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miércoles, 25 de julio de 2012

El Búho responde


―Dime, búho pasmado y dormilón, saldremos algún día de la crisis?
―Sólo si pedimos al apóstol Santiago que sea él quien nos rescate de la avaricia, de la soberbia, del egoísmo, de la pereza, de la lujuria, de la ira y de la envidia.
―¿Y de la Merkel?
―Sí, amigo mío; también de la Merkel

miércoles, 11 de mayo de 2011

Las edades y las crisis



Cunctis sua displicet aetas, escriben Ausonio y el búho. O sea, que nadie está contento con su edad.
Nadie; ni siquiera mi colega Jorge Manrique, para quien “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Ni esos políticos que andan en permanente campaña y cuelgan sus retratos de los postes de teléfono, después de fotochopearlos para quitarse diez años de encima. Cada vez que los veo convertidos en adolescentes embalsamados con carita de fiambres precoces, me lleno de melancolía. Y comprendo que también ellos añoran su tiempo pasado, aunque luego, para disimular, prometan un futuro feliz con mucha paz, la mar de prosperi­dad y yogur con cereales para todos.
Ni siquiera los niños de mi cole parecen conformes con su edad. Si les preguntas cuántos años tienen, te dirán los que aún no tienen: “voy a cumplir doce”. Debe ser que les corre prisa salir del presente para proyec­tarse hacia un porvenir sin exámenes ni controles paternos. No es el caso de mi buen amigo Adolfo, que ha celebrado con litro y medio de sidra su 72 cum­pleaños y asegura que tiene “sesenta y doce” primaveras.
―¿Y tú qué piensas, inefable Kloster?
―Pienso que el tema de hoy es impertinente. Por tanto me parece bien. Cuestión peliaguda ésta de la edad, que procuramos edulcorar enjabonándonos los unos a los otros ―y sobre todo a las otras― con simplezas como “por ti no pasan los años”; “estás más guapa que nunca”; “lo importante es la juventud de espíritu”, etc. Lo cierto, colega, es que muchos se pasan media vida soñando en lo que harán cuando sean mayores y la otra media añorando lo que hacían cuando eran jovencitos o lamentándose por no haberlo hecho.
―¿Y en medio? ¿Qué ocurre en medio?
―En medio estalla la crisis. Un día cualquiera, un presunto chaval se dispone a afeitarse como todas las mañanas y mientras piensa en lo que hará cuando sea mayor, descubre que la imagen del espejo es la de un anciano ruinoso con bolsas en los ojos y arrugas hasta en los lóbulos de las orejas. Quizá trate de convencerse de que todo es una alucinación; que para que ese viejo desaparezca de su vida basta con un chorretón de crema hidratante y un pantalón va­quero desgarrado a la altura de la rótula; pero, cuando toma el ascensor para salir de casa y se oye llamar de us­ted por la vecinita del séptimo…
Dicen que la llamada “crisis de los 40” ahora se ha trasladado a los 50 o incluso más tarde; que también la adolescencia se prolonga hasta pasados los 18 y no es insólito encontrar adolescentes un poco grotescos con más de veinte o de treinta años, deci­didos a pasar media vida a cuenta de sus padres y la otra media a cuenta de sus hijos.
Volviendo a la crisis, supongo que todo parte del miedo al presente. Mucho predicar el carpe diem y, en el fondo, parece que no supiésemos vivir al día, sin temor al futuro ni añoranzas del pasado. No está mal echar una ojeada de vez en cuando al espejo retrovisor, pero las cosas claras: la máquina del tiempo es un imposible metafísico. El pasado no volverá.
―¿Y el futuro?
Hay que mirar hacia adelante, desde luego, incluso más allá de nuestra probable fecha de caducidad.  El Beato Juan Pablo II hablaba del tercer milenio como si él mismo fuera a recorrerlo entero. Pero ese vistazo al futuro debe partir de la convicción profunda de que lo único real es el “hoy” y el “ahora”. Ese presente ―que pasa veloz o despacio―, es un regalo que Dios nos hace, no para que lo consumamos como hedonistas histéricos que necesitan morir de indigestión cada día, sino como hombres y mujeres de fe, que saben que ahora, no ayer ni mañana, podemos tocar con la mano la eternidad. Ahora Dios me busca; ahora me llama; ahora pide una respuesta. Ahora, a mis treinta, cuarenta o noventa años… ¡Cómo no voy a estar contento con mi edad!
―Entonces, ¿la crisis…?
―Cuando llegue, te lo cuento, colega.


