Se llama Germán Talavan y tiene una tienda en la calle de Alberto Alcocer, a menos de cien metros de mi casa. Vende bombillas y lámparas de todo tipo. El barrio entero lo conoce. Desde hace algún tiempo sobre su escueto mostrador hay unos pocos libros apilados. La portada es sobria y elegante: en el centro la fotografía de un paisaje otoñal. Encima, el título: "Poesía y otros escritos". Debajo, el nombre del autor, que es el propio Talavan. Los ofrece a un precio razonable a todo el que tenga la curiosidad de interesarse por ellos.
En España hay muchos más poetas que lectores de poesía. Así que lo más probable es que el éxito de ventas no sea indescriptible. Yo me hice con un ejemplar y lo abrí al azar sin esperar nada. Hay en esta tierra abundancia de versificadores, rapsodas y versolaris que, aunque aportan poco a nuestra literatura, quizá cumplen una función en bodas, romerías o funerales. También tenemos poetas incomprendidos —tal vez porque son incomprensibles—, que parecen de la "poesía secreta"; pero, de vez en cuando, uno descubre un poeta auténtico. Éste es el caso de Germán Talavan, un hurdano de 70 años, escritor de raza, poeta melancólico, vendedor de luces.
No voy a hacer ahora una crítica del libro que tengo entre las manos. Lo leeré despacio y, con su permiso, pondré en el globo alguno de sus poemas, como este brevísimo, escrito en 1966:
Canta,
madre.
Escucho
tu dulce acento.
No
llores mi desengaño.
¿Quieres
que cante yo luego?
Anda,
madre,
eleva
el trino a la bóveda del cielo.
Pero
elévalo bajito.
Cántame,
madre, en silencio.
