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domingo, 9 de agosto de 2015

El superhéroe

Antes de salir de casa, el superhéroe tomó precauciones para la batalla contra el mal. Cogió una cámara de fotos y una filmadora; la pequeña linterna que tan buenos servicios le había prestado en otras ocasiones; un mapa de la zona y otro del Planeta entero, por si las moscas; un escáner de códigos de barras; un cronógrafo digital y un reloj mundial, indispensable para conocer en tiempo real la hora de Sidney, Calcuta y San Francisco; Con todo eso, la brújula, la guía de teléfonos y el localizador por satélite se sintió casi seguro.
Como nunca sabía con exactitud lo que iba a pasar ni el tiempo que duraría cada misión, se cargó a las espaldas una buena biblioteca de autores clásicos y modernos, juegos de mesa y música, mucha música, por si se alargaba la espera…
El superhéroe se llama José Alberto, es funcionario municipal y llevaba todo ese peso en el bolsillo superior de la camisa, a la altura del corazón. Él lo llama poéticamente "mi móvil" y le sirve incluso para hablar por teléfono.

sábado, 4 de enero de 2014

La burbuja


Salió a la superficie por la mañana. Asomó el hocico y exploró los alrededores con su fino olfato. No detectó nada especial. Nada. El aire era frío e insípido, muy diferente al ambiente cálido y sabroso del interior.
A pesar de todo se aventuró a caminar unos pasos. ¡Qué extraño!: el techo era azul y parecía tan lejano y luminoso que casi no podía mirarlo. Todo era enorme. Se sentía desnudo en medio de aquel vacío; pero, por un instante, sintió la tentación de explorar los alrededores.
Oyó unos pasos. Eran dos hombres gigantescos que reían a carcajadas. ¿De qué se reían? En su pequeño túnel nadie reía jamás. Él sabía que la lucha por la vida es algo muy serio. Había que pelear, morder, gruñir… 
No aguantó mucho tiempo. Pocos segundos después entró en su cueva resoplando.
―¿Se puede saber de dónde vienes?
―He salido un momento a ver…
Su padre hizo un gesto de desagrado.
―No vuelvas a hacerlo nunca más. ¿Me entiendes? Eres una rata, un noble roedor como tus veintisiete hermanos, y tu sitio está aquí. Lo único real es la basura. Aquí naciste y aquí debes vivir hasta que te pudras y sirvas de alimento a tus enemigos. No hay mejor aroma que el que ahora respiras ni mejor pitanza que los excrementos que van llegando.
―Pues a mí me ha parecido que allí fuera están contentos.
―Todo es mentira, Miguel. Viven engañados dentro de una burbuja de cristal.  No les envidies. Pobre gente.


jueves, 23 de julio de 2009

El edificio invisible


—Nos hemos fijado en usted porque necesitamos un profesional de experiencia capaz de proyectar un edificio muy especial.

El veterano arquitecto se dispuso a tomar nota de las exigencias de sus clientes. Eran tres; tres jóvenes ejecutivos encorbatados, que se quitaban la palabra el uno al otro:

—Necesitamos algo muy discreto, nada llamativo.

—Gris, que sea gris.

—Es más, tan poco relevante que nadie note su presencia.

—Sin gracia, sin signos llamativos, plano…

El arquitecto levantó la vista:

—¿Quieren un edificio transparente?

—Invisible. Sí, esa sería la palabra. Que no llame la atención por nada: ni por su belleza ni por su mal gusto; que nadie lo recuerde jamás. Los que pasen por delante tienen que olvidarlo un minuto más tarde.

—Que no se vea desde las casas cercanas —apostilló otro—. Los vecinos no deben tener vistas al edificio. Podrían acusarnos de bajar el precio de los pisos contiguos y de crear traumas a la población infantil.

—No lo entiendo. ¿Por qué iban a bajar los precios? ¿Qué clase de edificio pretenden que construya?

El ejecutivo más anciano bajó la voz hasta convertirá en un susurro:

—Un tanatorio.

* * *
Ayer estuve allí otra vez y tuve una interesante conversación con un niño de 12 años, pero hoy no tengo tiempo de contarla.