viernes, 18 de octubre de 2019

Un "secreto"



En la Misa de las 12 y cuarto del colegio, consumo el Santísimo como todos los viernes, y a continuación salgo hacia el parking en busca del coche, pero me alcanza corriendo un chico de sexto de primaria.
—Es que quiero confesarme...
Le digo que por supuesto, y regresamos los dos al oratorio. Al terminar, veo que, en el primer banco, de rodillas, hay un niño muy pequeño llorando sin el menor disimulo. Es un chiquillo de 6 años, que estudia 2º de primaria.
—¿Qué te pasa? —le pregunto—.
—No está Jesús, ¿verdad? —me dice señalando al Sagrario—.
Le explico que Jesús siempre está a nuestro lado, pero me interrumpe:
—Es que quiero pedirle una cosa, y si no está...
—Si quieres la puedo pedir yo contigo.
Me la ha contado al oído. Es una cosa buenísima, un "secreto" estupendo que  no revelaré ni aunque me torturen. El Señor ya se la ha concedido, aunque él todavía no lo sepa.
No es un acertijo, por supuesto, sino una lección de fe y de piedad.
 

jueves, 17 de octubre de 2019

El atasco



Salgo de casa a las nueve en punto de la mañana con la idea de aterrizar en el cole en menos de media hora. Caen las primeras gotas típicamente otoñales, ya sin truenos ni relámpagos veraniegos; es una especie de sirimiri congelado que da a este jueves un aire de lunes provinciano, húmedo y triste. Empiezo a rezar la primera parte del rosario, y el tráfico se va espesando poco a poco. No entiendo lo que pasa. Cuando uno hace cada día el mismo trayecto a la misma hora, no suele encontrar demasiadas sorpresas. Pero hoy… La hora punta debería haber terminado ya, y sin embargo algo muy gordo están maquinando los duendes del tráfico urbano.
Antes de llegar a M30, que es la vía de escape que rodea la ciudad, la caravana motorizada se detiene por completo. Un minuto, dos…, diez. Salgo del coche para echar una ojeada y compruebo con horror que el atasco afecta a todos en todas partes. Las calles adyacentes también están colapsadas. Madrid es una foto fija. Suena la sirena de una ambulancia. Tendríamos que permitirle el paso, pero ¿por dónde?
Quinto misterio gozoso: "el Niño perdido y hallado en el Templo". Siempre he pensado que  debería enunciarse de otra forma: "los padres perdidos y el Niño en el Templo": pero hoy no estoy para juegos de palabras. Soy un cura pedido en el tráfico que tiene que celebrar la Santa Misa dentro de media hora, y me temo que no va a ser posible. Envío un mensaje a mi teórico sustituto, y recibo una contestación inmediata: "¿puedes creerte que he salido de casa hace media hora y solo he recorrido cincuenta metros?" Me lo creo; es el atasco universal. Ha llegado el fin del mundo. De un momento a otro aparecerá el Hijo del Hombre sobre las nubes del Cielo.
Termino la segunda parte del Rosario y enciendo la radio. Todos hablan de otro gran atasco; el que han provocado en Barcelona las manifestaciones callejeras de estos días.
Cambio de táctica: tengo que pensar qué puedo escribir en el globo. Llevo ya cuatro días en blanco por culpa de un atasco de ideas que se ha generado en mi sesera como consecuencia del exceso de trabajo. Ayer por la noche terminé de redactar un texto demasiado largo sobre una cuestión demasiado compleja que me encargó un colega al que siempre hago demasiado caso. Antes dediqué varias horas a preparar las 22 meditaciones de un curso de retiro que debo predicar dentro de pocos días. Podría resucitar viejos guiones que duermen en las entrañas del ordenador, pero me resisto a utilizar refritos. Por último, caigo en la cuenta de que aún no he enviado mi colaboración para "Mundo Cristiano", y me han sugerido que, para noviembre, hable de la muerte. Digo que bueno, pero mi pluma no corre con la fluidez de otros días. Además me he quedado sin tinta.
Son casi las diez de la mañana. Una emisora local explica que el atasco tiene algo que ver con una huelga de conductores del Metro, con un accidente en la M40, con la lluvia y, por supuesto, con el gobierno.
A las diez en punto, inesperadamente, los coches desaparecen y yo salgo disparado. Se diría que han sido abducidos por una nave extraterrestre, pero no me hago preguntas. Aún llegaré a tiempo de celebrar la Misa a los niños de 6º de primaria. ¿De qué les hablo en la homilía?
Ya estoy en el altar. Un retaco de diez años, que apenas llega al atril, hace la primera lectura. Después del Evangelio me decido a hablar del Santo del día: San Ignacio de Antioquía, que murió mártir devorado por los leones en Roma en el año 103. Los chavales están súper atentos. No se pierden una sílaba, sobre todo cuando les describo con detalles la historia de los leones.
Son las ocho de la tarde. Al fin, en casa. Se han disuelto todos los atascos.

domingo, 13 de octubre de 2019

Salve Regina (y VII)


"Y, después de este destierro, 
muéstranos a Jesús el Fruto bendito de tu vientre."



