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viernes, 31 de julio de 2020

Lo que el virus se llevó



Me telefonea Pablo, uno de los pocos lectores que aún me quedan, para preguntarme qué voy a escribir este mes. Se lo digo y me responde:
—No me gusta el título; parece una broma y tiene poca gracia. El virus se llevó a miles de personas,  quizá el año próximo hablemos de millones, de todas las razas, clases, ideologías y credos. Ya sé que están en las manos de Dios, que es sabio y misericordioso, pero la pandemia ha dejado un reguero de dolor que durará décadas. Y se ha llevado también los sueños de los pobres, de los enfermos, de los marginados; las ilusiones sencillas de unos soñadores que solo aspiraban a sufrir un poco menos cada día.
—Tienes razón —le contesto—, pero quizá no todo ha sido malo. También ha servido para ahuyentar a otros virus igualmente perniciosos.
—¿De qué hablas?
—Por ejemplo, de la "fe en el futuro", esa religión idolátrica que impusieron los gurús de la corrección política. Nos hicieron creer, con fe casi teologal, que vivíamos en un mundo domesticado por nuestra especie donde todo sería posible gracias a las nuevas tecnologías. Predicaban  el progreso indefinido, el feliz advenimiento de un superhombre robotizado que superaría los mismos límites de la naturaleza humana e incluso alcanzaría la inmortalidad... Ahora ese optimismo  —"transhumanismo" lo llaman— ha regresado al mundo de los comics, de donde nunca debía haber salido.
Pablo reflexiona un momento:
—Sí; pero también se llevó los bares y restaurantes de barrio, los negocios familiares. La autonomía de los autónomos, los ahorros de los pequeños…
—Tienes razón. Y, para colmo, se llevó la primavera. Volverán las oscuras golondrinas, pero este año hasta las aves que vienen del sur han pasado sin pena ni gloria. Me pregunto si las flores nos habrán echado de menos. Dios las pintó de colores para ser contempladas, y si nadie las mira quizá lloren nuestra ausencia.
—Claro que también se ha llevado el miedo a pensar en Dios y en la otra vida…
—Así es. Podríamos decir que hemos pasado de un optimismo tonto a la Esperanza. Nos aguarda un tiempo duro, y quizá lo que llaman "nueva normalidad" sea solo el período de prueba que necesitamos para volver a repasar algunas verdades elementales. La primera, que el mundo está en las manos de Dios, y nosotros somos solo administradores.  La segunda, que la vida pasa volando y lo que cuenta es llegar preparados a la meta. La tercera, que todo lo que el Señor envía tiene un sentido. La cuarta, que hay que vivir el momento presente —carpe diem!, decían los clásicos—, pero no para consumir desaforadamente las chuches de cada día, sino para tocar la eternidad en cada instante, teniendo hoy la maleta preparada para el último viaje.
—¿Y crees, de verdad, que el virus tiene algo que ver?
—Hace algo más de un mes fui a la peluquería para que me arreglaran el desaguisado capilar que yo mismo perpetré durante el confinamiento. Había tres peluqueros trabajando, y nada más entrar por la puerta, el primero declaró en voz bien alta: "yo necesitaría confesarme. Ni sé cuánto tiempo hace…" El segundo, un rumano muy simpático, dijo que ya había quedado con el cura. El tercero me miró de reojo y se puso en la cola. Los clientes guardaban silencio.
No me cabe duda de que el virus se ha llevado también la vergüenza.  

