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lunes, 22 de abril de 2019

La luna de Pascua…


La luna de Pascua se espejaba en las losas de piedra de la calzada romana. Al búho le gusta dejarse abrigar por esa luz amable de la luna llena, que no deslumbra y parece observarle desde lo alto.
Homero y la luna dialogan desde crepúsculo al amanecer.Aquella noche, sin embargo, solo tenían ojos para Jesús. Entre los olivos de Getsemaní dormían once hombres, mientras su Maestro, echado en tierra, goteaba sangre y pedía auxilio a gritos a su Padre Dios.Solo un apóstol permanecía en pie sin ganas de dormir; Judas Iscariote. María también estaba en vela y, por ser Reina de los Ángeles, ordenó a uno de sus custodios que fuese a confortar a su Hijo.
La luna de Pascua, entre tanto, fotografiaba la escena. 
*     *     * 

 


y el  sueño de los apóstoles
¿Te acuerdas, Señor? Cuando dijiste que todos nos avergonzaríamos de ti, Cefas gritó que eso no ocurriría jamás: aunque fuera preciso morir contigo y cantaran todos los gallos de Jerusalén, él no te abandonaría. Los demás dijimos casi las mismas palabras. ¡Cómo no íbamos a prometerte fidelidad hasta la muerte! Estábamos eufóricos: nos habías llamado amigos y nos abriste de par en par tu corazón. ¡Contaste tantas cosas durante aquella larga sobremesa!... Hablaste del Padre y del Espíritu Santo, nos prometiste que ibas a preparar una morada en el Cielo para que estuviésemos siempre contigo… Además, en el pan y el vino, nos entregaste tu Cuerpo y tu sangre…
Camino de Getsemaní, la luna de Pascua pareció seguir nuestros pasos ciñendo de oro la calzada. Marchábamos despacio y en silencio. Yo trataba de no separarme de ti, procurando que me rozase la  túnica que te tejió María, como hizo aquella mujer que recuperó la salud con solo tocarla. Los soldados romanos ya se habían retirado a sus cuarteles cuando llegamos al huerto de los olivos.
Tu rostro empalideció mientras nos acomodábamos entre los árboles.—Velad y orad —nos dijiste— para no caer en la tentación…
—Pero, Maestro, ¿cómo podremos estar en vela una noche como ésa? Deberíamos tumbarnos en la hierba y seguir conversando hasta que nos venza el sueño. ¡Qué cosas tienes!: hemos cenado cordero y bebido las cuatro copas de vino que manda nuestra santa ley. Tú sabes que todos estamos dispuestos a morir si hiciera falta, pero mantener los ojos abiertos cuando los párpados pesan como si fueran de plomo y el sopor ensombrece la mente...¿Por qué no descansas con nosotros? No tengas miedo. Mañana,al salir el sol, verás las cosas de otro modo… ¿Por qué te inquietas? Aquí estás a salvo, ¿recuerdas?; somos tus amigos.
Han pasado veinte siglos y el Señor sigue en agonía. Su sudor de sangre aún empapa la tierra, y, si afináis el oído, oiréis el eco de sus sollozos y de su oración.
—Padre, si es posible, líbrame de este trago amargo…, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.
Yo sigo dormido en triste y nutrida compañía. Mientras el diablo y sus secuaces celebran la aparente derrota de Cristo, Jesús lleva sobre sus hombros la basura que le echamos los hombres: la soberbia, la codicia, la lujuria, el odio, la cobardía…
No le carguemos también con nuestro sueño. Pongámonos en pie. Él solo nos pide que le acompañemos alerta y rezando.





