miércoles, 19 de julio de 2017

A Aníbal Barca

Odio eterno y hamburguesas


Mi General:
Tenía ganas de enviarte un e-mail desde hace meses, más que nada por aquel famoso juramento que te obligó a hacer tu padre Amílcar. Juraste "odio eterno a los romanos". Al menos, eso decía el libro de historia que yo estudié a los 11 ó 12 años. Poco más aportaba aquel manual; sólo que destruiste la ciudad de Sagunto, que por entonces era un enclave de Roma, y que, para rematar la faena, decidiste marchar sobre la Capital del Imperio atravesando los Alpes con cuarenta elefantes y treinta mil soldados de infantería. 
No sé si me sorprendió más la ruta elegida o el medio de transporte, pero un día cayó en mis manos una biografía tuya y empecé a tomarte en serio. Me enteré de que fuiste un aventajado discípulo de Alejandro Magno, un estratega colosal, audaz y astuto en tus planteamientos y casi invencible en el campo de batalla. Aún se preguntan los historiadores por qué te quedaste a las puertas de Roma. Un paso más y habrías cambiado la historia de Europa.
Pero volvamos al famoso juramento. ¿Odio eterno? No es que me asombre demasiado. Desde el penoso incidente de la manzana en el Paraíso terrenal, los hombres tenemos la insana costumbre de formar bandos irreconciliables para atizarnos sin piedad: romanos y cartagineses, capuletos y montescos, béticos y sevillistas, de Joselito y de Belmonte, de Pedro y de Mariano… Y no es que la rivalidad me parezca mal. Al contrario, la competencia casi siempre es sana, deseable y compatible incluso con la amistad más entrañable. Pero odiar es otra cosa. Te lo diré con claridad: nada hay más diabólico que el odio.
Odiar significa querer aniquilar al odiado; desear que el otro no exista, que desaparezca para siempre de nuestro horizonte.
Para odiar al prójimo es preciso verlo como objeto, no como persona. Mi amiga Maica, a sus trece años, asegura que odia las hamburguesas con mostaza, las mates y las canciones de Amaral. Se trata de "odios" efímeros —a saber qué pensará el año próximo—, pero no por eso menos auténticos. Maica querría alejar de su vida para siempre esos infames "objetos", aunque, para algunos, puedan ser objetos de deseo.
Se ha dicho que del amor al odio solo hay un paso. La afirmación vale para quienes confundan el amor con la simple atracción sensual, con el afán de poseer a una persona para gozar de ella. Ese amor erótico no comprende que las personas no se desean como simples objetos, se aman. Y amar es entregarse, desvivirse, y mirar a los ojos de otro hasta comprender que allí hay algo divino, un abismo infinito en el que es posible sumergirse sin miedo, porque no envejece.
No, querido Aníbal. No es posible odiar a quien vemos como una persona, como un ser creado a imagen y semejanza de Dios. Por eso el Señor no sabe odiar. Él es todo Amor, y entre ese Amor, que en Dios se desborda, y el odio, que es patrimonio de Satanás, hay más que un paso: hay una distancia  infinita.
Ahora debería preguntarme por qué esta epidemia de odios que parece crecer sin freno en el siglo XXI. Y tendría que hablar de los llamados "delitos de odio", que son una novedad en las legislaciones penales; de la violencia doméstica, del machismo desatado y del hembrismo frenético, de los niños maltratados o profanados; de las fobias ideológicas, de casta o de nación.
¿Qué nos está ocurriendo? Es evidente, mi general: cuando se expulsa de la sociedad al Creador, se apaga en el prójimo esa chispa divina que lo hace único porque Dios lo ama como si no existiera nadie más en el mundo, y se convierte en simple objeto: útil o inútil; agradable o molesto; hermoso o deforme; simpático o insoportable… Ya podemos utilizarlo, gozar de él u odiarlo sin alterarnos demasiado. Sólo es una cosa.
¿Odio a los romanos? Valiente bobada. "Los romanos" en general no son nada; es sólo una cómoda etiqueta que ponemos para despersonalizarlos y poder odiarlos sin cargos de conciencia, igual que Maica odia las hamburguesas.
Si aprendiéramos a mirarnos a los ojos como Dios nos mira, uno a uno, empezaríamos a amar de verdad y entonces las cosas serían muy distintas.

viernes, 23 de junio de 2017

No empecemos, porfa


¡Válgame Dios, qué alboroto se ha formado con mi última entrada! ¡16 comentarios poniéndome a caer de un burro! No sabía yo que me quedasen tantos lectores, y todos sin nombre.
Uno me llama "reprimido y represor"; otro me sugiere "una visita a psiquiatra"; un tercero se defiende no sé de quién con un "mi cuerpo es mío y hago con él lo que me sale". Hay quien dice que yo mismo soy el mayor impúdico por contar mis intimidades en este blog…
Lo siento, no publicaré esos comentarios. A cambio censuraré también un par de elogios desmesurados.
Mi  carta a Miguel Hernández no pretendía abrir ningún debate. Y menos ahora que hasta en Tenerife hace calor.