miércoles, 20 de noviembre de 2019

La espera y la Esperanza



Quince o veinte adolescentes ríen a carcajadas en el pequeño parterre que hay treinta metros debajo de mi ventana. Sobre el césped veo algunas latas de cerveza vacías y varias botellas de ginebra. Hace mucho frío, pero el alcohol mantiene caldeados a los borrachines. El búho, que ha abierto sus ojos enormes para atrapar las últimas luces del crepúsculo, se lamenta de qué esos chicos y chicas no sepan disfrutar de la noche. Para ellos la oscuridad es sólo su escondite y su cómplice. La buscan para ofenderse a sí mismo y a su Creador. —"Son gente sin Esperanza", concluye el búho.
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El búho exagera; todos vivimos de Esperanza. Conscientes o no, en cada uno de nuestros actos buscamos siempre ese "tesoro escondido" del que habló Jesús en la Parábola.
Lo malo es que algunos no saben soñar quizá porque nadie les ha explicado cómo se hace. Hay chavales de quince, veinte o treinta años que parecen haber renunciado definitivamente al tesoro. Si acaso aspiran a encontrar un sucedáneo, una felicidad mezquina que apenas dura un finde y además deja resaca. Sí, pienso en los chicos del botellón y en los adictos al sexo light, al alcohol, a la droga; pero también en el viejo hedonista que se ha moderado un poco con los años (a la fuerza ahorcan) para paladear mejor los distintos venenos que ofrece el mercado.
Lo siento; he comenzado mal esta página. Sólo quería recordar que llega el mes de diciembre y la Iglesia nos invita a salir de ese bucle tedioso y a vivir de Esperanza con mayúscula. Es el Adviento. Es la hora de levantar la vista y mirar a la meta con los ojos bien abiertos y descubrir al Hijo del Hombre que llegará pronto sobre las nubes del Cielo. Él es el tesoro que dará sentido a toda nuestra vida y nos poseerá por completo si somos fieles, si no nos dejamos corromper por unos sueños mezquinos que siempre terminan como una pesadilla diabólica.
El Adviento es también una invitación a meditar sobre nuestro pequeño "fin del mundo", sobre el último día de este valle de lágrimas y de risas, de amores y desamores, de ilusiones y desencantos. No es una experiencia triste ni un juego macabro. Sabemos que la vida es una carrera, y no tendría sentido recorrerla sin calcular cómo llegaremos a la meta. Y si esa meta es el Amor con mayúscula, la Esperanza de alcanzarlo nos hace correr con mayor alegría, incluso con una chispa de felicidad.
La Esperanza no nos lleva a suponer que "todo irá bien", que el gobierno acabará con la pobreza, que subirán la bolsa y las pensiones, que creceremos sanos como cervatillos, que ganaremos la Champions y se llenarán los embalses con la lluvia del invierno. Uno puede permitirse el lujo de ser pesimista (yo tiendo a serlo, por desgracia); pero mi Esperanza permanece intacta porque sé que las catástrofes que mi imaginación presiente, tendrán sentido para Dios.
—Entonces, ¿tampoco ganaremos la liga este año?
Me temo que no, colega; pero no trates de ahogar tu pena en calimocho. Busca la gran Esperanza cada mañana, agárrala de la mano y salta de la cama, que la Navidad está cerca. Este año, de nuevo, oirás el anuncio del Ángel a los pastores y el primer villancico del Portal.
Te sugiero que comiences el Adviento con otra espera: la de la Novena de la Inmaculada, que es una cuenta atrás de 9 días en compañía de la Virgen. Con Ella es más sencillo alcanzar la meta.


viernes, 21 de junio de 2019

Jesús toma vacaciones







Desde su madriguera, Homero contempla la gran diáspora de julio y agosto. El búho no es ave migratoria. Sí lo son en cambio algunas de sus presas preferidas: el águila calzada, el alcotán, el ruiseñor, la oropéndola... Él sin embargo nunca se aleja de su guarida, que es refugio en las horas de luz y observatorio en el crepúsculo.
"¿Qué pretenden —se pregunta— esos millones de hombres y mujeres que se encierran en sus vehículos y se ponen en marcha puntual y velozmente para llenar la atmósfera de gases, espantar a las aves del cielo y formar hileras rumorosas sobre el asfalto abrasador del verano?"  ¿Descansar? Seguro que algunos lo logran. Otros, en cambio, terminarán agotados, con la piel chamuscada por el sol, el abdomen hinchado y la visa enflaquecida.
Parecen olvidar que nadie descansa mejor que el que se sube a la barca con Jesús. Él querría ir de vacaciones con esa marea enloquecida que huye cada verano, para conversar con cada uno a solas, sentado con ellos en la arena de la playa o respirando el silencio de la montaña. Como aquel día…

