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jueves, 5 de septiembre de 2019

"Eres mío"





Hace 61 años oí por primera vez unas palabras que el profeta Isaías pone en boca del mismo Dios. Las repetía San Josemaría Escrivá muy despacio, durante aquella inolvidable meditación que nos dirigió en el antiguo oratorio de Molinoviejo a un grupo de chavales:
—"Yo te he redimido y te he llamado por tu nombre; tú eres mío".
Desde aquel día yo mismo las he citado en centenares (sí, centenares) de pláticas, homilías y retiros ante personas de toda condición.
Dicen que las palabras envejecen, que pierden vigor de tanto usarlas, que incluso se corrompen cuando se abusa de ellas para engañar o para ofender. Así es; pero a veces ocurre lo contrario: con el paso de los años hay palabras que maduran, que renacen cada jornada en la memoria, y se llenan de vida y sabor nuevos.
Estos días pasados he recordado muchas veces en la oración cada una de esas viejas palabras de Isaías. Me he detenido, sobre todo, en las dos últimas: "eres mío". Y he pensado tantas cosas que ahora me siento incapaz de resumir.
—"Eres mío".
Ser plenamente de Dios es el colmo de la libertad. Nada me ata porque estoy en sus manos. No pertenezco a nadie, sólo al que me llamó hace sesenta y un años y me sigue llamando por mi nombre.
Y he recordado el final de aquel bellísimo poema de Salinas que conservo, en carne viva, en la memoria:
No tengo cárcel para ti en mi ser.
Tu libertad te guarda para mí.
La soltaré otra vez, y por el cielo,
por el mar, por el tiempo,
veré cómo se marcha hacia su sino.
Si su sino soy yo, te está esperando

domingo, 1 de septiembre de 2019

50 años (y VI)


La primera misa
Fernando Orús

El día 1 de septiembre Fernando Orús y yo nos dispusimos a celebrar la Santa Misa por primera vez a solas. A las 11 de la mañana bajamos a la pequeña cripta que hay en el sótano de Montalbán, el Colegio Mayor donde residíamos. Todo estaba preparado. La administración había llenado de flores el altar y los ornamentos, primorosamente dispuestos, eran de fiesta grande.
Una vez más repasamos cada detalle de la ceremonia.  A esas alturas ya me sabía de memoria el canon romano en latín, en castellano y en italiano, y también los gestos litúrgicos, que por entonces eran más estrictos y rígidos. Sin embargo, los dos estábamos tensos y llenos de dudas. Ya no se trataba de ensayar una vez más. Ahora iba en serio: el Señor bajaría a nuestras manos y nos trasladaríamos al Gólgota, al pie de la Cruz, para celebrar con María Santísima el Gran Misterio de la Pascua.
—¿Quién va primero?
—Tú, que eres el más viejo—respondió Fernando—. Yo te ayudo.
Todos los sacerdotes del mundo tenemos esculpido en la memoria el recuerdo de la primera Misa. La mía duró casi una hora; la de Fernando, un poco más. Terminamos pasada la una del mediodía.
Desde entonces he vuelto muchas veces a esa cripta con la imaginación. Y he pedido al Señor, como también lo hacía San Josemaría Escrivá, que nunca me acostumbre a tener a Jesús en mis manos,  que nada me distraiga, que mis ojos se queden clavados para siempre en la Hostia Santa.
Fernando  Orús se trasladó a Suiza dos años más tarde y falleció en Zurich el 10 de julio de 2018 a consecuencia de un cáncer de laringe. Tenía 75 años y estuvo marcado por la enfermedad desde los años 90. Tuvo que ser operado varias veces y su voz se vio cada vez más afectada. En 2012, tras una nueva intervención quirúrgica, el deterioro de su salud se hizo más evidente. Todo esto no le impidió ejercer su ministerio sacerdotal sin restricciones. Siempre trabajó de buena gana, con serenidad y sin quejarse, como si fuera lo más natural del mundo.
Ayer celebramos juntos nuestras bodas de oro. Y hoy, desde el Cielo, me ha ayudado a Misa como entonces.

sábado, 31 de agosto de 2019

50 años (V)


