lunes, 10 de diciembre de 2018

El Villancico de Tajamar


Ya está aquí. Todos los años decimos que es insuperable, pero se superan siempre. Os lo copio sin más comentarios.¡Feliz Navidad, y que nade se olvide de poner el Belén!



Letra: Canción original: “Día de lluvia” Autor: Carlos Rivera Adaptación de la letra: Álvaro Torres Todo lleno de oscuridad, Hace frío y se corta el silencio. Aquí en este humilde portal Preparemos, no hay tiempo al lamento. El Niño pronto nacerá, Mula y buey preparad vuestro aliento. Sólo eso le calentará, Daros prisa, ha llegado el momento. Duérmete, mi pequeño Descansa en esta noche de paz. Las estrellas del cielo Brillan para no verte llorar. Que los ángeles canten, Que llegue al Cielo la claridad, Que se calle el silencio, En esta primera Navidad. Qué alegría estás aquí ya, Es un sueño tenerte en mi pecho. No puedo dejar de llorar Tu sonrisa consuela mis miedos. Ven aquí mi amado José, Coge al Niño cúbrelo de besos. Pronto la gente llegará, Todo un Dios en un niño pequeño. Gloria a Dios en el Cielo Descansa en esta noche de paz En un humilde lecho Nacerá el Rey de la humanidad. Que los ángeles canten, Que llegue al Cielo la claridad, Que se calle el silencio, En esta primera Navidad. Toma todo mi corazón Sólo eso puedo regalarte Llena el Mundo con tu calor Que la Navidad llegue a cambiarme. Duérmete, mi pequeño, Descansa en esta noche de paz. Las estrellas del cielo Brillan para no verte llorar. Que los ángeles canten, Que llegue al Cielo la claridad, Que se calle el silencio, En esta primera Navidad.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

El perfume y la pecadora


Sus padres le dieron un nombre al nacer, pero ella lo esconde avergonzada para que no se asocie con su oficio. Nadie debe conocer la verdadera identidad de la pecadora. Ahora la llaman con un apodo que alguien inventó una noche de alcohol y furia. Toda la ciudad la conoce por ese mote.
El búho la ve cada día al ponerse el sol. Viste de colores vivos y camina con la cabeza erguida, el cabello suelto y un enérgico golpeteo de tacones sobre las losas de la calzada romana. Se vende a sí misma con una canción obscena. Cualquiera diría que se siente orgullosa de ser quien es.
Hoy sin embargo…, aún no ha anochecido. ¿A dónde va tan decidida vestida de blanco y con unas viejas sandalias? Lleva en la mano un frasco de alabastro tallado por algún orfebre.
Homero asoma la cabezota en su madriguera y la sorprende llorando.

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—¿A dónde vas —le pregunta el búho—, y porque lloras?
—Ha venido a la ciudad Jesús de Nazaret, un profeta que devuelve la vista a los ciegos y limpia la carne de los leprosos
—¿Y crees que puede curarte también a ti?
—Dicen que basta con tocar la orla de su manto y que perdona los pecados...
—Solo Dios perdona —responde el búho—, ¿pero qué llevas en las manos?
La pecadora aprieta el frasco de alabastro contra su pecho y acelera el paso.
En casa de Simón el Fariseo las puertas están abiertas de par en par. Se celebra un banquete, y el anfitrión quiere que todo el pueblo sea testigo de su riqueza y de la presencia de Jesús de Nazaret, el famoso Profeta de Galilea, que se aloja en su casa. Los mendigos se agolpan en la calle; los perros, bajo la mesa, dan buena cuenta de lo que desechan los convidados. Jesús apenas come. Calla, escucha a su anfitrión y espera en silencio.
La pecadora se abre paso entre la multitud y llega a los pies del Maestro. Los invitados se miran escandalizados. Simón hace ademán de rasgarse las vestiduras, pero Jesús le sujeta la mano.
La mujer quiebra el frasco de alabastro y derrama el perfume sobre los pies de Jesús. El aroma que llena la estancia representa su vida entera. En el frasco está toda su fortuna, la riqueza atesorada moneda a moneda durante años y que ahora le repugna. Por eso debe desprenderse de ella para siempre.
El Señor mira a la pecadora con ternura y dice solo una palabra:
—María…
Las lágrimas de María, límpidas y copiosas, se mezclan con el perfume.
—Así me llamaba cuando vivía en Magdala con mis padres.
—Has amado mucho, María. Por eso tus pecados te son perdonados, y desde hoy recuperas tu nombre de niña, el que yo mismo te puse antes de la creación del mundo. Así te llamarán siempre y te alabarán todas las generaciones: llevas el nombre de mi madre y tu corazón ya es virgen como el suyo.




domingo, 4 de noviembre de 2018

El cielo se parece a una canción de cuna



En noviembre, el búho sale de su guarida a media tarde. La noche es más larga y la caza abunda en el bosque. Hoy, sin embargo, Homero piensa en la fiesta de Todos los Santos, de los que llegaron al Cielo y vuelan en la gloria como águilas por toda la eternidad. A él le gustaría emprender ese vuelo para ver a Dios cara a cara con sus ojos pasmados. Y se pregunta cómo será dar alcance al mismo Cristo, atraparlo con sus garras poderosas y llevarlo a su guarida. O, mejor aún, vivir en la casa de Jesús para siempre, para siempre.