martes, 26 de abril de 2011

Quid me alta silentia cogis rumpere?, dice el Búho




¿Por qué me tientas para que rompa mi silencio?
En esta ocasión la traducción no es literal, pero sí oportuna. Me lo dijo el búho cuando íbamos a comenzar el curso de retiro. Y es que aún no había empezado el silencio y ya sentía la tentación de hacerlo añicos.
Los que me conocen saben que soy persona difícilmente “callable”; pero también es cierto que, con el paso de los años, uno empieza a hartarse de su propia verborrea y necesita enmudecer de vez en cuando.
Me propuse no escribir nada en el globo; pero casi inmediatamente comprendí que meditar delante del teclado no altera para nada el silencio. Al contrario; le da sentido. Ayuda a tener la cabeza y el corazón en lo único importante. Por eso escribí sobre la Pasión.
No me tentó el ruiseñor con su incansable canto nocturno, ni la final de la copa del Rey, que se jugó uno de aquellos días. Las auténticas tentaciones venían de “los demás”: Somos una familia tan numerosa… ¿Por qué no aprovechar esos días para recordar con José María los viejos tiempos vividos en Valencia, para hablar de pájaros con Blas, que es más de campo que un olivo, o de cualquier cosa con Dani…?
Volví a Madrid con el coche nuevo. Por los altavoces se oía un concierto para arpa y orquesta. El sonido del arpa es como una lluvia, como un goteo de notas sobre una laguna, como un silencio sonoro que sosiega el alma.

jueves, 14 de abril de 2011

Empezar


Dicen Horacio y el búho que el que se decide a empezar un trabajo ya ha conseguido la mitad.
Tienen razón, sin duda. Es cierto que la última piedra es más importante que la primera; pero ponerse en marcha también es tarea ardua, sobre todo en estos días melancólicos de polen y astenias.
Yo he empezado a escribir sobre la Pasión, y he cometido la imprudencia de poner un “1” detrás del título. Eso me obligará a escribir el 2 y el 3… No veo que haya conseguido la mitad de nada, y corro el riesgo de que se me aplique la parábola de aquel hombre que trató de edificar una torre sin echar las cuentas y tuvo que oír cómo se burlaban de él:
―"He aquí un hombre que empezó a edificar y no pudo terminar".
Así están las cosas. Esperemos que el búho acierte esta vez: Dimidium facti, qui coepit, habet.   

miércoles, 6 de abril de 2011

Quien no sabe callar.., (Séneca y el búho)


Esta vez mi comentario debe ser breve para no sufrir la censura de Séneca. Claro que también podríamos decir con el Eclesiastés que hay un tiempo de hablar y un tiempo de callar. E incluso dar la vuelta a la sentencia y afirmar que quien no sabe hablar tampoco sabe callar.
Esta mañana, leyendo la prensa, he vuelto a comprobar hasta dónde llega  el lamentable ingenio de algunos políticos, que envuelven su vacío mental en juegos de palabras, en sutiles insultos al adversario y en greguerías sin gracia.
Sí, estamos rodeados de charlatanes y enfermos de logorrea. Un minuto de silencio, por favor. Qui nescit tacere, nescit et loqui. 