viernes, 19 de abril de 2019

sábado, 26 de marzo de 2016

Tenerife (V) Sábado santo

La espera

Hoy cedo el mando del globo a Cordelia. Ella me ha enviado este precioso relato, que ahora publico con mucho gusto
Jesús ha muerto. Amortajado deprisa y corriendo, su cuerpo yace en el sepulcro. Los discípulos se han dispersado, presas del miedo, de la incomprensión y de la pena. El Maestro, a quien todos creían el Mesías, ha muerto de la forma más ignominiosa posible. Como un malhechor. Como lo más bajo y más ruin. 
Sus sueños de gloria se han roto en mil pedazos. Solos, o en grupos de dos o tres, se esconden en la ciudad a esperar que pase el sábado. Y a pensar qué hacer ahora. Son conocidos como seguidores de Jesús, el fracasado. El traidor a Roma, el blasfemo. 
Juan se ha llevado a María a la casa dónde se alojan sus padres. No tiene otro sitio a dónde ir. Es aún muy joven, casi un niño. Salomé recibe a María con un abrazo lloroso, pero en seguida se sobrepone, y empieza a organizar y dar órdenes. 
Es ya tarde y al día siguiente es la fiesta, así que manda a Juan y a Santiago, que acaba de aparecer, a conseguir comida. El resto de las mujeres, que han venido con Salomé antes de que llegara Juan, están preparando mesas y sitios para dormir.
María se sienta en un rincón, serena, aunque con el rostro marcado por el dolor y con rastros de lágrimas surcando sus mejillas. Salomé trae una jofaina para que se lave la cara, y una toalla. María, a pesar del sufrimiento de la jornada, le sonríe con cariño, se lava la cara y se acerca a hablarle en voz baja.
—Debemos cuidar de los hombres un par de días. Hasta que... Bueno, hasta que se calmen un poco las cosas. El día ha sido terrible para ellos. Están decepcionados, asustados, tristes, solos. Necesitan alguien en quien apoyarse. Tú eres fuerte, sabes qué hacer en momentos difíciles. Tienes que tomar las riendas por el momento. Luego... Ya veremos. Creo que sería bueno mandar a algunos chiquillos a buscar a los apóstoles. Si conseguimos reunirlos aquí, será bueno para ellos. Mañana no pueden caminar, así que tendrán tiempo de tranquilizarse. Y el domingo..., el domingo...
No puede seguir. Salomé la abraza, mientras las lágrimas ruedan por su cara, ruda y curtida por el viento.
—No te preocupes, María. Cuidaremos de nuestros chicos. Y tú tienes que quedarte con nosotros. Ya oíste a Jesús.
Su voz se quiebra al pronunciar el nombre de Jesús y ahora es María la que la abraza a ella, diciendo:
—Shhhh... Ya pasó... Ya verás como todo termina bien...

viernes, 25 de marzo de 2016

Tenerife (IV) Jueves Santo

Desde que el Maestro me encomendó en la cruz que cuidara de su Madre, no me he separado de ella ni un solo día. Ahora estamos en Éfeso, en la costa del Mar Egeo, donde la semilla del Evangelio ha comenzado a prender y ya hay centenares de familias que creen en Jesús.  
Aquí he empezado a escribir mis recuerdos del Señor. Mi Madre, María, me inspira y anima con su mirada y su sonrisa. También con sus palabras, sobre todo cuando no sé cómo continuar el relato.
Esto es lo que me ha ocurrido hoy. Debería contar todo lo que sucedió aquella noche terrible y gloriosa, cuando Jesús se hizo Eucaristía; cuando me ordenó sacerdote para toda la eternidad; cuando promulgó el mandamiento nuevo y nos lavó los pies para mostrarnos la calidad de su amor; cuando Judas abandonó la casa y traicionó al Señor con un beso; cuando nos dormimos en el huerto mientras Jesús luchaba con el diablo; cuando sudó gotas de sangre… ¿Por dónde empiezo a narrar estos recuerdos?  
María me dicta las dos primeras líneas:
"Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que le había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo."  


miércoles, 23 de marzo de 2016

Tenerife (III) Miércoles Santo

El abrazo 


Lo cuenta San Juan en el Evangelio que hemos leído hoy:
 
Acaba de empezar la última cena. Cristo ya ha lavado los pies de los Apóstoles; también los de Judas. Ahora hace un último intento por recuperar a la más descarriada de sus ovejas. Con la voz quebrada por el dolor, al borde mismo del llanto, exclama:
 
—"¡Ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido."
 
El traidor comprende que Jesús conoce hasta sus más íntimos secretos. Quizá duda un instante, pero su corazón se ha convertido en piedra. Aprieta los dientes, se levanta de la mesa y se sumerge en la noche. Nadie trata de detenerlo.
 
A Dimas, el buen ladrón, el Señor, desde la Cruz, le regalará el Cielo en un segundo. Sin embargo, a un pobre ladronzuelo, rencoroso y taciturno, que fue Apóstol durante tres años, parece castigarlo por toda la eternidad. ¿De qué otra forma si no podrían interpretarse las terribles palabras de Cristo?
 
—…más le valdría no haber nacido
 
—¿Y la misericordia de Dios? ¿Acaso no es cierto que el Señor perdona todos los pecados por muy espantosos que sean?
 
—Así es. Pero el perdón nace de un encuentro libre y amoroso entre dos partes enfrentadas. El Padre del hijo pródigo espera siempre con los brazos abiertos —como Cristo en la Cruz— a que llegue el pecador a pedir perdón. Pero si el hijo no quiere regresar al hogar, si se niega a dejarse abrazar, la infinita misericordia de Dios se pierde en el vacío y el Creador del universo sólo podrá llorar como lo hizo ante la Ciudad Santa:
 
—¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que son enviados a ti! ¡Cuántas veces quise juntar tus hijos, como la gallina junta sus polluelos bajo sus alas, y tú no quisiste!
 
