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lunes, 16 de noviembre de 2009

Usar y Tirar



Todo empezó cuando apareció el BIC, no me cabe duda. Hasta entonces escribíamos a lápiz, a pluma o a bolígrafo, pero no era lo mismo. El lápiz se consumía poco a poco a golpe de sacapuntas y, cuando quedaba reducido a la mínima expresión, le colocábamos en la popa una prótesis metálica para alargarlo y así aprovechar la mina hasta el final. La pluma (me refiero a la estilográfica, no me remontaré a las viejas plumillas de mojar) se llenaba en el tintero apretando y soltando el cargador que absorbía el azul elemento. Y el bolígrafo, que llegó en los años 50 con librea de lujo, capuchón dorado y cuerpo de baquelita lustrosa, se presentaba a sí mismo como “una pluma que no se carga”; bastaba con sustituir una vez al año el tubito del interior.

Así vivíamos felices hasta que llegó el BIC de usar y tirar. “¡BIC naranja escribe fino; BIC cristal escribe normal!”, cantaba la publicidad de la época. Y como eran baratos, interclasistas y fáciles de morder por la punta, reventaron el mercado en cuatro días. Jubilamos los tinteros, los secantes, los sacapuntas y los “alargalápices”. Los BIC se compraban, se prestaban, se robaban, se olvidaban… y nos cambiaron la vida.

Lo mismo ocurrió con los encendedores. En los años 60 el mechero era expresión del nivel social y buen gusto de quien lo poseía. Los más rústicos manejábamos unos chisqueros que apestaban a gasolina con plomo y ardían sin moderación con humo y todo. Pero también había mecheros de oro, de diseño, muy adecuados para encender galantemente el pitillo emboquillado de una dama en cualquier fiesta de alto standing, cuando fumar aún no era pecado. Hasta que llegó el BIC: un artilugio de plástico lleno de gasolina súper, con una rueda, una piedra y un regulador de la llama, y aquel ingenio elemental derrotó a la competencia en pocos meses. Entró en los despachos de los banqueros para encender montecristos, y bajó a los tugurios para prender las colillas de los menesterosos.

La revolución BIC nos transportó a un estado de euforia patológica. Fuimos poseídos por el síndrome orgiástico del estreno permanente. ¿Qué importa que el encendedor sea de plástico, si podemos inaugurar uno cada veinte días? Ayer era rojo, hoy amarillo, mañana azul celeste. ¡Viva la novedad! Ya nadie presume de llevar en el bolsillo un reloj de principio de siglo con más cicatrices que un torero, que sigue funcionando como si nada y toca las campanadas del Big Ben. Ya no nos apetec e escribir cartas de amor con la pluma —experta en amores— que nos legó el abuelo. Ya no encuadernamos los libros viejos para conservarlos por generaciones. Ya no mandamos a limpiar o a reparar las maquinas averiadas.

Pronto comprendieron los fabricantes que a nadie le interesa tener en casa algo que dure “toda la vida”. ¿Quién necesita un ordenador eterno? ¿O una tele? Hay que renovar y renovarse sin freno. Hace tiempo que desapareció de los hogares aquel entrañable huevo de madera que utilizaban nuestras abuelas para zurcir calcetines. Los calcetines se usan y se tiran; eso es lo correcto. Ya lo dice IKEA: redecora tu vida, tío, que lo nuevo es bello y la arruga cutre. Tira a la basura lo viejo. O mejor, recicla. No hay bienes de uso. Sólo de consumo.

Y si un día, al mirarte por la mañana en el espejo, compruebas que tú también estás listo para el recicle o para el camión de la basura, disimula, que la cosa es grave: pínchate un poco de botox por aquí, otro poco por allá, y a resistir como un héroe: que nadie sospeche que tienes cien años, porque, para la generación de usar y tirar, los viejos son trastos rotos sin valor.

Sin embargo Su experiencia los hace sabios, y esa sabiduría es parte de su belleza. He dicho belleza, sí; no me he equivocado. No pidamos a los viejos que sean “marchosos” y “enrollados”. Que no hagan el ridículo, por Dios; que no caigan en la tentación de quitarse años, porque los años son parte importante de un patrimonio que nos pertenece a todos.

Este mundo nuestro necesita sosiego, calma, silencio, paz. Reclama la sabiduría de los viejos para que el vértigo de lo nuevo no nos haga morir de inmadurez.

sábado, 24 de octubre de 2009

El equipaje




Cuando llega noviembre -faltan sólo 7 días- la Iglesia nos invita a perder el miedo y asomarnos al otro lado del muro. En el mes de los difuntos, hay que romper el tabú y pensar en la vida eterna. ¿Podré atreverme yo también a escribir aquí sobre la muerte?

Frente a la pantalla del ordenador, me ha venido a la memoria un episodio del mes de enero de 1970, cuando acababa de estrenar mi sacerdocio y me pidieron que fuese a ver a un enfermo.

—Le quedan pocos días de vida —me dijo su mujer—.

Yo nunca había atendido a un moribundo. Así que cogí un ritual romano, los santos óleos, un par de libros, un crucifijo, el rosario, agua bendita, la estola…, qué sé yo. Al llegar, me encontré un hombre de cincuenta y tantos años, destruido por la enfermedad, que sin embargo sonreía.

—Me estoy muriendo —dijo como quien certifica un hecho banal—, ya me han dado los sacramentos y ahora necesito que me hable del Paraíso. Mi mujer y mis hijos se empeñan en que no piense en eso. Dicen que me quite los pájaros negros de la cabeza y no comprenden que toda mi esperanza está al otro lado de esa puerta. Es lo único que me importa.

Con la torpeza propia del caso, le hablé de Dios y de la Gloria quizá durante treinta o cuarenta minutos. Fuera de la habitación, sus parientes se impacientaban por mi tardanza, pero el enfermo no tenía prisa:

—Que esperen. Así pensarán que tengo que contarle muchos pecados. Usted siga, por favor.

Al principio mis consideraciones fueron, quizá, demasiado teológicas…, teóricas quiero decir; y mi amigo necesitaba que concretase más, que le explicase qué se iba a encontrar allí.

—Mire, padre, estos días he tratado de reconstruir cada año de mi vida, pero tengo muy poca memoria. Hay décadas enteras en blanco. Estoy haciendo el equipaje y quiero meter en la maleta todo lo bueno de mi vida. No me refiero a lo que he hecho yo, que es poco, sino a esos momentos que me han hecho feliz: los cumpleaños, las bodas, los días de sol en la playa, los juegos… ¿Podré guardar todo eso en un estuche y llevármelo al Cielo?

Como es natural no respondo de que éstas fuesen sus palabras, pero me conmovió aquel modo de decir algo que es una verdad de fe…, y de cajón. Sí, la felicidad del Cielo no está hecha de una pasta diferente a la nuestra: las alegrías de la tierra, el amor, la bondad, la belleza, nos las encontraremos al otro lado, limpias, transfiguradas, sin sombra de tristeza, pero auténticas, con el sabor entrañable de los mejores recuerdos.

Hace unos meses, un gran poeta-amigo falleció en Madrid bien dispuesto para dar el salto al Cielo. Se llamaba Pedro Antonio Urbina, y un par de años antes me dedicó este poema, que ya he aprendido de memoria:

“Estos brillos de anuncios y de luces,/ estos pasos fugaces de los coches/ elijo:/ que empiezo ya a ordenar todas mis cosas, /las que quiero tener allí en tu casa./ Y elijo el agua con las hierbas verdes,/ las mañanas de mayo con sus flores,/ los montes lejos y el azul muy alto, /el aire,/ la música que suena entre los chopos;/ aquella tarde en que reímos tanto,/ las baldosas de casa de la abuela,/ ésas que eran un mar entre los muebles,/ y te veía./ ¡Y elijo todo!, porque no me acuerdo/ y temo dejar algo en el olvido;/ y a mis amigos llévalos a casa/ contigo.”

También el poeta, como mi primer moribundo, preparaba sin pena su equipaje para el Cielo.

Pensar en la muerte es empezar a llenar la maleta de buenas obras; pero no sólo: también de momentos felices, de la belleza encontrada, de las luces y los colores que nos fascinaron, de la ternura sentida y entregada… En esa maleta encontrarán sitio los versos casi olvidados, aquél que no logramos terminar, porque se nos resistía la última palabra. Y la música que nos conmovió. Y las sonrisas… Sí, yo quiero llevarme al Cielo un cargamento de sonrisas.

Pensar en la muerte no es tan duro. Claro que hay que sacar la maleta del armario y limpiarla bien; quitar la basura que hemos ido acumulando con los años y dejar espacio para que Dios la llene con sus recuerdos y los nuestros. Veremos entonces que el equipaje es enorme y bellísimo.

Y no pesa nada.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Carta a don Jesús

Desde hace casi veinte años escribo todos los meses un artículo en "Mundo Cristiano", la revista que fundó y dirigió durante décadas don Jesús Urteaga. Como sabéis don Jesús falleció el pasado 30 de agosto, cuando estaba a punto de salir a la calle el número de septiembre de la revista.

Para octubre, MC pr
epara algo especial y me han sugerido que me una al homenaje a don Jesús. Yo, sin dudarlo un instante, he redactado una carta demasiado larga para que vuele hasta el Cielo al encuentro de mi cura.

A don Jesús le gustaba leernos aquel poema de San Juan de la Cruz que comienza así: tras de un amoroso lance,/ y no de esperanza falto,/ volé tan alto, tan alto,/ que le di a la caza alcance.

