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viernes, 17 de julio de 2015

De tertulia

 Eran otros tiempos
La palabra "tertulia" ha sufrido una singular evolución en nuestro idioma. Hace un siglo llamábamos así a aquellas reuniones de poetas, escritores, políticos y demás sofistas con levita, que echaban la tarde en los cafés de la época parlamentando sobre todo lo divino y humano. Hubo tertulias famosas que giraban en torno a un personaje público, con espectadores, copa y aroma de habanos. Y hubo cafés célebres, como el de Gijón, donde, en torno a las tertulias, vegetaban artistas incomprendidos, poetas incomprensibles, oradores en paro y bebedores por cuenta ajena. Lamentablemente aquellas tertulias ya son historia.
Durante algunos años la palabra desapareció. A punto estuvo de caerse del diccionario e ingresar cadáver en el depósito de los arcaísmos. Hasta que un día Luis del Olmo inventó las "tertulias radiofónicas", y todas las emisoras se llenaron de opinadores a sueldo. Desde entonces, el dial está abarrotado de tertulias deportivas, taurinas, políticas y del corazón. Me refiero a esos cenáculos de cotillas lenguaraces que han convertido el insulto, la palabra soez y la difamación en el género literario de moda.
Claro que hay otro tipo de tertulias. Hablo de reuniones de familia, con la televisión apagada, sin Internet a la vista y con los móviles desactivados. No necesitan público, ni es necesario levantar la voz. En ellas se habla de cualquier cosa, pero no se discute. Hay charlatanes y "escuchatanes", pero todos comparten el mismo ecosistema de afecto que convierte la reunión en uno de los momentos más gratos del día.
Me preguntaréis que a qué viene todo esto. Resulta que ayer fui invitado a una de esas tertulias. No había café, copa ni puro, pero sí un centenar de chavales llegados de Madrid para participar en una convivencia de verano.
—¿Y a eso le llamas tertulia?
Así la llamaron ellos. En realidad hablé yo solo, pero los chavales escuchaban con tanta atención las historias de Roma y Gaztelueta, que se nos pasó el tiempo en un suspiro.
Y la "tertulia" propiamente dicha empezó después.

 

jueves, 21 de mayo de 2015

La llamaré Estrella

Después de muchas dudas me decido a copiar, para pediros ayuda, unas pocas palabras del largo mensaje que acabo de recibir. Al ver la firma me ha venido inmediatamente a la memoria la cara redonda, colorada y traviesa de una niña que conocí hace casi treinta años. La llamaré Estrella. Era una chiquilla inteligente y simpática. Trato de imaginármela ahora. Andará cerca de los cincuenta, y sospecho que si vuelvo a verla, me costará reconocerla.
"Estoy lejos de Madrid y de España, no le diré dónde. Es lo de menos, porque no pienso volver. Si me vieran mis amigos de entonces, me moriría de vergüenza (…)"Soy alcohólica. La ginebra es mi vida. También la coca, aunque no estoy muy enganchada a ese polvo divino. Sólo pienso en huir. Un día usted nos dijo que si Dios se olvidase de nosotros por un instante, desapareceríamos, no quedaría nada, ni cuerpo, ni alma, ni memoria. Sería la aniquilación definitiva. Ya sé que eso es imposible, pero a veces sueño con que ocurra; desaparecer, dejar de ser del todo…""¿Puede rezar, por favor, para que Dios me olvide?"(…)"Desde que me escapé de casa Dios no deja de acosarme. Él me ha pedido que le escriba. No me pregunte cómo lo sé ni quién me ha dado su correo electrónico…"

Leí el mensaje esta mañana, y aún no sé cómo he podido predicar el retiro de la convivencia. No vivo pensando en Estrella. Me digo que debo dar gracias a Dios, porque Él acaba de encender una chispa en el corazón de la niña que yo conocí; pero ser cura es ser padre y ahora mismo daría media vida por recuperar un poco de aquella sonrisa impertinente y respondona.
Os pido que recéis conmigo. Y, por favor, no me pongáis comentarios para consolarme.


viernes, 23 de enero de 2015

"Cuídate" , "cuídese"


Cada día me lo repiten con más frecuencia tanto los que me tutean como los que me ustetean. Alguna persona que yo me sé ha añadido últimamente un adjetivo adverbial: "cuídese mucho", escribe.
El consejo no puede ser más vago e inquietante; porque, ¿cómo se cuida uno "mucho"? ¿Me cubro esta noche con una segunda manta? ¿Cierro la ventana, a pesar de que sólo llegaremos a los 5 grados bajo cero? ¿Me tomo un paracetamol preventivo por si las moscas?
Termino el cuarto día de un curso de retiro. Una de las asistentes ha vuelto a pedirme que me cuide. Debe ser que me ve viejo. Pero no concibo mejor modo de cuidarme que éste: predicar, confesar, leer, rezar, estudiar, pasear por la nieve y montarme en el globo cuando se me ocurre que debo escribir algo.
El domingo regreso a Madrid y al día siguiente voy a Molinoviejo para predicar otro retiro de cuatro días a un grupo de sacerdotes: "vender miel al colmenero", diría San Josemaría.
Termino la jornada dando gracias; tengo un oficio estupendo. Además, dicen los augures que mañana sin falta sale el sol.

