lunes, 8 de mayo de 2017

A Sir Thomas Moro


La conciencia

Querido Sir Thomas,
Cuando empecé a escribir estas misivas electrónicas ya tenía previsto que tú serías uno de mis destinatarios, pero, aunque más de una vez traté de redactarte un mensaje, nunca conseguí concluirlo. Tampoco hoy lo tengo claro, porque ¿cómo podría resumir tu vida, tu muerte y tu gigantesca personalidad en sólo 700 palabras, que es lo que da de sí esta página?
Fuiste humanista, escritor, filósofo, teólogo, poeta, traductor, político, canciller del Reino de Inglaterra, jurista, juez, abogado, esposo fiel, padre de familia, abuelo entrañable, cristiano laborioso y contemplativo, hombre de mundo y hombre de Dios, soñador de utopías, mártir de la Iglesia, bromista hasta con tu verdugo, amigo leal de tus amigos —también de Enrique VIII, que te mandó decapitar—, pero más amigo de la verdad, de la justicia y de tu conciencia.
—Muero como buen siervo del rey —dijiste antes de ser ejecutado—  pero ante todo de Dios.
No me entretendré ahora en narrar tu martirio. Hay biografías *, que lo describen magistralmente; prefiero comentar lo que San Juan Pablo II escribió sobre ti:
"Fue precisamente en la defensa de los derechos de la conciencia donde el ejemplo de Tomás Moro brilló con intensa luz. Se puede decir que él vivió de modo singular el valor de una conciencia moral que es testimonio de Dios mismo, cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las raíces de su alma"**.
La conciencia. He aquí una palabra prestigiosa, pero tan desgastada por el uso que ya pocos conocen su significado. Para algunos es un vago sentimiento íntimo muy útil como coartada para saltarse la ley a la torera. Otros la confunden con sus prejuicios, obsesiones o complejos de la infancia; y casi todos la ven como última instancia moral ante la cual no cabe apelación ni diálogo posible.
Algo de eso hay, pero conviene matizar. La ética define la conciencia como un primer juicio intuitivo que califica nuestros actos como buenos o malos. Podríamos compararla con la luz roja que se enciende en el salpicadero del automóvil para advertirnos de que algo falla en el motor o, por el contrario, para confirmar que todo va bien. Es una lucecita muy útil aunque algún vez pueda engañarnos, bien porque no se enciende cuando debería o porque da un mensaje erróneo. De ahí que sea necesario comprobar su correcto funcionamiento. Lo mismo ocurre con la conciencia.
Un político español algo más ilustrado que la media declaró hace poco que "la conciencia debe crecer en soledad, lejos de dogmas, libre de cualquier influencia religiosa". Sin embargo la conciencia no es infalible y es preciso formarla, nutrirla de ciencia para que juzgue rectamente y podamos fiarnos de ella.
Tú, querido sir Thomas, fuiste un hombre de conciencia y de fe. Hablabas con Dios a solas todos los días, y en esos ratos de oración aprendiste a escucharle y a responderle siempre que sí. Él te enseñó que "es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres" como declaró San Pedro ante sus jueces; y supiste ser libre callando ante la injusticia o defendiéndote con elocuencia y rigor, como el gran jurista que eras. Te negaste a firmar el acta que proclamaba al rey cabeza de la Iglesia de Inglaterra y te condenaron a muerte por decapitación. Prisionero en la Torre de Londres, aguardaste el hacha  del verdugo mientras escribías de tu puño y letra tu último libro, "la agonía de Cristo".
Cuatrocientos años después un Papa santo, Juan Pablo II, te dio un difícil encargo: ser patrono de los políticos. ¿Cómo lo llevas? Cualquiera diría que "conciencia" y "política" son  conceptos incompatibles. Pero la política es una tarea noble que debe ser ejercida por hombres y mujeres íntegros.
Consíguenos políticos así, querido Sir Thomas; servidores públicos que no pierdan la cabeza por un puñado de euros ni por el oropel de un cargo. Puestos a perderla, mejor de un tajo, como tú, para recuperarla en el Cielo.




