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domingo, 2 de julio de 2023

Diario de Molinoviejo (II)

 La oropéndola 

No ha vuelto el autillo. Sin embargo esta mañana me ha despertado el silbido de una oropéndola. Eran las 5,45 en punto y yo estaba profundamente dormido cuando la he oído con toda claridad entre sueño y sueño.

—Se puede saber qué haces a estas horas de la madrugada —le he dicho—. Aún no ha salido el sol.

La oropéndola es ave lacónica y un poco tímida. No le gusta exhibir su preciosa librea amarilla. Se esconde en lo más alto de los chopos y allí teje su nido, una especie de cestillo primoroso demasiado pequeño a primera vista. Sin embargo al amanecer baja al suelo en busca de su desayuno y emite un canto aflautado inconfundible. Palabra de honor que hoy lo he oído con toda claridad. Me he levantado de la cama y me he acercado a la ventana. No había nada. La oscuridad entre los árboles del jardín era negra e impenetrable.

Un pajarillo pequeño, quizá un chochín, me susurra:

—¿No lo habrás soñado? Aún no se han despertado las oropéndolas.

Creo que tiene razón. No es la primera vez que los pájaros se meten en mis sueños.

Hora y media más tarde suena el despertador.

—En efecto, fue un sueño. Y ahora creo que tampoco ha sido real mi movida de madrugada. He soñado que me levantaba, que me asomaba a la ventana en busca de la dichosa oropéndola.  He soñado que me hablaba un chochín, y ahora sueño que todo fue un sueño.

Mientras celebraba Misa en el oratorio de la ampliación la oropéndola ha vuelto a cantar a dos metros de mi oído. Me he hecho el sordo.

—Una cosa es que te metas en mis sueños y otra que me distraigas a mitad del Paternóster.

 

 

viernes, 30 de junio de 2023

Diario de Molinoviejo (I)


El autillo 

He vuelto a Molinoviejo. Serán unos días de descanso activo. Predicaré cada mañana a un grupo de mujeres que hacen un curso de formación en esta casa. Luego me echaré los prismáticos al hombro y trataré de encontrarme con los pájaros  recién llegados del sur. Los tengo un poco abandonados y a lo mejor no se acuerdan de mí. En el pasado hice muy buenas migas con las oropéndolas, los abejarucos y, sobre todo, con el autillo que cada noche se sitúa a pocos metros de mi ventana.

El autillo es el búho más pequeño de Europa. Apenas mide veinte centímetros de altura, pero su canto —un silbido aflautado, repetido cada dos o tres segundos— resulta inconfundible.  Verlo ya es otra cuestión. El pájaro se mimetiza magistralmente entre las ramas de los árboles.

Esta noche ha vuelto y yo estaba preparado para recibirlo. Comenzó su conversación nocturna a las diez en punto y yo le respondí desde mi teléfono móvil con una grabación. Nada más oír el primer silbido, el autillo se quedó en silencio. Seis segundos después se reanudó el diálogo y la serenata se puso interesante. El autillo se fue acercando a la ventana, y al fin pude verlo durante unos segundos. Él también me miró con sus penachos enhiestos y sus ojos pasmados.

¿Volverá esta noche?


martes, 13 de agosto de 2019

El frío congeló las lágrimas de San Lorenzo.



 El frío y la luna. Cuando me puse en pie a las tres de la madrugada para mirar al Cielo, el termómetro del jardín marcaba 12 grados; demasiado frío para el mes de agosto y para mis pobres recursos indumentarios. El jersey no pudo evitar mi primer estornudo. Además estaba la luna, redonda, brillante y soberbia como un doblón de oro. Con semejante lámpara no había forma de ver el vuelo de las perseidas. A San Lorenzo se le secaron las lágrimas.
Todos los años me ocurre lo mismo. Unas veces son las nubes; otras, lo que los cursis llaman la  "contaminación lumínica"; el año pasado, los pinos de Valsaín… Ingenuo de mí. ¿Por qué seguiré buscando las lágrimas de San Lorenzo? En el fondo ¿qué importa si el cielo chisporrotea más o menos? Además, "pedir un deseo" con la esperanza de que una estrella fugaz nos lo conceda, ¿no es una superstición un poco tonta?
En eso pensaba yo cuando me metí de nuevo entre las sábanas. Tardé un rato en recuperar el sueño: al menos dos minutos. Me desperté a las 7 un tanto confuso: ¿había soñado mi breve expedición por el jardín? Por un momento pensé que sí; pero el frío de mis pies era demasiado real.
Teníamos retiro, y como siempre volví a salir al jardín para ver amanecer. En esta ocasión, una bandada de rabilargos pasó frente a mí como un rayo azul. No eran perseidas, pero me sirvieron.