El Sacramento de la Penitencia nos hace sentir el abrazo de Dios.

martes, 22 de marzo de 2016

Tenerife (II) Martes Santo

¿Seré yo?


Todos sabíamos que aquella Pascua no iba a ser como las demás. La Madre de Jesús, María Magdalena y Salomé  habían preparado con especial esmero lo necesario para la cena, y el Señor, antes de comenzar, nos había lavado los pies como si fuera nuestro esclavo. Fue un gesto escandaloso y humillante, pero solo Pedro se atrevió a protestar. Arrodillado frente a mí, el Maestro fue desatando despacio las correas de mis sandalias. Yo también hice ademán de resistirme, pero Jesús me miró a los ojos con una dulzura inexplicable mientras me agarraba los tobillos con fuerza. Al fin me dejé limpiar por las manos de mi Dios y por un momento sentí que aquella agua clara estaba lavando también toda la suciedad de mi alma.
—Uno de vosotros me va a entregar.
Llevábamos pocos minutos en la mesa cuando Jesús pronunció estas palabras. Fue como si un rayo maldito salido del infierno congelara de pronto la atmósfera. Algunos protestaron sin atreverse a levantar la voz . Solo Juan preguntó algo al Maestro en voz baja.
—¿Seré yo?
No. No es posible. He dicho muchas veces que daría mi vida por él. Cuando se empeñó en ir a Betania para curar a su amigo Lázaro a pesar de que los judíos le buscaban para matarlo, expresé con todas mis fuerzas mi decisión de seguir a Cristo hasta las últimas consecuencias:
—¡Vayamos todos —dije—,  y muramos con él!
Jesús entonces sonrió mientras me susurraba con un punto de melancolía:
—Tomás, Tomás…
Dos días después yo también, como Judas, deserté del Maestro. Toda mi pasión se convirtió en hielo, y Pedro tuvo que salir a buscarme para que regresara a casa.
Ahora soy casi un anciano. He predicado el Evangelio en Persia y en la India. Sé que pronto moriré, pero hasta que llegue ese día, tendré presentes aquellas palabras oídas en el Cenáculo: "uno de vosotros me va a entregar".
Y pediré al Señor que no sea yo; que vuelva a lavarme otra vez, como aquella noche.
 
 

sábado, 4 de abril de 2015

La Vigilia


Los soldados romanos, los que flagelaron a Jesús, los miembros del Sanedrín, los guardias y los sacerdotes del Templo, ebrios de vino y odio, duermen a pierna suelta, contentos de que haya terminado la orgía de sangre que acabó con la vida del Galileo.
Poncio Pilato se agita desazonado entre las sábanas de su alcoba. Herodes ya ha borrado de su memoria al Nazareno y ríe a carcajadas con los bufones de la corte. Caifás busca en los libros sagrados algunas palabras que puedan serenar su conciencia. Barrabás aún se pregunta por qué lo ha liberado Pilato, y bebe para olvidarlo todo.
Los once apóstoles sólo piensan en huir lejos de sus recuerdos. Como el sábado no les está permitido viajar, aguardan la llegada del domingo, adormilados otra vez, como en el Huerto de los Olivos.
Sólo María está en vela. Ella sabe que Jesús saldrá del sepulcro al amanecer lleno de gloria y majestad. Le gustaría cantarlo a voz en grito como un nuevo Magníficat o decirlo al oído, en secreto, a cada uno de los que duermen, y a sus amigas, las Santas Mujeres. ¡Si lo supiera la Magdalena…! Pero una vez más Dios le pide que guarde silencio, igual que aquel día en Nazaret.
Es noche cerrada. La Señora se abriga con un manto azul y sale de casa. Brillan sus grandes ojos negros como cuando era niña. Sus pasos resuenan sobre las piedras pulidas de la calzada romana. El silencio es absoluto. Jerusalén duerme.
—¿Adónde vas, Llena de Gracia?
La Virgen me sonríe. Ya no se turba por mi presencia. Tiene una cita esta noche y se ha puesto el vestido de fiesta. Aún faltan algunas horas, pero ella no quiere hacerse esperar. Jesús vendrá a la cita en punto para dar el primer abrazo a su Madre.
Ya llega la aurora por Oriente. La Señora se pone en pie, y yo, que estoy siempre a su lado, le canto al oído:
Regina coeli, laetare. Alleluia! Reina del cielo alégrate, aleluya, porque el Señor a quien has merecido llevar en tu seno, aleluya, ha resucitado según su palabra; ¡aleluya!
  

martes, 24 de marzo de 2015

¿Dónde está Dios?

