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lunes, 19 de febrero de 2018

A Walt Disney


Yo también lloré con Bambi


Querido Walt Disney:
Se han cumplido 75 años desde el estreno de Bambi. Fue uno de los primeros largometrajes de dibujos animados que tú dirigiste. Mi madre me llevó a verlo en el "Gran Cinema Las Arenas". El local estaba abarrotado de niños más o menos de mi edad, todos la mar de emocionados porque nos habían dicho que la peli era preciosa.
Bambi era un cervatillo encantador, tímido e inseguro, de ojos enormes y tiernos, que vivía con su madre en el bosque. Tenía unos amigos inolvidables, como el conejo "Tambor", la mofeta "Flor" o la cervatilla "Faline". Sin embargo ninguno de ellos le enseñó tantas cosas útiles como su madre.
Hasta que un día…, —¿por qué fuiste tan cruel, querido Disney?— llegaron los cazadores. La mamá de Bambi los olfateó en el aire y apremió a su hijo para que corriera lo más rápido posible. Ella hizo lo propio, pero un disparo certero acabó con su existencia. Bambi, que aún no sabía nada de la vida y la muerte, comenzó a llamarla angustiado. En ese momento todos los niños del mundo lloramos a moco tendido.
Fue tal el éxito de la película que, a partir de entonces, la "Factoría Disney" llenó de animalitos las pantallas de Europa y América. Hubo elefantes y leones bondadosos, peces encantadores, aves charlatanas, osos amorosos, ratones traviesos y así sucesivamente. Un desastre.
Entiéndeme querido amigo, no tengo nada contra los dibujos animados ni mucho menos desde que aparecen en 3D gracias a las nuevas tecnologías. Pero me pregunto si no os habréis pasado de la raya por culpa de la ola post romántica que nos invade.
El romanticismo, como es sabido, fue un gran movimiento cultural revolucionario, contrario al frío racionalismo de la Ilustración, que transformó la literatura, la música, la pintura, la política, la moda, las relaciones humanas…, y continúa afectando, dos siglos después, al cine, a los comics, a la educación y hasta a las nuevas tecnologías.
En pocas palabras, el romanticismo supuso una híperexaltación de los sentimientos hasta situarlos como único referente ético, estético, político o moral. La verdad quedó relegada a un segundo plano. Sentirse bien era lo que importaba. Para un  romántico, lo que uno siente o "se siente" prevalecerá siempre sobre "lo que uno es".
A ver si un día de estos me decido a escribir algo sobre el romanticismo y los nacionalismos, una cuestión apasionante y muy actual. Ya sé que caeré voluntariamente en la fosa de los leones, pero quizá sean leones bondadosos como los tuyos, querido Disney.
Entre las últimas manifestaciones del romanticismo materialista están los movimientos animalistas más o menos radicales. Sus militantes suponen que como los animales tienen sentimientos, hay que convertirlos en sujetos de derechos, ya que, al fin y al cabo, no se diferencian de nosotros: el espíritu no existe; solo la compasión, la ternura, la sensibilidad.
─¿La dignidad humana, dice usted? ¿Y por qué el hombre va a tener más dignidad que una foca o que ese toro o esa vaca de mirada melancólica y húmeda a la que asesinamos para devorar su solomillo? ¿Y cómo no voy a mimar a mi mascota y comprarle un jersey de cachemir y darle besitos en sus adorables morritos? Y no me hable usted del aborto, que los fetos no tienen sentimientos. Por tanto no cuentan hasta que yo lo diga.
No sé, mi querido Disney, si tienes algo de culpa en todo esto. Te escribo a ti y no a don Juan Tenorio, a Brahms o a Gustavo Adolfo Bécquer —otros ilustres románticos— porque tú me caes bien y me has hecho disfrutar con tus historias durante muchos años.
Dicen tus fans que no estás muerto, que te conservan congelado y te despertarán cuando haya una forma de curarte. Es falso, claro. Yo deseo y espero que Dios te haya recibido en el Cielo y premie las muchas obras buenas que hiciste con tu talento aquí en la tierra. 
Y, por supuesto, siempre nos quedará Mickey Mouse.