 
Rabilargos 

lunes, 12 de agosto de 2019

Un paseo


 La llaman Plaza del álamo, pero en realidad hay un olmo que murió de grafiosis hace veinte años

Ayer decidí salir de casa por la mañana. La temperatura era muy agradable y había cesado el viento. Seguro que las aves de la zona darían la cara.
A las 11, con los prismáticos al cuello y, vestido de ornitómano, tomé el camino que baja hacia Miraflores de la Sierra. Fue un paseo muy agradable, y, sí, pude charlar con algún que otro pájaro. Interesante, sobre todo, mi conversación con un alcaudón común (lanius senator) que desde su posadero en una rama se lanzó a tierra y regresó con una pequeña lagartija en el pico.
El alcaudón es una mini rapaz, un pájaro cazador y carnicero ("lanius" significa eso, carnicero) que empala sus presas en los espinos y las deja allí colgadas para devorarlas más adelante. Así son las cosas en la naturaleza: nos comemos los unos a los otros y, gracias a eso, la vida se abre camino.
El caso es que llegué al pueblo, y pronto hubo complicaciones: una amable señora vino a mi encuentro alborozada:
—¡Don Enrique, qué alegría!, ¿Está en la Acebeda? ¿No se acuerda de mí? Hace cinco años…
Yo, que no recordaba nada, puse cara de póquer y me dejé invitar a un refresco con su marido, que también me conocía, y sus tres niños. Me despedí en cuanto pude, y apenas había dado diez pasos cuando apareció una antigua alumna del cole.
—¡Pero qué sorpresa…!¿Sabe con quién estoy aquí…?
Creo que se me dan mal estos encuentros inesperados, especialmente cuando me he desprendido del uniforme y llevo una camisa tropical y un pantalón vaquero. Es cierto que me emociona comprobar que me conoce muchas personas de todas las edades. Es la consecuencia lógica de haber predicado centenares de retiros y pláticas, de haber sido capellán de un colegio durante dieciocho inolvidables años y, en definitiva, de ser ya un viejo inofensivo que se deja asaltar por la calle.
Volví a casa por el mismo camino dando gracias a Dios por tanta gente buena con las que uno se cruza. El alcaudón seguía en su rama oteando el horizonte, pero no me detuve.     
Alcaudón común 

lunes, 1 de julio de 2019

El autillo



He vuelto a la casa antigua de Molinoviejo. Mañana, si Dios quiere, podré acercarme a la ermita para saludar a la Virgen. La echaba de menos. He vivido con ella muchos meses, pero desde que recuperé mi condición de cura urbano sólo he podido rezarla mirando su estampa.
Llegué anteayer a primera hora de la tarde. Me hacía ilusión sentarme un rato largo en el jardín, a pesar de la ola de calor y, con los prismáticos al cuello, ir saludando a cada uno de mis pájaros de junio: el pinzón marcando su territorio con su machacona melodía, el huidizo chochín, los ruiseñores, las oropéndolas, quizá alguna bandada de abejarucos…; pero algo iba mal: el jardín olía a rastrojo quemado, el aire no tenía la transparencia de otras veces y el sol apenas dejaba pasar sus rayos a través de una bruma sucia. Los pájaros guardaban silencio o se habían esfumado.
Como es lógico pensé en un incendio, y hasta traté de localizar su origen haciendo un barrido del horizonte con los prismáticos. Al fin, gracias a mi amiga Siri, me enteré de que la humareda provenía de la provincia de Ávila, donde los bomberos habían logrado controlar un fuego que ya había calcinado cientos de hectáreas.
Estaba solo en la casa y me permití el lujo de acostarme pronto creando una corriente de aire templado que no me sirvió para conciliar el sueño. Hasta que oí el canto del autillo.
El autillo es un búho diminuto que vive en bosques y jardines. Es difícil verlo durante el día, porque se mimetiza con la corteza de los árboles. En cambio cuando el sol desaparece, nos regala un silbido rítmico y pertinaz como un metrónomo preciso que acompasara los latidos de la noche. A algunos ese silbo les irrita y les hace perder el sueño. A mí suele producirme el efecto contrario, me adormece.
Hoy me he propuesto localizar a la pareja de autillos. Sospecho que no están lejos de la ermita. Ojalá canten su serenata a la Virgen todas las noches y me despierten de vez en cuando para poder acompañarlos.