Me pregunta un valiente "Anónimo" (¿será siempre el mismo?) que dónde estaba hoy "mi" Dios. Supongo que se refiere al accidente de aviación y a los 150 fallecidos en Los Alpes.
Lo que no acabo de entender es por qué no me pregunta lo mismo cuando la catástrofe (un terremoto, un huracán, un atentado terrorista) ocurre en Asia, en Oceanía o en el África subsahariana, es decir unos miles de kilómetros más lejos.
Sí, ignoto anónimo; en el mundo hay tragedias todos los días y a todas horas. La globalización nos las acerca más que nunca; las conocemos al instante. Y todos nos preguntamos muchas veces dónde está Dios, por qué no evita las muertes de los inocentes, los millones de niños abortados o esclavizados, las mujeres maltratadas…
Seguro que no quieres que te responda con un confuso tratado teológico sobre el sentido del dolor. Pero quizá te ayude, como me ayudó a mí, el recuerdo de una pintura de Brueghel el Viejo que se conserva en Viena. Se titula "Jesús con la Cruz a cuestas". Lo curioso de este cuadro es que uno tarda en descubrir dónde está Jesús. Sólo ve una larga y abigarrada procesión de gentes de todas las edades y clases sociales. Hay una mujer que grita dando a luz, un hombre asaltado por bandidos, algún moribundo… En definitiva, un retablo terrible de sufrimientos de todo tipo.  También aparece Jesús, desde luego; pero como un personaje más de la escena, con su dolor a cuestas en forma de cruz.
Yo creo entender lo que pretendía transmitirnos el artista con este cuadro. Cuando preguntamos al Señor por el sentido del dolor, aparentemente calla, pero toma su cruz y se pone a nuestro lado en silencio. Y, desde que murió por nosotros, todo hombre o mujer que sufre, quiera o no quiera, tendrá siempre como compañero de sufrimiento al mismo Dios Encarnado.
Habrá quien no lo entienda, quien blasfeme o exija a Dios que dé la cara y hable más claro. A mí me resulta evidente que, si Dios no existiera, entonces sí que este mundo sería absurdo, un sinsentido en el que cualquier violencia sería lícita. Pero por fortuna hay un Dios, un Juicio y una vida Eterna, y ese Jesús que nos acompaña con la Cruz a cuestas nos señala el camino.

miércoles, 16 de abril de 2014

Miércoles Santo.



Judas

Ya está hecho. No puedo volverme atrás. Sé que tengo razón. Nuestras autoridades lo saben y me han pagado bien por prestar este servicio al pueblo. ¿Traidor? Lo sería si no entregase a Jesús; traidor a mi raza, a la Sinagoga, al Templo.
He dicho a Caifás que pueden detenerlo durante la cena de Pascua. Estaremos todos reunidos y les será fácil y hacerse con él sin escándalo. Yo fingiré no saber nada. Luego, durante los días siguientes, hablaré con los demás y les explicaré…
¿Por qué nadie me dice dónde se celebrará la cena? Jesús lo lleva en secreto, como si temiese algo, y sólo se lo ha comunicado a Pedro, Santiago y a Juan. “Encontraréis a un hombre con un cántaro. Seguidle…” ¿Qué broma es ésta? Yo no puedo acompañarlos.
―Tú, no ―me ha dicho el Maestro―. Quédate conmigo y haz lo que tienes que hacer.
¿Dónde guardaré las monedas? En la bolsa, no, desde luego… Quizá las esconda en el huerto, a los pies de uno de aquellos olivos.
Mañana habrá terminado todo. Será un gran día. Nadie, ni Satanás, podrá impedirlo.

viernes, 29 de marzo de 2013

Viernes Santo.

De vez en cuando pone algún comentario en el globo un ilustre jurista y amigo que firma Como "Viator Iens". Hoy me envía este escrito para el Viernes Santo. No me he atrevido a tocar ni una coma.



 

FERIA VI IN PARASCEVE.

Passio secundum Ioannem. (Io 19, 14-15)