viernes, 1 de abril de 2011

Nullius boni sine socio..., dice el búho


Gracias a Google, nuestro sabelotodo predilecto, habéis traducido bien la sentencia del Séneca y el búho. Es una gran verdad que las alegrías, si no se comparten, casi se nos convierten en penas.
La mujer de la parábola evangélica que encontró la dracma perdida después de barrer toda la casa, reunió a sus amigas para exultar con ellas. “¡Felicitadme ―les dijo―, he hallado la moneda!”. Sin esa fiesta final, el hallazgo no habría tenido la menor importancia. Y la Virgen María, cuando recibió la noticia de que iba a ser Madre del Mesías, no aguantó más: cogió el burro y se plantó en casa de su prima Isabel para desahogarse con ella. Sí, también para ayudarla en sus últimos meses de embarazo; pero, sobre todo, para poder cantar y bailar el Magníficat a voz en grito, mientras el mudo Zacarías tocaba las palmas.
(Por cierto, creo que escribí esto hace años y a alguien le pareció “poco serio”. No lo entiendo. A mí me resulta evidente: Dios, Nuestro Señor, exigió grandes sacrificios a su Madre. Incluso la llamó al pie de la Cruz, pero no fue capaz de negarle ese desahogo: pedir a una mujer que calle durante 9 meses la noticia más grande de la historia de la humanidad resulta excesivo. Y María, que fue Virgen, Inmaculada y Santísima, fue asimismo la adolescente más normal y simpática de la Creación.)
Dicen, y supongo que es verdad, que también las penas deben compartirse para aliviarlas un poco. En esto nos llevan la delantera las mujeres. Ellas se lo cuentan todo, ríen juntas y lloran abrazadas en los duelos. Por eso son fuertes. Nosotros nos encerramos en nuestro orgullo y callamos como ostras para conservar la dignidad. Así nos va.
Me dijo Ana hace mucho:
―Tengo gran devoción a Santa Isabel, la prima de la Virgen. Ella vivió con un mudo 9 meses. Yo vivo con otro desde hace 20 años.

martes, 29 de marzo de 2011

Corruptissima republica, plurimae leges

Una vez más, Tácito y el búho dan en el clavo: los países más corrompidos son los que más leyes tienen.
Desde una mentalidad no jurídica esta afirmación puede desconcertar, incluso escandalizar. ¿No son las leyes las encargadas de meter en cintura a los corruptos? Sí, por supuesto. Por eso se multiplican hasta el infinito cuando “algo huele a podrido en Dinamarca", que diría mi primo Shakespeare.
Los viejos juristas saben que las leyes penales tienen su propio ámbito, del que no deberían salir jamás. Cuando legisladores, jueces, abogados y fiscales entran a saco en el seno de las familias para poner orden; cuando se multiplican las denuncias por violencia doméstica, real o imaginaria; cuando él tiene un abogado y ella otro; cuando los adolescentes pueden emborracharse en plena calle y es preciso promulgar leyes para impedirlo; cuando los niños saben “divorciarse” de sus padres y van al cole con el código penal en la mochila…, es que algo muy grave está ocurriendo en esas familias; algo que no se arregla con leyes.
Cuando los maestros no se atreven a ejercer su autoridad por miedo a infringir no sé qué normas recién promulgadas y por pánico a los papás de los niños-delincuentes; cuando las carreteras se llenan de radares para cazar en un descuido a quien supere los límites de velocidad; cuando se da por supuesto que los compradores de discos compactos son malhechores y deben pagar un canon a cuenta de lo que vayan a robar en la red; cuando las prohibiciones se multiplican sin límite…, uno, que estudió Derecho quizá hace demasiados años, recuerda aquellas clases magistrales que impartía José María Martínez Doral, y añora los tiempos en que dar un cachete a un niño no era tortura, sino, en todo caso, una corrección desafortunada sobre la que nada tenían que decir los jueces.
Sí; corruptissima republica, plurimae leges. Cualquier día, ya lo veréis, promulgarán una ley para regular nuestras presuntas malas intenciones. Spielberg ya hizo una película sobre esto, y, francamente, me llenó de melancolía.

jueves, 24 de marzo de 2011

El silencio del río


Se llama J y dice que quiere hablar conmigo; que es urgente porque está muy agobiada.
―¿Qué te ocurre?
―Que me confirmo el domingo y no tengo muchísimas ganas…
―¿No quieres confirmarte?
―Sí que quiero; pero tendría que estar súper emocionada, pegando saltos de alegría, y estoy como demasiado normal.
La miro unos segundos en silencio. Los adolescentes son siempre una caja de sorpresas. Ella sigue muy atenta, pendiente de mis palabras.
―¿Estarás este verano en la JMJ?
―¡Claro!
Se le ha iluminado la cara con una sonrisa enorme y añade:
―¡Va a ser lo más…!
―¿y por qué tendrías que estar súper emocionada antes de la Confirmación?
―Porque es muy fuerte. Recibes al Espíritu Santo, y además te comprometes a…
La chiquilla se va exaltando por momentos, quizá para convencerme de que yo también debería estar emocionado. Al fin se da cuenta de que ha caído en la trampa y se ríe de sí misma.
―Ya veo que estás la mar de fría ―le digo―. De todas formas esa calma aparente puede ser buena: “los ríos más caudalosos y profundos fluyen en silencio”.
―¿Quién lo dice?
―Curzio Rufo y el búho.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Neque semper arcum tendit Apollo (dice el búho)