50 rosas 
Hoy escribiré poco. Tengo  los dedos con agujetas de tanto responder mensajes en todos los formatos. Las 50 rosas de la foto son cosa de un grupo de globeras que nunca han abandonado esta página, ni siquiera cuando estuvo bajo mínimos: Cordelia, Marita, Papathoma, Vila y nuestra americana Begoña. Sólo diré que, en la Santa Misa, las he recordado de forma especial a ellas y a los que hoy celebran sus bodas de oro en el Cielo:
  • Angel Ruiz, que fue a Argentina muy joven y regresó a España para ordenarse sacerdote.
  • Fernando Arcos, el segundo en edad. Se ordeno mayor y se ocupó de tareas de gobierno de la Obra en Madrid y en Valencia.
  • Fernando Orús, que se trasladó a Suiza después de su ordenación y falleció allí.
  • Mario Vila, un colombiano discreto, bogotano, si no recuerdo mal.
  • Álvaro Fontes, que era capaz de hacer vibrar a las multitudes cuando cantaba Rock con su guitarra salvaje. Luego se fue a Australia y regresó muy enfermo. Falleció en Almería. 
  • Gustavo González, insigne escritor guatemalteco
  • y Paco España Talón, un hombre de una pieza, que ha sido el último en morir.
Mientras los encomendaba era consciente que en el Cielo siguen siendo sacerdotes (in aeternum!) y participan en la liturgia celestial en unión con los que celebramos la Eucaristía en la tierra. Ellos ofrecen eternamente al Padre el Cuerpo y la Sangre de Cristo recibiendo los miles de ofrendas que suben desde este mundo al Cielo. Per Ipsum et cum Ipso et in Ipso..
. 
"Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos."

jueves, 29 de agosto de 2019

50 años (IV)


Las manos

Al llegar a la Basílica de San Miguel aquella mañana los ordenandos conocíamos de memoria cada uno de los signos litúrgicos incluidos en la ceremonia. Habíamos estudiado a fondo el significado de cada palabra y cada movimiento, y nos disponíamos a vivirlos con la mayor devoción. Han pasado 50 años y no los he olvidado, pero, al escribir estas líneas, recuerdo especialmente la imposición de las manos y la solemne plegaria de la ordenación.

Presidía la ceremonia don José María García Lahiguera, Arzobispo de Valencia, que aún no había tomado posesión de su diócesis. Fue un obispo santo y ya está en marcha su proceso de canonización. Yo sentí sus manos sobre mi cabeza y note que las apoyaba con fuerza. Era el momento central, la culminación del rito. El Espíritu Santo pasaba a través de aquellas manos consagradas. Desde ese instante comenzaba a ser sacerdote.
¿Por qué quiere Dios utilizar las manos de un hombre para trasmitir su Gracia? La respuesta es evidente: Él ha creado el universo entero con sólo su palabra, y no precisa de ningún instrumento material para seguir gobernando el mundo, pero quiere contar con nosotros como contó con un puñado de barro para dar la vista a un ciego de nacimiento y con el borde de su manto para sanar a la hemorroísa. Así actúa el Señor. Él ata sus manos a nuestras manos, su lengua a nuestra lengua, y habla con nuestra voz mostrenca. Y sigue curando enfermos, resucitando muertos y dándonos cada día el alimento de su Cuerpo y su Sangre.
Estoy seguro de que aquella mañana volví a recordar la pregunta tan tonta que hice a San Josemaría: "¿Cree usted que yo valgo para esto?"
Nadie sirve para ser sacerdote. Por eso no hay oficio más humilde: Dios lo pone todo.



martes, 27 de agosto de 2019

50 años (III)

 La llamada

Con Fernando Arcos, James Gavigan, Mario Villa y Alberto Sancristobal. Yo estoy  en el centro
Después de la lectura del Evangelio, y tras unas breves palabras para presentar a los candidatos, nos pusimos en pie y fuimos llamados cada uno por nuestro nombre. Podíamos haber respondido de diversas maneras, pero elegimos la más simple; dar un paso al frente. Creo que estaba contento y tenso, como el corredor que está a punto de oír el pistoletazo de salida. Hasta ese momento el sí a la vocación siempre lo había pronunciado en voz baja, o, sin palabras, en el fondo del corazón. Llegaba la hora de expresarlo con un gesto público. Lo habría gritado para que se enteraran todos. Dios me llamaba para ser sacerdote, y yo respondía libremente, porque "me daba la gana", como dijo tantas veces San Josemaría.

