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lunes, 8 de julio de 2019

La mejilla y la espada



Las palabras de Jesucristo que comenté ayer se complementan con otras que transcribe San Lucas en su capítulo veintidós. Poco antes de su Pasión y muerte, el Señor dijo a sus discípulos:
—Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias, ¿os faltó algo?
—Nada. —contestaron ellos—.
—Pues ahora, el que tenga bolsa que la tome y lo mismo alforja, y el que no tenga que venda su manto y compre una espada.
El primer episodio tal vez desconcierte a muchos: ¿cómo vamos a extender el Evangelio renunciando a emplear medios humanos, sin bolsa, sin calzado, sin wifi, sin cobertura, sin automóvil, sin dinero... ? El segundo episodio por una parte tranquiliza, pero también inquieta: ¿acaso necesitamos espada para el apostolado?
Pienso que podemos entender las palabras del Señor sin edulcorarlas. Jesús quiere que entendamos que el fruto de la tarea evangelizadora no depende de los medios que tengamos a nuestro alcance. Hemos de estar desprendidos de todo, incluso de nuestras cualidades personales: ésa es la verdadera pobreza de espíritu que Dios quiere.
Por otra parte, Él no desprecia los bienes materiales, que pueden ser vehículos de la Palabra y de la Gracia. Vivimos en medio del mundo; compartimos las alegrías, las penas, los fracasos y los triunfos de nuestros iguales, y utilizamos los mismos instrumentos materiales. Ser apóstol significa, entonces, no dejarse seducir por ellos. Tener el corazón desprendido. No convertir el teléfono en un juguete. No navegar por la red en busca de basura. No utilizar el automóvil para sentir en vértigo de la velocidad ni para mejorar nuestra autoestima humillando a los demás. Y echar la web para pescar, como nos pidió el Maestro en el Mar de Tiberiades.
¿Y la espada? Tal vez el Señor quiera decirnos que, si nos atacan, habrá que poner la otra mejilla; pero por defender a Jesucristo, a la Iglesia o al sucesor de Pedro, alguna vez  tendremos  que enseñar los  dientes.

domingo, 7 de julio de 2019

De prácticas





Lo cuenta el Evangelio de la Misa de hoy. Jesús envió a 72 discípulos a hacer prácticas de apostolado. Debían anunciar en los pueblos vecinos que había llegado el Reino de Dios, y les dio instrucciones muy precisas: "sin bolsa, sin alforjas, sin calzado"; así os mando, "como corderos en medio de lobos", sin más armas que vuestra fe.
No sabemos cuánto duró aquella singular expedición, pero, de regreso, los discípulos estaban eufóricos y contaron a Jesús el éxito de la aventura: "¡hasta los demonios se nos sometían en tu nombre!".
Esta mañana, mientras leía este pasaje en la Santa Misa, pensé en la "nueva evangelización" que nos pidió San Juan Pablo II, de la que se han hecho eco Benedicto XVI y Francisco. ¿Cómo podremos enfrentarnos los cristianos al inmenso poder que detentan los que tratan de expulsar a Cristo del mundo de la cultura, de la enseñanza, del ocio, de la vida pública…? ¿Cómo detener a esos "sembradores impuros del odio", de los que habla San Josemaría en el primer punto de Camino?
La respuesta no es sencilla, pero quizá haya que empezar con la clase práctica de hoy: "sin bolsa, sin alforja, sin calzado…" 
El mismo San Josemaría, recordando el 2 de octubre de 1928, confesó en una tertulia:
—Tenía 26 años, gracia de Dios y buen humor. Y nada más. ¡Y tenía que hacer el Opus Dei!
Ese "nada más" fue parte de su patrimonio, tan importante como los 26 años, la gracia de Dios y su extraordinario buen humor.
—¿Entonces…?
Lo siento; se me ha pasado el cuarto de hora  que me he propuesto dedicar al globo cada mañana. Continuaré en otro momento.  

