viernes, 18 de octubre de 2019

Un "secreto"



En la Misa de las 12 y cuarto del colegio, consumo el Santísimo como todos los viernes, y a continuación salgo hacia el parking en busca del coche, pero me alcanza corriendo un chico de sexto de primaria.
—Es que quiero confesarme...
Le digo que por supuesto, y regresamos los dos al oratorio. Al terminar, veo que, en el primer banco, de rodillas, hay un niño muy pequeño llorando sin el menor disimulo. Es un chiquillo de 6 años, que estudia 2º de primaria.
—¿Qué te pasa? —le pregunto—.
—No está Jesús, ¿verdad? —me dice señalando al Sagrario—.
Le explico que Jesús siempre está a nuestro lado, pero me interrumpe:
—Es que quiero pedirle una cosa, y si no está...
—Si quieres la puedo pedir yo contigo.
Me la ha contado al oído. Es una cosa buenísima, un "secreto" estupendo que  no revelaré ni aunque me torturen. El Señor ya se la ha concedido, aunque él todavía no lo sepa.
No es un acertijo, por supuesto, sino una lección de fe y de piedad.
 

jueves, 17 de octubre de 2019

El atasco



Salgo de casa a las nueve en punto de la mañana con la idea de aterrizar en el cole en menos de media hora. Caen las primeras gotas típicamente otoñales, ya sin truenos ni relámpagos veraniegos; es una especie de sirimiri congelado que da a este jueves un aire de lunes provinciano, húmedo y triste. Empiezo a rezar la primera parte del rosario, y el tráfico se va espesando poco a poco. No entiendo lo que pasa. Cuando uno hace cada día el mismo trayecto a la misma hora, no suele encontrar demasiadas sorpresas. Pero hoy… La hora punta debería haber terminado ya, y sin embargo algo muy gordo están maquinando los duendes del tráfico urbano.
Antes de llegar a M30, que es la vía de escape que rodea la ciudad, la caravana motorizada se detiene por completo. Un minuto, dos…, diez. Salgo del coche para echar una ojeada y compruebo con horror que el atasco afecta a todos en todas partes. Las calles adyacentes también están colapsadas. Madrid es una foto fija. Suena la sirena de una ambulancia. Tendríamos que permitirle el paso, pero ¿por dónde?
Quinto misterio gozoso: "el Niño perdido y hallado en el Templo". Siempre he pensado que  debería enunciarse de otra forma: "los padres perdidos y el Niño en el Templo": pero hoy no estoy para juegos de palabras. Soy un cura pedido en el tráfico que tiene que celebrar la Santa Misa dentro de media hora, y me temo que no va a ser posible. Envío un mensaje a mi teórico sustituto, y recibo una contestación inmediata: "¿puedes creerte que he salido de casa hace media hora y solo he recorrido cincuenta metros?" Me lo creo; es el atasco universal. Ha llegado el fin del mundo. De un momento a otro aparecerá el Hijo del Hombre sobre las nubes del Cielo.
Termino la segunda parte del Rosario y enciendo la radio. Todos hablan de otro gran atasco; el que han provocado en Barcelona las manifestaciones callejeras de estos días.
Cambio de táctica: tengo que pensar qué puedo escribir en el globo. Llevo ya cuatro días en blanco por culpa de un atasco de ideas que se ha generado en mi sesera como consecuencia del exceso de trabajo. Ayer por la noche terminé de redactar un texto demasiado largo sobre una cuestión demasiado compleja que me encargó un colega al que siempre hago demasiado caso. Antes dediqué varias horas a preparar las 22 meditaciones de un curso de retiro que debo predicar dentro de pocos días. Podría resucitar viejos guiones que duermen en las entrañas del ordenador, pero me resisto a utilizar refritos. Por último, caigo en la cuenta de que aún no he enviado mi colaboración para "Mundo Cristiano", y me han sugerido que, para noviembre, hable de la muerte. Digo que bueno, pero mi pluma no corre con la fluidez de otros días. Además me he quedado sin tinta.
Son casi las diez de la mañana. Una emisora local explica que el atasco tiene algo que ver con una huelga de conductores del Metro, con un accidente en la M40, con la lluvia y, por supuesto, con el gobierno.
A las diez en punto, inesperadamente, los coches desaparecen y yo salgo disparado. Se diría que han sido abducidos por una nave extraterrestre, pero no me hago preguntas. Aún llegaré a tiempo de celebrar la Misa a los niños de 6º de primaria. ¿De qué les hablo en la homilía?
Ya estoy en el altar. Un retaco de diez años, que apenas llega al atril, hace la primera lectura. Después del Evangelio me decido a hablar del Santo del día: San Ignacio de Antioquía, que murió mártir devorado por los leones en Roma en el año 103. Los chavales están súper atentos. No se pierden una sílaba, sobre todo cuando les describo con detalles la historia de los leones.
Son las ocho de la tarde. Al fin, en casa. Se han disuelto todos los atascos.

domingo, 13 de octubre de 2019

Salve Regina (y VII)


"Y, después de este destierro, 
muéstranos a Jesús el Fruto bendito de tu vientre."