Dos años antes tuve una breve conversación con el Fundador de la Obra. De pie, en la galleria della campana, de Villa Tevere, hablamos del sacerdocio. Yo estaba más que decidido a ordenarme, pero se me ocurrió preguntarle:
—Padre, ¿cree usted que valgo para eso?
Sonríó:
—No, hijo mío, pero lo harás bien.
Luego añadió algunos consejos que recuerdo muy bien, pero prefiero guardármelos para mí solo.


lunes, 26 de agosto de 2019

50 años (II)

La postración

 


La palabra postración proviene del latín pro-sternere, extender por tierra. Es una de las posturas más impresionantes empleadas en la liturgia.
Así se inicia la ceremonia de ordenación de presbíteros.
El 31 de agosto por la mañana llegamos a la Basílica de San Miguel media hora antes del comienzo. Hacía mucho calor y habíamos dormido poco; pero estábamos contentos tratando de no pensar demasiado en los detalles de la ceremonia que ya nos sabíamos de memoria. Bastaba con dejarse llevar y pedir al Señor que no nos traicionara la emoción ni los nervios del momento.
Llegamos al pie del altar, y el maestro de ceremonias dijo con toda claridad:
—Postratio!
Nos echamos boca abajo sobre la alfombra con las manos delante de la cara. Yo habría preferido un suelo de mármol, duro pero fresquito. Comencé a sudar.
¿En qué pensaba yo entonces? Esta postura tan llamativa es un signo claro de humildad, penitencia y súplica ante Dios. Supongo que en mi caso predominaba la súplica y la conciencia clara de que nadie es digno de recibir el don precioso del sacerdocio, la capacidad de traer a este mundo el Cuerpo y la Sangre del Señor, y de perdonar en su nombre todos los pecados.
En el Antiguo Testamento Abraham “cayó rostro en tierra y Dios le habló”, dice el Génesis. Y También Moisés “cayó en tierra de rodillas y se postró” ante el Dios de la Alianza".
San Mateo y San Marcos coinciden en afirmar que Jesús cayó de bruces en el Huerto de los Olivos. Postrado en tierra hizo la oración más trascendente de la historia de la humanidad. Padre, si es posible aleja de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya…
Seguramente no pensaba yo entonces en ninguna de estas escenas. Echado en el suelo de la basílica, oía el canto de las letanías de los santos. Ellos estaban con nosotros. El Cielo entero nos asistía.

domingo, 25 de agosto de 2019

50 años (I)




Nunca he sido muy bueno para las matemáticas, pero, al acercarse el aniversario de mis primeros 50 años de sacerdote, he acudido a la calculadora que todos llevamos en el móvil y he empezado a multiplicar y a dividir. Al final me ha salido esto. No descarto que haya errores. En el bachillerato no pasé de la raíz cuadrada.
  •   50 años X 12 = 600 meses
  •  50 años X 365= 18.250 días
  •  18.250 días X 1,7 = 31.025 Misas (como mínimo)
  •  600 meses X 500 = 300.000 Confesiones más o menos
  •  600 meses X 40 = 24.000 meditaciones como poco.

Además…, cientos de retiros, cursos de retiro, clases, charlas, conferencias… Y 182 matrimonios; 60 bautizos; 74 funerales…
Veo los números y, la verdad, siento vergüenza. Ni mucha ni poca; toda la vergüenza del mundo. ¿Cómo es posible que habiendo recibido tanto, siga con las mismas luchas y las mismas derrotas que al principio?
Yo sé que, cuando el Señor me examine el día de mi muerte no me pedirá el curriculum. Para ese examen sólo cuenta el amor que uno lleve en la mochila. Y el amor se conjuga en presente. Ojalá pueda decir lo que predicó San Josemaría, en la víspera de sus bodas de oro sacerdotales, haciendo su oración en voz alta:
—A la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea. Estoy comenzando, recomenzando, en cada jornada. Y así hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando. El Señor lo quiere así, para que no haya motivos de soberbia en ninguno de nosotros, ni de necia vanidad. Hemos de estar pendientes de Él, de sus labios: con el oído atento, con la voluntad tensa, dispuesta a seguir las divinas inspiraciones.
Y San Juan Pablo II, en su última encíclica recordó también sus años de sacerdote con estas palabras:
…A partir de aquel 2 de noviembre de 1946 en que celebré mi primera Misa en la cripta de San Leonardo de la catedral del Wawel en Cracovia, mis ojos han quedado fijos en la hostia y el cáliz en los que, en cierto modo, el tiempo y el espacio se han «concentrado» y se ha representado de manera viviente el drama del Gólgota, desvelando su misteriosa «contemporaneidad». Cada día, mi fe ha podido reconocer en el pan y en el vino consagrados al divino Caminante que un día se puso al lado de los dos discípulos de Emaús para abrirles los ojos a la luz y el corazón a la esperanza.