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viernes, 19 de septiembre de 2014

"Es lo que tiene"



Hace mucho que no cuelgo aquí alguna frase boba del neo-castellano que gastamos últimamente.  
Ocurrió hace varios meses. Estaba yo en la calle Lagasca de Madrid y trataba de obtener un tiquet para estacionar el coche de acuerdo con las normas municipales. Al fin localicé un parquímetro, pero, cuando me dirigía hacia allí, un tipo joven, mal trajeado, alto como una torre y flaco como un lobo, me adelantó por la izquierda a toda velocidad y llegó a la máquina un segundo antes que yo.
—Te he ganado —dijo, volviéndose hacia mí—.
—No sabía que hiciésemos una carrera —respondí—.
—Aquí cada uno va a lo suyo.
—Ya veo.
—Es lo que tiene…
Mientras el tipo buscaba monedas en el bolsillo repetí en voz baja esas cuatro misteriosas palabras. "Lo que tiene...," ¿quién? Es evidente que no significan nada. Son sólo una manera tonta de concluir una conversación sin salida.
De pronto el chaval se dirigió a mí de nuevo:
—Oye, ¿tienes cambio de diez euros?
—Probablemente.
Como no hice el menor ademán de comprobarlo, el pobre chico no tuvo más remedio que ir a una tienda próxima en busca de monedas.
—Es lo que tiene —le dije sonriendo—.
Ignoro si la frase estaba en su contexto adecuado.
  

martes, 17 de septiembre de 2013

"Evidentemente"


Volvía en coche desde Valencia.
Una conocida informadora entrevistaba por la radio a un ministro del gobierno de hablar premioso e ideas imprecisas. Al cabo de diez minutos ―palabra de honor― el ministro repitió la palabra “evidentemente” no menos de 22 veces. (Yo empecé a contarlas cuando ya llevaba diez o doce evidencias encima).
Lo curioso del asunto es que cada vez que decía “evidentemente” era para reforzar una afirmación perfectamente discutible; o sea, nada evidente.Acudí a Kloster:
―No le des vueltas, colega ―me respondió―. Es un mecanismo automático. Si a un político se le enredan las neuronas y no sabe cómo salir airoso dirá “evidentemente” y santas Pascuas. Y si se dispone a mentir, añadirá: “créame si le digo…”
―Así que, según tú, esas palabras son simples muletillas.
―Evidentemente.
  

martes, 9 de octubre de 2012

"A priori"


―Mi chico a priori es mono; pero cuando se cabrea, te juro, tía, que le arrancaría la cabeza.
(Oído a una niña de quince o dieciséis años en la línea 1 del Metro de Madrid.)
La primera vez que oí la expresión “a priori” fue en clase de filosofía, al estudiar la “Crítica de la razón pura”, de Kant. Aquello de los “juicios sintéticos a priori” no lo entendí muy bien, pero entonces tenía buena memoria y pude dar el pego en el examen de reválida.
Nunca habría sospechado que la expresión “a priori” iba a convertirse con el tiempo en latiguillo futbolístico para uso y abuso de locutores deportivos.
―A priori, el Barça lo tiene todo a favor, pero el Madrid, a priori, también puede dar la sorpresa.
Esta compleja declaración se escapó de los labios de un conocido ex jugador y comentarista radiofónico en vísperas del “clásico”.
Para buena parte de este admirado gremio de informadores, “a priori” es una locución hueca que no significa nada. Es un autem latino, un bueno, un vale, un venga.
Tengo para mí que lo introdujo Matías Prats, padre, que gastaba un vocabulario rico y florido y lo utilizaba con gran precisión para evitar repeticiones o rimas internas en sus locuciones. Luego vinieron los imitadores y, claro, pasa lo que pasa.
―¡No se mueve el electrónico en el Metropolitano!, vociferaba hace días otro locutor desde el estadio.
Menos mal. Porque si el electrónico se mueve hay muertos. Dicho sea con toda cautela y a priori.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Las extrañas cualidades de la copa de un pino







