martes, 12 de diciembre de 2017

Tajamar siempre llega por Navidad

Y lo tiene difícil. Cada año intenta superarse a sí mismo, y casi siempre lo consigue. Esta vez ha pedido auxilio a la música de "La Oreja de Van Goght".


Me acerco hacia Belén
Veo una estrella brillar
No sé qué está ocurriendo allí.
Pero me alegra ver
A algunos oigo hablar
A mucha gente alrededor.
A otros oigo reír,
Que está alegre mi corazón.
Todos andan con ilusión.
Solo puedo decir
¡Qué bonita es esta noche! Cómo he llegado hasta aquí
Belén está muy cerca
Corre, no te detengas.
Pronto estaré tan cerca de ti.
Yo no sé ni qué decir
He encontrado a un Niño en brazos Y me ha hecho sonreír.
Todos vienen a adorarle
Navidad es hoy y ahora
Lo que le ha tocado vivir.
Sólo depende de ti.
Hay paz en el portal
María descansa feliz
Todo ha pasado ya
José no se cree aún
Corre, no te detengas.
Vamos a casa ya
Nuestro sitio está allíNunca se agotarán
Ahora debemos reposar
Pronto estaré tan cerca de ti.
Estas ganas de sonreír.
Belén está muy cerca
Yo no sé ni qué decir
¡Qué bonita es esta noche! Cómo he llegado hasta aquí
He encontrado a un Niño en brazos Y me ha hecho sonreír.
Todos vienen a adorarle
Navidad es hoy y ahora
Dejo atrás el Portal
Sólo depende de….
25 de diciembre
No puedo ser más feliz
Celebremos en familia
Que este Niño ya está aquí.
Y es que tanto ruido y tanta gente, Alegrías por vivir,
Navidad es hoy y ahora
Sólo depende de ti.
Todo se llena de color.Regreso de Belén
Mi corazón se queda allí
Al ver al Niño Dios