sábado, 2 de agosto de 2014

La huella

Termino el día con la impresión de que apenas he hecho nada, pero creo que no es verdad.
Por la mañana he llevado la comunión a un enfermo y hemos charlado de lo único importante: la vida eterna.
Luego he comido en Retamar con 80 universitarios de la Obra que aprovechan el verano para crecer hacia adentro. Estudian, trabajan, descansan y conviven. Había uno o dos polacos, dos finlandeses, un rumano..., así hasta nueve países. Me parece un milagro, y seguramente lo es.
En la tertulia les he hablado de San Josemaría Escrivá y de Don Álvaro. Los chavales me escuchaban sin parpadear.
De regreso a casa, he hecho la oración un poco avergonzado: sé que me ven como si yo mismo fuese una reliquia, la huella de dos grandes santos. Y me pregunto si seré capaz de conservar nítida y clara esa huella para transmitirla a los más jóvenes, o seguiré, como hasta ahora, haciendo el ridículo.
Luego, confieso a tres clientes inesperados, y, por la noche, ceno con David, mi sobrino. Quedamos en continuar la conversación el próximo miércoles antes de embarcar hacia Tenerife.
Hoy no hace calor. El verano se ha compadecido de nosotros.

lunes, 22 de abril de 2013

Reflexiones de un obispo



Conocí a don Rafael Llano Cifuentes aquí mismo, en esta casa de Molinoviejo donde estoy ahora. Fue en agosto de 1960. Yo asistía a un curso de verano en compañía de otros veintitantos universitarios de la Obra llegados de toda España, y Rafael Llano era el sacerdote, un cura muy joven, siempre sonriente y acogedor, que predicaba como si llevara medio siglo en el oficio.

Don Rafael se fue a Brasil poco después y el Santo Padre lo nombró obispo de la Diócesis de Nova Friburgo. El pasado 23 de febrero, ya como obispo emérito, celebró su 80 cumpleaños, y en la homilía de la Misa dijo, entre otras muchas cosas, lo siguiente:



