sábado, 31 de agosto de 2019

¡Quién me ha regalado este tesoro?

 Nada menos que las obras completas (por ahora) de Miguel d’Ors. Estaban sobre mi mesa cuando regrese de La Acebeda ayer por la mañana. Sin tarjeta, sin remite, sólo con una octavilla escrita a mano que decía: “disfrute de este regalo. Un beso enorme”.
El beso virtual “enorme” es una pista. Supongo que el regalo viene de una mujer que me conoce bien. Sabe que Miguel d’Ors es el número 1 de mi olimpo poético. Ahora, al recibir 600 páginas de poemas del más grande no sé si seré capaz de leer otra cosa en los próximos meses. 
¿Cómo y a quién deberé dar las gracias? ¡Da la cara, querida y generosa donante! No le diré a nadie que fuiste tú, o, si lo prefieres, lo proclamaré al mundo entero. ¿Te conformas con mi gratitud o quieres algo de mí? ¿Es un intento de cohecho? 
Por si acaso me apresuro a rendirme a tus pies. Muchísimas gracias. 




 

50 años (V)


50 rosas 
Hoy escribiré poco. Tengo  los dedos con agujetas de tanto responder mensajes en todos los formatos. Las 50 rosas de la foto son cosa de un grupo de globeras que nunca han abandonado esta página, ni siquiera cuando estuvo bajo mínimos: Cordelia, Marita, Papathoma, Vila y nuestra americana Begoña. Sólo diré que, en la Santa Misa, las he recordado de forma especial a ellas y a los que hoy celebran sus bodas de oro en el Cielo:
  • Angel Ruiz, que fue a Argentina muy joven y regresó a España para ordenarse sacerdote.
  • Fernando Arcos, el segundo en edad. Se ordeno mayor y se ocupó de tareas de gobierno de la Obra en Madrid y en Valencia.
  • Fernando Orús, que se trasladó a Suiza después de su ordenación y falleció allí.
  • Mario Vila, un colombiano discreto, bogotano, si no recuerdo mal.
  • Álvaro Fontes, que era capaz de hacer vibrar a las multitudes cuando cantaba Rock con su guitarra salvaje. Luego se fue a Australia y regresó muy enfermo. Falleció en Almería. 
  • Gustavo González, insigne escritor guatemalteco
  • y Paco España Talón, un hombre de una pieza, que ha sido el último en morir.
Mientras los encomendaba era consciente que en el Cielo siguen siendo sacerdotes (in aeternum!) y participan en la liturgia celestial en unión con los que celebramos la Eucaristía en la tierra. Ellos ofrecen eternamente al Padre el Cuerpo y la Sangre de Cristo recibiendo los miles de ofrendas que suben desde este mundo al Cielo. Per Ipsum et cum Ipso et in Ipso..
"Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos."

jueves, 29 de agosto de 2019

50 años (IV)


Las manos

Al llegar a la Basílica de San Miguel aquella mañana los ordenandos conocíamos de memoria cada uno de los signos litúrgicos incluidos en la ceremonia. Habíamos estudiado a fondo el significado de cada palabra y cada movimiento, y nos disponíamos a vivirlos con la mayor devoción. Han pasado 50 años y no los he olvidado, pero, al escribir estas líneas, recuerdo especialmente la imposición de las manos y la solemne plegaria de la ordenación.

Presidía la ceremonia don José María García Lahiguera, Arzobispo de Valencia, que aún no había tomado posesión de su diócesis. Fue un obispo santo y ya está en marcha su proceso de canonización. Yo sentí sus manos sobre mi cabeza y note que las apoyaba con fuerza. Era el momento central, la culminación del rito. El Espíritu Santo pasaba a través de aquellas manos consagradas. Desde ese instante comenzaba a ser sacerdote.
¿Por qué quiere Dios utilizar las manos de un hombre para trasmitir su Gracia? La respuesta es evidente: Él ha creado el universo entero con sólo su palabra, y no precisa de ningún instrumento material para seguir gobernando el mundo, pero quiere contar con nosotros como contó con un puñado de barro para dar la vista a un ciego de nacimiento y con el borde de su manto para sanar a la hemorroísa. Así actúa el Señor. Él ata sus manos a nuestras manos, su lengua a nuestra lengua, y habla con nuestra voz mostrenca. Y sigue curando enfermos, resucitando muertos y dándonos cada día el alimento de su Cuerpo y su Sangre.
Estoy seguro de que aquella mañana volví a recordar la pregunta tan tonta que hice a San Josemaría: "¿Cree usted que yo valgo para esto?"
Nadie sirve para ser sacerdote. Por eso no hay oficio más humilde: Dios lo pone todo.



martes, 27 de agosto de 2019

50 años (III)

 La llamada

Con Fernando Arcos, James Gavigan, Mario Villa y Alberto Sancristobal. Yo estoy  en el centro
Después de la lectura del Evangelio, y tras unas breves palabras para presentar a los candidatos, nos pusimos en pie y fuimos llamados cada uno por nuestro nombre. Podíamos haber respondido de diversas maneras, pero elegimos la más simple; dar un paso al frente. Creo que estaba contento y tenso, como el corredor que está a punto de oír el pistoletazo de salida. Hasta ese momento el sí a la vocación siempre lo había pronunciado en voz baja, o, sin palabras, en el fondo del corazón. Llegaba la hora de expresarlo con un gesto público. Lo habría gritado para que se enteraran todos. Dios me llamaba para ser sacerdote, y yo respondía libremente, porque "me daba la gana", como dijo tantas veces San Josemaría.