jueves, 22 de junio de 2017

A Miguel Hernández


El beso

Querido poeta.
Ahora que el verano enseña los dientes y el sol se ceba con el desabrigado pellejo de los turistas del Brexit, me he acordado de ti. Te escribo desde Arona, un pueblecito de Tenerife, que es un balcón sobre el Océano a 600 metros de altura. Esta mañana, como casi todos los días, he salido a dar un paseo antes de celebrar la santa Misa. El sol aún no había cargado sus baterías y soplaba una brisa fresca del mar. Las calles empezaban a desperezarse y los madrugadores nos dábamos los buenos días con la música afable de esta tierra.
Entonces los vi. Eran un chico y una chica de 15 ó 16 años. Por un momento pensé que se estaban peleando a mordiscos, o que se trataba de un caso de vampirismo. Me equivocaba. Era sólo un beso, pero tan agresivo, voraz y caníbal que el diccionario de la academia difícilmente lo calificaría como tal.
Di la vuelta para no molestar a la pareja. Yo había empezado a rezar el rosario, y me vinieron a la boca, como un avemaría más, los cuatro primeros versos de uno de tus sonetos:
Te me mueres de casta y de sencilla:
estoy convicto, amor, estoy confeso
de que, raptor intrépido de un beso,
yo te libé la flor de la mejilla[i]

 El poema está dedicado a Josefina, el amor de tu vida, la misma que te tiró "un limón y tan amargo", quizá medio enfadada por ese medio-beso transgresor. A ti, en cambio, te enamoró el pudor con que ella defendía el tesoro de su intimidad.
Y es que, en efecto, la intimidad es un tesoro, un don que hemos recibido porque somos espíritu y no solo carne; un privilegio que nos distingue de los animales y nos capacita para amar. En la intimidad viven los sueños más secretos, las fantasías del corazón, ese punto de locura que todos guardamos. Y los amores imaginados. Las miserias ocultas. Y las añoranzas: lo mejor y lo peor de cada uno. La intimidad es cosa del alma, pero también se refleja en el cuerpo: en el rubor que aparece de improviso, en el lenguaje discreto y respetuoso, en el recato que protegemos de las miradas extrañas algunas partes de nuestro cuerpo.
No resulta fácil elogiar el pudor en este siglo que parece haber optado por la procacidad teórica y práctica como signo de progresía y norma obligatoria de conducta. El impudor reina en las redes sociales, donde los usuarios desnudan su alma y a veces su cuerpo; en las camisetas ilustradas con mensajes más o menos obscenos, pero siempre explícitos; en los vestuarios (mejor llamarlos "desnudarios"); en el lenguaje académico, que se ha llenado de expresiones zafias de carácter sexual. Por no hablar de determinados programas televisivos donde lo íntimo y la vulgaridad más mugrienta campean a la vista de mirones y cotillas.
Hay devoradores de intimidades ajenas, obsesos que lo contaminan todo con su mirada sucia, y tratan de convencernos de que el pudor es sólo una forma de hipocresía, que lo natural es la desnudez del alma y del cuerpo y la manifestación pública, sin tabúes represores, de los más bajos instintos.
Pero tú sabes, querido Miguel, que el pudor es el joyero que guarda lo más valioso de uno mismo; un estuche necesario que se abre desde dentro y nunca para exhibir como mercancía lo que solo se entrega y se comparte por amor.
Se comparte —quizá nunca del todo— con los "íntimos", con la familia más cercana, con el hogar en que vivimos, con los amigos, y, por supuesto, con la persona que hemos elegido para entregarle nuestra vida. Y se da por completo sólo al Amor de los amores, a Dios, que no se deja ganar en generosidad y nos abre también el tesoro infinito de su intimidad.
—Entonces, ¿el beso?
—Es una forma delicada y cariñosa de llamar a la puerta.  




[i] El resto del poema dice asíYo te libé la flor de la mejilla, / y desde aquella gloria, aquel suceso, / tu mejilla, de escrúpulo y de peso, / se te cae deshojada y amarilla. El fantasma del beso delincuente / el pómulo te tiene perseguido, / cada vez más potente, negro y grande. / Y sin dormir estás, celosamente, / vigilando mi boca ¡con qué cuido! /para que no se vicie y se desmande