En el curso de la vida, la existencia, en el otoño, cuando no se rechaza el núcleo interior de la personalidad, se va haciendo cada vez más fuerte la conciencia de lo eterno, o para decirlo más claramente, la necesidad de Dios. Las cosas y los acontecimientos de la vida inmediata pierden su carácter perentorio. Lo que parecía ser de la mayor importancia deja de ser así, y lo que se consideraba insignificante cobra seriedad y luminosidad. La distribución de los pesos y los valores que se asignaron a cada una de las cosas, pueden a veces modificarse.
Esta toma de conciencia no conduce a una visión relativista, sino a dar luz a la creencia de que para alcanzar la madurez y superar el escepticismo uno debe renovarse. El idioma portugués es el único que identifica la palabra JOVEN con la palabra NUEVO. Los más jóvenes son más nuevos. Es muy significativa esa forma lingüística, porque realmente renovarse es rejuvenecer.
Renovar la vida es no caer en la rutina, este tipo de decepción decrépita de los que piensan que poco de nuevo, de diferente, le queda por vivir, que la curva del tiempo va declinando y en vez de crecer está descendiendo… Síntomas estos de lo que se viene llamando la crisis de la mediana edad..., de los 40 o 50 años. Una crisis que no debería suceder a ninguno de nosotros si realmente, en cada paso de nuestro viaje, supiéramos renovarnos. Es en ese sentido que los franceses dicen "renovarse o morir".
La vejez no es la situación de las personas que pierden su juventud. Tenemos que superar este infantilismo peligroso que lleva a pensar que este momento de la vida, que se llama juventud, es el que tiene valor para los seres humanos. A veces la vejez se reduce a aspectos negativos: las limitaciones, pérdida de elasticidad, la reducción del ímpetu de ciertas facultades... El anciano, de acuerdo con este punto de vista es un joven disminuido.
Es importante considerar en esta fase de la vida el valor de la experiencia adquirida a lo largo del camino y la madurez que se confunde con la sabiduría.
De hecho, la ancianidad tiene cualidades que la juventud no tiene, sobre todo la cualidad suprema que llamamos sabiduría. La vivencia profunda de que todo pasa, nos lleva a la necesidad vital de lo que no pasa, a lo eterno.
La sabiduría propia del hombre maduro, es algo muy diferente del ingenio, de la astucia. Es más capaz de distinguir entre lo importante y lo trivial, entre lo genuino y auténtico, entre lo transitorio y lo eterno, entre la fugacidad de la vida y la felicidad inconmensurable de poseer a Dios.
En esto radica el primer nivel de sabiduría: una experiencia profunda de que todo pasa, nos lleva a la necesidad vital de lo que no pasa, lo eterno.
La sabiduría da luz a una estabilidad serena, nueva y excelente, capaz de inspirar confianza a las personas de todas las condiciones y clases. Junto a ella parece que se sienta el impulso de exclamar: ¡qué bien que le he conocido, qué buena oportunidad poder vivir a su lado!. Confieso que esto es lo que sentí cuando tantas veces conversé con el beato Juan Pablo II, con su sucesor, Benedicto XVI, y numerosas oportunidades, con mi querido padre espiritual San Josemaría.
Dejo aquí su última confidencia, cariñosa, optimista, llena de esa madurez suave que proporciona una experiencia de vida y un elevado amor de Dios, hecha por él en su Jubileo de Oro Sacerdotal: "Cincuenta años, estoy como un niño que balbucea: Estoy comenzando y recomenzando en mi lucha interior de cada jornada. Y así hasta el fin de los días que me queden: siempre recomenzando. El Señor así lo quiere, para que en ninguno de nosotros haya motivos de soberbia ni de necia vanidad.”
¡Cuántas luchas, cuántos intentos frustrados, cuántos renovados esfuerzos, integran la vida de los amigos de Dios! Una de las cosas que veremos en el cielo será precisamente que la vida de los santos no será representada por una línea recta siempre ascendente, uniformemente acelerada sino por una curva sinuosa, ascendente y descendente, hecha de ánimos y lentitudes, emergencias y retrasos, aumentos y disminuciones… y de recomienzos vigorosos.
Conocer la sabiduría de un anciano es una bendición de Dios. Ahí remansa una larga vida: amó y fué amado, sufrió pero no perdió la alegría de vivir. Y todo esto se quedó impreso en su rostro sereno, con su voz suave, y tal vez, en su silencio elocuente, y aún más en su vida de oración: Romano Guardini hace hincapié en este sentido que "el núcleo de la vida de un anciano no puede ser otro que el de la oración".
Cuando el curso de nuestra vida sigue la voluntad de Dios, todo lo que vive se eterniza, aunque lo que se haga parezca banal: el Señor nunca olvidará las renuncias que hemos hecho para ser fieles a nuestra vocación, nunca se olvida de los pequeños sacrificios , las alegrías experimentadas por su trabajo y el amor, nunca se borrará la ayuda que damos a los demás, aunque fuera tan pequeña como la del Evangelio que se reduce a dar por amor un vaso de agua ... (Cf. Mt 10:42). Son las palabras, los gestos y obras esculpidas en el libro de la vida con caracteres de oro que no se desvanecen con el tiempo.
La sabiduría de la vejez, que pido al Señor me dé, no se consigue con melancólicos recuerdos, pero sí impregnando este "síndrome" del verdadero atleta que se esfuerza más y más cuando está llegando a la meta. Hillary, en un discurso pronunciado en el Parlamento británico después de su primer intento fallido de alcanzar la cima del Everest, mirando la fotografía de la cumbre, lanzó un reto: "Voy a ganar. Tú creciste todo lo que podías crecer y yo todavía estoy creciendo.”
Todavía estoy creciendo. Esta sabiduría no se deja vencer por la tentación de los recuerdos, continúa centrada en el futuro que le espera.
Todavía queda mucho por hacer, todavía queda mucho por construir, mejorar, muchas virtudes por obtener, muchos proyectos por realizar, muchas personas a quien hacer felices, hay todavía muchas almas para salvar... Y todavía tenemos la eternidad de Dios que nos espera junto a los seres queridos! Reflexionando así sobre las cosas, cómo es posible envejecer!
¿Alguna vez pensamos en el sonido fonético y psicológico que tiene la palabra “todavía “? “AINDA” Sigue siendo una de las palabras más bellas de nuestro léxico portugués. “Todavía” es el adverbio de esperanza y juventud.
La vida de un hombre que vive en este clima nunca deja de crecer hasta el último instante. Cada hora, cada día, cada año, cada dolor, cada alegría tiene un sentido de esperanza: no pasa para gastarlo, sino para construirlo definitivamente. La gran fuerza del renovado sentido de la vida, de la esperanza cristiana siempre presente, da una juventud perenne, eterna juventud, que está en la conciencia profunda y gozosa de que la vida en la tierra es un preludio de la vida eterna. Para aquellos que se abalanzan hacia adelante y corren hacia su felicidad eterna, siempre hay en el horizonte un más y más. Y al final de sus días en la tierra, este hombre puede decir, como el viejo Simeón, teniendo finalmente en los brazos al Salvador que anhelaban toda su vida: "Ahora, Señor, ya puedes dejar partir en paz a tu siervo" (Lucas 2: 9)... Estas palabras abren serenamente las puertas de la felicidad eterna.
Si la esperanza es el módulo para medir la juventud, ser joven es tener mucho futuro, un hombre en el ocaso de su vida - tal vez ya cercanos los noventa años - se puede sentir como un niño que se enfrenta a un futuro sin fin, un futuro eterno...
Es bonito que la iglesia denomine el día de la muerte dies natalis, el "día de nacimiento".