sábado, 15 de noviembre de 2014

El talento del tiempo


Mañana, domingo, volveremos a leer en la Misa la Parábola de los talentos. Ya sabes, querido Kloster; un hombre se va al extranjero y entrega en depósito a cada uno de sus empleados unas monedas imaginarias —cinco talentos, dos, uno…— con el encargo de hacerlos rendir. A su regreso hay un juicio, un premio para los siervos que han hecho fructificar su capital y un castigo para el holgazán que lo ha enterrado.
Siempre me ha inquietado esta parábola por una sola razón: ¿cómo puedo saber cuántos talentos he recibido? Seguramente serán menos de los que yo me atribuyo, pero a lo mejor soy el siervo perezoso. ¿Y cómo distingo entre la holgazanería y la fatiga?
Además hay un talento que se nos escapa: el tiempo. Los años de nuestra vida están escritos desde que vinimos a este mundo. Son un pequeño patrimonio, pero no se nos permite saber a cuánto asciende. Lo único seguro es que la cuenta atrás no se detiene. Hay un cronómetro en el Cielo que va descontando los días hasta que llegue la hora de hacer balance.
Cuando leo esta Parábola suelo recordar uno de los primeros funerales que celebré pocos meses después de mi ordenación sacerdotal. Había fallecido un conocido financiero en Valencia y me pidieron que celebrara la Misa de exequias. Yo temblaba como una hoja al verme rodeado de tantos personajes importantes. Me parecían todos muy ricos y muy viejos. Quizá no era para tanto: yo tenía solo 28 años; pero, al verlos allí, ocupando las primeras filas de la iglesia, se me pasó el nerviosismo. Aquellos colegas del muerto eran mucho más pobres que yo: la moneda del tiempo se les deshacía entre las manos. Yo en cambio tenía un gran patrimonio, porque miraba al futuro sin miedo.
Aquel día hablé de los talentos que aún podían hacer rendir antes del juicio, y de la virtud de la Esperanza. Alguien me dijo al final que había sido un poco duro.
Seguramente lo fui: era demasiado joven.
 

viernes, 25 de julio de 2014

¡Podemos!

Jesús replicó:─No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Contestaron─¡Podemos! (Mt 20, 20-28) *




Querido Santiago Apóstol, Patrono de España. Un día de estos te mandaré un e-mail largo y pausado para que salga en Mundo Cristiano, pero hoy deseo, al menos, felicitarte.
Fuiste, con tu hermano Juan, el primero en exclamar “¡podemos!”. Y convertiste ese verbo en un grito humilde lleno de noble ambición y de esperanza. Claro que tú no hablabas de cosas políticas, sino de vivir con Jesucristo y estar siempre a su lado. Para lograrlo dijiste que estabas dispuesto a todo, incluso a beber su cáliz, a gustar el trago amargo de la muerte.
Tu deseo se cumplió al pie de la letra: fuiste el primer apóstol mártir. Y tu sangre pionera, derramada como la de Cristo, se convirtió en cosecha de cristianos, en santidad, en camino.
Ruega por nosotros, amigo, y también por esta tierra nuestra donde reposas. 

* La traducción litúrgica de este pasaje evangélico sustituye el verbo "poder" por "seréis capaces". Y los apóstoles contestan "lo somos". Sin embargo, tanto en latín como en griego, se dice "podéis" y "podemos".