Et Jesum, benedictum fructum ventris tui, nobis post hoc exilium ostende. 

Todas las plegarias marianas nos llevan al Señor, son cristocéntricas. A Jesús siempre se va y se "vuelve" por María, dice un punto de Camino. Los chiquillos comienzan así su viaje hacia el Cielo; descubren enseguida a nuestra Madre y aprenden a rezar con Ella. Luego la Virgen extiende los brazos y les muestra al Niño, que siempre está en su regazo envuelto en pañales.
¿Y los adultos? Los que cargamos con la triste experiencia del pecado, hacemos lo mismo; regresamos a casa, abatidos y sucios, porque el destierro es triste. "Volvemos" como si fuera la primera vez, y María Santísima nos recibe en sus brazos con una sonrisa; nos allana el camino de la penitencia, limpia la suciedad acumulada en nuestra alma, nos perfuma con "esos sus ojos misericordiosos" y nos invita a entrar en el refugio de su regazo para que descubramos de nuevo al Niño Jesús, que es el Fruto bendito de su vientre.
La Salve termina con tres "Oes". O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria, y entonces la oración se convierte en música, en himno de gloria. Os confieso que no soy capaz de rezar la Salve en latín sin tararearla por dentro. Sencillamente, "no me sale".
Hoy termino aquí este breve comentario de la Salve pidiendo perdón a mi Madre por no haber sabido expresar con palabras toda la belleza de esta oración con la que tantos enamorados la han cortejado a lo largo de los siglos.

jueves, 10 de octubre de 2019

Más oro en el cole



Esta mañana hemos concluido —espero que del todo— los "festejos" con motivo de mis bodas de oro sacerdotales. Entendedme, estoy encantado, pero también un poco confuso.
A estas alturas de la vida, uno ya no se pone nervioso por una ceremonia litúrgica más o menos larga o complicada, pero hoy sí que lo estaba. Será porque todo se centraba en mí, y aunque lleve encima unos cuantos kilos de vanidad, soy consciente de que no he hecho otra cosa en estos 50 años que pasármelo en grande. He trabajado casi siempre con gente joven, lo que me ha servido para no alejarme de la realidad. He tratado a miles de chicos y chicas, niños y niñas; pero también a centenares de matrimonios jóvenes y menos jóvenes. He celebrado muchas bodas y más funerales, siempre de personas conocidas y queridas. Si además resulta que apenas he tenido problemas de salud, ¿qué mérito tengo?
En la Misa que hoy me han organizado en el cole he distribuido unas doscientas comuniones con la ayuda de José Luis, que acaba de ordenarse sacerdote. He predicado lo que buenamente me sugirió el Señor y he dado gracias a Dios por tantas personas buenas que han venido a acompañarme en la fiesta. 
Mis antiguas alumnas de Aldeafuente están como siempre, como si fueran de BUP solo que rodeadas de niños. 
Son casi las ocho de la tarde y aún no he acabado de responder a los centenares de mensajes que van entrando en el móvil.
Termino. No me coloquéis comentarios hoy. Tanto si son elogiosos como si ponen peros, se irán a la papelera. Mañana seguiremos comentando la Salve.
 

Paradojas geométricas


  

Charlando con Vicente...:
—En estos años me he alejado mucho Dios.
—Es verdad; pero Dios cada día está más cerca de ti.
—No lo entiendo.
—Yo tampoco, pero la geometría sobrenatural tiene extrañas reglas.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Las mates a los 7 años



En las clases de tercero de primaria, las intervenciones de los alumnos son siempre sorprendentes.
—A que tú conoces a mi bisabuela.
—A lo mejor. ¿Cómo se llama?
—Carmen.
—Carmen… ¿qué más?
—No sé.
—¿Y cuántos años tiene?
—Ciento dos.
—No está mal. ¿Y yo, cuantos años tengo?
El chaval contrae las cejas en un gesto de profunda reflexión.
—¿Ciento…, veinte?
Los demás alumnos me miran con atención para ver qué cara pongo, pero nadie parece sorprendido por la cifra.
—O sea, que soy más viejo que tu bisabuela…
—Sí, pero no se te nota nada.
Es un consuelo. Abandono el aula al borde mismo de la melancolía.

