Es
Jueves Santo y estoy en mi tierra. Hoy no tengo que celebrar la Misa a la hora de costumbre, pero mi
organismo no lo sabe y me ha despertado como siempre, a las 6 de la mañana. Aún
no ha amanecido.
Comienza
el triduo Pascual y yo abro el libro de la liturgia de las horas. En cada
verso, en cada himno, en cada una de las lecturas, se proyecta ya la sombra de
la Cruz.
Sin
embargo hoy es un día de fiesta; es el jueves más alegre de la historia.
Celebramos la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio de Cristo. Es
también el día en el que Jesús nos amó hasta el extremo y nos invitó a tomar ese
amor como modelo del nuestro. Hoy oímos hablar por primera vez del Padre y del
Espíritu Santo que habitan en cada uno de nosotros. Hoy hicimos todos las
Primera Comunión.
Es
cierto que hoy también es el día de la traición y de la agonía; la noche de
Judas; pero ¿no podríamos olvidarnos de eso por unas horas? ¿No sería lógico
que la fiesta de hoy se llenara de aleluyas y dejáramos de lado la Cruz?
Me
respondo que no: La Eucaristía nace de la Cruz. El Amor de Cristo revela toda
su potencia salvadora en la cruz. El Sacerdocio nos identifica con es Cristo-Sacerdote
que extiende los brazos en la Cruz para abarcar al mundo entero.
Vuelvo
a abrir el libro. Veo que la versión española de la Liturgia de las horas convierte
en himno litúrgico de Laudes aquel conocido soneto de Lope de Vega:
No me mueve, mi Dios, para
quererte
el cielo que me tienes
prometido;
ni me mueve el infierno tan
temido
para dejar por eso de
ofenderte
Tú me mueves, Señor, muéveme
al verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan
herido,
muéveme tus afrentas y tu
muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en
tal manera,
que, aunque no hubiera cielo,
yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno,
te temiera.
No me tienes que dar porque te
quiera;
pues, aunque cuanto espero no
esperara,
lo mismo que te quiero te
quisiera.
Son
ya las 6,30 de la mañana