domingo, 29 de septiembre de 2019

Salve Regina (III)



Nostalgia del Paraíso

    En la Anunciación de Fra Angelico aparece a la izquierda el destierro de Adán y     Eva. En el centro, María Santísima, traspasada por un rayo de luz. ¡Llena de Gracia!.

Ad te clamamus exules filii Hevae. A ti clamamos los desterrados hijos de Eva.
Los hombres somos unos desterrados. Dios nos creó para ser felices y nos puso en un Paraíso, libres del pecado, de la muerte y del dolor. Nuestros primeros padres eran dueños de aquel lugar y soberanos de la creación. Los animales estaban a su servicio, los árboles les entregaban su fruto con generosidad y las aguas de los ríos siempre limpias y transparentes, calmaban su sed y regaban los campos.

¡Habría sido tan sencillo conservar intacto el Edén! Habría bastado con superar la prueba que Yahvé puso a Adán y Eva. Pero ya sabéis lo que ocurrió. El pecado entró en el mundo y la naturaleza humana quedó dañada para siempre, a la espera de un redentor y de una Mujer que aplastara la cabeza de la serpiente.
El relato del Génesis responde a un hecho histórico, pero, como es sabido, debe ser interpretado alegóricamente.  No me resisto a reproducir la divertida versión del pecado original que relata Baltasar Gracián el "El criticón", uno de mis libros de cabecera:
Contaban los antiguos que cuando Dios crió al hombre encarceló todos los males en una profunda cueva acullá lejos, y aun quieren decir que en una de las islas Fortunadas de donde tomaron su apellido; allí encerró las culpas y las penas, los vicios y los castigos, la guerra, la hambre, la peste, la infamia, la tristeza, los dolores, hasta la misma muerte, encadenados todos entre sí. Y no fiando de tan horrible canalla, echó puertas de diamante con sus candados de acero. Entregó la llave al albedrío del hombre, para que estuviese más asegurado de sus enemigos y advirtiese que, si él no les abría, no podrían salir eternamente. Dejó, al contrario, libres por el mundo todos los bienes, las virtudes y los premios, las felicidades y contentos, la paz, la honra, la salud, la riqueza y la misma vida. Vivía con esto el hombre felicísimo. Pero duróle poco esta dicha; que la mujer, llevada de su curiosa ligereza, no podía sosegar hasta ver lo que había dentro la fatal caverna. Cogióle un día bien aciago para ella y para todos el corazón al hombre, y después la llave; y sin más pensarlo, que la mujer primero ejecuta y después piensa, se fue resuelta a abrirla. Al poner la llave aseguran se estremeció el universo; corrió el cerrojo y al instante salieron de tropel todos los males, apoderándose a porfía de toda la redondez de la tierra. La Soberbia, como primera en todo lo malo, cogió la delantera, topó con España, primera provincia de la Europa. Parecióla tan de su genio, que se perpetuó en ella, allí vive y allí reina con todos sus aliados.
El relato es bastante más largo, pero no es éste el lugar para comentarlo, ni siquiera para criticar esa leve broma "machista" que aparece en el texto. La Salve, en todo caso, se remonta al Paraíso; somos los hijos de Eva, exiliados de la alegría. Fuera del Edén es imposible ser felices del todo, pero tenemos en la memoria el recuerdo de la felicidad perdida. Sabemos que es posible, que la necesitamos, y la vamos buscando como ciegos atolondrados en los pequeños oasis de este destierro árido donde nada nos satisface del todo.
¿Podremos alcanzarla algún día?
Hay un solo obstáculo: el pecado. Por eso, cada vez que pedimos perdón y Dios nos reconcilia con Él por la Penitencia, sentimos en el alma un chispazo de alegría, como un presentimiento de que el Paraíso no está pedido del todo.
Mientras tanto gozamos de la alegría del viajero, del que sabe que, aunque el camino sea duro, lleva a la meta. Y la meta está cada día más cerca.

Añoramos el Paraíso y se lo pedimos a la Nueva Eva, Santa María, porque Ella ha vencido a la serpiente.

La primera Misa de Perico


Sólo saqué una foto, y no es muy buena
He tenido un sábado complicado. Quizá no era para tanto, pero yo he acabado reventado. Cosas de la vejez, supongo.
Resulta que Perico González-Aller celebraba su primera Misa solemne en Tajamar y me ha invitado a predicar la homilía. No he podido ni he querido negarme. Conozco a esa familia desde hace muchos años y sé que me aprecian de  forma especial. El problema es que, en 50 años de cura, sólo he asistido a una primera Misa, la mía, y entonces estuve tan nervioso que no me enteré de lo que dijo don Jesús Urteaga, que era el predicador.
Ayer fue distinto. Perico se ha ordenado sacerdote con más de 40 años y sin un solo pelo  en la azotea, pero es un chaval lleno de vitalidad. Seguro que llegará a las bodas de oro en plena forma. Esta mañana he pedido al Señor que sea muy fiel, que no cambie, que no envejezca por dentro y que contagie a muchos su alegría.
Por primera vez en 50 años no me he limitado a hacer un guión para predicar; he escrito de punta a cabo todo lo que quería decir. Calculé que diez minutos, pero, con un par de morcillas, me salieron 13. Yo veía a la gente muy atenta. Al final de la ceremonia, el besamanos se prolongó demasiado. Perico se volcó con cada uno de los que se le acercaban y les hablaba con entusiasmo y extensión. Tuve que acercarme para decirle:
─Aligera, Perico, que hay doscientos en la cola y algunos quieren ver el partido del Madrid.


jueves, 26 de septiembre de 2019

Salve Regina (II)


Vita, Dulcedo et Spes nostra...