martes, 8 de octubre de 2019

Salve Regina (VI)



Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos

Encarni pintó esos preciosos ojos en un cuadro de la Virgen que se fue a El Líbano

Illos tuos misericordes oculos ad nos converte.
Esta vez prefiero la versión castellana. ¡Cuánto puede decir una mirada!
Hay miradas asesinas, frías como el hielo, y miradas tiernas, enamoradas, como las que uno sorprende en los novios, en los recién casados y hasta en algunas parejas de ancianos, que siguen caminando, quizá torpemente, cogidos de la mano.
Hay miradas duras que se cierran ante el mendigo que solo reclama una mirada de afecto, y miradas perdidas que solo Dios sabe lo que buscan.
Hay miradas en venta, miradas sucias, miradas hipócritas, miradas vacías.
Hay ojos aprendices que quieren abarcarlo todo con una mirada, y ojos que no han aprendido a mirar.
Hay miradas esquivas, tímidas, y miradas altaneras que van reclamando aplausos a su paso.
Me gusta la mirada de los abuelos cuando juegan con los nietos. Seguro que Jesús miraba así a aquellos pequeños que se le pegaban a pesar de que algunos trataban de impedirlo. Los chiquillos  reconocían la mirada de un Dios-Abuelo en los ojos del Señor.
Hay miradas bellísimas, azules como el cielo, verdes como un campo en primavera o negras como una noche en la que brilla la estrella que siempre nos seduce.
Hay miradas que corrompen y miradas que curan. 
¿Cómo será la mirada de Dios?
Vultum tuum, Domine requiram…! Quiero ver tu rostro, Señor; quiero mirarte a los ojos, que tú me mires y que nuestras miradas se encuentren para no separarse nunca. Eso será el Cielo.
Aquí, en la tierra, Dios nos miró a través de los ojos de su Hijo: ojos de niño, en Belén, de adolescente en Nazaret, de Maestro en la playa o en el monte, de moribundo, en el Calvario. Al fin, desde lo alto de la Cruz, pidió a María que también Ella nos mirara con sus ojos de Madre. A partir de ese día, cada vez que vemos los ojos de la Señora, descubrimos que son un adelanto del Cielo, porque es la misma mirada de Dios.
¡Vuelve a nosotros, esos tus ojos misericordiosos!

lunes, 7 de octubre de 2019

La Virgen del Rosario



El viernes pasado celebré Misa en el colegio para los niños de quinto de primaria y, como es habitual, hice una breve homilía más o menos dialogada.
Hablé del Rosario. Comencé enseñando el mío para explicar su "manual de instrucciones". Luego les conté algo de la batalla de Lepanto, y, por último, hice una incómoda pregunta:
—¿Cuántas avemarías seguidas seríais capaces de rezar sin distraeros?
A los diez años a nadie le da vergüenza exponer en público cuestiones tan íntimas; pero me llamó la atención la sinceridad y la claridad de las respuestas.
—¡Dos! ¡Tres! ¡Yo una y media!
El más lanzado aseguró que era capaz de rezar cinco. Y yo me uní a la chiquillería diciendo la verdad; que casi nunca consigo rezar un misterio sin que se me vaya el santo al cielo un par de veces.
A continuación expliqué que el Rosario se parece a una canción que cantamos a nuestra Madre. La letra son las avemarías; la música, cada una de las escenas que se contemplan en los misterios. Cuando uno canta, es importante no perder el tono ni el ritmo de la música; la letra importa menos. Por eso, mientras recitamos las avemarías, nos "distraemos" pensando en la Virgen. Ella no se cansa de recibir piropos y nosotros estamos la mar de contentos mirando a María.
Ni que decir tiene que no me saqué todo esto de la manga. San Josemaría Escrivá nos contó el secreto.   

sábado, 5 de octubre de 2019

Salve Regina (V)


Eia, ergo, advocata nostra!

