jueves, 23 de mayo de 2019

La suegra y la Iglesia




"Cuando salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. El se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces a ella se le pasó fiebre y se puso a servirlos". 
El búho asegura que fue un milagro facilito, una simple fiebre que se cura con paracetamol. Quizá no valía la pena contarlo en el Evangelio.

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Siempre que leo este pasaje recuerdo una conversación con mi amigo Vicente, un viejo párroco valenciano que lleva ya algunos años en el Cielo. Yo había hablado de la Iglesia en un retiro para sacerdotes, y recordé que en la Sagrada Escritura hay multitud de imágenes mediante las cuales la revelación habla de su Misterio inagotable: La Iglesia es Cuerpo de Cristo y Esposa; Pueblo de Dios, Jerusalén celestial, redil…
Al terminar, Vicente y yo charlamos a solas: 
—¿Sabes lo que piensan en mi parroquia sobre la Iglesia? Para algunos es algo así como la suegra de Pedro.
—A ver, explícate.
—Sí, hombre; saben que la Iglesia tiene algo que ver con Pedro, igual que su suegra; y suponen que está vieja, que posiblemente chochea un poco; que tiene fiebre…, nada importante. A la Iglesia, se le llama "madre", También a la suegra; incluso "mamá"; pero solo es suegra. Un poco gruñona, siempre criticando a sus yernos. No les deja vivir en paz, con sus mandatos y prohibiciones. Sobre las suegras se hacen chistes, algunos buenísimos. Con la Iglesia también se bromea. En el fondo la quieren mucho, como a la suegra, pero se avergüenzan de reconocerlo ante los demás.
—¿Y no ven algo bueno?
—Claro. Dice el Evangelio que Jesús curó a aquella mujer en un segundo y ella se puso a servirles. Es lo que hacen las suegras. Y también la Iglesia. Hay suegras-canguro, de gran utilidad para toda la familia. Y encima, no cobran. Igual que la Iglesia, que se conforma con unas monedas en la misa del domingo. Sale más barata que el parquímetro. Recurren a la Iglesia para bautizar a los niños, para la Primera Comunión, para limpiarse el alma, para las bodas, que en el templo resultan la mar de solemnes, no como en el Ayuntamiento. La Iglesia, como las buenas suegras, está siempre disponible, a cualquier hora del día o de la noche… ¿Comprendes por qué el Señor curó instantáneamente la gripe de la suegra de Pedro? ¡Alguien tenía que hacer la comida!
Vicente era un buen párroco, un  hombre de Dios, pobre y entregado a sus feligreses, como tantos que yo conozco. Ni que decir tiene que su desahogo sólo fue una broma. Él sabía, como  yo, que nuestra Madre la Iglesia es santa porque hunde sus raíces en la Iglesia triunfante, que la alimenta desde el Cielo; porque custodia en los sagrarios al Cuerpo de Cristo; porque el Espíritu Santo la nutre; porque la Virgen María es su Madre y modelo. Y porque sigue habiendo multitud de santos de todas las razas y condiciones; obispos santos, sacerdotes santos, y abogados, agricultores, comerciantes, mendigos, deportistas, obreros, políticos…
También hay heridos y enfermos repugnantes, claro que sí; pero ya nos dijo el Papa Francisco que la Iglesia es un hospital de Campaña que cura todas las heridas. Las suegras no llegan tan lejos. 




miércoles, 22 de mayo de 2019

Retratos de María (VI)


La golondrina

Hace un par de años escribí en esta página un mensaje dirigido al Beato Fray Angelico, autor de la maravilla que hoy incluyo en mi lista de retratos de María. Expliqué entonces que para la beatificación de este fraile genial el postulador de la causa no presentó escritos piadosos, homilías o tratados teológicos, entre otras cosas porque Fray Angelico nunca publicó nada. Bastaron sus cuadros, mucho más expresivos que cualquier testimonio literario.
Mi mensaje de entonces terminaba así:
He leído que pintabas de rodillas. Sea o no cierto, cuando contemplo cualquiera de las imágenes de Santa María que nacieron de tus pinceles, entiendo que no pretendiste trasladar al lienzo el rostro de la Señora tal como lo veían sus contemporáneos. Tu arte retrataba tu propia mirada, que no era sino un reflejo de la mirada de Dios. El Señor veía a aquella chiquilla humilde de Nazaret como tú la viste: vestida de reina, llena de gracia y de belleza.
Tengo en la pared, frente a mi escritorio, un pequeño esmalte que reproduce con bastante fidelidad una de tus Anunciaciones, la que se conserva en el Museo del Prado. Como estoy varias horas al día en este despacho, lo he mirado y remirado docenas de veces, y ya no me cuesta nada cerrar los ojos para reproducir en mi imaginación cada detalle del cuadro: el rayo de luz dorada que atraviesa la escena, las grandes alas del Ángel, que también son de oro, el manto de María, el techo abovedado y hasta la golondrina que lo observa todo desde lo alto de un capitel.
Dar un rostro a la Reina del Cielo es una empresa arriesgada. Muchos lo han intentado y Ella no tiene inconveniente en posar para sus hijos y dejar en cada cuadro una chispa de su belleza. "Me enamoran todos los retratos de mi Madre", escribió San Josemaría.
A ti sin embargo te concedió una gracia especial. Y no hay duda de que supiste corresponder generosamente.
Vuelvo a mirar el cuadro. El manto de la Virgen es azul porque es el color del cielo y también porque, para lograr ese pigmento, utilizaste lapislázuli, caro y difícil de conseguir para un pobre fraile como tú. Pero querías que la Virgen tuviera lo mejor. También pintaste de azul el interior de la casa y cuajaste de estrellas el techo abovedado. Es el tiempo que se detiene; Nazaret aquel día fue un pedazo de cielo.
El cuadro parece estático pero está lleno de vida y dinamismo, no sólo porque el mismo Dios lo atraviesa en forma de un rayo de luz, sino por el rico cruce de diálogos que se adivinan entre el Padre, el Espíritu Santo y la Virgen; entre el Ángel y María, entre la Madre y el Hijo al que ya abraza con su gesto.
No me olvido de la escena que hay a la izquierda. Adán y Eva escapan avergonzados del Paraíso. Ellos están fuera de la bóveda celeste, de los tonos cálidos y dorados que enmarcan la Anunciación. Con María comienza la verdadera historia que dejará atrás el pecado original.
Por cierto, amigo, qué estancia más bonita has preparado para la Señora. Con una perspectiva incipiente, has levantado un pequeño palacio con la arquitectura al uso en tu época. Ciertamente que no era así la pobre casita de Nazaret, pero tu pincel ha pintado lo que sólo Dios veía: pasado, presente y futuro se funden en una escena.
Y la golondrina… ¿la pintaste para mí? Este mes de mayo yo quiero estar como ella, mirando el rostro de María.  