Vid., por ejemplo, Andrés Vázquez de Prada, "Sir Tomás Moro, Lord Canciller de Inglaterra". Edic. Rialp, Madrid
** Motu proprio para la proclamación de Santo Tomás Moro como Patrono de los gobernantes y de los políticos.

domingo, 26 de marzo de 2017

Elogio de la galantería

A Julieta (con permiso de Romeo)




Gentil Julieta, musa de los trovadores que aún lloran el trágico final de tu insensata aventura con Romeo; hace un mes le escribí a él un mensaje en esta misma página para lamentarme de lo injustas que son las querellas entre familias y estirpes y para explicarle que, en nuestro tiempo, privan más las luchas entre generaciones.
No quiero volver sobre ese asunto, que a ti en el fondo te preocupa poco. Hablemos en cambio de la galantería, que es arte y virtud poco apreciada en mi generación.
Como bien sabes, querida Julieta, Romeo se enamoró de ti a la velocidad del rayo. Le bastó verte un segundo en el baile de máscaras de los Capuleto para que tu rostro y tu mirada desplazara de su veleidoso corazón la imagen de una tal Rosalinda, que hasta ese instante había sido su amor indestructible. Tú, como sólo tenías 13 años, necesitaste algo más de tiempo. Primero oíste una voz desconocida detrás del embozo del Montesco. Luego él tomó tu mano y apenas la rozó con un beso. Después —tú misma lo contaste— sus labios dejaron en los tuyos "la huella de su pecado".
¿Eso fue todo? Ciertamente que no. Faltaban las palabras; era preciso que unas pocas palabras galantes encendieran definitivamente la llama del amor. Y aquella noche, a la orilla de tu balcón, hubo un duelo de requiebros y poemas. Shakespeare os estaba espiando y nos lo contó todo.
Como digo, nuestra época está olvidando la galantería. Enamorar a una mujer con palabras seductoras parece delictivo y fuera de lugar. Es más, cualquier signo de caballerosidad con alguien del sexo opuesto puede ser tildado de machismo, un pecado grave difícil de definir, que un día de estos entrará en el código penal.
Yo empiezo a ser viejo, querida Julieta, y confieso que me gustaría haber sido un galán-galante en mi juventud. Ahora, como comprenderás, no sería correcto volver a unas andadas que nunca anduve antes. Sin embargo aún cedo el asiento en el autobús a las mujeres, aunque parezcan más jóvenes que yo. Alguna lo rechaza, pero ninguna, de momento, ha protestado.
Sólo me queda una persona con la que ejercitarme en el arte de la galantería: la Virgen María. Por supuesto que me basta y me sobra. Cuando rezo a María Santísima no puedo olvidar que es mucho más hermosa que tú, gentil Julieta, y que además es mi madre. A ella le gusta ser conquistada por las palabras galantes de sus hijos. Lo hizo el mismo Dios cuando puso en boca del arcángel San Gabriel un piropo para ruborizar a su Madre: "llena-de-gracia".
Hay otra oración que rebosa de galantería y caballerosidad. Es un poema bellísimo muy sencillo, y tan antiguo que ya existía antes de la primera cruzada. Me refiero a la Salve. La rezo varias veces a la semana y la traduzco a mi manera para que la Señora comprenda que yo soy el poeta que la escribe y reescribe cada día.
"¡Salve!, Reina, Madre de la Misericordia, dulzura de la Vida, Esperanza nuestra, ¡Salve!"
El saludo es una sucesión de piropos. Así atraigo la mirada de mi Dama. Los latinos dirían que es la captatio benevolentiae con la que debe comenzar todo buen discurso desde los tiempos de Cicerón.
Luego el poema habla de los "hijos de Eva" que fuimos desterrados del Paraíso terrenal y aspiramos a recuperarlo si la Señora vuelve a nosotros "esos sus ojos misericordiosos". Y recurrimos a Ella como Abogada, que es un magnífico título, porque el buen abogado sólo dice cosas buenas de sus clientes.
Pero lo que más me conmueve es una palabra que no la he visto jamás en otra oración. Es una súplica insólita, familiar y confiada, compatible con la cortesía, que parece salida de la boca de un andaluz o de un niño.
— ¡Ea, pues, Señora!
¡Ea! ¡Qué gran jaculatoria! La puedo repetir cien veces sin más explicaciones, porque María y yo sabemos lo que hay detrás: hay confidencias de amor que a nadie importan. En esas dos letras se condensan ruegos y peticiones, poemas y piropos que dije un día bajo el balcón de mi Dama, esperando, como Romeo, un "sí" y una sonrisa. Al final siempre los logro:
— ¡Ea!