miércoles, 14 de junio de 2017

Candelaria, 23 grados


Rosa no comprende por qué la televisión española apenas alude al clima de Canarias.
—Dicen que en la Península superan los 40 grados. Aquí no subimos de 25 ni bajamos de 20. Con semejante clima hasta la lluvia es agradable, porque no enfría ni calienta; casi, ni moja.
—La lluvia moja como en todas partes. Lo que ocurre es que te encanta que se empapen esos pantaloncitos de flores, y no te enfureces si te chorrea el pelo.
Rosa es la mujer de Santi. Los dos son viejos amigos y acaban de llegar a Tenerife para pasar unos días. Han aparcado a los niños en casa de la abuela y, quizá por el remordimiento, han aparecido en Arona para liberar a este ermitaño de su encierro y llevarlo a pasear por la costa. De momento hablan de meteorología y mandan continuos watchaps a "los niños" para preguntarles si hace calor en Sevilla.
Ya en el coche, la conversación cambia de música. Van a cumplir quince años de matrimonio y quieren tener una Misa para dar gracias a Dios en agosto y en Sevilla.
—¿Te acuerdas cuántas cosas bonitas dijiste el día de nuestra boda? —pregunta Rosa—.
—La verdad es que no. Y tu…, ¿te acuerdas?
—¡Cómo voy a acordarme!, ¡qué cosas tienes! Para sermones estaba yo, con este tío a mi lado que no paraba de contar chistes en voz baja.
Santi pone cara de inocencia absoluta y dice:
—Yo sí me acuerdo. Hablaste de los hijos, de la familia y eso…
—Ya. En todo caso, a mi no me lleváis a Sevilla en agosto ni anestesiado.
—Te lo dije, Rosa. A los vascos no les van los calores…
Rosa y Santi tienen cuatro niños y una niña. Ellos mismos siguen siendo una pareja de adolescentes discutidores, peleones y llenos de vitalidad.
Al llegar a Candelaria rezamos el Ángelus en latín dirigido por Rosa.
—Y si pedimos a la Virgen que haga fresquito en agosto…, ¿vendrías?
—Bueno; pero sólo si se repite el milagro de la Virgen de las Nieves. 
El arroz con bogavante estaba delicioso, pero fui fuerte y, de momento, no he cedido. 

domingo, 11 de junio de 2017

En Tenerife


Llegué hace una semana desde Las Palmas en un avión de juguete, con grandes hélices negras. Salimos con retraso porque, al decir del comandante, sólo había una pista disponible y teníamos que hacer cola.
El vuelo sería breve; apenas media hora para saltar de una isla a otra. Pero el piloto estaba enfadado:
—Cuando estemos en vuelo, le daremos caña al motor para recuperar el tiempo perdido.
Una señora de habla alemana que se sentaba a mi lado me preguntó que "caña" le iban a dar al motor. Traté de tranquilizarla asegurando que se trataba de pura  jerga aeronáutica.
Volamos muy bajo con la mole del Teide al fondo. La azafata ofrecía agua y prensa local. No hubo tiempo para más. En veinte minutos tomamos tierra en "Los Rodeos" y salí caminando en busca del equipaje y del coche que había reservado:
—Tenemos un cochito un poco mejor —me dijo la empleada—.
El "cochito" era un Polo último modelo, que llevó a Arona volando.
Al día siguiente por la mañana tuve que pensármelo muy bien antes de decidir por qué lado de la cama tenía que salir para no romperme la nariz contra la pared.
 
Y, sí, estuve en Candelaria. Sólo diez minutos; pero caben muchas intenciones en ese breve tiempo.

sábado, 3 de junio de 2017

DesdeTeror a Candelaria


Por la mañana he subido a Teror, el pueblo de los balcones, donde se encuentra la Patrona de esta Isla: la Virgen del Pino.
Esta vez sólo he tenido tiempo de rezar un rosario y saludar a la camarera del bar que hay en la plaza, que me recuerda de otros años y siempre me pide que rece por alguna intención suya.
El domingo, si Dios quiere, aterrizaré en el aeropuerto de Los Rodeos, de Tenerife, y tomaré rumbo sur con un cochecito alquilado. Pasaré por Candelaria, la villa que toma su nombre de la advocación mariana, como recuerda siempre su alcalde. La Virgen de Candelaria es patrona de Tenerife, y yo espero ir a verla para darle recuerdos de su "colega" de enfrente.
Que nadie me corrija; yo sé que la Virgen María es una sola, pero las distintas advocaciones nos permiten meter a nuestra Señora en cada pueblo y tutearla como a una paisana más.
A mí me gusta invocarla con el nombre que adopta en cada región: Guadalupe, Almudena, Paloma, Begoña, Candelaria...
Sé que a ella le gusta.

viernes, 2 de junio de 2017

Hoy me despido de la Gran Canaria


…y el domingo vuelo a Tenerife.