Pilatus dicit Iudaeis: Ecce rex vester. Illi autem clamabant: “Tolle, tolle, crucifige eum.” Dixit eis Pilatus: “Regem vestrum crucifigam?" Responderunt Pontifices: “Non habemus regem nisi Caesarem.”
De entre todas las de los hermanos, la mía ―Dios me la quiso dar potente― fue la que resonó con más fuerza aquel día en las paredes del Gabbatha. Gritábamos para que el romano hiciese auténtica justicia. Clamábamos porque era preciso castigar la blasfemia del Nazareno y también -los maestros nos lo habían explicado con toda claridad- porque lo que predicaba era la ruina de Israel.
Sin embargo, yo no grité sólo por eso. Yo había oído hablar a aquel hombre una vez y había sentido miedo. Me habló a mí. A mí, que estaba medio oculto detrás del cercado. A mí, que no tenía nada que ver con Él ni con ninguno de los suyos. Me miró por encima de todos los demás y me pidió que me apartase de las cosas que hasta entonces me habían proporcionado algo de felicidad. Me explicó toda aquella locura suya de amor y de exigencias. Me propuso renuncias, donación, entrega a los demás. Y tuve miedo. Tanto que no pude soportarlo. Por eso aquella mañana bramé con la esperanza de que mi voz unida a la de los hermanos borrase para siempre su recuerdo. Yo quería que le taparan la boca de una vez y así poder olvidar tanta necedad, que todo volviera a ser como antes. Y a punto estuve de conseguirlo. Lo mataron. Lo maté.
Días después de todo aquello, para no contaminarme, evité con cuidado la sombra de una estatua de Augusto a la que estaban sacrificando los sacerdotes de los romanos, y mirando de soslayo sus libaciones recordé con extraña claridad lo que al final habían respondido los rabinos al gobernador aquella mañana en el Gabbatha. Comprendí que si no había reparado antes en aquello había sido porque aquella mañana algose me había trepado a la garganta como una serpiente. ¿Cómo habían podido proclamar los rabinos que no tenemos más Rey que el yerno de aquel ante cuya estatua de mármol, fría y muerta, se quemaba incienso y se decían oraciones impías?
En ese momento mi alma se conmovió tan de dentro que desde entonces albergo la idea loca de que el trono del Rey Eterno de Israel pudo ser un leño pelado y me descubro muchos días ansiando que el Nazareno vuelva a mirarme.


jueves, 28 de marzo de 2013

La despedida

Hoy, Jueves Santo, el Señor se despidió de su Madre en el Cenáculo. ¿Cómo fue ese momento? Nuestra amiga Cordelia no ha podido contenerse y me ha escrito este bellísimo pasaje




Después de la cena, la Madre recogía junto a las otras mujeres. Ella era la única que había entendido aquello de "esto es Mi Cuerpo, ésta es Mi Sangre...". Había recibido a Su Hijo con la misma entrega, sencilla pero total, de treinta y pico años atrás. Y ahora, mientras sus manos trabajaban de forma automática, ponderaba estas cosas en su corazón.
Oyó pasos tras ella. No necesitaba mirar para saber que era Él. Unas manos fuertes se apoyaron en sus hombros, y un beso aterrizó en su coronilla, igual que tantas veces Ella había besado la del Niño.
―Es hora ―dijo son moverse.
―Es hora, Madre ―confirmó la voz amada.
Sintió una espada atravesar su corazón de madre. Se volvió, manteniendo la angustia lejos de su rostro, aunque bien sabía que su Hijo veía en su interior. Dos miradas idénticas, de color miel, se encontraron y se hablaron sin palabras. Ella miró durante un largo instante el rostro de Jesús, como queriendo grabar en su memoria para siempre los rasgos serenos, amables, hermosos, antes de que fueran desfigurados en la tortura. Abrazó a Jesús, y parpadeó para desterrar unas lágrimas traidoras que amenazaban con desbordarse.
Después, con una sonrisa henchida de dolor, le besó en la frente y le dijo:
―Ve, pues, Hijo. Ve con Dios.
―Queda con Dios, Madre.
Se quedó mirando la espalda de su Hijo hasta que salió del Cenáculo. Y después se marchó a la cocina, para que nadie la viera llorar.

domingo, 8 de abril de 2012

Informe final



Lo vimos todos de madrugada, en el momento mismo en que salía el sol. No hubo señales en el cielo, ni truenos ni relámpagos. La luna no se tiñó de sangre. Al contrario: la luz del alba la hizo palidecer antes de esfumarse en las alturas. Las estrellas ya habían desaparecido. Sólo brillaba el lucero del alba… Pero había muchas flores nuevas. Y pájaros, señor; una multitud increíble de jilgueros, pinzones, pardillos…, ya sabes, como todas las primaveras. Pero además estaba Jesús.
No, procurador. Digo que “estaba” realmente junto a mí, no que me pareció verlo entre las nieblas del sueño. El Galileo había atravesado la gran roca que cerraba el sepulcro como si ésta fuera una nube. ¿Un fantasma? Ni pensarlo. Sus manos y sus pies aún tenían las heridas abiertas, pero no sangraban. Le miré a los ojos con terror y él me devolvió una mirada de afecto.
Compréndelo, señor; teníamos que comprobar que lo que vimos era real. Por eso quitamos la piedra del sepulcro y entramos. Allí estaban la sábana, las vendas, el sudario… Cada cosa en su sitio. Quiero decir que no se las había quitado como se arranca un vestido: las había atravesado sin tocarlas, igual que la gran puerta de piedra.
¿Qué otra cosa podíamos hacer? Hemos venido corriendo para contar la verdad. Por supuesto, firmaremos el informe que se nos presente. Mis compañeros me han pedido además que te dé las gracias por enviarlos de vuelta a Roma. Tienes un gran corazón. Yo sin embargo solicito permiso para permanecer en la guarnición de Jerusalén. Necesito saber…
No, procurador. Mis labios están sellados. No diré nada que ponga en peligro… Una tumba…
De acuerdo; no volveré a pronunciar la palabra “tumba”. Ni siquiera sé lo que es eso.