Dos años antes tuve una breve conversación con el Fundador de la Obra. De pie, en la galleria della campana, de Villa Tevere, hablamos del sacerdocio. Yo estaba más que decidido a ordenarme, pero se me ocurrió preguntarle:
—Padre, ¿cree usted que valgo para eso?
Sonríó:
—No, hijo mío, pero lo harás bien.
Luego añadió algunos consejos que recuerdo muy bien, pero prefiero guardármelos para mí solo.


lunes, 26 de agosto de 2019

50 años (II)

La postración

 


La palabra postración proviene del latín pro-sternere, extender por tierra. Es una de las posturas más impresionantes empleadas en la liturgia.
Así se inicia la ceremonia de ordenación de presbíteros.
El 31 de agosto por la mañana llegamos a la Basílica de San Miguel media hora antes del comienzo. Hacía mucho calor y habíamos dormido poco; pero estábamos contentos tratando de no pensar demasiado en los detalles de la ceremonia que ya nos sabíamos de memoria. Bastaba con dejarse llevar y pedir al Señor que no nos traicionara la emoción ni los nervios del momento.
Llegamos al pie del altar, y el maestro de ceremonias dijo con toda claridad:
—Postratio!
Nos echamos boca abajo sobre la alfombra con las manos delante de la cara. Yo habría preferido un suelo de mármol, duro pero fresquito. Comencé a sudar.
¿En qué pensaba yo entonces? Esta postura tan llamativa es un signo claro de humildad, penitencia y súplica ante Dios. Supongo que en mi caso predominaba la súplica y la conciencia clara de que nadie es digno de recibir el don precioso del sacerdocio, la capacidad de traer a este mundo el Cuerpo y la Sangre del Señor, y de perdonar en su nombre todos los pecados.
En el Antiguo Testamento Abraham “cayó rostro en tierra y Dios le habló”, dice el Génesis. Y También Moisés “cayó en tierra de rodillas y se postró” ante el Dios de la Alianza".
San Mateo y San Marcos coinciden en afirmar que Jesús cayó de bruces en el Huerto de los Olivos. Postrado en tierra hizo la oración más trascendente de la historia de la humanidad. Padre, si es posible aleja de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya…
Seguramente no pensaba yo entonces en ninguna de estas escenas. Echado en el suelo de la basílica, oía el canto de las letanías de los santos. Ellos estaban con nosotros. El Cielo entero nos asistía.

domingo, 25 de agosto de 2019

50 años (I)




Nunca he sido muy bueno para las matemáticas, pero, al acercarse el aniversario de mis primeros 50 años de sacerdote, he acudido a la calculadora que todos llevamos en el móvil y he empezado a multiplicar y a dividir. Al final me ha salido esto. No descarto que haya errores. En el bachillerato no pasé de la raíz cuadrada.
  •   50 años X 12 = 600 meses
  •  50 años X 365= 18.250 días
  •  18.250 días X 1,7 = 31.025 Misas (como mínimo)
  •  600 meses X 500 = 300.000 Confesiones más o menos
  •  600 meses X 40 = 24.000 meditaciones como poco.

Además…, cientos de retiros, cursos de retiro, clases, charlas, conferencias… Y 182 matrimonios; 60 bautizos; 74 funerales…
Veo los números y, la verdad, siento vergüenza. Ni mucha ni poca; toda la vergüenza del mundo. ¿Cómo es posible que habiendo recibido tanto, siga con las mismas luchas y las mismas derrotas que al principio?
Yo sé que, cuando el Señor me examine el día de mi muerte no me pedirá el curriculum. Para ese examen sólo cuenta el amor que uno lleve en la mochila. Y el amor se conjuga en presente. Ojalá pueda decir lo que predicó San Josemaría, en la víspera de sus bodas de oro sacerdotales, haciendo su oración en voz alta:
A la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea. Estoy comenzando, recomenzando, en cada jornada. Y así hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando. El Señor lo quiere así, para que no haya motivos de soberbia en ninguno de nosotros, ni de necia vanidad. Hemos de estar pendientes de Él, de sus labios: con el oído atento, con la voluntad tensa, dispuesta a seguir las divinas inspiraciones.
Y San Juan Pablo II, en su última encíclica recordó también sus años de sacerdote con estas palabras:
…A partir de aquel 2 de noviembre de 1946 en que celebré mi primera Misa en la cripta de San Leonardo de la catedral del Wawel en Cracovia, mis ojos han quedado fijos en la hostia y el cáliz en los que, en cierto modo, el tiempo y el espacio se han «concentrado» y se ha representado de manera viviente el drama del Gólgota, desvelando su misteriosa «contemporaneidad». Cada día, mi fe ha podido reconocer en el pan y en el vino consagrados al divino Caminante que un día se puso al lado de los dos discípulos de Emaús para abrirles los ojos a la luz y el corazón a la esperanza.


sábado, 24 de agosto de 2019

El arte de la tertulia


 
 Tertulia sobre Harry Potter. ¿Cómo no me avisaron a mí?