El Cielo se parece…
—¿A qué se parece el Cielo?
Me lo preguntó Inés a mediados del Jurásico. Ella tenía 9 años y yo cincuenta. Éramos dos chiquillos con suficiente imaginación para lanzarnos a fantasear sin ningún género de dudas.
—El Cielo —le dije— se parece al mejor viaje que hayas soñado; es un viaje por el corazón de Dios. Se parece también a una sinfonía que querríamos oír por toda la eternidad. Se parece a aquella tarde después de la tormenta, cuando todo se llenó de pájaros y de cantos y el horizonte se incendió sobre las montañas. Se parece a la sonrisa de dos enamorados que no pueden dejar de contemplarse. Se parece a un banquete familiar donde compartimos mesa y mantel con La Santísima Trinidad…
—Pues yo creo —me interrumpió Inés—, que también se parece a una canción de cuna.
¿Una canción de cuna? Sí, es posible que tengas razón. Llevamos tantos años luchando por ser pequeños delante de Dios, y es lógico pensar que al final lo lograremos plenamente. ¿Te lo imaginas? En la puerta que da entrada a la Vida Eterna, no está San Pedro con gesto huraño y un manojo de llaves, sino mi Señora, la Virgen María.
Ella nos mira como miran las madres a sus hijos pequeños cuando llegan a casa con las manos sucias, el pelo revuelto y algún que otro arañazo en cualquier parte del cuerpo.
Con semblante serio, pone el dedo índice delante de sus labios para que no digamos nada. Luego nos toma en brazos, nos quita la ropa y nos introduce en una bañera de agua muy caliente, casi a punto de hervir. No puedo contener un grito al notar la quemazón sobre mi piel, pero María sonríe y, en silencio, mete sus manos dentro del agua y empieza a limpiar mis heridas una a una y a disolver la roña acumulada durante tanto tiempo. Es el Purgatorio.
Al fin puedo ponerme en pie y me miro en el espejo: tengo tres o cuatro años nada más. María me seca con una gran toalla azul. Me perfuma con el aroma de sus manos blancas y, con un peine de plata, ordena mis cabellos revueltos.
―Estás hecho un Cielo ―me dice―. Y me da un beso. 
Antes de quedarme dormido la oigo cantar una nana muy dulce.


jueves, 20 de septiembre de 2018

Las manos


En la guarida del búho

Las manos de Dios

Homero  extiende las alas, las mira y da gracias a Dios porque, con ellas, puede cruzar el bosque en la noche, como un fantasma silencioso, salvando todos los obstáculos. Las alas del búho son cortas y recias, capaces de rectificar el rumbo en un segundo para atrapar la presa con sus garras.
Sin embargo, no le importaría perder las alas si Dios le concediera unas manos como las que tienen los hombres; esas manos que  hablan sin palabras, que expresan alegría y dolor, curan heridas, golpean, acarician, matan, dan la vida, consuelan, crean belleza…
Sí; Homero con gusto renunciaría a volar.
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Yo fui  leproso en Israel. Era muy joven cuando aparecieron en mi piel las primera manchas que auguraban la maldición de la lepra. Traté de ocultarlas con mil ropajes y con perfumes traídos de oriente. Yo era rico por entonces.
Consulté con un curandero, que me echó sin contemplaciones de su casa.
—Estás maldito —me gritó—. Preséntate al sacerdote o huye a tierra de gentiles.
Al fin me denunciaron mis propios hermanos. Quemaron mis vestidos, se quedaron con todos mis bienes y me enviaron al valle de los leprosos. Comprendí entonces que mi vida había terminado sin remedio. Debería vagar lejos de la ciudad, sucio, desgreñado, haciendo sonar un cencerro y gritando "¡impuro, impuro!", para que nadie se acercara a quien había sido maldecido por Yahvé.
La enfermedad avanzó deprisa. Perdí sensibilidad en los pies; los tendones se contrajeron y mis manos se convirtieron en garras. Las úlceras aumentaban. Ya casi no podía caminar.
Una tarde, mientras comía un pedazo de pan que alguien había dejado junto a mi choza, se me acercó una anciana leprosa y me dijo:
—Yo soy vieja y moriré pronto, pero tú aún puedes buscar al Nazareno.
Lo encontré en tierras de Galilea. Junto a él había un pequeño grupo de discípulos que le protegían de los enfermos. Yo sabía que la Ley me prohibía acercarme a los que estaban limpios. Si lo intentaba, me apedrearían los seguidores del Nazareno, pero ya no me importaba nada. Corrí hacia Él.
—¡Un leproso! —gritó alguien—.
Todos, menos Jesús, retrocedieron horrorizados. Yo caí a sus pies y con voz rota susurré:—Señor, si quieres, puedes limpiarme.
Él comenzó a extender su mano derecha. No era la mano de un Rabí. Era grande, fibrosa, forjada en el trabajo del campo o en el taller. Yo quise retroceder. ¿Qué se proponía Jesús?  ¿Tocar a un leproso? Alguien  trató de impedir semejante locura ilícita, pero su mano llegó hasta mi frente y la acarició como una madre.
—Quiero; sé limpio.
En un instante sentí que mis tendones recuperaban su fuerza y flexibilidad y que las úlceras desaparecían.  Agarré la mano de Cristo y dejé allí un beso.
Entonces, por un instante, vi algo… No fue un desvarío, creedme. Vi un clavo que penetraba en esa muñeca, y sentí que la sangre de Jesús bañaba mis labios.
Desde aquel día, mis labios sólo saben hablar de esas manos laceradas que curan, salvan consuelan, acarician y dan la vida.