Me dice K que hoy no se le ocurre nada, que tiene atrofiado el ingenio y averiado el carácter. Que se enfada con medio mundo sin razón. Que le sobresalta el timbre del teléfono y el bocinazo inesperado de un automóvil. Que ha perdido el sentido del humor y no tiene ganas de recuperarlo. Que necesita estar solo, pero no sabe para qué. Que echa de menos mil cosas que nunca ha tenido. Que está muy cansado, pero mucho, mucho. Y que le deje en paz.
Le he contestado en latín con las palabras de Horacio: “ni siquiera Apolo puede mantener siempre el arco en tensión”. Hay que relajar la musculatura del alma y destensar la cuerda; ser humilde y reconocer que hay otros más fuertes, más inteligentes, más resistentes que tú. Ellos continuarán corriendo y llegarán a la meta, mientras tú descansas.
―¿Descansar? ¿De qué?
―De la soberbia, que agota un montón; del egoísmo, de la envidia, del activismo perezoso… Quizá también del trabajo; pero no presumas, colega, que más agota el paro.
―¿Qué haremos entonces?
―Aflojaremos el ritmo. Soltaremos lastre para que el globo vuele solo, con poco esfuerzo, casi sin piloto.  

lunes, 14 de marzo de 2011

Asinus asinum fricat (dice el búho)



Hace cuatro años escribí aquí mismo un artículo titulado “Elogio del elogio”, en el que me mostraba partidario de alabar sin miedo los méritos del vecino. Dije entonces que los elogios sinceros ayudan a mantener alta la propia autoestima y no incrementan un ápice la vanidad del ensalzado: “la mía, al menos, está suficientemente hinchada sin ayudas ajenas. Uno necesita las alabanzas de los amigos para sentirse querido y valorado, para no tener que alabarse a uno mismo; o sea, para ser humilde”.
Claro que unos párrafos más arriba repudiaba con todas mis fuerzas tres tipos de elogios: “los oficiosos, que propinan al jefe sin el menor rubor los empleados de la empresa; los políticos, esos ditirambos impúdicos que reciben los abnegados líderes de parte de sus lacayos, y los folclóricos, llenos de aspavientos y besuqueos, que se regalan los cantantes, actores y actrices de todo signo, antes de apuñalarse por la espalda.
Ahora, al poner por boca del búho la conocida locución latina asinus asinum fricat  (el asno da coba al asno) vuelvo a ponerme en guardia contra esos elogios desmedidos que no se limitan a ponderar lo que uno hace, sino que van más allá y alaban tu inteligencia, tu ingenio o tu ilimitada bondad. Ante esa adulación descarada de algunos comentaristas, meto mi tijera de censor para no sentirme como un burro vanidoso lisonjeado por otro animalito de su misma especie.

viernes, 11 de marzo de 2011

Unusquisque sua noverit ire via (dice el búho)