Hasta el último momento los seguidores de Jesús conservamos la esperanza. Cuando un  soldado blasfemo le gritó, "si eres el Hijo de Dios, baja de la Cruz", pensamos que, en efecto, Él haría saltar los clavos que lo sujetaban al madero y se presentaría ante la multitud con sus llagas cicatrizadas y sonrisa de triunfador. Pero el Señor no se movió.

Una piedra enorme cayó sobre la tumba en la que yacía el cuerpo del Maestro. El estrépito de aquella losa que cerraba para siempre el sepulcro, nos golpeó en el pecho con la fuerza de un trueno aterrador. Supimos que todo había terminado. Jesús estaba muerto, y, con su muerte, la vida dejaba de tener sentido: los sueños de tres años; las parábolas que nos contaba al atardecer, los milagros que vieron nuestros ojos, sus promesas de la Última Cena, su rostro transfigurado en el Tabor, Lázaro saliendo del sepulcro, la tempestad calmada…
 ¿Había  desaparecido la Esperanza? ¿Fue todo una pesadilla, una alucinación?
Volvimos al Cenáculo en silencio a la caída del sol. Detrás de nosotros llegó María. No le quedaban lágrimas. Estaba en paz y casi sonreía con ternura de madre. Me acerqué a Ella, la miré a los ojos, y el corazón me volvió a latir con fuerza: aquella mirada era la misma con la que Jesús me llamó un día junto al Mar de Galilea. Yo sabía  que el Maestro era el vivo retrato de su Madre, pero hasta entonces no había comprendido la verdad. Él volvía a llamarme como la primera vez y me mostraba el camino para encontrarle.
—No tengas miedo —me dijo—. Siempre estaré aquí, detrás de la mirada de mi Madre.
Esperanza nuestra.

martes, 24 de septiembre de 2019

Salve Regina (I)




Comienzo estos torpes comentarios en el día de la Virgen de la Merced. Quiero hablar de la Salve, que siempre ha sido mi oración predilecta dirigida a la Santísima Virgen.
Se trata de una oración muy antigua, quizá del siglo X, anterior a la primera cruzada. Franceses, españoles y alemanes se disputan su autoría, pero es evidente que la compuso un gran poeta, cortés, galante, tierno y enamorado de nuestra Señora.
Leeremos el texto original en latín.
Salve, Regina, Mater misericordiae, vita dulcedo, et spes nostra, salve.
Es el inicio, solemne y sencillo. "Dios te salve" no es, en mi opinión, una traducción correcta al castellano actual. Prefiero decir simplemente "Salve", que es como los antiguos romanos se saludaban entre sí. El comienzo de la oración es, por tanto, un saludo respetuoso y solemne que empieza y termina con la misma palabra: Salve.
Salve, Reina, Madre de la Misericordia, dulzura de la Vida, Esperanza nuestra, Salve.
Para hablar con la Virgen es natural que empecemos con un rosario de piropos. Quiero atraer su mirada y ganarme su atención. Es lo que los latinos llamaban captatio benevolentiae, una introducción obligada para cualquier discurso. Al rezar en castellano, procuro ceñirme al texto original. Y me gusta pensar que, con tantos requiebros, María se ruboriza como ocurrió en Nazaret cuando el Ángel la llamó "Llena de Gracia" y Ella "se turbó". Yo le digo ahora Reina, porque lo es. Y Madre de la Misericordia, porque, con palabras de Francisco, "la misericordia del Dios invisible se ha hecho visible en Jesús, que es el Hijo de María". A continuación hago una pequeña trampa: debería haber dicho "Vida, dulzura, Esperanza…", pero me gusta pensar que hace muchos siglos alguien cayó en una errata: no quiso escribir Vita, Dulcedo, sino Vitae dulcedo, es decir dulzura de la vida.
Así es. La vida de cualquier cristiano es áspera, dura, está llena de peligros y de dolores. María Santísima no evita esos escollos, pero nos enseña a sonreír, a abrazarlos sin miedo y convertirlos en Gracia, en un regalo del mismo Dios, que nos invita a llevar la Cruz.
Esperanza Nuestra… ¡He citado tantas veces a Peguy, el poeta de la Esperanza! Me gusta recordar aquel verso:
"La Esperanza es una Niña, que me da cada mañana los buenos días".
María Santísima es esa Niña. Sin Ella no sería capaz de levantarme con una sonrisa.

domingo, 22 de septiembre de 2019

Coplillas para el comienzo de la liga



Me lo contó Florentino:
Con Valverde o sin Valverde
cuando no está el argentino
seguro que el Barça pierde

Y es que los entrenadores
unos vienen y otros van.
Llegarán tiempos peores
Para el bueno de Zidán.