El poeta habla del alma que alcanza a Dios y lo atrapa como el halcón a su presa. Aquí, en Molinoviejo, tengo a la vista un viejo repostero que habla de esa
"caza" definitiva.

También yo quisiera estar allí con estas letras.
Querido don Jesús....

ya sé que no es costumbre tratar de usted a los que están en el Cielo; pero me resulta imposible expropiarle el “don” a estas alturas. Tenga en cuenta que usted fue el primer cura de mi cole y yo sólo tenía 11 años cuando le conocí en Gaztelueta.

¿Se acuerda? Era un profesor la mar de serio en clase y un bromista lleno de imaginación y talento cuando jugaba con nosotros fuera del aula. Ahora lo veo dirigiendo un sorprendente concurso de preguntas descabelladas y respuestas sin sentido que usted premiaba con caramelos. Al terminar sacó del bolsillo una máquina fotográfica diminuta y la subastó. El que más caramelos devolviese se la quedaba. Total, que recuperó el paquete entero y los caramelos sirvieron para otra sesión.

Sin embargo, el recuerdo más vivo me lleva a la pequeña capilla del colegio, cuando nos predicaba en pie, junto al Sagrario. ¿Dónde aprendió a hablar así a los niños y al Señor al mismo tiempo? Yo he tratado de imitarle muchas veces, pero, la verdad, no hay color.

Un día nos trajo un regalo: mientras hablaba, fue desempaquetando un borrico de loza con su cabezota sumergida en un libro de latín. Nos dijo que nos lo enviaba un sacerdote muy bueno, que vivía en Roma, que se llamaba Josemaría Escrivá y que quería mucho a los alumnos de Gaztelueta. Y, mientras nos reíamos contemplando el burro, nos habló del estudio, de ser como aquel animal de largas orejas o como el que mueve la noria y hace posible la lozanía del jardín.

Por entonces yo le profesaba una admiración sin límites. Pensaba que era una especie de mago con poderes, capaz incluso de leerme el pensamiento. Luego he comprendido que adivinar lo que piensa un chiquillo no es tan difícil. Basta con tomárselo en serio, escucharle y quererlo con corazón de padre, de madre y de abuelo. Usted nos quería así, don Jesús, y nos enseñó que ser sinceros era mucho más que no decir mentiras: se trataba de “soltar el sapo”, de ser transparentes delante de Dios.

Hace dos o tres años traté de decirle estas cosas, pero no me dejó. Alegaba que no tenía memoria y que yo era un cuentista. Ahora no tiene más remedio que darme la razón. Así que siga leyendo y no se le ocurra cortarme, que voy lanzado.

Desde que se nos fue al Cielo el último domingo de agosto, han aparecido muchos artículos en la prensa. Todos recuerdan que fue usted “el cura de la tele”, que recibió premios por su gran talento como comunicador. Hablan de su personalidad arrolladora, de su capacidad de liderazgo, de sus dotes de predicador, de su pluma incisiva, de sus libros editados en medio mundo… Sin embargo mi espacio es limitado y debo ir a lo esencial. Y lo esencial es, por supuesto, su enorme corazón de sacerdote.

* * *
Tenía yo 12 años cuando me rompí la cabeza. No fui a la UVI porque entonces no existían esas modernidades. En estos casos, lo previsto era ingresar directamente en la tumba. Yo, en la Clínica del doctor San Sebastián, me moría a chorros cuando llegó usted.

Se sentó junto a mi cama, me dio la extremaunción y la absolución. Luego me fue repitiendo jaculatorias al oído que, a pesar de estar en coma, pude oír con toda claridad. No sé cuánto tiempo estuvo así; quizá toda la tarde. Por la noche, yo aún seguía en este mundo; pero mis padres estaban destrozados. Entonces agarró del brazo a mi padre y le dijo:

—Manolo, vamos a charlar.

Entraron en una salita; introdujo la mano en el insondable bolsillo de su sotana, y sacó…, una botella de coñac. Mi padre recuperó el ánimo gracias a un par de copas y a sus palabras. Hasta pudo dormir unas horas. Usted también durmió, don Jesús, pero en el suelo de otra habitación. Trató de que nadie se enterara, pero mi padre lo descubrió a media noche.

Cuando me hablan del espíritu sacerdotal siempre recuerdo esta historia. Ser cura es eso: vivir en el Cielo sin despegarse un milímetro de la tierra; ser muy de Dios y tener un corazón tan grande, humano, sobrenatural, acogedor y generoso como el propio Corazón de Jesucristo.

Pasaron los años. Yo me ordené sacerdote y, naturalmente, le pedí que predicara en mi Primera Misa Solemne. Luego me admitió en su “Mundo Cristiano” y me ha dejado pensar por libre durante los últimos 18 años. Y seguí leyendo sus libros y su vida. Porque, querido don Jesús, la vida de un sacerdote santo es siempre mucho más elocuente que todos los escritos y programas de televisión.

Una virtud más. Sólo una: su total disponibilidad para cualquier tarea que le encargaran. Madrid es una ciudad grande y compleja en la que lo ordinario es que surjan problemas inesperados que hay que resolver con urgencia. Muchas veces es preciso contar con un sacerdote todoterreno que sirva lo mismo para un roto que para un descosido. Es cierto que todos procuramos arrimar el hombro, pero, al final, el que siempre podía, el que no tenía horario, el que encontraba un hueco era usted.

Voy a terminar recordando nuestra última estancia en Molinoviejo, la casa de retiros de Segovia donde escribió en menos de un mes “El Valor divino de lo humano”.

Estaba usted ya muy limitado. Apenas podía caminar. Se habían borrado casi todos los nombres de su memoria, aunque no de su corazón. Nos pidió que le escribiéramos el horario en un folio con letra bien grande y clara, de ordenador. Lo llevó siempre encima y, cada vez que me veía, preguntaba:

—¿Qué hago ahora? ¿Qué toca?

Tenía razón, don Jesús; la santidad se resume en hacer en cada momento lo que toca. Ahora “le toca” gozar de Dios para siempre y acordarse de nosotros para que seamos dignos de estar un día a su lado.





En Gaztelueta con José Luis González-Simancas

domingo, 6 de septiembre de 2009

El hombre-anuncio


Hace algún tiempo el Ayuntamiento de Madrid prohibió los hombres-anuncio. Hubo cierta polémica en la prensa y no sé en qué quedó la cosa, pero las autoridades alegaban que semejante oficio atenta contra la dignidad humana. O sea, que es denigrante salir a la calle con un cartel en la proa y otro en la popa para hacer propaganda de un desodorante.

Sin embargo, los hombres-anuncio siguen existiendo, al menos en la radio. El más conocido se llama Ramiro y acaba de recibir un premio. Yo, en cuanto que oigo su voz, procuro cambiar de emisora.

No es que le tenga manía; al contrario, pero es que Ramiro abre la boca sólo para hacer publicidad. Su técnica es muy simple: hábilmente entrevistado por un profesional del medio, dedica un buen rato a exponer lleno de pasión las cualidades del producto publicitado. A los pocos minutos uno se convence de que quien nos habla porta en su muñeca la pulsera anti-estrés con piedras semipreciosas, que “según las ancestrales culturas orientales, representan estados de ánimo y comportamientos del ser humano; el jade amarillo produce relajación, la malaquita aumenta la autoestima; los ojos de tigre desarrollan la creatividad; el coral da armonía y paz interior a quien lo posee; el lapislázuli cura el estrés, y la madreperla te convierte en un ser afectuoso con tu cónyuge.

Esta mañana iba yo de viaje, y he tenido que tragarme su apasionada apología del Eco-fuel 21, un aparato que permite ahorrar hasta un veinte por ciento de combustible si uno lo instala en el coche. Según Ramiro, no hace falta saber nada de motores para acoplarlo, es pequeño como un encendedor, y, por supuesto, es el resultado de “la investigación tecnológica más avanzada”.

Cambié de emisora, pero fue inútil. Allí estaba de nuevo Ramiro para recomendarme un “entrenador personal electrónico a pilas”, pequeño como una cajetilla de tabaco. Se llama Nano Gym, y es “un revolucionario sistema de electroestimulación ultra-rápida, con el que conseguiré en pocas semanas el cuerpo que siempre he deseado”. Todo gracias a la tecnología Fitness-wi-fi.

Ahora, mientras escribo, me avergüenzo de haberme dejado seducir durante unos minutos por esta increíble palabrería. De verdad que pensé en comprarme el eco-fuel e incluso me tentó la pulserita de marras. El nano-gym no, porque uno ya no está para hacer exhibiciones anatómicas.

Apagué la radio y Kloster me preguntó:

—En tu opinión ¿cuál es el secreto de Ramiro?

—Supongo que su compromiso personal con aquello que anuncia. Se diría que escuchamos al creador de los productos y no a simple un empleado de la empresa.

—Es mucho más que eso —apostilló mi amigo—: Ramiro cree realmente en lo que dice. Éste es su secreto. Lo mismo le ocurría a Rodríguez de la Fuente cuando hablaba del águila real o de la cabra hispánica. No se limitaba a transmitir unos conocimientos; se entregaba por completo a los oyentes, porque su mensaje era su propia vida.