domingo, 8 de junio de 2014

Entre Babel y Pentecostés




Fuego a bordo 
Ayer, en la Vigilia de la fiesta de Pentecostés, recordamos la historia de unos hombres orgullosos, seguros de sí mismos, que no necesitaban de Dios porque se consideraban dueños de su propio destino. Eran los hombres de Babel: los que decidieron construir una ciudad y una torre en la que el Señor no tuviese cabida. Lo único que les importaba era tocar el Cielo, ser famosos en toda la tierra. 
Hoy la Liturgia nos presenta, por contraste, a otros hombres que parecen el polo opuesto. Asustados, escondidos, sin fe en sí mismos, aguardan la venida del Espíritu, que Jesús les prometió. Son los hombres y mujeres de Pentecostés.
Los hombres de Babel tenían una sola lengua. ¡Qué bien se entienden los hombres en la prosperidad! Pero llegó la crisis y todo se vino abajo. El Señor se rió de ellos y los dejó en manos de su propio egoísmo. El egoísmo se convirtió en odio, las lenguas se multiplicaron y se dispersaron por toda la tierra.
Los hombres de Pentecostés, en cambio, recibieron el fuego del Espíritu Santo y salieron del cenáculo como un huracán imparable, Se bautizaron tres mil y llegaron hasta el último rincón del mundo. Hablaban una sola lengua; la de los hijos de Dios,
Ahora, los hombres de Babel siguen trabajando en su torre miserable. Van de triunfo en triunfo hasta el fracaso final. Aún se consideran dioses. Ellos deciden quién vive y quién muere en este Planeta: manipulan embriones; eliminan vidas para sanar otras vidas o para fabricar cosméticos; matan a millones de niños a los que no se les deja nacer… Dios, para ellos, ha muerto.
La Iglesia, entre tanto, perseguida y calumniada, se diría que sigue esperando al Espíritu Santo. Pero el Espíritu ya está aquí. Es fuego y viento, como entonces: un huracán que quema; una hoguera que se renueva constantemente y enciende en lumbre viva el corazón de los cristianos. Así será si sabemos buscarlo en el centro de nuestra alma.
 "¡Ven, oh Santo Espíritu!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y serán creados. Y renovarás la faz de la tierra."

jueves, 17 de abril de 2014

Jueves Santo


Hoy es el día...



  • ...en el que el Señor instituyó la Eucaristía,
  • en el que Jesús ordenó a sus primeros sacerdotes,
  • en el que los apóstoles hicieron su primera Comunión,
  • en el que Jesús nos llamó amigos,
  • en el que el Maestro se convirtió en esclavo y nos lavó los pies,
  • en el que nos habló con claridad del Padre y del Espíritu Santo,
  • en el que pidió al Padre el don de la unidad para su Iglesia
  • y a los suyos nos dio un Mandamiento Nuevo,
  • en el que se consumó la traición de Judas,
  • en el que Cristo entró en agonía
  • en el que los primeros obispos de la Iglesia se caían de sueño,
  • en el que Pedro negó a Cristo…

 Ayer  Fernando Q. escribió en un comentario:
“El papel de Judas en la salvación y redención del mundo no es despreciable”
Respondo:
Dios escribe derecho con renglones torcidos, pero eso no significa que debamos dar las gracias a los que dibujan esos tristes renglones. El Señor no nos redimió gracias a una traición, sino a pesar de ella.




sábado, 29 de marzo de 2014

Manos de barro (*)

El reloj marca las 10,45 de la noche. Dentro de un rato se adelantará solo y tratará de robarme una hora de sueño. Quizá lo consiga. Yo, por si acaso, abro el misal y leo los textos litúrgicos de la Misa de mañana. Algo tendré que decir en la homilía.
El pasaje evangélico del “Ciego de nacimiento” siempre me ha impresionado. Habla de la fe como luz y de la ceguera de aquellos que se resisten a creer. Si lo comentara palabra por palabra me alargaría más de lo razonable.
Seguramente me quedaré en el comienzo de la escena: Jesús ve a un ciego que pide limosna junto al camino; toma un poco de tierra del suelo, escupe sobre ella y la aplica sobre los ojos del ciego.
¡Qué cosas tiene el Señor! ¿Quién se dejaría tratar con semejante colirio? Y, sin embargo, el Maestro sigue empleándolo cada día. Quiere sanar a los ciegos, a los sordos, a los leprosos de este mundo, con manos de barro, con las manos de este cura embarrado.
Recuerdo el poema de Miguel Hernández: “me llamo barro aunque Miguel me llame…” También yo me llamo así. Manos de barro que limpian las heridas, que dan luz a los ojos, que acarician el alma de los que se dejan tocar por ellas.
Pero es preciso que el barro tenga fe en su propio poder de sanar; que no olvide nunca que Jesús mismo escupió sobre esas manos y las endiosó con su saliva.
No puedo cansarme de confesar; es lo único útil que sé hacer con mis manos.