lunes, 20 de mayo de 2019

Retratos de María (V)

¡Cuántos cientos de horas he pasado delante de este modesto retablo! Está en el oratorio de la casa antigua de Molinoviejo, una capilla, pequeña, pobre y piadosa que creó San Josemaría en 1946 con la ayuda de un grupo de estudiantes que acampaban en el jardín de la que había de ser la primera casa de retiros del Opus Dei en el mundo. Alfonso Ramil, un valenciano estudiante de Bellas Artes, a quien San Josemaría llamaba Pinturicchio, fue el encargado de pintar el fresco sobre el altar.
 —Fue muy sencillo —me explicaba muchos años más tarde en Bilbao—. Fue copiar y pegar, como en Internet. El ángel lo robé a Leonardo, y el resto de la decoración fue saliendo de aquí y de allí.
—¿Y la Virgen?
—No, la Virgen no la copié. Me la dictó el Padre.
—¿Te la dictó?
—Sí; él me hablaba de la Virgen, y yo pintaba. No es gran cosa, pero mirándola hacíamos la oración.




domingo, 19 de mayo de 2019

Guadalupe


El globo sigue en vuelo,  pero el piloto necesita un día de respiro. La beatificación de Guadalupe Ortiz de Landázuri, la tertulia multitudinaria de Vista Alegre y la Misa de acción de gracias, le han dejado sin palabras y sin fuerzas para encontrarlas.
Aquí si que vale ese famoso proverbio: "una imagen vale más que mil palabras". Uno necesitaría llenar muchas pantallas de ordenador para transmitir alguna de las emociones de estos últimos días.
Es verdad, Guadalupe está en el Cielo, y una chispa de ese Cielo ha iluminado el enorme palacio que fue en tiempos plaza de toros.Dicen que éramos once mil, y debe ser exacto porque no quedaba un asiento libre. Unce mil risas y sonrisas; once mil aplausos, y una sola alma, un solo corazón que latía fuerte en el corazón de once mil locos.
Mañana el globo remontará el vuelo. Por hoy, basta.

jueves, 16 de mayo de 2019

España


Hace años, Luis Alberto de Cuenca dedicó un breve poema a "Antonio Fontán. mi maestro". No lo he visto publicado en ningún libro, pero ha aparecido en las entrañas de mi ordenador. A lo mejor lo incluí en el blog en otro tiempo, pero como no quiero perderlo y cada día parece más actual, lo reproduzco ahora.


Es un lugar muy triste que ha prohibido los héroes
y ha dejado pudrirse las rosas del escándalo.
Siempre he vivido en él. No sé si en otra parte
habrá tantos borrachos y chicas tan espléndidas.
Es sólo un lugar pobre que ha perdido su alma
sin ganar nada a cambio, un lugar sin futuro,
un puñado de tierra desunido y estéril.
Por él daría mi sangre hasta la última gota.

China


 Otro día hablaré de esta imagen
Vuelvo del colegio (10 kilómetros) oyendo la radio. Al fin he encontrado una emisora que vale la pena: China FM, 92.4. Su música, a veces alegre y a veces melancólica, siempre resulta grata. Son melodías llenas de sensibilidad, no sometidas, como en esta tierra, a la penuria agobiante de la percusión. Aquí somos adictos al ritmo y al puro martilleo, un camino erróneo que no tiene salida. En China parecen haber elegido otra forma de hacer música.
Los locutores hablan en chino. ¡Qué bien suena! Claro que no entiendo nada, pero qué importa. Tampoco comprendo a los políticos que pontifican en las emisoras de aquí, y encima me afectan al estómago.
Llego a casa, entro en el garaje, y me cuesta apagar la radio. Es como cortar a la mitad una gran sinfonía. Termino con una jaculatoria a María, Estrella de Oriente, Stella Orientis.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Los sueños de Alex (y II)