viernes, 10 de agosto de 2018

Regreso a Madrid

Como saben mis más fieles globeros, desde seis años y pico he vivido rondando la Villa y Corte, pero sin apenas poner pie en el asfalto de la ciudad.  He predicado muchas docenas de cursos de retiro y he atendido toda clase de convivencias y actividades formativas en Molinoviejo, Valdelafuente, La Acebeda, el Soto, Airaga, Los Roques... He confesado a centenares de hombres y mujeres de toda edad y condición. He tenido que dar consejos a personas santas que me han ayudado a mí mucho más que yo a ellos... He experimentado el crecimiento interior que se alimenta de la soledad y de la contemplación.
¿Ha sido duro? Sí, pero también apasionante y enriquecedor.
Ahora vuelvo a Madrid. Seré otra vez un cura urbano y ya no tendré que pensar cada mañana dónde estoy y por qué lado de la cama debo salir sin romperme la crisma contra la pared.  También iré a un colegio; le dedicaré unas cuantas horas a la semana y lo más probable es que compruebe que los adolescentes siguen siendo unos seres odiosos y adorables que viven en permanente cambio. 
Quizá resucite el globo. ¿Quién sabe?

jueves, 12 de julio de 2018

Fe en el barro



Jesús vio al pasar a un hombre ciego de nacimiento, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: "lávate en la piscina de Siloé". Él fue, se lavó y volvió con vista.(San Juan 9, 1).
El búho también está ciego, pero solo cuando lo deslumbra el sol al amanecer. Sus pupilas no fueron creadas para la luz. Lo suyo es la penumbra, la amable oscuridad de la guarida, donde reina como señor de la noche
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Fue un día de primavera. El ciego salmodiaba su eterna cantinela melancólica con la esperanza de arrancar unas monedas a los peregrinos que iban camino de Jerusalén. La mayoría pensaba que aquel mendigo debió de ser un gran pecador. O tal vez lo eran sus padres. Solo así se explicaba que Yahvé lo hubiese condenado a vivir en tinieblas desde el vientre materno.
El ciego no sabía lo que era el color ni la luz. Sus ojos ni siquiera veían un lienzo negro, solo la nada. Su imaginación se alimentaba de sonidos, aromas, caricias, risas y lamentos. Las yemas de sus dedos habían aprendido a distinguir el relieve de las monedas, la tersura de una piel joven, las estrías de un rostro anciano, la sinceridad o la doblez de una voz cercana.
Cuando las monedas tintineaban al caer sobre su manto, sabía al instante si eran sestercios, ases, cuadrantes o cualquiera de las piezas extranjeras que traían los judíos de la diáspora. También detectaba la presencia silenciosa de los que le miraban.
—¿Quién pecó,  éste o sus padres…? —preguntó alguien a su lado—.
—Ni éste ni sus padres —respondió una voz llena de afecto y autoridad—.
El ciego notó que su corazón se aceleraba, y enseguida, la caricia de unas manos jóvenes y el frescor de un insólito colirio hecho de barro y saliva, que penetraba en la órbita reseca de sus ojos muertos. Entonces creyó en aquella voz, dejó que la medicina le empapara hasta el fondo, y, también él, como el ciego de Jericó, se desprendió del manto para correr sin obstáculos hacia la luz de la piscina de Siloé. 
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Hace algunos años, un mendigo con cuatro copas de más me siguió por la calle gritando:
—¡Basura! ¡Los curas sois basura!
Yo iba a dar la comunión a una persona enferma y llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta una cajita dorada —teca, se llama— con la Sagrada Forma.
No respondí, pero pensé que el borracho tenía parte de razón —in vino veritas, que dijo Plinio—. Basura quizá no; pero sí barro de mala calidad que a veces se rompe en pedazos y escandaliza.
Jesús quiere utilizar este barro y no le importa que sea frágil y sin valor. Él lo toma con sus manos llagadas, lo impregna con su sangre y su saliva y da luz a los ciegos, sana a los enfermos, resucita a los muertos, y devuelve la paz y la alegría a los desesperanzados.
¿Creéis en Jesucristo? Creed también en el barro: en el agua del bautismo, en el óleo de la Confirmación y de la Unción de los enfermos, en el Pan que se convierte en Cuerpo del Dios vivo. Y en ese cura de barro que perdona los pecados porque sólo quiere estar cada día en las manos de Jesús Alfarero.