Ahora se encuentra en capilla
a la espera del Sevilla.


sábado, 21 de septiembre de 2019

La Salve


 
Todos los sábados, al final de la Exposición y bendición con el Santísimo Sacramento, en los centros de la Obra cantamos la Salve a la Santísima Virgen. La Salve popular —la que todos conocen— trae aires de romería, de fiesta en el campo. La Salve solemne engrandece al que la escucha; uno se siente transportado a la antesala del Cielo. No quisiera exagerar. Ojalá yo fuera capaz de entonarla como hace treinta o cuarenta años y concluir el canto modulando la oración final con las notas justas y la voz limpia de telarañas.
Hoy, sábado y último día de la convivencia, hemos cantado la Salve popular. Después de unos tímidos carraspeos, las gargantas han respondido dignamente. No somos una gran coral, pero el canto gregoriano tampoco requiere una técnica depurada; basta con cantar bajito, siguiendo al que tenemos al lado, sin tratar de destacar entre el grupo. Y rezar con cada palabra, convertir cada nota de la melodía en un piropo a la Reina y Madre.
Al terminar, he sacado un  propósito: comentar esta preciosa oración en el globo. Lo podría hacer en seis o siete entradas. Ya veré cuándo y cómo empiezo. Hoy escribo estas líneas solo para comprometerme.
 

Viva la ortografía



Me sugiere Homero que estudie la posibilidad de no admitir comentarios en el globo si vienen con faltas de ortografía.
—Vale, pero seríamos indulgentes con los acentos, ¿verdad?
—Sí, pero las bes y las uves, las ges y las jotas, las elles y las y griegas, y, por supuesto, las haches deben seguir las normas ortográficas. No respetarlas supone una falta de respeto al lector, y a mí, que soy un búho de ojos atentos, me producen conjuntivitis. Ahora hay correctores ortográficos la mar de eficaces, y gracias a esta censura, el globo puede contribuir a elevar el nivel cultural de sus visitantes.
—Ten en cuenta que Internet hasta la k tiene kabida para kasi todo. Es un océano de libertad.
El búho me mira con aire pasmado pero inflexible.
—No flaquees, compañero. Puedo concederte que Antuán utilice la ortografía a su antojo, pero sólo porque Antuán es un genio. Y a los genios se les permite todo. No renunciaría a sus comentarios por nada del mundo. Por mí como si los redacta en manchego; pero los demás, empezando por ti mismo, deben esmerarse más por limpiar de atrocidades el lenguaje.
—Veremos si sigo su consejo.
 

viernes, 20 de septiembre de 2019

Crónica de un otoño tormentoso


 Pablo me envió esta imagen. No sé con qué intención
Se prepara una tormenta. Nos la anunciaron ayer los augures meteorológicos, pero las aves ya lo sabían. Han desaparecido los pájaros más pequeños, y las grandes rapaces —los buitres, el halcón peregrino, los milanos y la pareja de águilas reales— vuelan ya por encima de las nubes. Los insectos también se preparan para aguantar el chaparrón Aún no se ha levantado el viento, pero mi despacho se ha llenado de moscas y moscos, moscones y mosconas, que buscan asilo en sagrado. Los recibo como se merecen; con un insecticida Raid, de agradable fragancia, que los elimina al instante envolviéndolos en una nube blanca apestosa. Al acabar el exterminio guardo el bote en el armario para no ser acusado de maltrato animal.
Abro el periódico. No sé si es el de ayer o el de hoy. No me importa; solo busco el jeroglífico, el problema de ajedrez y las esquelas. Dicen que, por culpa de Internet, ya no se contrastan las noticias como en otros tiempos y que por eso abundan las fake news, o sea las mentiras. Pero las esquelas no mienten: son noticias confirmadas y definitivas. Encomiendo a Dios a cada uno de los difuntos, también a los que no mueren en el ABC, y echo una ojeada rápida al resto de las secciones.
En la sección "nacional" también se preparan para la tormenta mediática. Disuelto el hemicirco, comienza el parloteo electoral. Leo que en Navarra nuestros amados líderes autonómicos han decidido cuánto deben medir a lo largo y a lo ancho las cocinas políticamente correctas. El totalitarismo ya ha entrado en los fogones. Pronto pasará a los dormitorios. También leo que en Canadá ha dimitido un ministro al confesar, contrito y humillado, que hace veinte años se pintó la cara de negro para disfrazarse de Aladino. Supongo que en los próximos días habrá una holeada de dimisiones en masa de los cientos de concejales españoles que han participado en las caravanas de reyes representando al negrito Baltasar.
Me dice el búho que no me meta en política, y le contesto que de acuerdo; si los políticos hablaran de política yo no me metería jamás en ese jardín. Pero esto no es política; es simple meteorología. Hablo de la tormenta y de los insectos.
¡Quién tuviera un buen insecticida de agradable fragancia!  