sábado, 7 de abril de 2012

La piedra

Se decían unas otras: «¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?» (Mc 16, 3)




María de Magdala nos despertó cuando empezaba a despuntar el sol.
―Ha terminado el sabbath―dijo― Ya podemos ir al sepulcro.
Yo apenas había logrado dormir unos minutos, pero logré ponerme en pie.
―Tengo todo lo necesario para embalsamar al Señor ―continuó María―.
―Pero ¿por qué tanta prisa?
Salimos de la casa sin hacer ruido para no despertar a los demás. La Magdalena corría como si Jesús la estuviera esperando. Salomé, Juana y yo íbamos detrás tratando de calmarla.
La mañana estaba hermosísima. Ya florecían los almendros y soplaba una brisa húmeda del mar que nos despertó del todo.
―¡María!
―¿Qué quieres?
―Me parece que esto no tiene sentido. ¿Quién crees que nos quitará la piedra que da entrada al sepulcro?
―Nadie ―terció Juana―. Pilatos ha puesto una patrulla de soldados precisamente para que nadie intente abrir esa puerta. ¿A dónde vamos, María?
La Magdalena se detuvo sólo un instante y habló con un tono grave, como un rabbí:
―Desde que conozco al Maestro todas hemos superado obstáculos mucho más graves que una simple piedra por muy pesada que parezca. De mí salieron siete demonios. Vosotras sabréis de dónde os sacó el Señor. Ahora lo único que nos pide es que vayamos con él. ¿Habéis visto esos perrillos que no se separan jamás de la tumba de sus dueños? Yo no quiero ser menos.
―¿Y quieres morir allí?
―Si él me lo pidiera... Pero no. Quiero vivir de la única forma que vale la pena. No volveré a ser la que fui. Jesús hizo saltar en pedazos otras piedras peores, que me tenían sepultada en una sima sin salida: la piedra de la lujuria, del egoísmo, de la mentira… Vosotras y yo derribaremos ésta. ¡Es tan pequeña! Ya lo veréis.
Caminamos en silencio. María corría cada vez más. El sol nos cegaba la vista. Una algarabía de pájaros cantores nos acompañó hasta el sepulcro. No había soldados ni piedra que nos impidiera el paso...
Ya conocéis el resto de la historia. 


viernes, 6 de abril de 2012

José Arimatea


No es verdad que sea pariente de Jesús, ni su tutor. Se han escrito muchos disparates sobre mí tal vez porque los Evangelios sólo indican que fui rico e influyente; tanto como para tener acceso inmediato al Procurador de Roma y exigirle el cadáver de Jesús.
Dicen también que fui discípulo oculto del Maestro. Es cierto; pero debo aclarar que no me ocultaba por cobardía: el mismo Jesús me pidió que volviera a casa, con mi familia, cuando le dije que estaba dispuesto a seguirle, a dar la cara por Él y a procurarle todo lo necesario para su misión en la tierra.
―Las zorras tienen guaridas―me respondió― y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.
Y, tras añadir que su Padre del Cielo lo quería así, dijo en voz baja, casi al oído:
―No temas; Un día te pediré que seas el más valiente de todos.
Nunca sospeché que ese día estaba tan cercano y que iba a ser tan duro.
No supe nada del proceso a Jesús ni de su condena a muerte hasta la hora sexta del viernes. Acababa de regresar de un largo viaje por el norte y, al entrar en Jerusalén, me informaron de la terrible noticia.
Fui al Pretorio a toda prisa. Pilatos, como una fiera enjaulada, caminaba a grandes pasos por la estancia principal dando voces a su esposa Claudia, que lloraba en un rincón.
Me planté ante Poncio y le miré a los ojos con ira.
―¡Tenía que hacerlo! ―respondió como disculpándose, antes de que le preguntase nada―.
Entonces le pedí su cuerpo para embalsamarlo según nuestras costumbres y darle sepultura en un sepulcro de mi propiedad.
―He dispuesto que vaya a la fosa común para evitar que sus secuaces organicen alborotos en torno a la tumba.
―Según la ley romana ―le recordé―, los cuerpos de los ajusticiados se deben entregar a quien los pida para enterrarlos.
―Yo soy la ley en Judea. 
―Tal vez, pero no te sientes capaz de mirarme a los ojos.
Salí del Pretorio a la hora de nona con el permiso concedido, cuando ya había muerto el Señor. Pedí a uno de mis siervos que comprara una sábana y llegué al Gólgota en el momento en que los soldados descolgaban de la cruz el cadáver de Jesús. Juan, Pedro, Andrés y Santiago lo sostuvieron en brazos unos segundos y lo pusieron sobre las rodillas de María. Nicodemo, un anciano doctor de la ley y miembro ilustre del Sanedrín, se acercó con un grupo de mujeres.
El siroco del desierto había nublado el sol. Era una noche prematura, como un anuncio del sabbath que estaba a punto de llegar. Ungimos deprisa y entre lágrimas el cuerpo del Maestro.
Sólo María estaba serena. Me llamó “hijo” y yo sentí un escalofrío. Me besó, agradecida, cuando terminamos la tarea.
La piedra del sepulcro resonó como un trueno al cerrarse la entrada.
   