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El Señor nos había enviado a predicar por los pueblos y ciudades de la región y cumplimos la tarea como Él quiso, "sin bolsa, sin alforjas, sin calzado". Nuestra única arma era la fe, la confianza en la palabra que debíamos sembrar y en el poder sanador del Maestro. Fueron días inolvidables; duros, pero fecundos. La cosecha superó todas nuestras previsiones.
De regreso a casa, estábamos exhaustos pero también eufóricos.
—¡Hasta los demonios se nos sometían en tu nombre! —dijimos al Señor—.
Jesús nos escuchó como si no lo supiera todo, como si no hubiera sido Él el único sembrador, y  nosotros sólo el brazo que lanzaba la semilla.
 Juan y Santiago, los hijos de Zebedeo, estaban especialmente entusiasmados:
—¡Hemos de continuar predicando y curando enfermos! Hay miles de personas que nos necesitan, ¿Verdad, Maestro?
Jesús nos fue mirando uno a uno: Pedro, cansado y silencioso, reposaba la cabeza en una especie de almohadón junto a su hermano Andrés; Mateo, en un rincón de la estancia, trataba de reparar la suela de su sandalia, desgastada de tanto trajín; Judas, taciturno como siempre, contaba las monedas de la bolsa pensando, sin duda, que no teníamos suficiente para el almuerzo.
 —Habéis trabajado mucho —dijo por fin Jesús—, y ni siquiera hemos podido reunirnos para comer. Vayámonos todos a un lugar solitario al otro lado del lago para descansar un poco.
Pedro, Juan y Andrés salieron a preparar las barcas mientras Judas y Natanael iban a buscar agua y comida en la aldea vecina. Yo fui eligiendo unos cuantos peces de los que cayeron en la red la noche anterior.
La mar estaba en calma. El sol, en lo más alto, plateaba las aguas del lago. La brisa fresca de levante traía aromas de primavera y parecía dar nuevo vigor a nuestros brazos, que remaban sin apenas fatiga. Alguien entonó una canción —quizá fue Jesús—. Así comenzaron nuestras vacaciones, las primeras junto al Maestro y las más alegres de nuestra vida.
Descansar con Jesús. Ése es el secreto… Es cierto que aquellas vacaciones fueron muy breves. Al otro lado del lago nos esperaba una multitud, y el Señor, lleno de compasión, prolongó la tertulia hasta la caída del sol. Luego tuvimos el enorme privilegio de repartir entre la gente los panes y los peces que brotaban de las manos del Maestro.

jueves, 23 de mayo de 2019

La suegra y la Iglesia




"Cuando salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. El se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces a ella se le pasó fiebre y se puso a servirlos". 
El búho asegura que fue un milagro facilito, una simple fiebre que se cura con paracetamol. Quizá no valía la pena contarlo en el Evangelio.

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Siempre que leo este pasaje recuerdo una conversación con mi amigo Vicente, un viejo párroco valenciano que lleva ya algunos años en el Cielo. Yo había hablado de la Iglesia en un retiro para sacerdotes, y recordé que en la Sagrada Escritura hay multitud de imágenes mediante las cuales la revelación habla de su Misterio inagotable: La Iglesia es Cuerpo de Cristo y Esposa; Pueblo de Dios, Jerusalén celestial, redil…
Al terminar, Vicente y yo charlamos a solas: 
—¿Sabes lo que piensan en mi parroquia sobre la Iglesia? Para algunos es algo así como la suegra de Pedro.
—A ver, explícate.
—Sí, hombre; saben que la Iglesia tiene algo que ver con Pedro, igual que su suegra; y suponen que está vieja, que posiblemente chochea un poco; que tiene fiebre…, nada importante. A la Iglesia, se le llama "madre", También a la suegra; incluso "mamá"; pero solo es suegra. Un poco gruñona, siempre criticando a sus yernos. No les deja vivir en paz, con sus mandatos y prohibiciones. Sobre las suegras se hacen chistes, algunos buenísimos. Con la Iglesia también se bromea. En el fondo la quieren mucho, como a la suegra, pero se avergüenzan de reconocerlo ante los demás.
—¿Y no ven algo bueno?
—Claro. Dice el Evangelio que Jesús curó a aquella mujer en un segundo y ella se puso a servirles. Es lo que hacen las suegras. Y también la Iglesia. Hay suegras-canguro, de gran utilidad para toda la familia. Y encima, no cobran. Igual que la Iglesia, que se conforma con unas monedas en la misa del domingo. Sale más barata que el parquímetro. Recurren a la Iglesia para bautizar a los niños, para la Primera Comunión, para limpiarse el alma, para las bodas, que en el templo resultan la mar de solemnes, no como en el Ayuntamiento. La Iglesia, como las buenas suegras, está siempre disponible, a cualquier hora del día o de la noche… ¿Comprendes por qué el Señor curó instantáneamente la gripe de la suegra de Pedro? ¡Alguien tenía que hacer la comida!
Vicente era un buen párroco, un  hombre de Dios, pobre y entregado a sus feligreses, como tantos que yo conozco. Ni que decir tiene que su desahogo sólo fue una broma. Él sabía, como  yo, que nuestra Madre la Iglesia es santa porque hunde sus raíces en la Iglesia triunfante, que la alimenta desde el Cielo; porque custodia en los sagrarios al Cuerpo de Cristo; porque el Espíritu Santo la nutre; porque la Virgen María es su Madre y modelo. Y porque sigue habiendo multitud de santos de todas las razas y condiciones; obispos santos, sacerdotes santos, y abogados, agricultores, comerciantes, mendigos, deportistas, obreros, políticos…
También hay heridos y enfermos repugnantes, claro que sí; pero ya nos dijo el Papa Francisco que la Iglesia es un hospital de Campaña que cura todas las heridas. Las suegras no llegan tan lejos. 