(*) Hace algún tiempo el autor de la espléndida fotografía que incluyo en este post me autorizó a publicarla, y lo hice no sé donde. También he olvidado el nombre del artista, y lo siento. Si se asoma por aquí, le ruego que me refresque la memoria.



domingo, 24 de noviembre de 2013

Cristo es Rey




Algunos no soportan esta fiesta. Son los Herodes, Caifases y Pilatos de todas las épocas. Ellos temen que Cristo les desbanque de sus tronos de barro.
Pilatos se sintió aliviado cuando aquel reo, después de confesarse rey, añadió: “mi reino no es de este mundo”. Herodes tampoco sacó nada en limpio. Como Jesús ni siquiera le miró, acabó por pensar que estaba mal de la cabeza y lo devolvió a Pilatos. Caifás, mandándolo a la cruz, pensó que así evitaba un golpe de Estado. El César en cambio se habría puesto muy contento si se hubiese enterado de que el Mesías pagaba impuestos puntualmente y sostenía que “hay que dar al César lo que es del César”.
También dijo que hay que dar a Dios lo que es de Dios; pero a los poderosos de la tierra se les suele olvidar esta segunda parte.
En cierta ocasión el Señor habló con mucha claridad de su tarea como rey:

“Cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria y acompañado de todos los ángeles, se sentará entonces en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las gentes; y separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos.”
―Pero, para eso, aún falta mucho tiempo, ¿verdad?
―No sé, Kloster; no sé… 

sábado, 29 de junio de 2013

Las dos alas de la Iglesia


Hace cuatro años escribí aquí una breve reflexión sobre la fiesta de hoy, San Pedro y San Pablo. Hablé entonces de raíces y alas, tomando como punto de partida un conocido poema de Juan Ramón Jiménez. Pedro es la raíz que mantiene en pie el árbol frondoso de la Iglesia y lo alimenta cada día; Pablo, las alas, las ramas, que por sustentarse de la savia que le trae la raíz, crecen y vuelan cada vez más altas y más libres.
Hoy en la meditación he preferido la imagen de las alas. Pedro y Pablo, se ha dicho, son las dos alas de la Iglesia. Las dos son necesarias para que esta Nave vuele hasta el último rincón del mundo.
Hay quien querría prescindir de una de ellas. Querrían una Iglesia sin raíces, sin convicciones, sin Pedro; o, por el contrario, una Iglesia anclada en la piedra, convertida toda ella en roca; inmutable, muerta y fosilizada.
Tengo en casa un viejo anuncio de Iberia que recorté de un periódico hace años. Tiene un eslogan que me gustó: “usa tus alas”. Cada vez que lo veo pienso en mi vocación. No puedo llevarla arrastras, porque pesaría demasiado. Debo usarla para volar, para no sentir el peso de mis miserias.
Mañana, cuando vuelva a leer ese anuncio, pensaré en San Pedro y San Pablo, las dos alas de la Iglesia, y pediré al Señor que no me deje desertar de las raíces, de la fe de Pedro, y que no me canse de volar, de navegar como Pablo en la cresta de la ola para que el mensaje de Jesús llegue hasta los últimos rincones de la tierra.

domingo, 9 de junio de 2013

No llores


Lo cuenta el Evangelio de la Misa de hoy.
Caminaba Jesús con los suyos por las afueras de Naím. Iban los doce apóstoles, un grupo de discípulos y las santas mujeres. Era, sin discusión, la caravana más alegre de todo Israel. De vez en cuando alguien entonaba una canción para amenizar la marcha, o contaban chistes para que todos ―también Jesús y María― rieran a carcajadas.
De pronto, en dirección contraria, apareció otra caravana, un cortejo fúnebre sin más música que el llanto ruidoso de las plañideras. Sólo una mujer lloraba en silencio. Estaba en el centro mismo del séquito, y había tomado entre sus manos las de su hijo muerto, que descansaba sobre unas parihuelas de madera.
Las risas y las canciones se apagaron bruscamente. Jesús se acercó a la mujer. Ella no lo conocía y tampoco le pidió nada. El Señor no le invitó a manifestar su fe. Sólo dijo dos palabras antes de resucitar al muchacho:
―No llores.
Cuenta San Lucas que aquel llanto conmovió al Señor. ¡Poder de las lágrimas! Siempre se ha dicho que son el arma más poderosa de las mujeres porque los hombres nos quedamos indefensos ante ellas. Y Jesús, también en eso, es perfectus Homo.
Hoy he pedido al Señor que me conceda a mí también el don de lágrimas, que perdí hace tanto tiempo.  