En plena Guerra Civil Española, el Director de la Escuela de Oficiales del Estado Mayor de Burjasot, en 1938, pidió a Antonio Machado un lema para esta Institución Educativa Militar. El poeta le propuso éste: “cada caminante siga su camino”. De inmediato fue aceptado y se colocó de forma visible en un enorme cartel.
Tal vez fue su último legado poético, porque a principios del siguiente año tuvo que huir a Francia y el 22 de febrero falleció.
Terminada la contienda bélica, en junio de ese mismo año 39, el Fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá, visitó aquel edificio semiabandonado con la finalidad de ver si era posible tener allí un curso de retiro espiritual para universitarios, y se encontró en el patio con este sugestivo lema.
Tres meses después, tuvo lugar el retiro, al que asistió, entre otros estudiantes, José Orlandis, del que hace bien poco hablamos en este globo con ocasión de su fallecimiento en Palma de Mallorca.
Don José, en su libro “Años de juventud en el Opus Dei”, cuenta cómo San Josemaría aprovechó este pensamiento para su predicación. Les comentó que, si eran generosos y escuchaban la voz de Dios como los primeros Doce, podrían seguir de cerca a Jesucristo e imitarle, en su vida ordinaria de estudiantes; pero que, ante todo, Dios respetaba la libertad de cada uno; que no había caminos estereotipados en el seguimiento de Jesucristo: “cada caminante siga su camino”, concluía. Y los animaba en la maravillosa aventura de seguir a Dios, con esos otros versos del poeta de Castilla: “Caminante no hay camino/ se hace camino al andar…”
Como veis, el búho dice algo parecido, sólo que en latín: “Unusquisque sua noverit ire via”, que cada uno aprenda a marchar por su propio camino: Properzio dixit.

domingo, 6 de marzo de 2011

tempus facit aerumnas leves

Viejas heridas
Había leído algo que yo escribí en una revista y llegó a la conclusión de que “ese cura” sí que le entendería. No le costó localizarme. Una noche me llamó a casa y, cuando vi que se disponía a contarme su vida por teléfono, le dije que era mejor hablar cara a cara.
―El caso es que vivo en Barcelona…
Le hablé de dos o tres sacerdotes que podrían ayudarle en aquella ciudad, pero me interrumpió. 
―No importa; cuando usted me diga, tomo el avión y voy a verle.
Una semana más tarde nos encontramos en un colegio mayor de Madrid.
Era alto y fuerte, de mirada inteligente y ademanes nerviosos. Tenía cincuenta y muchos años bien conservados; el cabello demasiado oscuro para ser natural y la piel demasiado morena para ser noviembre. Era jurista y, al parecer, de prestigio. Estaba separado de su mujer desde hacía muchos años; quizá veinte o veinticinco; pero venía a hablarme sólo de ella y de sus suegros.
―Me hicieron mucho daño. No se puede usted hacer idea…
No sé cuánto tiempo pudo estar diciendo barbaridades. Ellos tenían la culpa de todo: de su ansiedad permanente, de su relativa adicción al alcohol y a alguna cosa más. Su carácter se había ido enrareciendo. Me aseguró que ni el mismo se soportaba.
La conversación fue larga; le aconsejé un médico y un confesor. No quise darle la razón en lo relativo a su mujer, y nuestra charla se enfrió bruscamente cuando dije algo parecido a esto:
―Las heridas que nos causan los demás se curan siempre perdonando y dejando que pase el tiempo. Sólo hay unas heridas que no se curan con los años: las que hemos producido nosotros en las personas que nos rodean. Ésas nos infectan el alma si no las reconocemos. 
Le propuse que hiciese examen de conciencia, que fuese sincero consigo mismo y arrancarse de su alma aquel odio latente del que sólo él era culpable. 
Me dijo que le había decepcionado; que yo no era tan inteligente como pensaba y que tampoco le entendía. Aquella misma tarde regresó a Barcelona en el puente aéreo.
…Y, sí. Volvió al cabo de un mes o dos. Comimos en un restaurante asturiano y me dio las gracias. Dijo que se había confesado, que ya no bebía y que las heridas se estaban cerrando poco a poco.
Todo esto ocurrió hace muchos años; pero ya veis qué recuerdos me trae la sentencia de Séneca: "el tiempo hace llevaderas las heridas".