martes, 21 de noviembre de 2017

A los Santos Inocentes


Un nombre nuevo


Todos los años, cuando se acerca diciembre, dirijo un e-mail a alguna de las figuras del belén antes de montarlo en mi casa. Esta vez he pensado en vosotros a pesar de que sois invisibles y no aparecéis en el Nacimiento.
No sé cómo encabezar mi mensaje."Queridos niños" suena raro; habéis cumplido más de veinte siglos y, aunque en la Gloria el tiempo no cuenta, supongo que os habréis hecho mayores. ¿O no? A lo mejor son los adultos quienes se vuelven niños cuando llegan al Paraíso y juegan eternamente entre ellos o se refugian en los brazos de María Santísima mientras contemplan pasmados la esencia divina.
Perdonad, amigos. Apenas he escrito diez líneas y ya estoy desvariando. Hace veinte años escribí algo sobre vosotros en un librito y dije que erais las figuras rotas del belén que puso Dios. La imagen es pobre, pero no se me ocurre otra mejor. La Iglesia os venera como mártires a pesar de que no cumplís ninguno de los requisitos que se exigen para reconocer el martirio: no entregasteis la vida por la fe, no perdonasteis a vuestros verdugos y ni siquiera conocíais a Cristo. Algunos aún no teníais nombre: erais bebés recién nacidos con los ojos bien cerrados sin atreveros a mirar al exterior.
Estabais así, en el regazo de vuestra madre, cuando de pronto… ¿Qué sucedió? ¿Abristeis los ojos sin más en el Cielo o subisteis volando por encima de Belén para echar una ojeada al Niño antes de entrar definitivamente en la Gloria?
Al pensar en vosotros siempre me viene  la cabeza un tenebroso personaje: Herodes el Grande. No llegasteis a conocerlo en la tierra, pero fue él quien os facturó hacia la vida eterna. Yo había pensado enviarle a él este mensaje, pero me han dicho que en el Infierno no hay wifi ni cobertura de móviles. Claro que a lo mejor se arrepintió en el último momento y está con vosotros en el Cielo. No parece fácil, ya que, según los historiadores, el rey ordenó que en el momento de su muerte ejecutasen a un grupo de cortesanos ilustres, para que alguien llorase ese día.
¡Pobre idiota! ¿Cómo es posible que un viejo como él tuviera miedo de un recién nacido por mucho que los Magos le dijeran que en un futuro lejano iba a ser rey de los judíos? No sé si sabéis que murió poco después de vosotros y, según parece, de una enfermedad dolorosa y repugnante.
Herodes, por otra parte, fue un gobernante pragmático: juró fidelidad al Cesar y consiguió la protección de Roma, reconstruyó y amplió el templo de Salomón para "tener una capital digna de su dignidad y grandeza" y, de paso, ganarse el apoyo de los judíos, ya que él era idumeo;y, en su lucha por alcanzar y conservar el poder,nunca hizo prisioneros. Donde veía un enemigo les aplicaba el hacha en el pescuezo y santas pascuas. Con este expeditivo sistema, ejecutó a buena parte de su familia, incluida su mujer. No es de extrañar, por tanto, que, cuando le hablaron de un niño que tenía pretensiones regias, optara por la misma medicina y se le fuera la mano.
Sí, ¡pobre Herodes! Él sólo quería matar a un niño. ¿Cómo iba a suponer que ese Niño era Dios? Eliminar niños le parecía sencillo y tan trivial que no valía la pena plantearse problemas morales. Los veía tan pequeños y frágiles que apenas le parecían humanos.Eran animalitos escandalosos y gemebundos, incapaces de todo, ni siquiera conscientes de su identidad.  Fue fácil acabar con ellos sin mirarlos a la casa. Eran sólo una mancha, una brizna de polvo en su túnica de paseo.Sus sirvientes la limpiarían por él, sin dramatismos ni remordimientos.
He querido recordaros hoy vuestro martirio, porque, como sabéis, el crimen de Herodes sigue vivo en nuestra civilizada sociedad del bienestar. Ahora mismo, mientras termino estas líneas, hay miles de niños invisibles que vuelan de la tierra al Cielo. Como son niños sin nombre los llamaré "Inocentes".¿Por qué no pensar que son mártires como los de Belén? Yo estoy persuadido de que lo son. Y a ellos van dirigidas las palabras del Señor en el Apocalipsis:
Al vencedor le daré el maná escondido, y le daré también una piedrecita blanca y escrito en ella un nombre nuevo que nadie conoce sino el  que lo recibe.

viernes, 17 de noviembre de 2017

viernes, 27 de octubre de 2017

Moltes gràcies


Así titula su último artículo mi admirado tocayo García-Máiquez. Leedlo aquí y aplaudidlo con entusiasmo de mi parte. Yo no debo hacerlo en persona no sea que me acusen de meterme en camisa de once varas.

sábado, 21 de octubre de 2017

A Aldous Huxley[1]