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Avecedario


Mañana tenemos retiro hasta las cinco de la tarde. Luego me iré de pájaros y no escribiré ni una línea. Entre tanto, disfrutad con este simpático "Avecedario" de Miguel d'Ors;

La golondrina, aguzada
como una flecha de amor;
el mirlo madrugador,
gayarre de la entramada;
la tórtola que, enlutada,
borbota su desconsuelo
en Fontefrida; elmochuelo
dando ejemplo de atención,
y los gorriones que son
la calderilla del cielo

Charlas al vuelo



Mientras observo con los prismáticos una bandada de buitres que sobrevuela la Sierra, se acercan dos amigos que discuten apasionadamente:
—…hasta que la muerte nos separe —viene diciendo uno—.
—¿En serio? —responde el otro—.
—¿Te parece demasiado?
—Me parece poco. La muerte no separa, une.
Se detienen al llegar a mi altura, y el que acaba de responder me interpela:
—¿Y usted qué opina?
—que es verdad lo que dices: la muerte no divorcia; al contrario. En el Cielo todos los amores de la tierra se dilatan, crecen y se hacen indestructibles. Al fundirse con el Amor de Dios participan de su eternidad. Por eso dice San Pablo que el amor no pasa nunca.
—Sabe que hablamos del matrimonio, ¿verdad?
—Claro; el amor a los pájaros es otra cosa.

martes, 17 de septiembre de 2019

Silbidos lejanos

Norberto del Castillo, uno de los más ilustres asistentes a la convivencia de la Acebeda, es profesor, poeta y cantautor. Además silba, y sus sorprendentes silbidos vuelan por la red. Fijaos lo que ha conseguido hacer con la melodía de "La muerte tenía un precio". 
 

El vino de Caná




¡Qué guapa estaba mi Señora vestida de fiesta con su túnica azul! En aquella boda de Caná de Galilea Ella era la invitada principal y la mejor madrina, la más hermosa y también la más discreta. Le habría gustado pasar inadvertida, pero, con una copa de vino en la mano derecha, que apenas probó, y una sonrisa permanente en los labios, atraía las miradas de todos, también las de Homero, mi búho.
Jesús hablaba con Andrés en un rincón de la casa cuando se le acercó su Madre para decirle en un susurro:
—No tienen vino.


Fue el primer milagro de Jesús y también el más modesto. Convertir el agua en vino parece más sencillo que detener tempestades, curar leprosos o resucitar muertos; pero fue un milagro mariano. María comprendió que, en una boda modesta como aquella, el vino es siempre lo más importante. Si faltara, los novios recordarían el día más feliz de su vida con una sombra de pena, quizá incluso de vergüenza.
En Caná hubo aquella noche dos vinos diferentes. El primero, áspero, peleón, adobado con especias y quizá rebajado con un poco de agua, servía para encender una chispa alegre en las pupilas de los invitados y para engañar al hambre con la risa.
El segundo fue el que nació del milagro, el que entregaron al maestresala los sirvientes cuando la fiesta decaía. Era un vino, denso y ligero al mismo tiempo, sabroso y refrescante, suave al paladar, rico en aromas, capaz de enamorar desde el primer sorbo. Un vino con memoria y sin resaca, una joya inolvidable.
Quizá María quería explicar a los novios que también hay dos tipos de amor. El primero, el de la boda, es un amor impetuoso, entusiasta, un poco ciego. Llega caído del Cielo como un flechazo y se cree eterno. Desde fuera uno lo contempla con simpatía. A todos nos conmueve verlo en los que comienzan su aventura. A ese primer amor lo llamamos enamoramiento, y es precioso, pero termina pronto. Quizá también deja resaca.
Pero hay otro amor que no termina nunca. Es un milagro que Dios crea en el alma si seguimos el consejo que nos dio María en la boda de Caná de Galilea:
—Haced lo que Él os diga.
Los sirvientes fueron llenando de agua —¡hasta arriba!— las seis tinajas de piedra que había en la casa. Dicen que casi seiscientos litros, cántaro a cántaro, sin hacer preguntas, confiando sólo en el mandato de Jesús y en la sonrisa firme de la Señora.
El amor nuevo crece así, acarreando agua, sufriendo un poco, desviviéndose siempre, luchando contra el egoísmo, que es una amenaza constante. Si los enamorados no tienen miedo a la entrega ni a los hijos que Dios les envía, porque saben que son el fruto natural del matrimonio, un regalo divino y nunca "un riesgo" ni un obstáculo para su felicidad, entonces, sólo entonces, recibirán de manos de la Virgen el vino nuevo de Caná, el Amor con mayúscula que nunca termina.
Hace un mes este ornitómano, amigo de los pájaros y las rapaces nocturnas, cumplió 50 años de sacerdote. También el Papa los celebrará en diciembre. Su sonrisa permanente indica que ya ha probado este vino nuevo. El que disfrutamos en nuestra primera Misa fue estupendo, pero nada como la alegría de las Bodas de oro.