No hay que preocuparse: leo en el diario deportivo Marca que aunque Ronaldo esté triste, se entregará a tope en el campo, porque es un futbolista “como la copa de un pino”. Lo mismito que José Mata, que se juega la vida delante de los toros pero sabe bien lo que hace porque es un matador “como la copa de un pino”.
Idéntica metáfora forestal ha merecido esta mañana en la radio el sustituto de Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid y el técnico de sonido de la cadena de radio. Ambos, aunque se ocupen de tareas muy diferentes y distantes, son unos profesionales “como la copa de un pino”.
Lamentablemente no tengo a mano en este momento un buen bosque de pinos para observar con detenimiento las tan mentadas copas; pero pronto iré a Molinoviejo, donde los pinos de Valsain se ponen de puntillas para desafiar a las nubes, y les echaré una ojeada. Tal vez me revelen su secreto.
En todo caso, no cabe duda de que las copas de los pinos tienen extrañas cualidades que no se dan en ninguna otra especie arbórea. A nadie se le ha ocurrido, por ejemplo, comparar la profesionalidad de Mesi o la del Ministro de agricultura con la dulzura de la chirimoya o con la frondosidad vertical de la sequoia. No, tiene que ser precisamente “la copa de un pino”.
A estas horas de la noche no estoy en condiciones de seguir reflexionando sobre la cuestión. Tal vez algún globero sepa explicarme el porqué de esta pertinaz metáfora.
Entre tanto, queda prohibida en el globo la mencionada expresión. He dicho.
 

martes, 18 de septiembre de 2012

Te cuento




―¿Qué tal, Pepe; cómo te fueron las vacaciones?
―Mire, don Enrique, le cuento…
La moda del “te cuento, te comento, te explico” es ya vieja. Tengo para mí que, como tantas otras frases redundantes, nació en la radio cuando comenzaron a intervenir los oyentes en las tertulias.
―Dígame, señora, ¿cómo ve usted el problema de la prima de riesgo?
―Muy fácil. Mira, te comento: mi marido, que trabaja en la construcción…
El “te cuento” equivale a una amenaza. El hablante anuncia que no se va a contentar con una respuesta breve. Sería algo así como un “te vas a enterar”.
Hace cien años los oradores de campanillas solían terminar sus discursos con un “he dicho”, dos palabras rotundas que, en realidad, no significan nada. El disertante sólo dejaba constancia de ya no pensaba añadir nada más y que, por tanto, estaba listo para recibir los enfervorizados aplausos de sus oyentes.
El “te cuento” es tan superfluo como el “he dicho” pero aún más tonto. ¿Os imagináis que mañana comenzara la homilía de la Misa con un “os cuento”?
Esa expresión queda prohibida en el globo.

viernes, 14 de septiembre de 2012

"Sí o sí"





―España debe ganar a Georgia sí o sí.
―El gobierno tiene que dialogar con los Sindicatos, sí o sí.
Son sólo dos ejemplos reales y me da pereza buscar más. Están por todas partes desde hace un par de años. Ya se sabe, cuando una frase boba se pone de moda, arrasa.
¿Quién habrá sido el inventor? Hay que procesarlo cuanto antes, sí o sí.
¿Acabaremos diciendo también “no o no”? 

martes, 11 de septiembre de 2012

Se puede decir más alto…


...pero no más claro


El primero que lo dijo fue seguramente un tipo ingenioso. Lo malo es que llevamos un par de años o tres repitiendo la misma frasecita y estoy hasta mi apéndice nasal de oírla.
Esta mañana la ha proclamado solemnemente hasta ¡tres veces! la misma periodista.
Si algún globero se atreviera a escribirla en esta página, sepa que su comentario sería eliminado sin piedad.


sábado, 25 de agosto de 2012

―¿Sabes lo que te quiero decir?



Hablábamos de los fichajes veraniegos de los equipos de fútbol. Que si los del Athletic se van a forrar con Llorente; que si el Madrid anda mal de pasta. Yo de esas cosas entiendo poco, pero mi amigo, aprovechaba cada pausa de su perorata para preguntar:
―¿Sabes lo que te quiero decir?
¿Qué se responde en estos casos? Yo me limitaba a emitir un sonido vocálico confuso que lo mismo podía significar una cosa que la contraria.
Cuando repitió el ¿sabes-lo-que-te-quiero-decir? por quinta o sexta vez, no pude más y contraataqué.
―¿Lo sabes tú?
No se enfadó ni nada. Seguimos charlando sobre esas frases tontas que empleamos como latiguillos en la conversación. 