jueves, 5 de abril de 2012

El Ángel de Getsemaní


La luna llena de Pascua no bastó para dar una brizna de luz a la noche más negra de la Creación. En el pequeño huerto de Getsemaní, Dios mismo, encorvado y retorcido como un viejo olivo, se estremecía dominado por el pánico.
Jesús era un gusano, un pecador sin pecado, un mendigo moribundo acompañado del Diablo. De los apóstoles, once dormían a pierna suelta; sólo Judas estaba en vela.
Aquella tarde se había celebrado por primera vez la Eucaristía y había nacido el sacerdocio de la Nueva Alianza. Jesús había promulgado su mandamiento nuevo y lo ilustró lavando, como un esclavo, los 24 pies de los nuevos obispos de la Iglesia Católica.
Como yo os he amado; así debéis amaros los unos a los otros. Seréis los más humildes servidores de los demás.
Pero en la noche de Getsemaní, el amor dio paso al odio, a la traición. Y Satanás, crecido como en otro tiempo en el Edén, jugó su última partida:
Es demasiado para un hombre solo. Para ser el nuevo Adán necesitarías apropiarte de todas las vilezas de la humanidad y cargar con ellas: serás el violador, el terrorista, el traficante de niños, el más degenerado de los hombres... Serás repugnante. El pecado te aplastará.
Los ángeles del Cielo conteníamos el aliento. De la frente del Salvador brotaron unas gotas de sangre que empaparon la tierra. En ese momento recibí la orden de acudir en auxilio del Redentor.
Jesús, al fin, venció la batalla. Su sí puso en fuga al Diablo y yo pude volver con mi Dueña y Señora.
¿No lo he dicho?: soy el Ángel Custodio de María. Ella es la Reina de los Ángeles y me encargó la misión de confortar a su Hijo.

miércoles, 4 de abril de 2012

Del diario de Herodes Antipas




Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba presenciar alguna señal que él hiciera.Le preguntó con mucha palabrería, pero él no respondió nada (Lucas 23, 8)
 

Al fin voy a conocer al Galileo. Poncio Pilato me lo envía para que lo juzgue y decida si hay que condenarlo a muerte.
¿A muerte? Qué necedad. Según dicen, Jesús sabe hacer milagros de gran utilidad para la nación, como convertir el agua en vino, aplacar las tormentas, conseguir que salga el sol o que se ponga, multiplicar el pan y el pescado... ¿Cómo vamos a crucificar a semejante joya? Se quedará en la corte, por supuesto. Él y yo juntos haremos grandes cosas. Mesías o no es evidente que necesita una campaña de marketing para darse a conocer. Aquí tendrá un buen sueldo y todo lo necesario para perfeccionar su técnica.
¿Juan Bautista? No digáis sandeces. ¿Cómo va a ser Juan Bautista resucitado? Aún recuerdo cómo sangraba en la bandeja su cabeza recién arrancada del cuerpo.
Ya llega Jesús. ¡Santo Dios, qué aspecto más lamentable!
 
*     *     *
 
Acaban de llevarse al Nazareno. No hemos podido llegar a un acuerdo. Y eso que sólo le he pedido que me haga un milagro; uno pequeñito, cualquier cosa. Lo habría nombrado ministro de mi reino o bufón de la corte. He Llegado incluso a suplicarle; le he ofrecido oro a cambio de que me enseñe alguno de sus trucos. Le he preguntado sobre su doctrina, sobre sus ideas acerca del gobierno de la nación. ¿No dice que es rey de los judíos?
Me ha mirado sin verme ni escucharme. Por un momento pensé que me había vuelto transparente o que mi voz no lograba salir de mi garganta para llegar hasta sus oídos. Le he gritado. Al fin uno de mis siervos ha concluido que el Nazareno es en realidad un demente mudo, y como tal le hemos tratado.
¡Rey de los judíos! Qué sabrá ése lo que significa reinar. En mi opinión, ha hecho tantos milagros como yo mismo. Un tipo vulgar y nada más que eso. Tendré que hablar con Pilatos para comentarlo. Que lo mande a la cruz si lo pide el pueblo. Por mí…
No sé por qué lo he recibido. Esa mirada de loco se me ha clavado en el cerebro como un puñal. Parecía como si se el Nazareno compadeciera de mí; como si yo precisara ayuda y él pudiese dármela.
¡Qué insensatez! Un buen trago de vino es lo único que necesito.
 