—Sin embargo utilizaba trucos cinematográficos…

—Eso es lo de menos. La verdad y la mentira no estaban en las imágenes, sino en las palabras, en el entusiasmo sincero del comunicador. Por eso le creíamos. Hablaba como un apóstol o como un profeta. Ramiro hace exactamente lo mismo.

Aquí Kloster hizo una pausa y se volvió hacia mí con su dedo acusador.

—Y ahora, amigo mío, quiero darte un consejo. En este año dedicado a los sacerdotes, los curas deberíais tratar ser hombres-anuncio y sólo anuncio, a todos los efectos. O sea, sacerdotes a jornada completa, en la fachada, en los gestos, en las palabras; no simples transmisores de un mensaje. Debéis creer en ese mensaje, identificaros con él y contagiarlo con la elocuencia de vuestra vida, no con vuestra discutible verborrea.
Como casi siempre, Kloster tenía razón.

Paramos en una gasolinera. Escribí este artículo y mientras mi amigo compraba patatas fritas, lo abandoné como se abandona a una mascota incómoda.















viernes, 29 de mayo de 2009

Niños y animalitos

¿Cómo se explica que en tantos países el aprecio creciente por la vida animal o vegetal vaya unido al desprecio igualmente creciente por la vida humana?

(Así terminaba el artículo de Alejandro Navas que publiqué ayer)

¿Cómo se explica?

No creo, querido profesor, que haya un creciente aprecio de la vida animal y un desprecio también creciente a la vida humana. En mi opinión, aprecios y desprecios se reparten por igual en este asunto. Hay ancianas que aman a sus gatitos, sí; les besan el hociquito y los llaman mi pichurrín, pero también los esterilizan sin pedir su consentimiento y permiten que los “eutanasien” cuando llega el momento de quitárselos de encima.

Por otra parte, no puede negarse que el aprecio a la vida humana ha aumentado en algunos casos. Por ejemplo, a los bebés del siglo XXI se les mima, se les llena de juguetes y se les besuquea más que nunca, casi casi como si fueran animalitos domésticos.

El quid de la cuestión está en que esta Europa nuestra, laica, hedonista y desnortada, empieza a no distinguir entre niños y mascotas, entre humanos y bestias. Es lógico: romper con la filosofía griega, con el viejo derecho Romano y con las propias raíces cristianas tiene malas consecuencias: si el espíritu no existe, si el alma humana inmortal es sólo un sueño del platonismo; si el hombre no tiene una dimensión trascendente a la materia, ¿dónde haremos radicar su dignidad?

La respuesta que uno oye a todas horas en las cátedras de lo políticamente correcto es ésta: en los sentimientos.

¿El perrito tiene sentimientos? Pues entonces es titular de derechos. ¿La foquita se conmueve cuando la acariciamos? Hagamos un estatuto de la dignidad focal. ¿El gran simio tiene una mirada dulce y sabe utilizar el garrote como los mozos de mi pueblo…? ¡Viva el gran simio!

Por la misma razón, un bebé que sonríe cuando le rascamos la barriguita y se parece a su papá biológico y produce nobles sentimientos de ternura, será sujeto de todos los derechos habidos y por haber; que nadie le dé un cachete, que lo encarcelo. Pero si aún no tiene sentimientos porque está en el vientre de su madre, lo llamamos feto y santas pascuas. Y si el viejito ha dejado de ser un entrañable abuelete y se ha convertido en un amasijo de huesos conectado a una máquina, lo tratamos como a una mascota rota. Y al hoyo.

—Yo no como nada que tenga cara, dijo una quinceañera a su madre hace muchos años al ver en la fuente el patético espectáculo de gran una pescadilla que se mordía la cola.

Seguramente lo había leído en algún sitio, pero a su madre le impresionó tanto, que, desde entonces, cambió el régimen de comidas de su casa. ¡Cómo podemos devorar a un ser que tuvo sentimientos como nosotros!

Concluyo: lo que cuenta Alejandro Navas en su artículo de ayer sobre el trato que dan en Suiza a los animales no me extraña lo más mínimo. Sólo me pregunto qué ocurrirá cuando se demuestre que también los tomates, las lechugas y los pimientos de padrón tienen sentimientos.

Yo hace años cultivé una sandía en Valencia. La mimé tanto que incluso le cantaba nanas para dormir. Estoy seguro que fue un amor correspondido.

Cuando maduró no pude comérmela.


viernes, 15 de mayo de 2009

El Papa



Tiene ochenta y dos años. Hace sólo cuatro pensó que le había llegado la hora de regresar a su tierra: una vida larga como la suya, de trabajo intenso y fecundo, merecía un retiro confortable. Sin embargo le pidieron que se encerrase hasta el día de su muerte en aquel vistoso e incómodo apartamento de la Plaza de San Pedro, y él obedeció.

Siempre amó el arte y en particular la música. Le gustaba descansar de sus jornadas de estudio tocando el piano al anochecer. Sin embargo, desde aquel día, ha debido emplear todo su tiempo y sus energías en escuchar, predicar, escribir y tomar decisiones para el buen gobierno de la Iglesia. Sigue siendo un maestro, pero su Magisterio ahora se escribe con mayúscula porque ya no es sólo suyo: es la voz de Pedro.

Cambió de nombre, de vestido, de rutinas. Mientras se enfundaba por primera vez la sotana blanca, quizá pensó en las mil pequeñas renuncias que, al final, suelen ser las más difíciles de asumir: pasear por la calle, contemplar a los niños en el parque, ver escaparates, tomar el autobús, sentarse en una sala de espera, reírse con los amigos, comprarse un capricho en el mercado, curiosear en una librería, tomar café en la terraza del bar...

Él ha recordado muchas veces las palabras que Jesús dirigió a San Pedro: “cuando eras joven, te ceñías tú mismo e ibas a donde querías; pero cuando envejezcas extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. Y ha renunciado, por amor y obediencia, a ese mínimo espacio de autonomía personal que todos reivindicamos como expresión de la propia dignidad.

Nada más ser elegido, recorrió a pie unos pocos metros para recuperar de su viejo apartamento algunos libros y, quizá, otros enseres personales. Aquel paseo, tan corriente, fue la noticia del día: ¡el Papa camina por la plaza de San Pedro! Poco después, en una reunión de obispos, se le escapó a micrófono abierto que tenía cita con el dentista. Y de nuevo, los titulares: ¡el Papa va al dentista!

Es un anciano callado y discreto. Dijeron incluso que tímido; pero está en un escaparate permanente. Sabe que muchos juzgan con severidad sus palabras y sus silencios, que no puede siquiera bostezar o estornudar con demasiado ímpetu; que le insultan sus enemigos y no siempre le defienden sus presuntos amigos. Un antiguo fraile escribió que era ambicioso, que, por encima de todo, amaba el poder y la gloria; que quería ser Papa a toda costa.

¡Es tan fácil insultarle! Él no se querella ni denuncia a los que lo calumnian. Ni siquiera tiene derecho a responder con la misma moneda. Un Papa no puede recurrir a la ironía o al sarcasmo para ridiculizar a sus adversarios o burlarse de su estupidez, tan evidente muchas veces. Lo suyo es callar y sonreír, sonreír siempre. Y para que esa sonrisa sea sincera, ha aprendido a comprender, a disculpar, a perdonar, a olvidar los agravios. Esto no le costó mucho: Dios, nuestro Señor, le había dilatado ya el corazón cuando asumió el Sumo Pontificado. Desde la cruz es fácil abrazar, como Cristo, con los brazos extendidos, a toda la humanidad.

Es uno de los intelectuales más sólidos y brillantes de esta vieja Europa en la que ser intelectual no significa casi nada; pero, desde el primer día, han tratado de ridiculizar su pensamiento a base de etiquetas simplonas. Y lo han comparado con Juan Pablo II. Aquél sí que era bueno. Para el laicismo, el mejor Papa siempre es el anterior, el muerto.

Hoy regresa de Tierra Santa. En Jordania e Israel ha recibido el afecto de millares de personas. El viaje —leo— “ha sido todo un éxito desde el punto de vista diplomático”. Sin embargo, no han faltado los odios enquistados, las críticas miserables de los que pretenden hacerle cómplice de sus bajezas.

Este anciano de 82 años ha desplegado una actividad agotadora. Ha hablado con ricos y pobres, con hebreos, cristianos y musulmanes. Y su Magisterio ha sido admirable.

Jesús, antes de padecer advirtió a Simón Pedro:

—“Satanás os ha reclamado para cribaros como el trigo; pero yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca. Tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos”.

martes, 14 de abril de 2009

La trampa de los 16


—No te alarmes, colega —me dijo Kloster hace unos días—; no es preciso que salgas huyendo del país. Créeme, las niñas de 16 años no abortarán sin pedir permiso a papá. ¡Cómo va a consentir nuestro gobierno semejante despropósito! Para matar a un niño hay que ser mayor de edad o, al menos, que el abuelo sea cómplice de la faena. Nuestros amados líderes promoverán el aborto en familia, o sea con más implicados. La futura ley, ya lo verás, dejará claro que es preciso contar, al menos, con cuatro personas y media: una chica engañada, un cirujano sin escrúpulos, un abuelo que pague la factura, un psicólogo para anestesiar la conciencia de la mamá y un cadáver tan pequeño, tan pequeño que casi no parezca cadáver.

Kloster no suele bromear con estas cosas y yo tampoco. O sea, que con su peculiar facundia hablaba muy en serio y supongo que tiene razón. Luego, me reveló lo que él llama “la trampa”.