viernes, 19 de enero de 2018

A Tadeo Jones


Mi superhéroe


Querido Tadeo:
Ya eres mi superhéroe favorito. Hasta hace poco, en mi ranking personal de personajes en 3D figuraba en primer lugar Míster Increíble, aquel gordinflón bondadoso de fuerza descomunal que arrancó de cuajo un árbol enorme para recuperar al gatito de una anciana y cinco minutos después evitó una catástrofe ferroviaria deteniendo un tren en marcha. Mr. Increíble estaba casado con otra superheroína,  Elastigirl, de la que también soy fan desde que vi su película.
Pero lo tuyo es diferente.
Me caes bien porque naciste aquí. Eres un héroe made in Spain, dibujado, ideado, dirigido y producido por delirantes mentes carpetovetónicas. Vi tu primera peli hace un par de días. No es que me apeteciera mucho, pero mi amigo José Luis me había sugerido que te dedicara una de estas cartas mensuales, y lo hago ahora con mucho gusto.
Tadeo, me has convencido. Eres un gran tipo. Tú no necesitas volar como Superman ni trepar por las paredes como Spiderman. Tampoco manejas automóviles fantásticos ni recurres a sofisticadas armas de destrucción masiva como las de Batman. Eres un simple albañil que sueña con ser arqueólogo como Indiana Jones y descubrir tesoros luchando contra los malos.
¿Armas? En tu trabajo manejabas bastante bien la excavadora, pero la dejaste pronto porque técnicamente eras un pringao con sueños de superhombre, y el capataz de la obra nunca comprendió que tus meteduras de pata y tus despistes laborales eran consecuencia de la grandeza de tus ambiciones. Así que te puso de patitas en la calle. No te importó: tus sueños continuaron intactos y, con la ayuda de un loro mudo, un perro y un sombrero viejo como el de Indiana, perseveraste fiel a tu vocación, luchaste contra los malos, te aliaste con las momias, conquistaste a tu dama y salvaste el mundo.
En efecto, querido Tadeo: lo tuyo era ser héroe, aun siendo pequeñajo, no demasiado listo, torpe y sin poderes suplementarios. Desde muy pequeño sabías que ésa era tu verdadera vocación, tu identidad secreta. Y te cambiaste el nombre y pusiste tu vida entera al servicio de ese sueño.
Por eso te escribo. Quería decirte que no eres un tipo raro, ya que en el fondo todos tenemos vocación de héroes. Cuando los chicos y las chicas llegan a la adolescencia —esa edad tan denostada por muchos y tan llena de vida— quizá comienzan a intuir que no están en este mundo para vegetar confortable y plácidamente. Comprenden que su existencia debe tener un sentido heroico y fecundo. Se sienten llenos de fuerza, capaces de lograr cualquier meta. Y sueñan con dar fruto en el trabajo, en el amor y en mil batallas que su fantasía les sugiere.
Los adultos deberíamos comprender que nunca es lícito destruir esos sueños. No podemos sofocar impunemente el fuego que comienza a arder en el corazón de los chicos. Cortar las alas es una cirugía  triste y cobarde. Sin embargo es evidente que muchos padres y educadores están empeñados en esa lamentable tarea.
Jesús dijo en cierta ocasión: "el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará". Ésta es la cuestión y parece que no acabamos de enterarnos. Enseñamos a los adolescentes a "conservar" su vida, es decir, a no correr riesgos, a gozar —moderadamente, of course— de los placeres más elementales, a trabajar poco y a ganar pasta sin sobresaltos. Nadie les explica en cambio cómo pueden entregar la vida gastándola libremente por amor.
Dios, nuestro Señor necesita, ahora más que nunca, un millón de héroes como tú. Él quiere formar parte de esas fantasías "insensatas" que nacen muy pronto y van tomando cuerpo si el soñador sabe ser generoso. Jesús mismo aviva el fuego y se hace oír por quienes tengan el oído atento: "he aquí que estoy a la puerta y llamo —dice la Escritura—. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré y cenaré con él y él conmigo".