—Tertulia es una reunión de personas que se juntan habitualmente para conversar o recrearse.
—No, abuela, no. Eso sería en tus tiempo.
—Pues es lo que dice el diccionario de la Academia.
—El diccionario dirá lo que le parezca, pero ahora se entiende por tertulia un conjunto de personas que se pelean a grito pelado en la radio o en la tele para entretener a un público sediento de sangre.
—Tampoco exageres. Hay de todo…
—Sí, es cierto: hay tertulias de madrugada que agitan al durmiente, lo sacan de la cama y contribuyen a que permanezca despierto después del primer café mientras conduce hacia su puesto de trabajo. Son debates políticos en los que todos opinan de todo, nadie rectifica jamás, y son muy útiles para amenizar los atascos de la primera hora punta. También hay tertulias de media tarde, que ayudan a hacer la digestión. Han sustituido a las transmisiones del tour de Francia, cuando dormitábamos con Indurain o Perico. Ahora aparecen unos contertulios que se insultan y/o se besuquean entre sí mientras hacen juicios temerarios, asaltan intimidades ajenas, murmuran, difaman o calumnian ante un público orondo y fisgón que aplaude entusiasta a los protagonistas de la farsa.
—Chico, como te pones… Yo suelo oír una tertulia nocturna donde se habla de cine.
—Sí. Esas tertulias son otra cosa. Los participantes conversan como personas civilizadas y consiguen que los oyentes se adormezcan a medida que languidece la conversación.
—Entonces ¿eres partidario de estas últimas?
—Tampoco. A mí lo que me gustaría es que aplicáramos el criterio de la academia. "una reunión para conversar y recrearse"
—Ojalá fuera posible.
—Lo es. Eso es lo que hemos hecho en La Acebeda durante estos últimos veinte días. Después de comer nos reuníamos en el cuarto de estar y charlábamos sin más. Yago nos ha hablado de Lituania, el país que le ha adoptado. Jorge ha recordado mil aventuras por veintitrés naciones. Carlos, que es un prestigioso cirujano y profesor, nos cuenta historias de la ONG que ha fundado, y así sucesivamente. Sin gritos, sin debates. En la tertulia se escucha, se aprende y, si aprieta el calor, uno puede echar una cabezada.
A veces pienso que el Cielo se parecerá a una pequeña gran tertulia de familia. 

viernes, 23 de agosto de 2019

Propósitos para comenzar el curso




No decir nunca "esto ya lo sé". Seguir aprendiendo hasta que comprenda que mi ignorancia seguirá creciendo sin freno, alimentada por la soberbia.
Aprender de los jóvenes y de los viejos; también de los niños; de los incultos y de los ilustrados; de los tontos y de los listos; de los hombres y de las mujeres; de los que llamo "buenos" y de los que pienso que son "malos".
Aprender a escuchar ajustando bien los audífonos del alma para no perder una sílaba.
Aprender a mirar a los ojos de quien me habla hasta descubrir la chispa de verdad, de bondad y de sabiduría que Dios ha puesto en el corazón de cada hombre.
No poner etiquetas a nadie. Arrancar sin contemplaciones las que yo puse en el pasado.  
Romper la libreta negra en la que apunto las ofensas recibidas y estrenar otra de colores para ir anotando las mil cosas buenas que me entregan gratis cada día.
Repasar una vez a la semana esta entrada del globo.

jueves, 22 de agosto de 2019

Un taxista "incallable"



No es la primera vez que me acusan de inventarme las anécdotas que cuento de palabra o por escrito. Yo suelo responder —y es la verdad— que me gusta provocarlas buscando la conversación con las gentes que aparecen en mi camino. A veces basta una palabra, una pregunta inocente o incluso un simple gesto para que alguien responda y surja una historia. Cuando esto ocurre uno no tiene más remedio que entrar al trapo, y escuchar, que es, al fin y al cabo, lo que todos esperan de un sacerdote.

Ayer, sin ir más lejos, fui a Madrid, y como tenía una cita en una calle del centro, donde los automóviles normales tienen prohibido el acceso, dejé el mío en un parking y tomé un taxi aprovechando que la compañía free now me concede un 25% de descuento hasta fin de mes.
El taxista estaba notoriamente enfadado. Nada más subir al coche, se desahogó conmigo poniendo de vuelta y media, por este orden, a los turistas borrachos, a los jóvenes que salen colocados de las discotecas, a los hinchas del Getafe, a los del Real Madrid, y a su cuñada María Luisa. Apenas se hubo calmado, la tomó conmigo:
—¡Que le voy a decir yo a usted, que no sepa! Seguro que oye muchos cuentos. Pero no se fíe. ¡Hay mucho hipócrita, padre! Y los curas se lo tragan todo. Mire, hace tres días se me monta una señora mayor en el coche; parecía la mar de seria, pero la muy..., me vomita en el asiento la borrachera que llevaba. 
El taxista habló y habló sin parar un instante hasta llegar a mi destino. Para entonces ya me había contado que es "bastante católico", que va a Misa siempre que puede, pero que no aguanta a los curas (usted perdone, padre) porque tienen mucho morro y poco fundamento; que se casó por la Iglesia con su primera mujer y que lo hará con la segunda si le dejan, porque ella dice que no es lo mismo ir al juzgado…
No pude responder a todas las cuestiones que me planteó, ya que debía abandonar el coche sin detenerme porque estábamos en una calle estrecha y con mucho tráfico; pero él sí que tuvo tiempo para añadir:
—Usted sería buen taxista, porque sabe escuchar. Algunos compañeros hablan demasiado. Yo en cambio oigo, ¿sabe usted? Esto es como un confesonario.
Quizá tendría razón si se callara de vez en cuando y dejara meter baza a sus clientes.  