Llevo ya veinte días en esta isla, y hasta hoy no me había asomado al Océano.
El día amanece nublado, pero aquí nunca hace frío. Tampoco calor. Como mucho, 25 o 26 grados. Algunas veces el termómetro baja hasta los 20 y entonces los lugareños se quejan; pero no renuncian facilmente a la manga corta y al pantalón a media asta.
En la playa de las canteras soplan los vientos alisios con cierta energía, pero el paseo aparece saturado de paisanos y turistas peripatéticos. Yo me mimetizo con el personal gracias a una camisa volandera de tonos rojos y mi inseparable mochila donde a veces llevo el periódico, la tableta, el teléfono, la cartera y un libro que nunca abriré.
—Mister, do you like un mojitooo?
No comprendo por qué me interpela en inglés el camarero. Es un chaval de apenas veinte años. Le contesto que no en italiano y santas pascuas.
Al fin me siento en la terraza y me dispongo a repasar "La Provincia", un periódico local, que trae noticias verdaderamente interesantes y la mar de variadas; no como la prensa madrileña, que solo sabe hablar de corrupción, de Trump, del cambio climático y de Panamá.
Vuelve el camarero del mojitooo y me pregunta, ahora en perfecto italiano, si quiero tomar algo. Me ofrece un zumo "tutto naturale" de frutas canarias. Me dejo seducir por el color, y como no hay más clientela nos dedicamos a charlar en castellano.
Me cuenta que tiene novia, pero no para casarse, que vota a "Podemos" pero no sabe por qué, que es del Barça, pero quiere que gane el Madrid la Copa de Europa, que Nadal es el mejor…
Yo trato de ejercer de abuelo y le cuento alguna vieja historia de fútbol, de tenis… También hago propaganda del matrimonio y de la familia. Él, como sabe que el cliente siempre tiene razón, me escucha atentamente hasta que aparece por estribor un turista rubio como la cerveza. Me pide perdón y se lanza al abordaje:
—Mister, un mojitooo?

miércoles, 31 de mayo de 2017

31 de mayo. María va de visita


María y su Ángel van camino de Ain Karin para visitar a la prima de nuestra Señora. En el centro de la caravana, la Virgen, montada en el borrico, cruza los brazos sobre su vientre y ensaya canciones de cuna para el Hijo que lleva en su seno. 
—Gabriel,
—Dime, Señora.
—Cuando lleguemos a casa de Isabel, ¿cómo le explico lo que me ha ocurrido? Ella no sabe nada, y como no me ha visto desde que yo era muy pequeña…, a lo mejor piensa que son solo fantasías de una chiquilla.
—¿Quieres que me adelante?
Un segundo después, el Ángel Gabriel llega a casa de Zacarías. Isabel escucha con atención el mensaje del Arcángel y pregunta:
—¿María sabe  que estoy esperando un niño?
—Yo mismo se lo dije hace unos días. Por eso viene hacia aquí.
—¡Ay, Dios mío, ¿Cómo podré alojarla en esta casa? ¡Quién tuviera un palacio para la Madre de mi Señor!
Entre tanto, a Zacarías se le escapa una lágrima pequeñita, abraza a su mujer y escribe en su pizarra:
—Ahora podrás desahogarte a gusto con ella. Yo disfrutaré con vuestra conversación como con una melodía celestial. No tengas miedo, Yahvé me ha dejado mudo para que no se me ocurra interrumpiros.
 

lunes, 29 de mayo de 2017

En Las Palmas


Los mendigos de Las Palmas se parecen a los de cualquier otro lugar de España. Si acaso, piden más suavemente e incluso invocan a Dios, a la Virgen o a los santos y te piden que los bendigas.
Junto al hiper que hay a pocos metros de la playa de Las Canteras se sitúa un mendigo que casi no pide nada. Tiene la mano extendida y musita algo difícil de interpretar. Cuando paso a su lado, al reconocer al cura, eleva un poco la voz:
—Es para comer.
El mendigo tiene los ojos llorosos y cargados de sueño. Su piel enrojecida, las venillas que le cabalgan por el cutis y un cierto tufillo a alcohol, me sacan de dudas. Mientras busco un euro en el fondo del bolsillo, le pregunto:
—¿Para comer, o para beber?
Sonríe

—Las dos cosas son importantes, padre.
Pongo una moneda en su mano y, cuando ya no puedo dar marcha atrás, compruebo que es de dos euros.
El mendigo se emociona como si le hubiese resuelto la vida. Me da un abrazo y me desea toda clase de bienes para el futuro por intercesión de la Virgen de los Dolores. No hay forma de callarlo: habla y habla. Se le ha disparado repentinamente el frenillo de la lengua. Al fin, pontifica:
—Yo voy camino de la vejez. Ya tengo 56 años. Usted, en cambio, volverá a ser niño.
—¿Cómo dice?
—Es el destino de los ancianos. Porque ¿cuántos años tiene, ochenta y cuatro, ochenta y cinco?
—Devuélveme los dos euros ahora mismo. 
—Lo que se da no se quita. ¿Sólo ochenta?
Los mendigos de Las Palmas hablan con música caribeña, pero la letra puede ser terrible. Ya en el coche, me miro en el retrovisor con cierta aprensión.
—¡Ochenta y cinco! Estará bebido...




sábado, 27 de mayo de 2017

Un cuento para Javi


Este es el cuento que escribimos a medias Gaby y yo para felicitar a mi sobrinieto en el día de su Primera Comunión. 