martes, 2 de enero de 2018

A Lázaro de Betania

 Ser amigo


Querido Lázaro:
Dice el Evangelio de San Juan que fuiste amigo de Jesús; no discípulo ni pariente ni seguidor ni apóstol, sólo amigo. Seguro que te conformas con ese honor entre otras razones porque ser amigo de Dios supone poseer los demás títulos en grado máximo.
Eras el hermano menor de Marta y María; por eso te citan siempre en tercer lugar. Marta, una mujer hiperactiva, aparece en el relato de San Lucas desviviéndose por atender a Jesús en vuestra casa de Betania. María, en cambio, sentada a los pies del Maestro, escuchaba y contemplaba el rostro de su Amigo. Ese día aprendimos todos que algunas veces trabajar puede ser una forma de perder el tiempo y, en cambio, que cuando se mira, se escucha y se ama, se acierta siempre. Pero ésa es otra historia sobre la que tal vez escriba más adelante.
Cuánto me gustaría tener una conversación a solas contigo, querido Lázaro, para que me expliques cómo llegaste a ser amigo del Señor hasta el punto de lograr que viajara desde Perea a Jerusalén para resucitarte de entre los muertos arriesgando su propia vida cuando todos "le buscaban para matarlo".
Reconozco que a mí también me gustaría devolver la vida a algún amigo fallecido inesperadamente.  Un poeta español, Miguel Hernández, tuvo la misma descabellada idea. Lo cuenta en su elegía a Ramón Sijé, su compañero del alma, muerto "como el rayo" en Orihuela. Explica el poeta que querría "escarbar la tierra con los dientes, minar la tierra hasta encontrarlo, y desamordazarlo y regresarlo. Y termina su elegía con unos versos inolvidables: A las aladas almas de las rosas... del almendro de nata te requiero: que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero.  
Yo querría ser "amigo" así, pero amigo del Señor, como tú lo fuiste. Aunque quizá no baste con querer. Lo que importa es que el mismo Cristo te reconozca como tal; es decir, que te escoja de entre la multitud —porque los amigos se eligen— y que, cuando te encuentres desnudo ante él para ser juzgado, te llame "amigo" y te trate como se trata a uno de sus predilectos.
He leído que la amistad es una forma de amor que suele darse entre personas afines, quizá entre compañeros de profesión o de estudios, o entre quienes comparten unos mismos ideales en la vida. Cuando dos personas aman a la par las mismas cosas y luchan por conseguirlas, es fácil que nazca entre ellos un afecto recio y sólido, no cimentado en suspiros o declaraciones de amor, sino en la fidelidad diaria a esos ideales comunes. Lo dice el propio Miguel Hernández de su amigo Ramón, "con quien tanto quería".
¿Es posible ser amigo de Jesús así? Cabría pensar que no. Quizá tenían razón los antiguos cuando afirmaban que solo entre "iguales" puede nacer una verdadera amistad; pero Cicerón añadía que, algunas veces, el afecto que une a dos personas de distinta estatura o dignidad puede nivelar las diferencias engrandeciendo al pequeño sin que el grande pierda un milímetro de estatura.
Tú, querido Lázaro, seguro que tuviste muchos amigos y amigas desde pequeño; amigos en el trabajo o en el estudio, amigos en tu aldea o en tu familia, amigos de tus amigos… Y, en la adolescencia, que es cuando nacen las amistades más sólidas y los amores más apasionados, compartiste penas, inquietudes, alegrías y sueños con unos pocos muchachos de tu edad. Hasta que un día conociste a Jesús.
Quiero creer que él fue uno de esos amigos; que jugasteis en Betania y en Jerusalén, que crecisteis a la vez ¿Estuviste con él en el Templo el día en que se escapó de la caravana y sus padres lo buscaron angustiados por toda la ciudad?
¿Qué cosas te contó el Señor en confidencia de amigo? Y tú ¿le abriste también tu alma? ¿Conociste a su Madre, la Virgen Santísima? ¿Hablasteis de Ella? ¿Cuándo descubriste que en Jesús había un misterio, un abismo infinito de amistad en el que podías sumergirte sin miedo?
Me gustaría ser tu amigo, querido Lázaro. Ya sabes: "los amigos de mis amigos son mis amigos", y yo quiero compartir contigo a ese Dios-Amigo que puede resucitarme cuando lo necesite.