—Supongamos —y por desgracia no es mucho suponer— que dentro de un año o dos el gobierno de turno decide legalizar el suicidio asistido. La “hoja de ruta” será más o menos ésta:

Primero se filtra un rumor-sonda a la prensa amiga: “el gobierno está dispuesto a regular por ley el derecho a morir dignamente”. Es muy importante elegir bien las palabras: “derecho” y “dignidad” son vocablos hipnóticos muy adecuados para el caso. Conviene repetirlos para que vaya calando en el personal la idea de que uno tiene “derecho” a terminar con su existencia por las bravas y que, para conservar la propia dignidad, nada mejor que decidir el día y la hora del deceso.

A continuación se busca un caso límite; una de esas historias que conmueven a todos; se manipula convenientemente y se hace una peli bien subvencionada por el Ministerio de la cosa. Por último, se pregona que la ley no atentará contra nadie, ya que a nadie se le obligará a suicidarse. Sin embargo bastará con que el suicida tenga 16 años y firme la solicitud adjuntando el DNI, para proceder a la interrupción voluntaria de su miserable vida con cargo de la seguridad social, o sea, con todas las garantías higiénico-sanitarias.

Es previsible que la opinión pública reaccione con estupor y que las organizaciones defensoras de la vida salgan a la calle. La Plaza de Colón volverá a llenarse de ciudadanos: dos millones según los organizadores y varios centenares según el cuerpo de bomberos. Da igual. Lo malo sería que cayéramos una vez más en la trampa.

Y es que el ministro del ramo, intimidado por la “multitud vociferante”, recibirá a una comisión de los partidarios de la vida y dialogará a tope. Cederá en la cuestión de los 16 años y dirá que bueno, que 18. Garantizará a los manifestantes que nadie podrá interrumpir su vida sin cumplir algunos otros requisitos como la consulta familiar, el asesoramiento de expertos en la materia, etc. Y además el servicio de matarifes ya no será gratuito; habrá que pagar unos simbólicos euritos para el tercer mundo, y al suicida no se le privará del derecho a reclamar en caso de que algo falle y lo dejen a medias.

Como los partidarios de la vida humana no estarán de acuerdo ni siquiera así, el mensaje del gobierno será claro: entre los “fundamentalistas”, anclados en el pasado que no quieren saber nada de ampliar derechos, y los radicales que pretenden liberalizar el suicidio sin límites, ellos elaborarán una ley “progresista y centrada” que nos permitirá “avanzar” hacia un futuro laico, feliz y soleado, que será la envidia de los países de nuestro entorno.
—O sea…, que lo del aborto a 16 años sólo pretendía darnos carnaza. Nunca pensaron en serio en autorizarlo; era una especie de juego.

—Así es, colega, un juego...,
y un juego vil,
que no hay que jugarlo a ciegas,
pues juegas cien veces, mil,
y de las mil ves, febril,
que o te pasas o no llegas.

Lo dijo don Mendo y tenía razón. Esta vez “nos pasamos” gritando contra los 16 años, sin comprender que la batalla era otra.

Para vencerla hay que plantarse.

viernes, 13 de marzo de 2009

Meterse en política




—Tú,
por si acaso, no te metas en política.
Eso me ha dicho esta mañana un amigo ateo de la vieja escuela. Le he agradecido la advertencia, no porque vaya a hacerle caso, sino por darme un tema para este artículo.

“Meterse en política” siempre ha sido una aventura peligrosa, poco aconsejable para quien quiera pasar por el mundo libre de ansiolíticos y antiácidos. Teniendo en cuenta, además, el evidente descrédito que se ha ganado a pulso nuestra clase política, es natural que nos prevengan contra la tentación de entrar en ese mundo infestado de alimañas.

—Hijo mío —amonestan las mamás a sus retoños (y retoñas)—, abrígate que hace frío; no te muerdas las uñas, no te metas el dedo en la nariz, cruza por los pasos de peatones, no hables con desconocidos y, sobre todo, no te metas en charcos ni en política, que luego te me resfrías.

Sin embargo aseguran los propios políticos, y con razón, que el suyo es uno de los oficios más nobles. Servir a la comunidad, a la patria chica o a la patria grande, aportando ideas, dedicando tiempo, esfuerzo y talento en beneficio del conjunto de la sociedad, merecería el aplauso de todos. Uno conoce a algunos hombres y mujeres dedicados profesionalmente a esta tarea por puro afán de servir y también por dignificar la lucha política eliminando la basurilla que encuentran a su paso.

—Bueno, eso está muy bien, pero tú, por si acaso, no te metas en política.

Hace muchos años un chaval de primero de Derecho que veraneaba allá por Levante vino a charlar conmigo al terminar la Misa que celebré en su pueblo y me acompañó a desayunar. Como me pareció un tipo despierto, y sensato le pregunté por sus estudios y sus proyectos.

—Yo lo que quiero es ser presidente de gobierno.

Ni por un momento pensé que era una tontería. Recuerdo sólo que le advertí:

—Es una oposición difícil… ¿Por qué quieres serlo?

Aunque he olvidado su respuesta concreta —no su cara, que luego fue bien conocida—, sí recuerdo que me dio unas cuantas razones generosas e idealistas, propias de su edad. Le aconsejé entonces que las repasase de vez en cuando y que no cayese nunca en la tentación de sustituirlas por otras menos generosas.

—Vale —insiste mi amigo—, pero los curas y los obispos sois ganado aparte. Tú no te metas en política.

—De acuerdo. Claro que hablar del matrimonio, de la familia…

—Eso es precisamente entrar de lleno en la política.

—¿Y de la vida humana? Podré hablar del respeto a la vida de los no nacidos, ¿o no?

—Tampoco. Hay leyes aprobadas democráticamente por las Cortes y tú, como clérigo, no debes entrar a calificarlas.

—¿Y la educación de los niños…?

—Política, todo política… ¿Ves cómo sois los curas? Y no se te ocurra hablar de sexualidad, que te veo venir. No pensáis en otra cosa. Sois unos reprimidos crónicos. Ya nos encargamos nosotros de ese asunto, y en la tele daremos clases prácticas.

—O sea que si digo que en el Génesis se explica la distinción entre hombre y mujer…

—Pues le dices a ese tal Génesis, a quien no conozco, que no se meta en política.

—¿Y de justicia social? ¿Podemos denunciar los abusos, pelotazos y demás…?

—Eso depende. Pero mejor no. Para eso están los sindicatos y la prensa.

—¿Ya. Entonces, de qué deberíamos hablar los curas?

—De liturgia, el Rosario, la Misa. Ya sabes, hay que dar al César lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios. Lo dice el Evangelio.

—El problema, querido amigo es que desde hace cuatro o cinco siglos el César no ha parado de engordar y últimamente su bulimia es insaciable: quiere devorar a los niños nacidos y a los no nacidos, a los viejos y a los moribundos; inventar el matrimonio y la familia, la vida y la muerte, la lengua, el sexo, el género, el número y el caso. Se ha zampado la moral y la ética. Y de paso, se lleva los euritos del personal. Si el César se convierte en un okupa, habrá que echarlo a golpe de…

—¡Golpista, más que golpista!

—de libertad, colega, de libertad.



miércoles, 7 de enero de 2009

Probablemente...



Ya se pasea por España el “bus-ateo”. No se trata propiamente de un autobús, sino de un singular anuncio publicitario, pagado por unos incrédulos proselitistas de origen británico, que campea en la popa y en los laterales de los autobuses urbanos. El texto dice así: “probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Estrambótica afirmación que está dando que hablar a medio mundo.

Como uno tiene la fea costumbre de tomar el rábano por las hojas, me he fijado sobre todo en la primera palabra: “probablemente”. Fue Carlsberg, la conocida cerveza danesa, quien la puso de moda para su publicidad. Carlsberg se autoproclamaba “probablemente la mejor cerveza del mundo”, y los expertos en márquetin descubrieron que el adverbio tenía éxito; daba una imagen de seriedad y también de respeto hacia las opiniones contrarias. Tanto es así que incluso la adoptó una funeraria privada de Madrid para proclamar, con la solemnidad que caracteriza a estas beneméritas empresas, que ellos eran “probablemente” los que prestaban un mejor servicio.

A mí nunca me cayó bien el adverbio. Me recordaba a esos otros anuncios que manejan estadísticas sacadas de la manga para dar la impresión de rigor matemático: “4 de cada cinco dermatólogos recomiendan…” Francamente, uno espera que, cuando alguien quiere venderte un producto, lo defienda con pasión y sin matices. A los hispanos —no sé a los británicos— nos gustan las verdades rotundas y nos encanta proclamarlas con vehemencia, dando por supuesto que las opiniones contrarias siempre son absurdas y los discrepantes, cretinos.

Probablemente el inventor del bus-ateo pensó que su propaganda libertaria y antirreligiosa quedaría mona si la matizaba con un adverbio como el que nos ocupa. Craso error, amigo. Ese probablemente es provocador. Nada más ponerme al teclado del ordenata ya se me han ocurrido tres o cuatro letreritos, a cuál más ingenioso, para pegarlos al pie del tuyo. Desde el “probablemente te equivocas, colega”, hasta otros menos correctos que ni siquiera Kloster se atreve a reproducir.