martes, 19 de febrero de 2013

Conversaciones indiscretas


 ¿Te acuerdas del mes pasado lo jóvenes que éramos?
Estamos en un curso de retiro y hay que decir toda la verdad. 
―¿Cuarenta y siete años? No puede ser.
Mario me mira muy serio como sospechando que trato de tomarle el pelo. 
―¡Claro! ¿No se acuerda? Nos conocimos en Peñalar.
―Sí. Tú llevabas una coleta de metro y medio y un pendiente en la oreja izquierda. Y tocabas en un grupo, ¿cómo se llamaba? Eso fue…, hace nada.
―Hace ya treinta años… Siempre he querido tocar la guitarra, pero me quedé en el bajo.
Vuelvo a mirarlo detenidamente. Tiene la misma cara de entonces. Está fuerte como un toro y ha perdido la melena, el pendiente y su acento canario.
―Cuando vuelves a Tenerife ¿dices “vosotros” o “ustedes”?
―”Vosotros”. Ya no me sale llamarle guagua al autobús. Y digo “vosotros”. Soy un traidor.
Cuando sale de mi despacho, me quedo rumiando mi melancolía.
Miguelito viene a consolarme.
―¿Y tú cuántos años tienes?
―Cincuenta y dos…
―No puede ser; en Valencia tenías doce hace…, ¿cuarenta años?
Miguel asiente y sonríe con la carita mofletuda de entonces. 

jueves, 9 de agosto de 2012

Emiliano viene a verme


 Guijo de Granadilla. Al fondo, el embalse "Gabriel y Galán". El poeta es una de la glorias del pueblo
Fin de la jornada. Una visita al globo para moderar comentarios y otra al oratorio para hacer examen de conciencia y dar las buenas noches al Dueño de la casa.
Entre los comentarios, siempre hay un par de anónimos faltones. El primero de hoy, además de carecer de sentido del humor, pone unas faltas de ortografía la mar de gordas y graciosas, que le desacreditarían si reprodujese sus palabras. Otro, en cambio, da por supuesto que ser cura es un negocio redondo, porque nos quedamos con las limosnas de los que van a Misa.
Es cierto, amigo; me has descubierto: estamos forrados, pero no sé qué tiene que ver eso con la foto humorística de los guardias en bici, que es donde insertas tu comentario. Así que te “censuro” para que no corra la voz de que soy millonario y porque el globo es mío y me reservo el derecho de admisión.
Ya en el oratorio, me cuesta hacer examen. Hoy sólo pienso en dar gracias a Dios, no por el calor asfixiante que ha llegado de África en patera, sino, sobre todo, por mi amigo Emiliano, un cura extremeño al que no veía desde hace diez o doce años, que ha aparecido en Molinoviejo esta mañana. Emiliano, con muchos años encima y un buen cargamento de achaques en la mochila, es párroco de Guijo de Granadilla, en la provincia de Cáceres, y. durante el mes de agosto, viene a echar una mano en la Parroquia de San Rafael, en la Sierra de Madrid.
―¡Emiliano, sinvergüenza, qué haces aquí!
―Que me enterado de que estabas en Molinoviejo y ya ves…
Nos hemos dado un abrazo enorme en medio del jardín, como aquel día (¿recuerdas?) y ya dentro de la casa hemos charlado y charlado sin mirar el reloj.
Leí en cierta ocasión que si un viejo no se queja de nada y sonríe a todos siempre, o está loco o es santo. Emiliano, santo no es; al menos de momento. Loco…, lo justo para seguir trabajando en este oficio nuestro, con una alegría desbordante con pocos medios y sin ver el fruto.
―Están muy mal los jóvenes, Enrique. ¡Qué te voy a decir a ti!
―Pero tú no dejas de sonreír…
―No, eso no. La Iglesia es la Esposa de Cristo, y Él no la abandonará. No lo ha hecho nunca.
Y la sonrisa le ha llenado la cara en una carcajada.
¿Comprendéis por qué termino el día dando gracias a Dios?
 