Virgen del Perpetuo Socorro
¡Ea, pues, abogada nuestra!
Creo recordar que ya comenté ese "ea" de la Salve hace un par de años. Me parece magnífico. Y dicho en latín, resulta aún más sorprendente. Al autor de la Salve se le pone cara de gitano flamenco cuando inventa esta maravillosa jaculatoria de sólo dos letras que parece nacida en el barrio de Triana.
¡Ea! Ya sabes, Madre, lo que necesito. Seguro que te lo pediré muchas veces más, porque tu hijo no quiere que nos cansemos de llamar a la puerta de tu corazón. Hoy mismo, en el Evangelio, el Señor nos dice que "Él dará cosas buenas a quien se las pide". Sin embargo, tengo miedo a ponerme pesado explicándote con pelos y señales todo lo que me hace falta. Prefiero decir sólo ¡ea!, guiñarte un ojo y añadir un piropo para que sepas que estoy en tus manos.
¡Abogada nuestra! He leído que es un título poco apropiado para una madre. No estoy de acuerdo. Es cierto que los abogados de aquí abajo cobran una pasta y no siempre se portan como es debido, pero tener una Abogada defensora en el Cielo es lo mejor que nos puede pasar. La necesitaremos cuando seamos juzgados al final de nuestra vida y Jesús sea el Juez¸ pero también ahora, mientras caminamos en este mundo, no podemos prescindir de su mediación.
Recordare, Virgo Mater Dei, dum steteris in conspectu Domini, ut loquaris pro nobis bona."Acuérdate, Virgen Madre De Dios, de hablar bien de nosotros, tú que estás en la presencia del Señor".
Esa y no otra es la tarea del abogado: decir "cosas buenas" de los miserables que se acogen a su defensa. Las "cosas malas" que las investigue el fiscal.


viernes, 4 de octubre de 2019

Un día normal



He tenido una mañana normal, es decir, muy poco corriente. Lo corriente es que lo normal salte por los aires desde muy temprano y las mañanas se conviertan en un maravilloso caos.
Uno se levanta de madrugada y comienza a programar el día con todo detalle. Cuantos más detalles incluya, más probable es que todo se desbarate. ¡Qué se le va a hacer! Con los años uno se resigna y aprende a navegar en el laberinto de lo imprevisto y de lo imprevisible. Hoy, sin embargo, todo ha salido tal y como lo tenía organizado. ¡Qué aburrimiento! Incluso he llegado a casa con tiempo para leer el periódico de ayer y ahora me permito el lujo de encender el ordenata a la hora establecida y dedicar al globo mis veinte minutos reglamentarios.
Lo malo es que tanta normalidad me ha atrofiado la sesera y no se me ocurre nada. Empiezo a escribir con la esperanza de que llegue una musa perdida y encienda la chispa de la inspiración; pero no hay manera. Se conoce que las musas se desenvuelven mejor en el terremoto permanente de la vida ordinaria.
¿Veis? Han transcurrido quince minutos y no he conseguido hilvanar un solo pensamiento estimulante. Toda la mañana charla que te charla con niños de sexto de primaria y sospecho que no me ha servido de mucho.
Bueno, sí; he aprendido algo. Hacia las doce del mediodía un chaval de 11 años que quiere ser futbolista, ha afirmado como un Séneca cualquiera:
—Soy buen amigo de N, porque, cuando hablamos, me intereso por cosas que no me interesan nada.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Salve Regina (IV)




Gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. 

¿También lloran las flores?
Gementes et flentes in hac lacrimarum valle. 
Cabe pensar que el autor de la Salve exagera, que este "valle" también está lleno de alegrías, de consuelos y de esperanza. Es verdad, pero no podemos ocultar las lágrimas de millones de personas que sufren.
Hay lágrimas de soledad; lágrimas causadas por un dolor físico que parece no tener fin; lágrimas enfermizas que son el desahogo de una tristeza negra, de un puño que nos golpea el pecho sin que entendamos por qué. Hay lágrimas culpables y lágrimas inocentes; lágrimas de viejos solitarios y de niños abandonados. Hay lágrimas secas de los que ya no tienen lágrimas, y lágrimas histéricas que solo buscan llamar la atención. Hay lágrimas que se esconden detrás de una sonrisa y lágrimas escandalosas que ofenden a quien las ve. Hay lágrimas de payasos tristes y lágrimas hipócritas; lágrimas de amores y de desamores. Lágrimas generosas de quien llora por los demás, y lloreras nacidas del orgullo del que se siente humillado. Hay lágrimas humildes de arrepentimiento sincero  que sirven para bañar los pies de Jesús, y lágrimas  de alegría, explosivas, que se presentan como un preludio de la felicidad.
Yo no sé si en el Paraíso terrenal hubo lágrimas. Tiendo a pensar que sí. Cuando el amor es grande lloramos. Y no hay más amor que el Amor.
—¿Y en el Cielo; lloraremos en el Cielo?
Por supuesto. La felicidad que Dios nos promete no es fría; tiene corazón. El Señor no nos ha preparado una burbuja de color de rosa llena de chuches y de pequeños o grandes placeres para tenernos anestesiados. Jesús, que lloró en la tierra por su amigo Lázaro, nos acompañará en el llanto por los que hemos dejado en este mundo. Lloraremos por ellos y con ellos.  Que nadie me arrebate mi derecho a ese sufrimiento, que es parte de la felicidad.
En la Salve se habla de nuestro llanto por haber perdido el Paraíso. E invocamos a la Virgen María, porque es Madre y las madres se conmueven siempre con las lágrimas de sus hijos.