Querido Javi.
Soy Gaby (o sea, Gabriel) y trabajo en el Cielo como Arcángel Custodio de la Virgen María.
Me ha contado tu tío que el día 20 de mayo vas a hacer la primera Comunión y, como él ahora está muy lejos, me pide que escriba un cuento para mandártelo como regalo.
Yo le he dicho que los Ángeles no sabemos inventar historias falsas. Sólo decimos la verdad; pero tu tío ha insistido:
—Por eso quiero que lo escribas tú. Javitxu se merece un cuento que no sea cuento. Seguro que en el Cielo hay mogollón de anécdotas que nadie hasta ahora ha puesto por escrito. ¿Por qué no nos explicas, por ejemplo, cómo fue la Primera Comunión de la Santísima Virgen?
Tenía razón. Así que le he arrancado a Rafael una de sus plumas de colores, la he mojado en tinta celeste color verde esmeralda y me he puesto a la tarea. 
Aquí tienes el resultado:

La primera Comunión de María.


Era el día de Pentecostés. Acababa de venir a la tierra el Espíritu Santo, que se posó sobre las cabezas de los apóstoles dividido en pequeñas llamaradas. Un huracán luminoso alborotó el salón y oímos una música suave que venía del Cielo. San Pedro entonces se puso en pie, salió al balcón y pronunció un discurso ante la multitud. Hay que ver lo bien que le salió. Todos entendieron sus palabras gracias a que un centenar de ángeles políglotas hicieron la traducción simultánea a cincuenta o sesenta lenguas: le escucharon en griego, latín, francés, euskera, kikuyu, tagalo, mandarín, etc., cada uno solo en su idioma. Fue una pasada. Nunca se había hecho antes, pero era necesario que la gente supiese que había comenzado una nueva era. Nacía la Iglesia Católica y las puertas del Cielo se abrían de par en par para todos.
Enseguida empezaron los bautizos. Los apóstoles fueron de cabeza. Imagínate, 3.000 personas en una sola mañana. Y, como a partir de ese día ya era posible celebrar la Santa Misa, los recién bautizados y todos los que habían recibido al Espíritu Santo se pusieron en cola para comulgar por primera vez. Fue la Primera Comunión más numerosa de la historia.
—¿Y la Virgen?
Mi señora se había escondido en un rincón porque quería pasar inadvertida. Yo supuse que no comulgaría. Al fin y al cabo ya había recibido a Jesús muchos años atrás, cuando era una chiquilla y yo un arcángel novato. En aquella ocasión Dios mismo me envió a Nazaret para anunciarle que el Señor estaba impaciente por venir a la tierra y que, si daba su permiso, ella iba a ser la Madre del Mesías. Mi Señora dijo que sí y, a partir de ese instante, llevó a Jesús en su seno durante 9 meses. Eso era mucho más que una Comunión.
No caí en la cuenta de que la "Llena de Gracia" tenía más ganas que nadie de recibir a su Hijo por segunda vez ¡Quería hacer su Segunda-Primera Comunión! Y tenía todo el derecho del mundo.
Como comprenderás, querido Javi, la Virgen y yo teníamos ya largas conversaciones a solas. Nadie se daba cuenta porque no necesitábamos palabras para charlar y, por supuesto, sólo María podía verme. Para los demás, los ángeles somos invisibles. El caso es que el mismo día de Pentecostés me llamó la Señora y, con su delicadeza y cariño habituales, me dijo:
—Mira, Gaby, mañana por la mañana voy a hacer la Primera Comunión. Juan, que es el apóstol más joven y Jesús me lo encomendó antes de morir, celebrará la Eucaristía en casa por primera vez, y estaré yo sola con él. Pero hay un problema: cuando pasen los siglos, los niños y las niñas harán su primera comunión vestidos de fiesta. Yo tendría que darles ejemplo, y resulta que no tengo nada que ponerme. ¿Cómo puedo hacer la Primera Comunión con este vestido?
Me aparté un par de metros para mirarla con más atención, y quedé deslumbrado como me ocurre siempre. Si los hombres hubiesen visto a la Santísima Virgen como la veo yo a todas horas caerían rendidos a sus pies. Desde pequeñita hasta el final de su vida fue siempre la mujer más guapa que ha habido jamás. ¡Qué importa el vestido! Cualquier prenda parecerá una joya si lo lleva la Reina de los Ángeles y de los hombres.  Sus ojos verdes, enormes y transparentes, parecían iluminar la estancia entera.
María tenía casi sesenta años, y, claro, se le marcaban algunas arruguitas junto a sus ojos y la boca. Y su cabello era blanco, como el de casi todas las abuelas.