Feliz anestesia


Querido Aldous :
Desde que Hobbes escribió "El Leviatán" en 1641, todos los escritores de anticipación —los futurólogos—  coincidís en que nos aguarda un porvenir sombrío. Al parecer estamos destinados a ser esclavos de un poder que crece y crece, y que acabará por controlar las vidas y las conciencias de sus súbditos.
Es lo que sostiene Orwell en su famosa novela "1984".  El escritor británico imagina una nación encarcelada por "el gran hermano" que  todo lo ve, todo lo sabe, todo lo fiscaliza, y castiga hasta los malos pensamientos.
Orwell escribía en 1948, en plena expansión del comunismo estalinista, y supuso que el mundo acabaría hecho pedazos por las guerras nucleares, y los supervivientes vivirían encerrados en un inmenso y sucio gulag sin escapatoria posible. 
Gracias a Dios, el comunismo saltó por los aires y los negros auspicios de Orwell también. Tú fuiste mejor profeta a pesar de haber escrito mucho antes que él.
Tenía yo 16 ó 17 años cuando leí "Un mundo feliz", tu novela más conocida. La compré a  precio de saldo en el quiosco de la estación de ferrocarril pensando que se trataba de ciencia ficción. Supongo que me engañó el dibujo de la portada. Pronto me di cuenta de que tenía entre mis manos un peligroso veneno.
Me la bebí de un tirón con cierta sensación de culpa. Creo recordar que, al acabar, la tiré por la ventanilla del tren o la olvidé voluntariamente en el vagón.
Han pasado 60 años. Ahora he vuelto a repasarla en formato digital y compruebo que aún se conserva casi intacta en mi memoria. 
"Un mundo feliz" es una parábola brutal, una profecía lúcida y terrible que habla de un futuro muy lejano, del año 632 de la "era fordiana". También es un cuento desagradable que produce rechazo a cualquier lector con un mínimo de sensibilidad, pero no diría que es inmoral. Se trata más bien de una bebida amarga que sin embargo puede servir para despertar conciencias adormecidas.
Tú vaticinas una tiranía muy distinta a la de Orwell. En tu mundo feliz los esclavos besan la mano de su dueño y señor. Es una dictadura amable, que reparte sonrisas y proporciona todo lo que un ciudadano-mascota puede desear: alimentos exquisitos, pornografía gratuita, sexo variado y obligatorio, un menú ilimitado de experiencias sensoriales, buena salud y una droga mágica —el "soma"— que proporciona felicidad por horas sin efectos secundarios.
En ese "mundo feliz"  los niños no nacen; se fabrican en serie sin padre ni madre, sin familia y sin más ideas que las que reciben en su etapa embrionaria en forma de eslóganes. Es un mundo con castas, pero ya no hay envidias; todos aceptan risueños su situación en el mundo.
He escrito el párrafo anterior de corrido, y, por un momento he sentido la extraña impresión de que, en realidad, "el mundo feliz" está ya aquí. Nuestro envidiable "estado del bienestar" camina en esa dirección.
Tú me enseñaste que, para domesticar al hombre, es inútil encadenarlo.  El marxismo, con todo su poder, no logró anular la libertad interior de millones de personas. Sin embargo, un materialismo opulento centrado en el placer como supremo bien; una sociedad de derechos a veces imaginarios, con un Estado-nodriza guardián de las "libertades", que sustituya a la familia y sea maestro de moral, puede conseguir que los hombres dejen de buscar la verdad y el bien, que se despreocupen del sentido de su vida y se conviertan en esclavos de sus pasiones, en seres conformistas, inmaduros, y manipulables como mascotas.
En tu novela, querido Aldous, hay sólo un hombre libre: un "salvaje" que se rebela contra esa sociedad anestesiada, y lucha porque cree en Dios, en el amor y en la verdad. En él nos vemos reflejados los cristianos. Ojalá, querido amigo, sepamos estar a la altura y enseñemos a los anestesiados la gozosa asignatura de la libertad. 





[1]   Aldous Huxley, nacido en Surrey, Inglaterra 1894, fallecido en Los Angeles (USA) en 1963, fue un conocido escritor, novelista y pensador. Su novela más conocida es "Un mundo feliz" (1932).

jueves, 12 de octubre de 2017

Otoño en Riaza

Los pájaros ya se han ido. Ellos saben que es otoño y, por tanto, tiempo de volver a casa.
Las aves del norte vendrán un día de estos. Pasarán el invierno con nosotros, pero este año han retrasado el viaje.
Los árboles aún visten de verde, pero es un verde viejo, casi sin vida.  El robledal también sabe que es otoño y las hojas preparan su librea de oro para desprenderse de las ramas y caer en tierra.
La puesta de sol se adelanta. Se incendia el horizonte a media tarde. Llega un viento de la Sierra, que tendría que ser frío, pero aún no lo es.
—Lo siento —me dice la brisa—.  Aún no puedo refrescarte cuando sales a pasear. Ya sé que es otoño. Ten paciencia.
Desde el Albergue hasta el pueblo hay dos kilómetros. Los hago paseando, sin prisas, mientras preparo las meditaciones del retiro de mañana.
—¿Cómo le va, don Enrique? Hace mucho que no nos visita. ¿Ha visto cómo está "la cosa"? Un poco caliente, ¿verdad?
Supongo que "la cosa" es Cataluña; pero yo me hago el tonto.
—Sí que está caliente… Nadie diría que ha llegado el otoño.
De regreso al albergue veo que han encendido la calefacción. Me apresuro a cerrar el radiador de mi cuarto.