martes, 21 de noviembre de 2017

A los Santos Inocentes


Un nombre nuevo


Todos los años, cuando se acerca diciembre, dirijo un e-mail a alguna de las figuras del belén antes de montarlo en mi casa. Esta vez he pensado en vosotros a pesar de que sois invisibles y no aparecéis en el Nacimiento.
No sé cómo encabezar mi mensaje."Queridos niños" suena raro; habéis cumplido más de veinte siglos y, aunque en la Gloria el tiempo no cuenta, supongo que os habréis hecho mayores. ¿O no? A lo mejor son los adultos quienes se vuelven niños cuando llegan al Paraíso y juegan eternamente entre ellos o se refugian en los brazos de María Santísima mientras contemplan pasmados la esencia divina.
Perdonad, amigos. Apenas he escrito diez líneas y ya estoy desvariando. Hace veinte años escribí algo sobre vosotros en un librito y dije que erais las figuras rotas del belén que puso Dios. La imagen es pobre, pero no se me ocurre otra mejor. La Iglesia os venera como mártires a pesar de que no cumplís ninguno de los requisitos que se exigen para reconocer el martirio: no entregasteis la vida por la fe, no perdonasteis a vuestros verdugos y ni siquiera conocíais a Cristo. Algunos aún no teníais nombre: erais bebés recién nacidos con los ojos bien cerrados sin atreveros a mirar al exterior.
Estabais así, en el regazo de vuestra madre, cuando de pronto… ¿Qué sucedió? ¿Abristeis los ojos sin más en el Cielo o subisteis volando por encima de Belén para echar una ojeada al Niño antes de entrar definitivamente en la Gloria?
Al pensar en vosotros siempre me viene  la cabeza un tenebroso personaje: Herodes el Grande. No llegasteis a conocerlo en la tierra, pero fue él quien os facturó hacia la vida eterna. Yo había pensado enviarle a él este mensaje, pero me han dicho que en el Infierno no hay wifi ni cobertura de móviles. Claro que a lo mejor se arrepintió en el último momento y está con vosotros en el Cielo. No parece fácil, ya que, según los historiadores, el rey ordenó que en el momento de su muerte ejecutasen a un grupo de cortesanos ilustres, para que alguien llorase ese día.
¡Pobre idiota! ¿Cómo es posible que un viejo como él tuviera miedo de un recién nacido por mucho que los Magos le dijeran que en un futuro lejano iba a ser rey de los judíos? No sé si sabéis que murió poco después de vosotros y, según parece, de una enfermedad dolorosa y repugnante.
Herodes, por otra parte, fue un gobernante pragmático: juró fidelidad al Cesar y consiguió la protección de Roma, reconstruyó y amplió el templo de Salomón para "tener una capital digna de su dignidad y grandeza" y, de paso, ganarse el apoyo de los judíos, ya que él era idumeo;y, en su lucha por alcanzar y conservar el poder,nunca hizo prisioneros. Donde veía un enemigo les aplicaba el hacha en el pescuezo y santas pascuas. Con este expeditivo sistema, ejecutó a buena parte de su familia, incluida su mujer. No es de extrañar, por tanto, que, cuando le hablaron de un niño que tenía pretensiones regias, optara por la misma medicina y se le fuera la mano.
Sí, ¡pobre Herodes! Él sólo quería matar a un niño. ¿Cómo iba a suponer que ese Niño era Dios? Eliminar niños le parecía sencillo y tan trivial que no valía la pena plantearse problemas morales. Los veía tan pequeños y frágiles que apenas le parecían humanos.Eran animalitos escandalosos y gemebundos, incapaces de todo, ni siquiera conscientes de su identidad.  Fue fácil acabar con ellos sin mirarlos a la casa. Eran sólo una mancha, una brizna de polvo en su túnica de paseo.Sus sirvientes la limpiarían por él, sin dramatismos ni remordimientos.
He querido recordaros hoy vuestro martirio, porque, como sabéis, el crimen de Herodes sigue vivo en nuestra civilizada sociedad del bienestar. Ahora mismo, mientras termino estas líneas, hay miles de niños invisibles que vuelan de la tierra al Cielo. Como son niños sin nombre los llamaré "Inocentes".¿Por qué no pensar que son mártires como los de Belén? Yo estoy persuadido de que lo son. Y a ellos van dirigidas las palabras del Señor en el Apocalipsis:
Al vencedor le daré el maná escondido, y le daré también una piedrecita blanca y escrito en ella un nombre nuevo que nadie conoce sino el  que lo recibe.

sábado, 21 de octubre de 2017

A Aldous Huxley[1]


Feliz anestesia


Querido Aldous :
Desde que Hobbes escribió "El Leviatán" en 1641, todos los escritores de anticipación —los futurólogos—  coincidís en que nos aguarda un porvenir sombrío. Al parecer estamos destinados a ser esclavos de un poder que crece y crece, y que acabará por controlar las vidas y las conciencias de sus súbditos.
Es lo que sostiene Orwell en su famosa novela "1984".  El escritor británico imagina una nación encarcelada por "el gran hermano" que  todo lo ve, todo lo sabe, todo lo fiscaliza, y castiga hasta los malos pensamientos.
Orwell escribía en 1948, en plena expansión del comunismo estalinista, y supuso que el mundo acabaría hecho pedazos por las guerras nucleares, y los supervivientes vivirían encerrados en un inmenso y sucio gulag sin escapatoria posible. 
Gracias a Dios, el comunismo saltó por los aires y los negros auspicios de Orwell también. Tú fuiste mejor profeta a pesar de haber escrito mucho antes que él.
Tenía yo 16 ó 17 años cuando leí "Un mundo feliz", tu novela más conocida. La compré a  precio de saldo en el quiosco de la estación de ferrocarril pensando que se trataba de ciencia ficción. Supongo que me engañó el dibujo de la portada. Pronto me di cuenta de que tenía entre mis manos un peligroso veneno.
Me la bebí de un tirón con cierta sensación de culpa. Creo recordar que, al acabar, la tiré por la ventanilla del tren o la olvidé voluntariamente en el vagón.
Han pasado 60 años. Ahora he vuelto a repasarla en formato digital y compruebo que aún se conserva casi intacta en mi memoria. 
"Un mundo feliz" es una parábola brutal, una profecía lúcida y terrible que habla de un futuro muy lejano, del año 632 de la "era fordiana". También es un cuento desagradable que produce rechazo a cualquier lector con un mínimo de sensibilidad, pero no diría que es inmoral. Se trata más bien de una bebida amarga que sin embargo puede servir para despertar conciencias adormecidas.
Tú vaticinas una tiranía muy distinta a la de Orwell. En tu mundo feliz los esclavos besan la mano de su dueño y señor. Es una dictadura amable, que reparte sonrisas y proporciona todo lo que un ciudadano-mascota puede desear: alimentos exquisitos, pornografía gratuita, sexo variado y obligatorio, un menú ilimitado de experiencias sensoriales, buena salud y una droga mágica —el "soma"— que proporciona felicidad por horas sin efectos secundarios.
En ese "mundo feliz"  los niños no nacen; se fabrican en serie sin padre ni madre, sin familia y sin más ideas que las que reciben en su etapa embrionaria en forma de eslóganes. Es un mundo con castas, pero ya no hay envidias; todos aceptan risueños su situación en el mundo.
He escrito el párrafo anterior de corrido, y, por un momento he sentido la extraña impresión de que, en realidad, "el mundo feliz" está ya aquí. Nuestro envidiable "estado del bienestar" camina en esa dirección.
Tú me enseñaste que, para domesticar al hombre, es inútil encadenarlo.  El marxismo, con todo su poder, no logró anular la libertad interior de millones de personas. Sin embargo, un materialismo opulento centrado en el placer como supremo bien; una sociedad de derechos a veces imaginarios, con un Estado-nodriza guardián de las "libertades", que sustituya a la familia y sea maestro de moral, puede conseguir que los hombres dejen de buscar la verdad y el bien, que se despreocupen del sentido de su vida y se conviertan en esclavos de sus pasiones, en seres conformistas, inmaduros, y manipulables como mascotas.
En tu novela, querido Aldous, hay sólo un hombre libre: un "salvaje" que se rebela contra esa sociedad anestesiada, y lucha porque cree en Dios, en el amor y en la verdad. En él nos vemos reflejados los cristianos. Ojalá, querido amigo, sepamos estar a la altura y enseñemos a los anestesiados la gozosa asignatura de la libertad. 