martes, 1 de octubre de 2019

Apócrifo para primaria



Cada martes tengo una clase, o algo así, con los niños de tercero de primaria, que harán la primera Comunión en mayo. El programa es muy sencillo: trato de que conozcan la vida de Jesús, y la voy contando a mi manera, paso a paso, esquivando en la medida de lo posible las preguntas que no tengan que ver con tema, que son la mayoría.
Hoy nos tocaba comentar la visita de la Virgen a su prima Santa Isabel, y al llegar al momento cumbre, les digo que María llamó su prima con un grito porque nadie la esperaba, ya que no pudo anunciar su visita llamando por teléfono antes o con un whatsap. En ese instante Fernandito me interrumpe:
—Y si uno no está bautizado y hace la Primera Comunión, ¿qué pasa?
Despejo a córner la duda de mi interpelante y trato de centrarme en la historia. Les digo que Isabel estaba casada con Zacarías, que era mudo.
—¿Sabéis por qué se había quedado mudo?
El sabiondo de la clase levanta la mano y explica con admirable precisión el anuncio del Ángel a Zacarías en el Templo de Jerusalén.
—¿Quién te ha contado esta historia? —le pregunto—.
—Mi abuelo. y también me ha dicho que Zacarías no creyó lo que le dijo San Gabriel.
—¿Por qué no le creyó? —le pregunto—.
—Porque no tenía pinta de Ángel. Era muy feo.
Seguiremos la semana próxima. A lo mejor contrato al abuelo del sabiondo. Lo hace mejor que yo. 

domingo, 29 de septiembre de 2019

Salve Regina (III)



Nostalgia del Paraíso

    En la Anunciación de Fra Angelico aparece a la izquierda el destierro de Adán y     Eva. En el centro, María Santísima, traspasada por un rayo de luz. ¡Llena de Gracia!.

Ad te clamamus exules filii Hevae. A ti clamamos los desterrados hijos de Eva.
Los hombres somos unos desterrados. Dios nos creó para ser felices y nos puso en un Paraíso, libres del pecado, de la muerte y del dolor. Nuestros primeros padres eran dueños de aquel lugar y soberanos de la creación. Los animales estaban a su servicio, los árboles les entregaban su fruto con generosidad y las aguas de los ríos siempre limpias y transparentes, calmaban su sed y regaban los campos.

¡Habría sido tan sencillo conservar intacto el Edén! Habría bastado con superar la prueba que Yahvé puso a Adán y Eva. Pero ya sabéis lo que ocurrió. El pecado entró en el mundo y la naturaleza humana quedó dañada para siempre, a la espera de un redentor y de una Mujer que aplastara la cabeza de la serpiente.
El relato del Génesis responde a un hecho histórico, pero, como es sabido, debe ser interpretado alegóricamente.  No me resisto a reproducir la divertida versión del pecado original que relata Baltasar Gracián el "El criticón", uno de mis libros de cabecera:
Contaban los antiguos que cuando Dios crió al hombre encarceló todos los males en una profunda cueva acullá lejos, y aun quieren decir que en una de las islas Fortunadas de donde tomaron su apellido; allí encerró las culpas y las penas, los vicios y los castigos, la guerra, la hambre, la peste, la infamia, la tristeza, los dolores, hasta la misma muerte, encadenados todos entre sí. Y no fiando de tan horrible canalla, echó puertas de diamante con sus candados de acero. Entregó la llave al albedrío del hombre, para que estuviese más asegurado de sus enemigos y advirtiese que, si él no les abría, no podrían salir eternamente. Dejó, al contrario, libres por el mundo todos los bienes, las virtudes y los premios, las felicidades y contentos, la paz, la honra, la salud, la riqueza y la misma vida. Vivía con esto el hombre felicísimo. Pero duróle poco esta dicha; que la mujer, llevada de su curiosa ligereza, no podía sosegar hasta ver lo que había dentro la fatal caverna. Cogióle un día bien aciago para ella y para todos el corazón al hombre, y después la llave; y sin más pensarlo, que la mujer primero ejecuta y después piensa, se fue resuelta a abrirla. Al poner la llave aseguran se estremeció el universo; corrió el cerrojo y al instante salieron de tropel todos los males, apoderándose a porfía de toda la redondez de la tierra. La Soberbia, como primera en todo lo malo, cogió la delantera, topó con España, primera provincia de la Europa. Parecióla tan de su genio, que se perpetuó en ella, allí vive y allí reina con todos sus aliados.
El relato es bastante más largo, pero no es éste el lugar para comentarlo, ni siquiera para criticar esa leve broma "machista" que aparece en el texto. La Salve, en todo caso, se remonta al Paraíso; somos los hijos de Eva, exiliados de la alegría. Fuera del Edén es imposible ser felices del todo, pero tenemos en la memoria el recuerdo de la felicidad perdida. Sabemos que es posible, que la necesitamos, y la vamos buscando como ciegos atolondrados en los pequeños oasis de este destierro árido donde nada nos satisface del todo.
¿Podremos alcanzarla algún día?
Hay un solo obstáculo: el pecado. Por eso, cada vez que pedimos perdón y Dios nos reconcilia con Él por la Penitencia, sentimos en el alma un chispazo de alegría, como un presentimiento de que el Paraíso no está pedido del todo.
Mientras tanto gozamos de la alegría del viajero, del que sabe que, aunque el camino sea duro, lleva a la meta. Y la meta está cada día más cerca.

