
Me encantan las palabras y las frases de moda, esas que aparecen de pronto sin padre ni madre, con vestido nuevo, recién peinadas, y, sin saber por qué, encuentran una acogida entusiasta en los periódicos, la radio y la tele. Son voces molonas, de una eficacia indudable. Si no las utilizas no existes. Hay que emplearlas con ocasión o sin ella antes de que se desgasten por el uso y se conviertan en vocablos moribundos. No importa lo que signifiquen; basta con situarlas en un contexto vagamente adecuado.
Ojalá fuera yo capaz de crear una de esas palabras. Sentiría el gozo paterno de verla crecer día tras día entre los políticos, saltar del gobierno a la oposición, invadir las televisiones, y comprobar —¡qué alegría!— que la hace suya la propia Belén Esteban, la princesa del pueblo.
—¿Se puede saber de qué palabras hablas?
—Hay muchas, amado Kloster; pero comenzaré por una que se me ha escapado en el título de esta breve consideración: “mediático”.
—Pero el adjetivo “mediático” está en el diccionario.
En efecto; acaba de llegar, y ha entrado con la arrogancia propia de los adolescentes, abriéndose paso a codazos y tratando de conquistar nuevos y más gloriosos significados. El diccionario lo define como “perteneciente o relativo a los medios de comunicación”; pero se queda corto. Ser mediático o mediática es haber alcanzado un grado de popularidad y simpatía (o antipatía) capaz de arrasar en los “medios”. El diccionario, por ejemplo, no es mediático. Tampoco lo son La crítica de la razón pura ni el Cardenal Secretario de Estado del Vaticano. Son mediáticos Arguiñano, Nadal, la Duquesa de Alba y Quico matamoros. No lo son mi madre, que cocina mejor que Arguiñano ni la malvasía común, que es un pato muy poco común.
—¿Y se puede saber a qué viene esto?
—A la falta de noticias, amigo Kloster. Me propongo hacer una relación de esas palabras molonas, imprescindibles para manejarse en el siglo XXI. Ésta es sólo la primera.
—No me parece muy mediático.
—Tampoco lo pretendo.