Montecassino, reconstruido
Son las siete y media de la mañana. Acabo de rezar una parte
de la Liturgia de las Horas y he salido al jardín para tomar la fresca con los
pájaros antes de predicar la meditación de la mañana. A las 8,30 hablaré a
veinticuatro mujeres sobre la Eucaristía. Media hora después les celebraré la Santa Misa.
Hasta aquí, todo normal y corriente. He madrugado más de lo razonable porque me
gusta ver a las oropéndolas, que se concentran a estas horas y alborotan con su extraño canto aflautado mientras toman el desayuno.
Hoy es San Benito, Patrón de Europa, aunque me temo que
nuestros amados líderes de la Unión Europea lo ignoren. Es posible que la
mayoría ni siquiera hayan oído hablar de este santo monje ni de la Abadía de
Montecassino, que fue destruida en la segunda guerra mundial por las fuerzas
aliadas. Fue un bombardeo atroz en el corazón de Europa.
Después de desayunar me echaré los prismáticos al cuello y,
vestido de ornitólogo, saldré a dar un paseo no muy lejos de la casa. Hoy
tenemos excursión. Por eso me apresuro a
redactar estas líneas. Estoy impaciente. Me sigue apasionando la
búsqueda de las aves rapaces que he visto cien veces: el águila imperial, el
buitre negro, los alimoches, recién llegados de África…
Esta noche he soñado con un quebrantahuesos. Tendré que
contárselo a mi pediatra.