martes, 20 de agosto de 2019

Lecturas de agosto




Ya apenas leo libros de papel. Añoro su textura, el aroma que desprenden cuando se abren por primera vez. Hojear un libro y oír el aleteo de sus páginas recién estrenadas es un pequeño placer del que nos privan las nuevas tecnologías.
Por otra parte, desde que manejo un lector electrónico, un kindle que me trajeron los reyes hace tres años, puedo permitirme el lujo de leer más que nunca; a veces cuatro o cinco libros al mismo tiempo. En este pequeño aparatito lo tengo todo: desde los nosecuántos tomos de la Biblia de Navarra hasta la colección completa de mis novelas negras favoritas —Chandler, Ross Mac Donald, Hammett— y, por supuesto, cientos de esquemas de homilías, meditaciones y clases que yo mismo he ido elaborando.
Llega el verano y no necesito trasportar un quintal de libros en el maletero del coche para descansar de la civilización. Me basta con el kindle. Durante estos días estoy leyendo
  • "En vanguardia", de Mercedes Montero. La mejor biografía de Guadalupe Ortiz de Landázuri escrita hasta la fecha. Ya soy fan de Guadalupe gracias a este libro.
  • La conquista de América contada para escépticos, de Juan Eslava Galán. Un relato ameno y bastante riguroso de la gran epopeya que protagonizó España en aquellos siglos. Sería un libro muy recomendable, incluso para niños, si no fuera por algunas descripciones zafias e innecesariamente sensuales.  
  • Juegos de la edad tardía, de Luis Landero. tercera relectura. Ya hablé aquí de esta sorprendente novela.
  • Los Buddenbrook, de Thomas Mann, una fantástica novela que sólo puede saborearse poquito a poco. Thomas Mann se complace en ser un verdadero ladrillo; pero vale la pena.
  • Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, tercera o cuarta relectura del gran poeta de la ciencia ficción. Un clásico que nunca hay que perder de vista.
  • Coplillas del Marqués de Santillana. Un capricho.
  • Y, por supuesto, El criticón, de Baltasar Gracián, mi libro de cabecera desde hace más de veinte años. Cada día leo, al menos, una página.
¿De verdad estoy leyendo todo esto a la vez? Me temo que sí. De hecho he elaborado esta lista para convencerme a mí mismo de que es posible pasárselo en grande sin ver una sola serie de Netflix.

domingo, 18 de agosto de 2019

Demasiado personal



A veces no sé cómo etiquetar mis entradas en el blog. En muchos casos suelo incluirlas en ese cajón de sastre que llamo "diario". Luego pienso que, en efecto, esto parece un diario, incluso un diario íntimo que lanzo a la red con una desvergüenza digna de mejor causa.
Hoy, por ejemplo, llevo todo el día pensando en lo que hago aquí, en las meditaciones que predico cada día y en las conversaciones personales que mantengo con los que vienen a mi despacho en busca de consejo o de ayuda.
Llega la noche, hago examen de conciencia y pienso, en la presencia de Dios, que tengo mucha cara: "sermoneo" desde una mesa en el presbiterio y lo hago con cierta elocuencia, porque ya son 50 años de práctica pastoral. Y, sí, alguna vez me siento la mar de ufano… ¡Qué forma tan tonta de  hacer el ridículo delate del Sagrario! Por eso, al acabar, me siento avergonzado. Sé que algunos de los que me escuchan son más sabios, más santos y, por supuesto, más humildes que yo.
Entonces hago el propósito de no "pontificar", de predicarme a mí mismo y aplicarme el cuento luchando personalmente en aquello que "exijo" de los demás con tanta desfachatez. 
No sé si colgaré en el globo esta reflexión. Si lo hago esta noche, por favor, hoy no me llevéis la contraria.