Añoramos el Paraíso y se lo pedimos a la Nueva Eva, Santa María, porque Ella ha vencido a la serpiente.

La primera Misa de Perico


Sólo saqué una foto, y no es muy buena
He tenido un sábado complicado. Quizá no era para tanto, pero yo he acabado reventado. Cosas de la vejez, supongo.
Resulta que Perico González-Aller celebraba su primera Misa solemne en Tajamar y me ha invitado a predicar la homilía. No he podido ni he querido negarme. Conozco a esa familia desde hace muchos años y sé que me aprecian de  forma especial. El problema es que, en 50 años de cura, sólo he asistido a una primera Misa, la mía, y entonces estuve tan nervioso que no me enteré de lo que dijo don Jesús Urteaga, que era el predicador.
Ayer fue distinto. Perico se ha ordenado sacerdote con más de 40 años y sin un solo pelo  en la azotea, pero es un chaval lleno de vitalidad. Seguro que llegará a las bodas de oro en plena forma. Esta mañana he pedido al Señor que sea muy fiel, que no cambie, que no envejezca por dentro y que contagie a muchos su alegría.
Por primera vez en 50 años no me he limitado a hacer un guión para predicar; he escrito de punta a cabo todo lo que quería decir. Calculé que diez minutos, pero, con un par de morcillas, me salieron 13. Yo veía a la gente muy atenta. Al final de la ceremonia, el besamanos se prolongó demasiado. Perico se volcó con cada uno de los que se le acercaban y les hablaba con entusiasmo y extensión. Tuve que acercarme para decirle:
─Aligera, Perico, que hay doscientos en la cola y algunos quieren ver el partido del Madrid.


jueves, 26 de septiembre de 2019

Salve Regina (II)


Vita, Dulcedo et Spes nostra...


Hasta el último momento los seguidores de Jesús conservamos la esperanza. Cuando un  soldado blasfemo le gritó, "si eres el Hijo de Dios, baja de la Cruz", pensamos que, en efecto, Él haría saltar los clavos que lo sujetaban al madero y se presentaría ante la multitud con sus llagas cicatrizadas y sonrisa de triunfador. Pero el Señor no se movió.

Una piedra enorme cayó sobre la tumba en la que yacía el cuerpo del Maestro. El estrépito de aquella losa que cerraba para siempre el sepulcro, nos golpeó en el pecho con la fuerza de un trueno aterrador. Supimos que todo había terminado. Jesús estaba muerto, y, con su muerte, la vida dejaba de tener sentido: los sueños de tres años; las parábolas que nos contaba al atardecer, los milagros que vieron nuestros ojos, sus promesas de la Última Cena, su rostro transfigurado en el Tabor, Lázaro saliendo del sepulcro, la tempestad calmada…
 ¿Había  desaparecido la Esperanza? ¿Fue todo una pesadilla, una alucinación?
Volvimos al Cenáculo en silencio a la caída del sol. Detrás de nosotros llegó María. No le quedaban lágrimas. Estaba en paz y casi sonreía con ternura de madre. Me acerqué a Ella, la miré a los ojos, y el corazón me volvió a latir con fuerza: aquella mirada era la misma con la que Jesús me llamó un día junto al Mar de Galilea. Yo sabía  que el Maestro era el vivo retrato de su Madre, pero hasta entonces no había comprendido la verdad. Él volvía a llamarme como la primera vez y me mostraba el camino para encontrarle.
—No tengas miedo —me dijo—. Siempre estaré aquí, detrás de la mirada de mi Madre.
Esperanza nuestra.