domingo, 7 de abril de 2013

“Domingo de la Divina Misericordia”.






Esta sociedad del bienestar frustrado; justiciera, reivindicativa y quejumbrosa, debería meditar una breve oración que repetimos los cristianos cada día en la Santa Misa:

Dios todopoderoso
tenga misericordia de nosotros,
perdone nuestros pecados
y nos lleve a la vida eterna. Amén

Yo no me atrevo a pedir más. ¿Y tú?

jueves, 28 de marzo de 2013

La sombra de la cruz

Es Jueves Santo y estoy en mi tierra. Hoy no tengo que celebrar la Misa a la hora de costumbre, pero mi organismo no lo sabe y me ha despertado como siempre, a las 6 de la mañana. Aún no ha amanecido.
Comienza el triduo Pascual y yo abro el libro de la liturgia de las horas. En cada verso, en cada himno, en cada una de las lecturas, se proyecta ya la sombra de la Cruz.
Sin embargo hoy es un día de fiesta; es el jueves más alegre de la historia. Celebramos la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio de Cristo. Es también el día en el que Jesús nos amó hasta el extremo y nos invitó a tomar ese amor como modelo del nuestro. Hoy oímos hablar por primera vez del Padre y del Espíritu Santo que habitan en cada uno de nosotros. Hoy hicimos todos las Primera Comunión.
Es cierto que hoy también es el día de la traición y de la agonía; la noche de Judas; pero ¿no podríamos olvidarnos de eso por unas horas? ¿No sería lógico que la fiesta de hoy se llenara de aleluyas y dejáramos de lado la Cruz?
Me respondo que no: La Eucaristía nace de la Cruz. El Amor de Cristo revela toda su potencia salvadora en la cruz. El Sacerdocio nos identifica con es Cristo-Sacerdote que extiende los brazos en la Cruz para abarcar al mundo entero.
Vuelvo a abrir el libro. Veo que la versión española de la Liturgia de las horas convierte en himno litúrgico de Laudes aquel conocido soneto de Lope de Vega:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte

Tú me mueves, Señor, muéveme al verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;
pues, aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.  

Son ya las 6,30 de la mañana

domingo, 10 de febrero de 2013

Pescar


Los pescadores, obedientes a la voz de Jesús, echaron la red a estribor y la cosecha desbordó todos sus sueños.
 “Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían…” (Lc. 5, 7)
Hoy, al terminar el curso de retiro, leeremos en la Misa este pasaje del Evangelio. Es el año de la fe y ha llegado el momento de pescar lejos de la orilla, donde los peces son más grandes y quizá más peligrosos.
Echaremos la red siguiendo la voz de Pedro y la pesca volverá a ser milagrosa. Aunque los caladeros parezcan vacíos, el fruto rebosará nuestra barca y la de todos los que se aventuren con nosotros mar adentro.