sábado, 17 de agosto de 2019

Ferragosto




Si buscáis ferragosto en Internet encontraréis unas cuantas páginas copiadas las unas de las otras en las que se dice que se trata de una palabra italiana derivada del latín  feriae Augusti. A continuación, aseguran que comprende una serie de festividades introducidas por el emperador Ottaviano Augusto en el siglo XVIII a.C. (sic).
Como comprenderéis, en el siglo XVIII antes de Cristo no existía Octavio Augusto, ni Roma, ni el Imperio; pero en Internet vale casi todo. El primero en escribir esa tontería lo más probable es que no tuviera culpa alguna. Fue sólo una errata. Pero los que la reproducen sin detenerse a reflexionar un instante deberían darse golpes de pecho por plagiarios y copiones.
Ferragosto, en cualquier caso, es el tiempo de la canícula; otra palabra interesante que, según mi amiga la wikipedia, deriva de "can" (perro). Su alusión a la temperatura agobiante de estos días "tiene un fundamento astronómico: alude a la constelación Can Mayor y a su estrella Sirio, La Abrasadora, cuyo orto helíaco coincidía con el fenómeno de calor abrasivo".
El caso es que la canícula del ferragosto tiene un efecto hipnótico y soporífero. Mis neuronas se adormecen, mi imaginación se atrofia, mi escaso ingenio se esfuma, y la indolencia, la apatía, la desidia  y —ay de mí— también la pereza, toman el mando de mi vida. Sólo espero que no se desinfle el globo, que pueda seguir volando hasta que lleguen las aguas de septiembre.
A la mayoría de mis escasos lectores esto les trae sin cuidado: casi todos están de vacaciones y no entrarán en esta página hasta el mes que viene. Yo tampoco lo haría. Los de Bilbao somos un poco anfibios; necesitamos sentir el agua en la piel para seguir vivos. A la espera de esa ducha revitalizadora, he comenzado a releer por tercera vez una novela lenta, melancólica y brillante como pocas; "diálogos de la edad tardía". Luis Landero debió de tardar un siglo en escribirla. Yo me lo imagino acariciando cada palabra, buscando metáforas insólitas, gustándose y recreándose en cada frase. Como un torero que se resistiera a entrar a matar seducido por la bravura del morlaco, el escritor juega con el capote de su peculiar diccionario, sin prisa por atacar la historia.
Sin embargo, gracias a sus artes de ilusionista, Landero consigue hipnotizar a los lectores; a mí también, sobre todo en este tiempo, que se desliza lánguido por el desierto abrasador de la canícula.

jueves, 15 de agosto de 2019

Se ha dormido la Madre de Dios





Cientos —quizá miles— de pueblos y ciudades de España celebran hoy sus fiestas patronales, asociándose a la gran solemnidad que llena la liturgia de Iglesia Universal; la Asunción de la Santísima Virgen al Cielo.
Miraflores de la Sierra también está de fiesta. Hay farolillos, tenderetes, churros y toda suerte de festejos para la gran multitud que abarrota el pueblo. También hay un pequeño santuario al aire libre, una gruta dedicada a la Virgen de Begoña, que recibirá montones de visitas. Yo me acercaré mañana. Hoy me conformo con verla desde la terraza de La Acebeda con los prismáticos pajareros que siempre me acompañan.
Esta mañana, durante la Santa Misa, me ha venido a la memoria otra imagen; la de la dormición de la Santísima Virgen que preside una pequeña capilla junto a la cripta de la Iglesia prelaticia del Opus Dei, en Roma. He rezado allí cientos de veces y he visto cómo los peregrinos que pasaban camino de la tumba donde estaba enterrado entonces el Fundador de la Obra, se detenían un momento, miraban a la Señora y tocaban con la punta de los dedos la urna de cristal en la que duerme la Virgen.
Es una imagen bellísima. Nuestra Madre, engalanada como una reina, con un vestido blanco, tiene el rostro de una chiquilla; como si al final de su vida, hubiese recuperado la hermosura que le corresponde —también en el cuerpo— por ser Llena de Gracia. Su Hijo quiso llevársela así al Cielo. Necesitaba sentir el calor de su regazo, los latidos de su corazón de carne, la caricia de sus manos maternales.
Hoy tengo la memoria llena de recuerdos de esta fecha. Debería escribirlos, ya lo sé, pero el tiempo que dedico al globo se termina. Tal vez mañana.  



Gruta de la Virgen de Begoña

martes, 13 de agosto de 2019

El frío congeló las lágrimas de San Lorenzo.



 El frío y la luna. Cuando me puse en pie a las tres de la madrugada para mirar al Cielo, el termómetro del jardín marcaba 12 grados; demasiado frío para el mes de agosto y para mis pobres recursos indumentarios. El jersey no pudo evitar mi primer estornudo. Además estaba la luna, redonda, brillante y soberbia como un doblón de oro. Con semejante lámpara no había forma de ver el vuelo de las perseidas. A San Lorenzo se le secaron las lágrimas.
Todos los años me ocurre lo mismo. Unas veces son las nubes; otras, lo que los cursis llaman la  "contaminación lumínica"; el año pasado, los pinos de Valsaín… Ingenuo de mí. ¿Por qué seguiré buscando las lágrimas de San Lorenzo? En el fondo ¿qué importa si el cielo chisporrotea más o menos? Además, "pedir un deseo" con la esperanza de que una estrella fugaz nos lo conceda, ¿no es una superstición un poco tonta?
En eso pensaba yo cuando me metí de nuevo entre las sábanas. Tardé un rato en recuperar el sueño: al menos dos minutos. Me desperté a las 7 un tanto confuso: ¿había soñado mi breve expedición por el jardín? Por un momento pensé que sí; pero el frío de mis pies era demasiado real.
Teníamos retiro, y como siempre volví a salir al jardín para ver amanecer. En esta ocasión, una bandada de rabilargos pasó frente a mí como un rayo azul. No eran perseidas, pero me sirvieron.