IV.2017

lunes, 27 de febrero de 2017

Estirpes y generaciones

A Romeo (con permiso de Julieta)

Querido Romeo: he vuelto a leer vuestra historia tal como la imaginó Shakespeare y otra vez me he enfadado con su autor por no haberse atrevido a redactar un final feliz. ¡Qué ganas de convertirlo todo en tragedia! La leyenda de vuestros amores merecía un happy end a la americana con beso y fiestón familiar incluidos.  Claro que "Romeo y Julieta" en versión de comedia romántica no habría tenido el mismo éxito. Me temo que, para pasar a la historia de la literatura, es mejor el drama que el sainete.  
Tuviste mala suerte, Romeo. Te enamoraste en el peor momento de la chica menos adecuada. Eras un Montesco, y jamás se había oído decir que uno de tu familia se fijase en una Capuleto. En tu tiempo pertenecer a una estirpe significaba aceptar una herencia irrenunciable de odios y amores ancestrales, sólidos como rocas, que se recibían con orgullo como un título nobiliario, y se mantenían con uñas y dientes como si estuviera en juego el honor de todo el linaje.
Julieta y tú habríais renunciado con gusto a vuestro nombre con tal estar juntos hasta la muerte, porque, como te dijo ella desde su balcón “¿qué es «Montesco»? No es mano, ni pie, ni brazo, ni cara, ni parte del cuerpo. Lo que llamamos rosa ¿acaso sería menos fragante si llevara otro nombre…?"
Tenía razón tu  novia, pero las cosas son como son. Y desde que Caín mató a Abel, los humanos tendemos a pelearnos unos contra otros individual y colectivamente: romanos contra cartagineses, judíos contra árabes, moros contra cristianos, béticos contra sevillistas…, y, naturalemente, los Corleone contra los Bonanno, Los Montesco contra los Capuleto… Ya lo decía Hobbes :  homo homini lupus, el hombre es un lobo para el hombre.  
Claro que las cosas han cambiado mucho en los últimos siglos. Ahora las batallas entre estirpes se han convertido en algo marginal, propio de la vieja mafia siciliana o de algunos pueblos anclados en la Edad Media. Las estirpes languidecen. Ya casi nadie presume de la nobleza de su familia. Hasta los aristócratas ocultan con pudor sus títulos nobiliarios.
¿Significa eso que hemos mejorado? No estoy muy seguro. El odio siempre acaba por abrirse paso y en estos últimos cien años se ha vestido de todos los colores: blancos contra negros, rojos contra azules, arios contra judíos, rubios contra pardos…
Pero yo no querría hablarte de eso, sino de una rivalidad nueva —no la llamaré odio— que desde hace un siglo aproximadamente se ha instalado en nuestra sociedad y que, en mi opinión, no es natural ni, por supuesto, inocente. Me refiero a la lucha entre generaciones.
Coinciden los expertos en que la división vertical de la sociedad —por familias o linajes— ha sido sustituida por una segmentación horizontal. Ahora ya no importa si eres Montesco o Capuleto; marqués o descendiente del Zar; lo que cuenta es el año en que naciste. Ese año definirá tu identidad tribal, la música que oigas, la jerga que hables, la ropa que vistas y, si me apuras, hasta el partido en que milites.
Siempre ha habido generaciones distintas, claro, pero nunca tantas ni tan efímeras. El tiempo se acelera, las décadas pasan volando por nuestra vida y nos hacen envejecer diez minutos después de haber alcanzado la adolescencia.
Los políticos totalitarios y los grandes poderes económicos fomentan descaradamente la guerra entre generaciones. A una masa de jovencitos emancipados, sin la protección de su familia y conectados en vena a Internet, se les puede vender cualquier idea y cualquier moda indumentaria.
Con notable descaro lo confesaba hace poco una profesional de la "nueva política". Explicaba este personaje que "la familia convencional" es insana porque se opone a la autonomía de los hijos. Quería decir, supongo, que los niños liberados son clientela fácil para su ideología.
En resumen, que prefiero las estirpes a las generaciones. Mejor tener raíces que volar sin alas. Mejor recibir la savia de los antiguos que los virus, sin filtro, de Google.
Eso sí, que la savia esté limpia de odios. Montescos y Capuletos deben coexistir en paz y armonía. 