viernes, 27 de julio de 2012

Saludos cordiales


He aquí uno de los latiguillos radiofónicos más usados por los habladores profesionales. Lo puso de moda, si no me equivoco, un tal García que agitaba las noches denunciando escándalos deportivos. Sus “saludos cordiales” eran sólo el comienzo. Luego llegaba la leña indiscriminada a los dirigentes de los clubes, a la federación de fútbol, etc.
Si yo dijera alguna vez “saludos cordiales” (cosa harto improbable) para recibir o para despedirme de alguien, añadiría ―esta vez sí― “valga la redundancia”, porque si un salud no es cordial más vale quedarse callado.
Las locutoras en cambio han inventado otra despedida inquietante: “un beso muy fuerte”, repite insistentemente una líder de las hondas vespertinas. Ayer mismo se lo mandaba a la hija de un conocido presentador de televisión, fallecido recientemente. Ignoro si esos besos tan fuertes serán dolorosos.
Claro que no siempre reparte besos la locutora. A un relevante político, con quien no tenía excesiva confianza, le envió “un saludo muy fuerte”, o sea, a gritos.
Mejor lo hace otra profesional del finde desde la radio pública. Ella envía “besitos” a diestro y siniestro. Y, como la chica es simpática y gasta una voz cantarina, a mí me parece muy bien.
Y, puestos a despellejar a los locutores, ¿por qué esa manía de desearnos “muy buenas tardes” en lugar de “buenas tardes” a secas, que es lo que decimos todos.
El “muy”, queridos habladores, está de más, aunque sus saludos sean la mar de cordiales y me lancen besos violentos desde las ondas.


miércoles, 18 de julio de 2012

Valga la redundancia



 Que no, señores habladores radiofónicos, que no es una redundancia decir “Sergio Ramos va dando bandazos por la banda” ni “corremos el riesgo de que suba la prima de riesgo”. Eso es simplemente pobreza de vocabulario. Por tanto sobra ese “valga la redundancia” que soléis añadir para justificar el lapsus. Mejor que no valga.
Redundancia o pleonasmo es, sobre todo, utilizar un número excesivo de palabras para decir lo mismo dos veces o más. Y por cierto que abundan hasta la saturación en el lenguaje político, periodístico y publicitario.
Cuando Vodafone asegura que me “regala completamente gratis por 0 euros” un teléfono, emplea una doble redundancia para ver si pico. Y cuando el ministro de turno habla de “proyectos de futuro”, e insiste en que es “falso de toda falsedad” lo que dice la oposición, podría añadir esa coletilla de la redundancia.
También es redundante hablar del “Gran Bilbao”, como ya expliqué en otra ocasión, y “prever con anticipación”,  “subir hacia arriba” y así sucesivamente.
―¿Y cuando los habladores de la radio dicen ordinarieces?
―Entonces, amado Kloster, deberían añadir: “valga la repugnancia”


 

sábado, 14 de julio de 2012

Lo que viene siendo



Es una de esas expresiones tontas que están de moda y se emplean tal vez para dar empaque el discurso. Hasta hace algún tiempo uno se conformaba con decir “lo que es” (Mira, Matilde, toma la calle y llegarás a  “lo que es” el mercado de Santa Casilda).
La semana pasada se la oí por tres veces a un ministro del gobierno que a la crisis nuestra de cada día la llamaba “lo que es la crisis”.
Últimamente la frase se nos ha complicado un poco. Se conoce que los hablantes necesitan estirar aún más las palabras. Ahora se dice “lo que viene siendo”. (Mira, Matilde, cuando llegues a “lo que viene siendo” el Mercado de Santa Casilda, cruzas la calle y…)
Estas dos majaderías lingüísticas me traen a la memoria otra que repiten incansables los locutores radiofónicos: “hay que decir que…”
―Hay que decir que el Barcelona no alineará a Pujol…
―Hay que decir que la prima de riesgo sigue subiendo…
―Hay que decir que el Presidente de Gobierno…
Es tan frecuente la reiteración del latiguillo que algunos informadores se conforman con el infinitivo:
―¿Algo más, compañero?
―Sí; por último, ”decir” que el Barcelona no alineará a Pujol…
Pues si hay que decirlo, por favor decidlo, pero sin decir cada vez que “hay que decirlo”. Cualquiera diría que lo decís por imperativo legal, pero, aunque así fuera, tampoco es necesario recordarlo con tanta insistencia.
He dicho.  