—No, majo, no. Para ser cura o algoasí hay que empezar por ser ambicioso; tener sangre en las venas y un corazón grande que sueñe con empresas imposibles, con aventuras reales… Sobre esa base, Dios puede edificar algo y llamarte; pero a ti…, no creo.
Eso le dije al bueno de Álex, y él se mordió el labio con un gesto muy suyo, entre tímido y peleón. Yo entonces traté de provocarle un poco, sin pasarme de la raya:
—¿De verdad que no has soñado nunca con hacer algo grande por Dios o por los demás.
—Claro…, pero son cosas de crío, como cuando uno dice que quiere ser taxista o aviador…
—No es mala cosa ser taxista. Y volar pilotando un buen reactor debe ser alucinante.
—A mí me entró la manía de ser explorador en la Amazonia y vivir con los indígenas.
—Pues allí no creo que puedas ir con el Ferrari…
Diez minutos después habíamos empezado a soñar juntos. Él, con ser poeta y escribir un libro de viajes relatando sus expediciones por África y América del sur. Yo, con viajar al espacio y dar saltos sobre la superficie de la luna para comprobar que no hace falta ponerse a dieta para perder peso.
Luego charlamos sobre la posibilidad de hablar con Dios y de contarle todos esos sueños, sabiendo que Él nos comprende y no trata de reprimir jamás nuestras ambiciones por muy descabelladas que parezcan.
Por último comprobamos que el tiempo ha volado y debemos volver al trabajo: Alex, a clase de matemáticas. Yo, al confesonario.

San Isidro, el perro y la cotorra


Vino como mascota y se quedó como invasora

San Isidro Labrador, patrono de Madrid, nos obsequia con un día de fiesta y sol. Salgo de casa más tarde de lo habitual, a las 8 de la mañana, y me dirijo al Colegio Mayor Zurbarán donde celebraré la Santa Misa como todos los miércoles. Hoy, además, esperan que predique la meditación. Frente a la residencia hay un pequeño parque que a estas horas hierve de pájaros cantores. La primavera resplandece en el verde tierno de los árboles y en las violetas que parecen renovarse de día en día. Las cotorras argentinas, que ya han colonizado medio Madrid, chillan con acento extranjero. Yo camino despacio, porque tengo con tiempo suficiente  para ordenar las ideas de la meditación mientras contemplo el panorama.
Hay cuatro o cinco perros que corretean nerviosos por el parque. Se ve que han estado encerrados toda la noche y ahora recuperan el tiempo perdido. Sus dueños —un  señor mayor, una chica joven y otros dos chavales los vigilan a distancia. De pronto, uno de los perros ensaya un corto esprínt y da un salto tremendo hasta atrapar con los dientes una cotorra. No sé muy bien de dónde ha salido el pájaro ni cómo lo ha visto el perro, pero el hecho es que, de un solo mordisco, ha dejado tieso al pobre volátil. 
Me pregunto si la anécdota me sirve para la meditación, y decido que no. No está bien atentar contra los inmigrantes ilegales aunque sean cotorras y griten como si las estuvieran acuchillando.
Me acerco para reconocer el cadáver. El perro, que aún sigue a su lado, me mira con ojos asesinos.


lunes, 13 de mayo de 2019

Los sueños de Alex (I)



Cuando charlo con adolescentes, ellos suelen empezar contándome lo que van a estudiar, y casi siempre manifiestan un montón de dudas y de miedos. Cualquiera diría que los estamos educando en una un especie de realismo cauteloso que les lleva a obsesionarse con las posibles dificultades de la vida, con lo duras que son las carreras y con las pocas "salidas" que hay; las dichosas salidas que a la hora de la verdad no tienen tanta importancia como parece. 
Trato de ponerme en su lugar y recuerdo mi propia adolescencia: aquellas ambiciones descabelladas que se me antojaban al alcance de la mano, los proyectos fantásticos que nacían de mi imaginación calenturienta y también, por qué no, los fracasos periódicos, las depresiones de la edad del pavo, de las que había que renacer una y otra vez. 
Echo de menos todos esto en los chavales, especialmente cuando les hago mi pregunta predilecta: 
—Imagínate que mañana te levantas de la cama y descubres que han pasado 20 años; de pronto has viajado al futuro y ves que todo ha salido como en el mejor de tus sueños. ¿Dónde estás? ¿A qué te dedicas? ¿De qué vives? 
Alex tiene dieciséis años y gasta una mirada melancólica como de abuelo prematuro. Me mira desconfiado, cierra los ojos y responde: 
—Vivo…, aquí mismo con mi pareja… 
—¿Casado? 
—Sí, claro. Bueno, supongo que sí, aunque no sé… Trabajo en la empresa de mi padre y como tengo pasta, me compraré un Ferrari. 
—¿Tienes hijos? 
—Sí, dos —Alex se va animando—, y a mi chica le compraré también otro Ferrari. 
—¿Eso es todo lo que se te ocurre? 
Alex se encoge de hombros y se ruboriza un poco no sé bien por qué. 
—¿No te gustaría cambiar el mundo? 
Ahora casi sonríe: 
—¿Es que quiere que me haga cura o algo así? 
—No, majo, no. Para ser cura o algoasí hay que empezar por ser ambicioso; tener sangre en las venas y un corazón grande que sueñe con empresas imposibles, con aventuras reales… Sobre esa base, Dios puede edificar algo y llamarte; pero a ti…, no creo. 
(Otro día continúo con el relato. Hoy no tengo tiempo)

Retratos de María (IV)