[1]   Aldous Huxley, nacido en Surrey, Inglaterra 1894, fallecido en Los Angeles (USA) en 1963, fue un conocido escritor, novelista y pensador. Su novela más conocida es "Un mundo feliz" (1932).

martes, 26 de septiembre de 2017

A Pablo

El mendigo que me habló del Cielo 



Querido Pablo:
Nos conocimos a mediados de agosto, bajo un sol infernal. Llevabas un sombrero gris con una cinta verde alrededor de la copa y una camiseta blanca con gruesas rayas horizontales de color azul. No parecías un mendigo; si acaso, una especie de payaso callejero, sobre todo porque el sombrero te estaba pequeño y se te había posado en lo alto de la cabeza como si hubiera caído del cielo mansamente.
Permanecías inmóvil, en pie, apoyado en una fachada señorial del barrio de Salamanca, tieso como una cariátide. Tenías la mano izquierda en la espalda y la derecha extendida hacia el frente con un vaso de plástico en el que bailaban dos o tres monedas. Te pregunté tu nombre.
—Me llaman Pablo —dijiste—, pero no te fíes demasiado. En la calle se miente mucho. Si me das un euro, te digo la verdad.
Dejé el euro en el vaso y te apresuraste a comprobarlo metiendo tu narizota en el recipiente.
—¡Qué bien huele el dinero! El Papa ha dicho que es el estiércol del diablo, pero me gusta su aroma.
Ya estaba claro que no eras un mendigo corriente. Citabas al Papa y te expresabas con precisión aunque con un tono algo arrogante y provocador.
—¿Asturiano? —aventuré—.
—Sí, o a lo mejor no; mentimos mucho en este barrio.
—¿Y por qué tendrías que mentirme?
—Los ricos mienten, y yo quiero ser rico. Si me invitas a una cerveza, te lo cuento.
Nos sentamos en la terraza de un bar que había a pocos metros. El camarero te llamó "Antón", pero yo me hice el sordo; me interesaba más tu historia que tu verdadero nombre. Y comenzaste sin más  preámbulos:
—Soy de Vigo y he trabajado 25 años en la mar.
Ya sin freno, te remontaste hasta tu primera novia, Mari Cruz:
—Me divorcié de ella antes de casarme. Mi segunda novia fue la cerveza, y ésta no me abandona. Yo la engaño con la ginebra, y a veces con el güisqui; pero le da igual. Soy alcohólico a mucha honra y no pido en la calle para comer, sino para beber. Un pijo de Serrano me  trae un porro de vez en cuando y lo fumamos a medias.
Hablabas a borbotones, sin orden ni concierto. Yo casi había perdido el hilo cuando me dijiste que querías ir al Cielo.
—Mi colega, el del porro, dice que no existe, pero yo lo he visto en el mar cuando se pone el sol…