lunes, 16 de septiembre de 2019

Volver a la Sierra


Esto es un diario y poco más. De momento me limito a mantener el globo en el aire. Quizá mañana remontemos el vuelo, si el Señor me echa una mano y me visitan las musas.
Acabo de volver a La Acebeda y aquí estaré hasta el próximo domingo por la mañana. Debo atender una convivencia, a la que asistirán, si no fallan todos los cálculos, una veintena de profesionales. Para mí será un tiempo de descanso, no sé si merecido. Sólo tendré que predicar una meditación por la mañana, confesar, charlar con quien quiera echar una parrafada, y, quizá, dar alguna clase.
He salido de Madrid hace una hora. El tiempo era espléndido y los termómetros subían camino de los 30 grados.  Aquí, en Miraflores de la Sierra, a 1.250 metros de altura, chispea sin mucha convicción y sopla una brisa fría estimulante.
Termino de deshacer la maleta y, después de comprobar que la wifi responde, salgo de mi habitación para saludar a los que van llegando.
--¿Y los pájaros?
Esta vez tendrán que venir ellos a devolverme la visita. Este otoño no invita a salir de casa.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Fin de finde





"Finde" es una palabra espléndida. No entiendo por qué aún no está en el diccionario, donde sí entraron boli, peli, mili, poli y otros vocablos apocopados terminados en i. Los italianos prefieren decir weekend tratando de fusilar el acento de la City. En castellano decíamos "fin de semana" con todas las letras cuando aún no habíamos conquistado el sábado. Ahora en cambio preferimos decir finde, que sólo tiene dos sílabas y suena la mar de bien. Me apuesto un pincho de tortilla a que la palabra se queda con nosotros para siempre.
Bueno, pues este agitado finde, que, como estaba previsto, fue lluvioso, ha terminado con un día de retiro. El viernes, en el cole, confesiones ininterrumpidas y Misa con homilía para los de sexto de primaria. Luego charla con algunos chavales de ese curso. Por la tarde, visita larga a un enfermo, y estudio. El sábado, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, meditación y Misa en el Colegio Mayor Zurbarán y, sin tiempo para desayunos, salgo pitando hacia Vallecas para asistir a una interesante sesión informativa. De nuevo en la M30, me envuelve el primer chaparrón del día. Mi Citroën lo estaba necesitando para quitarse la mugre acumulada durante la sequía. David, me espera en la calle Lagasca para dar cuenta de un arroz  lujosamente ilustrado y unas alcachofas. David es mi sobrino más internacional; acaba de llegar de Suiza, o de Shanghái no estoy seguro, y el lunes volará a Chicago, o a Paris, tampoco lo tengo muy claro.
Por la tarde, festejo en el Club Jara. El Jara es un club de bachilleres de larga tradición. Tengo que predicar a las 7 y media de la tarde y presidir una exposición y bendición con el lignum crucis, es decir, con la reliquia de la Santa Cruz que custodia la administración de este centro.
Llego con tiempo y me encuentro con una pequeña multitud de chavales, la mayoría de Aldovea. El más serio de todos es Pablo, que acaba de estrenarse como comentarista en este modesto globo. Me lo paso en grande en el Jara y siento la tentación de asesinar a Álvaro, el cura titular del Club, para  sustituirlo en el cargo. A las 8 y media rechazo la tentación y vuelvo a casa.
De vuelta en mi habitación, dedico un rato a preparar el retiro de mañana. Por la noche, el sonido de la lluvia en los cristales es como un bálsamo inductor del sueño.
Hoy, domingo, es la Fiesta de la Virgen de los Dolores. Celebran su santo las Lolas, pero la mayoría no lo saben: siguen aferradas al Viernes de Dolores, que fue suprimido del calendario litúrgico sin su permiso.
—¿Y el retiro?
—Bien gracias. Creo que España se ha proclamado campeona mundial de baloncesto. Gracias a Dios no he podido ver el partido. No habría sido capaz de aguantar la tensión nerviosa.
Mañana vuelo a la Sierra para atender una convivencia.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Un finde sin fin