Los ojos 

Hace algunos años llegaron desde el Líbano a la Administración de Molinoviejo un par de chicas de la Obra. Venían a aprender y a recoger experiencias para ponerlas en práctica en la casa de retiros de su país. No se quedaron mucho tiempo, pero fue suficiente para que Encarni pintara una Virgen libanesa para el oratorio de aquella casa.
Encarnita García es una numeraria auxiliar que, sin ser una profesional de la pintura, tiene talento y arte de sobra para llenar de colorido y gracia muchos lienzos como éste.
Todas las mañanas cuando enciendo el móvil se me aparece esta imagen en la pantalla. Me encanta la alegría del Niño, el borrico que tiene en la mano y los ojos profundos y tiernos de la Virgen María.
El retrato está pidiendo un piropo. Yo se lo lanzo ahora mismo.


sábado, 11 de mayo de 2019

Primeras Comuniones



He vuelto a celebrar una Misa en el colegio para los niños que celebran su Primera Comunión. No lo había hecho desde hace casi veinte años. Hoy, como entonces, han impreso unos folletos que reparten entre los asistentes. Me suenan algunas oraciones que deben recitar los chicos. Sí, creo que las escribí yo mismo el siglo pasado para las chiquillas que vivían la misma experiencia en Aldeafuente. Ahora esas niñas traen a sus hijos a Aldovea.
Todo es igual que la última vez: los nervios contenidos de los pequeños, la emoción de los padres… Sólo ha cambiado el cansancio del celebrante. Ya lo dijo Pérez de Tudela al contar una de sus últimas escaladas: "ser viejo es como estar desentrenado". Yo llevo desentrenado demasiado tiempo.
En la homilía, una vez más, me invento un cuento. Ya me salen como churros. Los padres parecen más atentos que los hijos, pero, al terminar la Santa Misa, uno de los chavales se interesa por la historia y me pregunta lo de siempre: "¿y luego, qué pasó?"
Hoy haré mi oración pensando en las emociones de esta mañana y  pediré al Señor que yo también aprenda de una vez, como nos pidió San Josemaría ,"a creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños..., rezar como rezan los niños".  
Al final Alicia y Nacho me invitaron a comer en su casa. Aquí están los 9 de su tribu. Todo comenzó en Gazolaz, hace sólo 19 años. Una tormenta nos dejó sin luz en plena boda.

Retratos de María (III)



La Reina

La ermita de Molinoviejo guarda esta preciosa imagen. Ayer mismo fui a verla, y dejé un beso a sus pies aprovechando que estábamos solos. Ella es la Reina, mi Reina, que gobierna en el Cielo por ser Madre, Hija y Esposa del mismo Dios.
Después del beso volví a llamarla "Reina" cantando en silencio el Salve Regina, que es una oración bellísima, llena de galantería, confianza y respeto.
"Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos". Son los ojos de una Reina, que es "madre de la misericordia, dulzura de la vida, esperanza nuestra".

¡Cuántas cosas te he pedido a lo largo de estos años en Molinoviejo! No soy capaz de recordarlas todas, pero sé que tú no las olvidas.




viernes, 10 de mayo de 2019

Retratos de María (II)


Las manos
El primer retrato —"La adoración de los Reyes Magos"— es de Velázquez y se encuentra en el Museo del Prado. Dicen los expertos que lo pintó cuando era muy joven, y, aunque algún crítico se empeñe en encontrar "signos de inmadurez" en el lienzo, en mi opinión se trata de una de las obras cumbre de la juventud de Velázquez. 
Como es bien sabido, este gran maestro solía utilizar modelos reales para sus cuadros. En este caso resulta evidente que la imagen de la Virgen representa a una aldeana guapa ligeramente ruborizada ante la presencia de los Magos. No ha querido el artista idealizar a nuestra Madre pintando un cutis de porcelana y unas manos primorosas. San José, que la contempla extasiado, descubre la belleza de su Esposa, más señorial y auténtica que la de cualquier dama de la corte.
A mí me conmueven las manos. ¡Qué maravilla! Esas manos se han forjado en el trabajo. Son recias, acostumbradas a manejar la azada, a lavar la ropa en el arroyo, a amasar el pan de cada día, a trabajar en el horno y a trasportar ánforas de trigo o cántaros de agua.
Yo querría besar esas manos, embellecidas por el trajín diario, y dejarme sostener por ellas, como el Niño Jesús que, en las rodillas de María, observa el mundo con ojos de chico listo.


jueves, 9 de mayo de 2019

Retratos de María (I)




"Cuando te preguntaron qué imagen de la Señora te daba más devoción, y contestaste —como quien lo tiene bien experimentado— que todas, comprendí que eras un buen hijo: por eso te parecen bien —me enamoran, dijiste— todos los retratos de tu Madre". (San Josemaría, Camino 501).  

Las imágenes de la Santísima Virgen no son fotografías. No tratan de reproducir la realidad, sino de transmitir un mensaje. Cada retrato habla de nuestra Madre en una lengua diferente. Hay rostros de María, aparentemente toscos, esculpidos o pintados por manos inexpertas, que conmueven tanto o más que los mejores cuadros de los artistas más relevantes.