 

martes, 3 de abril de 2012

Del diario de Rufo


Me llamo Rufo porque soy pelirrojo desde que nací.  Mi madre murió a las pocas horas de traerme al mundo, y mi padre, Simón, tuvo que cuidar de mi hermano mayor, Alejandro, y de mí mismo. Vivíamos entonces en una pequeña ciudad del Norte de África llamada Cirene. De allí partimos hacia Jerusalén dos años después de dar sepultura a mi madre.
Todo esto ahora tiene poca importancia. Lo escribo porque, con el paso de los años, veo cada vez con más claridad que Yahvé nos fue dirigiendo de la mano para que nos encontrásemos con su Hijo.
Mi padre, que era fuerte y muy trabajador, encontró pronto un empleo para cultivar las tierras de un sacerdote, en las afueras de Jerusalén. Por lo demás los tres compartíamos una casa muy pobre en el centro mismo de la ciudad.

Alejandro y yo éramos aún niños cuando oímos hablar de Jesús a un escriba de los muchos que enseñaban en la explanada del Templo. Aquel hombre ponía en guardia a sus discípulos sobre un galileo embaucador que pretendía abolir nuestra santa Ley y amenazaba con destruir el Templo para rehacerlo en sólo tres días.

―Vosotros no os metáis en discusiones religiosas ―nos ordenó nuestro padre cuando se lo contamos―. Hay quien dice también que ese Jesús hace milagros y habla con autoridad; pero no os fiéis. Aunque somos judíos, aquí nos tienen por extranjeros. Debemos ser prudentes.
Quién nos iba a decir que, pocos días más tarde, íbamos a ser testigos de un hecho que transformaría por completo nuestras vidas.
Una mañana se corrió por toda la ciudad la noticia de que iban a ejecutar en el Gólgota a tres delincuentes y que uno de ellos era el famoso Galileo, Jesús de Nazaret. Nuestro padre no lo habría permitido, pero, aprovechando que estaba en el campo, salimos corriendo de casa para ver el cortejo de los soldados romanos con los malhechores.
Había una multitud enorme. Olía a sangre y a inmundicias. Buena parte del gentío insultaba a los reos, pero, sobre todo, a Jesús. Las mujeres lloraban y también algunos hombres, que parecían abatidos. No estoy seguro de que entonces me diese cuenta de esto. Yo sólo tenía ojos para el Nazareno. Era una llaga de los pies a la cabeza. Apenas podía caminar. Lo vi caer en tierra y los latigazos no consiguieron que reaccionara. Alejandro entonces me dijo:
―¡Qué crueldad! Se está muriendo.

No sé cómo pude contener las lágrimas. Los niños algunas veces son crueles, y yo ―no lo digo para disculparme― era un niño endurecido por la vida.
De pronto vimos a nuestro Padre. Lo llevaban a la fuerza un par de soldados. Él se resistía; parecía protestar y negarse a lo que le ordenaban. Llegaron a donde estaba Jesús y le obligaron a levantar la cruz. Lo hizo con facilidad y el Señor pudo ponerse en pie. Jesús le miró, y aquellos labios sanguinolentos sonrieron de agradecimiento.
Mi padre entonces se echó al hombro la cruz con energía y extendió su brazo izquierdo para que se apoyara el condenado a muerte. Un soldado trató de reprochárselo, pero Simón de Cirene ―con qué orgullo escribo hoy su nombre― le devolvió una mirada de piedra y comenzó a caminar siendo el báculo del Señor.
Todo cambió desde aquel instante. Mi padre estuvo junto a la Cruz y fue testigo de lo ocurrido hasta el último instante. Volvió a casa en silencio. No fue posible arrancarle una sola palabra.
Los tres fuimos bautizados el día de Pentecostés. Pedro nos impuso las manos y recibimos al Espíritu Santo. Conocimos a María, la Madre de Jesús, y a mí me dio un beso en la frente.
Hace un mes murió Simón. Tenía sesenta y dos años. Alejandro ha cumplido ya los treinta y yo veintiséis. Vivimos y trabajamos en Jerusalén, Estamos casados, tenemos hijos y llevamos con orgullo el nombre de cristianos.

A mí me piden una y otra vez que cuente esta breve historia.