Mañana lloverá. Me espera esto. ¡Qué bonita es la Urbe!
Eso es lo que me espera a partir de mañana por la mañana. Pláticas, meditaciones varias, conversaciones intensas, ceremonias, entrevistas y mi pobre Citroën yendo y viniendo por la M30.
La M30 es un gran hallazgo. Ahora me arrepiento de haber dicho pestes del alcalde Ruiz Gallardón, que hace años llenó de túneles esta carretera de circunvalación y casi paraliza Madrid por culpa de las obras. Fueron unos meses terribles, pero valió la pena el tormento. Ahora, si uno tiene la suerte de vivir cerca de esta autovía, todo es más sencillo. Es como tener una salida al mar. Uno se lanza al torrente circulatorio de la M30 y puede atracar en cualquier "puerto" de la Villa y Corte sin más demoras ni atascos que los imprescindibles. En la M30 he rezado centenares de rosarios, he oído la radio, ha cantado rancheras a voz en grito. Y, por supuesto, como casi todos los visitantes, yo también me he perdido, aun conociendo las salidas y entradas, porque la señalización es criminal.
Hoy no puedo escribir más. ¡Qué ganas tengo de sentarme frente al ordenata con un par de horas por delante para explayarme a gusto!
Ayer, a las siete menos cuarto de la mañana, salí de casa con el coche para celebrar misa en el Colegio Mayor Zurbarán y me topé con un atasco. Un "agente de movilidad" de unos veinte años desviaba el tráfico por culpa de un accidente que se había producido justo por donde yo tenía que entrar. Le pregunté si podría tomar la calle Puerto Rico.
—Usted puede tomar lo que le dé la gana —me contestó con el más puro acento de Chamberí— si yo se lo permito. Pero ¿se puede saber a dónde va con su edad a estas horas?
—Eso digo yo —respondí—.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Dormir con el móvil



En las viejas novelas policiacas el móvil era siempre un dato fundamental de la investigación.
—Tenemos un sospechoso, Mr. Poirot, ¿pero cuál es el móvil?
El Inspector Macpherson, como es obvio, no se pregunta por el teléfono del criminal, sino por el motivo que le llevó a delinquir. Todavía hoy, cuando oigo pronunciar ese sustantivo, pienso en Hércules Poirot y en Miss Marple, que fueron los detectives favoritos de mi niñez.
Ahora el móvil ha cambiado de significado, aunque no mucho.
Según las encuestas el 56 por ciento de los adolescentes entre 15 y 18 años duermen habitualmente con su asesino, quiero decir con el móvil.
—¿Es cierto ese dato?
—No tengo ni idea; me lo acabo de inventar, pero por ahí deben de andar las cosas, a juzgar por lo que me cuentan mis amigos de esa edad, que por cierto son legión, como los diablos que llevaba dentro el endemoniado de Gerasa.
—¿Y qué hacen con el móvil por la noche?
—Sobre todo chatean.
—¿Toman chatos?
—No, querido amigo. Ya se ve que no estás al loro. En nuestros tiempos, en efecto, chatear era ir de bares para consumir chatos, potes o chiquitos, que de las tres formas puede decirse. Ahora, aunque la Academia no lo contemple todavía, significa cambiar mensajes guachapeando con amigos, colegas o desconocidos.
—¿Y de qué chatean a las tres de la mañana?
—Sospecho que no hablan de metafísica ni de las próximas elecciones generales. La noche y la cama no son una buena combinación para especular sobre cuestiones elevadas. Mi experiencia me dice que esas conversaciones nocturnas, en el mejor de los casos, son banales y prescindibles. Otras veces son pegajosas y guarrománticas. Y, desde luego, no contribuyen en nada al descanso ni a la paz del espíritu.
—Feo asunto. ¿Qué podemos hacer?
—De momento, que los padres tomen nota. Hay que promover una campaña para que los móviles se conviertan en inmóviles a partir de cierta hora.
—¿Y si los padres duermen con el móvil?
—Entonces estamos perdidos.
—¿Y tú no duermes con el móvil?
—Al contrario. El móvil me despierta cada mañana. Suena una melodía, y una voz metálica susurra: "Son las seis y cuarto".

martes, 10 de septiembre de 2019

La mesa camilla


Cuando resucité este globo hace unos meses, dije que aspiraba a convertirlo en una especie de mesa camilla para que unos pocos amigos charláramos de nuestras cosas, sin debates ni enfrentamientos personales. Desde entonces el número de visitantes ha aumentado más de lo previsto, pero el ambiente de tertulia cordial se mantiene.
Claro que no todo es perfecto. A veces en la mesa camilla se acomoda alguien que parece tener como único propósito pegar pataditas por debajo del mantel con alusiones ad hominem o consideraciones ajenas al tema central de la tertulia. Es una pena, porque uno siente la tentación de entrar al trapo, y, si lo hiciera, el nivel de la conversación bajaría en picado. Por eso he decidido no admitir ese tipo de comentarios aunque no sean particularmente ofensivos.
Alguien dirá que esto es censura. En efecto, lo es.