—No importa —le dije—; esto te lo arreglo yo en un plisplás. Encargaremos a los ángeles-modistos un vestido azul como el mar con ribetes de plata. Luego te pondremos una diadema de brillantes y esmeraldas y unos zapatos de cristal…
—No, Gaby —me interrumpió María—. No quiero eso. Yo soy la Esclava del Señor, y sólo me gustaría recuperar, arreglada y limpia, la ropa que llevé en Nazaret cuando me preguntaste si quería ser la madre de Jesús y yo te dije que sí…
—Pero, Señora, han pasado muchos años y tu vestías como una chica pobre de un pueblo muy pobre. Recuerdo que llevabas un delantal blanco sobre una falta gris y una blusa muy sencilla…
—Eso es lo que necesito. Nada más. Jesús no tuvo ningún inconveniente en vivir junto a mi corazón, a pesar de ese vestido. Con él fui a ver a mi prima, Isabel, y luego, camino de Belén. Lo tuve que lavar muchas veces y dejarlo al sol para que se secase… Ahora me gustaría poder hacer lo mismo. Seguro que el Señor estará contento.
Me retiré de la presencia de la Virgen. En mi casa del Cielo, guardado en un armario de marfil, estaba el vestido que yo mismo conservaba como recuerdo. También el pañuelo floreado de varios colores que María llevó en la cabeza. Lo extendí todo sobre una nube de algodón y llamé a los ángeles modistos para poner en práctica una pequeña travesura que se me había ocurrido.
*     *     *
Al día siguiente, en la misma habitación donde Jesús y los apóstoles tuvieron la última cena, San Juan celebró la Misa para su Madre, María. Ella, igual que en el Jueves Santo, amasó el Pan y preparó el Vino que se iban a convertir en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo.
—¿Sabes que estás muy guapa con ese vestido? —le dijo Juan, que se consideraba hijo de mi Señora, y la llamaba siempre "mamá"—. Te veo mucho más joven, como una chiquilla, con ese pañuelo en la cabeza.  
María se rió:
—Eso es porque me he tapado las canas.
Comenzó la Misa. Asistieron también dos amigas de la Señora: Salomé, que era la madre de Juan y Santiago, y María Magdalena. Sólo la Virgen se dio cuenta de que, además, en aquella pequeña estancia, había un coro de millones y millones de ángeles que cantábamos una melodía recién inventada, que sólo se oía en todos los rincones del Cielo.
Justo antes de la Comunión, San Juan dijo unas palabras a la Virgen. Le habló de aquel momento en que Jesús, desde lo alto de la cruz, le encomendó a él que cuidara de su Madre, y a María, que recibiera a Juan como hijo.
—¿Recuerdas, mamá? Pues ahora yo te digo lo mismo que nos dijo el Maestro: aquí tienes a tu Hijo. Te lo entrego por primera vez en forma de Pan. Y lo haré cada mañana hasta que los dos vayamos al Cielo.
María tomó el Cuerpo de Jesús y comulgó en silencio. En ese momento, San Juan y las dos mujeres que acompañaban a la Señora vieron bajar del Cielo una nubecilla luminosa que cubrió por un instante a la Santísima Virgen. Al disiparse la niebla, todo había cambiado: el rostro de María volvía a ser el mismo que yo vi en Nazaret, el de una chiquilla preciosa de 14 años. Su cabello negro había recuperado el brillo y el color de entonces, y ya no estaba sentada en un humilde taburete, sino en un trono de oro y terciopelo.
Lo del vestido fue cosa nuestra. Los ángeles diseñamos un modelo especial para ese momento: el pañuelo de la cabeza se había convertido en una corona de flores naturales que se entrelazaban con su cabello y llenó la sala de una leve fragancia que no parecía de este mundo. Y el modesto hábito de campesina que había elegido la Virgen se transformó de pronto en una espléndida túnica blanca con bordados de oro y plata en las mangas y sobre la cintura. Seis ángeles se hicieron visibles para llevar la cola del manto azul que completaba el atuendo de María. Y volvió a sonar la música que, ahora sí, todos pudieron oír con absoluta claridad.
*     *    *
¿Y ya está?
Por supuesto que no. Te contaré un secreto: para celebrar ese día, los ángeles creamos una receta nueva: la del chocolate con churros, que, desde entonces, ha tenido bastante éxito en casi todas las primeras comuniones.

jueves, 25 de mayo de 2017

A Antonio Fontán[*]