sábado, 4 de febrero de 2017

A John Wayne


Ni buenos ni malos 


Querido y admirado John Wayne, o sea, Yonbaine, que es como te llamé toda la vida; ¡cuánto echo de menos tu mirada franca y honrada, tu inconfundible modo de caminar, tu sonrisa irónica y tu colt 45!
No todas tus pelis fueron Westerns, pero en el Oeste es donde te encontrabas más a gusto porque no necesitabas cambiar de personalidad; allí te interpretabas a ti mismo. Eras tan John Wayne en la vida real como en la pantalla. Me apuesto un dólar a que, terminado el rodaje, volvías a casa, amarrabas el caballo en el parquin, y, sin quitarte el sombrero de la cabeza ni el pañuelo del cuello, dabas cuenta del último güisqui, con las botas sobre la mesa y el revólver a tu diestra.
Tus biógrafos, con sospechosa unanimidad, se complacen en destacar la "rudeza" de tu carácter y tus ideas "ultraconservadoras". Sin embargo, cuando uno lee el testimonio de tus allegados, la impresión es muy diferente: dicen que fuiste un hombre entrañablemente familiar, un buen padre de familia y  un abuelo casi pegajoso. Lo del "ultraconservadurismo" no merece comentarios; en esta tierra nuestra si uno va a la iglesia los domingos y no se divorcia cada cinco años corre el riesgo de ser tachado de talibán.
He vuelto a leer la historia de tu conversión a la Iglesia Católica por influencia de John Ford —otro gran John—, que dirigió muchas de tus pelis y fue también católico a pesar de sus muchas miserias y pesares; pero no hablaré de eso. Hoy quería agradecerte alguna de las lecciones que me diste en la pantalla.
De ti, y de tu maestro John Ford, aprendí que los hombres sencillos son más ricos que los poderosos; que los humildes saben crecerse en la adversidad; que es preferible tener una familia a estar solo; que vale la pena luchar para no perder a los tuyos; que la infancia es un campo sembrado de nostalgias; que las mujeres no son objetos de consumo y pueden ser adorables a los 20 años y a los 80; que en los horizontes del oeste se forjan los sueños y las leyendas; que hay que mantener limpio el revólver para hacer justicia a los inocentes. Y es que, querido Yonbaine, en el cine que tú hacías había buenos y malos, y tú siempre eras de los buenos.
Ahora me dirán que no sea simplista, que en este mundo traidor el bien y el mal están mezclados como el trigo y la cizaña; que los buenos no lo son tanto y los malos, en el fondo, también tienen su corazoncito. De acuerdo, pero también es cierto que en aquellas añoradas películas, los buenos —sin ser santos— luchabais por defender la justicia. Y amabais la verdad, la fidelidad a la palabra dada, la patria, la familia. Incluso bendecíais la mesa antes de almorzar sin pedir permiso al fiscal del distrito.
Las cosas empezaron a estropearse con el nacimiento de la llamada "novela negra". Raymond Chandler, Dashiell Hammet, Ross Macdonald, sus más conocidos representantes, dieron a luz respectivamente a  Philip Marlowe, Sam Spade y Lew Archer,  tres detectives duros, solitarios, cínicos y de moral ambigua, que parecían fascinados por lo más oscuro e irracional del ser humano y penetraban en las más turbias alcantarillas a cambio de un puñado de dólares.
A partir de entonces la división entre buenos y malos se fue difuminando en la literatura y en el cine, y el careto taciturno de Humphrey Bogart, con su pitillo colgado del labio, echó de las pantallas a Gary Cooper.
Sabes bien, querido John Wayne, que el fenómeno responde a una profunda crisis de valores de nuestra decrépita sociedad occidental. El "todo por la pasta" parece haber sustituido al "todo por la Patria".  Y el aroma de las cloacas ha contaminado la literatura, el cine y la tele. Ya lo dijo Lord Voldemort, el malo malísimo de Harry Potter: "no hay ni mal ni bien, sólo hay poder y personas demasiado débiles para buscarlo".
Yo no me resigno, querido John. Por eso te invoco con este mail. Saca del armario el látigo y el revólver para dar un buen susto a esos tristes héroes —ni buenos ni malos— que vagan por la literatura y las pantallas escupiendo procacidades y blasfemias, sin más horizonte que su propio estómago.
Te necesitamos, amigo.  