domingo, 2 de junio de 2019

Sobre la paloma y otras metáforas


María me pregunta por la paloma de mi ventana. Quiere saber si existe de verdad o es una metáfora; si continúa incubando los huevos; si "alguien" le da de comer; si me lo he inventado todo.
Respondo: no es ningún invento. Aquí sigue, a menos de un metro del ordenador en el que ahora escribo. Es cierto que el Espíritu Santo se manifestó en el Jordán en forma de paloma y faltan pocos días para Pentecostés, pero nunca se me ocurriría relacionar el ave que ha venido a visitarme con la solemnidad del próximo domingo.
Pienso que esta ave ha llegado a mi ventana por una razón mucho más simple. Desde julio de 1982  mi  afición a las aves ha ido creciendo de forma exponencial hasta convertirse en verdadera ornitomanía. Por ver despegar a un águila real una mañana de invierno con nieve fui capaz de permanecer pegado a una roca durante hora y media a las tantas de la madrugada. Por contemplar un duelo musical entre dos ruiseñores que se disputaban los favores de una hembra, me olvidé de comer. Por fotografíar a un azor que alimentaba a sus pollos en lo alto de un abeto, trepé a lo alto del árbol vecino con riesgo de mi vida… Pero todo eso ocurrió hace más de treinta años. 
Ahora ya no estoy en condiciones de vivir tan arriesgadas aventuras y los pájaros lo saben. Por eso vienen a verme. Me devuelven la visita. Ellos son conscientes de que pueden conversar conmigo a cualquier hora. Esta misma noche, por ejemplo, como duermo siempre con la ventana abierta, he oído varias veces el zureo de mi amiga. Me costaba trabajo coger el sueño por culpa del calor que ya se ha instalado en Madrid, pero el gorjeo de la columbiforme me ha servido para recordar que, en efecto, estamos en pleno decenario del Espíritu Santo que, como sabéis, llegó en Pentecostés en forma de viento impetuoso y fuego revitalizador. Y he repetido hasta dormirme aquella oración que compuso San Josemaría en 1934 y muchos sabemos de memoria:
¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad... He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después..., mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte. ¡Oh, Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras.