miércoles, 8 de agosto de 2012

Colegas


Los miércoles a las once de la mañana la casa antigua de Molinoviejo sufre una pacífica invasión de curas de toda la diócesis. Vienen de la capital de la provincia, pero también de San Rafael, El Espinar, Carbonero, Riaza... y de otros muchos pueblos cercanos.
Nada más llegar expropian la habitación del director, que es este caso es la mía, y ocupan la sala de visitas, el cuarto de estar y las demás zonas comunes.
A las 12 y cuarto tienen círculo. Antes y después, charlan, pasean por la finca, rezan en el oratorio o se confiesan los unos con los otros.
A las 2, almuerzo en la Venta Vieja, que está frente a la casa y, después, tertulia, si es posible con un invitado charlatán.
Esta vez me ha tocado a mí, y creo que he cumplido. Les he hablado del día que conocí a San Josemaría en esta casa hace 62 años; de la tertulia del jardín, de mi breve entrevista con él en el antiguo campo de fútbol, de la meditación que nos dio al día siguiente por la mañana... Y, mientras yo hablaba y hablaba, me he fijado en la mirada atenta de estos buenos sacerdotes, especial de los más ancianos. Se bebían mis palabras como niños chicos.
Poco antes había estado charlando con Arturo, un cura segoviano que se dejó media vida en las cumbres de la Prelatura de Yauyos, en Perú, en los años 60. Regresó a Madrid con el corazón averiado. Gracias a Dios pudieron transplatárselo y siguió trabajando con el mismo ímpetu en la Basílica de San Miguel y en la Almudena. Ahora está ciego. Lleva un bastón blanco y unas gafas oscuras; pero sigue guardando a Perú en el corazón:
―Fue una gran aventura  ―me decía, mientras acariciaba el bastón, sentado junto a la mesa del jardín―.


miércoles, 5 de octubre de 2011

Examen de futuro

De una conversación con una viejecita sabia y simpática, que no es la de la foto.

―Todas las noches, cuando hago el examen de conciencia, ya apenas pienso en el pasado. Total, para qué, si no me acuerdo de nada. Desde hace algún tiempo sólo me examino del futuro.
―¿Cómo es eso?
―Como soy vieja y tengo poco futuro, me resulta más fácil echarle una ojeada y quitarle el polvo. Me pregunto si mi futuro se conserva joven o le han salido arrugas. Yo creo que tengo que conservarlo alegre y lustroso, ¿no le parece? De eso me examino antes de acostarme.
 

jueves, 5 de mayo de 2011

La última hoja


Me recibe en el salón de su casa, que es grande y triste. Está sentada en un sillón enorme de color verde oscuro y sostiene un libro con la mano derecha. Es una conocida novela que habla del tiempo y las costuras. La lámpara de pie, a su izquierda, le permite leer sin dificultad, pero el resto de la habitación está en penumbra. Hace mucho calor. Huele a cerrado y a humedad. Hay un aparato en funcionamiento que difunde vapor de agua generosamente por toda la habitación. Tomo asiento en una silla desparejada que no parece muy estable. Se me empañan las gafas y me las quito haciendo ver que no me hacen falta.
La anciana se llama Tere y tiene ochenta y nueve años. Dice que espera llegar a los cien, pero que en el fondo le da lo mismo. Vive con una sobrina, pero hoy han estado aquí su hija y tres o cuatro nietos.
Es una mujer afable e inteligente. Quiere que hablemos de literatura; sobre todo de teatro y poesía. Como tengo la impresión de que me está poniendo a prueba, al final le pregunto:
―¿He aprobado el examen?
Se ríe a carcajadas, como una niña, hasta que le da un ataque de tos. Entonces, sin solución de continuidad, dice:
―Yo antes pensaba mucho en la muerte. Ya no: ahora la muerte y yo nos tuteamos y no nos tenemos miedo; pero quiero que me hable de lo que viene después.
Nos quedamos en silencio unos segundos. De pronto se emociona y extiende las manos.
―Éramos una familia muy numerosa. Ya ve lo grande que se me ha quedado la casa. Yo soy la última hoja que aún aguanta en el árbol.



miércoles, 16 de marzo de 2011

Neque semper arcum tendit Apollo (dice el búho)



Me dice K que hoy no se le ocurre nada, que tiene atrofiado el ingenio y averiado el carácter. Que se enfada con medio mundo sin razón. Que le sobresalta el timbre del teléfono y el bocinazo inesperado de un automóvil. Que ha perdido el sentido del humor y no tiene ganas de recuperarlo. Que necesita estar solo, pero no sabe para qué. Que echa de menos mil cosas que nunca ha tenido. Que está muy cansado, pero mucho, mucho. Y que le deje en paz.
Le he contestado en latín con las palabras de Horacio: “ni siquiera Apolo puede mantener siempre el arco en tensión”. Hay que relajar la musculatura del alma y destensar la cuerda; ser humilde y reconocer que hay otros más fuertes, más inteligentes, más resistentes que tú. Ellos continuarán corriendo y llegarán a la meta, mientras tú descansas.
―¿Descansar? ¿De qué?
―De la soberbia, que agota un montón; del egoísmo, de la envidia, del activismo perezoso… Quizá también del trabajo; pero no presumas, colega, que más agota el paro.
―¿Qué haremos entonces?
―Aflojaremos el ritmo. Soltaremos lastre para que el globo vuele solo, con poco esfuerzo, casi sin piloto.  