lunes, 9 de septiembre de 2019

Hoy



En mi etapa de cura rural, cuando sólo predicaba retiros o atendía convivencias y otros medios de formación en Molinoviejo, Riaza o Canarias, no había lunes, ni miércoles, ni findes. Los días de la semana venían sin identificarse y se esfumaban sin dejar huella. ¿Martes, jueves? ¿Qué más da? Solo importaba el lento trascurrir de las estaciones: el oro del otoño, la nieve del invierno, el verde adolescente de la primavera, los violines tremolantes de los abejarucos en verano… ¿Monotonía? Tampoco. Cada jornada era única como lo era cada meditación o cada clase.
Pero he vuelto a Madrid y he entrado en la rueda de los días numerados del uno al treinta y uno, y catalogados como laborables, festivos y de puente. Ahora cada jornada llega con su etiqueta y color correspondientes. El viernes aparece de verde esperanza; el lunes, de marrón oscuro; los martes y los jueves, de rojo-Aldovea, que es el color del cole. El miércoles, como es un día veleidoso, cambia de color según las circunstancias.
Hoy es lunes. Me gustan los lunes, palabra, igual que disfruto con la madrugada y el madrugón. Los lunes me siento muy temprano frente a la pantalla del ordenata y lo lleno de palabras. Son cuentos para niños, clases, pláticas, homilías, meditaciones… 
Me dicen que no necesito prepararme tanto.
—Con tu experiencia…
Y dale con mi experiencia. Sin estas mañanas de lunes, ¿cómo podría improvisar el resto de la semana?

sábado, 7 de septiembre de 2019

1961



Hoy, hace cincuenta y ocho años en Cádiz, un chaval que acababa de terminar el bachillerato pedía ser admitido en el Opus Dei. Era el más pequeño de una familia numerosa. Tenía ocho hermanos y quería ser físico. Era un chico inteligente y de pocas palabras; buen jugador de tenis y no le gustaba perder. Quizá había leído ya el punto 755 de Camino, que dice:   

"De que tú y yo nos portemos como Dios quiere —no lo olvides— dependen muchas cosas grandes".

Aquel muchacho se llamaba Fernando Ocáriz y hoy es el Prelado del Opus Dei.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Empieza el cole




…y como todavía soy jovencito, han decidido que este año me ocupe de los niños de tercero de primaria que harán en mayo la primera Comunión. Estoy aterrado; no tendré más remedio que inventarme nuevos cuentos y domar en clase a una pequeña manada de potrillos encantadores en estado salvaje.
—Usted tiene mucha experiencia y lo hará mejor que nadie —me repiten una y otra vez los que me han metido en este lío—.
Es una manera como otra cualquiera de decirme que nada como un abuelo para contar batallitas a los niños. ¿Experiencia? Desde luego que sí, pero, como ya he dicho en repetidas ocasiones, la experiencia enseña que no hay que hacer caso de la experiencia, porque cuando uno tiene experiencia de verdad ya no se acuerda de nada, ni siquiera de su presunta experiencia.
Hoy han venido a verme dos chavales de 12 años. Uno lleva años en el cole; el otro es nuevo.
—Don Enrique —me dice el más veterano—, quiero presentarle a mi amigo. Es un poco parao y le da vergüenza hablar con el cura. Ya le he dicho que no pasa nada, que usted confiesa genial y no riñe nunca.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Los "peros" de Isabel



No recuerdo como se llamaba aquel chaval. Han pasado tantos años… Creo que estudiaba primero o segundo del viejo BUP, y era un tipo estupendo, trabajador, simpático y temperamentalmente provocador. Venía todos los sábados a las meditaciones y a la Exposición del Santísimo, y, siempre, siempre, al acabar entraba en mi despacho y me contaba que no estaba del todo de acuerdo con algo de lo que yo había dicho. Algunas veces tenía un punto de razón, pero con más frecuencia "se enganchaba" en una frase o en una anécdota para pedalear hasta el infinito y poder polemizar conmigo. De paso, evitaba  que fuésemos al grano, o sea a sus problemas reales. Como digo, tendría 15 o 16 años. Estaba en la edad.
Un día le tendí una especie trampa bastante obvia. Le dije más o menos:
—Yo creo que las cosas buenas son preferibles a las malas, ¿no te parece?
Se quedó pensativo un instante y respondió:
—No siempre.
Nos reímos los dos cuando cayó en la cuenta de lo que había dicho.
¡Gran cosa la adolescencia! Me encantaría saber qué fue de aquel chaval. Lo he recordado hoy al leer el último comentario de Isabel a una de mis entradas. Ni que decir tiene que no conozco a Isabel. No sé si es su nombre auténtico o si se llama Federico; si tiene quince años o cuarenta, pero le doy las gracias porque me lee todos los días y siempre sabe encontrar un "pero" a lo que escribo. Me encanta, de verdad. Es como si volviera a charlar con aquel adolescente listo y peleón. En ocasiones, cuando termino de redactar mi reflexión diaria, me pregunto: ¿qué pega encontrará hoy Isabel? Y, por si acaso, procuro afinar un poco el texto para que esa vez se quede satisfecha del todo.
Misión imposible. Esta mañana, por ejemplo, comenté unas palabras de Isaías (cap. 43): "yo te he redimido y te he llamado por tu nombre; tú eres mío". Así declara Dios su amor a Israel, y así ama a cada uno de sus hijos. Pero parece que Isabel no está muy de acuerdo y puntualiza: "lo de eres mío es muy posesivo".
En efecto, "mío" es un pronombre posesivo. ¿No te parece un sueño que Dios diga que nos ama hasta poseernos del todo? ¿O espero otro pero tuyo?  
En todo caso estoy seguro de que no te sientes ofendida por esta pequeña broma.  