lunes, 22 de abril de 2019

La luna de Pascua…


La luna de Pascua se espejaba en las losas de piedra de la calzada romana. Al búho le gusta dejarse abrigar por esa luz amable de la luna llena, que no deslumbra y parece observarle desde lo alto.
Homero y la luna dialogan desde crepúsculo al amanecer.Aquella noche, sin embargo, solo tenían ojos para Jesús. Entre los olivos de Getsemaní dormían once hombres, mientras su Maestro, echado en tierra, goteaba sangre y pedía auxilio a gritos a su Padre Dios.Solo un apóstol permanecía en pie sin ganas de dormir; Judas Iscariote. María también estaba en vela y, por ser Reina de los Ángeles, ordenó a uno de sus custodios que fuese a confortar a su Hijo.
La luna de Pascua, entre tanto, fotografiaba la escena. 
*     *     * 

 


y el  sueño de los apóstoles
¿Te acuerdas, Señor? Cuando dijiste que todos nos avergonzaríamos de ti, Cefas gritó que eso no ocurriría jamás: aunque fuera preciso morir contigo y cantaran todos los gallos de Jerusalén, él no te abandonaría. Los demás dijimos casi las mismas palabras. ¡Cómo no íbamos a prometerte fidelidad hasta la muerte! Estábamos eufóricos: nos habías llamado amigos y nos abriste de par en par tu corazón. ¡Contaste tantas cosas durante aquella larga sobremesa!... Hablaste del Padre y del Espíritu Santo, nos prometiste que ibas a preparar una morada en el Cielo para que estuviésemos siempre contigo… Además, en el pan y el vino, nos entregaste tu Cuerpo y tu sangre…
Camino de Getsemaní, la luna de Pascua pareció seguir nuestros pasos ciñendo de oro la calzada. Marchábamos despacio y en silencio. Yo trataba de no separarme de ti, procurando que me rozase la  túnica que te tejió María, como hizo aquella mujer que recuperó la salud con solo tocarla. Los soldados romanos ya se habían retirado a sus cuarteles cuando llegamos al huerto de los olivos.
Tu rostro empalideció mientras nos acomodábamos entre los árboles.—Velad y orad —nos dijiste— para no caer en la tentación…
—Pero, Maestro, ¿cómo podremos estar en vela una noche como ésa? Deberíamos tumbarnos en la hierba y seguir conversando hasta que nos venza el sueño. ¡Qué cosas tienes!: hemos cenado cordero y bebido las cuatro copas de vino que manda nuestra santa ley. Tú sabes que todos estamos dispuestos a morir si hiciera falta, pero mantener los ojos abiertos cuando los párpados pesan como si fueran de plomo y el sopor ensombrece la mente...¿Por qué no descansas con nosotros? No tengas miedo. Mañana,al salir el sol, verás las cosas de otro modo… ¿Por qué te inquietas? Aquí estás a salvo, ¿recuerdas?; somos tus amigos.
Han pasado veinte siglos y el Señor sigue en agonía. Su sudor de sangre aún empapa la tierra, y, si afináis el oído, oiréis el eco de sus sollozos y de su oración.
—Padre, si es posible, líbrame de este trago amargo…, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.
Yo sigo dormido en triste y nutrida compañía. Mientras el diablo y sus secuaces celebran la aparente derrota de Cristo, Jesús lleva sobre sus hombros la basura que le echamos los hombres: la soberbia, la codicia, la lujuria, el odio, la cobardía…
No le carguemos también con nuestro sueño. Pongámonos en pie. Él solo nos pide que le acompañemos alerta y rezando.





