baja un poco, lo justo para tomar impulso e iniciar la escalada hasta los 28 ó 30 grados.
Me pregunto por qué hay tantos que disfrutan con el crepúsculo al anochecer y no amanecen como yo para ver la salida del sol, que surge limpio de bruma, descansado y radiante.
He visto muchos amaneceres. Recuerdo con cierta añoranza aquel albor matutino de Valencia, donde el sol nacía en la mar, nítido, joven, recién bañado, y parecía potenciar el aroma de las flores que también despertaban con él. Bien distinto era el alba en Tenerife. El sol aparecía en el horizonte como un fogonazo inesperado y subía veloz como un cohete hasta inundar de luz cada rincón de la isla. Al parecer la salida y la puesta del sol es más rápida cuanto más cerca del Ecuador uno se encuentre. Por eso, al atardecer, el sol no se ponía, se desplomaba, y no se desangraba como en mi tierra ni teñía de rojo el horizonte.
En la Acebeda me propongo acudir a la cita todos los días. No conozco mejor forma de preparar la meditación que debo dar cada mañana a las ocho y media. Saldré al jardín una hora antes, como hoy, como ayer, y la vista del cielo será mi guión.
Claro que el lunes y el martes deberé trasnochar. Tengo otra cita con las Perseidas. Son las lágrimas de San Lorenzo, que este año llegan con un poco de retraso.

viernes, 9 de agosto de 2019

Oír la música de la Creación




Como os dije, he volado a la Sierra con el globo. La wifi funciona a trompicones, pero de momento funciona. Hace calor, pero no tanto como en Madrid. Los pájaros apenas se hacen oír porque estamos en agosto, pero se dejan ver, gracias a Dios. No hay una sola nube en el cielo, pero tampoco incendios como el que tuvimos en La Morcuera hace pocos días. Desde la terraza de La Acebeda se divisa, como casi siempre, la nube negra que envuelve la Villa y Corte; pero aquí nos sentimos a salvo.
Al considerar todo esto, he recordado las palabras de Barenboim. Oídlas en este vídeo que he subido al globo. Os invito a hacer un sencillo experimento. Sustituid la palabra "música" por "el campo", "la naturaleza", "las aves del Cielo"…, en definitiva "la belleza". Gran cosa es saber contemplar la belleza de la Creación, sin convertirla en un mero instrumento al servicio del placer. 
Otro día, cuando agosto nos dé un respiro, tal vez me decida a escribir largo y tendido sobre esta apasionante cuestión. Por hoy basta.

jueves, 8 de agosto de 2019

Volamos hacia la Sierra


La última vez que estuve en La Acebeda saqué esta foto
Esta tarde salgo hacia La Acebeda, una casa de convivencias en Miraflores de la Sierra a mil doscientos cincuenta metros de altura sobre el nivel del mar. Estaré allí hasta que termine el mes. El globo seguirá volando, pero con menos frecuencia e ímpetu. Serán días de descanso, formación espiritual y pájaros montaraces. Al caer la tarde me pondré frente al teclado y, si la inspiración no falla ni se me despeña la wifi, escribiré algunas líneas para mantener vivo el fuego sagrado. En Miraflores, por cierto, ya ha habido un incendio y aún sigue por allí algún retén de bomberos.
Desde la Acebeda se divisan las cuatro torres de Madrid, que emergen de la niebla producida por la contaminación. A veces, si el viento es favorable, se despeja el panorama y aparecen a lo lejos los demás edificios de la ciudad. Cuando me toque volver procuraré no mirar hacia esa bruma que ensucia nuestros urbanos pulmones. Tomaré aire serrano y quizá lo embotelle para un caso de necesidad.