 
Rabilargos 

lunes, 12 de agosto de 2019

Un paseo


 La llaman Plaza del álamo, pero en realidad hay un olmo que murió de grafiosis hace veinte años

Ayer decidí salir de casa por la mañana. La temperatura era muy agradable y había cesado el viento. Seguro que las aves de la zona darían la cara.
A las 11, con los prismáticos al cuello y, vestido de ornitómano, tomé el camino que baja hacia Miraflores de la Sierra. Fue un paseo muy agradable, y, sí, pude charlar con algún que otro pájaro. Interesante, sobre todo, mi conversación con un alcaudón común (lanius senator) que desde su posadero en una rama se lanzó a tierra y regresó con una pequeña lagartija en el pico.
El alcaudón es una mini rapaz, un pájaro cazador y carnicero ("lanius" significa eso, carnicero) que empala sus presas en los espinos y las deja allí colgadas para devorarlas más adelante. Así son las cosas en la naturaleza: nos comemos los unos a los otros y, gracias a eso, la vida se abre camino.
El caso es que llegué al pueblo, y pronto hubo complicaciones: una amable señora vino a mi encuentro alborozada:
—¡Don Enrique, qué alegría!, ¿Está en la Acebeda? ¿No se acuerda de mí? Hace cinco años…
Yo, que no recordaba nada, puse cara de póquer y me dejé invitar a un refresco con su marido, que también me conocía, y sus tres niños. Me despedí en cuanto pude, y apenas había dado diez pasos cuando apareció una antigua alumna del cole.
—¡Pero qué sorpresa…!¿Sabe con quién estoy aquí…?
Creo que se me dan mal estos encuentros inesperados, especialmente cuando me he desprendido del uniforme y llevo una camisa tropical y un pantalón vaquero. Es cierto que me emociona comprobar que me conoce muchas personas de todas las edades. Es la consecuencia lógica de haber predicado centenares de retiros y pláticas, de haber sido capellán de un colegio durante dieciocho inolvidables años y, en definitiva, de ser ya un viejo inofensivo que se deja asaltar por la calle.
Volví a casa por el mismo camino dando gracias a Dios por tanta gente buena con las que uno se cruza. El alcaudón seguía en su rama oteando el horizonte, pero no me detuve.     
Alcaudón común 

sábado, 10 de agosto de 2019

En verano, tengo una cita con la madrugada



Solemos estar solos ella y yo. Nos encontramos en el mejor momento del día, cuando sopla la primera brisa y la temperatura baja un poco, lo justo para tomar impulso e iniciar la escalada hasta los 28 ó 30 grados.
Me pregunto por qué hay tantos que disfrutan con el crepúsculo al anochecer y no amanecen como yo para ver la salida del sol, que surge limpio de bruma, descansado y radiante.
He visto muchos amaneceres. Recuerdo con cierta añoranza aquel albor matutino de Valencia, donde el sol nacía en la mar, nítido, joven, recién bañado, y parecía potenciar el aroma de las flores que también despertaban con él. Bien distinto era el alba en Tenerife. El sol aparecía en el horizonte como un fogonazo inesperado y subía veloz como un cohete hasta inundar de luz cada rincón de la isla. Al parecer la salida y la puesta del sol es más rápida cuanto más cerca del Ecuador uno se encuentre. Por eso, al atardecer, el sol no se ponía, se desplomaba, y no se desangraba como en mi tierra ni teñía de rojo el horizonte.
En la Acebeda me propongo acudir a la cita todos los días. No conozco mejor forma de preparar la meditación que debo dar cada mañana a las ocho y media. Saldré al jardín una hora antes, como hoy, como ayer, y la vista del cielo será mi guión.
Claro que el lunes y el martes deberé trasnochar. Tengo otra cita con las Perseidas. Son las lágrimas de San Lorenzo, que este año llegan con un poco de retraso.

viernes, 9 de agosto de 2019

Oír la música de la Creación




Como os dije, he volado a la Sierra con el globo. La wifi funciona a trompicones, pero de momento funciona. Hace calor, pero no tanto como en Madrid. Los pájaros apenas se hacen oír porque estamos en agosto, pero se dejan ver, gracias a Dios. No hay una sola nube en el cielo, pero tampoco incendios como el que tuvimos en La Morcuera hace pocos días. Desde la terraza de La Acebeda se divisa, como casi siempre, la nube negra que envuelve la Villa y Corte; pero aquí nos sentimos a salvo.
Al considerar todo esto, he recordado las palabras de Barenboim. Oídlas en este vídeo que he subido al globo. Os invito a hacer un sencillo experimento. Sustituid la palabra "música" por "el campo", "la naturaleza", "las aves del Cielo"…, en definitiva "la belleza". Gran cosa es saber contemplar la belleza de la Creación, sin convertirla en un mero instrumento al servicio del placer. 
Otro día, cuando agosto nos dé un respiro, tal vez me decida a escribir largo y tendido sobre esta apasionante cuestión. Por hoy basta.