martes, 16 de abril de 2019

Volver de noche


Era noche cerrada. Solo el tenue resplandor de las antorchas iluminaba la calzada romana. El búho ya había salido de caza cuando vio a aquel anciano que caminaba torpemente. Le acompañaban dos criados, y su báculo, de madera noble, sugería que se trataba de alguien importante; tal vez un rabí, un doctor de la ley o un miembro del Sanedrín.
Se llamaba Nicodemo y quería ver a Jesús. 
*     *     * 
—No deberías ir —le había aconsejado dos días antes su amigo Anás—. Es sólo un charlatán de Galilea. Otro más. Y ya sabes lo que eso significa. Te has ganado el respeto y la admiración de todo Jerusalén. ¿Quieres echarlo a perder sólo por satisfacer una curiosidad?
Al fin Nicodemo decidió acudir de noche. Nadie se enteraría; pero necesitaba ver de cerca al Nazareno, escucharle  y hablar a solas con él. Tal vez Jesús le ayudaría a recuperar la paz de espíritu, y quizá encendería de nuevo la llama de la fe, que con el paso de los años parecía casi apagada, tentada por el escepticismo y la desconfianza en Dios.
Caminaba en silencio."El Nazareno pensará que soy cobarde —se decía— por ir a verle a estas hora, emboscado en las tinieblas."
Pero Jesús no le hizo ningún reproche. Al contrario; le recibió sonriente y le dijo que, si quería, podía volver a nacer.
—¿Cómo es eso? ¿Volver al seno de mi madre…?
El búho, que fue testigo de aquel largo coloquio, vio salir de madrugada a Nicodemo con el rostro resplandeciente, corriendo como un chiquillo.
Aquel anciano fue el primero. Desde entonces miles de personas vuelven a casa de noche para ver a Jesús. Algunos son jóvenes, incluso adolescentes; pero hay también ancianos; hombres y mujeres. La mayor parte fueron discípulos suyos en otro tiempo y se alejaron del Señor quién sabe por qué. Quizá negaron conocerle e incluso alardearon de su falta de fe. Tal vez se enfangaron buscando en la basura algo de la alegría perdida. Pero han pasado los años y ahora comprenden que necesitan volver a casa.
—Llevo mucho tiempo diciendo que soy agnóstico —me contaba un famosillo, viejo amigo mío desde los tiempos de la Facultad—. Si me ven hablando con un cura…
Le aconsejé que siguiera los pasos de Nicodemo. La Virgen María le conseguiría una cita con Jesús, de día o de noche.
—Ella te abrirá la puerta de su casa a cualquier hora. Jesús te dará un abrazo; volverás a empezar; nacerás de nuevo. Y aprenderás a ser valiente también a la luz del día.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

El perfume y la pecadora


Sus padres le dieron un nombre al nacer, pero ella lo esconde avergonzada para que no se asocie con su oficio. Nadie debe conocer la verdadera identidad de la pecadora. Ahora la llaman con un apodo que alguien inventó una noche de alcohol y furia. Toda la ciudad la conoce por ese mote.
El búho la ve cada día al ponerse el sol. Viste de colores vivos y camina con la cabeza erguida, el cabello suelto y un enérgico golpeteo de tacones sobre las losas de la calzada romana. Se vende a sí misma con una canción obscena. Cualquiera diría que se siente orgullosa de ser quien es.
Hoy sin embargo…, aún no ha anochecido. ¿A dónde va tan decidida vestida de blanco y con unas viejas sandalias? Lleva en la mano un frasco de alabastro tallado por algún orfebre.
Homero asoma la cabezota en su madriguera y la sorprende llorando.