domingo, 3 de febrero de 2013

Monedas


Hemos vuelto a leer en la Misa de hoy ese pasaje de la primera Carta de San Pablo a los Corintios qué tantos suspiros arranca a las novias el día de su boda:
“Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los  ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden…”
He leído este capítulo en infinidad de ocasiones, pero hasta hoy no me había fijado en estas cuatro palabras: si no tengo amor…
El amor… ¿se tiene, se posee? Sin duda. Es nuestro patrimonio más sólido. Empezamos a recibirlo cuando éramos muy niños. Nosotros nos dejábamos querer y reclamábamos toneladas de cariño porque necesitábamos llenarnos, incrementar ese gran capital para poderlo invertir más adelante.
Un día descubrimos que todos los amores humanos son calderilla en comparación con el amor que Dios nos regala cada segundo de nuestra vida, y supimos que bastaba con no poner obstáculos al Señor para sentirnos llenos, poseedores de un gran tesoro.
¿Qué podemos hacer con un patrimonio tan enorme? Repartirlo sin miedo; darlo sin tasa. Nunca se agotará. 
“Moneda que está en la mano
quizá se deba guardar.
La monedita del alma
se pierde si no se da.”
 
Mejor que Machado lo dice San Pablo:
El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia;  el amor no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta (…) Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca
 

jueves, 27 de diciembre de 2012

San Juan



Era demasiado joven. No sabía nada de lo que los viejos llaman la vida. Aún no había aprendido a corromperse. Tenía mal genio, eso sí, pero le traicionaba su voz de niño. No había salido con nadie. ¿Novia? Ni pensarlo: las chicas no le hacían caso. ¡Si era un crío!
―¿Seguir a Jesús? ¡Qué cosas tienes! Te están lavando el cerebro, chaval. Ensúciate antes un poco; acostúmbrate al hedor de la basura; prueba cada uno de los venenos del mercado, y luego hablamos. La culpa es de tu madre, seguro; esa Salomé ambiciosa que sueña con que sus hijos sean ministros.
Fue el discípulo más amado por el Señor, y hoy celebramos su fiesta.

viernes, 15 de junio de 2012

El tesoro


 
“Donde está tu tesoro allí está tu corazón” (San Mateo, 6, 20)
Todos tenemos un tesoro escondido en el alma. No se lo contamos a nadie, pero cada día, cada noche, nos arrodillamos ante él.
Hay quien no concibe otro tesoro que su propia imagen reflejada en el espejo. Otros lo guardan en la cartera, en el estómago o en la pantalla del ordenador. Para algunos, el tesoro es un puñado de recuerdos que no volverán o un proyecto imposible. Y no faltan quienes, de tanto soñar con tesoros, convierten en tesoro sus propios sueños.
Gracias a Dios hay también quien llama “Tesoro” a la persona que ama. Y la ve así. Por ella daría la vida.
En la Solemnidad del Corazón de Jesús, pido a Jesús que sea Él mi tesoro siempre. Y me contesta no me inquiete, que lo importante es que ahora yo soy la niña de sus ojos; soy el tesoro de un Dios que muere por mí.
“Tú... eres más que un tesoro, vales más que el sol: ¡toda la Sangre de Cristo!” (San Josemaría Escrivá. Prólogo de Forja)

sábado, 10 de marzo de 2012

El regreso



Me escribe Javier un e-mail para aconsejarme que vuelva al tajo cuanto antes, porque las bajas laborales están cada vez más caras y hay que currarse el puesto para que no te manden al paro.
―Haec ficus non cadet ―le contestó yo―.
O sea, que no caerá esa breva, por decirlo en romance. Y es que, como afirmó hace quince días el Cardenal de Madrid a un grupo de curas entre los que me encontraba, en el clero no hay paro que valga.
Así que he vuelto. Esta mañana leeremos la historia de otro que vuelve: el pasaje del hijo pródigo, que regresa a casa después de haber constatado que la dieta de algarrobas es sensiblemente peor que la de la casa paterna.
Siempre me ha conmovido comprobar que Dios no exige de su hijo un acto de contrición demasiado sobrenatural. Le basta con que experimentamos que no compensa vivir y comer como los cerdos. Claro que, cuando el chaval sintió el abrazo fuerte de su padre, olvidó las algarrobas, y su miserable arrepentimiento se transformó en dolor de amor.
Eso mismo nos ocurre a todos alguna vez (al menos, a mí) cuando acudimos a la confesión sólo porque toca o porque estamos tristes, y oímos las palabras del sacerdote, como un abrazo paterno:
―Ego te absolvo a peccatis tuis… Yo te absuelvo de tus pecados.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Domingo XXVI del tiempo ordinario

Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.” Él le contestó: "No quiero." Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor." Pero no fue. (Mt. 21, 28-30) 
Así de breve es la parábola que leeré en el Evangelio de la Misa de hoy. El Señor la concluye preguntando a sus oyentes cuál de los dos hizo la voluntad del padre. La respuesta es evidente: el primero. Pero yo, cada vez que leo esta historia, me siento incómodo. Hay algo que no encaja.
Son las 12 de la noche y he terminado de preparar el retiro de mañana. La primera meditación lleva un título sugerente: “disponibilidad”.
Si Jesús hubiese preguntado cuál de los dos hijos estaba “más disponible”, la respuesta no habría sido tan nítida. Yo me siento muy identificado con el segundo, con el de las buenas palabras, porque habitualmente digo que sí, que por supuesto, que haré lo que Dios me pida cada instante de mi vida. Soy sacerdote porque quiero estar disponible, sin ataduras, las 24 horas al día:
―Descuida, Señor; déjalo de mi cuenta. Claro que iré a la viña, no faltaba más… Ahora mismo, cuando termine el partido de la tele; cuando acabe de leer esta novela; cuando escampe; cuando se me vaya este dolor de espalda que me tiene frito; cuando descanse un poco, que uno tiene ya cierta edad; cuando suba la bolsa; cuando caiga el satélite; cuando no haga tanto calor, cuando me sienta con fuerzas… No, por favor, Señor, no se lo pidas a ése, que es un inútil. Lo haré yo, por supuesto. Ya verás; espera un poco, es cosa de un par de días.
O de semanas.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz


Nos autem gloriari oportet in cruce Domini nostri Iesu Christi...
“Debemos gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”, escribe San Pablo. Como el soldado se gloría en sus heridas, el atleta en la dureza de la competición, el aventurero, en los escollos que tuvo que afrontar antes del triunfo, así nosotros; porque uno de nuestra raza ha vencido ─con dolor─ al pecado, a la muerte y a Satanás.
La santa Cruz es el trono en el que triunfó el Señor y hoy vuelve a llenarse de claveles rojos o de rosas encendidas.
La imagen no es nueva. Las primeras cruces del arte cristiano son cruces de gloria; no expresan el dolor de un hombre derrotado, sino la alegría del vencedor. No son cruces ensangrentadas, sino estandartes orlados de piedras preciosas, de gemas coloreadas, como flores que celebran la victoria.
Las representaciones más antiguas del Calvario nos muestran a Jesus así: con los ojos abiertos y ricas vestiduras sacerdotales. Sus brazos extendidos abrazan desde lo alto al mundo entero.  
Quedémonos hoy con esta imagen. Ya tendremos tiempo de contemplar a Jesús agonizante, con la mirada perdida, los labios resecos y el cuerpo destrozado por el suplicio. Esa terrible visión nos habla del pecado, que es la causa de la muerte del Señor.
Celebremos hoy su triunfo. Llevemos con alegría esa cruz y nuestras manos se llenarán de flores nuevas.

domingo, 10 de julio de 2011

El Sembrador

 
El Señor pidió a Pedro que le prestara la barca para utilizarla como púlpito. La multitud se había sentado en la arena de la playa, a la orilla del mar. No había altavoces; sólo  la voz del Maestro, más recia que el romper de las olas.
―¡Salió el sembrador a sembrar…!
El Señor contó entonces la Parábola que hoy leeremos en la Misa. Habla del Padre y de sí mismo, que es el Verbo, Palabra Eterna, y debe penetrar en todas las sementeras del mundo. Habla de sus manos llagadas que lanzan a voleo palabras nuevas de vida eterna. Habla de los predicadores, que hemos de ser, como Cristo, semilla limpia y sin contaminar. Habla de mí, que querría ser buena tierra para conservar intacta la semilla.
Conservarla no es guardarla en un congelador; es lanzarla a voleo para que germine cada vez más lejos y nazcan nuevas semillas y nuevos sembradores de paz y de alegría.