martes, 22 de febrero de 2011

Comuniones, Bodas, Funerales

Ya me lo advirtió don Remigio poco antes de mi ordenación sacerdotal:
―Durante unos años celebrarás muchas primeras Comuniones. Luego vendrán las bodas. Después, las bodas de oro. Y con los años serás especialista en funerales.
―¡Qué cosas tienes!
¿Será verdad? Esta tarde a las 8, en la Iglesia del Espíritu Santo, celebraremos la Misa de exequias por Ricardo Villanueva, un hombre de fe, que falleció en Briviesca el pasado día 14. En marzo de 2010 fue al Cielo Cristina, su esposa, que también fue una gran mujer, y, en efecto, me tocó presidir su funeral.  
Antes de todo eso, pasaré por Los Olmos para ver a mis insectos de tres, cuatro y cinco años. Y a sus padres, que también son unas criaturas. O sea, querido Remigio, que el ciclo se repite: dentro de nada, volveré a las primeras Comuniones. Luego..., ya veremos.

viernes, 16 de julio de 2010

Ritos de viejo


A ver, ¿porqué tengo que cambiar la hoja de afeitar los días 1 y 15 de cada mes? ¿Desde cuando me siento obligado a hacerlo? ¿Y por qué? Ayer me olvidé de que era 15 y hoy me he cortado con la cuchilla vieja. Podía haberme cortado el día 14 o el 12, pero no; ha tenido que ser hoy, justo al pasarme de fecha. Por un momento pensé que era cosa de mi Ángel Custodio, que me daba un tirón de orejas. Luego, mientras bloqueaba la pequeña hemorragia, me puse a enumerar los extraños ritos que me he ido creando con los años.
Kloster me dice que son muletas que me ayudan a caminar sin tropiezos por los vericuetos de la jornada. Lo malo es que, con la edad, los ritos crecen, se complican y me encadenan...
Propósito firme: aniquilarlos y olvidarlos. Luego habrá que estar atento para que no reaparezcan los muy tiranos.

viernes, 9 de abril de 2010

Adela

Sí, tiene un aire
Hoy he vuelto a verla. Tiene más de 90 años, pero no me atrevería a llamarla vieja a pesar de que vive en una residencia de ancianos.

—¿Cómo quieres que te llame en el globo?

—Ah, el globo. Precioso. Me gusta mucho. Cuando me dejan las monjas entro en Internet…

—Ya, pero si cuento tu historia tendré que darte un nombre.

—Llámame Adela. Yo tenía que haberme llamado así.

No le pregunto el porqué. Adela tiene una elocuencia desbocada, y sería capaz de contarme otra novela como la de ayer.

—Me hablaste de tu marido…

—¡De mi primer marido!

—Eso, del primero.

—Porque luego tuve dos más. Soy muy moderna yo. El último fue Manolo y me duró muy poco. Era un infeliz, el pobre.

—Sí, ¿y el primero? ¿Leocadio?

—Sí, Leocadio. ¡No, Leopoldo! No me tomes el pelo. Fuimos novios seis meses y nos casamos con 19 años cada uno. En la familia de Poldo todos eran fascistas perdidos.

—¿Y en la tuya?

—Mi padre era anarquista, de la CNT. Y yo también, más que nada por respeto.

—Pero te casaste por la Iglesia.

—A mí lo que me gustaba era el “amor libre”, que decían entonces, pero mi padre dijo que por la Iglesia o nada.

—Y tuviste dos niños…

—Un chico y una chica. El mayor se me fue fraile… ¡Más guapo estaba! Mi hija y yo rezábamos todos los días para que se saliese de cura; pero se me fue a misiones y allí murió como un santo.

—Y la niña.

—¡Ya te lo he dicho! Se me hizo monja. Está ahí mismo en el convento ese…, como se llame. Y es lo que yo le digo: ¿a quién habéis salido vosotros?

—A ti, Adela, a ti...

miércoles, 6 de enero de 2010

Noche de Reyes

Escribí aquí una vez que, mientras vivimos en este mundo, la felicidad no consiste tanto en alcanzar una meta como en estar a punto de conseguirla. No hay alegría como la de la víspera, como el gozo de la vigilia y la espera: la víspera de la boda; la víspera de un viaje fantástico; la víspera del regreso al hogar; la víspera del triunfo anunciado; la víspera de los aplausos presentidos; la víspera del amor, del placer, de la ternura.