sábado, 28 de enero de 2017

Espías


Lo he leído ayer mismo. Palabra de honor. No cito la fuente, porque las tonterías es mejor que queden en el anonimato.
Escribe un "experto" en asuntos eclesiásticos que "en el Opus Dei los directores espían a los súbditos. El mismo fundador lo reconoce en Camino, (n. 82):  "Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en «tercer lugar», acción."
 
Por tanto somos "expías" o "expiados". Nos ha descubierto un "experto", que no lo es precisamente en ortografía.


 

miércoles, 25 de enero de 2017

Paseo por Cavabianca


El recién elegido Prelado del Opus Dei pasea por el jardín del Colegio Romano de la Santa Cruz y habla por primera vez de las tareas de la Obra para los próximos años. Seguro que habéis visto estos dos vídeos, pero hoy quiero colgarlos aquí como un recuerdo entrañable de estos días.



martes, 24 de enero de 2017

El Padre


Ayer por la mañana en todos los centros del Opus Dei se celebró una Misa votiva del Espíritu Santo para pedir por la inminente elección del Prelado de la Obra.
En Roma, a las 8,30 de la mañana los electores, presididos por don Fernando Ocáriz, Vicario auxiliar de la Prelatura, participaron en la Eucaristía y pidieron luz al Espíritu Santo antes de comenzar sus trabajos.
Bajo el altar de la iglesia prelaticia, reposaban los restos de San Josemaría Escrivá, que, desde el Cielo, sigue gobernando su Obra.
A primera hora de la tarde don Fernando Ocáriz fue elegido Prelado del Opus Dei. Sólo faltaba la confirmación y nombramiento del Santo Padre, que llegó deprisa, esa misma tarde. A las 12 de la noche, la página web de la Obra daba la noticia, tan esperada en todo el mundo.
Esta mañana miles de sacerdotes, sin ponernos de acuerdo, hemos celebrado una Misa de acción de gracias. San Francisco de Sales nos sabrá disculpar: hoy es su fiesta, pero, como patrono de los periodistas, entenderá que la noticia tenía preferencia. Valía la pena modificar el calendario litúrgico. Un día es un día, y en el Opus Dei hoy estamos de fiesta.