En todo caso, conste que estoy a favor del autobús y espero verlo por Madrid antes de que se les acabe el dinero a sus patrocinadores. Cuando circule por mi pueblo será un poco más sencillo hablar de Dios, y nadie podrá acusar a los cristianos de meternos en conciencias ajenas ni de hacer un “ilícito proselitismo religioso”.

Pongamos que Kloster está sentado en la terraza de una cafetería con un amigo; pasa el anuncio por delante de las cañas de cerveza y mi colega aprovecha la ocasión:

—Por cierto, ¿qué te parecería hacer un retiro espiritual de tres días para pensar en eso?

—¿En eso?

—Sí, en la existencia de Dios, en lo que cuenta Dios en tu vida, en cómo disfrutar de verdad sin mirar para otro sitio…

Sospecho que, gracias al anuncio, nos vamos a hinchar a hacer apostolado. Van a conseguir que ya nadie esconda la cabeza debajo del ala. Probablemente en España se hablará de Dios a todas horas.

La segunda parte del mensaje (“no te preocupes y disfruta de la vida”) merecería un comentario más largo. Probablemente el genio que lo ha inventado tiene una idea puritana y triste de la religión, muy en la línea de alguna mentalidad de origen protestante.

Gracias al bus-ateo ahora tenemos la posibilidad de explicar que, si Dios no existiera, disfrutar de la vida sería muy complicado, sobre todo a partir de los 60 años, cuando el placer más refinado que uno concibe es la anestesia total.

Los católicos sabemos que el anuncio del bus tendría más sentido si dijera “no te preocupes, Dios existe. Aunque te duela, la vida tiene sentido: disfrútala”.

Amigos incrédulos, poned muchos autobuses de ésos, por favor. Y Dios, que existe (sin adverbios), os lo pagará… probablemente.

viernes, 19 de diciembre de 2008

El retorno de los brujos


Imparibus dii gaudent, en los años impares se alegran los dioses, decían los antiguos. O sea, que las divinidades paganas de antaño jugaban a los números y eran tan supersticiosas como los echadores de cartas de ahora mismo. Al menos eso se deduce del libro de chascarrillos latinos que tengo sobre la mesa.

—Pues tiene usted razón —afirmó Vanessa Gómez, alias la vidente del pijama floreado, que tomaba el té en animada charla con su amiga y colega Érica Kloster, en el siglo Merche Pajarillas, especialista en tarot y medicina alternativa—. Entramos en un año impar, o sea en un buen año. Además ha nevado en media España, y como todo el mundo sabe, año de nieves, año de bienes.

—Además —apostilló Érica—, la guerra civil española comenzó en un año par y terminó en uno impar. No sé cómo no había caído yo. Y también es cierto que terminamos un año par, o sea desastroso, con crisis económica, recesión y paro. Para colmo ha caído Schuster en el Real Madrid y mi reúma no mejora.

—Bueno, chica, pero ganamos la Copa Davis, la Eurocopa de Fútbol, el Tour de Francia, la Vuelta y el Giro, el oro olímpico en tenis y casi el de baloncesto. O sea que tampoco ha resultado tan horrible. Además, reconócelo, a ti y a mí la crisis nos ha venido de cine. Estamos como nunca. En los viejos tiempos de prosperidad teníamos unas clientes que apenas dejaban cuatro duros. Eran amas de casa aburridas, solteras desesperadas y gentes de medio pelo; pero, desde hace unos meses, ¡qué cambio, cariño!: tengo mi templo lleno de brókeres y empresarios en crisis.

—¿Llamas templo a tu consulta?

—Sí, hija sí. Hay que dejar las cosas claras. Porque fíjate, la televisión nos ha hecho mucho daño. Esas gordinflonas que aparecen en las teles locales y se titulan “videntes” tienen pinta de cajeras de supermercado, dicho sea sin ánimo de ofender. Pero es que no es serio que las llamen por teléfono y despachen en cinco minutos a un espíritu atormentado que les pide ayuda profesional. Están desacreditando la astrología y el personal empezaba a cachondearse de nosotras. Y es que han banalizado la magia.

—Y tú crees que basta con llamar “templo” a tu piso de López de Hoyos…

—No hay color, Érica, cielo. Mira, recibes a los clientes en un salón con mucho lujo: candelabros de bronce, cortinas, aroma de incienso (lo venden los chinos superbarato)… Pones una música adecuada New age. Hay unos discos divinos en el Corte Inglés. Luego les haces esperar diez o doce minutos y, cuando miran al reloj por tercera vez, entras en la sala bien arreglada para el caso diciendo frases en latín.

—No, si te entiendo, pero el problema es que los clientes de ahora te preguntan unas cosas que no sabes qué decir. Como guapos, son más guapos, no te lo niego, y tienen dinero. O sea, que bien; pero ya no quieren saber nada de amores imposibles, de ligues contrariados ni de asuntos del corazón, que en eso, chica, te juro que he tenido unos éxitos que ni te cuento. Elaboraba yo unas infusiones de yerbas de mi pueblo que eliminaban el mal de ojo en dos semanas. Pero ahora lo que priva es el Ibex, el Nasdaq y el precio del barril de crudo. Chica, yo así no aguanto. No querrás que haga Empresariales a estas alturas. Una tiene su dignidad.

—Lo que necesitas es un poco de sicología. Tú les preguntas por sus temores, y si te cuentan que están angustiados, pongamos, por si baja o sube Repsol, te quedas con el nombrecito y les tranquilizas diciéndoles que todo lo que baja, sube, y santas pascuas…

—Muy fácil lo ves tú…

—Al fin y al cabo ellos tampoco aciertan mucho más en sus previsiones. Lo que importa es darles esperanza, ¿no crees?

Vanessa suspiró, soñadora. En efecto, para ella como para la mayor parte del sindicato de brujos, se presenta un año prometedor. El laicismo tiene estas cosas: vuelven los alquimistas y los adivinos. Leo en un periódico digital que ya hay cursos de tarot, astrología y adivinación para los que quieran entrar en el negocio. No se exige gran cosa; por lo que veo, ni el graduado escolar.

—¿Y pagará el INEM las clases?

—Eso me temo.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Los bebés se desarrollan, no se fabrican

Por Richard Stith, profesor de la Valparaiso University School of Law.

El artículo es largo, pero vale la pena leerlo entero. Hemos hablado mucho de esta cuestión durante las últimas semanas, pero es preciso seguir sin cansarse porque la epidemia del aborto (y la eutanasia que viene) es lo más grave que le está ocurriendo a esta civilización decrépita que ya empieza a agonizar. Yo sé que todos los lectores de este blog sois defensores de la vida humana, pero precisamente por eso nos interesa renovar los argumentos, cargarnos de razón y de razones.




En
diciembre de 2005 el New York Times publicó un artículo donde el sociólogo Dalton Conley afirmaba que “la mayoría de los americanos ve al feto como un individuo en construcción”. Esta idea está de moda entre los partidarios del aborto, y explica por qué tanta gente buena encuentra absurdos o irracionales los argumentos manejados por los pro-vida.

Pensemos en algo que pueda ser hecho o fabricado: una casa, un artículo científico o un coche. ¿En qué momento de la cadena de montaje podemos decir que hay coche? Algunos dirán que el coche existe desde que se reconoce su forma. Otros atenderán a criterios funcionales: hay coche cuando se instala el motor o se ponen las ruedas. Y también habrá quienes piensen que sólo existe el coche cuando circula por la calle.

Pero probablemente todos coincidiremos en una cosa: nadie va a decir que el coche existe al comienzo de la cadena de montaje, cuando el primer tornillo se une a la primera tuerca. La unión de dos piezas de metal no se corresponde con la idea de coche.

La idea “construccionista”

Esta es la manera en que mucha gente se imagina el comienzo de la vida humana. Al principio del proceso no hay casa ni coche ni ser humano. Algunos piensan que el bebé debe tener toda la protección posible, pero sólo desde el momento en que está fabricado.


¿Qué ocurre cuando nuestros amigos “construccionistas” oyen decir que un embrión tiene el mismo derecho a vivir que una persona adulta? El periodista Michael Kinsley refleja muy bien esta postura en el Washington Post: “Me cuesta creer que un puñado de células –más primitivo incluso que una lombriz– tiene los mismos derechos que el lector de este artículo”.

Hay algo de verdad en ese argumento: nada puede ser una cosa bien definida hasta que no adopta su forma completa. Y la forma de una cosa “en construcción” es algo impuesto desde fuera. Lo que no entiende Kinsley es que en el desarrollo de un bebé, la forma está ahí desde el momento de la concepción.


Por eso, es una incoherencia que algunas personas como el candidato republicano John McCain aseguren que hay vida humana desde el momento de la concepción y, al mismo tiempo, defiendan y apoyen la investigación con células madre embrionarias.

Humano desde el principio

Comparar el nacimiento de un bebé con el proceso de fabricación de un coche puede ser una imagen bonita, pero es totalmente equivocada. A diferencia de lo que ocurre con las cosas, a los seres humanos nadie nos fabrica. Ni siquiera Dios nos fabrica. No existe un constructor externo porque la vida humana no se hace, sino que se desarrolla.


En la construcción, la forma que define a la cosa va apareciendo de manera progresiva, en la medida en que se le van añadiendo detalles desde fuera. En el desarrollo, en cambio, el principio vital (eso que en la tradición cristiana se llama “alma”) está desde el principio.