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—¿A dónde vas —le pregunta el búho—, y porque lloras?
—Ha venido a la ciudad Jesús de Nazaret, un profeta que devuelve la vista a los ciegos y limpia la carne de los leprosos
—¿Y crees que puede curarte también a ti?
—Dicen que basta con tocar la orla de su manto y que perdona los pecados...
—Solo Dios perdona —responde el búho—, ¿pero qué llevas en las manos?
La pecadora aprieta el frasco de alabastro contra su pecho y acelera el paso.
En casa de Simón el Fariseo las puertas están abiertas de par en par. Se celebra un banquete, y el anfitrión quiere que todo el pueblo sea testigo de su riqueza y de la presencia de Jesús de Nazaret, el famoso Profeta de Galilea, que se aloja en su casa. Los mendigos se agolpan en la calle; los perros, bajo la mesa, dan buena cuenta de lo que desechan los convidados. Jesús apenas come. Calla, escucha a su anfitrión y espera en silencio.
La pecadora se abre paso entre la multitud y llega a los pies del Maestro. Los invitados se miran escandalizados. Simón hace ademán de rasgarse las vestiduras, pero Jesús le sujeta la mano.
La mujer quiebra el frasco de alabastro y derrama el perfume sobre los pies de Jesús. El aroma que llena la estancia representa su vida entera. En el frasco está toda su fortuna, la riqueza atesorada moneda a moneda durante años y que ahora le repugna. Por eso debe desprenderse de ella para siempre.
El Señor mira a la pecadora con ternura y dice solo una palabra:
—María…
Las lágrimas de María, límpidas y copiosas, se mezclan con el perfume.
—Así me llamaba cuando vivía en Magdala con mis padres.
—Has amado mucho, María. Por eso tus pecados te son perdonados, y desde hoy recuperas tu nombre de niña, el que yo mismo te puse antes de la creación del mundo. Así te llamarán siempre y te alabarán todas las generaciones: llevas el nombre de mi madre y tu corazón ya es virgen como el suyo.




domingo, 4 de noviembre de 2018

El cielo se parece a una canción de cuna



En noviembre, el búho sale de su guarida a media tarde. La noche es más larga y la caza abunda en el bosque. Hoy, sin embargo, Homero piensa en la fiesta de Todos los Santos, de los que llegaron al Cielo y vuelan en la gloria como águilas por toda la eternidad. A él le gustaría emprender ese vuelo para ver a Dios cara a cara con sus ojos pasmados. Y se pregunta cómo será dar alcance al mismo Cristo, atraparlo con sus garras poderosas y llevarlo a su guarida. O, mejor aún, vivir en la casa de Jesús para siempre, para siempre.


El Cielo se parece…
—¿A qué se parece el Cielo?
Me lo preguntó Inés a mediados del Jurásico. Ella tenía 9 años y yo cincuenta. Éramos dos chiquillos con suficiente imaginación para lanzarnos a fantasear sin ningún género de dudas.
—El Cielo —le dije— se parece al mejor viaje que hayas soñado; es un viaje por el corazón de Dios. Se parece también a una sinfonía que querríamos oír por toda la eternidad. Se parece a aquella tarde después de la tormenta, cuando todo se llenó de pájaros y de cantos y el horizonte se incendió sobre las montañas. Se parece a la sonrisa de dos enamorados que no pueden dejar de contemplarse. Se parece a un banquete familiar donde compartimos mesa y mantel con La Santísima Trinidad…
—Pues yo creo —me interrumpió Inés—, que también se parece a una canción de cuna.
¿Una canción de cuna? Sí, es posible que tengas razón. Llevamos tantos años luchando por ser pequeños delante de Dios, y es lógico pensar que al final lo lograremos plenamente. ¿Te lo imaginas? En la puerta que da entrada a la Vida Eterna, no está San Pedro con gesto huraño y un manojo de llaves, sino mi Señora, la Virgen María.
Ella nos mira como miran las madres a sus hijos pequeños cuando llegan a casa con las manos sucias, el pelo revuelto y algún que otro arañazo en cualquier parte del cuerpo.
Con semblante serio, pone el dedo índice delante de sus labios para que no digamos nada. Luego nos toma en brazos, nos quita la ropa y nos introduce en una bañera de agua muy caliente, casi a punto de hervir. No puedo contener un grito al notar la quemazón sobre mi piel, pero María sonríe y, en silencio, mete sus manos dentro del agua y empieza a limpiar mis heridas una a una y a disolver la roña acumulada durante tanto tiempo. Es el Purgatorio.
Al fin puedo ponerme en pie y me miro en el espejo: tengo tres o cuatro años nada más. María me seca con una gran toalla azul. Me perfuma con el aroma de sus manos blancas y, con un peine de plata, ordena mis cabellos revueltos.
―Estás hecho un Cielo ―me dice―. Y me da un beso. 
Antes de quedarme dormido la oigo cantar una nana muy dulce.