martes, 24 de septiembre de 2019

Salve Regina (I)




Comienzo estos torpes comentarios en el día de la Virgen de la Merced. Quiero hablar de la Salve, que siempre ha sido mi oración predilecta dirigida a la Santísima Virgen.
Se trata de una oración muy antigua, quizá del siglo X, anterior a la primera cruzada. Franceses, españoles y alemanes se disputan su autoría, pero es evidente que la compuso un gran poeta, cortés, galante, tierno y enamorado de nuestra Señora.
Leeremos el texto original en latín.
Salve, Regina, Mater misericordiae, vita dulcedo, et spes nostra, salve.
Es el inicio, solemne y sencillo. "Dios te salve" no es, en mi opinión, una traducción correcta al castellano actual. Prefiero decir simplemente "Salve", que es como los antiguos romanos se saludaban entre sí. El comienzo de la oración es, por tanto, un saludo respetuoso y solemne que empieza y termina con la misma palabra: Salve.
Salve, Reina, Madre de la Misericordia, dulzura de la Vida, Esperanza nuestra, Salve.
Para hablar con la Virgen es natural que empecemos con un rosario de piropos. Quiero atraer su mirada y ganarme su atención. Es lo que los latinos llamaban captatio benevolentiae, una introducción obligada para cualquier discurso. Al rezar en castellano, procuro ceñirme al texto original. Y me gusta pensar que, con tantos requiebros, María se ruboriza como ocurrió en Nazaret cuando el Ángel la llamó "Llena de Gracia" y Ella "se turbó". Yo le digo ahora Reina, porque lo es. Y Madre de la Misericordia, porque, con palabras de Francisco, "la misericordia del Dios invisible se ha hecho visible en Jesús, que es el Hijo de María". A continuación hago una pequeña trampa: debería haber dicho "Vida, dulzura, Esperanza…", pero me gusta pensar que hace muchos siglos alguien cayó en una errata: no quiso escribir Vita, Dulcedo, sino Vitae dulcedo, es decir dulzura de la vida.
Así es. La vida de cualquier cristiano es áspera, dura, está llena de peligros y de dolores. María Santísima no evita esos escollos, pero nos enseña a sonreír, a abrazarlos sin miedo y convertirlos en Gracia, en un regalo del mismo Dios, que nos invita a llevar la Cruz.
Esperanza Nuestra… ¡He citado tantas veces a Peguy, el poeta de la Esperanza! Me gusta recordar aquel verso:
"La Esperanza es una Niña, que me da cada mañana los buenos días".
María Santísima es esa Niña. Sin Ella no sería capaz de levantarme con una sonrisa.

domingo, 22 de septiembre de 2019

Coplillas para el comienzo de la liga



Me lo contó Florentino:
Con Valverde o sin Valverde
cuando no está el argentino
seguro que el Barça pierde

Y es que los entrenadores
unos vienen y otros van.
Llegarán tiempos peores
Para el bueno de Zidán.

Ahora se encuentra en capilla
a la espera del Sevilla.


sábado, 21 de septiembre de 2019

La Salve


 
Todos los sábados, al final de la Exposición y bendición con el Santísimo Sacramento, en los centros de la Obra cantamos la Salve a la Santísima Virgen. La Salve popular —la que todos conocen— trae aires de romería, de fiesta en el campo. La Salve solemne engrandece al que la escucha; uno se siente transportado a la antesala del Cielo. No quisiera exagerar. Ojalá yo fuera capaz de entonarla como hace treinta o cuarenta años y concluir el canto modulando la oración final con las notas justas y la voz limpia de telarañas.
Hoy, sábado y último día de la convivencia, hemos cantado la Salve popular. Después de unos tímidos carraspeos, las gargantas han respondido dignamente. No somos una gran coral, pero el canto gregoriano tampoco requiere una técnica depurada; basta con cantar bajito, siguiendo al que tenemos al lado, sin tratar de destacar entre el grupo. Y rezar con cada palabra, convertir cada nota de la melodía en un piropo a la Reina y Madre.
Al terminar, he sacado un  propósito: comentar esta preciosa oración en el globo. Lo podría hacer en seis o siete entradas. Ya veré cuándo y cómo empiezo. Hoy escribo estas líneas solo para comprometerme.
 