jueves, 8 de agosto de 2019

Volamos hacia la Sierra


La última vez que estuve en La Acebeda saqué esta foto
Esta tarde salgo hacia La Acebeda, una casa de convivencias en Miraflores de la Sierra a mil doscientos cincuenta metros de altura sobre el nivel del mar. Estaré allí hasta que termine el mes. El globo seguirá volando, pero con menos frecuencia e ímpetu. Serán días de descanso, formación espiritual y pájaros montaraces. Al caer la tarde me pondré frente al teclado y, si la inspiración no falla ni se me despeña la wifi, escribiré algunas líneas para mantener vivo el fuego sagrado. En Miraflores, por cierto, ya ha habido un incendio y aún sigue por allí algún retén de bomberos.
Desde la Acebeda se divisan las cuatro torres de Madrid, que emergen de la niebla producida por la contaminación. A veces, si el viento es favorable, se despeja el panorama y aparecen a lo lejos los demás edificios de la ciudad. Cuando me toque volver procuraré no mirar hacia esa bruma que ensucia nuestros urbanos pulmones. Tomaré aire serrano y quizá lo embotelle para un caso de necesidad.
 

miércoles, 7 de agosto de 2019

Camino del súper



Languidece el verano en Madrid y el globo parece desinflarse sin remedio. ¿Qué puedo contar cuando la ciudad está casi vacía? Por si acaso salgo a la calle aprovechando que la temperatura ha bajado, y apenas puedo cambiar un saludo con el portero, mi amigo José María, que ya ha regresado de sus vacaciones en La Mancha.
Camino del súper, doy un pequeño rodeo para cumplir con mi propósito de andar al menos una hora, y atravieso la terraza de una cafetería. Hay pocos clientes, casi todo mujeres que apuran el segundo café con leche de la mañana. Me miran y una de ellas se pone en pie. Se dirige hacia mí. Es una señora de mediana edad, muy delgada y de aspecto enfermizo.
—Padre, necesito que me dé su bendición —dice en voz baja—.
La mujer sonríe pero sólo con los labios. Su mirada, húmeda, está a punto de cruzar la frontera de las lágrimas. La miro a los ojos y ella toma mis manos entre las suyas y las acerca a su rostro:
—Lo necesito, padre. No me pregunte por qué.
Con el dedo pulgar le hago la señal de la cruz en la frente mientras digo en un susurro que solo ella puede oír: que el Señor esté en tu inteligencia, en tu corazón y en tus labios, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Que Dios te bendiga.
La mujer me besa las manos una y otra vez ya con lágrimas. Al fin le pregunto:
—¿Cómo te llamas?
Me dice su nombre, prometo rezar por ella y me alejo, conmovido, camino del súper.

Un poeta entre bombillas




Se llama Germán Talavan y tiene una tienda en la calle de Alberto Alcocer, a menos de cien metros de mi casa. Vende bombillas y lámparas de todo tipo. El barrio entero lo conoce. Desde hace algún tiempo sobre su escueto mostrador hay unos pocos libros apilados. La portada es sobria y elegante: en el centro la fotografía de un paisaje otoñal. Encima, el título: "Poesía y otros escritos". Debajo, el nombre del autor, que es el propio Talavan. Los ofrece a un precio razonable a todo el que tenga la curiosidad de interesarse por ellos.
En España hay muchos más poetas que lectores de poesía. Así que lo más probable es que el éxito de ventas no sea indescriptible. Yo me hice con un ejemplar y lo abrí al azar sin esperar nada. Hay en esta tierra abundancia de versificadores, rapsodas y versolaris que, aunque aportan poco a nuestra literatura, quizá cumplen una función en bodas, romerías o funerales. También tenemos poetas incomprendidos —tal vez porque son incomprensibles—, que parecen de la "poesía secreta"; pero, de vez en cuando, uno descubre un poeta auténtico. Éste es el caso de Germán Talavan, un hurdano de 70 años, escritor de raza, poeta melancólico, vendedor de luces.
No voy a hacer ahora una crítica del libro que tengo entre las manos. Lo leeré despacio y, con su permiso, pondré en el globo alguno de sus poemas, como este brevísimo, escrito en 1966:
Canta, madre.
Escucho tu dulce acento.
No llores mi desengaño.
¿Quieres que cante yo luego?
Anda, madre,
eleva el trino a la bóveda del cielo.
Pero elévalo bajito.
Cántame, madre, en silencio.


lunes, 5 de agosto de 2019

Carta del Papa a los sacerdotes



Con motivo de la fiesta de San Juan María Vianney, los sacerdotes hemos recibido una carta del Santo Padre. El Papa, que celebra el próximo 13 de diciembre las bodas de oro de su ordenación, siempre ha manifestado su amor a sus hermanos sacerdotes, pero necesitábamos una palabra de aliento y un cariñoso empujón como éste.
Hoy, en la Santa Misa, he encomendado al Romano Pontífice como todos los días; pero además he dado gracias a Dios de una manera especial por el Papa Francisco.
Transcribo los tres primeros párrafos de la carta. El resto puede leerse haciendo clic aquí