Cosas grandes y pequeñas

Querido don Antonio:
Permíteme que hoy vuelva a ponerte el "don" en su sitio. Te fuiste al Cielo hace ya 7 años y va siendo hora de devolvértelo. Me pregunto cuándo te lo quité. Supongo que hace mucho tiempo. Tal vez al acabar la carrera, ya que desde entonces fuimos amigos, y mucho más, hasta el mismo día de tu muerte.
Siempre me pareció lo más natural del mundo que todos te llamaran "don Antonio"; desde el conserje de la Facultad hasta tus colegas más ilustres, ya fueran profesores en la Universidad, ministros del gobierno, parlamentarios o periodistas. Tú aceptabas ese tratamiento con sencillez, pero yo me situé enseguida en otro plano. Un día, ¿recuerdas?, me explicaste aquel viejo aforismo latino: amicitia pares aut accipit aut facit, la amistad nace entre iguales e iguala a los que no lo son. Eso significa que, cuando uno tiene un amigo de mayor estatura puede ponerse de puntillas y presumir sin miedo, como si las cualidades del más grande pasasen al pequeño. Éste era el caso.
Y es que, por más que me esfuerzo no logro encontrar un territorio en el que no me superases abrumadoramente. Fuiste catedrático de latín, y además de esa lengua dominabas el griego clásico y eras experto en todas las ramas de la filología. No estudiaste leyes, pero más de una vez me sorprendiste con tus conocimientos de Derecho Civil y Administrativo. Ni que decir tiene que en filosofía e historia universal me dabas mil vueltas, y, para colmo, sabías más teología dogmática que yo, a pesar de mi flamante doctorado en esa disciplina.
Debo pedirte perdón. No sé cómo me he atrevido a compararme contigo. Tú fuiste un Maestro con mayúscula y yo un aprendiz de casi nada que tuvo la inmensa suerte de asistir a tus lecciones hasta el último día. De esto precisamente quería hablar hoy.
"Cosas grandes y pequeñas", he titulado esta carta. Pienso en tus últimos años de vida, cuando, retirado casi de la vida pública, te llenaban de homenajes, premios y honores.  Una mañana me contaste que acababan de llamarte de la Casa del Rey para comunicarte que don Juan Carlos te había nombrado marqués.
—Ya iba siendo hora, ¿no? —respondí—.
—No digas eso…
Entraste en el oratorio y te quedaste allí un buen rato. Luego diste la noticia a los demás.
Todas las mañanas eras el primero en visitar ese mismo oratorio con un par de libros bajo el brazo. Allí recitabas dos o tres oraciones en voz muy baja: la primera a San Josemaría Escrivá. Habías perdido oído y no eras consciente de que yo era testigo de tu piedad.
Una tarde, en el hospital, cuando ya sabías que a tu corazón le quedaban pocos latidos, me dijiste en una charla informal:
—Gracias a Dios, a lo largo de mi vida he hecho algunas cosas útiles; pero cuando el Señor me juzgue, no me pedirá el curriculum.
—Sin embargo —te contesté— el curriculum, te ha llevado a ser lo que eres hoy.
—¿Y qué soy…?
Antonio era un gigante con piedad y corazón de niño, que se expresaba en mis pequeñas sutilezas de amor. Veinticuatro horas antes de fallecer, con voz entrecortada pero clara, dijiste en presencia de tu sobrino y de dos personas más:
—"Dejo esta vida sin tristeza ni pesares, y con la alegría de haber hecho algunas cosas… Ofrezco esta agonía por el Opus Dei, al que he dedicado mi vida; por mis hermanos y especialmente por el Padre… Por la Iglesia y el Papa… ¡Y por España!"
Muchas gracias, don Antonio, por lo grande y por lo pequeño.






*Antonio Fontán Pérez (Sevilla, 15 de octubre de 1923 - Madrid, 14 de enero de 2010),  Marqués de Guadalcanal. Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, periodista y político español. Fue el primer presidente del Senado de la España democrática. Impulsor de la libertad de expresión durante la dictadura del General Franco, y director del diario Madrid, hasta que éste fue clausurado por el gobierno franquista.
Fue el primer director del Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra (1958-1962), la actual Facultad de Comunicación. También fue decano de la Facultad de Filosofía y Letras. Fue uno de los autores de la Constitución Española de 1978. Senador y Presidente del Senado (1977-1979) y Diputado (1979-1982).

miércoles, 24 de mayo de 2017

Papás de peluche

Harto ya de no escribir (llevo un año en el dique seco), me decido a recomenzar poco a poco. Tengo que engrasar las articulaciones de mi pobre sesera menguada y hacer gimnasia mental para recuperar el tono muscular. Sólo así podré poner en órbita este globo.
Haré entradas breves, como esta de hoy.
¿No os desconcierta ver en la televisión —y en la vida real— a esos papás cómplices de las atrocidades que cometen sus hijos? Hablo de los que agreden a los profesores por haber puesto mala nota al niño; de los que se pelean en la grada de un campo de fútbol mientras sus hijos juegan un partido infantil; de los que justifican la violencia de sus retoños, y les enseñan a mentir para defenderse de la ley.
¡Es urgente escolarizar de nuevo a los padres! Pobres padres. Ellos no tienen la culpa. Llevamos más de medio siglo formado papás de peluche.
Alguien escribió: La educación de los hijos comienza 20 años antes del nacimiento de sus padres.