jueves, 30 de mayo de 2019

Alex, las golondrinas y el derecho procesal

Vencejos
Me ha escrito Alex desde Oviedo hace 23 horas y reproduzco ahora su enigmático mensaje sin pedirle permiso. Claro que, en realidad, Alex no se llama Alex, y Oviedo tampoco es Oviedo.  
¿Sabe usted esos patios interiores de las casas? De los edificios: sus fachadas traseras los acorralan por cuatro lados, y, si uno se fija bien y está en un piso mediano, puede ir anotando los hábitos y costumbres de cada uno de sus vecinos. Empezando por la casa de enfrente, por la fachada blanca —señorial del siglo XVIII, aún bien educada y libre de parches publicitarios— uno podría escribir, al estilo del solitario o del curioso parlante, unas "escenas del patio de mi casa". Y poco a poco ir cerrando el círculo hasta que, disciplinada la sensibilidad y aprendido el silencio, la inteligencia pueda dedicarse a mejor obra, tal vez algo así como "escenas del instante" o no, mejor, escenas del Instante, con mayúsculas, subrayando que Dios lo impregna todo, lo llena todo como una inundación invisible, como un desbordamiento de aquel río con alas que nos trae polvo del desierto, y que colorea la nieve las más escarpadas cordilleras.
Hoy me he acordado de usted —como tantas veces— al no poder ignorar el chirriar de las golondrinas, empeñándose tenazmente en alegrar el Derecho Procesal, en burbujearlo, en redondear aún más las letras de los títulos, vaciándolas por dentro e invocando unas alas negras para que sin ton ni son comiencen a echar el vuelo. Una a una, letra por letra, pelean contra esos trinos y se agarran con fuerza a las páginas para que yo pueda continuar con el estudio.
Cada mañana, mi subir las persianas las anima, excita esos cuerpos de viento y las empuja a volar en círculos. Cada mañana, a un pistoletazo de persiana, las golondrinas hacen del patio de mi casa un circo; de aquellas fachadas que más tarde son pasto de curiosos, ellas hacen unas gradas romanas: una muchedumbre de ventanas rugientes animan el correr de esas pequeñas avecillas de color negro. Nadie más las oye, solo yo escucho los cuarterones embravecidos, los junquillos que se salen de sus marcos para tocar esas curvas veloces, negras de media luna. Y dan vueltas y vueltas, y se disputan el calor de las miradas. ¡Pan, pan! Dadme pan y que comience el desayuno, pero nadie oirá un buenos días, ni tampoco un gesto se alegrará de su vuelta el mundo; solo podrá oírse el trinar de unas golondrinas, unas ventanas inmóviles, quietecitas, y un niño con la bata puesta que está subiendo la persiana.  
Como veis, Alex será un gran escritor, sobre todo si se centra en el Derecho Procesal, la asignatura más tediosa de la carrera, y controla su imaginación, más volátil que las golondrinas. 
Por cierto, a juzgar por su descripción, las golondrinas que describe  Alex tampoco son golondrinas, sino vencejos, unos pájaros vocingleros y alborotadores que vuelan y vuelan sin posarse jamás, toman posesión de las ciudades en verano y hacen carreras en el aire planeando en círculo.  
* Alex, perdóname por haber colgado en el globo tu mensaje. La próxima vez te pediré permiso, y cuando acabes el curso, me encantará que colabores en esta página con tus sueños, locuras y reflexiones. Tienes talento y lo sabes, pero debes aprender a embridar tus impulsos con el odioso derecho procesal.

miércoles, 15 de mayo de 2019

San Isidro, el perro y la cotorra


Vino como mascota y se quedó como invasora

San Isidro Labrador, patrono de Madrid, nos obsequia con un día de fiesta y sol. Salgo de casa más tarde de lo habitual, a las 8 de la mañana, y me dirijo al Colegio Mayor Zurbarán donde celebraré la Santa Misa como todos los miércoles. Hoy, además, esperan que predique la meditación. Frente a la residencia hay un pequeño parque que a estas horas hierve de pájaros cantores. La primavera resplandece en el verde tierno de los árboles y en las violetas que parecen renovarse de día en día. Las cotorras argentinas, que ya han colonizado medio Madrid, chillan con acento extranjero. Yo camino despacio, porque tengo con tiempo suficiente  para ordenar las ideas de la meditación mientras contemplo el panorama.
Hay cuatro o cinco perros que corretean nerviosos por el parque. Se ve que han estado encerrados toda la noche y ahora recuperan el tiempo perdido. Sus dueños —un  señor mayor, una chica joven y otros dos chavales los vigilan a distancia. De pronto, uno de los perros ensaya un corto esprínt y da un salto tremendo hasta atrapar con los dientes una cotorra. No sé muy bien de dónde ha salido el pájaro ni cómo lo ha visto el perro, pero el hecho es que, de un solo mordisco, ha dejado tieso al pobre volátil. 
Me pregunto si la anécdota me sirve para la meditación, y decido que no. No está bien atentar contra los inmigrantes ilegales aunque sean cotorras y griten como si las estuvieran acuchillando.
Me acerco para reconocer el cadáver. El perro, que aún sigue a su lado, me mira con ojos asesinos.


