sábado, 21 de octubre de 2017

A Aldous Huxley[1]


Feliz anestesia


Querido Aldous :
Desde que Hobbes escribió "El Leviatán" en 1641, todos los escritores de anticipación —los futurólogos—  coincidís en que nos aguarda un porvenir sombrío. Al parecer estamos destinados a ser esclavos de un poder que crece y crece, y que acabará por controlar las vidas y las conciencias de sus súbditos.
Es lo que sostiene Orwell en su famosa novela "1984".  El escritor británico imagina una nación encarcelada por "el gran hermano" que  todo lo ve, todo lo sabe, todo lo fiscaliza, y castiga hasta los malos pensamientos.
Orwell escribía en 1948, en plena expansión del comunismo estalinista, y supuso que el mundo acabaría hecho pedazos por las guerras nucleares, y los supervivientes vivirían encerrados en un inmenso y sucio gulag sin escapatoria posible. 
Gracias a Dios, el comunismo saltó por los aires y los negros auspicios de Orwell también. Tú fuiste mejor profeta a pesar de haber escrito mucho antes que él.
Tenía yo 16 ó 17 años cuando leí "Un mundo feliz", tu novela más conocida. La compré a  precio de saldo en el quiosco de la estación de ferrocarril pensando que se trataba de ciencia ficción. Supongo que me engañó el dibujo de la portada. Pronto me di cuenta de que tenía entre mis manos un peligroso veneno.
Me la bebí de un tirón con cierta sensación de culpa. Creo recordar que, al acabar, la tiré por la ventanilla del tren o la olvidé voluntariamente en el vagón.
Han pasado 60 años. Ahora he vuelto a repasarla en formato digital y compruebo que aún se conserva casi intacta en mi memoria. 
"Un mundo feliz" es una parábola brutal, una profecía lúcida y terrible que habla de un futuro muy lejano, del año 632 de la "era fordiana". También es un cuento desagradable que produce rechazo a cualquier lector con un mínimo de sensibilidad, pero no diría que es inmoral. Se trata más bien de una bebida amarga que sin embargo puede servir para despertar conciencias adormecidas.
Tú vaticinas una tiranía muy distinta a la de Orwell. En tu mundo feliz los esclavos besan la mano de su dueño y señor. Es una dictadura amable, que reparte sonrisas y proporciona todo lo que un ciudadano-mascota puede desear: alimentos exquisitos, pornografía gratuita, sexo variado y obligatorio, un menú ilimitado de experiencias sensoriales, buena salud y una droga mágica —el "soma"— que proporciona felicidad por horas sin efectos secundarios.
En ese "mundo feliz"  los niños no nacen; se fabrican en serie sin padre ni madre, sin familia y sin más ideas que las que reciben en su etapa embrionaria en forma de eslóganes. Es un mundo con castas, pero ya no hay envidias; todos aceptan risueños su situación en el mundo.
He escrito el párrafo anterior de corrido, y, por un momento he sentido la extraña impresión de que, en realidad, "el mundo feliz" está ya aquí. Nuestro envidiable "estado del bienestar" camina en esa dirección.
Tú me enseñaste que, para domesticar al hombre, es inútil encadenarlo.  El marxismo, con todo su poder, no logró anular la libertad interior de millones de personas. Sin embargo, un materialismo opulento centrado en el placer como supremo bien; una sociedad de derechos a veces imaginarios, con un Estado-nodriza guardián de las "libertades", que sustituya a la familia y sea maestro de moral, puede conseguir que los hombres dejen de buscar la verdad y el bien, que se despreocupen del sentido de su vida y se conviertan en esclavos de sus pasiones, en seres conformistas, inmaduros, y manipulables como mascotas.
En tu novela, querido Aldous, hay sólo un hombre libre: un "salvaje" que se rebela contra esa sociedad anestesiada, y lucha porque cree en Dios, en el amor y en la verdad. En él nos vemos reflejados los cristianos. Ojalá, querido amigo, sepamos estar a la altura y enseñemos a los anestesiados la gozosa asignatura de la libertad. 





[1]   Aldous Huxley, nacido en Surrey, Inglaterra 1894, fallecido en Los Angeles (USA) en 1963, fue un conocido escritor, novelista y pensador. Su novela más conocida es "Un mundo feliz" (1932).

jueves, 12 de octubre de 2017

Otoño en Riaza

Los pájaros ya se han ido. Ellos saben que es otoño y, por tanto, tiempo de volver a casa.
Las aves del norte vendrán un día de estos. Pasarán el invierno con nosotros, pero este año han retrasado el viaje.
Los árboles aún visten de verde, pero es un verde viejo, casi sin vida.  El robledal también sabe que es otoño y las hojas preparan su librea de oro para desprenderse de las ramas y caer en tierra.
La puesta de sol se adelanta. Se incendia el horizonte a media tarde. Llega un viento de la Sierra, que tendría que ser frío, pero aún no lo es.
—Lo siento —me dice la brisa—.  Aún no puedo refrescarte cuando sales a pasear. Ya sé que es otoño. Ten paciencia.
Desde el Albergue hasta el pueblo hay dos kilómetros. Los hago paseando, sin prisas, mientras preparo las meditaciones del retiro de mañana.
—¿Cómo le va, don Enrique? Hace mucho que no nos visita. ¿Ha visto cómo está "la cosa"? Un poco caliente, ¿verdad?
Supongo que "la cosa" es Cataluña; pero yo me hago el tonto.
—Sí que está caliente… Nadie diría que ha llegado el otoño.
De regreso al albergue veo que han encendido la calefacción. Me apresuro a cerrar el radiador de mi cuarto.

jueves, 5 de octubre de 2017

Vela al Santísimo


Sobre el altar del oratorio está expuesto el Santísimo Sacramento en la Custodia. Yo estoy en la primera fila y trato  de hacer mi oración, como todos los jueves, con el Adoro te devote, el himno eucarístico de Santo Tomás.
Tengo una pequeña molestia en un ojo, y me cuesta fijar la mirada en la Hostia. Leer también me resulta algo trabajoso.
Voy recitando  mentalmente en latín los versos de ese himno y me detengo un momento en el comienzo de la segunda estrofa:
Visus, tactus, gustus in te fállitur, sed audítu solo tuto créditur.  "En ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto, pero basta con el oído para creer con firmeza", Me digo que debería volver a mi habitación  y ponerme un colirio. Estoy distraído y sin ganas de rezar.
En ese momento se abre la puerta del oratorio y entra Richi, que es ciego desde los cinco años y trabaja en la ONCE. Ha dejado el perro guía en el vestíbulo. Hace una genuflexión pausada ante el Santísimo y se sienta a mi lado. Está inmóvil con sus ojos muertos clavados en el centro de la Custodia.
Ahora comprendo que el ciego soy yo. Pido al Señor que me dé una vista tan aguda como la de Richi. Al salir del oratorio lleva en los labios su mejor sonrisa.

Hoy es 5-o, supongo.


La manía de las siglas o siglamanía (SM) ha desembarcado con fuerza en el calendario: (11-M, 11-S, 15-M, 1-0, 23-F, 20-N. Gracias a Dios la sopa de letras y números aún no afecta a las fiestas civiles o religiosas, pero la cursilería avanza y pronto cantaremos: 1-N, 2-F, 3-M, 4-A, 5-M, 6-J, 7-J, San Fermín.