―¿Qué
tal, Pepe; cómo te fueron las vacaciones?
―Mire, don Enrique, le cuento…
La
moda del “te cuento, te comento, te explico” es ya vieja. Tengo para mí que,
como tantas otras frases redundantes, nació en la radio cuando
comenzaron a intervenir los oyentes en las tertulias.
―Dígame,
señora, ¿cómo ve usted el problema de la prima de riesgo?
―Muy
fácil. Mira, te comento: mi marido, que trabaja en la construcción…
El
“te cuento” equivale a una amenaza. El hablante anuncia que no se va a
contentar con una respuesta breve. Sería algo así como un “te vas a enterar”.
Hace
cien años los oradores de campanillas solían terminar sus discursos con un “he
dicho”, dos palabras rotundas que, en realidad, no significan nada. El disertante
sólo dejaba constancia de ya no pensaba añadir nada más y que, por tanto,
estaba listo para recibir los enfervorizados aplausos de sus oyentes.
El
“te cuento” es tan superfluo como el “he dicho” pero aún más tonto. ¿Os
imagináis que mañana comenzara la homilía de la Misa con un “os cuento”?
Esa expresión queda prohibida en el globo.