A los organismos vivos no se les forma ni se les define desde fuera. Se definen y se forman a sí mismos. La naturaleza o forma de un ser vivo está en sus genes desde el principio, y esa forma empieza a manifestarse desde el primer momento de su existencia. Los embriones no necesitan ser modelados según un tipo de ser. Ya son un tipo de ser.


Para que se vea más claro, propongo otro ejemplo gráfico. Supongamos que usted tiene una cámara Polaroid y que hace una foto única e irrepetible, por ejemplo, una pantera en mitad de una jungla. Antes de revelarla, un amigo le coge la foto y se la rompe. Cuando usted le regaña, él se defiende diciendo que sólo veía una mancha borrosa. Sin embargo, usted sabe que la pantera estaba ahí. Incluso aunque no la pudiéramos ver.

¿Por qué a veces nos parece preferible la idea del ser humano “en construcción” y otras, en cambio, pensamos que es mejor la del desarrollo? La visión “construccionista” resulta atractiva siempre que apartamos de nuestra mente el pensamiento del futuro; es fácil caer en el “construccionismo” cuando nos fijamos en la apariencia del embrión o del feto, sin tener en cuenta el desarrollo intencional.

Ahora bien, cuando miramos hacia atrás en el tiempo comprobamos que la idea del desarrollo es mucho más convincente. Si supiéramos que la mancha borrosa que aparece en la Polaroid es una pantera, su amigo no habría roto la foto. Ocurriría lo mismo si tuviéramos una fotografía de lo que algunos creen que es una masa de células. Diríamos: “¡Mira, Jim, ése eres tú!”

Deconstruir al discapacitado

La idea del ser humano “en construcción” está también en la base del debate sobre la eutanasia. Si un Corvette empieza a ser desmantelado, habrá un momento en que dejemos de decir que eso es un coche. Si a alguno de nosotros nos dieran un motor o unas ruedas, ¿diríamos que es un Corvette? Evidentemente no.


Pero la vida humana no funciona así. La naturaleza de una criatura viviente perdura con independencia de cuál sea su aspecto y su función. Mientras un discapacitado continúe siendo algo unificado (es decir, mientras permanezca con vida), ahí hay una persona y no simplemente un puñado de células.

En efecto, una persona en estado vegetativo continúa siendo un ser humano hasta el momento de su muerte. Por esta razón, nos parece trágica su situación: porque tiene una naturaleza humana completamente frustrada. En cambio, los vegetales de verdad no nos dan pena. A nadie se le ocurre decirle a una lechuga: ¡pobre vegetal!

Algunos de nosotros terminaremos siendo unos discapacitados como consecuencia de un accidente o de la edad. No podremos desarrollar bien nuestra capacidad de hablar, de razonar, de elegir o de querer. Entonces nuestra humanidad estará escondida al igual que cuando fuimos concebidos, pero eso no significa que no estemos ahí.

Publicado por ACEprensa.

sábado, 19 de julio de 2008

¿Demasiado largo?

Eso me ha dicho alguien: que el discurso del Papa en Sidney es demasiado largo para ponerlo en el blog. Y me ha sugerido que seleccione algunos párrafos. Lo he intentado, pero al fin he decidido reproducirlo entero. Ya se encargarán los periódicos de mutilarlo. Os sugiero que lo imprimáis, que lo leáis despacio y lo meditéis. Tenemos un gran Papa.




Queridos jóvenes:

Es una alegría poderos saludar aquí, en Barangaroo, a orillas de la magnífica bahía de Sydney, con el famoso puente y la Opera House. Muchos sois de este País, del interior o de las dinámicas comunidades multiculturales de las ciudades australianas. Otros venís de las islas esparcidas por Oceanía, y otros de Asia, del Oriente Medio, de África y de América. En realidad, bastantes de vosotros viene de tan lejos como yo, de Europa. Cualquiera que sea el País del que venimos, por fin estamos aquí, en Sydney. Y estamos juntos en este mundo nuestro como familia de Dios, como discípulos de Cristo, alentados por su Espíritu para ser testigos de su amor y su verdad ante los demás.

Deseo agradecer a los Ancianos de los Aborígenes que me han dado la bienvenida antes de subir al barco en la Rose Bay. Estoy muy emocionado al encontrarme en vuestra tierra, conociendo los sufrimientos y las injusticias que ha padecido, pero consciente también de la reparación y de la esperanza que se están produciendo ahora, de lo cual pueden estar orgullosos todos los ciudadanos australianos. A los jóvenes indígenas -aborígenes y habitantes de las Islas del Estrecho de Torres- y tokelaués les doy las gracias por la conmovedora bienvenida. A través de vosotros envío un cordial saludo a vuestros pueblos.

Señor Cardenal Pell, Señor Arzobispo Mons. Wilson: os doy las gracias por vuestras calurosas expresiones de bienvenida. Sé que vuestros sentimientos resuenan también en el corazón de los jóvenes reunidos aquí esta tarde y, por tanto, doy las gracias a todos. Veo ante mí una imagen vibrante de la Iglesia universal. La variedad de Naciones y culturas de las que provenís demuestra que verdaderamente la Buena Nueva de Cristo es para todos y cada uno; ella ha llegado a los confines de la tierra. Sin embargo, también sé que muchos de vosotros estáis aún en busca de una patria espiritual. Algunos, siempre bienvenidos entre nosotros, no sois católicos o cristianos. Otros, tal vez, os movéis en los aledaños de la vida de la parroquia y de la Iglesia. A vosotros deseo ofrecer mi llamamiento: acercaos al abrazo amoroso de Cristo; reconoced a la Iglesia como vuestra casa. Nadie está obligado a quedarse fuera, puesto que desde el día de Pentecostés la Iglesia es una y universal.

Esta tarde deseo incluir también a los que no están aquí presentes. Pienso especialmente en los enfermos o los minusválidos psíquicos, a los jóvenes en prisión, a los que están marginados por nuestra sociedad y a los que por cualquier razón se sienten ajenos a la Iglesia. A ellos les digo: Jesús está cerca de ti. Siente su abrazo que cura, su compasión, su misericordia.

Hace casi dos mil años, los Apóstoles, reunidos en la sala superior de la casa, junto con María (cf. Hch 1,14) y algunas fieles mujeres, fueron llenos del Espíritu Santo (cf. Hch 2,4). En aquel momento extraordinario, que señaló el nacimiento de la Iglesia, la confusión y el miedo que habían agarrotado a los discípulos de Cristo, se transformaron en una vigorosa convicción y en la toma de conciencia de un objetivo. Se sintieron impulsados a hablar de su encuentro con Jesús resucitado, que ahora llamaban afectuosamente el Señor. Los Apóstoles eran en muchos aspectos personas ordinarias. Nadie podía decir de sí mismo que era el discípulo perfecto. No habían sido capaces de reconocer a Cristo (cf. Lc 24,13-32), tuvieron que avergonzarse de su propia ambición (cf. Lc 22,24-27) e incluso renegaron de él (cf. Lc 22,54-62). Sin embargo, cuando estuvieron llenos de Espíritu Santo, fueron traspasados por la verdad del Evangelio de Cristo e impulsados a proclamarlo sin temor. Reconfortados, gritaron: arrepentíos, bautizaos, recibid el Espíritu Santo (cf. Hch 2,37-38). Fundada sobre la enseñanza de los Apóstoles, en la adhesión a ellos, en la fracción del pan y la oración (cf. Hch 2,42), la joven comunidad cristiana dio un paso adelante para oponerse a la perversidad de la cultura que la circundaba (cf. Hch 2,40), para cuidar de sus propios miembros (cf. Hch 2,44-47), defender su fe en Jesús ante en medio hostil (cf. Hch 4,33) y curar a los enfermos (cf. Hch 5,12-16). Y, obedeciendo al mandato de Cristo mismo, partieron dando testimonio del acontecimiento más grande de todos los tiempos: que Dios se ha hecho uno de nosotros, que el divino ha entrado en la historia humana para poder transformarla, y que estamos llamados a empaparnos del amor salvador de Cristo que triunfa sobre el mal y la muerte. En su famoso discurso en el areópago, San Pablo presentó su mensaje de esta manera: «Dios da a cada uno todas las cosas, incluida la vida y el respiro, de manera que todos lo pueblos pudieran buscar a Dios, y siguiendo los propios caminos hacia Él, lograran encontrarlo. En efecto, no está lejos de ninguno de nosotros, pues en Él vivimos, nos movemos y existimos» (cf. Hch 17, 25-28).

Desde entonces, hombres y mujeres se han puesto en camino para proclamar el mismo hecho, testimoniando el amor y la verdad de Cristo, y contribuyendo a la misión de la Iglesia. Hoy recordamos a aquellos pioneros -sacerdotes, religiosas y religiosos- que llegaron a estas costas y a otras zonas del Océano Pacífico, desde Irlanda, Francia, Gran Bretaña y otras partes de Europa. La mayor parte de ellos eran jóvenes -algunos incluso con apenas veinte años- y, cuando saludaron para siempre a sus padres, hermanos, hermanas y amigos, sabían que sería difícil para ellos volver a casa. Sus vidas fueron un testimonio cristiano, sin intereses egoístas. Se convirtieron en humildes pero tenaces constructores de gran parte de la herencia social y espiritual que todavía hoy es portadora de bondad, compasión y orientación a estas Naciones. Y fueron capaces de inspirar a otra generación. Esto nos trae al recuerdo inmediatamente la fe que sostuvo a la beata Mary MacKillop en su neta determinación de educar especialmente los pobres, y al beato Peter To Rot en su firme convicción de que la guía de una comunidad ha de referirse siempre al Evangelio. Pensad también en vuestros abuelos y vuestros padres, vuestros primeros maestros en la fe. También ellos han hecho innumerables sacrificios, de tiempo y energía, movidos por el amor que os tienen. Ellos, con apoyo de los sacerdotes y los enseñantes de vuestra parroquia, tienen la tarea, no siempre fácil pero sumamente gratificante, de guiaros hacia todo lo que es bueno y verdadero, mediante su ejemplo personal y su modo de enseñar y vivir la fe cristiana.