Yo tengo en un cajón de mi escritorio toda una "baraja" de imágenes de nuestra Señora. Cada día hago un pequeño juego de magia: las mezclo, cierro los ojos y saco una al azar para que me acompañe hasta la noche. Reconozco que alguna vez me hago trampa, y consigo que salga la que más me gusta o la que necesito tener cerca ese día, pero todos los retratos me ayudan a rezar.
Hoy he hecho un propósito. Durante este mes de mayo las iré colgando en el globo una a una, y haré un breve comentario. ¿Cuento con vuestra ayuda para piropear a mi Madre?

miércoles, 8 de mayo de 2019

Hace 3 años


Hoy se cumple el tercer aniversario del fallecimiento de mi madre. Así lo conté en el globo aquel día. Ni que decir tiene que esta mañana en la Santa Misa me he encomendado a ella como siempre, y le he pedido por tantas cosas que no sería discreto poner aquí.
También la he rezado por ella, claro. aunque sé muy bien que no necesita mis oraciones. Yo sí que las necesito.

martes, 7 de mayo de 2019

Hablar de mi Madre



Ayer me tocó predicar sobre la Virgen, y recordé a aquella niña de 14  años  —¿qué habrá sido de ella?— que se negó en redondo a escribir un folio sobre su madre. La profe de lengua de Aldeafuente les había mandado que hicieran esa redacción en clase, pero Raquel se levantó muy enfadada y se marchó del aula. Al día siguiente ella misma me contó el porqué de su desplante. 
—No puedo escribir sobre mi madre sin hablar de mí misma. Y no quiero que nadie se meta en mi vida, ¿vale?
Ayer yo pensé que lo mismo. ¿Cómo puedo predicar sobre la Virgen María sin desnudarme delante de los que me escuchan? 
No me fui del oratorio, pero me tocó pasar un rato de vergüenza.


domingo, 5 de mayo de 2019

Carta de Kloster



Querido Colega:
Sé que alguno de los pocos lectores que te quedan me echa de menos. Es natural; siempre he sido un elemento básico en ese globo que con tanta torpeza sigues pilotando.
No sé si volveré. En los viejos tiempos llegamos a tener más de cuatro mil seguidores diarios. Mérito mío, claro. Ahora apenas te leen dos docenas de fieles insensatos. ¿Por qué no proclamas a los cuatro vientos que has regresado? ¿Acaso tienes miedo de comprobar que ya nadie te sigue como antes?
Voy a ser magnánimo. Cuando vea que el globo ha remontado el vuelo  y que recupera la gloria de antaño, regresaré. Hasta entonces no cuentes conmigo. Atte.
HK














He contestado a mi amigo que no le necesito. Está viejo y achacoso. Ya me buscaré otro interlocutor. En todo caso, no haré el menor esfuerzo por buscar nuevos pasajeros para el globo. Si los antiguos dan conmigo y quieren subir a bordo, serán bienvenidos, pero en esta nueva etapa me gustaría convertir el blog en una especie de mesa camilla, o a lo sumo en un modesto cuarto de estar donde nos reunamos los amigos para conversar de nuestras cosas.
Y a Kloster…




sábado, 4 de mayo de 2019

34 nuevos curas



Mientras escribo estas líneas, asisto “en directo”, desde una esquina de mi pantalla, a una solemne ceremonia que se celebra en la Basílica de San Eugenio de Roma. Se trata de la ordenación sacerdotal de 34 fieles del Opus Dei presidida por el Arzobispo de Valencia, el Cardenal Cañizares.
Está terminando la Misa. La cámara va recorriendo lentamente los rostros de los nuevos curas. No son unos niños. Algunos han superado ya los 40. El pelo escasea y las canas han hecho acto de presencia en más de una testa. Parecen lo que en realidad son: unos profesionales del Derecho, la Medicina, la Enseñanza, la Ingeniería… a los que, de pronto, les ha salido un alzacuello y están dispuestos a ser, de ahora en adelante, sacerdotes a jornada completa.
Me viene el recuerdo de mi propia ordenación. Yo era de los mayores y solo tenía 28 años. Ya se ve que algunas cosas han cambiado; pero estoy seguro de que “la procesión” que, según dicen, “va por dentro”, es la misma.
Todos los sacerdotes tenemos clavada en la memoria del corazón cada uno de los momentos de esta ceremonia y las emociones, los deseos y los propósitos de nuestra primera Misa. San Juan Pablo II la recordaba así en su Encíclica sobre la Eucaristía:
Desde hace más de medio siglo, cada día, a partir de aquel 2 de noviembre de 1946 en que celebré mi primera Misa en la cripta de San Leonardo de la catedral del Wawel en Cracovia, mis ojos se han quedado fijos en la hostia y el cáliz en los que, en cierto modo, el tiempo y el espacio se han «concentrado» y se ha representado de manera viviente el drama del Gólgota. 
Yo pido ahora al Señor y a su Santísima Madre que estos 34 nuevos sacerdotes no se acostumbren nunca a tener en sus manos a Jesús ni a perdonar los pecados en nombre del Señor; que sean ellos mismos Cristo que pasa para sus hermanos, y que, siempre, como quería San Josemaría, sean santos, doctos, alegres…, y “deportistas” en su lucha personal. 

jueves, 2 de mayo de 2019

Sobre mis interlocutores

A partir de ahora, cada vez que cuente una historia o reproduzca un diálogo más o menos privado* con otra persona, en lugar de inventarme un nombre para no desvelar la identidad de mi interlocutor, utilizaré siempre los siguientes:
Alex, si hablo con un chico;
Raquel, si se trata de una chica;
Don Gregorio, si es un adulto
Doña Clotilde, si hablo con una señora.
* Por supuesto serán siempre conversaciones reales, pero no tan confidenciales que no puedan ser divulgadas. Ni que decir tiene que lo que conozco en la Confesión simplemente lo olvido. El mismo Dios dice en la Sagrada Escritura: "no recordaré vuestros pecados". ¡Magnífica amnesia divina, de la que participamos todos los sacerdotes sin ningún esfuerzo!