jueves, 3 de marzo de 2011

Ignoti nulla cupido

"Yomisma", desde su exilio americano, traduce correctamente el aforismo de Ovidio: "no se desea lo desconocido". Cordelia discrepa del búho y yo también por esta vez. 
El hombre siempre desea más de lo que desea. (¿No dijo algo parecido Pascal?) Busca a Dios con todo su ser, incluso cuando lo niega, cuando dice que lo ignora, cuando querría huir de Él. Hay un "Dios desconocido" del que ya habló San Pablo en el Areópago de Atenas, que anida en el corazón de cada uno como una meta irrenunciable. Por eso, cada vez que el hombre conquista un objetivo, por muy grande y soñado que sea, no tarda en decir: "no, no era esto, no era esto".
El hedonismo tratará de convencernos de que no hay más deseos que los de la carne, que basta con saciarse de placeres para que la vida esté cumplida; pero sabemos que no es así. Nadie nos arrancará del alma la añoranza de Verdad, de Belleza, de Amor, de Felicidad, de Dios. 
 ¿Verdad, Cordelia? Tú sabes que el Iphone no lo es todo. 

viernes, 25 de febrero de 2011

In necesariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas


Todos lo habéis traducido bien. Incluso Antuán con sus sorprendentes interpretaciones lírico-surrealistas.
La sentencia se atribuye a San Agustín, quizá porque “suena” muy agustiniana, pero los que saben dicen que es posterior. En cualquier caso, nos enseña que los cristianos hemos de estar de acuerdo en unas pocas cosas: en la fe, en la moral…: in necesariis, unitas. Esa unidad en lo esencial está garantizada por la cátedra de Pedro y es nuestra mejor arma contra el escepticismo dominante.
A partir de ahí ¡hay tantas cosas opinables! No seamos dogmáticos fuera de los límites del dogma: in dubiis, libertas! En la duda, ¡viva la libertad! Respetemos, y amemos con toda el alma, la libertad de los que discrepan.
―¿Y esas personas que, más que opinar, vociferan o dicen lo primero que se les viene a la boca? ¿Llamaremos a eso “opiniones”?
Quizá no podamos llamarlas así, pero seguiremos tratando con cariño a los que las profieren y procuraremos enseñarles que opinar implica reflexionar, no dar rienda suelta a sus vómitos.
In ómnibus, caritas. Éste es el secreto. En todo y con todos, caridad; es decir, afecto, verdadera amistad, capacidad de acogida, respeto…
―¿Y tú te aplicas el cuento, colega?
―Ojalá, Kloster, ojalá.

jueves, 24 de febrero de 2011

Summum ius…


 El semáforo está rojo, pero nosotros no llevamos pantalones; así que...
Continúo con el tema de la anterior entrada.
Roma. Verano de 1980. Eran las 7 menos cuarto de la mañana. A esta hora salía yo todos los días a bordo de un Volkswagen escarabajo camino de Castelgandolfo. El tráfico de la Urbe, aún escaso, me permitía atravesar la ciudad de Norte a Sur por el centro sin demasiados contratiempos para enfilar la Via Appia.
A pocos metros de mi casa había un semáforo que no correspondía a un cruce de calles: servía exclusivamente para que los peatones atravesaran la calzada. Casi siempre yo lo tomaba en verde, pero aquella mañana estaba rojo. Nos detuvimos en paralelo dos coches. Miré por la ventanilla; el de mi izquierda era un alfa Romeo de la policía municipal.
No se veía un solo peatón en muchos metros a la redonda. El policía miró a su compañero y luego a mí. Se encogió de hombros, y juntitos, como buenos amigos, nos saltamos el semáforo para seguir en paz nuestro viaje.
El alcalde de Madrid me habría quitado 4 puntos y 200 euros. Pero en Roma saben muy bien lo que es la epiqueya; la inventaron ellos.