jueves, 20 de septiembre de 2018

Las manos


En la guarida del búho

Las manos de Dios

Homero  extiende las alas, las mira y da gracias a Dios porque, con ellas, puede cruzar el bosque en la noche, como un fantasma silencioso, salvando todos los obstáculos. Las alas del búho son cortas y recias, capaces de rectificar el rumbo en un segundo para atrapar la presa con sus garras.
Sin embargo, no le importaría perder las alas si Dios le concediera unas manos como las que tienen los hombres; esas manos que  hablan sin palabras, que expresan alegría y dolor, curan heridas, golpean, acarician, matan, dan la vida, consuelan, crean belleza…
Sí; Homero con gusto renunciaría a volar.
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Yo fui  leproso en Israel. Era muy joven cuando aparecieron en mi piel las primera manchas que auguraban la maldición de la lepra. Traté de ocultarlas con mil ropajes y con perfumes traídos de oriente. Yo era rico por entonces.
Consulté con un curandero, que me echó sin contemplaciones de su casa.
—Estás maldito —me gritó—. Preséntate al sacerdote o huye a tierra de gentiles.
Al fin me denunciaron mis propios hermanos. Quemaron mis vestidos, se quedaron con todos mis bienes y me enviaron al valle de los leprosos. Comprendí entonces que mi vida había terminado sin remedio. Debería vagar lejos de la ciudad, sucio, desgreñado, haciendo sonar un cencerro y gritando "¡impuro, impuro!", para que nadie se acercara a quien había sido maldecido por Yahvé.
La enfermedad avanzó deprisa. Perdí sensibilidad en los pies; los tendones se contrajeron y mis manos se convirtieron en garras. Las úlceras aumentaban. Ya casi no podía caminar.
Una tarde, mientras comía un pedazo de pan que alguien había dejado junto a mi choza, se me acercó una anciana leprosa y me dijo:
—Yo soy vieja y moriré pronto, pero tú aún puedes buscar al Nazareno.
Lo encontré en tierras de Galilea. Junto a él había un pequeño grupo de discípulos que le protegían de los enfermos. Yo sabía que la Ley me prohibía acercarme a los que estaban limpios. Si lo intentaba, me apedrearían los seguidores del Nazareno, pero ya no me importaba nada. Corrí hacia Él.
—¡Un leproso! —gritó alguien—.
Todos, menos Jesús, retrocedieron horrorizados. Yo caí a sus pies y con voz rota susurré:—Señor, si quieres, puedes limpiarme.
Él comenzó a extender su mano derecha. No era la mano de un Rabí. Era grande, fibrosa, forjada en el trabajo del campo o en el taller. Yo quise retroceder. ¿Qué se proponía Jesús?  ¿Tocar a un leproso? Alguien  trató de impedir semejante locura ilícita, pero su mano llegó hasta mi frente y la acarició como una madre.
—Quiero; sé limpio.
En un instante sentí que mis tendones recuperaban su fuerza y flexibilidad y que las úlceras desaparecían.  Agarré la mano de Cristo y dejé allí un beso.
Entonces, por un instante, vi algo… No fue un desvarío, creedme. Vi un clavo que penetraba en esa muñeca, y sentí que la sangre de Jesús bañaba mis labios.
Desde aquel día, mis labios sólo saben hablar de esas manos laceradas que curan, salvan consuelan, acarician y dan la vida.