sábado, 27 de abril de 2019

Calzada, pero sin anillo


A la hora más torera, las cinco en punto de la tarde, salí con los prismáticos al cuello para saludar a los pájaros de El Soto. La lluvia había cesado, y el césped del jardín resplandecía como una esponja verde empapada. Yo, como no llevaba las botas de pajarero, me limité a pasear por los caminos de piedra. 
Junto al portón de entrada a la finca, un ruiseñor macho cantaba a pleno pulmón para marcar su territorio y proteger el nido, en el que la hembra ya había comenzado a incubar los huevos.  Por la hierba correteaban agitando la cola media docena de lavanderas blancas. Los verdecillos, tras comprobar que el sol había tomado el poder, empezaban a situarse en lo más alto de los árboles más pequeños para cantar a coro, como suelen hacerlo, y celebrar con su música tímida el lento despertar de la primavera. 
De pronto un gorrión común se colocó a mi lado. Era un passer domesticus como los que andan por Madrid. Me conmoví al verlo; casi no quedan gorriones y los pocos que hay van en pequeñas bandadas siempre por lugares habitados. Donde no hay hombres tampoco suele haber gorriones. Por eso me llamó la atención verlo tan lejos de su hábitat natural: 
—¿Se puede saber qué se te ha perdido por aquí? 
—Huyo de la campaña electoral —me respondió—. 
─Te comprendo, colega. 
El pájaro echó a volar y le seguí con la mirada unos segundos. 
Entonces la vi. Era el águila calzada de las cinco. No podía ser la misma que anillé con mis propias manos hace casi treinta años cuando aún estaba en el nido; pero tal vez era su hija o su nieta. 
El águila calzada es la más pequeña de las águilas europeas. Es un ave bellísima que pasa los inviernos en el centro de África y regresa puntual en primavera. La que yo anillé volvía todos los años con su pareja al pinar que hay junto a la casa de retiros, y tomaba posesión de uno de los tres nidos que había dejado en otoño. Luego, todas las tardes, a las cinco en punto, volaba a poca altura en el linde del bosque para dejarse ver por mis prismáticos. Gracias a la anilla, que brillaba en su pata derecha, podía identificarla con seguridad. 
No sé cuánto duró ese juego; quizá cuatro o cinco años. Un verano falté yo a la cita y todo acabó. ¿Pero, terminó de verdad? Tengo para mí que el águila de hoy me trae un mensaje desde el cielo de los pájaros. Y dice así: 
─El anillo que regalaste a mi madre era un compromiso. Ella murió de pena el año en que tú faltaste a la cita; pero ahora me toca a mí recordarte que no estás tan viejo como para olvidarte del campo. Debes “mirar las aves del Cielo” como dijo Jesús, y esperar cada primavera nuestro regreso. Nosotras no faltamos nunca.    

domingo, 21 de abril de 2019

Domingo de Pascua



Me gusta lo que escribió Cabodevilla:
"Este domingo, que inaugura nuestras primaveras, es el más hermoso y singular. Antes de este día los pájaros no cantan; se limitan a ensayar".
Hace una semana, la noche del Domingo de Ramos, un ruiseñor se acercó a mi ventana —estaba yo en El Soto— e inició su primera balada del año. No le salió muy bien; ahora  comprendo que sólo era una prueba de sonido. Hoy ya habrá entonado el aleluya para anunciar a pleno pulmón  que Jesucristo ha resucitado y vive entre nosotros para siempre.

jueves, 1 de septiembre de 2016

El chubasquero de Catalina


Dicen que las aves predicen con exactitud la llegada de los huracanes y los tornados. Al parecer huyen 24 horas antes y se ponen a salvo. Claro que esos fenómenos meteorológicos no son frecuentes en España. Aquí, en la Sierra de Madrid, los pájaros anuncian a su manera la llegada de las tormentas. La golondrina Catalina, que anida bajo el tejadillo donde guardo el coche, me lo estaba advirtiendo.
—¿Por qué te picoteas tanto, querida hirundo rustica?
(Debo advertir que, cuando charlo con las aves, siempre las llamo por su nombre científico, a no ser que tengamos confianza y nos tuteemos).
—No me picoteo, amigo. Trato de untar mis plumas con la grasa que extraigo de mi glándula uropigial, que, como deberías saber, está bajo el obispillo. Me estoy fabricando un chubasquero, querido córvido.
—¿Quieres decir que va a llover? Tenemos un sol esplendoroso.
Catalina no respondió. Cinco minutos después el cielo se encapotó bruscamente y sonaron los timbales del trueno. Una bandada de escandalosos rabilargos sobrevoló el jardín. El mirlo desapareció en su cueva y, antes de que tuviera tiempo de plegar el toldo, cayeron las primeras gotas.
Termina el primer día de la convivencia. Ha dado dos clases de teología y no se me ha dormido nadie. Por la mañana, en la meditación,  he hablado de la necesidad de aprender, de crecer siempre, porque la formación sólo terminará en el Cielo.
Las menos jóvenes sonreían. El resto también.