Et Jesum, benedictum fructum ventris tui, nobis post hoc exilium ostende. 

Todas las plegarias marianas nos llevan al Señor, son cristocéntricas. A Jesús siempre se va y se "vuelve" por María, dice un punto de Camino. Los chiquillos comienzan así su viaje hacia el Cielo; descubren enseguida a nuestra Madre y aprenden a rezar con Ella. Luego la Virgen extiende los brazos y les muestra al Niño, que siempre está en su regazo envuelto en pañales.
¿Y los adultos? Los que cargamos con la triste experiencia del pecado, hacemos lo mismo; regresamos a casa, abatidos y sucios, porque el destierro es triste. "Volvemos" como si fuera la primera vez, y María Santísima nos recibe en sus brazos con una sonrisa; nos allana el camino de la penitencia, limpia la suciedad acumulada en nuestra alma, nos perfuma con "esos sus ojos misericordiosos" y nos invita a entrar en el refugio de su regazo para que descubramos de nuevo al Niño Jesús, que es el Fruto bendito de su vientre.
La Salve termina con tres "Oes". O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria, y entonces la oración se convierte en música, en himno de gloria. Os confieso que no soy capaz de rezar la Salve en latín sin tararearla por dentro. Sencillamente, "no me sale".
Hoy termino aquí este breve comentario de la Salve pidiendo perdón a mi Madre por no haber sabido expresar con palabras toda la belleza de esta oración con la que tantos enamorados la han cortejado a lo largo de los siglos.

jueves, 10 de octubre de 2019

Más oro en el cole



Esta mañana hemos concluido —espero que del todo— los "festejos" con motivo de mis bodas de oro sacerdotales. Entendedme, estoy encantado, pero también un poco confuso.
A estas alturas de la vida, uno ya no se pone nervioso por una ceremonia litúrgica más o menos larga o complicada, pero hoy sí que lo estaba. Será porque todo se centraba en mí, y aunque lleve encima unos cuantos kilos de vanidad, soy consciente de que no he hecho otra cosa en estos 50 años que pasármelo en grande. He trabajado casi siempre con gente joven, lo que me ha servido para no alejarme de la realidad. He tratado a miles de chicos y chicas, niños y niñas; pero también a centenares de matrimonios jóvenes y menos jóvenes. He celebrado muchas bodas y más funerales, siempre de personas conocidas y queridas. Si además resulta que apenas he tenido problemas de salud, ¿qué mérito tengo?
En la Misa que hoy me han organizado en el cole he distribuido unas doscientas comuniones con la ayuda de José Luis, que acaba de ordenarse sacerdote. He predicado lo que buenamente me sugirió el Señor y he dado gracias a Dios por tantas personas buenas que han venido a acompañarme en la fiesta. 
Mis antiguas alumnas de Aldeafuente están como siempre, como si fueran de BUP solo que rodeadas de niños. 
Son casi las ocho de la tarde y aún no he acabado de responder a los centenares de mensajes que van entrando en el móvil.
Termino. No me coloquéis comentarios hoy. Tanto si son elogiosos como si ponen peros, se irán a la papelera. Mañana seguiremos comentando la Salve.
 

Paradojas geométricas


  

Charlando con Vicente...:
—En estos años me he alejado mucho Dios.
—Es verdad; pero Dios cada día está más cerca de ti.
—No lo entiendo.
—Yo tampoco, pero la geometría sobrenatural tiene extrañas reglas.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Las mates a los 7 años



En las clases de tercero de primaria, las intervenciones de los alumnos son siempre sorprendentes.
—A que tú conoces a mi bisabuela.
—A lo mejor. ¿Cómo se llama?
—Carmen.
—Carmen… ¿qué más?
—No sé.
—¿Y cuántos años tiene?
—Ciento dos.
—No está mal. ¿Y yo, cuantos años tengo?
El chaval contrae las cejas en un gesto de profunda reflexión.
—¿Ciento…, veinte?
Los demás alumnos me miran con atención para ver qué cara pongo, pero nadie parece sorprendido por la cifra.
—O sea, que soy más viejo que tu bisabuela…
—Sí, pero no se te nota nada.
Es un consuelo. Abandono el aula al borde mismo de la melancolía.

martes, 8 de octubre de 2019

Salve Regina (VI)



Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos

Encarni pintó esos preciosos ojos en un cuadro de la Virgen que se fue a El Líbano