lunes, 8 de mayo de 2017

A Sir Thomas Moro


La conciencia

Querido Sir Thomas,
Cuando empecé a escribir estas misivas electrónicas ya tenía previsto que tú serías uno de mis destinatarios, pero, aunque más de una vez traté de redactarte un mensaje, nunca conseguí concluirlo. Tampoco hoy lo tengo claro, porque ¿cómo podría resumir tu vida, tu muerte y tu gigantesca personalidad en sólo 700 palabras, que es lo que da de sí esta página?
Fuiste humanista, escritor, filósofo, teólogo, poeta, traductor, político, canciller del Reino de Inglaterra, jurista, juez, abogado, esposo fiel, padre de familia, abuelo entrañable, cristiano laborioso y contemplativo, hombre de mundo y hombre de Dios, soñador de utopías, mártir de la Iglesia, bromista hasta con tu verdugo, amigo leal de tus amigos —también de Enrique VIII, que te mandó decapitar—, pero más amigo de la verdad, de la justicia y de tu conciencia.
—Muero como buen siervo del rey —dijiste antes de ser ejecutado—  pero ante todo de Dios.
No me entretendré ahora en narrar tu martirio. Hay biografías *, que lo describen magistralmente; prefiero comentar lo que San Juan Pablo II escribió sobre ti:
"Fue precisamente en la defensa de los derechos de la conciencia donde el ejemplo de Tomás Moro brilló con intensa luz. Se puede decir que él vivió de modo singular el valor de una conciencia moral que es testimonio de Dios mismo, cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las raíces de su alma"**.
La conciencia. He aquí una palabra prestigiosa, pero tan desgastada por el uso que ya pocos conocen su significado. Para algunos es un vago sentimiento íntimo muy útil como coartada para saltarse la ley a la torera. Otros la confunden con sus prejuicios, obsesiones o complejos de la infancia; y casi todos la ven como última instancia moral ante la cual no cabe apelación ni diálogo posible.
Algo de eso hay, pero conviene matizar. La ética define la conciencia como un primer juicio intuitivo que califica nuestros actos como buenos o malos. Podríamos compararla con la luz roja que se enciende en el salpicadero del automóvil para advertirnos de que algo falla en el motor o, por el contrario, para confirmar que todo va bien. Es una lucecita muy útil aunque algún vez pueda engañarnos, bien porque no se enciende cuando debería o porque da un mensaje erróneo. De ahí que sea necesario comprobar su correcto funcionamiento. Lo mismo ocurre con la conciencia.
Un político español algo más ilustrado que la media declaró hace poco que "la conciencia debe crecer en soledad, lejos de dogmas, libre de cualquier influencia religiosa". Sin embargo la conciencia no es infalible y es preciso formarla, nutrirla de ciencia para que juzgue rectamente y podamos fiarnos de ella.
Tú, querido sir Thomas, fuiste un hombre de conciencia y de fe. Hablabas con Dios a solas todos los días, y en esos ratos de oración aprendiste a escucharle y a responderle siempre que sí. Él te enseñó que "es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres" como declaró San Pedro ante sus jueces; y supiste ser libre callando ante la injusticia o defendiéndote con elocuencia y rigor, como el gran jurista que eras. Te negaste a firmar el acta que proclamaba al rey cabeza de la Iglesia de Inglaterra y te condenaron a muerte por decapitación. Prisionero en la Torre de Londres, aguardaste el hacha  del verdugo mientras escribías de tu puño y letra tu último libro, "la agonía de Cristo".
Cuatrocientos años después un Papa santo, Juan Pablo II, te dio un difícil encargo: ser patrono de los políticos. ¿Cómo lo llevas? Cualquiera diría que "conciencia" y "política" son  conceptos incompatibles. Pero la política es una tarea noble que debe ser ejercida por hombres y mujeres íntegros.
Consíguenos políticos así, querido Sir Thomas; servidores públicos que no pierdan la cabeza por un puñado de euros ni por el oropel de un cargo. Puestos a perderla, mejor de un tajo, como tú, para recuperarla en el Cielo.




Vid., por ejemplo, Andrés Vázquez de Prada, "Sir Tomás Moro, Lord Canciller de Inglaterra". Edic. Rialp, Madrid
** Motu proprio para la proclamación de Santo Tomás Moro como Patrono de los gobernantes y de los políticos.