Hay una ansiedad enfermiza y terrible que traduce en angustia y puede destrozar toda la vida. De ella saben algo —no mucho— los psiquiatras y los psicólogos; pero hay otra ansiedad alegre, festiva, sin la cual no podríamos vivir. Es lo que Santo Tomás llama “la pasión de la esperanza”. Los niños la gozan por derecho propio y es necesario que la mantengan viva, porque, para un niño, todo es nuevo; el mundo es el cofre que guarda un tesoro lleno de promesas.

¿Y los viejos? Cuando la mochila se nos va llenando de ilusiones fallidas y el pájaro gris del escepticismo nos picotea el alma, no podemos conformarnos con mirar al Cielo y apoyarnos en una Esperanza tan “teologal” —tan desencarnada, quiero decir— que no parecería de este mundo:

—Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos, dijo Jesús.

¡Claro!: la gran Esperanza no es un consuelo para desengañados, sino un acicate para alimentar las pequeñas ilusiones que también nos acercan a Dios.

Esta noche aguardaré impaciente a Melchor, Gaspar y Baltasar procurando no hacer ruido, para que me dejen juguetes y no carbón. Y si mañana —Dios no lo quiera— veo que mis zapatos están vacíos y los Magos pasaron de largo…, me van a oír.



jueves, 30 de julio de 2009

Envejecer


Cuando escribió que le gustaba envejecer, algunos creyeron que no decía la verdad. Otros pensaron que era una broma, y esperaban que rematase su afirmación con un retruécano o una frase ingeniosa “de las suyas”. También hubo quien se apresuró a tranquilizarle diciendo que “todavía”… Y ese “todavía” se le antojó el colmo del pesimismo.

—Envejecer —nos dijo entonces— es un arte que enseña mil cosas. Yo espero aprender a sustituir mi arrogancia por ternura; a ser escéptico sin perder la sonrisa de la fe, eso que llamamos Esperanza; a callar y a escuchar incluso cuando no oiga ni entienda casi nada; a ser abuelo de muchos, muchos nietos; y a poner cara de bobo —¿por qué no?— si el Señor quiere darme unos gramos del don de Sabiduría.

Aquel cura, que, según sus amigos, se conservaba tan joven, todos los días cuando se disponía a celebrar la Santa Misa, repetía con el corazón las palabras que aprendió a recitar al pie del altar en la liturgia antigua:

Introibo ad altare Dei, ad Deum qui laetificat iuventutem meam
Me acercaré al altar de Dios; al Dios que llena de alegría mi juventud.

miércoles, 29 de julio de 2009

Un día de éstos...,


Ya veréis cómo ocurre cualquier día. Me levantaré de la cama y no entenderé nada de lo que dicen los más jóvenes. Me indignarán sus melenas o sus cabezas peladas; no entraré en sintonía con sus maneras ni con su lenguaje; pensaré que su modo de vestir es ridículo, grosero, zafio o amanerado, según como venga la moda; no sabré reírme con ellos; les diré que no chillen tanto, que no soy sordo, y me sorprenderé a mí mismo hablándoles a gritos o mirándolos con desprecio.

Tal vez diga entonces la consabida frase:

—No sé hasta dónde vamos a llegar.

Cuando eso ocurra, tratadme con afecto, por favor; comunicadme que he terminado mi trabajo en este mundo y que debo ir encargando el ataúd.



jueves, 7 de mayo de 2009

El funeral por Eusebio

Son casi las once de la noche, pero no quiero dejar pasar las horas sin escribir algo sobre el Funeral que hemos celebrado por el eterno descanso de Eusebio en la Iglesia del Espíritu Santo.

Hace muchos años que no veía la iglesia tan abarrotada, y, sin embargo, nunca perdí la conciencia de estar en familia. Allí estaba todo mi viejo colegio de Aldeafuente: antiguas alumnas de distintas promociones, profesoras de ahora y de antes, padres, maridos de mis chicas. A algunos los conozco bien porque casi les di el "visto bueno" para celebrar su boda.

Antes de terminar la Santa Misa les recordé una pequeña anécdota. Cuando publiqué la primera edición de "el belén que puso Dios", puse en la dedicatoria: "a las antiguas alumnas, para que no os vayáis muy lejos". El sentido era claro: para que no os alejéis de lo que habéis recibido en el cole y para que volváis a vuestro viejo cura de vez en cuando. Pero hubo una errata: en lugar de poner "para que no os vayáis muy lejos", los duendes de la imprenta suprimieron el "os" y quedó así: "para que no vayáis muy lejos".

Me llevé un enorme disgusto. Ese sencillo pronombre, en mi opinión, cambiaba completamente el sentido de la frase: "no ir muy lejos", significa no progresar, no alcanzar metas ambiciosas. No sé si mi interpretación era exacta, pero me llevé un berrinche. Gracias a Dios la primera edición del libro se agotó en una semana, y resolvimos el problema (o mi neurosis) en la segunda.