Te quedaste callado unos segundos. Luego añadiste:
—El Papa dice que los ricos lo tienen muy difícil, pero a los pobres y a los borrachos nos llevarán los ángeles al Cielo.
Yo también intervine en la conversación y quiero suponer que mis palabras te ayudaron a buscar el mejor camino para que los ángeles pudieran llevarte a un Cielo aún más grande y perfecto que el que incendia el océano al atardecer.
Quedamos en vernos de nuevo "en octubre, cuando pase el calor". Habíamos interrumpido nuestra charla porque te dio una llorera regular y más de una lágrima cayó en el fondo de la jarra de cerveza vacía. Los de las mesas vecinas nos miraban alarmados, y el camarero se acercó solícito:
—¿Estás bien, Antón?
—No pasa nada —respondí yo—. ¿Cuánto debemos?
Levantaste la cabeza como un resorte y te dirigiste al camarero:
—Esto lo pago yo. Apúntalo en mi cuenta, Pepe.
—¿Tu cuenta…?
Alguna vez me han acusado de inventar las historias que reproduzco en esta página. Yo suelo defenderme diciendo la verdad: que las anécdotas vienen a mí porque las provoco. Esta vez bastó con preguntarte tu nombre. Ésa suele ser la mejor limosna.
—Pero bueno, ¿te llamas Antón o Pablo?
—¿No te he dicho que aquí mentimos mucho? A Pepe lo tengo engañado.
Pongamos que te llamas Pablo. Tus lágrimas no mentían y como ya ha llegado el otoño, volveremos a encontrarnos muy  pronto en la misma esquina.

  

miércoles, 19 de julio de 2017

A Aníbal Barca

Odio eterno y hamburguesas


Mi General:
Tenía ganas de enviarte un e-mail desde hace meses, más que nada por aquel famoso juramento que te obligó a hacer tu padre Amílcar. Juraste "odio eterno a los romanos". Al menos, eso decía el libro de historia que yo estudié a los 11 ó 12 años. Poco más aportaba aquel manual; sólo que destruiste la ciudad de Sagunto, que por entonces era un enclave de Roma, y que, para rematar la faena, decidiste marchar sobre la Capital del Imperio atravesando los Alpes con cuarenta elefantes y treinta mil soldados de infantería. 
No sé si me sorprendió más la ruta elegida o el medio de transporte, pero un día cayó en mis manos una biografía tuya y empecé a tomarte en serio. Me enteré de que fuiste un aventajado discípulo de Alejandro Magno, un estratega colosal, audaz y astuto en tus planteamientos y casi invencible en el campo de batalla. Aún se preguntan los historiadores por qué te quedaste a las puertas de Roma. Un paso más y habrías cambiado la historia de Europa.
Pero volvamos al famoso juramento. ¿Odio eterno? No es que me asombre demasiado. Desde el penoso incidente de la manzana en el Paraíso terrenal, los hombres tenemos la insana costumbre de formar bandos irreconciliables para atizarnos sin piedad: romanos y cartagineses, capuletos y montescos, béticos y sevillistas, de Joselito y de Belmonte, de Pedro y de Mariano… Y no es que la rivalidad me parezca mal. Al contrario, la competencia casi siempre es sana, deseable y compatible incluso con la amistad más entrañable. Pero odiar es otra cosa. Te lo diré con claridad: nada hay más diabólico que el odio.
Odiar significa querer aniquilar al odiado; desear que el otro no exista, que desaparezca para siempre de nuestro horizonte.
Para odiar al prójimo es preciso verlo como objeto, no como persona. Mi amiga Maica, a sus trece años, asegura que odia las hamburguesas con mostaza, las mates y las canciones de Amaral. Se trata de "odios" efímeros —a saber qué pensará el año próximo—, pero no por eso menos auténticos. Maica querría alejar de su vida para siempre esos infames "objetos", aunque, para algunos, puedan ser objetos de deseo.
Se ha dicho que del amor al odio solo hay un paso. La afirmación vale para quienes confundan el amor con la simple atracción sensual, con el afán de poseer a una persona para gozar de ella. Ese amor erótico no comprende que las personas no se desean como simples objetos, se aman. Y amar es entregarse, desvivirse, y mirar a los ojos de otro hasta comprender que allí hay algo divino, un abismo infinito en el que es posible sumergirse sin miedo, porque no envejece.
No, querido Aníbal. No es posible odiar a quien vemos como una persona, como un ser creado a imagen y semejanza de Dios. Por eso el Señor no sabe odiar. Él es todo Amor, y entre ese Amor, que en Dios se desborda, y el odio, que es patrimonio de Satanás, hay más que un paso: hay una distancia  infinita.
Ahora debería preguntarme por qué esta epidemia de odios que parece crecer sin freno en el siglo XXI. Y tendría que hablar de los llamados "delitos de odio", que son una novedad en las legislaciones penales; de la violencia doméstica, del machismo desatado y del hembrismo frenético, de los niños maltratados o profanados; de las fobias ideológicas, de casta o de nación.
¿Qué nos está ocurriendo? Es evidente, mi general: cuando se expulsa de la sociedad al Creador, se apaga en el prójimo esa chispa divina que lo hace único porque Dios lo ama como si no existiera nadie más en el mundo, y se convierte en simple objeto: útil o inútil; agradable o molesto; hermoso o deforme; simpático o insoportable… Ya podemos utilizarlo, gozar de él u odiarlo sin alterarnos demasiado. Sólo es una cosa.
¿Odio a los romanos? Valiente bobada. "Los romanos" en general no son nada; es sólo una cómoda etiqueta que ponemos para despersonalizarlos y poder odiarlos sin cargos de conciencia, igual que Maica odia las hamburguesas.
Si aprendiéramos a mirarnos a los ojos como Dios nos mira, uno a uno, empezaríamos a amar de verdad y entonces las cosas serían muy distintas.