Hoy me toca a mí. Para algunos puede parecer que, viniendo aquí, hemos llegado al fin del mundo. Ciertamente, para los de vuestra edad cualquier viaje en avión es una perspectiva excitante. Pero para mí, este vuelo ha sido en cierta medida motivo de aprensión. Sin embargo, la vista de nuestro planeta desde lo alto ha sido verdaderamente magnífica. El relampagueo del Mediterráneo, la magnificencia del desierto norteafricano, la exuberante selva de Asia, la inmensidad del océano Pacífico, el horizonte sobre el que surge y se pone el sol, el majestuoso esplendor de la belleza natural de Australia, todo eso que he podido disfrutar durante dos días, suscita un profundo sentido de temor reverencial. Es como si uno hojeara rápidamente imágenes de la historia de la creación narrada en el Génesis: la luz y las tinieblas, el sol y la luna, las aguas, la tierra y las criaturas vivientes. Todo eso es «bueno» a los ojos de Dios (cf. Gn 1, 1-2. 2,4). Inmersos en tanta belleza, ¿cómo no hacerse eco de las palabras del Salmista que alaba al Creador: «!Qué admirable es tu nombre en toda la tierra!» (Sal 8,2)?

Pero hay más, algo difícil de ver desde lo alto de los cielos: hombres y mujeres creados nada menos que a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26). En el centro de la maravilla de la creación estamos nosotros, vosotros y yo, la familia humana «coronada de gloria y majestad» (cf. Sal 8,6). ¡Qué asombroso! Con el Salmista, susurramos: «Qué es el hombre para que te acuerdes de él?» (cf. Sal 8,5). Nosotros, sumidos en el silencio, en un espíritu de gratitud, en el poder de la santidad, reflexionamos.

Y ¿qué descubrimos? Quizás con reluctancia llegamos a admitir que también hay heridas que marcan la superficie de la tierra: la erosión, la deforestación, el derroche de los recursos minerales y marinos para alimentar un consumismo insaciable. Algunos de vosotros provienen de islas-estado, cuya existencia misma está amenazada por el aumento del nivel de las aguas; otros de naciones que sufren los efectos de sequías desoladoras. La maravillosa creación de Dios es percibida a veces como algo casi hostil por parte de sus custodios, incluso como algo peligroso. ¿Cómo es posible que lo que es «bueno» pueda aparecer amenazador?

Pero hay más aún. ¿Qué decir del hombre, de la cumbre de la creación de Dios? Vemos cada día los logros del ingenio humano. La cualidad y la satisfacción de la vida de la gente crece constantemente de muchas maneras, tanto a causa del progreso de las ciencias médicas y de la aplicación hábil de la tecnología como de la creatividad plasmada en el arte. También entre vosotros hay una disponibilidad atenta para acoger las numerosas oportunidades que se os ofrecen. Algunos de vosotros destacan en los estudios, en el deporte, en la música, la danza o el teatro; otros tienen un agudo sentido de la justicia social y de la ética, y muchos asumen compromisos de servicio y voluntariado. Todos nosotros, jóvenes y ancianos, tenemos momentos en los que la bondad innata de la persona humana -perceptible tal vez en el gesto de un niño pequeño o en la disponibilidad de un adulto para perdonar- nos llena de profunda alegría y gratitud.

Sin embargo, estos momentos no duran mucho. Por eso, hemos de reflexionar algo más. Y así descubrimos que no sólo el entorno natural, sino también el social -el hábitat que nos creamos nosotros mismos- tiene sus cicatrices; heridas que indican que algo no está en su sitio. También en nuestra vida personal y en nuestras comunidades podemos encontrar hostilidades a veces peligrosas; un veneno que amenaza corroer lo que es bueno, modificar lo que somos y desviar el objetivo para el que hemos sido creados. Los ejemplos abundan, como bien sabéis. Entre los más evidentes están el abuso de alcohol y de drogas, la exaltación de la violencia y la degradación sexual, presentados a menudo en la televisión e internet como una diversión. Me pregunto cómo uno que estuviera cara a cara con personas que están sufriendo realmente violencia y explotación sexual podría explicar que estas tragedias, representadas de manera virtual, han de considerarse simplemente como «diversión».

Hay también algo siniestro que brota del hecho de que la libertad y la tolerancia están frecuentemente separadas de la verdad. Esto está fomentado por la idea, hoy muy difundida, de que no hay una verdad absoluta que guíe nuestras vidas. El relativismo, dando en la práctica valor a todo, indiscriminadamente, ha hecho que la «experiencia» sea lo más importante de todo. En realidad, las experiencias, separadas de cualquier consideración sobre lo que es bueno o verdadero, pueden llevar, no a una auténtica libertad, sino a una confusión moral o intelectual, a un debilitamiento de los principios, a la pérdida de la autoestima, e incluso a la desesperación.

Queridos amigos, la vida no está gobernada por el azar, no es casual. Vuestra existencia personal ha sido querida por Dios, bendecida por él y con un objetivo que se le ha dado (cf. Gn 1,28). La vida no es una simple sucesión de hechos y experiencias, por útiles que pudieran ser. Es una búsqueda de lo verdadero, bueno y hermoso. Precisamente para lograr esto hacemos nuestras opciones, ejercemos nuestra libertad y en esto, es decir, en la verdad, el bien y la belleza, encontramos felicidad y alegría. No os dejéis engañar por los que ven en vosotros simplemente consumidores en un mercado de posibilidades indiferenciadas, donde la elección en sí misma se convierte en bien, la novedad se hace pasar como belleza y la experiencia subjetiva suplanta a la verdad.

Cristo ofrece más. Es más, ofrece todo. Sólo él, que es la Verdad, puede ser la Vía y, por tanto, también la Vida. Así, la «vía» que los Apóstoles llevaron hasta los confines de la tierra es la vida en Cristo. Es la vida de la Iglesia. Y el ingreso en esta vida, en el camino cristiano, es el Bautismo.

Por tanto, esta tarde deseo recordar brevemente algo de nuestra comprensión del Bautismo, antes de que mañana consideremos el Espíritu Santo. El día del Bautismo, Dios os ha introducido en su santidad (cf. 2 P 1,4). Habéis sido adoptados como hijos e hijas del Padre y habéis sido incorporados a Cristo. Os habéis convertido en morada de su Espíritu (cf. 1 Co 6,19). Por eso, al final del rito del Bautismo el sacerdote se dirigió a vuestros padres y a los participantes y, llamándoos por vuestro nombre, dijo: «Ya eres nueva criatura» (Ritual del Bautismo, 99).

Queridos amigos, en casa, en la escuela, en la universidad, en los lugares de trabajo y diversión, recordad que sois criaturas nuevas. Cómo cristianos, estáis en este mundo sabiendo que Dios tiene un rostro humano, Jesucristo, el «camino» que colma todo anhelo humano y la «vida» de la que estamos llamados a dar testimonio, caminando siempre iluminados por su luz (cf. ibíd., 100).

La tarea del testigo no es fácil. Hoy muchos sostienen que a Dios se le debe "dejar en el banquillo", y que la religión y la fe, aunque convenientes para los individuos, han de ser excluidas de la vida pública, o consideradas sólo para obtener limitados objetivos pragmáticos. Esta visión secularizada intenta explicar la vida humana y plasmar la sociedad con pocas o ninguna referencia al Creador. Se presenta como una fuerza neutral, imparcial y respetuosa de cada uno. En realidad, como toda ideología, el laicismo impone una visión global. Si Dios es irrelevante en la vida pública, la sociedad podrá plasmarse según una perspectiva carente de Dios. Sin embargo, la experiencia enseña que el alejamiento del designio de Dios creador provoca un desorden que tiene repercusiones inevitables sobre el resto de la creación (cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1990, 5). Cuando Dios queda eclipsado, nuestra capacidad de reconocer el orden natural, la finalidad y el «bien», empieza a disiparse. Lo que se ha promovido ostentosamente como ingeniosidad humana se ha manifestado bien pronto como locura, avidez y explotación egoísta. Y así nos damos cuenta cada vez más de lo necesaria que es la humildad ante la delicada complejidad del mundo de Dios.

Y ¿que decir de nuestro entorno social? ¿Estamos suficientemente alerta ante los signos de que estamos dando la espalda a la estructura moral con la que Dios ha dotado a la humanidad (cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2007, 8)? ¿Sabemos reconocer que la dignidad innata de toda persona se apoya en su identidad más profunda -como imagen del Creador- y que, por tanto, los derechos humanos son universales, basados en la ley natural, y no algo que depende de negociaciones o concesiones, fruto de un simple compromiso? Esto nos lleva reflexionar sobre el lugar que ocupan en nuestra sociedad los pobres, los ancianos, los emigrantes, los que no tienen voz. ¿Cómo es posible que la violencia doméstica atormente a tantas madres y niños? ¿Cómo es posible que el seno materno, el ámbito humano más admirable y sagrado, se haya convertido en lugar de indecible violencia?