Hoy, al ver a tantas antiguas arropando a las hijas de Eusebio, me he sentido feliz y hasta orgulloso. Me he conmovido como ellas y he dejado que el corazón hablase sin freno en la homilía.

Al terminar, los abrazos y besos convirtieron el funeral en una fiesta de la que participamos todos. También Eusebio, que está feliz en el Cielo.


miércoles, 31 de diciembre de 2008

Amanece


¿Por qué llamamos Nochevieja a la última noche del año? Las noches son siempre nuevas. Sólo nosotros envejecemos. Quizá sea porque cuesta arrancar esta hoja del calendario; querríamos prolongar la noche, envejecerla un poco o hacerla eterna para que no termine.

Nunca he sido trasnochador. “Yo soy un hombre de la madrugada/comprometido con la luz primera”, escribió Rafael Alberti. También yo prefiero el amanecer y tengo una cita cada día con la primera luz del sol. Ahora mismo, en Solavieya, agradezco el privilegio de poder descubrir desde el balcón de mi cuarto cómo despunta detrás de los montes.

Por tanto, no contéis conmigo a las 12 de la noche. No tomaré las uvas, que es un rito respetable y divertido con cierto sabor pagano. A esa hora lucharé con el sueño para celebrar la Santa Misa en la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Es la fiesta de la Virgen más importante del calendario litúrgico, y es justo empezar el año con Ella.

¿Propósitos? Sí, soy partidario de hacer pequeños propósitos; algo de eso escribí hace meses; pero hoy prefiero hablar de deseos. Al llegar la Nochevieja, ¿por qué no recordar las ambiciones grandes, aquellas metas enormes, incluso utópicas, que parecían perdidas en el fondo de la memoria, pero sólo están un poco apolilladas? El año nuevo invita a levantar la vista y a soñar como soñábamos antes, cuando el futuro era un reto y no una amenaza; cuando el porvenir aparecía sembrado de promesas.

Pienso que en un día como hoy todos deberíamos elevar el punto de mira del arco sin miedo a lanzar la flecha demasiado alta o demasiado lejos. Los propósitos pequeños a veces desaniman, cuando comprobamos que no hemos sido capaces de ponerlos en práctica aun siendo tan sencillos. Los deseos grandes, en cambio, nunca nos harán sentir la amargura del fracaso. Habrá derrotas, desde luego, pero ya estaban previstas. Lo verdaderamente importante es mantener erguida la cabeza y la vista en la diana.

El que no se cansa de mirar a lo alto descubre que Dios también amanece cada día para decirnos que Él hará realidad nuestros afanes más grandes, incluso el deseo ser santos, que es la aspiración más descabellada.

Ya nace el día 31. Son las siete y cuarto de la mañana y aún falta una hora para que el sol aparezca en el horizonte. Dicen los pronósticos que lloverá en Asturias, pero supongo que eso ocurrirá el año que viene. Ahora hay estrellas en el cielo.


sábado, 20 de septiembre de 2008

Il cuore si stanca



Ayer recordé lo que me dijo hace casi treinta años un obispo italiano cariñoso y charlatán: que el corazón también se cansa.

Conversábamos junto a la fachada neoclásica de la Catedral de Albano, una las diócesis de los Castelli Romani al Sur de Roma, y cuando me dijo eso, me escandalicé un poco. Le contesté que lo que agota realmente es el egoísmo. Él entonces se apresuró a darme la razón diciendo que de acuerdo, de acuerdo, que el egoísmo es mucho peor, pero...,

-Por la vida del sacerdote pasan muchas vidas y ninguna se va sin dejar huella, a veces una herida. Cuando estás en el confesonario, o fuera de él, después de escuchar, de consolar a tantas personas, a veces terminamos muy cansados. No es un cansancio físico; es il cuore che si stanca, el corazón, que no puede más.

Con el paso del tiempo he ido viendo más claro que tenía razón. También yo algunas noches vuelvo a casa con el corazón hecho un lío; roto por las penas que me contaron y eufórico por otras tantas alegrías; golpeado por disgustos, tragedias y muertes, pero también esperanzado, con el consuelo de saber que puedo ayudar y debo hacerlo.

Las vidas que pasan a mi lado exigen que me implique por completo, que no sea sólo médico, ni sólo maestro, ni sólo juez. Ante todo amigo, como Jesús lo fue.

No sé si esto es un "pensiero" o un desahogo. Sea lo que fuere, anoto que el corazón se cansa, que a veces también es duro ser cura.

Y sin embargo ninguna otra cosa vale tanto la pena. Por eso el corazón no se rinde.

Y el paracetamol ayuda.

PD. Ayer, por la tarde, bauticé a Pablo. Mañana, después de bautizar a Marco, os lo cuento todo.