jueves, 22 de junio de 2017

A Miguel Hernández


El beso

Querido poeta.
Ahora que el verano enseña los dientes y el sol se ceba con el desabrigado pellejo de los turistas del Brexit, me he acordado de ti. Te escribo desde Arona, un pueblecito de Tenerife, que es un balcón sobre el Océano a 600 metros de altura. Esta mañana, como casi todos los días, he salido a dar un paseo antes de celebrar la santa Misa. El sol aún no había cargado sus baterías y soplaba una brisa fresca del mar. Las calles empezaban a desperezarse y los madrugadores nos dábamos los buenos días con la música afable de esta tierra.
Entonces los vi. Eran un chico y una chica de 15 ó 16 años. Por un momento pensé que se estaban peleando a mordiscos, o que se trataba de un caso de vampirismo. Me equivocaba. Era sólo un beso, pero tan agresivo, voraz y caníbal que el diccionario de la academia difícilmente lo calificaría como tal.
Di la vuelta para no molestar a la pareja. Yo había empezado a rezar el rosario, y me vinieron a la boca, como un avemaría más, los cuatro primeros versos de uno de tus sonetos:
Te me mueres de casta y de sencilla:
estoy convicto, amor, estoy confeso
de que, raptor intrépido de un beso,
yo te libé la flor de la mejilla[i]

 El poema está dedicado a Josefina, el amor de tu vida, la misma que te tiró "un limón y tan amargo", quizá medio enfadada por ese medio-beso transgresor. A ti, en cambio, te enamoró el pudor con que ella defendía el tesoro de su intimidad.
Y es que, en efecto, la intimidad es un tesoro, un don que hemos recibido porque somos espíritu y no solo carne; un privilegio que nos distingue de los animales y nos capacita para amar. En la intimidad viven los sueños más secretos, las fantasías del corazón, ese punto de locura que todos guardamos. Y los amores imaginados. Las miserias ocultas. Y las añoranzas: lo mejor y lo peor de cada uno. La intimidad es cosa del alma, pero también se refleja en el cuerpo: en el rubor que aparece de improviso, en el lenguaje discreto y respetuoso, en el recato que protegemos de las miradas extrañas algunas partes de nuestro cuerpo.
No resulta fácil elogiar el pudor en este siglo que parece haber optado por la procacidad teórica y práctica como signo de progresía y norma obligatoria de conducta. El impudor reina en las redes sociales, donde los usuarios desnudan su alma y a veces su cuerpo; en las camisetas ilustradas con mensajes más o menos obscenos, pero siempre explícitos; en los vestuarios (mejor llamarlos "desnudarios"); en el lenguaje académico, que se ha llenado de expresiones zafias de carácter sexual. Por no hablar de determinados programas televisivos donde lo íntimo y la vulgaridad más mugrienta campean a la vista de mirones y cotillas.
Hay devoradores de intimidades ajenas, obsesos que lo contaminan todo con su mirada sucia, y tratan de convencernos de que el pudor es sólo una forma de hipocresía, que lo natural es la desnudez del alma y del cuerpo y la manifestación pública, sin tabúes represores, de los más bajos instintos.
Pero tú sabes, querido Miguel, que el pudor es el joyero que guarda lo más valioso de uno mismo; un estuche necesario que se abre desde dentro y nunca para exhibir como mercancía lo que solo se entrega y se comparte por amor.
Se comparte —quizá nunca del todo— con los "íntimos", con la familia más cercana, con el hogar en que vivimos, con los amigos, y, por supuesto, con la persona que hemos elegido para entregarle nuestra vida. Y se da por completo sólo al Amor de los amores, a Dios, que no se deja ganar en generosidad y nos abre también el tesoro infinito de su intimidad.
—Entonces, ¿el beso?
—Es una forma delicada y cariñosa de llamar a la puerta.  