Illos tuos misericordes oculos ad nos converte.
Esta vez prefiero la versión castellana. ¡Cuánto puede decir una mirada!
Hay miradas asesinas, frías como el hielo, y miradas tiernas, enamoradas, como las que uno sorprende en los novios, en los recién casados y hasta en algunas parejas de ancianos, que siguen caminando, quizá torpemente, cogidos de la mano.
Hay miradas duras que se cierran ante el mendigo que solo reclama una mirada de afecto, y miradas perdidas que solo Dios sabe lo que buscan.
Hay miradas en venta, miradas sucias, miradas hipócritas, miradas vacías.
Hay ojos aprendices que quieren abarcarlo todo con una mirada, y ojos que no han aprendido a mirar.
Hay miradas esquivas, tímidas, y miradas altaneras que van reclamando aplausos a su paso.
Me gusta la mirada de los abuelos cuando juegan con los nietos. Seguro que Jesús miraba así a aquellos pequeños que se le pegaban a pesar de que algunos trataban de impedirlo. Los chiquillos  reconocían la mirada de un Dios-Abuelo en los ojos del Señor.
Hay miradas bellísimas, azules como el cielo, verdes como un campo en primavera o negras como una noche en la que brilla la estrella que siempre nos seduce.
Hay miradas que corrompen y miradas que curan. 
¿Cómo será la mirada de Dios?
Vultum tuum, Domine requiram…! Quiero ver tu rostro, Señor; quiero mirarte a los ojos, que tú me mires y que nuestras miradas se encuentren para no separarse nunca. Eso será el Cielo.
Aquí, en la tierra, Dios nos miró a través de los ojos de su Hijo: ojos de niño, en Belén, de adolescente en Nazaret, de Maestro en la playa o en el monte, de moribundo, en el Calvario. Al fin, desde lo alto de la Cruz, pidió a María que también Ella nos mirara con sus ojos de Madre. A partir de ese día, cada vez que vemos los ojos de la Señora, descubrimos que son un adelanto del Cielo, porque es la misma mirada de Dios.
¡Vuelve a nosotros, esos tus ojos misericordiosos!

lunes, 7 de octubre de 2019

La Virgen del Rosario



El viernes pasado celebré Misa en el colegio para los niños de quinto de primaria y, como es habitual, hice una breve homilía más o menos dialogada.
Hablé del Rosario. Comencé enseñando el mío para explicar su "manual de instrucciones". Luego les conté algo de la batalla de Lepanto, y, por último, hice una incómoda pregunta:
—¿Cuántas avemarías seguidas seríais capaces de rezar sin distraeros?
A los diez años a nadie le da vergüenza exponer en público cuestiones tan íntimas; pero me llamó la atención la sinceridad y la claridad de las respuestas.
—¡Dos! ¡Tres! ¡Yo una y media!
El más lanzado aseguró que era capaz de rezar cinco. Y yo me uní a la chiquillería diciendo la verdad; que casi nunca consigo rezar un misterio sin que se me vaya el santo al cielo un par de veces.
A continuación expliqué que el Rosario se parece a una canción que cantamos a nuestra Madre. La letra son las avemarías; la música, cada una de las escenas que se contemplan en los misterios. Cuando uno canta, es importante no perder el tono ni el ritmo de la música; la letra importa menos. Por eso, mientras recitamos las avemarías, nos "distraemos" pensando en la Virgen. Ella no se cansa de recibir piropos y nosotros estamos la mar de contentos mirando a María.
Ni que decir tiene que no me saqué todo esto de la manga. San Josemaría Escrivá nos contó el secreto.   

sábado, 5 de octubre de 2019

Salve Regina (V)


Eia, ergo, advocata nostra!

Virgen del Perpetuo Socorro
¡Ea, pues, abogada nuestra!
Creo recordar que ya comenté ese "ea" de la Salve hace un par de años. Me parece magnífico. Y dicho en latín, resulta aún más sorprendente. Al autor de la Salve se le pone cara de gitano flamenco cuando inventa esta maravillosa jaculatoria de sólo dos letras que parece nacida en el barrio de Triana.
¡Ea! Ya sabes, Madre, lo que necesito. Seguro que te lo pediré muchas veces más, porque tu hijo no quiere que nos cansemos de llamar a la puerta de tu corazón. Hoy mismo, en el Evangelio, el Señor nos dice que "Él dará cosas buenas a quien se las pide". Sin embargo, tengo miedo a ponerme pesado explicándote con pelos y señales todo lo que me hace falta. Prefiero decir sólo ¡ea!, guiñarte un ojo y añadir un piropo para que sepas que estoy en tus manos.
¡Abogada nuestra! He leído que es un título poco apropiado para una madre. No estoy de acuerdo. Es cierto que los abogados de aquí abajo cobran una pasta y no siempre se portan como es debido, pero tener una Abogada defensora en el Cielo es lo mejor que nos puede pasar. La necesitaremos cuando seamos juzgados al final de nuestra vida y Jesús sea el Juez¸ pero también ahora, mientras caminamos en este mundo, no podemos prescindir de su mediación.
Recordare, Virgo Mater Dei, dum steteris in conspectu Domini, ut loquaris pro nobis bona."Acuérdate, Virgen Madre De Dios, de hablar bien de nosotros, tú que estás en la presencia del Señor".
Esa y no otra es la tarea del abogado: decir "cosas buenas" de los miserables que se acogen a su defensa. Las "cosas malas" que las investigue el fiscal.