sábado, 7 de julio de 2012

“Esas cosas pasan”




Me lo dijo Juan cuando le conté hace años la increíble aventura de mi billetero perdido en la calle y hallado tres días más tarde en el buzón del correo. No faltaba nada, y yo tenía necesidad de explicárselo a todo el mundo. Él, sin embargo, con gesto de hombre experimentado sentenció displicente:
―Esas cosas pasan.
Son tres palabras que no significan nada, pero yo tuve la impresión de que Juan acababa de levantar un acta notarial para certificar que lo que yo le contaba era verdad. Al fin respondí:
―¡Claro que pasan! ¿No te digo que me ha pasado a mí?
―Te ha pasado a ti por eso, porque pasan estas cosas.
―O sea, que te parece normal.
―Normal, no; pero estas cosas pasan…
Me entraron unas ganas enormes de estrangularlo, pero, al fin, se impuso mi proverbial mansedumbre. Hoy he decido incluir esa frase en mi antología de tonterías habituales.
 
 

miércoles, 4 de julio de 2012

"Te lo digo yo"




Cenábamos cinco personas en un restaurante cercano. Tres hablaban de cuestiones políticas en un tono sereno, casi académico. Yo procuraba quedarme al margen para no tomar partido, pero disfrutaba comprobando que se puede discrepar sin levantar la voz, escuchando con atención al que tiene la palabra y sin interrumpirlo jamás. Era una insólita tertulia de tres personas inteligentes, educadas y con sentido del humor.
El cuarto contertulio era un conocido constructor, simpático aunque un tanto elemental, con tres o cuatro ideas en la cabeza sólidamente ancladas y con muchas ganas de intervenir en la conversación para demostrar que también él podría aportar algo.
Casi siempre entraba del mismo modo. Como estaba a mi lado, me agarraba el brazo izquierdo (quizá buscaba un cómplice) e interrumpía a  la persona que estuviese hablando:
―Mira, Antonio (la víctima solía ser él) estás muy equivocado: te lo digo yo.
A lo largo de la cena repitió el “telodigoyó” no menos de quince veces. Era su único y definitivo argumento.
Por lo demás, ya digo, era un tipo simpático, cordial, generoso ―él pagó la cena― y con ganas de agradar. Probablemente cada vez que apelaba al “te lo digo yo” suponía que bastaban esas cuatro palabras para cerrar toda discusión. También podía haber añadido esa expresión tan frecuente en las conversaciones de esta tierra: “como yo digo…”

sábado, 30 de junio de 2012

Y además de verdad



Charlábamos en el portal de mi casa dos vecinas, un vecino, el portero y yo. La conversación no versaba sobre la prima de riesgo ni el Ibex 35. Ni siquiera hablábamos de la Eurocopa. Era la típica tertulia meteorológica, de esas que tienden a alargarse hasta el infinito. La vecina A hizo notar que en verano se pasa más frío que en invierno por culpa del aire acondicionado. El vecino B sugirió que eso será también porque, en enero, todos vamos más abrigados que en agosto. La vecina C explicó que desde 1920 nunca había hecho tanto calor en Madrid. Yo me aguanté las ganas de preguntarle si recordaba bien ese año. En ese momento, el portero intervino para sugerir que, contra el calor, lo mejor es tomarse una cervecita bien fría.
―Y además, de verdad ―concluyó la vecina C―.
Salí a la calle reflexionando sobre esta última frase tan hispana y tan corriente por otra parte: “y además, de verdad”. ¿Significa acaso que todo lo dicho antes era “de mentira”?
Saqué el propósito de ir elaborando un diccionario de expresiones españolas semejantes a ésta, y comentarlas poco a poco en el globo.
―Kloster me dice que no pierda el tiempo escribiendo tonterías.
Y yo le respondo con otra expresión tan etérea como la anterior, que le resultará imposible traducir al alemán:
―Bueno, pues entonces, nada.