jueves, 28 de abril de 2016

La primera oropéndola

 En la Parroquia del pueblo hay 21 nidos de cigüeña
Como un relámpago de oro cruza frente a mi ventana la primera oropéndola del año.
Estoy en El Soto. Predico un curso de retiro, algo más breve que los demás, a 14 mujeres de la Obra. Mi móvil de Vodafone no tiene cobertura y la línea del teléfono fijo está averiada. Es lo que tiene la Sierra de Madrid. En cambio, desde hace un año funciona la wifi y puedo watchapear con el resto del mundo.
La oropéndola lanza una especie de maullido desde el árbol donde se ha posado. Luego llama a su pareja con un silbido poderoso.
La casa y el jardín de "El Soto" son un oasis verde en medio del pedregal. Para llegar hasta aquí hay que tomar un camino de tierra de varios kilómetros. Si el tiempo es lluvioso el coche terminará bien embarrado. En caso contrario llegará cubierto de polvo.
Ya ha aparecido la hembra de la oropéndola. Se conoce que la pareja tenía una cita en el jardín. Pocos segundos después los dos levantan el vuelo.
En la zona que ocupa el sacerdote hay un pequeño oratorio donde se reza muy bien. Esta mañana he renovado el Santísimo; he abierto el Sagrario, me he puesto el paño de hombros y he trasladado al Señor hasta el oratorio de la Administración. Allí, después de celebrar la Santa Misa, he cogido una Forma consagrada nueva, la he puesto en una teca y he regresado a la zona del Sacerdote para dejar a Jesús otra vez en el Sagrario.
Durante esta breve procesión privada he recordado el viaje que hizo María Santísima desde Nazaret hasta la casa de su prima Isabel con el Niño en su seno. Nadie podía saber que llevaba ese tesoro, pero Ella ya hablaba con Jesús y le explicaba las bellezas de este mundo que Dios vería muy pronto con ojos recién estrenados de niño.
La oropéndola ha vuelto a gritar desde lejos. Es primavera.


 

miércoles, 16 de marzo de 2016

Volver a casa


Me pregunta Pablo si me gusta viajar, y le respondo que no mucho.
—Pero usted no para —me dice—; tan pronto está en Segovia, como en Bilbao, en Tenerife, en Asturias… ¿Cómo no se cansa?
—Es que eso no es viajar…
—¿No?
—Lo que yo hago es "volver"; regresar a casa una y otra vez. Mi casa está en todos esos sitios que has mencionado y en algunos más. Los viajeros auténticos viven en el aire, van de hotel en hotel, de fonda en fonda y de sorpresa en sorpresa. Eso debe de ser agotador. Yo en cambio sé que siempre me esperan en mi punto de destino y tengo mis raíces allí adonde voy. Ahora acabo de llegar a mi casa de Gaztelueta. Hemos celebrado el cumpleaños de Gonzalo, y la tertulia se ha parecido mucho a la que a esa misma hora habrán tenido en Madrid o  en Molinoviejo. En ningún sitio soy un huésped ni un intruso. Si a esto le llamas viajar…
—Entonces es usted un privilegiado.
—Estoy convencido. Pasado mañana volveré otra vez a Madrid, es decir a casa, para hacer escala antes de tomar el avión que me llevará de nuevo…, sí a casa. Ya lo decía Juan Ramón en uno de sus poemas que he citado un millar de veces: "Más enredadas las raíces, /más sueltas las alas". O dicho de otro modo: volaré cada día más alto con tal de que mi destino sea siempre el mismo hogar.
Ya han empezado a llegar a la Península las aves africanas que veranean por aquí. He escrito "africanas" y no es justo: su nido les espera donde lo dejaron hace 6 meses. También ellas vuelven a casa.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Día de pájaros



Al fin puedo salir al campo (bien abrigado porque hace un frío que pela) con los prismáticos y la bufanda al cuello, la mochila a la espalda y las botas de batalla en los pinreles.
Como estoy recién curado de un lumbago, procuraré caminar despacio sin hacer movimientos bruscos y pediré a las aves que no me obliguen a retorcer demasiado mi viejo esqueleto.
Faltan doce días para la primavera, pero aún caen copos de nieve en Segovia. A pesar de todo ya han llegado los primeros inmigrantes volátiles. Vienen de África a construir su nido en esta tierra y a afinar sus voces para que suenen a gloria cuando llegue la Pascua florida.
Veremos si los pájaros también llevan bufanda.Yo me conformo con verlos de lejos y darles la bienvenida a esta España nuestra alborotada y triste.