Propósitos de mayo






Para este mes, dedicado a Nuestra Señora, Raquel ha hecho solo un propósito:
—Cada vez que mire al móvil, me inventaré una jaculatoria distinta para la Virgen.
—Te vas a hinchar a decir jaculatorias —le contesto—.
—No crea. Ya empecé ayer. Lo que pasa es que miro menos al móvil. No es tan fácil improvisar cada vez una jaculatoria diferente.
—Está claro. La Virgen te está ayudando. A ella no le importa que digas alguna jaculatoria menos con tal de que de vez en cuando levantes la vista de la dichosa pantallita.


El puente





—Esta vez os habéis pasao tres pueblos. ¿Puente? ¡Esto es el acueducto de Segovia! El miércoles, día del trabajo; el jueves, fiesta de la Comunidad de Madrid; el viernes, descanso; el sábado, sábado, y el domingo, domingo. ¿Es que nadie trabaja en esta tierra?
A Martin le gusta ejercer de extranjero a pesar de que lleva en España 40 años, o sea, desde que hizo la primera comunión, y habla un castellano perfecto con música y letra del barrio de Chamberí.
Martin, con su melena rubia cada día más rala y su mirada azul, cuando va a El Corte Inglés o a cualquiera de las tiendas de moda del Barrio de Salamanca, improvisa un acento británico espantoso y charla con las dependientas (con ellos no; solo con ellas) como un guiri cualquiera. Luego remata la faena pasando bruscamente al castellano-madrileño, no compra nada y se va con la música a otra parte.
—¿Te das cuenta que esa gamberrada es típicamente española? —le sermoneo—. Eres más hispano que el jamón ibérico.
El caso es que Martin es amigo mío desde que estudiaba en la Facultad de Medicina. No terminó la carrera —había que currar demasiado— y se pasó a Derecho. Tampoco triunfó como jurista, ya que en segundo de carrera comprendió que lo suyo era la informática. Algo debió de aprender, puesto que se pasa la vida jugando con su tableta, antes de abandonar definitivamente la Universidad.
Con todo, Martin es un buen chico lleno de grandes y utópicos deseos. Ayer estaba indignado:
—¡Ni una tienda abierta en todo Madrid! ¿Es que no curra nadie en esta tierra?
—Es el día del trabajo —le recuerdo—.
—Más a mi favor. ¿Hay algo abierto esta tarde?
—Sí. Los confesonarios; el mío está abierto todo el día, y además hay rebajas. ¿Te espero?
Martin inclina de lado la cabeza con un gesto muy suyo, sonríe y me dispara con el dedo índice.
—Buen intento, don Henry. Pero hoy no…, mañana.


 

martes, 30 de abril de 2019

Volamos



Hace exactamente doce años comenzó a volar este globo.
—Cómo pasa el tiempo, don Enrique.
—Y usted que lo diga, doña Clotilde.
Era mayo de 2007 y acababa de terminar un retiro. Vivía en esta misma casa de Madrid y alguien me instó con sólidos argumentos a entrar en la blogosfera. Le contesté que la palabra blog me parecía horrenda.
—Prefiero llamarlo globo, la verdad. Al fin y al cabo poner una página en la red es como soltar un balón al aire para que flote sin rumbo en el espacio en busca de otros semejantes.
Desde entonces la blogosfera ha crecido mucho. Es como el universo, que, al decir de los expertos, está en continua expansión desde el instante mismo del big-bang.
 En este singular firmamento hay millones de blogs como el mío creados por gentes de todos los pelajes, lenguas y re­ligiones, que, no contentos con navegar por la red, ponen un escaparate y dan la cara, porque quieren ser vistos y expresarse a su manera.
Aquí uno encuentra de todo: especialistas en origami que trafican con figuras de papel; poetas incomprendidos (valga la redundancia); coleccionistas de bolígrafos; sectas destructivas; profetas alucinados que anuncian catástrofes siderales; políticos que matan por un  puñado de votos; navegantes solitarios sedientos de compañía; ideólogos con pocas ideas o sin ninguna en absoluto; adolescentes con acné en el alma; anoréxicas que se cuentan nuevos trucos para matarse de hambre sin que lo note mamá; depresivos afligidos; alcohólicos anónimos; borrachos conocidos; novelistas sin editor; cantantes sin discos; personajes en busca de autor; traficantes de mugre; obsesos sexuales; genios de cualquier doctrina que ofrecen sus servicios a bajo precio; misioneros heroicos que cuentan mil historias; sacerdotes que asesoran espiri­tualmente a quien lo pida...
En la blogosfera hay también restos de blogs abandonados que giran en órbita como harapos de recuerdos deshilachados. Hay versos perdidos, páginas de personas muertas, que nadie se ha molestado en cerrar, y proyectos de blogs que no se hicieron, y ahí siguen, ocupando un “espacio” que uno no sabe hasta dónde llega, en qué consiste, dónde está ni quién controla. 
La blogosfera es una ciudad aún más extensa que la Nínive del Profeta Jonás. Y, como en todas las ciudades, la vida va por barrios. Hay suburbios que es mejor no frecuentar para no correr el riesgo de recibir una cuchillada, de ser estafado por un gánster virtual o de ser corrompido con sobredosis de sexo salvaje.
Por tanto la blogosfera es peligrosa, sí, como Madrid, Nueva York o Tokio. Pero no hay que huir ni encerrarse en el gueto. Al contrario: hay que entrar; hay que crear nuevos barrios, urbanizar los viejos, limpiar la basura, poner un buen servicio de alcantarillado y echar la red (o sea, la web) para pescar, como Jesús pidió a San Pedro. Hay que crear nuevos ambientes, “remansos de aguas limpias” diría San Josemaría, y  ponerse la escafandra anti-mugre para explorar la selva: los leones esperan.
Hemos de inundar de contenidos saludables  este universo que está surgiendo y ya nos posee como Matrix. Es un deber. Gota a gota hay que llenar el mar. 
Cómo no recordar aquel punto de "Camino":  Eres, entre los tuyos —alma de após­tol—, la piedra caída en el lago. —Produce, con tu ejemplo y tu palabra un pri­mer círculo... y éste, otro... y otro, y otro... Cada vez más ancho.    ¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?
Yo ya lancé la piedra una vez —el blog es un globo sonda—, y ahora, doce años después, vuelve al ruedo. Entrad sin miedo, malditos. Se admiten okupas.