Queridos amigos, la creación de Dios es única y es buena. La preocupación por la no violencia, el desarrollo sostenible, la justicia y la paz, el cuidado de nuestro entorno, son de vital importancia para la humanidad. Pero todo esto no se puede comprender prescindiendo de una profunda reflexión sobre la dignidad innata de toda vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, una dignidad otorgada por Dios mismo y, por tanto, inviolable. Nuestro mundo está cansado de la codicia, de la explotación y de la división, del tedio de falsos ídolos y respuestas parciales, y de la pesadumbre de falsas promesas. Nuestro corazón y nuestra mente anhelan una visión de la vida donde reine el amor, donde se compartan los dones, donde se construya la unidad, donde la libertad tenga su propio significado en la verdad, y donde la identidad se encuentre en una comunión respetuosa. Esta es obra del Espíritu Santo. Ésta es la esperanza que ofrece el Evangelio de Jesucristo. Habéis sido recreados en el Bautismo y fortalecidos con los dones del Espíritu en la Confirmación precisamente para dar testimonio de esta realidad. Que sea éste el mensaje que vosotros llevéis al mundo desde Sydney.


viernes, 18 de julio de 2008

El secreto de Kloster




Todos tenemos secretos y Kloster también. Sin embargo he de reconocer que estoy decepcionado. Tantos años de amistad y ahora resulta que me ocultaba un dato trascendental.

—Tengo que confesarte una cosa —me dijo ayer—.

Su mirada era de compunción, casi de humildad.

—Tú dirás…

Miró el enlosado del suelo, tragó saliva, masculló algo, se le quebró la voz, volvió a empezar, y cuando ya empezaba a temerme lo peor, confesó:

—…que soy calvo.

—Que eres ¿qué?

Echó mano a su densa y rubia cabellera, tiró de ella hacia arriba, y, en efecto, apareció una calva lustrosa morena y deslumbrante.

Me quedé sin habla. Aquella superficie semiesférica luminosa y tostada era más que una simple carencia de pelo. La calva de Kloster tenía vida y personalidad propias, era una calva profesional, de competición, en la que se adivinaban muchas horas de cuidados, masajes, mimos y cremas hidratantes. El espectáculo encefálico que aparecía ante mis ojos había sido diseñado para ser exhibido, no para celarse bajo un pelucón de diseño.

Tardé unos segundos en recuperarme y al fin hice la estúpida pregunta que Kloster aguardaba:

—¿Y desde cuándo eres calvo?

—Nací calvo —me contestó como quien dice una obviedad—. Todos nacemos calvos, y como reza el refrán, dentro de cien años volveremos a serlo. He vivido un paréntesis peludo que hasta los veinticinco; pero, cuando comprobé que el pelo se me caía, me afeité la cabeza y empecé mi colección de pelucas. Ahora, gracias a Dios, ya no me queda ni un solo pelo en la calavera.

—Tampoco debes avergonzarse —le animé—. La alopecia es una enfermedad muy…

—¿Enfermedad? —gritó de pronto mi amigo—. ¡La calvicie es una opción vital, un signo de virilidad y de apertura de mente. Ya va siendo hora de que se reconozca nuestra dignidad y nuestros derechos! No se te ocurra decir que soy un enfermo. La Organización Mundial de la Salud nos considera perfectamente normales.

—Chico, no sé. Los laboratorios farmacéuticos han buscado todo tipo de remedios…

—Porque nos habéis avergonzado con vuestras arrogantes melenas. Durante siglos hemos sido víctimas de improperios del peor gusto. Nos llamabais calvorotas, cabezahuevos, pelones, mochos… Mira el diccionario de sinónimos y comprobarás hasta dónde ha llegado la calvofobia.

—No sé. Creo que sacas las cosas de quicio. Una cosa es una broma y otra muy distinta…

—No le des vueltas, colega. Los calvos hemos estado demasiado tiempo encerrados en el armario, avergonzados de lo que tendría que ser un motivo de orgullo.

—Hombre, tanto como orgullo…

—Orgullo, sí. Y muy pronto tendremos nuestro "bald pride day," o “día del orgullo calvo”. Los calvos nos concentraremos en las principales ciudades del mundo, y nos quitaremos las gorras sin falsos pudores.

No le sentó bien a mi amigo la risita que emití en ese momento. Me volvió a llamar calvófobo y me explicó que el mundo está lleno de sinpélidos que no se atreven a desprenderse de sus bisoñés por miedo a la discriminación de los pélidos.

Habló también de los minuspélidos, que, según él, son los peores. Se refería a aquellos que, para esconder la alopecia, hacen extraños dibujos con los pocos cabellos que conservan. Me puso ejemplos terribles de personajes públicos que disimulan su condición, y me aseguró que serán desenmascarados por una revista para calvos que está a punto de ver la luz.

Casi me convenció de que en todas las administraciones públicas habría que practicar la discriminación positiva del calvo y de la calva incluyendo un 30 por ciento de sinpélidos…

Y siguió hablando y hablando… La calva de Kloster refulgía en la noche como una amenaza.

lunes, 14 de julio de 2008

Un teléfono sin nombre



He anotado un número en la agenda electrónica para que no se me olvide. Empieza por 6 y consta de nueve cifras. O sea que se trata de un teléfono móvil.

Yo sé que tengo que llamar a ese número, pero no recuerdo a quién pertenece ni por qué debo telefonearle. Supongo que es urgente, por eso lo anoté, pero a lo mejor carece de importancia. Si la tuviera me acordaría. ¿O no? Uno no olvida los asuntos de cierta entidad. Claro que, como me dice Kloster, estoy en una edad muy mala y me paso el día olvidando cosas que recuerdo cuando ya es tarde.

Creo que llamaré de todos modos. Cuando descuelguen (ya nadie "descuelga" el teléfono, pero se sigue diciendo así), preguntaré:

—¿Con quién hablo?…

No, mejor no. Comenzar la conversación pidiendo al otro que se identifique es una grosería. Sería más correcto decir: “soy Enrique Monasterio y no sé a dónde estoy llamando ni por qué lo hago”.

En ese caso lo más probable es que mi interlocutor/a me diga: "soy tu hermano, pedazo de imbécil; o soy tu primo o tu sobrina Susana o tu asesor fiscal, o Heinz Kloster..."

Claro que también puede ocurrir que al otro lado del teléfono haya un desconocido malhumorado que me mande a freír monas o me aconseje un escáner cerebral de urgencia para calibrar la operatividad de mis neuronas.

No sé. Si no fuera por esta especie de alergia al teléfono que padezco desde hace años, ya habría marcado el numerito y asunto resuelto.

Ahora se me ocurre una idea: telefoneo y digo que soy otro. Puedo decir, por ejemplo:

—Aquí “Alcohólicos Anónimos”, ¿con quién estoy hablando?

No, así no, que parece cachondeo. Mejor un nombre corriente:

—Soy Eutimio Pajarillas y tengo apuntado su número en mi agenda…

Lo sé: pensáis que estoy haciendo una montaña de un grano de arena. No me entendéis, pero es que las nueve cifras de marras son lo primero que aparece cuando enciendo la agenda, y están aquí por algo. Quizá lo recuerde más adelante, cuando el problema no tenga solución… Por cierto, ¿qué problema? Si al menos supiera cuál es el problema…

Esto me recuerda una especie de sentencia que leí en algún sitio, o que quizá inventó Kloster. Decía: "no me interesan las respuestas; las conozco todas. Lo que importa es saber qué pregunta corresponde a cada respuesta". O sea, que el teléfono es una respuesta sin pregunta, una solución si problema, un epitafio sin muerto. ¿De qué sirve aprenderse el número de teléfono de todos tus amigos si no sabes a quién pertenece cada uno?

Imagino que el que escribió que lo importante es la pregunta, pensaba en esos espontáneos consejeros de piñón fijo que guardan en el magín un conjunto de recetas morales y las van soltando indiscriminadamente, como un médico loco que recetara medicamentos al buen tuntún, sin molestarse en saber qué males debe remediar.

Claro que eso nos puede ocurrir a cualquiera. Los curas, sin ir más lejos, oímos diariamente a docenas de personas que llegan con sus pequeñas o grandes angustias, con conflictos reales dignos de ser escuchados, entendidos y estudiados con calma. Habitualmente uno procura hacerlo e incluso acude al Espíritu Santo para que le conceda el “Don de Consejo”, que, al decir de los teólogos es luz sobrenatural que capacita al que lo recibe para orientar a los demás en detalles prácticos de la vida de acuerdo con la voluntad de Dios.

Si en lugar de actuar de esta forma nos limitáramos a dar recetas precocinadas, seríamos unos malos curas, unos insensatos, una especie de charlatanes sin ciencia ni conciencia.

A lo que iba: ¿qué estaba diciendo? Eso, que hay que ocuparse de cada persona, entender sus conflictos, escucharla como si no hubiera nadie más en el mundo… Y algo tenía que ver este asunto con el número de teléfono de María que he apuntado en la…

¿De María? ¡Claro! Es el teléfono de la madre de Pablo, el recién nacido que debo bautizar un día de estos. Ya sabía yo que era importante.


—María…, ¿eres tú? Perdona que no te haya llamado antes. Es que tenía que escribir un artículo…. Sí, ya sabes, esas bobadas que hago todos los meses…