domingo, 4 de noviembre de 2018

El cielo se parece a una canción de cuna



En noviembre, el búho sale de su guarida a media tarde. La noche es más larga y la caza abunda en el bosque. Hoy, sin embargo, Homero piensa en la fiesta de Todos los Santos, de los que llegaron al Cielo y vuelan en la gloria como águilas por toda la eternidad. A él le gustaría emprender ese vuelo para ver a Dios cara a cara con sus ojos pasmados. Y se pregunta cómo será dar alcance al mismo Cristo, atraparlo con sus garras poderosas y llevarlo a su guarida. O, mejor aún, vivir en la casa de Jesús para siempre, para siempre.


El Cielo se parece…
—¿A qué se parece el Cielo?
Me lo preguntó Inés a mediados del Jurásico. Ella tenía 9 años y yo cincuenta. Éramos dos chiquillos con suficiente imaginación para lanzarnos a fantasear sin ningún género de dudas.
—El Cielo —le dije— se parece al mejor viaje que hayas soñado; es un viaje por el corazón de Dios. Se parece también a una sinfonía que querríamos oír por toda la eternidad. Se parece a aquella tarde después de la tormenta, cuando todo se llenó de pájaros y de cantos y el horizonte se incendió sobre las montañas. Se parece a la sonrisa de dos enamorados que no pueden dejar de contemplarse. Se parece a un banquete familiar donde compartimos mesa y mantel con La Santísima Trinidad…
—Pues yo creo —me interrumpió Inés—, que también se parece a una canción de cuna.
¿Una canción de cuna? Sí, es posible que tengas razón. Llevamos tantos años luchando por ser pequeños delante de Dios, y es lógico pensar que al final lo lograremos plenamente. ¿Te lo imaginas? En la puerta que da entrada a la Vida Eterna, no está San Pedro con gesto huraño y un manojo de llaves, sino mi Señora, la Virgen María.
Ella nos mira como miran las madres a sus hijos pequeños cuando llegan a casa con las manos sucias, el pelo revuelto y algún que otro arañazo en cualquier parte del cuerpo.
Con semblante serio, pone el dedo índice delante de sus labios para que no digamos nada. Luego nos toma en brazos, nos quita la ropa y nos introduce en una bañera de agua muy caliente, casi a punto de hervir. No puedo contener un grito al notar la quemazón sobre mi piel, pero María sonríe y, en silencio, mete sus manos dentro del agua y empieza a limpiar mis heridas una a una y a disolver la roña acumulada durante tanto tiempo. Es el Purgatorio.
Al fin puedo ponerme en pie y me miro en el espejo: tengo tres o cuatro años nada más. María me seca con una gran toalla azul. Me perfuma con el aroma de sus manos blancas y, con un peine de plata, ordena mis cabellos revueltos.
―Estás hecho un Cielo ―me dice―. Y me da un beso. 
Antes de quedarme dormido la oigo cantar una nana muy dulce.