domingo, 28 de abril de 2019

La primera Comunión de María




Hace un par de años escribí este cuento para que lo leyera mi sobri-nieto Javi en el día de su primera Comunión. Como estaba previsto, a su madre le encantó y hasta soltó alguna lágrima. De Javi no me consta ninguna reacción especial.
Ahora que llegan las primeras comuniones de miles de niños y niñas, se lo dedico a cada uno con todo mi cariño.
*     *     *

Querido Javi.
Soy Gaby (o sea, Gabriel) y trabajo en el Cielo como Arcángel Custodio de la Virgen María.
Me ha contado tu tío que el día 20 de mayo vas a hacer la primera Comunión y, como él ahora está muy lejos, me pide que escriba un cuento para mandártelo como regalo.
Yo le he dicho que los Ángeles no sabemos inventar historias falsas. Sólo decimos la verdad; pero tu tío ha insistido:
—Por eso quiero que lo escribas tú. Javitxu se merece un cuento que no sea cuento. Seguro que en el Cielo hay mogollón de anécdotas que nadie hasta ahora ha puesto por escrito. ¿Por qué no nos explicas, por ejemplo, cómo fue la Primera Comunión de la Santísima Virgen?
Tenía razón. Así que le he arrancado a Rafael una de sus plumas de colores, la he mojado en tinta celeste color verde esmeralda y me he puesto a la tarea.
Aquí tienes el resultado:




San Juan Evangelista dando la Comunión a la Virgen (Iglesia de los Santos Juanes. Valencia)


La primera Comunión de María.