Viva la ortografía



Me sugiere Homero que estudie la posibilidad de no admitir comentarios en el globo si vienen con faltas de ortografía.
—Vale, pero seríamos indulgentes con los acentos, ¿verdad?
—Sí, pero las bes y las uves, las ges y las jotas, las elles y las y griegas, y, por supuesto, las haches deben seguir las normas ortográficas. No respetarlas supone una falta de respeto al lector, y a mí, que soy un búho de ojos atentos, me producen conjuntivitis. Ahora hay correctores ortográficos la mar de eficaces, y gracias a esta censura, el globo puede contribuir a elevar el nivel cultural de sus visitantes.
—Ten en cuenta que Internet hasta la k tiene kabida para kasi todo. Es un océano de libertad.
El búho me mira con aire pasmado pero inflexible.
—No flaquees, compañero. Puedo concederte que Antuán utilice la ortografía a su antojo, pero sólo porque Antuán es un genio. Y a los genios se les permite todo. No renunciaría a sus comentarios por nada del mundo. Por mí como si los redacta en manchego; pero los demás, empezando por ti mismo, deben esmerarse más por limpiar de atrocidades el lenguaje.
—Veremos si sigo su consejo.
 

viernes, 20 de septiembre de 2019

Crónica de un otoño tormentoso


 Pablo me envió esta imagen. No sé con qué intención
Se prepara una tormenta. Nos la anunciaron ayer los augures meteorológicos, pero las aves ya lo sabían. Han desaparecido los pájaros más pequeños, y las grandes rapaces —los buitres, el halcón peregrino, los milanos y la pareja de águilas reales— vuelan ya por encima de las nubes. Los insectos también se preparan para aguantar el chaparrón Aún no se ha levantado el viento, pero mi despacho se ha llenado de moscas y moscos, moscones y mosconas, que buscan asilo en sagrado. Los recibo como se merecen; con un insecticida Raid, de agradable fragancia, que los elimina al instante envolviéndolos en una nube blanca apestosa. Al acabar el exterminio guardo el bote en el armario para no ser acusado de maltrato animal.
Abro el periódico. No sé si es el de ayer o el de hoy. No me importa; solo busco el jeroglífico, el problema de ajedrez y las esquelas. Dicen que, por culpa de Internet, ya no se contrastan las noticias como en otros tiempos y que por eso abundan las fake news, o sea las mentiras. Pero las esquelas no mienten: son noticias confirmadas y definitivas. Encomiendo a Dios a cada uno de los difuntos, también a los que no mueren en el ABC, y echo una ojeada rápida al resto de las secciones.
En la sección "nacional" también se preparan para la tormenta mediática. Disuelto el hemicirco, comienza el parloteo electoral. Leo que en Navarra nuestros amados líderes autonómicos han decidido cuánto deben medir a lo largo y a lo ancho las cocinas políticamente correctas. El totalitarismo ya ha entrado en los fogones. Pronto pasará a los dormitorios. También leo que en Canadá ha dimitido un ministro al confesar, contrito y humillado, que hace veinte años se pintó la cara de negro para disfrazarse de Aladino. Supongo que en los próximos días habrá una holeada de dimisiones en masa de los cientos de concejales españoles que han participado en las caravanas de reyes representando al negrito Baltasar.
Me dice el búho que no me meta en política, y le contesto que de acuerdo; si los políticos hablaran de política yo no me metería jamás en ese jardín. Pero esto no es política; es simple meteorología. Hablo de la tormenta y de los insectos.
¡Quién tuviera un buen insecticida de agradable fragancia!  

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Avecedario


Mañana tenemos retiro hasta las cinco de la tarde. Luego me iré de pájaros y no escribiré ni una línea. Entre tanto, disfrutad con este simpático "Avecedario" de Miguel d'Ors;

La golondrina, aguzada
como una flecha de amor;
el mirlo madrugador,
gayarre de la entramada;
la tórtola que, enlutada,
borbota su desconsuelo
en Fontefrida; elmochuelo
dando ejemplo de atención,
y los gorriones que son
la calderilla del cielo

Charlas al vuelo



Mientras observo con los prismáticos una bandada de buitres que sobrevuela la Sierra, se acercan dos amigos que discuten apasionadamente:
—…hasta que la muerte nos separe —viene diciendo uno—.
—¿En serio? —responde el otro—.
—¿Te parece demasiado?
—Me parece poco. La muerte no separa, une.
Se detienen al llegar a mi altura, y el que acaba de responder me interpela:
—¿Y usted qué opina?
—que es verdad lo que dices: la muerte no divorcia; al contrario. En el Cielo todos los amores de la tierra se dilatan, crecen y se hacen indestructibles. Al fundirse con el Amor de Dios participan de su eternidad. Por eso dice San Pablo que el amor no pasa nunca.
—Sabe que hablamos del matrimonio, ¿verdad?
—Claro; el amor a los pájaros es otra cosa.