miércoles, 23 de febrero de 2011

Summum ius, summa iniuria



Tiene razón el búho: “el derecho aplicado estrictamente es la mayor injusticia”. Se trata de una sentencia clásica que se estudia en las Facultades de Derecho. Y es que todo buen jurista debe saber que la ley es sólo un instrumento y, como tal, debe aplicarse con sentido común y flexibilidad, tratando de descubrir, más allá de la letra, el espíritu con el que fue creada.
Contra esa rigidez extrema, nace la “epiqueya”, virtud moral que permite al hombre eximirse de la observancia literal de una norma positiva con fin de ser fiel a su sentido auténtico.
Uno de los mayores enemigos del Derecho ―ese invento genial de los antiguos romanos― es el positivismo reglamentista (muy norteamericano, por cierto) que lleva a cometer auténticas atrocidades.
Pongamos un ejemplo tonto de la vida real.
Agosto de 1982.  En Madrid el sol caía a plomo sobre nuestras cabezas. Era un sábado por la mañana; las tiendas estaban cerradas y la ciudad desierta. En aquella calle no había un solo automóvil. Yo debía hacer una breve gestión y detuve el coche. Al salir del vehículo, comprobé que tres metros más adelante había un árbol que proyectaba su benéfica sombra sobre la calzada. Decidí ponerme allí para no cocerme a fuego lento a mi regreso. Caí en la cuenta entonces de que, junto al árbol, había una señal que limitaba el aparcamiento a los vehículos de carga y descarga de mercancías. Gracias a Dios, había también un guardia.
―Perdone, señor agente; ¿me permite dejar aquí mi coche durante unos minutos? Es para que no se caliente demasiado…
―Está prohibido. ¿No ha visto la señal, o qué?
―Sí, por supuesto. Pero como no hay más vehículos en toda la calle, las tiendas están cerradas y nadie recibe mercancías… Como yo sólo voy a estar diez minutos, pensaba que a lo mejor…
―Caballero, hay que cumplir la ley. Por tanto, si deja aquí el coche, le denuncio…
Obedecí a regañadientes mientras mascullaba un "no hay derecho", que es la expresión hispana del famoso aforismo ciceroniano.

viernes, 18 de febrero de 2011

Post nubila phoebus

Sí, es mi Serantes 
Hoy el búho nos lo pone fácil: “después de la oscuridad viene la luz”.
En castellano hay algunos aforismos que expresan la misma idea. En efecto, tras la tempestad viene la calma y no hay mal que cien años dure. Claro que también puede darse la vuelta a la oración para concluir que después de la calma siempre aparece un nuevo frente Atlántico o una tormenta tropical. Ya lo decía John Wayne en sus pelis del Oeste:
―Este silencio no me gusta nada. Hay demasiada calma.
Y, naturalmente, un minuto después llegaban los indios.
También la Sagrada Escritura habla con cierta melancolía ―leed el Eclesiastés― del eterno fluir de alegrías y penas: sólo Dios es inmutable; sólo Él garantiza una felicidad permanente, sin convulsiones ni temores.
Mientras tanto, aquí nos toca vivir con un cierto escepticismo lleno de Esperanza. Escepticismo ante los cambios sociales o políticos; ante la salud y los achaques. Esperanza ―siempre con mayúscula― en Dios, que da un significado nuevo a la luz y a la oscuridad.
En tiempo de tormenta, sonriamos, que mañana puede ser peor; o no. Y cuando llegue la calma tengamos siempre a punto, por si las moscas, un buen paraguas y una sonrisa.

martes, 15 de febrero de 2011

"Ingratissimus omnium, qui oblitus est"


 “El más ingrato de todos es el que olvida”, dice el búho. El texto es de Séneca, y vale la pena leerlo entero: Ingratus est qui beneficium accepisse se negat, quod accepit; ingratus est qui dissimulat; ingratus qui non reddit; ingratissimus omnium, qui oblitus est. “Es ingrato el que niega el favor recibido; ingrato el que lo disimula; ingrato el que no corresponde, y el más ingrato de todos el que lo olvida.”
Al leer estas palabras he recordado a un anciano de casi 90 años, que conocí hace mucho tiempo en un tanatorio de Madrid donde velaba el cadáver de su segunda esposa.
Tras la muerte de la primera, volvió a casarse con una empleada de la empresa, mucho más joven que él. Sus hijos le advirtieron que aquel matrimonio podría ser un desastre y, por una vez, tuvieron razón. La mujer, después de algunas infidelidades públicas y notorias, abandonó a su marido con buena parte del dinero. Al cabo de los años, regresó a casa para morir, enferma de cáncer. El anciano la recibió sin un reproche y la cuidó en sus últimos meses de vida.
Su hijo mayor me contó esta historia allí mismo, a pocos metros de la capilla donde reposaban los restos mortales de su madrastra.
Charlé un buen rato con el viudo. Estaba desolado, bañado en lágrimas, como si hubiese perdido al gran amor de su vida.
―He olvidado las ofensas ―repetía una y otra vez―; pero recuerdo muy bien todas sus caricias.
Tenía razón: nunca hay que olvidar las caricias de la vida. Los agravios, sí. También Dios los olvida cuando pedimos perdón. 