Era el día de Pentecostés. Acababa de venir a la tierra el Espíritu Santo, que se posó sobre las cabezas de los apóstoles dividido en pequeñas llamaradas. Un huracán luminoso alborotó el salón y oímos una música suave que venía del Cielo. San Pedro entonces se puso en pie, salió al balcón y pronunció un discurso ante la multitud. Hay que ver lo bien que le salió. Todos entendieron sus palabras gracias a que un centenar de ángeles políglotas hicieron la traducción simultánea a cincuenta o sesenta lenguas: le escucharon en griego, latín, francés, euskera, kikuyu, tagalo, mandarín, etc., cada uno solo en su idioma. Fue una pasada. Nunca se había hecho antes, pero era necesario que la gente supiese que había comenzado una nueva era. Nacía la Iglesia Católica y las puertas del Cielo se abrían de par en par para todos.
Enseguida empezaron los bautizos. Los apóstoles fueron de cabeza. Imagínate, 3.000 personas en una sola mañana. Y, como a partir de ese día ya era posible celebrar la Santa Misa, los recién bautizados y todos los que habían recibido al Espíritu Santo se pusieron en cola para comulgar por primera vez. Fue la Primera Comunión más numerosa de la historia.
—¿Y la Virgen?
Mi señora se había escondido en un rincón porque quería pasar inadvertida. Yo supuse que no comulgaría. Al fin y al cabo ya había recibido a Jesús muchos años atrás, cuando era una chiquilla y yo un arcángel novato. En aquella ocasión Dios mismo me envió a Nazaret para anunciarle que el Señor estaba impaciente por venir a la tierra y que, si daba su permiso, ella iba a ser la Madre del Mesías. Mi Señora dijo que sí y, a partir de ese instante, llevó a Jesús en su seno durante 9 meses. Eso era mucho más que una Comunión.
No caí en la cuenta de que la "Llena de Gracia" tenía más ganas que nadie de recibir a su Hijo por segunda vez ¡Quería hacer su Segunda-Primera Comunión! Y tenía todo el derecho del mundo.
Como comprenderás, querido Javi, la Virgen y yo teníamos ya largas conversaciones a solas. Nadie se daba cuenta porque no necesitábamos palabras para charlar y, por supuesto, sólo María podía verme. Para los demás, los ángeles somos invisibles. El caso es que el mismo día de Pentecostés me llamó la Señora y, con su delicadeza y cariño habituales, me dijo:
—Mira, Gaby, mañana por la mañana voy a hacer la Primera Comunión. Juan, que es el apóstol más joven y Jesús me lo encomendó antes de morir, celebrará la Eucaristía en casa por primera vez, y estaré yo sola con él. Pero hay un problema: cuando pasen los siglos, los niños y las niñas harán su primera comunión vestidos de fiesta. Yo tendría que darles ejemplo, y resulta que no tengo nada que ponerme. ¿Cómo puedo hacer la Primera Comunión con este vestido?
Me aparté un par de metros para mirarla con más atención, y quedé deslumbrado como me ocurre siempre. Si los hombres hubiesen visto a la Santísima Virgen como la veo yo a todas horas caerían rendidos a sus pies. Desde pequeñita hasta el final de su vida fue siempre la mujer más guapa que ha habido jamás. ¡Qué importa el vestido! Cualquier prenda parecerá una joya si lo lleva la Reina de los Ángeles y de los hombres.  Sus ojos verdes, enormes y transparentes, parecían iluminar la estancia entera.
María tenía casi sesenta años, y, claro, se le marcaban algunas arruguitas junto a sus ojos y la boca. Y su cabello era blanco, como el de casi todas las abuelas.
—No importa —le dije—; esto te lo arreglo yo en un plisplás. Encargaremos a los ángeles-modistos un vestido azul como el mar con ribetes de plata. Luego te pondremos una diadema de brillantes y esmeraldas y unos zapatos de cristal…
—No, Gaby —me interrumpió María—. No quiero eso. Yo soy la Esclava del Señor, y sólo me gustaría recuperar, arreglada y limpia, la ropa que llevé en Nazaret cuando me preguntaste si quería ser la madre de Jesús y yo te dije que sí…
—Pero, Señora, han pasado muchos años y tu vestías como una chica pobre de un pueblo muy pobre. Recuerdo que llevabas un delantal blanco sobre una falta gris y una blusa muy sencilla…
—Eso es lo que necesito. Nada más. Jesús no tuvo ningún inconveniente en vivir junto a mi corazón, a pesar de ese vestido. Con él fui a ver a mi prima, Isabel, y luego, camino de Belén. Lo tuve que lavar muchas veces y dejarlo al sol para que se secase… Ahora me gustaría poder hacer lo mismo. Seguro que el Señor estará contento.
Me retiré de la presencia de la Virgen. En mi casa del Cielo, guardado en un armario de marfil, estaba el vestido que yo mismo conservaba como recuerdo. También el pañuelo floreado de varios colores que María llevó en la cabeza. Lo extendí todo sobre una nube de algodón y llamé a los ángeles modistos para poner en práctica una pequeña travesura que se me había ocurrido.
*     *     *
Al día siguiente, en la misma habitación donde Jesús y los apóstoles tuvieron la última cena, San Juan celebró la Misa para su Madre, María. Ella, igual que en el Jueves Santo, amasó el Pan y preparó el Vino que se iban a convertir en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo.
—¿Sabes que estás muy guapa con ese vestido? —le dijo Juan, que se consideraba hijo de mi Señora, y la llamaba siempre "mamá"—. Te veo mucho más joven, como una chiquilla, con ese pañuelo en la cabeza. 
María se rió:
—Eso es porque me he tapado las canas.
Comenzó la Misa. Asistieron también dos amigas de la Señora: Salomé, que era la madre de Juan y Santiago, y María Magdalena. Sólo la Virgen se dio cuenta de que, además, en aquella pequeña estancia, había un coro de millones y millones de ángeles que cantábamos una melodía recién inventada, que sólo se oía en todos los rincones del Cielo.
Justo antes de la Comunión, San Juan dijo unas palabras a la Virgen. Le habló de aquel momento en que Jesús, desde lo alto de la cruz, le encomendó a él que cuidara de su Madre, y a María, que recibiera a Juan como hijo.
—¿Recuerdas, mamá? Pues ahora yo te digo lo mismo que nos dijo el Maestro: aquí tienes a tu Hijo. Te lo entrego por primera vez en forma de Pan. Y lo haré cada mañana hasta que los dos vayamos al Cielo.
María tomó el Cuerpo de Jesús y comulgó en silencio. En ese momento, San Juan y las dos mujeres que acompañaban a la Señora vieron bajar del Cielo una nubecilla luminosa que cubrió por un instante a la Santísima Virgen. Al disiparse la niebla, todo había cambiado: el rostro de María volvía a ser el mismo que yo vi en Nazaret, el de una chiquilla preciosa de 14 años. Su cabello negro había recuperado el brillo y el color de entonces, y ya no estaba sentada en un humilde taburete, sino en un trono de oro y terciopelo .
Lo del vestido fue cosa nuestra. Los ángeles diseñamos un modelo especial para ese momento: el pañuelo de la cabeza se había convertido en una corona de flores naturales que se entrelazaban con su cabelloy llenó la sala de una leve fragancia que no parecía de este mundo. Y elmodesto hábito de campesina que había elegido la Virgen se transformó de pronto en una espléndida túnica blanca con bordados de oro y plata en las mangas y sobre la cintura. Seis ángeles se hicieron visibles para llevar la cola del manto azul que completaba el atuendo de María. Y volvió a sonar la música que, ahora sí, todos pudieron oír con absoluta claridad.
*    *    *
¿Y ya está?
Por supuesto que no. Te contaré un secreto: para celebrar ese día, los ángeles creamos una receta nueva: la del chocolate con churros, que, desde entonces, ha tenido bastante éxito en casi todas las primeras comuniones.