jueves, 9 de julio de 2015

Las cotorras no tienen papeles

 El CIS, tras complejas investigaciones sociológicas, ha concluido que, para descansar, lo que más nos gusta a los españoles es ir-por-ahí-a-dar-una-vuelta. Ignoro cuánto se han gastado en realizar el estudio de campo, pero yo se lo habría dejado a muy buen precio y habríamos llegado a la misma conclusión.
Dar una vuelta, un garbeo, un voltio, un paseo —que de mil formas puede decirse— es saludable deporte para las noches de verano, cuando la calor se aplaca, la cerveza refresca, las estrellas tiritan en el cielo y los pájaros escuchan en silencio los gritos fantasmales de las rapaces nocturnas.
No entiendo por qué no están abarrotadas las calles de Riaza a esta hora. En mis años sevillanos recuerdo muy bien que las diez de la noche era la hora de salir, la hora del pescaito frito con cruzcampo, la  hora de las guitarras en la Plaza de doña Elvira y del jaleo flamenco junto al Río.
Por entonces yo aún no había descubierto los pájaros. A duras penas distinguía un gorrión de una paloma torcaz. Hoy, a falta de juergas flamencas, me conformo con despertar a las aves de la zona y conversar con ellas sobre los temas de actualidad: Grecia, Iker Casillas, la ola de calor…
Confirmo que, en efecto, las cotorras están invadiendo esta zona de Castilla la Vieja. Ignoro si son argentinas o cotorras de Kramer, porque aún no he tenido ocasión de observarlas de cerca, pero en todo caso, se trata de inmigrantes ilegales sin papeles, que chillan para hacerse notar, resisten todos los climas y comen como limas en cualquier ecosistema. Me pregunto si habrá que repatriarlas como a los subsaharianos y devolverlas a sus países de origen alegando que perturban nuestro precioso ecosistema europeo. No parece fácil: poner puertas al campo es complicado, pero aún lo es más ponerlas en el Cielo.
Ya veis. Tengo poco que decir. Las aves, por regla general, son tímidas, escondidizas y de pocas palabras. Hoy las cotorras me han hecho pensar en los inmigrantes que se agolpan en las costas de Italia, sin más papeles que el hambre. Queramos o no, entrarán hasta el fondo. Y a lo mejor limpian la atmósfera sucia de este viejo continente.
Los países caen, los imperios desaparecen, las grandes alianzas se fragmentan. Sólo Cristo permanece y se renueva por los siglos de los siglos.


viernes, 3 de julio de 2015

Breve excursión nocturna


Son las diez. Después de preparar la meditación y las clases de mañana, salgo de casa para dar un paseo por los alrededores. Cojo la linterna del coche porque voy a caminar por senderos no asfaltados en el bosquecillo que hay a cien metros del albergue. Me acompaña la luz de la luna y el silbo rítmico de un autillo.
Los caminos están sedientos y agrietados. Quizá debería haberme hecho con un bastón para evitar traspiés. La temperatura es muy agradable; quizá 20 ó 22 grados. Sopla una brisa del sur, tibia y reseca, que presagia una noche calurosa, también aquí, a más de mil doscientos metros de altura.
De pronto, a mis pies se produce un alboroto de plumas y oigo un chillido estremecedor. Un pájaro de buen tamaño, gris, que estaba tumbado en el suelo, se despierta bruscamente y sale volando a ras de tierra. El susto ha sido mayúsculo. Supongo que se trata de un chotacabras, un ave legendaria de costumbres crepusculares, difícil de ver, que ronda los rebaños de ovejas al anochecer y las libra de los insectos parásitos.
Decido regresar. Por un momento había pensado buscar al autillo y sacarle una fotografía , pero empiezo a comprender que se trata de una misión imposible.
Once de la noche. En el pequeño oratorio de mi casa, termino de rezar la liturgia de las horas y hago el propósito de despertarme temprano para ver desayunar a los pájaros del jardín.