"Eres mío"





Hace 61 años oí por primera vez unas palabras que el profeta Isaías pone en boca del mismo Dios. Las repetía San Josemaría Escrivá muy despacio, durante aquella inolvidable meditación que nos dirigió en el antiguo oratorio de Molinoviejo a un grupo de chavales:
—"Yo te he redimido y te he llamado por tu nombre; tú eres mío".
Desde aquel día yo mismo las he citado en centenares (sí, centenares) de pláticas, homilías y retiros ante personas de toda condición.
Dicen que las palabras envejecen, que pierden vigor de tanto usarlas, que incluso se corrompen cuando se abusa de ellas para engañar o para ofender. Así es; pero a veces ocurre lo contrario: con el paso de los años hay palabras que maduran, que renacen cada jornada en la memoria, y se llenan de vida y sabor nuevos.
Estos días pasados he recordado muchas veces en la oración cada una de esas viejas palabras de Isaías. Me he detenido, sobre todo, en las dos últimas: "eres mío". Y he pensado tantas cosas que ahora me siento incapaz de resumir.
—"Eres mío".
Ser plenamente de Dios es el colmo de la libertad. Nada me ata porque estoy en sus manos. No pertenezco a nadie, sólo al que me llamó hace sesenta y un años y me sigue llamando por mi nombre.
Y he recordado el final de aquel bellísimo poema de Salinas que conservo, en carne viva, en la memoria:
No tengo cárcel para ti en mi ser.
Tu libertad te guarda para mí.
La soltaré otra vez, y por el cielo,
por el mar, por el tiempo,
veré cómo se marcha hacia su sino.
Si su sino soy yo, te está esperando

martes, 3 de septiembre de 2019

4,10 de la madrugada



Me desvelo a mitad de un sueño. Yo hablaba con alguien en alguna parte (así de concretas son mis fantasías), pero me he quedado con una palabra en la boca, al borde mismo de los labios, con ganas de salir al exterior. Opto por terminar la frase en voz alta, entre las nieblas de mi duermevela:
—"Hoy tengo la memoria en carne viva".
Al oírme decir un endecasílabo tan perfecto, me despierto sobresaltado y decido apuntarlo en un papel para consultarlo con mi pediatra. ¿Se lo habré copiado a Miguel d'Ors, que es mi lectura de estos días. No me pega, la verdad. ¿Será que sueño en verso y no me entero?
El búho que me acompaña me dice que no presuma:
—No eres Góngora, amigo. Son achaques de la edad, y con tanto festejo, se te ha acentuado la hipermnesia; sí, la tienes en carne viva. Consérvala mientras puedas.

domingo, 1 de septiembre de 2019

50 años (y VI)


La primera misa
Fernando Orús

El día 1 de septiembre Fernando Orús y yo nos dispusimos a celebrar la Santa Misa por primera vez a solas. A las 11 de la mañana bajamos a la pequeña cripta que hay en el sótano de Montalbán, el Colegio Mayor donde residíamos. Todo estaba preparado. La administración había llenado de flores el altar y los ornamentos, primorosamente dispuestos, eran de fiesta grande.
Una vez más repasamos cada detalle de la ceremonia.  A esas alturas ya me sabía de memoria el canon romano en latín, en castellano y en italiano, y también los gestos litúrgicos, que por entonces eran más estrictos y rígidos. Sin embargo, los dos estábamos tensos y llenos de dudas. Ya no se trataba de ensayar una vez más. Ahora iba en serio: el Señor bajaría a nuestras manos y nos trasladaríamos al Gólgota, al pie de la Cruz, para celebrar con María Santísima el Gran Misterio de la Pascua.
—¿Quién va primero?
—Tú, que eres el más viejo—respondió Fernando—. Yo te ayudo.
Todos los sacerdotes del mundo tenemos esculpido en la memoria el recuerdo de la primera Misa. La mía duró casi una hora; la de Fernando, un poco más. Terminamos pasada la una del mediodía.
Desde entonces he vuelto muchas veces a esa cripta con la imaginación. Y he pedido al Señor, como también lo hacía San Josemaría Escrivá, que nunca me acostumbre a tener a Jesús en mis manos,  que nada me distraiga, que mis ojos se queden clavados para siempre en la Hostia Santa.
Fernando  Orús se trasladó a Suiza dos años más tarde y falleció en Zurich el 10 de julio de 2018 a consecuencia de un cáncer de laringe. Tenía 75 años y estuvo marcado por la enfermedad desde los años 90. Tuvo que ser operado varias veces y su voz se vio cada vez más afectada. En 2012, tras una nueva intervención quirúrgica, el deterioro de su salud se hizo más evidente. Todo esto no le impidió ejercer su ministerio sacerdotal sin restricciones. Siempre trabajó de buena gana, con serenidad y sin quejarse, como si fuera lo más natural del mundo.
Ayer celebramos juntos nuestras bodas de oro. Y hoy, desde el Cielo, me ha ayudado a Misa como entonces.