A mis hermanos presbíteros. 
Queridos hermanos:
Recordamos los 160 años de la muerte del santo Cura de Ars a quien Pío XI presentó como patrono para todos los párrocos del mundo[. En su fiesta quiero escribirles esta carta, no sólo a los párrocos sino también a todos Ustedes hermanos presbíteros que sin hacer ruido “lo dejan todo” para estar empeñados en el día a día de vuestras comunidades. A Ustedes que, como el Cura de Ars, trabajan en la “trinchera”, llevan sobre sus espaldas el peso del día y del calor y, expuestos a un sinfín de situaciones, “dan la cara” cotidianamente y sin darse tanta importancia, a fin de que el Pueblo de Dios esté cuidado y acompañado. Me dirijo a cada uno de Ustedes que, tantas veces, de manera desapercibida y sacrificada, en el cansancio o la fatiga, la enfermedad o la desolación, asumen la misión como servicio a Dios y a su gente e, incluso con todas las dificultades del camino, escriben las páginas más hermosas de la vida sacerdotal.
Hace un tiempo manifestaba a los obispos italianos la preocupación de que, en no pocas regiones, nuestros sacerdotes se sienten ridiculizados y “culpabilizados” por crímenes que no cometieron y les decía que ellos necesitan encontrar en su obispo la figura del hermano mayor y el padre que los aliente en estos tiempos difíciles, los estimule y sostenga en el camino.
Como hermano mayor y padre también quiero estar cerca, en primer lugar para agradecerles en nombre del santo Pueblo fiel de Dios todo lo que recibe de Ustedes y, a su vez, animarlos a renovar esas palabras que el Señor pronunció con tanta ternura el día de nuestra ordenación y constituyen la fuente de nuestra alegría: «Ya no los llamo siervos…, yo los llamo amigos» (Jn 15,15).

domingo, 4 de agosto de 2019

Mensajes de agosto

  

Se confirman las previsiones. Esta mesa camilla se queda en los huesos cuando llega el mes de agosto y gruñe la chicharra en el campo. Hasta los pájaros se van o se resguardan de la canícula dosificando sus cantos para no hacer esfuerzos innecesarios. Siempre nos quedará Antuán con sus magníficas apostillas, pero casi todo el mundo se nos ha ido de vacaciones. Descansan de mí, y lo entiendo.
En cambio aumenta el número de whatschaps y de correos electrónicos. En mi buzón hay mensajes con sabor a salitre y a arena de playa. Son recados breves, escritos con prisa y, casi siempre, sin acentos ni demasiados signos de puntuación,  pero llenos de afecto y entusiasmo.
Entre los que recibí ayer, destaco éste:
Buenas tardes don Enrique, leo siempre su blog. Le quería preguntar cómo puedo hacer para ser fiel cada día al Señor, cómo amar a la Santísima Virgen, y yo sobre todo quiero ser fiel a Jesús. Se lo pregunto porque valoro mucho su experiencia. Un abrazo muy grande!
No conozco al remitente. Me escribió una vez hace algunos meses; sé que vive en una ciudad de Castilla y que es un chaval muy joven, de quince o dieciséis años. Me dice su nombre y naturalmente le he contestado.
No le he dicho que su mensaje me ha levantado el ánimo. Acabo de leer en una revistilla de medio pelo que el mes de agosto es el mes de las rupturas, de los divorcios, de las infidelidades. Supongo que el autor de este comentario se lo ha sacado de la manga, pero algo de eso hay. En todo caso, a este chico, el calor del verano no le ha hecho perder el sentido de su vida. Él busca lo único importante, y en esta mesa camilla hay ya unos pocos que le acompañaremos con la oración, para que no flaquee.

viernes, 2 de agosto de 2019

Tinto de verano




 Con la llegada del verano, o sea de agosto, todo se tiñe de rosa. Los políticos se apresuran a llegar a acuerdos antes de las vacaciones y lucen sonrisas apócrifas, ligeras y frescas como el vichyssoise. Su merecido descanso es lo primero. Por cierto, ¿por qué el descanso siempre lleva adosado el mismo  adjetivo? No sé; quizá piensen —y por una vez con razón— que los ciudadanos y ciudadanas también merecemos descansar de ellos y de ellas y de su omnipresencia mediática.
La prensa mejora una barbaridad en agosto. Pierde kilos de publicidad y si no fuese porque los crímenes parecen proliferar con el calor, sería una delicia leer los periódicos. En agosto casi nadie hace declaraciones solemnes, y los reportajes se centran en las ocurrencias de esos famosos que salen en la tele porque son famosos y son famosos porque salen en la tele.
Claro que en verano también suceden cosas importantes, aunque los periódicos no hablen de ellas. Hace un par de días hablé aquí de “los ángeles de Kenia”, que merecerían una portada en la prensa nacional, y conozco a docenas de chicos y chicas que pasan las vacaciones en países tan dispares como Perú, Croacia, la India, Marruecos, Costa Rica…, o incluso España. En septiembre regresarán al cole o a la universidad con unos centímetros más de altura, los músculos templados por el trabajo, la mirada más viva y el cutis de un moreno especial.

─¿Qué, de la playa?
─No, hija no; es tinto de verano.