jueves, 12 de julio de 2018

Fe en el barro



Jesús vio al pasar a un hombre ciego de nacimiento, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: "lávate en la piscina de Siloé". Él fue, se lavó y volvió con vista.(San Juan 9, 1).
El búho también está ciego, pero solo cuando lo deslumbra el sol al amanecer. Sus pupilas no fueron creadas para la luz. Lo suyo es la penumbra, la amable oscuridad de la guarida, donde reina como señor de la noche
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Fue un día de primavera. El ciego salmodiaba su eterna cantinela melancólica con la esperanza de arrancar unas monedas a los peregrinos que iban camino de Jerusalén. La mayoría pensaba que aquel mendigo debió de ser un gran pecador. O tal vez lo eran sus padres. Solo así se explicaba que Yahvé lo hubiese condenado a vivir en tinieblas desde el vientre materno.
El ciego no sabía lo que era el color ni la luz. Sus ojos ni siquiera veían un lienzo negro, solo la nada. Su imaginación se alimentaba de sonidos, aromas, caricias, risas y lamentos. Las yemas de sus dedos habían aprendido a distinguir el relieve de las monedas, la tersura de una piel joven, las estrías de un rostro anciano, la sinceridad o la doblez de una voz cercana.
Cuando las monedas tintineaban al caer sobre su manto, sabía al instante si eran sestercios, ases, cuadrantes o cualquiera de las piezas extranjeras que traían los judíos de la diáspora. También detectaba la presencia silenciosa de los que le miraban.
—¿Quién pecó,  éste o sus padres…? —preguntó alguien a su lado—.
—Ni éste ni sus padres —respondió una voz llena de afecto y autoridad—.
El ciego notó que su corazón se aceleraba, y enseguida, la caricia de unas manos jóvenes y el frescor de un insólito colirio hecho de barro y saliva, que penetraba en la órbita reseca de sus ojos muertos. Entonces creyó en aquella voz, dejó que la medicina le empapara hasta el fondo, y, también él, como el ciego de Jericó, se desprendió del manto para correr sin obstáculos hacia la luz de la piscina de Siloé. 
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Hace algunos años, un mendigo con cuatro copas de más me siguió por la calle gritando:
—¡Basura! ¡Los curas sois basura!
Yo iba a dar la comunión a una persona enferma y llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta una cajita dorada —teca, se llama— con la Sagrada Forma.
No respondí, pero pensé que el borracho tenía parte de razón —in vino veritas, que dijo Plinio—. Basura quizá no; pero sí barro de mala calidad que a veces se rompe en pedazos y escandaliza.
Jesús quiere utilizar este barro y no le importa que sea frágil y sin valor. Él lo toma con sus manos llagadas, lo impregna con su sangre y su saliva y da luz a los ciegos, sana a los enfermos, resucita a los muertos, y devuelve la paz y la alegría a los desesperanzados.
¿Creéis en Jesucristo? Creed también en el barro: en el agua del bautismo, en el óleo de la Confirmación y de la Unción de los enfermos, en el Pan que se convierte en Cuerpo del Dios vivo. Y en ese cura de barro que perdona los pecados porque sólo quiere estar cada día en las manos de Jesús Alfarero. 

jueves, 21 de junio de 2018


  En la guarida del búho


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Dicen que el búho es un fantasma que vuela en silencio cuando anochece y ataca a sus presas mientras duermen. A Homero, mi búho de cabecera, no le parece mal que lo definan así.
—Al fin y al cabo —me dice— a Jesús también le confundieron con un fantasma.
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Caminar sobre las aguas 


Era noche cerrada y se había levantado un viento huracanado en el Lago de Genesaret. Íbamos en la barca de Pedro rumbo a Cafarnaúm, pero enseguida comprendimos que quizá sería imposible completar la travesía. Los remos parecían de plomo y las olas amenazaban con enviarnos al fondo del mar. Algunos dijeron que lo más prudente era regresar, pero Simón Pedro y los hijos de Zebedeo parecían dispuestos a seguir luchando contra el temporal.
Pasaban las horas y, en el peor momento de la borrasca, vimos aparecer a lo lejos una pequeña mancha blanca, como una especie de lienzo que se acercaba hacia nosotros, contra el viento y la marea, deslizándose sobre la superficie del agua. Alguien gritó:
—¡Es un fantasma!
El pánico nos contagió a todos y nuestras voces se fundieron con el estrépito de las olas. Yo estuve a punto de lanzarme al mar para buscar a nado la costa; pero en ese momento cada uno de los que estábamos en la barca oímos con nitidez una voz inconfundible, que llegaba hasta nuestros oídos como un susurro amable, lleno de autoridad.
—No tengáis miedo; soy yo.
Pedro se puso en pie.
—Señor, si eres tú, mándame que vaya hacia ti andando sobre el agua.
Por un momento pensé que Cefas había enloquecido. Aquella petición  carecía de toda lógica. Pero el Señor sonrió, le invitó a acercarse y, en medio de la tormenta, Pedro aprendió a caminar sobre el mar.
Al recordar este pasaje pienso en esas personas que quizá sienten que Jesús les llama a seguirle más de cerca, que les invita a vivir una nueva aventura llena de riesgos, contra toda lógica humana. ¿Cómo podrán estar seguros de que, en efecto, es el Señor quien les habla y no un fantasma de su fantasía?
Yo les aconsejaría que utilicen la lógica de Pedro:
—Señor, pídeme que camine sobre las aguas, que no me refugie en mi comodidad o en mi egoísmo. No me tranquilices diciendo que ya hago bastante; ¡pídeme más! Así sabré que eres tú quien me llama, porque sólo tú puedes exigir tales locuras. Y, cuando dé los primeros pasos sobre el mar, perderé el miedo a los fantasmones que traten de hacerme regresar al puerto de partida.
Y si a mitad de camino, me vuelvo razonable y comienzo a hundirme entre las olas, sé que tú me tenderás la mano como hiciste con San Pedro, me llamarás cobarde y volveré a marchar contigo sobre las aguas.