lunes, 7 de febrero de 2011

Dice el búho: "El que sirve a su cuerpo no es libre"

La sentencia es de Séneca y tiene razón: "nemo liber est qui corpori servit". También pudo decirlo San Pablo, quien escribió aquello de que algunos "tienen como Dios a su propio vientre" (cuius deus venter est), una afirmación que ha dado mucho juego a lo  largo de los siglos. 
"Epicuro grita en voz alta: la tripa llena está segura; el vientre será mi dios", leemos en uno de los poemas medievales de "Carmina Burana": 
Alte clamat Epicurus:
venter satur est securus,
venter deus meus erit...
Ya se ve que la naturaleza humana ha cambiado poco. Pero éste es un tema complejo que hoy no tengo tiempo de abordar. La cultura dominante, más que hedonista, es epicúrea, es decir moderadamente guarrindonga. A ver si un día de estos tengo tiempo y redacto unas líneas.

viernes, 4 de febrero de 2011

Dice el búho

Deo tonante credimus Iovem regnare (Cuando el Cielo truena creemos que Júpiter reina). O dicho más brevemente: “nos acordamos de Júpiter (o de Santa Bárbara) cuando truena”.

Los viejos “teólogos” de la secularización y la muerte de Dios afirmaban que Dios es la solución a la que recurren los hombres cuando toman conciencia de sus propios límites. Aquello que no somos capaces de explicar, lo que nos asusta, deslumbra o desconcierta, lo atribuimos a un ser imaginario todopoderoso e infinitamente sabio, al que conviene rendir culto para así aliviar nuestros miedos y nuestra indigencia. 
El hombre primitivo, al oír el estampido del trueno, ante la visión del rayo o ante la fuerza sobrecogedora de un huracán, cae de rodillas para aplacar la ira de un Dios terrible que maneja la naturaleza a su antojo. Y cuando llega una enfermedad, cuyo origen y remedio desconoce, recurre al hechicero, al brujo de la tribu o al sacerdote. 
Nuestro Dios -concluyen esos “teólogos”- es el “Dios de los límites”, del miedo y de la ignorancia. Por tanto, en la medida que los límites del hombre se alejan o desaparecen, Dios también se irá alejando hasta morir definitivamente.
El hombre contemporáneo ya sabe lo que es el trueno, el rayo y la tormenta. Conoce el origen de sus enfermedades y sabe también sus remedios. Ya no consulta a los augures para enterarse de si hará frío o calor, sino a las agencias de meteorología. ¡Dios ha muerto. No lo necesitamos!, proclamarán gozosos esos presuntos “teólogos”. Ya no pensamos en Júpiter, aunque truene.
*     *     *
¿Qué decir de todo esto? Que ese análisis del hecho religioso tiene una parte de verdad, pero en el fondo es bastante ingenuo. Lo cierto es que, a medida que avanzan las ciencias y los conocimientos humanos, el hombre es más consciente de sus propios límites. Ahora, cuando miramos al firmamento o a la estructura íntima de la materia, descubrimos con asombro que somos pobres seres perdidos entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño. Y sólo Dios puede salvarnos de ese vértigo. El estudio de la evolución de las especies, del genoma, de la física atómica o del cerebro humano no hace sino confirmar nuestra pequeñez frente a la infinita grandeza del Creador. 
Ahora que no me lee nadie, puedo afirmar que conozco a algunos filósofos que aseguran haber perdido la fe por razones científicas, y a algunos científicos que no creen por razones filosóficas. Dicho de otra manera: generalmente es más fácil alejarse de Dios por lo que uno ignora que por lo que sabe.
Pero, además, es preciso descubrir a Dios más allá de nuestros límites: en la belleza, en la vida, en la alegría, en el placer, en el amor. Hay que acordarse de Santa Bárbara truene o no truene. Y cuando brilla el sol, como en esta espléndida mañana de febrero, pensar con Juan Ramón Jiménez que “Dios está azul”, o como dice el Salmo, que “los cielos cantan la gloria de Dios”