[i] El resto del poema dice así:  Yo te libé la flor de la mejilla, / y desde aquella gloria, aquel suceso, / tu mejilla, de escrúpulo y de peso, / se te cae deshojada y amarilla. El fantasma del beso delincuente / el pómulo te tiene perseguido, / cada vez más potente, negro y grande. / Y sin dormir estás, celosamente, / vigilando mi boca ¡con qué cuido! /para que no se vicie y se desmande

jueves, 25 de mayo de 2017

A Antonio Fontán[*]


Cosas grandes y pequeñas

Querido don Antonio:
Permíteme que hoy vuelva a ponerte el "don" en su sitio. Te fuiste al Cielo hace ya 7 años y va siendo hora de devolvértelo. Me pregunto cuándo te lo quité. Supongo que hace mucho tiempo. Tal vez al acabar la carrera, ya que desde entonces fuimos amigos, y mucho más, hasta el mismo día de tu muerte.
Siempre me pareció lo más natural del mundo que todos te llamaran "don Antonio"; desde el conserje de la Facultad hasta tus colegas más ilustres, ya fueran profesores en la Universidad, ministros del gobierno, parlamentarios o periodistas. Tú aceptabas ese tratamiento con sencillez, pero yo me situé enseguida en otro plano. Un día, ¿recuerdas?, me explicaste aquel viejo aforismo latino: amicitia pares aut accipit aut facit, la amistad nace entre iguales e iguala a los que no lo son. Eso significa que, cuando uno tiene un amigo de mayor estatura puede ponerse de puntillas y presumir sin miedo, como si las cualidades del más grande pasasen al pequeño. Éste era el caso.
Y es que, por más que me esfuerzo no logro encontrar un territorio en el que no me superases abrumadoramente. Fuiste catedrático de latín, y además de esa lengua dominabas el griego clásico y eras experto en todas las ramas de la filología. No estudiaste leyes, pero más de una vez me sorprendiste con tus conocimientos de Derecho Civil y Administrativo. Ni que decir tiene que en filosofía e historia universal me dabas mil vueltas, y, para colmo, sabías más teología dogmática que yo, a pesar de mi flamante doctorado en esa disciplina.
Debo pedirte perdón. No sé cómo me he atrevido a compararme contigo. Tú fuiste un Maestro con mayúscula y yo un aprendiz de casi nada que tuvo la inmensa suerte de asistir a tus lecciones hasta el último día. De esto precisamente quería hablar hoy.
"Cosas grandes y pequeñas", he titulado esta carta. Pienso en tus últimos años de vida, cuando, retirado casi de la vida pública, te llenaban de homenajes, premios y honores.  Una mañana me contaste que acababan de llamarte de la Casa del Rey para comunicarte que don Juan Carlos te había nombrado marqués.
—Ya iba siendo hora, ¿no? —respondí—.
—No digas eso…
Entraste en el oratorio y te quedaste allí un buen rato. Luego diste la noticia a los demás.
Todas las mañanas eras el primero en visitar ese mismo oratorio con un par de libros bajo el brazo. Allí recitabas dos o tres oraciones en voz muy baja: la primera a San Josemaría Escrivá. Habías perdido oído y no eras consciente de que yo era testigo de tu piedad.
Una tarde, en el hospital, cuando ya sabías que a tu corazón le quedaban pocos latidos, me dijiste en una charla informal:
—Gracias a Dios, a lo largo de mi vida he hecho algunas cosas útiles; pero cuando el Señor me juzgue, no me pedirá el curriculum.
—Sin embargo —te contesté— el curriculum, te ha llevado a ser lo que eres hoy.
—¿Y qué soy…?
Antonio era un gigante con piedad y corazón de niño, que se expresaba en mis pequeñas sutilezas de amor. Veinticuatro horas antes de fallecer, con voz entrecortada pero clara, dijiste en presencia de tu sobrino y de dos personas más:
—"Dejo esta vida sin tristeza ni pesares, y con la alegría de haber hecho algunas cosas… Ofrezco esta agonía por el Opus Dei, al que he dedicado mi vida; por mis hermanos y especialmente por el Padre… Por la Iglesia y el Papa… ¡Y por España!"
Muchas gracias, don Antonio, por lo grande y por lo pequeño.






*Antonio Fontán Pérez (Sevilla, 15 de octubre de 1923 - Madrid, 14 de enero de 2010),  Marqués de Guadalcanal. Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, periodista y político español. Fue el primer presidente del Senado de la España democrática. Impulsor de la libertad de expresión durante la dictadura del General Franco, y director del diario Madrid, hasta que éste fue clausurado por el gobierno franquista.
Fue el primer director del Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra (1958-1962), la actual Facultad de Comunicación. También fue decano de la Facultad de Filosofía y Letras. Fue uno de los autores de la Constitución Española de 1978. Senador y Presidente del Senado (1977-1979) y Diputado (1979-1982).